1.648: La Paz de Westfalia

Sin embargo, entre los Comunes apareció una oposición político-religiosa contra los propietarios territoriales y los grandes financieros. La raza negra se demostró verdaderamente resistente, sobreviviendo en gran proporción a los ataques, con armas de fuego, de las que ellos carecían, al cautiverio, al no menos letal transporte transoceánico, en condiciones infectas de hacinamiento, inmovilidad, malnutrición, sed, calor en las bodegas, aprisionados en lo que parecían entre parrillas corridas y ataúdes abiertos, humedad, frío en los “paseos” sobre cubierta, así como a su vida de esclavitud, arrancados de sus familias, comunidades, vivencias, paisajes, climatología, estilos de vida, idioma, hasta religión, y agotadores trabajos de sol a sol en plantaciones, “ingenios”, sufriendo el calor de los hornos de melaza y el riesgo a que las trituradoras de la caña les atraparan manos, brazos y cuerpos, y las minas. Como los portugueses dominaban, desde el fin de la Edad Media -según qué parámetros se utilicen para dicha divisoria- el litoral africano, y mantenían alianzas con tribus del interior para depredar sobre el resto de ellas, se habían hecho con el monopolio del comercio de esclavos con el Continente americano. Sin embargo, al conquistar Angola los holandeses, y dada su mejor y más extensa Flota, se hicieron fuertes en este tan lucrativo e inhumano mercado. Jan Pieterson Coen construyó Batavia sobre las ruinas de Dyakarta. Sería el principal punto de apoyo de los holandeses. El principal objetivo de éstos era impedir que los nativos vendieran especias a ninguna otra nación europea, consiguiendo un monopolio de hecho, lo que, indudablemente, no podría tener otro desenlace que la guerra. Con ella Portugal perdíó el control del Estrecho. Desplazó su centro comercial a Macao, donde se hizo hegemónica en el intercambio comercial con China y Japón, obteniendo inmensas ganancias. Simultáneamente Holanda se asentó en las Molucas, estableciendo contactos con Coromandel, Surat, China y Japón. La beneficiada por la decadencia de Malaca fue Java, en concreto la ciudad de Bantam (Banten) en la parte occidental de la isla, que mantenía sus relaciones comerciales con la India y China, ya que se había negado a entrar en la red de intercambios portuguesa.

Dicha ciudad estaba dividida en zonas que controlaban los distintos aristócratas, sus guerreros, mercenarios y esclavos. Era el punto más meridional al que llegaban las líneas comerciales chinas, donde tenían sus almacenes y residencia sus titulares. Llegó a controlar el mercado financiero de la zona, especialmente el relativo a las operaciones con China. El desarrollo de Java benefició a Sumatra, que había resistido, con tropas turcas, los ataques de Malaca y de los portugueses. Ambas islas eran mahometanas, por lo que tenían prohibido fumar tabaco y opio, bajo severísimas penas, y se negaban a firmar Tratados con los europeos. Atyej, al Norte de Sumatra, era consciente de su inferioridad frente a las potencias europeas, pero sabía beneficiarse de la rivalidad entre ellas. Así apoyó a los holandeses en su conquista de Malaca. Sin embargo, éstos, siguiendo su elaborado plan, consiguieron asfixiar el comercio de Sumatra. Se aprovecharon de las guerras civiles en Atyej, y del Gobierno turnante de cuatro mujeres, algo inaudito para un Estado mahometano, en dicho reino, más bien un puerto comercial con predominio sobre la región circundante, cuyos cargos de gobernadores, que eran hereditarios, constituían el auténtico poder. Los indios, al mando de los jesuitas, derrotaron a una bandeira en el río Mbororé. Este hecho, pero, sobre todo, la guerra contra los holandeses hizo a los bandeirantes, incluido Antonio Raposo Tavares, el más temido de los jefes de éstos, dejar Sao Paulo y trasladarse a Pernambuco, en el interior de la selva amazónica, aunque comunicado por su amplio puerto en el río. Esto dio a las reducciones un largo periodo de tranquilidad. Tras apaciguar el rey a los escoceses, los católicos irlandeses se levantaron sangrientamente contra los dominadores protestantes. Tal vez la recluta y posterior disolución de un ejército entre ellos con intención de luchar en Inglaterra contra las religiones minoritarias y los parlamentarios insubordinados influyese en dcho levantamiento. El Parlamento decretó medidas de venganza, pero sospechaba que el rey no las llevaría a cabo, puesto que su esposa, Enriqueta María De Borbón, hija de Enrique IVº de Francia y María De Médicis, era católica, y se creía que, secretamente, estaba a favor de ellos.

