El fracaso del golpe de Estado de 1936, y de su derrota, degenera en guerra civil

 

 

De modo que el fracaso de la sedición en Madrid estuvo potenciado, además de por el incumplimiento de las instrucciones recibidas, y las noticias tranquilizadoras, para los ciudadanos honestos, que transmitía el Gobierno, por haber escogido Fanjul el acuartelamiento en el que se encontraban los cerrojos desmontados de los mosquetones que había en almacenes. En Barcelona, el Tenientecoronel Díaz Sandino, que mantuvo el dominio del aeropuerto de El Prat, ordenó un ataque de sus aviones contra las ametralladoras situadas en la plaza de Colón, tras lo cual los obreros y guardias de asalto logaron tomarlas. En Montjuich, los soldados fusilaron a los oficiales sediciosos, y entregaron armas a la CNT. Al anochecer sólo resistían las atarazanas y el cuartel de San Andrés. En Madrid, en un ambiente triunfal, atemperado por los comunistas, que llamaban a la unificación de los mandos políticos y militares, los vecinos se dirigieron a defender los accesos a la ciudad, y se organizaron las primeras milicias. A primera mañana del lunes 20, acudieron muchos madrileños más, incluyendo mujeres, por La Moncloa, la estación del norte, el Paseo de Rosales, hasta el cuartel de La Montaña. Sólo contaban con unas cuantas pistolas. El capitán de artillería retirado, Orad De La Torre, situó dos cañones de 75 m/m a medio kilómetro de distancia, en la calle Bailén. Posteriormente se acercó otro de 155 m/m a 200 mtrs.. Todo ello mientras eran batidos por disparos de ametralladoras. Sin embargo, en lugar de bombardearles (quizás no disponían de balas para los cañones) se inició una especie de “guerra psicológica”: para hacer creer que se trataba de toda una batería, se cambiaban repetidamente de emplazamiento, subiéndolos y bajándolos de un camión, al parecer incautado de una fábrica de cervezas cercana, que seguía mostrando sus rótulos publicitarios.

Unos aviones del aeródromo de Cuatro Vientos, donde la sedición había sido derrotada el domingo 19, lanzaron octavillas pidiendo a los sitiados que se rindieran. Una segunda oleada bombardeó el cuartel. La muchedumbre gritaba y saltaba alborozada, hasta que las ametralladoras dispararon sobre ellos, matando a varios. Bastantes soldados querían rendirse. Algunos, al parecer, sin haber recibido órdenes, izaron banderas blancas en las ventanas. La multitud creyó que era el fin del asedio y se acercaron, tras lo que recibieron el fuego de las ametralladoras, que causó terribles bajas. Estos hechos se repitieron varias veces, hasta que se decidió el asalto, encarando el fuego de las ametralladoras. Primero fue el cuartel de Infantería. Un sargento republicano abrió el portón del de Zapadores, lo que le costó la vida, por el disparo de un oficial fascista. En tal situación, el gentío consiguió las armas de las que carecía, y se tomó venganza a su antojo: ni uno de los amotinados quedó con vida. El joven Gobernador Civil de La Coruña, Pérez Carballo, amigo de Casares Quiroga, seguía negando armas a los sindicatos. Alegaba que el General Rogelio Caridad Pita, reconocido antifascista, había recibido juramento de lealtad de sus oficiales, y que el General Salcedo, Jefe de la 8ª División, era fiel a la República ¡Como si la palabra de los fascistas, de los que pretendían “salvar el honor de España”, tuviese ningún valor! El Coronel Martín Alonso, implicado en la “sanjurjada”, expulsado del ejército, readmitido durante el “bienio negro” y que los liberales del Bloque Popular no osaron volver a expulsar, dio nueva prueba de ello: Caridad Pita, Salcedo y Pérez Carballo serían fusilados. La esposa de éste fue encarcelada. Al informársele del asesinato de su marido, abortó. Puesta en libertad, en agosto, unos falangistas, de los que decían defender a Dios y a la familia, la violaron y asesinaron. Casi sin armas, los obreros se enfrentaron al ejército sedicioso y a un elevado número de falangistas, encabezados por Hedilla.

