1.805: La batalla de Trafalgar

Fuera de Francia proclamaba la libertad y la emancipación respecto de otros imperios para imponer el dominio, el imperialismo francés (igual que haría Estados Unidos en la época que se conoce como neocolonialismo o neoimperialismo) que llegaba hasta la reproducción de los estilos políticos, sociales, administrativos, científicos, educativos, económicos, culturales, artísticos y jurídicos franceses. Simultáneamente, la burguesía francesa fue sometida, conscientemente, a un proceso de despolitización: sólo sus intereses económicos les competían y en ellos debían centrarse. Una vez más se confirmaba que la revolución había terminado. Seis meses más tarde, haciendo ver que obedecía el mandato popular del plebiscito, Napoleón declaró que aceptaría el título imperial. Obsérvese que todas las transformaciones las justificaba mediante plebiscito, con lo que asumía el poder absoluto mediante métodos democráticos. Muchos dictadores han pretendido justificarse así, bajo la única respuesta de sí o no. El nazifascismo reproduciría tal esquema. En realidad era del todo coherente que quien estaba fundando reinos fuese emperador. Para el pueblo era la garantía de permanencia de los logros y conquistas revolucionarios, así como motivo de orgullo nacionalista, de la grandeza y esplendor imperial de Francia, de nuevo renacida. Napoleón visitó Aquisgrán, la vieja ciudad imperial de Carlomagno. Estaba previsto que, además de quinientas vírgenes o doncellas, como en la coronación de Carlomagno, sus hermanas y cuñadas oficiasen de damas de honor. Estas le montaron una escena, porque era tradicional que las damas de honor pertenecieran a la nobleza. Así que, antes de ser entronizado, sin más ceremonia ni legitimación, les dijo que se pusieran de rodillas y, golpeándoles la cabeza con la mano, les confirió títulos nobiliarios. Pío VIIº, tras la experiencia de su predecesor, accedió a coronar emperador a Napoleón, el 2 de diciembre, en lugar de enfrentarse a él, en la catedral de Nuestra Señora (Notre Dame) de París. Si bien éste le arrebató la corona de las manos y se la impuso él mismo y a su esposa, para no deberle nada a la Iglesia Católica. Esta, a partir de entonces, utilizó sólo su segundo nombre, con el diminutivo de Josefina, pretendiendo tanto dejar atrás su pasado, como posicionarse en el puesto de emperatriz.

Quizás con intención de participar en las decisiones políticas, de compartir el poder, como las esposas de los emperadores de la dinastía Julia-Claudia y muchas bizantinas. Antes de final de año todos los miembros de la familia imperial fueron designados príncipes, los Ministros grandes dignatarios, y los Generales, Mariscales de Campo. La Iª República Francesa había desaparecido. Francia volvía a estar sometida a una monarquía hereditaria. No obstante no se proclamó emperador de Francia, sino de los franceses, como había hecho la última Constitución monárquica, doce años antes, respecto del rey, queriendo dar a entender que no dominaba el país, sino que lo administraba por elección, a petición, de sus ciudadanos, y para defender los intereses de éstos. Federico Guillermo IIIº nombró Ministro al liberal, en lo económico, y democrático, aunque conservador, en lo social -una novedosa mezcla- barón von Stein, que no sólo impulsó reformas de corte ilustrado, sino que, sobrepasándolas, criticó al propio sistema absolutista. Un movimiento nacionalista servio, que tomaba la antorcha de la tradición del gran reino servio, sostenida por la Iglesia ortodoxa servia, la poesía popular, los permanentes partisanos y la rebelión, recientemente aplastada, de los jenízaros de Belgrado, bajo la dirección de Kara Jordje Petrovic (apodado, en un juego de palabras, Karadjordje, “El labriego negro”) se sublevó en los Balcanes contra los turcos. Con su victoria, los alcaldes de aldea, los sacerdotes, los comerciantes, los gremios urbanos y las autonomías locales, se pusieron de su lado. La insurrección terminó, atinadamente, logrando un Senado y una Asamblea Nacional, aunque formada por el clero, los comerciantes y los campesinos, autónomos, por el Tratado de Bucarest, antes de agotarse contra tan temible imperio. Karadjordje consiguó una posición preeminente. Sin embargo, como era de esperar, Turquía reunió el ejército suficiente y reconquistó el país. Rusia invadió Transcaucasia sin que Gran Bretaña hiciese nada por impedirlo. Reyes de diversas tribus fulbé (o fulani, como las denominan sus convecinos, las tribus jausa, nombre propagado por los autores angloparlantes, o peul, como les llaman otras tribus vecinas, y que propagado los franceses) dominaron entre Darfur, Timbuctú y el Senegal inferior.