Así que publicó severas acusaciones contra el monarca, y le desposeyó del mando supremo sobre el ejército enviado contra Irlanda. Era toda una osadía, que, de tolerarla, acabaría con el poder del monarca. Quizás incluso le llevase a la cárcel o al patíbulo. Así que, en una acción muy mal organizada, se presentó en la Cámara baja, en 1.642, junto con hombres armados, con intención de detener a cinco dirigentes radicales. Estos, previamente advertidos, habían abandonado la ciudad. Con ello la política apaciguadora del rey, que había sido tan errónea como la anterior arrogancia absolutista, se derrumbó. Una semana después tuvo que huir de Londres, ante la muchedumbre soliviantada, se refugió en Windsor y comenzó a reclutar tropas. Se inició de este modo la guerra civil, que asolaría Inglaterra, llevando a cabo una brutal represión, como se venía repitiendo desde Enrique VIIIº, de los movimientos contrarreformistas irlandeses. Murió Richelieu sin presenciar el resultado de su persistente, obsesiva, labor: cómo Condé derrotó ampliamente a los tercios españoles, por primera vez en campo abierto, en Rocroy, al año siguiente. Ni tampoco la muerte del rey al que tan bién había servido. Luís XIVº, con cinco años de edad, heredó un reino ordenado, centralizado, poderoso, y en una razonable situación financiera, a pesar de los inmensos costes de las guerras y las alianzas en las que se había sumido al país. Durante su minoría de edad se encargó del Gobierno el Cardenal Mazarino. Descansando todos los esfuerzos del país en el “tercer Estado” (estamento: los villanos o burgueses, los que no eran ni señores, ni eclesiásticos ni siervos) que eran los únicos en pagar impuestos, en una economía agraria, dependiente de factores meteorológicos, muchos campesinos tuvieron que sufrir graves penalidades, carestías y hambrunas. Así se producirían diversas rebeliones.

Se intentó construir silos, pero los propietarios se oponían, y se negaban a entregar sus cosechas: preferían lucrarse con la elevación de precios cuando éstas eran malas. Los que poseían parcelas en propiedad tuvieron que venderlas o hipotecarlas, y, finalmente, perderlas, de una u otra forma. Los beneficiarios fueron los grandes terratenientes y la burguesía financiera, prestamista. La nobleza, cada vez más cortesana, precisaba monetizar tales propiedades, desentenderse de su gestión directa, que, además, significaba hacerse blanco de los descontentos populares. Así se hizo frecuente el arriendo masivo a burgueses. Esto significaba aumentar la presión sobre los subarrendatarios, que debían pagar alquileres excesivos en beneficio de tales intermediarios, contra los cuales se dirigía el descontento. Dichos beneficios y rentas obtenidas, ya que los aristócratas no las reinvertían en nuevas tierras, pasaban a engrosar la actividad mercantil. Todo ello suponía la corrupción del sistema feudal, la intromisión, cada vez mayor, de una óptica capitalista, de la libre compraventa de terrenos y rentabilización de las inversiones, contrapuesto al rutinario, tradicional, repetitivo, previsible, estático, sistema anterior. Su consecuencia fue una mayor movilidad social: posibilidad de acrecentamiento y pérdida de patrimonios. Los labriegos desposeídos de sus fincas pasaban a ser braceros, jornaleros, emigraban a las grandes fincas o se empleaban en las manufacturas. La obsesión de la burguesía enriquecida era cambiar de “estado” o estamento, pasar a ser nobles. Para ello acaparaban tierras, secularmente la seña de identidad de la aristocracia, y contraían matrimonio con herederas de títulos de familias arruinadas, dispuestas a emparentar con burgueses si con ello recuperaban su fortuna. Sin embargo, la dificultad de la transmisión de dichos títulos por línea femenina era un serio obstáculo.

