0987-El fin del Imperio Carolingio

Se ocupó de su regencia Nicolás “El Místico”, Patriarca de Constantinopla. Este concitó una gran oposición, lo que le obligó a emplear el ejército para restaurar su poder. Simeón, el jan de Bulgaria, aprovechó la oportunidad para sitiar Constantinopla, exigiendo el título de emperador, que pretendía hacer universal. Nicolás se vio obligado a aceptar las más desacostumbradas concesiones. Entre ellas reconocer a Simeón como basileios, aunque sólo de Bulgaria, y a concertar el matrimonio de una hija de éste con Constantino, lo que le otorgaba la posibilidad de convertirse en regente del Imperio Bizantino. Se produjo una revolución, quizás motivada por tales concesiones, y Zoe, la emperatriz viuda, se hizo con el poder, anulando los acuerdos. En el 914, Simeón reaccionó conquistando Adrianópolis y Tesalónica. Ordoño IIº trasladó la capital a León, repoblando la orilla norte del Duero con gallegos, astures y mozárabes emigrados desde el Sur, que la convirtieron en una notable zona agraria. Esto la hizo estratégica, por lo que precisó defenderla de las incursiones mahometanas.

El río era una adecuada barrera, pero era necesario proteger el flanco Este, frontera, además, con la zona de expansión de otros reinos cristianos, por lo que la pobló con cántabros y vascos, más predispuestos a la lucha, y castillos. La etimología que hace derivar de ello el nombre de la región, Castilla, parece inadecuada. Del latín “castra”, campamento fortificado, derivan el árabe al-kachba, castellanizado como alcázar o alcazaba, el inglés castel, el portugués castelo, o el italiano castello. Más adecuado parece que dicha zona adoptase el nombre dado por sus colonizadores andalusíes, que pudieron relacionarla con la ciudad y región marroquí de Kastilyia, y, de ella, la deformación de las fortalezas castellanas. En el 915, Ordoño IIº de León derrotó a los andalusíes en San Esteban de Gormaz, y ayudó a Sancho Garcés Iº de Navarra, que estaba casado con Toda Aznárez, tía de Abd-al-Rajman IIIº, a conquistar La Rioja. En el 918, Simeón de Bulgaria había conquistado toda la Península Balcánica, llegando hasta el Golfo de Jorinzos [1].

El reino de Silla había entrado en una situación anárquica, motivada por revueltas campesinas contra los elevados impuestos, que, al no poderlos pagar, los llevaban a la pérdida de sus tierras y a la esclavitud, así como por los separatismos. Los que se consideraban sucesores de los reinos de Paikche y Kokuryo, entre otros, consiguieron su independencia, quedando Silla en poco más que la capital. El reino del Norte terminó imponiéndose a los demás, cambiando su nombre a “País de la excelsa belleza” [2], que los geógrafos persas derivaron en Korea. El Almirante Romano Lecapeno fue desplazando del poder a Zoe, paulatinamente. En el 919, casó a su hija Elena con Constantino, convirtiéndose en basileopator [3]. Ese mismo año, en su lecho de muerte, Conrado Iº tuvo la inteligencia de proponer, como su sucesor, a su más poderoso adversario, al duque de Sajonia, que sería elegido como Henrich o Enrique Iº. Para consolidar su poder llevó a cabo largas negociaciones con los grandes duques. Así consiguió reintegrar la Lotaringia, que incluía las actuales Bélgica y Renania, en Alemania. Al duque de Baviera debió otorgarle el derecho a nombrar obispos, lo que significaba entregar el patrimonio eclesiástico a la depredación.

