Los efectos del franquismo

 Como se demostraron insuficientes para tanta represión, tanto “escarmiento” contra los que se resistieran a otra sedición militar (?) tanto terrorismo planificado, tanto exterminio, crearon aún diez auditorías de guerra y muchos juzgados militares, que tendrían incansable “trabajo” exterminador durante tres años consecutivos. Así, en Córdoba hubo 35 juzgados militares, 67 en Málaga, 22 en Alicante, 57 en Cartagena, donde habían quedado apresadas gran cantidad de tropas republicanas, y 57 en Barcelona. El 8 de mayo Franco desadhirió a España de la Sociedad de Naciones, solidarizándose con el resto de Estados nazi-fascistas. El 14 de mayo se impuso la cartilla de racionamiento ¡después de terminada la guerra! cuando había que alimentar a la población de Madrid y Valencia, más todos los republicanos que habían ido retrocediendo junto con el Frente, y ya las zonas agrarias controladas por Franco no podían abastecer a todos. Duró doce años ¡Más que las de las naciones devastadas por la IIª Guerra Mundial! Franco abrió las fronteras a los refugiados republicanos en Francia, que creyeron que no tenían nada que temer.

Posiblemente se tratase de un acuerdo con el Gobierno francés, y a instancias de él. El Paseo de la Castellana pasó a llamarse Avenida del Generalísimo. Por él, por ella, transcurrió el 19 de mayo el desfile de la victoria franquista. Se construyó una tramoya de madera forrada de cartón piedra, imitando un grandioso aunque simple, siguiendo el estilo de falso clasicismo romano fascista, arco triunfal de granito. En el dintel estaba escrito VICTORIA. A cada lado, en los laterales del pórtico, se repetía FRANCO / FRANCO / FRANCO, con el escudo heráldico utilizado por los Reyes Católicos.

Por delante, una tribuna, en parte altar, en parte imitando la de la Plaza del  Kremlin, Roja o Hermosa -homónimos en ruso- con el entrelazo de letras de VICTOR, que, con sangre del cordero de la fiesta de licenciatura, pintaban cinco siglos antes en las paredes exteriores de la Universidad de Salamanca, y del que Franco se apropió para él. Cuando, a propuesta de su “cuñadísimo” Serrano Súñer, Franco reinstauró un remedo de Cortes medievales, a imitación del corporativista Gran Consejo del Fascio mussoliniano, aunque añadiéndole un buen número de cardenales y a aquel órgano laico, en su tribuna de oradores del Palacio de las Cortes de la Carrera de San Jerónimo, inscribió el mismo entrelazado de letras doradas, como una marca al fuego para reses y esclavos, patentizando que no representaba la soberanía popular, sino al dueño del cortijo. Este presidió el desfile con su uniforme de Capitán General, aunque, sobrepuesto al cuello de la guerrera, asomaba la camisa azul falangista, y sustituía a la gorra reglamentaria la boina roja de los carlistas.

En realidad lo que se festejaba era el primer triunfo del carlismo, de sus ideales, después de cuatro guerras “civiles”: el retorno a la sumisión eclesiástica, al despotismo, acabando con cualquier indicio de democracia, ni siquiera de liberalismo, y a la monarquía, aunque la efectividad de este punto se demoró 36 años, hasta la muerte del dictador. Lo del cuello azul se haría habitual, por ejemplo, entre los “voluntarios” de la División Azul a Rusia. Compartía la tribuna, a ambos lados de la presidencia, al estilo de los desfiles del Kremlin, aunque no con dirigentes políticos, sino con los Generales subordinados directos suyos. El entonces General Varela se desprendió de una de las dos cruces laureadas de San Fernando, la más alta condecoración militar de España, que tenía repe, y se la prendió en la pechera de la guerrera de Franco, al que siempre se la habían negado, las varias veces para las que había sido propuesto. En posición de firmes, a ambos lados de la calzada, vigilaba las tropas que desfilaba su guardia mora personal, también un indicio de su punto de vista de señor, de hacendado, colonial, avasallador, esclavista. De que no se fiaba de ningún español, que prefería a los mercenarios a sueldo.