La última colonia fulbé, en la región de los jausa, en Africa oriental, el reinado del mahometano Osman dan Fobio, se convirtió en un movimiento religioso radical, que inició una guerra santa, la yijad fulani, contra sus vecinos, los jausa de Gobir, de 6 años de duración. Su intento de invadir el sultanato de Borne fracasó, por lo que trasladó su capital al Oeste, a Sokoto, donde fundó el califato de tal nombre. Rezanov y Krusenstern, al mando de una segunda expedición, haciendo uso de la autorización otorgada, desembarcó en Nagasaki. Pero volvieron a fracasar en su intento de establecer relaciones comerciales. En represalia, durante los años siguientes los buques rusos bombardearon los puestos fronterizos japoneses en Jokkaido (“Camino del mar del Norte”, antes conocida como Ieso) y Sajalin, lo que exacerbó aún más la xenofobia nipona. Jefferson envió a los militares Meriwether Lewis y William Clark a explorar un río que llegara al océano Pacífico. Remontaron el Missouri y las Montañas Rocosas. Bolívar, en otro viaje por Europa, renovó en el Monte Aventino, donde se refugiaban los revolucionarios y demócratas de la República de Roma, antes de Julio César, su juramento de fidelidad al independentismo americano. En 1.805, un ejército francés bloqueó al austríaco en Ulm, obligándolo a capitular, mientras Napoleón llevaba otro a Viena. Napoleón había calculado que precisaba 2.000 buques para controlar el Canal de la Mancha y transportar sus tropas de desembarco. Para ello era imprescindible la colaboración de España. Manipulando a unos y otros, a Carlos IVº le acusaba de que Godoy estaba apoyando a los británicos, al tiempo que le ofrecía una partición de Portugal. Con todo ello consiguió de Carlos IVº un convenio de neutralidad seguido por una alianza militar, que revitalizó los compromisos de La Granja y Aranjuez. Así preparó su Gran Ejército para invadir Gran Bretaña, a través de Irlanda, aprovechando los deseos independentistas y desavenencias religiosas de ésta. Es decir, el plan inverso al de la Grande y Felicísima Armada de Felipe IIº. Las Flotas francesa y española buscaban conjuntarse para poder combatir a la británica. La francesa, recién construida, carecía de suficiente tripulación y Oficialidad experimentada. También la española había sido recientemente renovada, tras el desastre del cabo de San Vicente. Por lo que cierta parte de su tripulación también era bisoña.