La Iglesia reaccionó con mucha inteligencia, pues sabía que no contaba con otra alternativa, con ningún otro candidato, y era preferible un soberano fuerte, aceptado por todos, a una nueva guerra civil en la que los desmanes, latrocinios y apropiaciones de tierras, incluso las eclesiásticas, eran lo único garantizado. Tal vez fuese también consecuencia de la diplomacia de Enrique. Derrotó a los eslavos, desde Brennabor [4] hasta Praga y los ucros [5], incluyendo las actuales Polonia, Chekia, Eslovaquia, y parte de Bielorrusia y de los Estados Bálticos. A los nuevos territorios incorporados al reino alemán se les denominó reino o tierra de los teutones [6], por la importancia que tuvo en su conquista la Orden eclesiástico-militar de la Calavera [7], que los diezmó y cristianizó, simultánea o alternativamente, sometiéndolos y pacificándolos, culturizándolos, sedentarizándolos y haciéndolos agrícolas, en una labor de siglos, con lo que lo convirtieron en un territorio económicamente pujante y llevaron la frontera hasta el Elba. Como necesitaba tiempo para derrotar a los húngaros, Enrique los sobornó. Estos cumplieron el acuerdo, ya que se establecía el pago aplazado.

Como ya ocurrió con godos, hunos y eslavos, respecto de Bizancio, el resultado fue que, como alternativa, se dirigieron hacia Italia. Enrique dio orden de construir muros de defensa cercados de fosos en todas las poblaciones, palacios señoriales y monasterios, con cargo a sus respectivos patrimonios. Así toda Alemania se convirtió en una inmensa fortaleza. Mejor aún: una serie ininterrumpida de fortalezas, que permitían la defensa en profundidad. Mientras tanto formaba y adiestraba un inmenso ejército. Intervino en las guerras civiles francesas, por lo que impuso allí su dominio, aliándose con el reino de Borgoña para ello. Abd-al-Rajman IIIº reaccionó a la pérdida de La Rioja tomando varios castillos en el Duero. En el 920, navarros y leoneses fueron derrotados por los andalusíes en Valdejunquera, cerca de Estella. Romano se hizo nombrar coemperador de Oriente. Tras nueve años, cuando se consideró suficientemente consolidado y fuerte, Enrique Iº dejó de pagar tributo a los húngaros, que, de inmediato, se lanzaron contra sus posesiones. Pero no consiguieron ningún botín, porque las diversas murallas resistieron todos los asedios, hasta que llegó el núcleo central del ejército y los derrotó, acabando con el azote durante mucho tiempo.

En el 922, Romano se declaró emperador principal. Era más de lo que Simeón de Bulgaria podía permitir. Así que Constantinopla fue sitiada, una vez más. Simeón comprendió que, para tener éxito, precisaba el concurso de una Flota, de la que carecía. Así que se alió con Egipto. Pero Romano superó su precio, rompiendo la alianza. Es lo mismo que hizo Roma respecto de la Flota fenicia y la rebelión de Espartaco, la que llamaron Tercer Guerra de los Esclavos. Con ello se hacía imposible rendir Constantinopla, y Simeón sólo pudo conseguir un buen pacto, que se respetó durante decenios. Esto permitió al ejército bizantino dirigirse hacia el Este, llegando hasta Armenia y Mesopotamia. Mientras tanto, como era de esperar, la nobleza había hecho uso excesivo de los privilegios y prerrogativas legales de las Novellae. El resultado fue la opresión y disminución de los pequeños propietarios, estratiotai  y campesinos. La consecuencia fue que el imperio se quedó sin la base de su exacción impositiva y recluta militar. Así que Romano tuvo que decretar novellae anulando parte de las disposiciones de las “viejas” novellae.