Después desfilaron casi 120.000 soldados, con sus fusiles, camiones, cañones y tanques. Al final, la Legión, los mercenarios “regulares” marroquíes, falangistas y requetés, con sus fusiles al hombro, como formaciones militares o paramilitares, los voluntarios portugueses y la Legión Cóndor. Con orgullo el Coronel Von Richthofen anotó en su diario que él lo encabezó, como le correspondía, mientras el público asistente daba enfebrecidos vivas a Alemania. Volando, varias escuadrillas de Heinkel He-51 formaban las letras de VIVA FRANCO. Parece increíble que en tan pocos días hubiesen podido ensayar tan difícil y peligrosa maniobra en formación ¿La habrían estado ensayando antes, durante la guerra? El 20 de mayo, el Cardenal Gomá, primado de España, dio a Franco a besar el lignum crucis, una astilla de la supuesta cruz en la que había sido torturado el Cristo, en el pórtico de la iglesia de las hermanas Salesas Reales, en la que entró bajo palio, como se hacía con los reyes de España. Un signo más del triunfo del carlismo. El Cristo de Lepanto, al que le atribuían capacidad milagrera, había sido llevado desde Barcelona a dicha iglesia de Santa Bárbara.

Ante su talla Franco depositó su victoriosa espada: España retrocedía hasta el “Siglo de Oro”, o, quizás, a los belicosos, inquisidores y unificadores Reyes Católicos. El 22 de mayo Alemania e Italia firmaron el Pacto de Acero, con el que se amenazaba a Polonia, haciendo ver que el Tratado con Gran Bretaña y Francia no iba a garantizarle nada, y, a ésta última, de las consecuencias de cumplir tal compromiso. El 30 de mayo atracó en Méjico el “Flandres”, llevando a 320 republicanos españoles. Entre ellos al doctor José Giral, que había sido Presidente del Gobierno y Ministro de la República. Más tarde arribaría el General Miaja, al que se le recibió como un héroe. Posteriormente llegaron otros tres buques, fletados por el Servicio de Evacuación de los Republicanos Españoles: el “Sinaia”, el “Ipanema” y el “Mexique”. Según el Partido Comunista, tras una visita a España, el conde Ciano escribió que aún había en España 10.000 personas a la espera de que se les ejecutara su sentencia  a muerte.

Que se fusilaba diariamente entre 200 y 250 cada día en Madrid (lo que supondrían unos 9.000 cada año, de mantener la proporción) 150 en Barcelona, u 80 en Sevilla, recalcando que dicha ciudad nunca estuvo en manos de los rojos. La “Ley” de Salarios Máximos redujo estos a niveles anteriores a tres años antes, pero no se redujeron por ninguna “Ley” ni de ninguna otra forma los precios de las subsistencias, que se habían triplicado o cuadruplicado, de manera que se hizo pesar directamente la inflación de precios sobre la clase trabajadora, a la que previamente se le había despojado de los sindicatos libres o ninguna otro modo de defensa. Al declarar nula la moneda oficial, republicana, todos los ahorros de las clases populares, que no estuviesen invertidos, por ejemplo, en inmuebles, valores o divisas, se esfumaron. El Servicio de Auxilio Social repartía mensualmente 25 millones de raciones de sopa a personas carentes de ningún tipo de ingresos, y que acreditasen “buena conducta”. Para la propia Falange, España entera hacía colas a la puerta de los cuarteles a la hora del rancho.