Otra opción era “invertir” (“investir” es la palabra adecuada, tal como se emplea en otras lenguas, a imitación de las investiduras religiosas, que se mercadeaban) parte del patrimonio conseguido en la compra de cargos públicos, a la espera de que sus buenos oficios le consiguieran una titulación real, en agradecimiento o por recomendaciones, favores debidos o intereses creados. Como no podía haber títulos para todos, como la propia conceptualización de la aristocracia era el elitismo, la reducción a un pequeño grupo social destacado, privilegiado, la consecuencia no podía ser otra que una mayor diversificación social y un cada vez más extendido descontento. Además, el absolutismo hacía de la potestad monárquica de conceder o arrebatar títulos y propiedades (el rey no podía desprenderse de gran parte de sus posesiones sin poner en riesgo dicho poder absoluto, por lo que, para contentar a unos, había que expropiar a otros) un uso excesivo, que producía más descontentos, rivalidades, envidias, injusticias, agravios comparativos, dentro de la propia clase dirigente. De todo ello no podía esperarse sino frecuentes levantamientos, que desembocarían en la revolución liberal. Sobrepasado por tantos desastres militares y políticos, incapaz de recuperar el imperio portugués y Cataluña, el conde-duque fue sustituido por Luís Méndez de Haro y Guzmán, IIº conde-duque de Olivares, sobrino del anterior, más propenso a negociar la paz, con una visión más realista. Murió el safaví Safi Iº, que fue sucedido por su hijo, Abbas IIº, que se caracterizó por su tolerancia religiosa, especialmente respecto de los cristianos. Chetta IIº había cambiado la estrategia tradicional de sus antecesores, permitiendo a los holandeses abrir importantes centros comerciales en Cambodia. Abdicó en uno de sus hijos, que tomó el nombre de Rama Ttupdey Chan, aunque al poco se hizo mahometano, asumiendo el nuevo nombre de Ibrajim. Como consecuencia de su nueva religión expulsó a los holandeses.

Como estos se resistieron, ordenó apresarlos, llegando a asesinar a algunos. Makassar, en las islas Célebes, y Bali acordaron delimitar sus zonas de influencia. Con ello ambos garantizaron su intendencia, aunque quedaron a merced económica de los holandeses. Se fundó Montreal, en la afluencia del Ottawa al San Lorenzo. Sin embargo, Francia seguía sin prestar la adecuada atención a las colonias americanas. Tratando de impedir una peligrosa concentración de hugonotes en Canadá obstaculizó su emigración. Pero no sólo a los adscritos a esta secta, puesto que la política demográfica general, la necesidad de grandes ejércitos y aumentar la producción para suministrarlo, tanto como la política económica mercantilista, conllevaban imponer reducidas cuotas a la emigración. En 1.643, Massachusetts contaba con 15.000 habitantes, agrupados en bien planeadas y cercanas aldeas (que llamaban towns, con notable exageración y vanidad) que permitían su fácil defensa, al contrario que las alejadas granjas virginianas. Consciente del poder alcanzado, intentó integrarse en una confederación puritana con Connecticut, New Haven y Plymouth. Pero la arrogancia de su General Court provocó recelos en Londres, por lo que nunca sería autorizada: los intereses coloniales norteamericanos británicos, basados en el desarrollo capitalista, burgués, obligados a pagar impuestos, comenzaban a entrar en contradicción con la metrópoli. En otros imperios este proceso sería más lento, ya que se habían fraguado y organizado bajo patrones aristocráticos similares a los metropolitanos. Pero el desarrollo autóctono norteamericano, inicialmente autoadministrado, sin apoyo ni injerencia estatal, estaba creando antecedentes que no podían terminar sino en la indpendencia. Tseuang Rabtan fue proclamado jan de los zungares. El rebelde Chang Jsien-chung entró en la provincia de Sichuan. Abajai murió sin haber hecho realidad su sueño de reunificar el imperio chino, aunque bajo dominio manchú. Sin el belicoso aliento de los anteriores omnipotentes Ministros, de Francia y las Hispanias, respectivamente, se llegó a un congreso de paz en 1.644, en Westfalia.

