1.929: La Gran Depresión

Dada la personalidad de Stalin se optó por aplicar medidas coactivas, que afectaron, como no podía ser de otro modo, sobre todo a los campesinos “libres”, no insertos en sovyoses ni kolyoses. Especialmente a los medianos propietarios, que tenían una mínima propiedad ganadera, y que se habían enriquecido, relativamente, durante los años de escasez: los kulakis. Apoyándose en el resentimiento popular, en parte envidia, que se sentía contra ellos, se les persiguió con saña, se les expulsó de sus granjas, se les negó otro trabajo, medios de subsistencia o alimentos, o se les deportó forzosamente, todo lo cual causó gran número de muertes. Con semejantes amenazas muchos labradores pidieron su integración “voluntaria” en sovyoses y kolyoses. Teóricamente se justificaba en que así se incrementaba el “sector socialista” (asimilado a los obreros industriales) de la población, eliminándose estratos “objetivamente” contrarrevolucionarios. Pero el resultado fue que sovyoses y kolyoses tuvieron que acoger a grandes masas de población, sin conseguir el deseado rendimiento productivo. Y, de nuevo, aumentó el desabastecimiento y la presión sobre los precios agrarios. En 1.929 murió Wyatt Barry Stapp Earp, pistolero y alguacil (marshal) de Dodge City y Tombstone que, con expeditivos métodos, contribuyó a llevar la ley y el orden al Oeste, acabando con su leyenda.

El “espíritu de Locarno” había conseguido una concordia internacional entre vencedores y vencidos. Tras el Tratado de Rapallo, que causó indignación en el resto del mundo, una a una todas las naciones fueron aceptando la indiscutible realidad de que el “comunismo” había triunfado en Rusia, que había llegado para quedarse, y que debía reconocérsele a la Unión Soviética el peso político que representaba. Todo ello suponía unas ilusorias expectativas de destensión y futura convivencia pacífica. A ello se sumaba la euforia económica que se vivía. Europa había superado sus dificultades, reconstruido la destrucción de la Gran Guerra, y transitaba por la senda de la prosperidad, que parecía asegurada. La producción industrial había superado con creces las cifras de antes de la guerra, en los países más desarrollados, y el comercio internacional duplicaba el volumen de intercambio de entonces. En Estados Unidos circulaban 23.000.000 de vehículos automóviles, es decir, 189 por cada mil habitantes, y el 45% de la producción industrial y el 12% del comercio mundial procedía de dicho país.

En conjunto, la familia media estadounidense había aumentado desmesuradamente el gasto en bienes no relacionados con la alimentación, la ropa y la vivienda, recurriendo para ello al crédito, que había dejado de financiar exclusivamente al comercio, la burguesía, la industria, las empresas y las clases altas, para infiltrarse en la agricultura, las clases medias e incluso las populares, con todo el riesgo que ello representaba. En un ambiente de confrontación ideológica con el nuevo espíritu revolucionario, de optimismo acrítico, se aprovechaba la euforia económica para convertirla en evidencia de la superioridad del capitalismo, de la democracia parlamentaria de Partidos múltiples y el librecambismo. Para lo cual se ocultaban los éxitos conseguidos por la economía soviética y los Gobiernos fascistas o pseudofascistas italiano, español y portugués. Esto significaba que había, al menos, dos fuentes de información contradictorias, la de los Partidos Comunistas y la KOMINTERN, la Internacional Comunista o IIIª Internacional, desgajada de la IIª, la Internacional Socialista o Socialdemócrata, y la de los medios de “información” capitalista o fascistoides. Cada uno aceptaba los datos provenientes de su fuente de confianza como cuestión de fe, al tiempo que consideraba falsías los de sus oponentes.

Con ello la crisis económica iba a acabar con las seguridades del sistema capitalista, y, de camino, con la propaganda de la supremacía de la democracia liberal parlamentaria pluripartidista, y, sobre todo, del librecambismo comercial, tan laboriosamente conquistado por la civilización occidental en el curso de varios siglos. Y, desgraciadamente, no para sentar las bases de un proceso revolucionario, sino involutivo, mundial. La crisis económica tenía que producirse, tarde o temprano, puesto que forma parte inseparable del propio sistema capitalista, anárquico, sin dirección ni planificación. Observado con cierto detenimiento, no se puede sino concluir que todo estaba listo para el desastre. El comercio, a pesar de sus favorables cifras internacionales, conllevaba una agresiva competencia entre Estados Unidos, Japón y Europa, aparte de la pérdida del inmenso mercado ruso. La reconstrucción de Europa, hacerla industrialmente competitiva con Estados Unidos, requirió grandes inversiones y endeudamiento, que, en el caso de Alemania, era crítico. Estados Unidos se había convertido en el gran acreedor internacional. Se producía con ello una gran paradoja.