Como no fue acompañada de una reforma fiscal, la imposición seguía siendo insufrible, de modo que el resultado práctico de todo ello fue impulsar el “libre” vasallaje respecto de los señores feudales, también interesados por conseguir mano de obra, reclutas y contribuyentes para su propia riqueza y poder. La consecuencia no podía ser otra que otra futura guerra civil. Así ocurrió en el 923, entre los nobles francos, cuando proclamaron rey a Roberto, hermano de Odón, lo que originó una nueva e interminable guerra civil entre carolingios y robertinos. Abd-al-Rajman IIIº sometió Zaragoza, deportando a los Banu Kasi, y, en el 924, saqueó Pamplona. En el 928 conquistó la plaza-fortaleza excavada en la roca, así como su basílica, de Bobastro, acabando con la sublevación de ben Jafsun. En el 929 se proclamó califa, imitando lo que había hecho el imperio fatimí Norteafricano. Al-Andalus se convirtió en el Estado más rico y poderoso de Europa. En el 931, Ramiro IIº, tras cegar a su hermano y a sus primos, y encerrarlos en un convento, fue coronado rey de León, gracias al apoyo de Fernán González, conde de Castilla. En el 932 saqueó Madrid y Talavera de la Reina.

En el 933, con la ayuda de Fernán González, derrotó a los andalusíes en Osma, e hizo tributario al gobernador mahometano de Zaragoza. En su lecho de muerte, en el 936, Enrique Iº logró su última victoria política: convencer a los nobles alemanes que votaran por su hijo, Otto u Otón Iº, como rey. Los otones continuarían con la política de apoyarse en la nobleza eclesiástica para controlar a los duques y margraves, intentando imponer un Estado centralista similar al carolingio. Para ello simultaneaban el nombramiento de obispos y cardenales afectos con las donaciones de inmensos territorios, ejércitos, fortalezas y derechos reales [8], como los impuestos sobre las ferias, mercados, aduanas, acuñación de moneda, etc.. Estos territorios y derechos no se cercenaban de la hacienda real, sino de los nobles desleales y levantiscos, como medida de seguridad y castigo. A cambio se les exigía la puesta a disposición de dichos ejércitos para mantener el poder real, e incluso grandes donaciones a la recíproca en momentos de necesidad, que cada vez se hacían más frecuentes.

Las entregas a los eclesiásticos tenían la ventaja de que, como no podían constituir una dinastía, a la muerte del beneficiario retornaban a manos del rey, que podía volver a entregarlas en vasallaje, consiguiendo nuevas lealtades. Llegó un momento en que, igual que hacían los nobles para nombrar al rey, se exigía un pago previo o soborno, que mejoraba la hacienda real. Sin embargo, el punto débil de esta situación era que el emperador alemán precisaba controlar al Papado, para así garantizar su coronación, frente a las aspiraciones de los carolingios. Así que los emperadores alemanes se vieron obligados a realizar continuas expediciones a Italia, dejando que los duques, margraves, eslavos, polacos y húngaros, se rebelaran y arruinasen Alemania una y otra vez. Así que la misma política que debía servir para consolidar una monarquía hereditaria, terminó destruyéndola. En el 939, navarros y leoneses consiguieron vencer a al-Andalus en Simancas, con grandes pérdidas por ambos bandos. Navarra se había convertido en el reino más europeísta de la península Ibérica. Durante una insurrección en Alemania contra Otón Iº, el duque de Lorena se puso bajo la protección de Luis IVº de Francia.

En el 940, Otón Iº organizó una expedición de castigo contra el rey francés, durante la cual el duque Hugo de Francia, rival de éste, le juró fidelidad. Al conquistar Hugo la ciudad y el castillo de Laon a Luis IVº, Otón comprendió que se estaba produciendo un desequilibrio de poder. Así que, en el 946, volvió a invadir Francia. Los kitan conquistaron una extensa zona del Norte del imperio chino, constituyendo el reino Liao. En el 948, el sínodo de obispos de Ingelheim excomulgó a Hugo. Pero el hábil duque prestó juramento de fidelidad a Luis IVº y éste, deseoso de acumular fuerzas frente a las injerencias alemanas, le repuso sus posesiones. Ambos eran concuñados, puesto que estaban casados con hermanas de Otón. Así que, en un principio, acudieron a su cuñado para que mediara entre ellos. Este, considerándose superior, actuó como árbitro, pero según sus intereses. En el 951, a la muerte de Ramiro IIº, se produjo una guerra dinástica en León, en la que se inmiscuyeron navarros y andalusíes.