Los parlamentarios ingleses derrotaron a Carlos Iº en Marston Moor. Oliver Cromwell se hizo célebre como organizador del ejército parlamentario, como fanático defensor de las comunidades calvinistas independientes, e intrépido General de los caballeros ironsides (“rodeados de hierro” o armadura) puestos a su mando. Li Tsu-ch’eng entró en Pekín, que, traicionada por los eunucos, tuvo que rendirse. Al parecer se llevó para su harén a la concubina predilecta de Uu San-kuei, el General del Frente Norte. Ch’ung-Chen, el último emperador Ming, se ahorcó en la balaustrada de palacio. Uu San-kuei pidió ayuda a los manchúes para reconquistar Pekín. Y así lo hicieron. Pero los manchúes, que, para entonces mantenían un ejército de 220.000 hombres, más unos 100.000 mongoles, que se les habían unido, y 130.000 chinos, no abandonaron el Norte del país. Suele ocurrir: la “ayuda” extranjera sólo beneficia a los extranjeros. Uu San-kuei, en vez de expulsar a los invasores que él mismo había llamado, se dedicó a perseguir a los ejércitos rebeldes, quizás cegado por su odio. Y es que el odio de clase es internacional, no tiene banderas, va más allá de cualquier patrioterismo que no sirva para mantener privilegios de clase. Aunque también pudo influir el intento de recuperar a su concubina predilecta, si fuese cierta dicha historia. La “hidalguía” o baja aristocracia, tras algunos titubeos, decidió pactar con los manchúes, tal vez llevada por su oposición a los funcionarios leales a la dinastía Ming, y a cambio de conservar sus privilegios. Así Chun Chij se proclamó emperador, iniciando su dominio la dinastía manchú, o Ching, como la había denominado Abajai. Uu San-kuei fue nombrado por éste Gobernador civil y militar de las provincias de Yunnan y Güichou, aunque, de hecho, también era el señor de Junan, Sichuan, Chenxi y Kansu, y actuó prácticamente como un reyezuelo.

La desafortunada intervención de Cristián IVº en la Guerra de los Treinta Años, junto con los éxitos suecos, que habían hecho cambiar la situación hegemónica en el Báltico, le llevó a una nueva confrontación con Suecia, que ya era imposible de ganar para Dinamarca. Así que se vio obligado a aceptar la Paz de Brömsebro, en 1.645, por la que tuvo que ceder las islas de Gotland y Osel, y algunas provincias noruegas limítrofes, a los suecos. A la muerte de Miguel IIIº le sucedió Aleksei (castellanizado como Alejo Iº) Mijailovich. Venecia y el imperio otomano se enzarzaron en una guerra que duraría 24 años. El rebelde Li Tsu-ch’eng fue derrotado y muerto en China. Los jesuitas Johan Adam Schell von Bell, alemán, y Ferdinand Verbiest, flamenco, fueron encargados de la dirección del departamento de astronomía, al que conferían gran importancia, ya que era el encargado de confeccionar los calendarios astrológicos, a partir de los cuales se planificaban los ceremoniales cortesanos. Sus éxitos como misioneros estuvieron menos relacionados con su capacidad persuasiva doctrinal que por la admiración que despertaban como matemáticos y científicos. El cristianismo conllevaba la dificultad de convencer sobre la monogamia, contraria a las costumbres de las clases superiores y medias. Con todo había continuado su expansión. Amangkurat Iº consiguió imponerse sobre los reinos contrincantes, asumiendo el título de “Señor de las 33 islas y regiones de toda Java”. Le prestaron acatamiento Makassar, Palembang y Dyambi. Consideraba vasallos suyos a los Estados europeos con los que se relacionaba, tratando con desprecio a sus embajadores. En 1.646, los parlamentarios volvieron a derrotar a las tropas monárquicas en Naseby. Carlos Iº trató de refugiarse en Escocia, donde había nacido y vivido hasta los 4 años, que antes se le había revelado. Como era de esperar, lo entregaron a los parlamentarios, que se habían dividido respecto del caudillaje de Cromwell, en unas disputas cada vez más agrias con los presbiterianos de los Comunes, sobre la futura constitución eclesiástica inglesa.