Conocedora de tal intento, una Flota británica, inferior a la conjunta francesa y española, la atacó en Finisterre, durante unas tres horas, causándole grandes bajas y apresamientos, tras lo cual, dada su inferioridad y no queriendo tentar más a la suerte, los británicos se dieron a la fuga. Con ello la invasión se hizo imposible y cualquier deseo de combatividad de la Flota conjunta quedó seriamente mermado. Así que buscaron refugio en Cádiz. Hasta que, sabiendo que la de Nelson había salido del Mediterráneo, fueron a su encuentro. Todos los antecedentes eran siniestros, y no se podía esperar otra cosa que el desastre. Así lo escribieron a sus familias los Oficiales españoles más lúcidos, que morirían heoricamente días más tarde. Aquella mañana había una densa niebla. Lo lógico era que la Escuadra española, algo más experta y conocedora de su litoral, navegase pegada a la costa, evitando sus arrecifes. Pero sabían que la británica estaba cerca, por lo que los franceses prefirieron que fuese la española la que defendiese la línea exterior, formando dos columnas paralelas. Sobre las diez, la niebla comenzó a disiparse, resultando que los británicos se encontraron a mitad de las líneas coaligadas, pudiendo distinguir la silueta de sus mástiles al trasluz del sol, aún bajo, mientras que los españoles, con el sol de espaldas, no podían detectarlos. Si no hubiese habido niebla la situación hubiera sido la inversa, puesto que los británicos se encontrarían con el sol deslumbrándoles. Nelson, ahora con el mando absoluto, a pesar de la afrenta a su aristocrática esposa al vivir con su amante, faltarle un ojo y un brazo, perdidos en combate, una especie de Millán Astray, el fundador de la Legión Española, y estar perdiendo la vista de su único ojo, lanzó su Flota, directamente, sin más preparativos ni formar línea de combate, arremolinados, contra los buques que tenía más cercanos. Como la única forma de comunicación de la época eran las banderas y banderolas de señales, con niebla no había forma de transmitir las órdenes. De modo que Nelson partió en dos a la Escuadra española, mientras la francesa, emparedada, entre sus aliados y la costa, no podía, ni deseaba, maniobrar, arriesgarse a recibir el fuego sin conocer exactamente su procedencia, entrar en una ratonera. Cuando se levantó la niebla el desastre estaba consumado. La heroicidad de los marinos españoles fue completamente inútil, en todos los sentidos. A Nelson, una bala de cañón le segó una pierna.

Durante un tiempo continuó dirigiendo la batalla, con el muñón enterrado en un barril de pólvora, para contener la hemorragia, al más puro estilo naval. Pero debió ser encamado, porque ya no le quedaban fuerzas para sostenerse, muriendo desangrado o por la conmoción traumática. Sus compatriotas, tan moralistas, tan hipócritas, tan dados a mantener las apariencias, que le detestaban porque convivía abiertamente con su amante, la esposa del político William Hamilton, terminarían convirtiéndolo en su mayor héroe de la Historia. Gran Bretaña se salvaba de ser invadida, otra vez, y aseguraba su supremacía naval durante 135 años. La Marina de guerra española nunca volvió a rehacerse con la misma potencia: las circunstancias históricas impidieron construir otra de semejante envergadura, tanto como contar con suficiente marinería y Oficialidad experimentada. La pérdida de la mayor parte de las colonias americanas la haría innecesaria. La Armada española era lo único por lo que Napoleón estaba dispuesto a una alianza. Así que, sin ella, sólo se podía esperar la invasión. Aunque la Flota francesa no sufrió daños, en solitario no podía enfrentarse con la británica. Menos aún tras tan terrorífica experiencia. Napoleón no tenía otro modo para acabar con tal poder que impedir su comercio en el Continente. La Armada española era lo único por lo que Napoleón estaría dispuesto a una alianza. Así que, sin ella, sólo se podía esperar la invasión. Pretendiendo sacar el mayor provecho, Godoy intentaba convencer a sus reyes, a Napoleón y al Príncipe de Asturias distintas formas de reparto, que incluían Portugal, que debía ser conquistado previamente. Napoleón pidió Cataluña, con lo que recuperaría los límites probados de Carlomagno. Después llevó la hipotética frontera al río Ebro, la zona inconcreta a la que se supone que llegó el primer Emperador franco, y a donde habían llegado las tropas revolucionarias tras la invasión española de Francia. Y, más tarde, argumentando que debía asegurar una rápida intervención ante un desembarco británico en Portugal, todo el Norte, incluida Galicia. Godoy se pedía Andalucía, el Alentejo y América, por lo que a los reyes les quedaba muy poco. Claro que a la reina no le importaba mucho, porque presuponía que iba a estar junto con su Manuel, con la mejor tajada. Y que su hijo Fernando, el mayor  de los varones supervivientes, acabaría heredándolo todo.