Así, Sancho Iº, “El Craso”, uno de los hermanos aspirantes al trono, fue, durante mucho tiempo, huésped del califa, mientras los médicos andalusíes trataban de curarle su obesidad patológica y su anfitrión decidía si reponerlo en el trono o afirmar en él a Ordoño IVº “El Malo”, primo de aquél. Con el apoyo de los navarros, los castellanos consiguieron una semiindependencia, que consolidarían al romper la tutela de aquellos. Alberico, senador regente de Roma, obligó a la nobleza de la ciudad a que designase Papa a su hijo Octaviano, un individuo indigno, que tomó el nombre de Juan XIIº. Este pidió apoyo a Otón Iº a cambio de coronarle emperador. Otón la condicionó a que ningún Papa pudiese ser consagrado sin jurar primero fidelidad al emperador alemán. Comprendiendo la situación de debilidad en que se había situado, Juan XIIº se alió con distintos partidos anti-alemanes. Así que Otón volvió a Roma y convocó un sínodo por el que sustituyó al Papa por León VIIIº. Se produjo una situación cismática, al tener ambos Papas sus seguidores.

Al ser nombrado Papa Juan XIIIº, Otón llegó al acuerdo con él de repartirse el antiguo exarcado de Rávena, ampliando los territorios pontificios, y creando una cabeza de puente en el Norte de Italia para futuras invasiones alemanas, a cambio de la coronación imperial de su hijo, Otón IIº. Edgardo “El Pacífico”, apoyado en su consejero, San Dunstan, arzobispo de Canterbury, reformó la Iglesia inglesa bajo las premisas de Cluny. Concebía el derecho real como gracia de Dios. Esta fórmula, interpretada como derecho dinástico, protegía al monarca de cualquier conjura, que supondría oponerse a la voluntad divina. Pero, a sensu contrario, significaba que cualquiera podía ser rey, si así lo quería Dios. Y quien conseguía serlo “demostraba” que Dios estaba de su lado. En el 961, al-Jakem IIº sucedió a su padre, Abd-al-Rajman IIIº. Consiguió pactar con Elvira, regente de León durante la minoría de edad de Ramiro IIIº, puesto que debía acabar con la rebelión de los condes gallegos, así como con Navarra y los condados de Aragón y Cataluña, necesitados de reorganizar sus posesiones. Sólo Fernán González continuó luchando, con resultado alternante.

El califato abbasí se había cuarteado: al-Andalus, el Norte de Africa, Egipto, Palestina, Siria, Turquía, Irak, Irán y Asia Central, sólo aceptaban nominalmente la preeminencia del sultanato. El General turco Ajmad ibn Tulun, tras haber recibido del califa la jurisdicción suprema sobre Egipto, actuó como si fuese su soberano. Más tarde ocuparon el poder los ijsidíes, que, desobedeciendo al califa, actuaron según los intereses egipcios, como si fuesen independientes. En el 969, Egipto fue invadido por los fatimíes marroquíes, dinastía fundada a principios de siglo, quienes se decían descendientes de Fátima, hija de Mujammad, y de Alí, su yerno y sucesor. Trasladaron la corte a Egipto, fundando “La Victoriosa” [9], se proclamaron califas, iniciando una de las épocas más gloriosas de Egipto, y dejaron el resto del Norte de Africa a vasallos bereberes, que se denominaron ziríes. Poco después conquistaron Siria. Sin embargo la anarquía de los beduinos, la oposición de los príncipes locales sunníes y las Cruzadas les impedirían asentarse en dicho país o extender sus dominios.