Una columna de mineros de Noya acudió en su ayuda, con dinamita. Pero, cuando llegaron, la resistencia ya había sido aniquilada, por lo que se disgregaron: unos se dirigieron, por mar, a Bilbao, otros a las montañas, formando el inicio de la resistencia maqui (a pesar de que se critica que no se tomara esa decisión sí se hizo, en algunos casos, aunque, donde aún era factible una victoria militar, no resultaba sensato hacerlo, y, cuando el frente ya estaba consolidado, se hizo casi imposible, además de que abandonar las filas suponía asegurar la derrota de los que las mantuvieran) que perduró hasta mucho después de 1939, y otros constituyeron, en Asturias, las Milicias Gallegas y el Batallón Galicia. Durruti, junto con Ascaso, que resultó herido en seguida, ordenó el asalto de los anarquistas a las atarazanas barcelonesas. Hubo 600 muertos y 4.000 heridos. Inútilmente, para probar el valor y la determinación (y la estupidez) de los anarquistas, puesto que ya Goded se había rendido, y disponían de aviación, artillería y guardias civiles y de asalto. César Torres, Gobernador Civil de Granada, también desobedeció las órdenes gubernamentales de armar a los sindicatos, y sobrevivió para contar que el General Campins, comandante militar de la guarnición, había asegurado la lealtad de sus oficiales, por lo que no consideraba necesario repartir armas. Sin embargo éste sí entregó a la Guardia Civil las que le requirieron ¿Por qué? Si todos eran leales en la ciudad ¿por qué necesitaban más armas los guardias civiles? Quizás no tenía la misma confianza en los sindicatos. Sin embargo, la deslealtad, como en tantos sitios, vestía de uniforme, cobraba un sueldo a cargo de los impuestos de los ciudadanos, y disfrutaba de los bienes que producían los trabajadores con su esfuerzo.

 

Los coroneles Muñoz y León Maestre consiguieron la sedición de los regimientos de Artillería e Infantería, y las Guardias Civil y de Asalto, obligaron a Campins a declarar el estado de guerra, que leyeron por Radio Granada esa tarde, encarcelaron a cientos de personas, instaurando un régimen de terror. Los que decían que se amotinaban para acabar con el terrorismo. Campins sería fusilado por orden de Queipo de Llano, “por haber tratado de hacer fracasar el movimiento salvador de España” ¿Quién era él para decidir qué movimiento era el salvador, por qué iba a ser el suyo y no el de la huelga general revolucionaria de 1934, por ejemplo, por qué un “movimiento salvador” tenía que imponerse contra la voluntad de la mayoría mediante bombardeos artilleros, asesinatos en masa y la participación marroquí, en lugar de mediante el voto o la convicción? Era puro terrorismo: la aniquilación del oponente. Los obreros se parapetaron en barricadas y trincheras en el Albaicín, Carrera del Darro y Cuesta del Chapiz, en las que resistieron bombardeo artillero, que derribaba sus casas, sepultando familias al completo, hasta el día 23. Sanjurjo esperaba que todo terminase para recibir de modo apoteósico la Jefatura del Estado. Pero no había nada concluyente. No podía seguir esperando a que se lo arreglaran todo, como hizo Franco con Marruecos. Tenía que ponerse al frente de los golpistas, porque, si ellos conseguían el control ¿por qué le iban a regalar a él sus beneficios? Además resultaba evidente que hacía falta alguien que coordinase lo que ocurría, porque, de seguir así, había muchas posibilidades de que, los que habían utilizado la unidad de la Patria como uno de sus “argumentos”, no consiguieran otra cosa sino fraccionarla, los que se habían opuesto a la independencia, el abandono, de Marruecos, no parecían haber conseguido otra cosa que la separación del Protectorado de la península.

Así que Sanjurjo, el lunes 20, tomó un avión, cerca de Lisboa, para dirigirse a Burgos. Pero el aeroplano se estrelló, desapareciendo “El Jefe” de la conjura, como se le denominaba en los mensajes en clave. Otra más de las muertes que beneficiaron a Franco. Recapitulemos: Calvo Sotelo, Balmes… y ahora Sanjurjo. Se explicó que el avión llevaba exceso de peso, aunque no parece que se trate de un asunto completamente aclarado. Pero, además de Franco, había alguien más beneficiado con dicho accidente. Sanjurjo era un militar tradicionalista, que se había involucrado excesivamente con la República, por lo que, a los ojos de muchos, resultaba un veleidoso ególatra, desleal, dispuesto a cambiar de bando si esperaba conseguir ventajas de ello. Hitler odiaba a los militares tradicionalistas, entre otras razones porque su padre los admiraba, nunca se fió de ellos y siempre los tuvo bajo vigilancia. Este era el motivo de la creación de la Waffen-S.S., la estructura militar de su organización privada de seguridad, los que habían jurado, al estilo de los jesuitas respecto del Papa, obediencia ciega hacia su persona. Sanjurjo no gozaba de sus simpatías. La Flota republicana se encontraba disminuida en su capacidad, al haberse quedado casi sin oficiales, desconfiando de los comités de mando que habían elegido. Los británicos la obligaron a zarpar del puerto de Tánger, a pesar de considerarse “ciudad franca” internacionalmente, y no poder considerarse a España en guerra con ningún país. De hecho la Armada británica utilizaría por tiempo indefinido, tanto como la alemana (hasta que esta fue siendo hundida al salir de sus aguas jurisdiccionales) los puertos portugueses durante ambas guerras mundiales. Tampoco les permitieron que repostaran en Gibraltar.