Era volver a la situación que criticaba Jovellanos, siglo y medio antes, sobre el reparto de la “sopa boba” sobrante de los conventos. La “contrarreforma” agraria no sólo arrebató las parcelas que habían recibido los campesinos, sino que se obligó a éstos a pagar entre 3 y 5 años de alquileres acumulados. Los que no pudieron atender tales pagos, como no podía “concedérseles” que siguiesen prestando sus servicios a sus señores “naturales”, además de expulsárseles, quizás para evitar que se sumaran a las descontentas poblaciones ciudadanas, o en castigo por no saldar tal “deuda”, muchos de ellos fueron detenidos, despojados de sus bienes, e incluso fusilados. Obnubilados por la propaganda del Reich del
Milenio, de los mil años (al Sacro Imperio Romano Germánico le faltaron unos decenios para alcanzarlo) los diversos dirigentes republicanos, incluso los anarquistas, repetían que habría fascismo para cien años, y se aprestaron a acomodarse al exilio. Sólo los comunistas mantuvieron que, en cualquier circunstancia, la lucha era posibe. Y necesaria. Y se aprestaron a la reorganización clandestina. Se hizo famosa la frase “al Partido no se le ve, pero se siente”.

Treinta años después se transformó en el lema de las manifestaciones multitudinarias: “Se ve y se siente, el PCE está presente”. Muchos de los derrotados  se negaron a entregarse, huyeron de los campos de exterminio, los batallones de trabajo forzado o las cárceles. Fueron los “huidos”, los que “se echaron al monte”, los “hombres de la sierra”, los famosos maquis, por el nombre de la planta agreste andaluza, que luego se imitaría por la resistencia francesa, muy influenciada por el gran
número de comunistas españoles. En Galicia, la terrible represión falangista de los primeros días del intento de golpe de Estado ya había producido la más masiva huida al monte, especialmente a la Serra do Eixe. Al año siguiente había unos 3.000 fuxidos en la zona de Viana do Bolo, además de los existentes en Asturias, cuya derrota aportó unos 2.000 combatientes más (que inmovilizaron durante 15 meses a 15 Tabores de mercenarios “regulares” marroquíes y 8 Batallones de infantería) León, Santander, Extremadura o Huelva. Poco a poco formaron grupos de resistencia, espontáneos, improvisados, obligados por el destino.

En Asturias fueron, sobretodo, cargos de responsabilidad del PSOE, como los hemanos Cepedal (“los cepedales”) en los montes de Aller, o los hermanos Morán (cuya huida provocó la represión fascista de la Falange, asesinando a seis de sus familiares y amigos) que se integraron bajo el mando de Marcelino Fernández Villanueva. En Huelva, aquel año, se fusiló a 650 huidos. Tras el final de la Batalla de Oviedo, José Mata, con el resto de su 64 Batallón, se echó al monte, donde sobrevivió recaudando una especie de impuesto revolucionario. En la zona de los Montes de Toledo aledañas de Cáceres se fueron congregando espontáneamente en torno a algún dirigente republicano, como Jesús Gómez Recio, “Quincoces”, alcalde de Aldeanuela de San Bartolomé por el PSOE, que se fugó de la cárcel con otros tres compañeros. Igualmente el comunista José Manzanero, al que habían torturado machacándole los pies, a pesar de lo cual consiguió escapar pocos días antes del fijado para su fusilamiento, y llegar al monte. Y también Antolín Fernández Alonso, apodado “El Lobo”.

Igual que Honorio Molina Merino, apodado “Comandante”, hijo del alcalde de Villata de los Montes por el PSOE, que huyó por los desagües fecales del convento de Herrera del Duque, utilizado como centro de reclusión. Desgraciadamente había sido capturado de nuevo el mes anterior y, tras castrarlo, acabaron asesinándolo. Juan M. García Martínez, apodado “El Chato de Malcocinado”, junto con un numeroso grupo, se hicieron famosos en las sierras de Guadalcanal y Alanís, en el Norte de Sevilla, limítrofe con Badajoz. Unos pastores lo envenenaron y su cuerpo fue acribillado a disparos por guardias civiles, que quisieron atribuirse la proeza. En Cáceres se echaron al monte familias enteras, como los “Goyorías”, de Alía, cerca de Guadalupe, o los 5 hermanos Barroso Escudero, de Bohonal de Ibor. Los campos de exterminio y cárceles franquistas congregaron a cientos de miles de republicanos, lo que “facilitó” los contactos entre los comunistas, que organizaran la solidaridad, hiciesen proselitismo entre los demás apresados, y, por ingeniosos mecanismos, entrasen en contacto y asesorasen al exterior.