La tecnificación y la racionalización del trabajo había conseguido, mediante la fabricación en cadena y la producción en serie, en masa, un relativo abaratamiento de los productos que, sumado al elevado nivel de vida de la ciudadanía estadounidense y la capacidad financiera puesta a su disposición, parecía asegurar la inagotable demanda de todo lo producido. Sin embargo llegó un momento en que resultó imperiosa su colocación en el exterior. La destruida Europa era el objetivo inmediato de ella. Pero resultaba que “invadir” tal mercado suponía, simultáneamente, poner en riesgo la posibilidad de recobro de la financiación otorgada. Es decir, la crisis debía llegar por el lado de la producción, al no poder colocar sus excedentes, o por el financiero, al no poder recobrar las deudas. Pero todo estaba desequilibrado desde mucho antes. Durante la Iª Guerra Mundial el ejército requirió inmensas partidas de todo tipo de productos, incluso alimentarios. Simultáneamente, la movilización general dejó las empresas y el campo sin mano de obra, que fue sustituida por mujeres y máquinas. Producida la desmilitarización, los empresarios seguían prefiriendo a las mujeres, que cobraban salarios inferiores, y a las  máquinas, de forma que las cifras de desempleo se hicieron insufribles.

Se produjo una gran emigración, de nuevo, a la inversa, al campo, en pequeñas parcelas, adquiridas mediante hipotecas, así como la maquinaria, financiada a largo plazo, aunque fuese con falsos contratos de alquiler (leasings) a varias cosechas, para poderla hacer competitiva. El resultado fue un incremento del precio de los terrenos, y una aparente estabilización de la situación. Sin embargo el incremento productivo que ello ocasionó redujo los precios de los alimentos, de modo que las hipotecas, créditos y contratos de alquiler a largo plazo, financieros u operativos, empezaron a impagarse. Muchas explotaciones agrarias fueron abandonadas y sacadas a subasta. La propia naturaleza se rebeló contra los métodos de labrantío que, posteriormente, se consideraron inapropiados. Las profundas gradas y rejas de arados, arrastrados por potentes tractores sobre cadenas, desecaron los terrenos centrales de Estados Unidos, produciendo inmensas nubes de polvo y tormentas de arena, que desertizaron grandes territorios. Ya desde 50 años antes los ganaderos habían mantenido que no eran tierras propias para la agricultura, aunque siempre se consideró que lo hacían para mantener sus intereses de apropiación ilegal de latifundios, que no deseaban compartir con los colonos. Al bajar los precios del suelo, y sin expectativas de que volvieran a recuperarse, la especulación en terrenos rústicos dejó de ser un negocio, excepto los destinados a la urbanización turística.

Particularmente en Florida se desecaron los pantanos, la inmensa riqueza forestal. Hasta que la naturaleza volvió a rebelarse, rebosaron los diques construidos y todo se inundó. Se precisaron inmensas obras de bombeo y trasvase de aguas, así como espigones que protegieran las urbanizaciones costeras de la arena y las fuertes mareas, que debió correr a cargo de las administraciones públicas. Es decir: un inmenso coste para lo que antes de la intervención humana hacía la naturaleza “automáticamente”. De todas formas dicho mercado también se demostró agotado, por lo que los capitales acudieron a la especulación inmobiliaria urbana. Y, cuando ésta también se demostró imposible, a la especulación financiera. Exactamente igual que hace apenas diez años: no se ha aprendido nada. Los agentes de Bolsa hicieron toda la propaganda posible de los beneficios que se obtenían de ella. Mientras mayor fuese el número de incautos que conseguían atrapar, mayor sería el aumento de cotización y las plusvalías que podrían obtener especulando. Los capitales ociosos se destinaron a financiar estas inversiones financieras, utilizando como garantía las propias acciones adquiridas. Esto significaba que, según los contratos firmados, si la cotización bajaba de un cierto nivel, automáticamente se ponían a la venta las acciones adquiridas a crédito a precios ya sobreelevados, para pagar dicha financiación.