Hitler envió al Estrecho una Flota que integraba sus modernos acorazados Deutschland (el primero alemán dotado de R.A.D.A.R., que, durante la II Guerra Mundial, rebautizado Bismarck, para que, si resultaba alcanzado, no tuviese repercusión sobre la moral alemana, tras burlar el bloqueo británico, atacado conjuntamente por aviación y marina, después de algunas victorias, un torpedo averió su timón, por lo que sólo podía navegar en círculo, resistiendo aún varios días hasta ser hundido) y Admiral Scheer, que, actuando como buque corsario, tras múltiples hundimientos de mercantes, fue averiado, se refugió en el puerto de Montevideo, donde sus autoridades, por presión británica, a pesar de que dicho puerto era usado por navíos de tal nacionalidad, le concedieron un plazo de veinticuatro horas para abandonarlo, aún sin reparar, por lo que su propia tripulación lo dinamitó. La flota española intentó pasar a su través, recibiendo el Gobierno una notificación de amenaza alemana de que declararía la guerra si disparaban contra sus buques. Ante tales hechos y las angustiosas llamadas pidiendo auxilio de los marinos leales en Galicia, decidió enviar allí a parte de las naves, que debieron regresar al comprender que ya era inútil, y que se había iniciado el traslado de efectivos de Marruecos a la península, a lo que también llegaron tarde. Mientras, en Marruecos, habían conseguido reparar aviones de transporte. El lunes 20, a bordo de ellos, llegaron a Sevilla los 60 primeros legionarios y mercenarios “regulares” marroquíes. Diariamente se le unirían, en este “puente (o, quizás, cabeza de playa) aéreo”, nombre que aún se sigue empleando desconociendo su significado militar, otros tantos, hasta unos 70. Más tarde se agregaron a esta red inmediata de transporte algunos Savoia, enviados por Mussolini, y 20 Jünkers 52 alemanes. Hitler diría que la victoria de Franco debía agradecérsela a estos Jünkers que él le envió.

La situación más rocambolesca se produjo en Valencia. El 11 de julio, antes del asesinato de Calvo Sotelo, lo que demuestra la falsía de utilizarlo como excusa, el jefe de los grupos terroristas de la Falange, tomó Radio Valencia, declarando, a través de ella, que se iniciaba la revolución nacional-sindicalista. El 16, el Gobernador Civil recibió una confidencia de que los militares preparaban su inmediata salida a la calle. Ante estos acontecimientos se reúnen en su despacho los diputados más resueltos del Bloque Popular en la provincia, a los que se les unen los dirigentes sindicales y media docena de jefes y oficiales del ejército, entre los que destacan el Coronel Tirado y el Capitán Uribarry, de la Guardia Civil, exigiendo que se arme a la ciudadanía. Sin embargo, dada la quietud demostrada en las tropas, el Gobernador Civil se negaba a ello. El Comandante de Estado Mayor Barba Hernández, fundador de la Unión Militar Española mientras estuvo destinado en Valencia, se presentó en ella el 17 desde su destino en Madrid, para colaborar en la sedición con el General González Carrasco, enviado desde Madrid, tras preferir Goded hacerlo en Barcelona. El 18, Luis Lúcia envía un telegrama al Gobierno expresando que Derecha Regional Valenciana, integrada en la CEDA, condenaba la sedición y que, como diputado y como español, se ponía de parte de las autoridades. El General de la Guardia Civil, Luis Grijalbo, se negó a encabezar la insurrección hasta que el ejército no se hubiese sublevado. Con todo ello perdían la iniciativa, el factor sorpresa y apoyos decididos. La retransmisión por las emisoras de radiofrecuencia de las palabras de Goded, reconociendo su rendición, frenaron todos los intentos sediciosos en la costa mediterránea, que se habían mantenido a la expectativa, dejando que otros dieran el primer paso, que corrieran los riesgos, a ver qué ocurría en Barcelona, excepto en la provincia de Cádiz y la isla de Menorca, en que se habían consolidado.