Así hicieron Domingo Girón, Daniel Ortega o Guillermo Ascanio, entre otros, en Madrid. En el exterior Enrique Sánchez y otros servían de enlaces y dirigían la reorganización. Todos ellos terminaron fusilados. En el País Vasco la reorganizacón corrió a cargo de Realinos, que también acabó fusilado. Volvieron a España, con tal misión, Jesús Larrañaga, Isidoro Diéguez, Jaime Girabau, Casto García Roza, Eladio Rodríguez, Francisco Barreiro, José Ros, Eduardo Sánchez Biedma (Torres) Lucas Nuño, José Gómez Gayoso, Antonio Seoane, Joaquín Puig Pidemunt, y tantos otros que serían fusilados. El 6 de junio, la Legión Cóndor repitió su desfile de la victoria particular por las calles de Berlín. Beigbeder informó a Franco que Queipo de Llano conspiraba abiertamente para implantar un directorio militar. El cazurro Franco, conociendo la afición al vino y la soltura de lengua de éste, esperó a tener hechos sobre los que actuar. A mediados de junio sólo quedaban 173.000 refugiados españoles en campos de concentración franceses. La llegada del verano empeoró las condiciones de subsistencia de los 156.789 prisioneros de guerra que aún quedaban en España.

El 17 de julio, Franco conmemoró el tercer aniversario de la insurrección de Valladolid, ciudad a la que otorgó, por tal motivo, la laureada de San Fernando. Esto iba dirigido expresamente contra Queipo de Llano, desmereciendo, ensombreciendo, “olvidando” la primacía, las mayores dificultades, de Sevilla, y de él en particular, en dicho acontecimiento. Como era de esperar, el airado Queipo de Llano reiteró su indignación por dicho proceder. Una de las veces se le escapó, ante quienes no formaban parte de sus incondicionales, el motejo de “Paca la culona”, con el que acostumbraba a tildar a Franco entre los que creía de su entera confianza. Era la ocasión que se pretendía. Franco lo llamó a Burgos, pero para hacerle una consulta, sin dar a entender sus propósitos o motivaciones. Simultáneamente otorgaba la Capitanía General de Sevilla a Saliquet, y le ordenó que tomase posesión de su cargo sin más requisitos, mientras Queipo de Llano despachaba en Burgos, donde se le comunicaba que había sido cesado y se le encargaba de una misión militar ante Mussolini, que no obtendría el menor fruto.

El 27 de julio se reunió en París la Diputación Permanente del Congreso de la República Española, organizada por Indalecio Prieto ¿Quién era él para tomar tal iniciativa? Y su propuesta no podía ser más imbécil: disolver formalmente el Gobierno de la República ¿Qué se
ganaba con eso? ¿En qué beneficiaba a los republicanos, a su capacidad de negociar en el futuro con Franco, para dar esperanzas a los derrotados, a los que sufrían el cruel exterminio por parte del franquismo? Quizás sólo lo hacía para acabar con cualquier poder de Negrín, al que odiaba. O siguiendo instrucciones de las “democracias occidentales”. Consiguió 14 votos, con lo que su propuesta triunfó sobre los tres negrinistas y los dos comunistas que habían acudido. Más aún: se acordó crear la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles, exigiéndole al Presidente del Gobierno que se le entregasen los valores y bienes que había distribuidos por varios países europeos y americanos, entre ellos el “tesoro” del “Vita”.