Este intentó negociar con el rey, pero fracasó por la ostinación religiosa del soberano. Baviera fue devastada, sin que el emperador fuese capaz de impedirlo. Los tercios españoles fueron de nuevo derrotados en Lens. Para colmo de males moría el príncipe Baltasar Carlos: nuevamente tomaba cuerpo lo que parecía una maldición contra los varones herederos de la monarquía española. Las amenazas holandesas forzaron a Ibrajim a devolver los holandeses y sus mercancías apresados, y a indemnizar a la Compañía Holandesa de las Indias Orientales por todo ello, aunque se negó renovar los Tratados, que suponían conferirles el monopolio comercial. En 1.647, Suiza estableció el Derecho Defensional, por el que toda la Confederación se organiza, unitariamente, para su defensa. De manera que, en la práctica, dejaba de ser una auténtica Confederación para actuar como una Federación. El rebelde Chang Jsien-chung fue derrotado y muerto. Tomó su antorcha Cheng Ch’eng-kung, que se dedicó, sobre todo, a la piratería. Finalmente, en 1.648, otro ejército, esta vez franco-sueco, invadía de nuevo Baviera. Tras sangrientes batallas pudo ser detenido en el río Lech. Entonces, tras trece años de negociaciones, los combatientes conocieron que se había llegado a los acuerdos de Münster, con Francia y los Países Bajos, de Osnabrück, con Suecia, y el definitivo resultado del congreso de Westfalia, con un Tratado de Paz. España reconocía la independencia de los Países Bajos y les entregaba parte del Brabante y del Limburg, aparentemente poco, pero aceptaba unas cláusulas comerciales que arruinarían al Flandes español, cuyos puertos quedaban cerrados, y que permitían a Holanda el dominio de los mares, sin competencia, y el comercio con las posesiones hispanoamericanas. Con ello terminaba la Guerra de Flandes o de los Ochenta Años: la “herencia” de dicho ficticio reino, en aquella época, había sido envenenada. España debía haber evaluado correctamente el poder de sus enemigos, de los intereses en juego, y la situación geopolítica que hacían muy difícil el envío de tropas (el coste de “poner una pica en Flandes”) y aprovisionarlas adecuadamente, por lo que debía haberse ahorrado tan prolongada guerra, cediando a la realidad y adminitiendo anteriormente dicha independencia.

Inglaterra también salía favorecida de tal situación marítima, aunque en menor medida. El emperador estaba obligado a llegar a acuerdos para limitar las pérdidas territoriales, que se redujeron a la Pomerania Anterior y todas las desembocaduras de los ríos más importantes, que pasaron a poder de Suecia -con lo cual podía participar e influir en la Dieta y controlar el comercio alemanes- Alsacia, que pasó a Francia, que también confirmaba la posesión de Toul, Metz y Verdun; y Pomerania Interior, que pasó a Brandenburg, que debió ser compensada, ya que sus aspiraciones eran superiores, con diversos obispados, igual que Mecklenburg. Tal reparto de obispados septentrionales impedía aplicarles el Edicto de Restitución, lo que colmaba las aspiraciones, políticas y territoriales, de los príncipes protestantes. El Sur y el Oeste alemán continuaron siendo católicos. Hubo una amnistía general, se garantizó el ejercicio privado y público de la religión y la libre circulación de personas y bienes. Sobre las disputas interpretativas a la Constitución imperial también los protestantes obtuvieron plena satisfacción. Así las controversias que afectaran a distintas confesiones no serían resueltas por la Dieta, como máximo estamento judicial, sino mediante negociación entre las partes. Igualmente el tribunal imperial tendría composición paritaria de católicos y protestantes. A cambio de integrar a juristas protestantes, los reformados admitieron la validez del Consejo Imperial de Viena. Los principados adquirían el derecho a pactar alianzas, siempre que no se realizasen contra el emperador o el Imperio. Todo ello aceleró la formación de pequeños Estados y ciudades imperiales, regidos de forma absolutista, con plena soberanía y débil cohesión jurídica, en detrimento del poder imperial, situación que iría progresando hasta más de dos siglos después, hasta que éste fuese sustituido por el IIº Reich: el Imperio feudal había prácticamente desaparecido. Francia y Suecia obtuvieron en Westfalia el estatuto de garantes de los Tratados de Paz, lo que les daba derecho de intervención.