Sus relaciones comerciales, incluso con judíos y cristianos, y su actitud tolerante respecto de los extranjeros asentados en sus territorios, elevaron la prosperidad general, y permitió a su corte superar en lujo a Bagdad. En el 974, Harald “Diente Azul” [10] invadió Alemania. Al ser derrotado, Dinamarca tuvo que reconocer la soberanía y pagar tributo a Alemania. Otón IIº nombró Papa a Benedicto VIº, pero éste fue asesinado en el castillo de Sant’Angelo, y sustituido por Bonifacio VIIº. Que, a su vez, fue expulsado de Roma y sustituido por Benedicto VIIº, leal al emperador. Las pretensiones de Otón IIº sobre Italia se manifestaron al denominarse emperador de los romanos. A la muerte de Benedicto VIIº consiguió que se nombrase Papa a su canciller, el obispo de Pavía, que escogió el nombre de Juan XIVº. En el 975, Garci-Fernández, hijo y sucesor de Fernán González, aprovechó que al-Jakem IIº estaba protegiendo sus posesiones africanas, frenando el expansionismo fatimí, para atacarlo. Pero fue derrotado frente al castillo de Gormaz, entonces la mayor fortaleza europea, con un perímetro de 1.200 mtrs.. En el 976, a al-Jakem IIº le sucedió Jichem IIº, menor de edad.

El noble Mujammad ibn Abi Amir, que sería apodado “El Victorioso”[11], consiguió hacerse con el poder, confinando al califa en el fastuoso palacio de Madinat al-Sajira [12]. Organizó un inmenso ejército mercenario, con el que realizaba incursiones en los reinos cristianos. Con su éxito cimentaba su poder, y con sus botines pagaba a las tropas: una situación peligrosa que no podría prolongarse en el tiempo. En el 978, el rey de Francia trató de recuperar Lorena, por lo que Otón IIº volvió a invadir dicho país. Se distinguió en la defensa de París el conde Hugo de dicha ciudad, apodado Capeto o capetino [13], nieto de Odón Iº. En el 981, Almanzor tomó Zamora y Simancas, lo que permitió que los condes gallegos, con ayuda de aquél, sustituyeran al rey por Bermudo IIº, a cambio de consentir un ejército de ocupación, que se retribuía mediante depredaciones. En el 983 murió Otón IIº, sucediéndole su hijo Otón IIIº, de tres años de edad. Su madre, la bizantina Teófano [14], y su abuela, la borgoñona Adelaida, actuarían como regentes. La guerra civil francesa, entre carolingios y robertinos, terminó en el 987, a la muerte de Luis V “El Holgazán”, el último descendiente de Carlomagno.

Con el apoyo de Teófano, Hugo, “El Capeto”, fue elegido rey que inició una nueva dinastía, de la que descienden, indirectamente, los Borbones. Su padre, Hugo “El Grande”, había preparado la situación para su nombramiento, haciendo que el condado de París se convirtiese en ducado de Francia, y fuese casi independiente. Situaron su palacio en lo que hoy se conoce como Isla de Francia, bien protegida por los brazos del Sena, en la cuenca de París. Para consolidar su posición tuvo que acudir a la Iglesia francesa, a la que hizo grandes concesiones, y también a la investidura de obispos leales, lo que le llevó al enfrentamiento con el emperador alemán, el Papa, o la aristocracia, pues con todos ellos disputaba tal “derecho”. Para sobrellevar dicha situación también tuvo que hacer concesiones a la nobleza. Así la cuenca del Loira pasó a los condes de Angers y de Tours, e incluso tuvo que enfeudar la Isla de Francia, por lo que dicha dinastía residió en sus posesiones de Orleáns, de donde rara vez se atrevían a salir. Con todo ello la monarquía se empobreció y perdió poder, lo que iba a tener terribles repercusiones de cara a la guerra de los 100 años. El emperador de Bizancio pidió ayuda militar a Vladimir, rey de Kiev.