Lo cual conllevaba caídas de cotización y ventas masivas encadenadas, en un proceso imparable. Conociendo el riesgo que ello implicaba, para intentar frenarlo, todos los que habían propagado las ventajas del “accionariado popular”, de la especulación en Bolsa, acudieron a los medios de desinformación en masa para hacer propaganda de que se trataba de correcciones pasajeras, y de que los precios “bajos” eran una “oportunidad” para mejores negocios en el futuro. En tales circunstancias la Bolsa entró en oscilación, la condición óptima para especular, para que unos pocos multiplicasen sus fortunas, vendiendo cuando consideraban que habían llegado a un nivel de cotización adecuado, y otros muchos se arruinasen, al no hacerlo, al no contar con el conocimiento, la información, la dedicación, o ponerse en manos de especuladores profesionales, de “técnicos”, que juegan con el dinero de otros. Para encajar la situación algunos actuaron con profunda deslealtad, especialmente los altos directivos bancarios, tomando fondos para los que no estaban autorizados, e invirtiendo en viernes para recuperarlo, con creces, al martes siguiente. Y, efectivamente, como muchos hacían lo mismo, era un buen negocio, recuperando el dinero invertido, con ganancias que podían retirar para su propio beneficio, sin que nadie se enterase, y “para el bien de todos”, ya que habían conseguido elevar el nivel de cotización.

Hasta que tanto fue el cántaro a la fuente que la lechera lo partió. Ya Marx y Engels, en el “Manifiesto Comunista” de 61 años antes, habían escrito: “Las condiciones burguesas de producción y de cambio, el régimen burgués de la propiedad, toda esta sociedad burguesa moderna que ha hecho surgir potentes medios de producción y de cambio, semeja el mago que no sabe dominar las potencias infernales que ha evocado. Desde hace algunas décadas, la historia de la industria y del comercio no es sino la historia de la rebelión de las fuerzas productivas contra las relaciones de propiedad que condicionan la existencia de la burguesía y su dominación. Basta mencionar las crisis comerciales, que por su retorno periódico ponen en entredicho la existencia de la sociedad burguesa. Cada crisis destruye, regularmente, no sólo una masa de productos ya creados, sino, todavía más, una parte de las mismas fuerzas productivas. Una epidemia que en cualquier otra época hubiera parecido una paradoja se extiende sobre la sociedad: la epidemia de la sobreproducción”. El martes 22 de octubre, la Bolsa de la “calle del Muro o de la Muralla” (Wall Street) de Nueva York, se comportaba de modo excelente, con casi todos sus valores en alza. Sin embargo, una hora antes del cierre, se pusieron a la venta unos cuantos paquetes de acciones, posiblemente comprados el viernes, día hábil bolsístico anterior. Esto supuso un cierre a la baja.

En tal situación, al día siguiente se agolparon las ventas. Las cotizaciones bajaron entre un 5 y un 10%. El día después la situación ya era de pánico bursátil: 13 millones de títulos se pusieron a la venta, y las cotizaciones se hundían de hora en hora. Es lo que se conoce como “el jueves negro”. Sin embargo la intervención de algunos banqueros, parte de ellos extralimitándose en sus atribuciones, consiguió controlar la situación. Sin tener ello en cuenta, se cerró el mercado de valores para el día siguiente, lo que constituyó un error: era la evidencia oficial de la catástrofe. Al siguiente día hábil, el martes 29 de octubre, el alud de ventas fue incontenible. Comenzaría con ello lo que se conoce como Gran Depresión ¿Cómo una caída de la Bolsa, de los valores financieros, puede afectar al mundo real, al económico? En tales circunstancias las empresas no pueden ampliar capital, emitir nuevas acciones, y los planes de inversión se paralizan. La Banca no puede recuperar sus inversiones especulativas, por lo que no puede dar nuevos créditos. La financiación comercial se ve afectada, los almacenes se ven colmados de productos, la fabricación debe disminuir o incluso paralizarse, y se despide a millones de empleados. Ni éstos (téngase en cuenta que, en dicha época, no existían las prestaciones ni los subsidios por desempleo) ni las empresas, que no venden, pueden atender al pago de sus deudas, y la Banca, sin recuperar sus créditos, no puede conceder otros nuevos.