En ambos casos fue significativa la cercanía de las Flotas alemana y británica, que no parece que actuaran como simples espectadores pasivos, aunque no se ha hecho pública documentación al respecto. En Valencia, el General Martínez Monje-Restoy, Jefe de la 3ª División Orgánica, reiterando su fidelidad al Gobierno, mantuvo a sus fuerzas acuarteladas, pero desobedecía las órdenes de entregarles armas a obreros y huertanos, llegados de toda la provincia para defender a la República. El Gobernador Civil, dada la aparente tranquilidad de los militares, secundaba su actitud, por lo que fue destituido. En su despacho, los Partidos que integraban el Bloque Popular, constituyeron un comité ejecutivo, al que se sumó la CNT, poniendo como condición que las fuerzas del “orden” actuaran conjuntamente con grupos de obreros, que las superaran en número, para controlarlas. A pesar de ello, un destacamento de la Guardia Civil, como habían hecho en Sevilla, disparó contra los trabajadores que les acompañaban y se declaró en rebeldía. Por fin, el Parque de Artillería entregó armas a las milicias obreras, dirigidas por los coroneles Arín y Tirado, y sitiaron los acuartelamientos. Una Junta Delegada del Gobierno, con Martínez Barrio a la cabeza, llegó para conseguir la obediencia de los militares, o, al menos, clarificar la situación. Sin embargo no consiguieron nada positivo: éstos se negaban a posicionarse, ganando tiempo hasta decidir de qué lado tendrían más opciones. Ante las escasas perspectivas de éxito, los dirigentes de la sedición, González Carrasco y Barba Hernández, optaron por huir a la zona dominada por los fascistas. En Sevilla seguían sin poder reparar los aviones militares averiados, pero consiguieron aeroplanos privados, que utilizaron para la vigilancia, el reconocimiento, y arrojar bombas de mano sobre las barricadas de los obreros.

Cuando llegó la 5ª Bandera de legionarios, bajo el mando del Comandante Castejón, Queipo de Llano ordenó el asalto a la bayoneta. Los obreros resistieron una tras otra sus acometidas, en las que hubo gran número de bajas, especialmente del lado de los trabajadores, que carecían de bayonetas, y armas de fuego  y munición suficientes. El día 21, el destructor Lepanto, aseguró el puerto de Almería para la República, apuntó sus cañones contra el cuartel de la Guardia Civil y éstos se rindieron, acabando la insurrección en dicha provincia. En Galicia, los sediciosos, utilizando la frecuencia en que transmitía el Ministerio de Marina, enviaron un falso mensaje ordenándoles su rendición dada la inutilidad de su resistencia. El Contraalmirante Azarola y el Capitán Sánchez Ferragut (posiblemente emparentado con el primer almirante de Estados Unidos, David Glasgow Farragut Shine, hijo del menorquín Jorge Ferragut) del Almirante Cervera, se lo creyeron, y acabaron fusilados. Al menos 30 marineros fueron colgados de las vergas. Esta era la condescendencia de los fascistas con los que se rendían, la “justicia” por la que decían que se habían amotinado. En la ciudad de Huelva, como la Compañía de la Guardia Civil se había dirigido a Sevilla, fuerzas izquierdistas consiguieron mantenerla durante unos días. Dados los repetidos fracasos en la derrota de la resistencia sevillana, favorecida por las estrechas y zigzageantes callejuelas del casco histórico de la ciudad, de innegable herencia ibero-andalusí, defensa contra el sol y obstáculo para la artillería, Queipo de Llano ordenó a Castejón que centrara los ataques en Triana, donde habían decidido parapetarse en las casas, en lugar de levantar barricadas. Esto dificultaba el asalto a la bayoneta, aunque impedía la concentración de fuerzas en una línea consistente.