Negrín rechazó que una Diputación Permanente del Congreso tuviese más autoridad que él y su Gobierno para tomar tal determinación, negando que ésta tuviese respaldo constitucional. Otro desastre más para la IIª República Española. El  “Vita” era un yate que había pertenecido a Alfonso XIIIº. El Servicio de Evacuación de los Republicanos Españoles lo fletó, tripulado por carabineros. Zarpó de El Havre a mediados de febrero. Llevaba un cargamento de joyas y valores que se calcula en 300 millones de dólares, fruto de las condenas pecuniarias (expropiaciones de joyas, valores, cuentas bancarias y retenciones salariales) del Tribunal Popular de Responsabilidades Civiles, creado en el primero otoño de la guerra para impedir las represalias incontroladas, en su mayoría de anarquistas, y que el robo fuese un estímulo para que cometieran más, contra los implicados en la sedición militar o sus simpatizantes, en especial los que habían huido al extranjero o a zonas franquistas.

Con una parte de dichos fondos se creó, unos tres meses después del inicio de la guerra (in)civil, una especie de “caja de reparaciones”, que se repartió entre organizaciones del Frente Popular y anarquistas. El resto, a propuesta de los asesores legales del Gobierno, y aprobado por éste, presidido por Azaña en dicha sesión, se envió fuera del país, bajo la responsabilidad del Ministro de Hacienda. A principios de febrero, Méndez Aspe había autorizado al conde suizo Henri de Reding, de la Cruz Roja Internacional, para que depositase 4.000 libras esterlinas en Londres, que debían servir para  los niños exiliados y para socorrer a los internados en los campos de concentración. Franco pleiteó en los tribunales ingleses contra tal decisión, perdiendo la demanda. El conde Reding afirmó que se entregaron cantidades respetables a valiosos colegas de Negrín merecedores de tales ayudas, a abogados, funcionarios, hombres de negocio y colegas políticos, para que se estableciesen en Méjico u otros países. El “Vita” había llegado a Veracruz a mediados de marzo, un par de días antes de lo previsto.

Debía recibirlo el doctor José Puche, hombre de confianza de Negrín, pero, al llegar antes de tiempo, no se encontraba allí. Así que el Capitán de carabineros, Enrique Puente, telefoneó a Prieto, que tomó posesión del cargamento, con autorización del Presidente de Méjico. De forma que ni negrinistas ni comunistas podrían ver nada de dicha ayuda. Aunque Negrín ya había tomado otras “precauciones”. Había creado un fondo, que controlaba personalmente, con bienes incautados por la
República. Por ejemplo, las acciones de Cambó de C.H.A.D.E.. El 31 de julio, Franco decretó los estatutos de Falange Española, con idea de clarificar la ambigua ideología de que, a imitación de lo que había hecho Hitler, José Antonio Primo de Rivera la dotó. Esta ambigüedad permitió su crecimiento inicial tanto desde las filas de monárquicos nostálgicos, de demócratas descontentos, como de anarquistas, engañados por sus soflamas pseudorrevolucionarias.

De la misma forma que, tras ocupar el poder, Hitler debió desprenderse de su sector más “revolucionario”, que se había creído sus proclamas, como las S. A. (“Tropas de Asalto”) ordenando el asesinato de sus miembros para tranquilizar a la Banca y a los militares (“La noche de los cuchillos largos”) Franco se negó a la liberación, como proponían los alemanes, o la permuta de José Antonio Primo de Rivera, encarcelado por la República, por familiares de altos dirigentes republicanos que los franquistas habían secuestrado. Ordenó el apresamiento, juicio y condena a muerte de Hedilla, que se había hecho nombrar sucesor del fusilado fundador de la Falange, cargo que Franco reclamó para él. A pesar de todo ello los “camisas viejas” continuaban siendo un problema. Mantenían sus creencias pseudorrevolucionarias y ofendían a los “nuevos falangistas”, especialmente a los militares, a los que Franco había ordenado su adscripción a dicho partido político, lo que garantizaba su dominio personal. La tarea que Franco les tenía predispuesta, a las órdenes de su “cuñadísimo”, era constituir una trama de control social y represión.