Algunos de los que habían invertido fondos sin autorización, antes de sentir la vergüenza, la humillación, de pasar por la cárcel, se suicidaron. Es una lástima que hoy en día los ladrones no tengan el mismo grado de vergüenza, de hombría. Los periodistas, también avergonzados por haber recomendado a sus lectores o audiencias que  continuaran comprando, siguiendo instrucciones de los grandes inversores, que necesitaban de más incautos para recuperar su dinero e incluso seguir obteniendo beneficios, se justificaron, presentando dichos suicidios, que magnificaron, haciéndolos pasar como una epidemia, como prueba de que nadie podía prever lo que iba a pasar, que si habían cometido algún error, lo habían pagado con su vida. Con ello propagaron, dado el comportamiento imitativo de humanos y primates, el número de suicidios, aunque nunca llegó a las cifras que se dijeron. No sólo la economía se hundió, sino también toda la escala de valores. Todo fue desconfianza y falta de fe. Se formó, tal como predecía el análisis de Karl Marx, un enjambre de lumpemproletariado, infraproletariado, desclasado, que sustituía la falta de certidumbre por el fanatismo, poniendo sus esperanzas, contra toda evidencia, contra la desinformación de que habían sido y eran objeto, en las más descabelladas promesas. Estados Unidos, que había financiado la Iª Guerra Mundial, en definitiva, se encontró que Europa no podía pagar sus créditos.

Particularmente agrias fueron Gran Bretaña y Francia, que reprocharon que “sólo” había puesto sobre el tapete dólares y un centenar de miles de muertos, mientras los suyos se contaban por millones. Los estadounidenses tuvieron la impresión de haber sido engañados, como honrados campesinos tomados como pardillos, y se prometieron no volver a ayudar a los “listos” y taimados europeos por más que se matasen en el futuro. La Gran Depresión acentuó el proteccionismo aduanero en Estados Unidos, Japón, Francia, Gran Bretaña y Alemania, haciéndolo prácticamente infranqueable. Es la amenaza que Trump(a) quiere revivir. Se acabó con la convertibilidad de las divisas, los pagos internacionales se sometieron a control. El comercio internacional se sometió a contingentación y acuerdos bilaterales. Todos los Estados intervinieron, de un modo u otro (bien o mal, estimulando la economía o propagando “austeridad”, disminuyendo con ello los flujos económicos, algo que parece que los imbéciles siguen sin comprender) en la economía. No cabe duda de que el ejemplo soviético pesaba sobre todo ello, tanto como sistema sustitutorio de un capitalismo en derrota, como para demostrar a los revolucionarios cómo se podía mejorar la economía.

En Austria las tensiones internas se exacerbaron, hasta el punto de que las organizaciones políticas paramilitares, que ya habían comenzado a actuar, originaron enfrentamientos callejeros. Téngase en cuenta que Austria es limítrofe con Baviera, y había asistido, con terror, a la proclamación de la República Soviética (Asamblearia o de los Concejos) Bávara, y la cruel represión que acabó con la misma. Con ello el país evolucionó hacia el autoritarismo. La Federación Marxista Social-Democrática nunca consiguió un gran influjo en las Islas Británicas. Sin embargo los laboristas ganaron las elecciones, consiguiendo que MacDonald fuese designado Primer Ministro, lo que produciría una nueva frustración entre sus votantes, que esperaban alguna forma de cambio revolucionario en las relaciones de clase. Alejandro Iº acabó suspendiendo la Constitución, disolvió el Parlamento y prohibió los partidos políticos en su Reino de Servios, Croatas y Eslovenos, que, a partir de entonces, se denominó Yugoslavia, haciéndose heredero de las pretensiones nacionalistas de los “eslavos del Sur”. La Unión Soviética, marginada de los mercados internacionales, prosiguió su crecimiento e industrialización, sin que la contaminase la crisis mundial, debido a la ventaja de  la planificación económica y la propiedad pública de las empresas.