Todo esto significaba el establecimiento del statu quo se había consolidado y de un derecho de gentes internacional, lo que influiría en una profunda transformación económica y social. Suecia adquiría un rango de primer orden, con predominio en el Báltico, pues la posesión de Finlandia, Ingria, Estonia y Livonia le permitía controlar la parte de mayor importancia estratégica de las costas de Pomerania, y, desde el ducado de Bremen, las desembocaduras del Elba y del Vístula y sus importantes vías comerciales, especialmente las marítimas y fluviales. Sin embargo, Dinamarca matenía buena parte de su poderío, y algunos territorios en suelo sueco, lo que garantizaría guerras futuras. Además, Brandenburg, Polonia y Rusia comprendían la necesidad de oponerse al expansionismo sueco. En la labor de garante de la Paz de Westfalia, Suecia sería sustituida por Rusia en el siglo siguiente. Francia, además, se constituía en garante de la “libertad” de los principados alemanes. A la Confederación Helvética y a los Estados  Generales  de  los  Países  Bajos –después de ochenta años de guerras, sólo contra España, sin contar las anteriores contra Francia- se les reconocía la plena independencia jurídica del Imperio. Suiza quedaba configurada, no por una Constitución única o alianza general, sino por un sistema de alianzas bilaterales y cartas de federación, lo que reforzaba la idea de ser, cada uno de ellos, repúblicas soberanas. Al núcleo de trece cantones se le añadieron otros llamados adictos, que se unieron mediante cartas de pacto, y el dominio sobre territorios de mayor o menor extensión, administrados comunalmente por varios de ellos. Fue, precisamente, este dominio conjunto, lo que más consolidó la confederación. Tradicionalmente todos los cantones se reunían, anualmente, en Baden, aunque, durante la guerra de los Treinta Años, se produjo una división: los cantones y regiones protestantes se reunieron en Aargau, y los católicos en Lucerna.

La devastación de la guerra y el consecuente encarecimiento fueron beneficiosos para la agricultura y ganadería, y, en conjunto, para toda la economía suiza. Sus terrenos se revalorizaron, ya que, al no padecer tantas calamidades como Alemania, se convirtió en refugio de capitales, mediante la compra de fincas o de hipotecas. La paz, en cambio, les fue negativa, ya que los precios bajaron rápidamente, mientras que las hipotecas aumentaron, sobretodo las de los campesinos. Con todo ello la idea de la igualdad de los Estados europeos y el equilibrio de poderes sustituyó a la del Imperio “Universal” (en griego “ecuménico” o “católico”) heredada de los romanos, que acabaría desintegrándose formalmente. Alemania y Chekia quedaron devastadas durante dos siglos. Muchas regiones sufrieron despoblamiento. La destrucción de casas, aperos de labranza y ganado hicieron retornar al estado selvático regiones agrícolas. No obstante, salvo en los Sudetes y al Este del Elba, donde los campesinos se vieron obligados a vender gran parte de sus tierras, la estructura de la propiedad no se modificó en gran medida. En las ciudades, además de la reducción demográfica, retrocedió la industria y el comercio, lo que se añadía al desplazamiento hacia el Occidente europeo, a las rutas atlánticas, transoceánicas, del centro de gravedad económico. Sólo algunas ciudades, como Hamburg, Frankfurt o Leipzig, mantuvieron cierta importancia. Los numerosos y elevados derechos aduaneros, que se convirtieron en una importante fuente recaudatoria para los pequeños Estados, contribuirían a obstruir la recuperación económica. Aunque la recuperación demográfica se produjo con notable rapidez, la pobreza y, sobretodo, un sometimiento espiritual, se mantendrían durante más de dos siglos, continuando su influencia hasta en la gestación del nazismo, tanto como el aislamiento respecto del resto de Europa, que caracterizaría también dicha etapa. Todo lo cual beneficiaría al desarrollo de Inglaterra, que compartiría con los suecos las rutas comerciales marítimas de la antigua Liga Hanseática.