Este puso como condición su matrimonio con la princesa bizantina Ana, para lo cual se le puso como requisito que se bautizara. A partir de entonces el principado de Kiev se cristianizó, aunque su Iglesia estuvo controlada por los bizantinos, y sometida a Constantinopla, si bien la liturgia y la lengua eclesiástica imitaban el modelo eslavo de Bulgaria. Simultáneamente se produjo un desarrollo cultural, también subordinado, influido por Constantinopla. Bonifacio VIIº regresó de Bizancio y encerró a Juan XIVº en el castillo de Sant’Angelo, donde moriría de hambre. Sin embargo una sublevación asesinó a Bonifacio VIIº. Le sucedió Juan XVº. A su muerte, Otón IIIº hizo nombrar al primer Papa alemán, su primo Bruno, que tomó el nombre de Gregorio Vº, a cambio de que lo coronase emperador. La familia romana Crescencio lo expulsó, nombrando antipapa al obispo de Piacenza, antiguo preceptor de Otón IIIº, que tomó el nombre de Juan XVIº. Los leoneses expulsaron al ejército de ocupación, lo que Almanzor castigó saqueando Coimbra, León y Santiago de Compostela, llevándose a Córdoba las campanas de la catedral para que sirvieran de lámparas de aceite para su gran mezquita.

También saqueó Barcelona, y los grandes conventos de Sant Cugat del Vallé y Sant Pere de les Puelles. El castellano Garci-Fernández perdió importantes fortalezas, fue apresado y muerto. Le sucedió su hijo Sancho, que debió hacerse tributario de Almanzor.


 [1] Castellanizado como Corinto, Lepanto para los venecianos.

[2] O sea: Koryo

[3] Padre del emperador, con derecho de regencia.

[4] Germanizada como Brandenburg.

[5] Posteriormente denominados ucranianos.

[6] En alemán Deutschland.

[7] En alemán, Totem. Juraban defender el cristianismo hasta la muerte. Hitler se basó, en su beneficio, en tales antecedentes, para crear los Escalones de Protección, en siglas, en alemán, S.S., que le juraban obediencia y lealtad personal hasta la muerte, y cuya insignia era una calavera sobre dos tibias paralelas horizontales (para distinguirlo de la bandera de los piratas) de plata sobre fondo negro.

[8] Del latín res, sobre las cosas. También se llamaron regalías o regalos, por ser donaciones de los reyes.

[9] En árabe al-Kajíraj, castellanizada como El Cairo.

[10] En inglés Blue Tuth.

[11] En árabe, Al-Mansur.

[12] Castellanizado como Medina Azahara

[13] Por la capa propia de abad laico, pues lo era de San Martín de Tours. Es posible que el apellido literario Capuletto se base en éste, aunque también puede ser juego de palabras con crápula y cópula. De igual forma que Montesco recuerda a Montesquieu. Y también al extremismo político, recordando la rebelión de la ciudadanía de Roma, que se marchó al Monte Aventino para obligar a ceder poderes a la ominosa aristocracia. Refuerzan esta visión el lenguaje cortés de los capuletos, que miman a su heredero varón, frente al irónico, de disputas maritales y rebelión frente al poder establecido de los Montescos, pretendiendo tomarse la justicia por su mano, aunque se comportan dictatorialmente con su hija ¿La libertad, que desobedece a sus padres y prefiere la muerte a verse doblegada? Julieta también recuerda a Julia, la tía de Julio César, la mujer romana de mayor implicación política, del Partido Demócrata, sin ser esposa de ningún emperador ni cónsul, la única heroína en vida, sin haber participado en ninguna batalla, divinizada mediante la apoteosis tras su muerte. Si mi interpretación fuese cierta las dos familias veronesas personificarían al poder monárquico, veleidoso, aunque amable, frente al republicanismo democratizador, aunque origen de sufrimientos y represiones en su contra.

[14] “La aparición de Dios”

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