Para conseguir una mayor efectividad de la mano de obra se introdujo el año laboral ininterrumpido, que suponía que, en cada empresa, hubiese seis turnos de trabajo, con un día de descanso para cada turno cada cinco días laborales. Con ello se suprimían todas las fiestas religiosas. Se establecieron sistemas de premios para las empresas y trabajadores más productivos. Se acuñó el lema de “cumplir el plan quinquenal en sólo cuatro años”. Para superar los problemas surgidos durante el primer plan quinquenal, en el segundo se incentivó la industria ligera. Para hacer frente a la escasez de mano de obra técnicamente cualificada se crearon centros de formación y perfeccionamiento profesional, lo que fue imitado en el mundo capitalista, especialmente bajo regímenes nazi-fascistas. Para entonces Stalin, en base a los éxitos económicos y a la más o menos soterrada represión que llevaba a cabo, había conseguido un poder ilimitado. En tres elecciones consecutivas resultó victorioso el Partido Nacionalista de Egipto, por lo que el rey, aunque no había elegido nunca a ninguno de sus miembros para el Gobierno, optó por disolver el Parlamento y otorgar una nueva Constitución, en 1.930, dado que la situación era insostenible. La misma sólo le confería a éste carácter consultivo, igual que hacía Primo de Rivera en España. Los efectos de la crisis económica mundial, con retraso, como de costumbre, como actualmente, terminaron llegando a España.

Y, si el desarrollo económico había sido la justificación para la dictadura de Primo de Rivera, se quedó sin ella. Los ingentes proyectos acometidos, así como la permisividad respecto de la defraudación fiscal, evitando hacerse enemigos entre los poderes económicos, habían supuesto un grave endeudamiento, que José Calvo Sotelo, su Ministro de Hacienda, no encontraba el modo de devolver. Dado el creciente descontento el rey le urgió al retorno al constitucionalismo. Primo de Rivera propuso una imitación al fascismo italiano, con una representación corporativa y un Partido único: el suyo, la Unión Patriótica, formada desde el núcleo antiliberal y antidemocrático, aunque no carlista, de la Asociación Nacional de Propagandistas (de la fe) del que sería cardenal Angel Herrera Oria. Ante la profundización de la crisis económica, la burguesía, molesta por el intervencionismo estatal y la empresa pública, que le hacía la competencia, produjo una tremenda evasión de divisas, que supuso la caída de la cotización de la peseta, hasta un tercio, en comparación con la libra esterlina, que antes de la dictadura. Lo cual hacía que la devolución de la deuda contraída fuese aún más complicada. Además la vida privada del jerezano Primo de Rivera lo desacreditaba: era adicto a las drogas y mantenía relaciones con la cupletista “La Caoba”.

Hubo varios intentos de golpe de Estado. Un año antes lo había intentado José Sánchez Guerra, penúltimo Presidente de Gobierno democrático de Alfonso XIIIº. Juzgado por un Tribunal Militar, presidido por el General Federico Berenguer Fusté, resultó absuelto. En justicia no se podía condenar a un golpista cuando otro estaba ocupando ilegalmente el poder, aunque en tiempos de Franco el esperpento llegaría a alturas inconcebibles. Pero esto demostraba que el dictador había dejado de tener el respaldo militar.

Se planeó otro golpe de Estado para el 28 de enero en Andalucía, en el que estaban implicados el moguereño Manuel De Burgos y Mazo, anterior Ministro de Justicia y del Interior, del Partido Conservador; el sevillano Diego Martínez Barrios, que sería Presidente interino de la IIª República, del Partido Republicano Radical, que firmaría el Pacto de San Sebastián 7 meses después; el madrileño Miguel Maura, hijo del dirigente mallorquí del Partido Conservador 5 veces Presidente del Gobierno y correligionario de José Calvo Sotelo, pero que la dictadura lo había llevado a la Derecha Liberal Republicana, junto con Niceto Alcalá-Zamora y Torres, futuro Presidente de la IIª República, con el que sería Ministro de Gobernación; el portorricense, cuando era colonia española, General Goded, gobernador militar de Cádiz; el tirolés Infante (consorte) Carlos De Borbón, Capitán General de Andalucía, y abuelo de Juan Carlos Iº; y se sospecha que también el propio rey, consuegro del anterior. Ante tales hechos, Primo de Rivera realizó una consulta telefónica a los Capitanes Generales. Pero también entre éstos había conseguido su decepción: aún esperaban más privilegios, se habían producido agravios comparativos, envidias.