Lógicamente, menos lo que se quedase Napoleón. Que iba a ser todo. Este convirtió la República de Italia en Reino de Italia. De modo que también creó el antecedente de la reunificación italiana. El archiduque Carlos, tras sus éxitos en el Norte de Italia, se vio obligado a replegarse hacia Hungría. Napoleón llevó a su ejército a Austerlitz. Se desplazaba en un carromato, en el que había instalado su despacho. Desde él dirigía su imperio. Escribía cartas y más cartas, enviaba órdenes y reglamentos, desplegaba sus mapas y los analizaba. Además, así se ahorraba los comentarios jocosos de sus soldados, dada su escasa estatura, si caminaba o cabalgaba entre ellos. Por el contrario, dicho carromato, en el que sabían que trabajaba de continuo, arropado en abrigos y pieles, era objeto de reverente admiración. No obstante, repetidamente echaba pie a tierra y caminaba largos trayectos, mientras meditaba, estiraba las piernas y demostraba su perfecta forma física (aparte de sus ocultos hemorroides y enfermedad gástrica, posiblemente un cáncer) manteniendo el respeto de sus soldados. Le pareció que había encontrado el mejor lugar para entablar combate, y allí esperó, pacientemente, durante semanas, el parsimonioso avance de los ejércitos austríaco y ruso, que se dirigían contra él. Ambos habían concluido que los triunfos de Napoleón se debían a que estaba presente en las batallas y arengaba a sus soldados, reprochándoles cualquier acto que no considerase heroico. En realidad es una conclusión errónea, puesto que también sus Generales triunfaban en muchas batallas (aunque también perdían algunas) sin necesidad de que él estuviese presente. De modo que tanto Francisco IIº como Alejandro Iº estaban entre sus tropas. Enlenteciéndolas, como hacía Carlos Iº, Karl V, en circunstancias semejantes, caminando a la cabeza de sus ejércitos. Napoleón recorría, a pie, cada mañana y cada tarde, el terreno elegido. Los efectos de la luz, la lluvia, el barro, los encharcamientos, el curso de las torrenteras y su vadeo, la niebla. Los declives del terreno, como si fuese un golfista, el esfuerzo para subir las cuestas, la inercia para bajarlas a la carrera, así como para el despliegue y reubicación artillera. Los bosques y arbustos que podían ser escondites de sus fusileros y artillería.

Taló los árboles que podían entorpecer la visibilidad o la eficacia de sus cañones, dificultar los ataques en línea o las cargas de caballería, hasta diseñar el escenario que consideró más factible, encauzando premeditadamente el asalto de sus enemigos, por y hasta donde creyó más conveniente. En la que se ha llamado batalla de los tres emperadores obtuvo la brillante victoria que había planeado. Tras ella Austria se vio obligada a firmar la Paz de Pressburg, el 25 de diciembre, por la que cedía Venecia al reino de Italia, regido por Napoleón, y amplias zonas del Oeste de Baviera, a cambio de la devolución de Salzburg. En compensación convirtió a Baviera en reino, lo que tendría repercusiones en el futuro. Igual hizo con Württemberg, que había colaborado en la victoria. Para contentar a su familia y porque ahora él era emperador, ya no proclamaba repúblicas, sino que instauraba reinos. Gustavo IVº implicó a Suecia en la tercera guerra de coalición. El cambio de acontecimientos iba a situarla entre los imperios ruso y francés, lo que resultaría catastrófico. El médico escocés Mungo Park inició una segunda exploración, que duraría dos años, por la que descubrió las fuentes del Gambia, del Senegal y del Níger, así como buena parte de su cuenca. Tras descender por un río, que resultó ser el Columbia, ayudados por la india Sacagauea, Lewis y Clark llegaron al océano Pacífico. Zebulon Montgomery Pike remontó el curso superior del Mississippi, en el territorio de Minnesota. En 1.806 murió Charles Coulomb, inventor de la balanza de torsión, por la que pudo medir las fuerzas magnéticas y las cargas eléctricas, sin anularlas, sin descargarlas. Demostró que ambos fenómenos obedecían leyes similares a las de la gravitación. Es decir, que eran directamente proporcionales a su fuerza e inversamente a la distancia a la que se situaban dos objetos afectados por ellas. Las leyes de levas de reclutas le daban a Napoleón la posibilidad de disponer de 1.300.000 soldados, el 41% de los hombres en edad militar. Napoleón destronó a Fernando IVº de Borbón, rey de Nápoles, hermano del rey de España y suegro del Príncipe de Asturias. Sabiendo el aprecio que Napoleón sentía por Godoy, lo que no impedía que lo utilizara según sus intereses, es lógico que el odio y temor hacia éste por el heredero al trono español alcanzase sus mayores cimas.