Antonio Bahamonde y Sánchez De Castro, era un católico madrileño, que tenía una imprenta en Sevilla. Queipo de Llano lo hizo su jefe de prensa y propaganda. Horrorizado de todo de lo que había sido testigo, decidió abandonar a los fascistas en 1937, publicando en Argentina, en 1938, “Un año con Queipo de Llano: memorias de un nacionalista”, en el que, entre otros muchos relatos horripilantes, cuenta cómo los mercenarios “regulares” marroquíes y la Legión Extranjera arrojaban granadas por las ventanas de las casas bajas, destruyéndolas y matando a mujeres y a niños, tras lo cual, las hordas moras (¿nacionales?) se entregaban libremente al saqueo y la violación, incitados por el General en sus charlas radiofónicas, y, posteriormente, comentadas sus realizaciones en las mismas, con todo lujo de detalles macabros, en tono sarcástico y de chanza. Alfonso G. De La Higuera y Luis Molina, publicaron en su “Historia de la revolución española”, en 1940, este relato: “por fin liberada Triana”, a pesar de que, durante estos días, no hubo allí ninguna opresión, sino absoluto respeto a las personas, todas ellas defensoras de un régimen democrático, y de las propiedades, que eran suyas, “bajo el signo de la cruz trazada sobre el cuerpo de cada víctima” (?) “con el cadáver de un asesino rojo”. Concluyendo con: “Ojo por ojo, diente por diente”. Que, según el eu-anguelios, había sino abolido por El Ungido, en hebreo Mechiaj, en griego Xhristos. O sea, que los invasores amotinados que entraban al asalto no eran asesinos, sino los defensores de la legalidad vigente, posiblemente anarquistas, en su mayoría, muchos de ellos simplemente liberales, republicanos, demócratas, no rojos. Se me ocurre pensar si también se profanarían con tan macabras “cruces” los cadáveres mahometanos. En todo caso la proporción de la represión iba a ser muy superior a la del ojo por ojo.

Bahamonde relaciona más de 9.000 obreros y campesinos exterminados, sólo en la ciudad de Sevilla, independientemente de toda acción guerrera, que algunos creen justificarlo todo, como el genocidio hitleriano, que circunscriben a los 6 años de guerra, obviando los que cometió en los más de 6 años anteriores, sin contar los asesinatos precedentes, antes de ocupar el poder. Así consiguen arrebatarle la primacía como máximo asesino mundial, otorgando este puesto a Stalin, aunque el número de sus víctimas, igual que el de la Revolución Francesa, sigue sin ser adecuadamente evaluado, puesto que los registros demográficos están afectados por la mortandad bélica. Aquella noche Queipo de Llano propagó “su” victoria sobre Triana con todo el énfasis sádico, puro terrorismo, que sabía imprimir a sus alocuciones. El resultado no fue la rendición de la resistencia en los barrios obreros de San Bernardo, San Julián, El Pumarejo o La Macarena, sino que, por toda España, se llegó a la conclusión de que eso era lo “normal”, que si él lo hacía, y se jactaba de ello, los “suyos” debían imitarle o, desde la perspectiva del bando republicano, sufrir sus mismas consecuencia. Como siempre ocurre con la violación de los Derechos Humanos, impunemente, como está ocurriendo en la actualidad, con el ascenso del fascismo, el retroceso se expande por doquier, y una nueva era cavernícola llegó a España, aunque, desde luego, Mola, que la planificó, Franco, que la inició, y Queipo de Llano, que la elevó al sumun de la aberración patológica, indecente, y la propagó radiofónicamente, fueron los iniciales culpables de toda aquella atrocidad.

El campesinado andaluz, que durante tres días había esperado la acometida en sus pueblos, para defenderse, para defenderlos, a sus viviendas y a sus familias, en lugar de acudir a la reconquista o resistencia de las capitales, por las charlas radiofónicas de Queipo de Llano, llegó a la conclusión, en muchos casos, de que había que “limpiar” la retaguardia, evitar que los asaltantes contasen con ayuda en sus propios pueblos, por lo que se produjeron algunos asesinatos de señores, “señoritos” y guardias civiles. Las fuerzas reaccionarias llamaron en su defensa a Queipo de Llano, que, una vez acosada la resistencia sevillana, y con la continuada venida de tropas coloniales, organizó una columna de rebeldes, que iban escogiendo los pueblos a conquistar y escarmentar, en auténtica estrategia terrorista. Se cuenta que, cuando enterraron a Emiliano Zapata, un General cogió un puñado de tierra y dijo “¿No pedías tierra? ¡Pues toma tierra!”, lo que provocó una general (General) carcajada. Otro, apuñando el aire, imitó: “¿No pedías libertad? ¡Pues toma libertad!”. Lo que mereció la atónita mirada de reproche de sus acompañantes, que comprendían la trascendencia del improcedente comentario. Escenas similares relata Bahamonde, como cacerías de campesinos por falangistas, futuros herederos de latifundios, a caballo, que se reían del trozo de tierra que les iban a dar  a los muertos con “su reforma agraria”. Las contradictorias noticias que se propagaban desde ambos bandos, y el contraste con la realidad de algunos de los hechos que se iban conociendo, sembraron de dudas a las organizaciones sindicales. Fue la UGT de Madrid la primera que decidió afrontar el problema, usando, para ello, la red telefónica del sistema de ferrocarriles. Mediante dicho sistema de inteligencia se fue constatando la situación real del amotinamiento, y, tras ello, las milicias obreras pasaron a la contraofensiva.