Todo lo contrario a cualquier veleidad, disfraz, revolucionario. Para ello, siguiendo el principio del caudillaje (führerprinzip)
joseantoniano, en el artículo 11 de los estatutos, Franco se proclamaba “autor de la era histórica donde (¿en la que?) España adquiere las posibilidades de realizar su destino -¿Un destino de realización condicionada? Entonces ¿era un destino o un acto voluntarista?- y con él los anhelos del Movimiento (por lo que) el Jefe (en alemán, el Führer, o sea, él, Franco) asume en su entera plenitud la más absoluta autoridad (y sólo) responde ante Dios y ante la Historia”. Es decir, los postulados del absolutismo del siglo decimoséptimo. En el artículo 42 se arrogaba el derecho a designar sucesor. Igualmente nombraba el Consejo Nacional, para el que designó militares de su absoluta confianza, “camisas nuevas”, y algunos “camisas viejas” que habían demostrado su sumisión. Nombró a su cuñado, Serrano Súñer, Presidente de la Junta Política, y al General Muñoz Grandes, Secretario General, en sustitución de Fernández Cuesta, al que mandó a Brasil, como embajador.

La mitad de los miembros de la Junta Política la nombraba el Consejo Nacional, y la otra mitad el propio Franco ¡Qué engañifa! Además Franco también designaba a los Jefes Provinciales de la Falange, quienes designaban a los Jefes y Secretarios Locales de todas las ciudades y pueblos. Con ello la “vieja guardia” perdía todo su poder. Para entonces “el Partido” contaba con 650.000 afiliados, aproximadamente. El Partido Comunista fue el primero, y el que más decidida, heroica e inistentemente se esforzó en reestablecerse en España. Al principio sólo cosechó terroríficos fracasos, aunque finalmente sería el movimiento opositor más popular. Hasta el punto que muchos de sus dirigentes o integrantes pensaban que, a la caida de Franco, podía lograrse una revolución comunista, o, al menos, un Gobierno de coalición en el que ellos estuviesen integrados. Los primeros intentos fueron la reorganización del Socorro Rojo en Madrid y de las Juventudes Socialistas Unificadas, que acabaron en una sangría terrorista. Cincuenta y seis personas fueron condenadas por “rebelión militar”.

El 5 de agosto fueron fusiladas en las tapias del cementerio del Este, en Madrid. Entre ellos estaban 13 muchachas, 7 de ellas menores de edad, que habían pretendido reconstruir las Juventudes Socialistas Unificadas, y que pasarían a la historia como las “Trece Rosas”. Pero no eran socialistas, como se ha hecho creer, tratando de apoderarse de la consiguiente propaganda, sino que eran comunistas. El 8 de agosto Franco promulgó la Ley de la Jefatura del Estado, por la que se reservaba el “derecho” de dictar Decretos o Leyes, a su antojo, sin precisar siquiera de debate del Gobierno, justificado sólo por la urgencia que sólo él debía sopesar. Este poder era, al menos en teoría, más totalitario del que nunca tuvieron Hitler o Stalin, puesto que ambos debían utilizar el trámite gubernativo, la confirmación de remedos de Parlamentos, y, éste último, el cumplimiento de una Constitución. Como había hecho durante la guerra, como había hecho Primo de Rivera, el dictador anterior, Franco repartiría
Ministerios, subsecretarías y direcciones generales entre sus subordinados, con lo que estaba seguro que compraba y pagaba su fidelidad.