Más aún cuando Napoleón exigió tropas, dinero, participación en el bloqueo continental contra Gran Bretaña (exactamente igual que cuando su hermano fue rey de España) y, no contento con ello, el puerto de Pasajes (para asegurarse el rápido envío de soldados contra Portugal, si fuera necesario) así como las islas Baleares para el destronado rey de Nápoles. Godoy comprendió que las ambiciones de Napoleón no tenían límites, por lo que comenzó a tener contactos para formar parte de la cuarta coalición contra Francia. Napoleón reaccionó aliándose con los partidarios del Príncipe de Asturias, que han pasado a la Historia como “La Camarilla”, quienes odiaban a muerte a Godoy. Napoleón nombró a su hermanos José, el mayor, rey de Nápoles, y a Luis, de Holanda, que dejaría de ser una república para el futuro. El 12 de julio, 16 Estados alemanes, todos los que se habían elevado de categoría, más otros principados del Suroeste, se declararon desgajados del Imperio, formando la Confederación de Repúblicas del Rin, y confiaron su independencia a que Napoleón les protegiese. Igual hicieron el resto de príncipes alemanes, uno a uno, excepto Austria, lógicamente, Brunswick, el electorado de Hessen y Prusia. Esta encomienda, prácticamente un vasallaje, conllevaba el compromiso de entregarles tropas y fortificaciones. Ante tales acontecimientos, el 6 de agosto, el todavía Emperador declaró disuelto el Sacro Imperio Romano Germánico (I Reich) caducado el cargo y dignidad imperial, y exonerados los príncipes, los Estados, los funcionarios y los súbditos de sus obligaciones respecto del mismo. Después de 6 siglos de decadencia y 964 años de vida, el gigante, último heredero, aunque no directo ni inmediato, sino tras un interregno de más de tres siglos, del Imperio Romano (de Occidente) desaparecía, desmembrado por Napoleón. Y Francia reunía todos los requisitos para sucederle, como ya había ocurrido con Carlomagno. Pero aún había otro imperio, que, arrogándose una injustificada herencia del Bizantino, también se proclamaba sucesor del Romano: Rusia. El Continente debería repartirse entre dos dueños ¿O sólo uno debería prevalecer? Napoleón ofreció el título de reino a Hannover, para distanciarla de Gran Bretaña. Simultáneamente negociaba con Prusia en relación a dicho Estado alemán, obligándola a ceder Cleves y a aceptar el acantonamiento de una guarnición francesa en Wesel.