Especialmente le reprochaban haber nombrado un Gobierno con mayoría de civiles, que forzaba a cesar a los militares de los puestos en las administraciones -en los que estaban fracasando- y, con ello, a sus dobles sueldos y las prebendas y retribuciones extraordinarias que exigían, extorsionaban, de los mismos. Al verse sin apoyo, ese mismo día dimitió, recomendando al rey que nombrase como su sucesor al General Dámaso Berenguer Fusté, hermano del que había presidido el tribunal que absolvió a Sánchez Guerra. Así lo hizo, encomendándole el retorno al constitucionalismo. Esto le supuso el odio hacia el rey de los Generales Sanjurjo y Queipo de Llano, que se consideraron con mayores méritos para la sucesión en la dictadura. Pero también de importantes figuras monárquicas, que concluyeron que no había otra salida que una nueva Constitución, y que ésta debía ser republicana. Berenguer convenció al golpista General Goded para que, a su vez, convenciese a los demás militares, ofreciéndole todo tipo de promesas y garantías. La primera fue la amnistía para los condenados por “delitos” políticos, rebelión o sedición: un antecedente, vinculado a todo lo que se había otorgado a los carlistas reiteradamente en el siglo anterior, lo que iba a servir de acicate para nuevas insurrecciones y de sentimiento de traición cuando éstas fueron reprimidas. Sobre todo porque, a partir de entonces, incumplió todo lo demás.

Sin embargo se excluyó expresamente a ocupar sus cargos militares por dicha amnistía al Coronel Riquelme y López-Gago, que en el expediente Picasso entró en contradicción con el General Sanjurjo, Comandante en Jefe del ejército en la zona, asegurando que había presentado un plan a sus superiores para auxiliar la posición de Monte Arruit, donde murieron 3.000 españoles, lo que Sanjurjo negó, reconquistó Tetuán, formó parte del tribunal que absolvió a Sánchez Guerra del levantamiento de artilleros en Ciudad Real, por lo que se le pasó a la reserva, vuelto al servicio activo y ascendido a General de División y al cargo de Capitán General de Valencia por la IIª República, sería depuesto por “izquierdista” por Gil-Robles, entonces Ministro de la Guerra, el Gobierno del Frente Popular lo nombraría Jefe de la Iª División Orgánica, que intentaría recuperar Toledo de los sediciosos, combatiría en Guadarrama y en Extremadura, derrotado en Oropesa y Talavera de la Reina sería destituido y procesado, aunque resultó absuelto, se le nombró Comandante Militar de Barcelona y moriría en Francia. A los Generales La Cerda y a López de Ochoa Portuondo, liberal, republicano y masón, que había colaborado con Primo de Rivera hasta 5 años antes, en que se distanció de él y fue encarcelado, participó en el intento de golpe de Estado de Sánchez Guerra, por lo que también lo hizo en el de diciembre, anticipado en Jaca.

Sofocaría la insurrección de Asturias de 4 años después, y sería fusilado por milicianos anarquistas tras del comienzo de la guerra civil. A Queipo de Llano y Sierra. Y a Cabanellas Ferrer, liberal, republicano y masón, que organizó a los “regulares”, ejército irregular formado por voluntarios marroquíes, reconquistó Arruit y Zeluán, criticó (junto con Franco, Millán-Astray y Mola) a las Juntas Militares de Defensa (que serían disueltas al año siguiente, prohibiéndose a los militares su asociación) Oficialidad que intervenía decisivamente en la dirección de tropas en Marruecos, publicando una carta culpándolas de lo ocurrido en Melilla, de dedicarse a tonterías, desprestigiar al mando, malversar el presupuesto y desentenderse de la eficacia del material y las unidades, por lo que fue enjuiciado con petición de cese, terminó enfrentándose a Primo de Rivera, por lo que se le pasó a la reserva, alentó todas las conspiraciones contra éste, participando en la de Sánchez Guerra, dos de sus hijos participarían en el levantamiento de Jaca, uno de ellos sería candidato por el PSOE en las elecciones que ganó el Frente Popular y tendría que exiliarse por las amenazas que recibiría de los franquistas, sustituyó a Sanjurjo como Director General de la Guardia Civil, diputado al Congreso por el Partido Republicano Radical de Lerroux, y Jefe de la Vª División Orgánica de Zaragoza.