Y, por tanto, que, como todo régimen corrupto, lo que se consideraba un precio no iba a medirse por su eficacia gestora, sino por los beneficios que otorgaba, y que producirían agravios comparativos. Sin embargo sabía que Kindelán, Varela o Aranda sólo lo consideraban como una situación transitoria, hasta que se restaurase la monarquía. Y que Queipo de Llano y Yagüe tenían sus ambiciones personales. El 10 de agosto Franco formó su segundo Gobierno. Su “cuñadísimo” Ramón Serrano Súñer sería Ministro de Gobernación. El Coronel Juan Beigbeder Ministro de Asuntos Exteriores. Lo que evidencia el tipo de relaciones exteriores que pensaba desarrollar: manu militari. Esteban Bilbao sería Ministro de Justicia. José Larraz, de Hacienda. El General Varela, del Ejército. El Vicealmirante Moreno, de Marina. El General Yagüe, del Aire. El Tenientecoronel de artillería, retirado, Luis Alarcón de la Lastra,  de Industria y Comercio. Joaquín Benjumea, de Agricultura y Trabajo. Juan Ibáñez Martín, de Educación Nacional. Alfonso Peña Boeuf, de Obras Públicas.

    El nombramiento de Yagüe era toda una sorpresa, un desaire para Kindelán, que había dirigido la aviación franquista durante toda la guerra. Lo nombró, en cambio, Comandante Militar de las Baleares, donde quedaba incomunicado de los grupos monárquicos. Con ello demostraba que no iba a dar concesiones a los alfonsistas. Y, con tal comportamiento diferenciado respecto de Queipo de Llano, trataba de comprar fidelidades y demostrar lo que le ocurriría a los que cometiesen cualquier deslealtad. Pero, además, introducía a Yagüe en un mundo desconocido para él, sin contactos en los que confiar, sin apoyos falangistas con los que poder conspirar, y con todas las papeletas para hacer una mala gestión, quedar como un inepto para la administración. Franco mantenía seis militares en el Gobierno, incluido él mismo. Pero, tanto los otros cinco, como los civiles, excepto Serrano Súñer y Peña Boeuf, que repetían como Ministros, eran nuevos en el Gobierno. Quizás con ello trataba de subrayar que la guerra había terminado, que ahora se necesitaba un Gobierno para la “paz”, para reconstruir en vez de para destruir.

    Al morir Martínez Anido había desaparecido el Ministerio de Orden Público, y Serrano Súñer pasaba a simultanear su Ministerio de Gobernación con la Jefatura de Orden Público. El ascenso de su poder quedaba reafirmado porque había conseguido que se nombrase a dos Ministros Sin Cartera que le rendían pleitesía: los falangistas Rafael Sánchez Mazas y Pedro Gamero del Castillo. También eran propuesta suya Larraz e Ibáñez, miembros de la ultraeclesiástica Asociación Católica Nacional de Propagandistas (¿de FE?) fundada por Angel Herrera Oria. Este poder acumulado iba a utilizarlo para distanciarse de Mussolini y acercarse a Hitler. Varela “representaba” a los alfonsistas, y Esteban Bilbao, que tampoco suponía ningún peligro, a los carlistas. Se le encomendó del Ministerio de Justicia porque éste era el encargado de las relaciones con el Vaticano. Benjumea, que había sido diputado a Cortes desde seis años antes, por la Confederación Española de Derechas Autónomas, lo que también lo aproximaba a Serrano Súñer, representaba a la oligarquía terrateniente.

    A Alarcón de la Lastra no se le reconoce otro antecedente ni conocimientos “económicos” que haber sido administrador de la casa de Alba. Tal vez actuaba en el Gobierno en representación de la misma y, más ampliamente, de toda la aristocracia, para evitar que tuviesen
aspiraciones de rápido retorno a la monarquía. En Gobiernos sucesivos la participación de la aristocracia llegaría a ser mucho más directa, numerosa y decisiva. Aunque Franco, como si fuera rey, iba a crear y otorgar nuevos títulos nobiliarios, creando una nueva aristocracia afecta a él, para que no tuviesen que añorar
nada de una “auténtica” monarquía dinástica.

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