Prusia comprendió que su estrategia de neutralidad dilatoria había resultado perjudicial: ahora Francia tenía mucho más poder, y era más difícil aún reunir una nueva coalición, a la que ya había Estados que era seguro que no se integrarían, que habían pasado al otro bando. Las tropas francesas no sólo habían llegado a las fronteras prusianas, sino que atravesaban sus tierras al Este del Rin y ocupaban ilegalmente Ansbach y Bayreuth. Con todo ello, el partido belicista de la Corte de Prusia se exaltó, obligando al indeciso Federico Guillermo IIIº a enviar un ultimatum aviso a Napoleón, para que retirase sus tropas de nuevo al Oeste del Rin, y, más aún, disolviese la Confederación, al tiempo que se establecía, de forma perentoria, sin los necesarios preparativos para su eficacia, una cuarta coalición, entre Prusia, Sajonia y Rusia. Es significativo que fuese la única guerra de coalición en la que no participó Gran Bretaña directamente. Napoleón reaccionó avanzando a toda velocidad hacia Turingia, antes de que dicha coalición estuviese preparada. El 10 de octubre las vanguardias de ambos ejércitos tomaron contacto en Saalfeld, en una escaramuza de caballería, en la que los prusianos fueron totalmente derrotados, perdiendo la vida el príncipe Luis Fernando. Cuatro días después sufrieron la doble derrota de Jena, a manos de Napoleón, y Auerstedt, por el Mariscal Davout, simultáneamente. El pánico se desató. Los distintos Cuerpos de Ejército y la mayor parte de las fortalezas prusianos, inimaginablemente, fueron capitulando, aunque otras fortificaciones resistieron con firmeza, como la de Kolberg, al mando de Gneisenau, que se hizo legendario (Hitler lo citaría repetidamente como ejemplo, dando tal nombre a buques y unidades de combate) Nettelbeck y Schill. O la de Grudziadz, a las órdenes de Courbière. Y también las tropas de Blücher, con igual tenacidad, en Prenzlau y Ratkau. No obstante no supusieron un gran retraso a Napoleón, que conseguía entrar en Berlín. Semejante humillación tendría consecuencias en la guerra francoalemana, tras la reunificación del IIº Imperio (II Reich) y en la Iª y principios de la IIª Guerras Mundiales. El rey huyó a Königsberg.

Godoy comprendió que no podía resistirse a las presiones de Napoleón, que nadie podía enfrentársele en el Continente, por lo que accedió a sus pretensiones. Napoleón publicó el Decreto de Berlín, por el que imponía el cierre de todos los puertos europeos a Gran Bretaña, y la prohibición de comerciar con ella, en represalia por el apresamiento de los buques mercantes franceses y de sus aliados. Toda mercancía, producto, británico, se consideraría buena presa, con independencia de quien la poseyera. Es decir, bien capturada. Consideraba que ello suponía combatir al enemigo con sus mismas armas. En Poznan pactó con el príncipe elector (que ya no lo era, desde que se disolvió el Imperio) de Sajonia concederle el título de rey, a cambio de que se integrase en la Confederación del Rin: Rusia se quedaba sola. Talleyrand comenzó a criticar la politica de guerras constantes de Napoleón, propagando que él podía haber conseguido lo mismo por vías diplomáticas, sin necesidad de guerras ni batallas, y le pasó información a Alejandro Iº. La invasión de Egipto y Siria por Napoleón había roto la alianza con Francia que, hasta entonces, se mantenía, y llevó a los otomanos a pactar con británicos y rusos. Estos, a cambio de facilitar buques de guerra a Turquía, consiguieron el libre paso por sus Estrechos. No obstante, cuando los británicos expulsaron a los franceses de Egipto volvieron a normalizar sus relaciones Francia y Turquía, y a enzarzarse en guerra ésta con Rusia. Consecuencia de ello, Turquía no intervino en ninguna otra guerra napoleónica. El General albanés Mujammad Ali fue nombrado Gobernador de la región del Nilo, cargo que desempeñó con una notable autonomía, y que tendría graves repercusiones en Oriente Medio. Al vencer los fulbé a los jausa se produjo un cambio político radical en el Este africano. Simultáneamente, Liptako, la colonia fulbé de Burkina Faso, desapareció. Los británicos volvieron a conquistar la colonia del Cabo de Buena Esperanza. Murió Alma IIº, sucediéndole Akbar IIº como emperador mo-gol. La India y China se habían convertido en sombras de su pasado: de ser de los mayores productores de artículos no agrícolas, a países agrarios con métodos ya obsoletos. No fue casualidad. En un siglo la Honorable Compañía de las Indias Orientales se había hecho con el control económico de la India. Era capaz de adquirir artículos hindúes por una cuarta parte de su precio en Londres.