Se negó a abandonar dicha ciudad y unirse a las milicias anarquistas “hasta no recibir órdenes del Gobierno”, por lo que la sumó a la sedición, emitió un bando en el que se reafirmaba como republicano (igual que había hecho Queipo de Llano) detuvo a 360 dirigentes del Frente Popular, incluyendo al Gobernador Civil y al delegado gubernamental y Director General de Aeronáutica, General de División Núñez de Prado y Susbielas, que sería asesinado en Pamplona, y defendería Zaragoza de los leales al Gobierno legítimo, se le nombraría presidente de la Junta de Defensa Nacional insurrecta, decretaría el cambio de la bandera republicana por la borbónica, se opondría a la instauración de un mando único militar de los rebeldes porque comprendía lo que eso significaba. Estaba convencido de que, por su mayor antigüedad y rango, él debería haber sido el mando de los sediciosos, sin comprender que lo anormal es que se hubiera sumado a ellos. Afeó a sus compañeros haber dado el mando a Franco, que no lo conocían como él, que había sido su jefe de Marruecos, que se creería que España era suya y no la soltaría ni antes ni después, hasta su muerte. Moriría oportunamente, para Franco, dos años después, y éste incautó toda la documentación que había en su casa. Quien más hizo por traer la república fue el novelista masón Manuel Azaña, que era presidente del Ateneo de Madrid.

Allí entró en contacto con Niceto Alcalá-Zamora y Torres, terrateniente de Priego de Córdoba, católico, liberal, monárquico, afamado jurista, licenciado en Derecho con 17 años y Letrado del Consejo de Estado (como Trillo actualmente) con 22, que había sido Ministro de Fomento y de la Guerra del rey, en ambas ocasiones con Gobiernos de García Prieto (marqués de Alhucemas, por haber conseguido el “Protectorado” de Marruecos para España) y sobrino de un diputado y senador de 4 décadas antes, y lo convenció del camino sin retorno que había iniciado la monarquía al apoyar una dictadura (en realidad la restauración borbónica había venido por un pronunciamiento militar, el del General Martínez Campos, por lo que ya venía con tal “pecado original”) y que debía abrazar la causa republicana. Con ello se produjo un cambio sustancial. Hasta entonces los republicanos españoles habían sido liberales radicales, revolucionarios, anticlericales, populistas, mayoritariamente federalistas, próximos al anarquismo. Alcalá-Zamora llevó al republicanismo a los conservadores y católicos, a los agricultores y terratenientes andaluces, apostando por una república fuerte, centralizada, unitaria, no federal, más bien autoritaria y dirigista, presidencialista, a imitación de la IIIª República Francesa. Y esto fue bastante decisivo para conseguir un cambio en las mayorías.

A partir de entonces, Azaña batalló por conseguir la unión de los partidos demócratas por el republicanismo. Encontró la oposición del sector izquierdista, entonces mayoritario, del PSOE, encabezado por Largo Caballero, cuya obsesión era que la U.G.T. terminara de desplazar a la anarquista C.N.T. en el mundo obrero, para lo que, junto con Giner De los Ríos, había apoyado la negociación de Julián Besteiro con el dictador, y que esperaba, que con ello, podía ganar unas elecciones sin necesidad de pactar con los liberales. Consideraba, con muy buena lógica, que lo determinante era la revolución social, y no la denominación o forma de elegir al Jefe del Estado, siempre que se llegase a una Constitución democrática. Tal vez, incluso, que era preferible un rey “tocado del ala”, implicado en el “expediente Picasso” y con la dictadura, al que podría amenazar, llegado el caso. Que, según, los análisis marxistas, no se podía llegar a un pacto con la derecha, en el que los liberales llevasen la preeminencia, incoherente con su colaboracionismo con la derecha antidemocrática. Todo lo cual demuestra que vivía en las nubes, que carecía de capacidad de análisis de la realidad.

Pero entonces ocurrió un hecho que no sé si fue casual o producto de la capacidad de convicción y maniobrabilidad política de Azaña: el pequeño pero activo Partido Comunista (sus dirigentes, vetados para conseguir puestos directivos en U.G.T., habían ido decantándose por la C.N.T., lo que los hizo víctimas de la terrorista persecución del dictador, así que, en toda lógica, también por similitud respecto de lo ocurrido en Rusia, optaron por implantar la república, aunque para ello, en contra de la voluntad de Stalin, la Internacional Comunista, dirigida por él, tuviesen que pactar con los liberales y bajo su dirección: ya habría tiempo para cambiar más tarde, cuando ésta se consiguiese) se decantó por participar en el pacto de San Sebastián, el 17 de agosto, lo que suponía otro cambio sustancial.