Los suecos retuvieron algunas de las regiones que habían conquistado, en prenda por la paga de sus ejércitos, que, en el Tratado de Paz, se había fijado en cinco millones de táleros. De Haro continuó la guerra contra Francia, que pasaba por dificultades, con la intención de recuperar Cataluña y defender Flandes español. En Francia estalló la rebelión de La Fronda, así llamada porque sus participantes, diputados burgueses de los Estados (Estamentos) Generales, pero también la alta aristocracia, que pretendía la caída del Cardenal Mazarino, se parecían a los niños que disparaban sus hondas contra los vigías de las murallas de París, para salir huyendo en cuanto llegaban los soldados. Pascal realizó una serie de experimentos por los que concluyó la ley de los vasos comunicantes y la explicación de los fenómenos físicos del aire (masa, gravedad, presión) que destruían las antiguas bases sobre el espacio vacío. Descubrió el cálculo probabilístico y sobre cicloides de revolución. El matrimonio de Guillermo IIº de Orange con la hija de Carlos Iº de Inglaterra evidenciaba las aspiraciones dinásticas de dicha familia, que, con el Tratado de Paz, perdían su poder, ya que en Holanda dejaba de ser preeminente la dirección militar sobre las instituciones democráticas. Berna y Lucerna se vieron obligadas a devaluar su moneda, concediendo un plazo demasido breve para el canje, lo que provocó un levantamiento campesino. En Lucerna la dirigió el gran terrateniente Hans Emmenegger. La revuelta se extendió por Basilea y Solothurn. Se concluyó un pacto, bajo la dirección de Nikolaus Leunberger, un terrateniente de Berna. Sin embargo, la Dieta, suprema autoridad confederada, tomó cartas en el asunto, lo que hacía imposible la solución negociada.

Ante una situación a la que no se le veían salidas, tras largas consultas con sus oficiales, Cromwell se lanzó con su ejército hacia Londres, desalojó a los presbiterianos del Parlamento, y, con el llamado “Parlamento incompleto”, se encargó de enjuiciar al rey, constituyendo un tribunal especial con 135 jueces laicos, que le acusó de tiranía y de haber intentado privar al pueblo inglés de los derechos fundamentales de su libertad. Así evitaba que el rey pudiese ser procesado por el Parlamento, ya que muchos de los insurrectos no estaban conformes con tal enjuiciamiento. Carlos Iº negó la legitimidad de dicho tribunal, y sólo en una ocasión tomó la palabra para defenderse. Esto hizo dudar a muchos jueces, por lo que Cromwell tuvo grandes dificultades para conseguir el número de votos para condenarle. A la elección de Federico IIIº como rey de Dinamarca, la alta aristocracia, que monopolizaba el Consejo del Reino, con poderes mucho más considerables que su homólogo sueco, y que ya poseía la mitad de las tierras cultivables, aprovechó para consolidar su poder. El vasa Juan Casimiro IIº fue coronado como rey de Polonia. Hasta casi su muerte debió ocuparse de las rebeliones de los cosacos y los ataques de los tártaros, suecos, Brandenburg y Transilvania. Axel Oxenstierra comprendió perfectamente que mantener el predominio sueco precisaba una gran capacidad militar, lo cual hacía necesaria la reconstrucción económica del país, a la que se dedicó. Desembarazada de Oxenstierna, Cristina abandonó las ideas expansionistas de su padre, por lo que, a partir de entonces, Suecia sólo jugaría el papel de principado imperial. Mejmet IVº fue coronado sultán de Turquía. Nació el príncipe Constantino, heredero de la dinastía Ming, que fue bautizado cristianamente. Se refugiaría en Birmania acompañado de los restos de la Corte.

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