Para que los buques no hiciesen el viaje de ida de vacío, les vendían productos ingleses, frecuentemente a un precio que quintuplicaba el de Londres. Con tales beneficios e importando barata materia prima, especialmente algodón, se produjo la industrialización británica. Mientras que la plata y el oro americanos, y las distintas riquezas coloniales, distribuidas en compras por casi todo el occidente continental, había estimulado la industrialización del mismo, excepto en los imperios ibéricos, donde se prefirió importar a fabricar, como “solución” inmediata, a corto plazo, comportándose como “nuevos ricos”, los productos y demandas hindúes beneficiarion en exclusiva a los británicos. Para poder comprar algodón a bajo precio era necesario acabar con la demanda de los hiladores domiciliarios. Así que la Honorable Compañía de las Indias Orientales les ofreció comprarles sus ruecas por una libra. Después las quemaban. Gandhi la incluyó en la bandera de la India como símbolo de la tradición, las clases trabajadoras y la lucha por la independencia. En teoría era posible comprar otra rueca por menos dinero, sacando provecho de ello. Pero los británicos podían quemar ruecas a más velocidad que los hindúes podían hacerlas. El precio de las ruecas se situó o aproximó, lógicamente, a la libra. Y a ese precio ya no las podían comprar los hilanderos, si se habían gastado parte del precio de la venta de la anterior en otras cosas. Si no tenían ruecas no podían producir, no podían generar ingresos para comprar ni ruecas ni nada. Si no había hiladores, los tejedores y los sastres se quedaban sin materia prima, y los algodoneros con sus cosechas sin vender, de modo que los británicos pudieron hacerse con ellas a bajo precio, como era su objetivo. Se calcula que así murieron 22 millones de hilanderos, tejedores, sastres, comerciantes de hilaturas, tejidos y ropas, y sus familias. Mucho más eficaz, aséptico, “moral” (nadie los mataba, eran designios del dios Mercado, contra los cuales los mortales nada podemos hacer, fruto de la libre decisión de las partes contratantes) aunque más lento que los hornos crematorios de Hitler. Karl Marx lo sintetizó al escribir que los desiertos hindúes están blanqueados con los huesos de todos ellos. Así se llegó a que los hindúes debieran importar hilados, tejidos, y confección textil, de algodón, británicos, que era lo que éstos pretendían.

Gandhi utilizó como arma contra el colonialismo la negativa a comprar dichos productos de importación: era preferible vivir desnudos o envueltos en una sábana que colaborar con los imperialistas y su negocio. Pero no fue sólo la hilatura, la principal manufactura hindú, sino toda su artesanía la que se destruyó sistemáticamente, al no poder competir con los productos fabriles británicos. La población hindú, que siempre había sufrido periódicas hambrunas, fue condenada a la inanición permanente, de la que fue saliendo poco a poco después de treinta años de independencia, el apoyo soviético y medidas criticadas como socialistas. Vietnam consiguió que Ang Chan IIº, educado en Siam, siendo aún niño, fuese coronado rey de Cambodia, con la obligación de pagar impuestos a Fu-suan, rey del Sur de Vietnam. Murió Kitagaua Utamaro, cuyas creaciones en xilografía policromada, en tonos pastel y tinta china, con el color de la piel confundido con el sepia claro del papel de bambú, de figuras femeninas japonesas estilizadas, verdadero antecedente del cómic artístico, así como sus obras eróticas, son mundialmente conocidas. Pike exploró el territorio de Colorado. Francisco De Miranda, caraqueño, hijo de emigrante canario enriquecido con el comercio, había mentido, declarándose nacido en España para obtener su más fácil acceso a la Universidad. Al ser nombrado su padre Capitán del Batallón de Milicias de Blancos de Caracas, siendo canario y comerciante, lo que parecía incompatible con tal nombramiento, concitó el odio de los criollos. Quizás por ello la familia volvió a España. Mediante el pago de 85.000 reales, Francisco De Miranda obtuvo la patente de Capitán del ejército español. Se distinguió en la defensa de Melilla ante el ataque del emperador de Marruecos. Ascendió a Tenientecoronel por su participación en la batalla de Pensacola. Compró allí cuatro esclavos negros para su servicio doméstico. Estuvo después destinado en Cuba. Por su participación en la conquista del archipiélago de Bahamas a Gran Bretaña fue ascendido a Coronel. La Inquisición en Sevilla llevaba contra él un proceso por proposiciones, tenencia de libros prohibidos y pinturas oscenas durante su estancia en España. Llegada la paz nada podía evitar su arresto, por lo que volvió a Estados Unidos. Allí realizó un estudio crítico sobre sus fortificaciones, e inició un inteligente sistema de obsequio e intercambio de libros sobre distintas culturas y costumbres populares, lo que le permitió el contacto personal con las más destacadas figuras de su época.

Por entonces, un conflicto de intereses entre Francia y España la llevó a culpar a ésta de no haber invadido Jamaica, único reducto que quedaba a Gran Bretaña en el Caribe. De Miranda, que había actuado allí en misión secreta de investigación de sus fortificaciones, amparado por estar negociando el intercambio de prisioneros, sabía que dicha invasión no pudo realizarse debido a un ataque preventivo británico, y porque las dificultades de la Flota de Francia (bloqueada en Martinica por la británica) habían llevado a ésta a firmar la paz. Para desprestigiarle y que no pudiese informar sobre tal tema, los franceses presentaron la acusación de traidor ante Estados Unidos. Así que prácticamente tuvo que huir a Londres. Hasta allí llegó la orden de captura al embajador español. Es posible que éste, que dudaba de su culpabilidad, le pusiera en antecedentes, por lo que huyó a Rusia, junto con un Coronel aventurero estadounidense, yerno del Presidente Adams. Allí el Príncipe de Potemkin le presentó a Catalina IIª. Viajó por toda Europa y Turquía. Llegó a ser Mariscal de Francia del ejército revolucionario, por lo que su nombre está inscrito en el arco triunfal de la Plaza de la Estrella de París, su retrato está en la Galería de Personajes del Palacio de Versalles, y su estatua en el Campo de Valmy, frente a la del General Kellermann, que dirigió dicha batalla en Champaña-Ardenas, derrotando a los prusianos que se dirigían a París, tras del intento infructuoso de la familia real de huir, uno a uno, de las Tullerías -donde dejaron un escrito anulando todos los decretos de la Asamblea Nacional y rechazando todas las pérdidas de poderes, aduciendo que habían sido obligados a ello- disfrazados de rusos, pero, al notar su ausencia la servidumbre, la Asamblea decretó el cierre de fronteras y apresamiento de todos los que intentaran cruzarla, deteniéndolos en Varennes, lo que les costó la cabeza a los monarcas.

Miranda concibió un imperio único iberoamericano, que se llamaría Colombia, en honor a Colón, Colombo en su idioma natal. Estaría regido por una dinastía descendiente de la Inca, con la que esperaba contentar a los indios (su participación se demostraría decisiva para la conquista de Perú, donde se concentraban las riquezas y el comercio colonial, como indica el dicho “vale un Perú”, y los partidarios de la dependencia de la metrópoli) y dos Cámaras legislativas. Con tales ideas, la ayuda británica (a cambio del libre comercio y el usufructo del istmo de Panamá, con el compromiso de construir un canal a su través, ya que, destruida la Flota española, nada podía impedirles el dominio de todos los océanos) y la bandera de Venezuela, que había diseñado, invadió su país natal, que abandonaría diez días después, debido a la falta de apoyo popular. Los británicos, bajo el mando de Beresford, conquistaron Buenos Aires, al saber que allí estaban depositados más de un millón de pesos procedentes del Potosí para ser enviados a España. El virrey de Río de la Plata, Rafael de Sobremonte, huyó con tal tesoro. Entre otras razones porque consideraba su misión impedir que tales depósitos de plata cayeran en poder británico.

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