Se enviaron camiones con milicianos, voluntarios espontáneos o más o menos organizados por los sindicatos y los partidos políticos, especialmente los de izquierda, para reconquistar pueblos cercanos o luchar contra la insurrección en otras zonas. Hay que destacar la esforzada batalla que consiguió liberar Guadalajara de las hordas fascistas, la derrota de los guardias civiles que habían conquistado Alcalá de Henares, o la recuperación de Cuenca, por sólo 200 milicianos, encabezados por Cipriano Mera, victorias republicanas que consiguieron elevar la moral de combate y consolidar el centro de la península, compensando las pésimas noticias que llegaban desde Sevilla. Se reforzaron las posiciones en la Sierra de Guadarrama, para resistir a las columnas que Mola había enviado para conquistar Madrid. En Toledo, el Coronel Moscardó, con el que los sediciosos no habían contado, junto con un reducido número de cadetes, ya que la mayoría estaba de vacaciones, se rebelaron en la Academia de Infantería, situada en el Alcázar, cuando el Ministro de la Guerra le ordenó que enviase a Madrid municiones de la fábrica de armas, a lo que se negó. Se le unieron guardias civiles del alrededor, algunos oficiales y muchos falangistas, hasta un total de 1.100 combatientes, además de 500 esposas e hijos de los golpistas, que consideraron más seguro refugiar en la fortaleza. Cobardemente habían tomado como rehenes a 100 militantes de izquierda, lo que la propaganda franquista ocultó sistemáticamente. Allí se dirigieron camiones, taxis y automóviles particulares cargados de milicianos. La terrible matanza de anarquistas en Zaragoza no podía tener otra consecuencia que, tras derrotar la sedición en Barcelona, se dirigiesen allí unos 20.000 hombres y algunas mujeres, enfervorizados y desorganizados, como solían actuar habitualmente los anarquistas, y, también, en precario, con los 30.000 fusiles de los que se habían adueñado en el asalto al cuartel de San Andrés.

Carecían de nada parecido a un Estado Mayor o una dirección única, una coordinación que fijara objetivos concretos y evaluara su prioridad. Se agruparon en distintas columnas, como la de Antonio Ortiz, la “Francisco Ascaso” o “Los Aguiluchos”. A su paso fueron liberando todas las poblaciones, y también fusilando a su antojo, a todos los que consideraron un peligro en la retaguardia, con la imagen de las macabras noticias que llegaban de Zaragoza y Sevilla. La más efectiva de todas las columnas fue la comandada por Durruti. Con mayor visión estratégica, no se entretuvo, como las demás, desperdigándose en liberar espacios rurales, tarea mucho más fácil y menos arriesgada, sino que se dirigió, directamente, hacia Zaragoza. Contaba con tropas regulares, encabezadas por el farisaico Coronel Villalba, que se demostró que era partidario de la rebelión. Cuando estaban a 20 kmtrs. de la ciudad recomendó a Durruti esperar a recibir refuerzos. Con ello dio tiempo a que llegara a Zaragoza un destacamento de requetés enviado por Mola desde Pamplona, perdiéndose así una oportunidad irrepetible. El día 22, Queipo de Llano vociferaba por Radio Sevilla que el objetivo de los generales (golpistas, que eran muy pocos, la inmensa mayoría fue fiel a la legalidad vigente) era “restablecer el orden subrectado por la intromisión de poderes extranjeros, que por  el órgano conglomerado marxista han desvirtuado el carácter de la República”.

 A pesar de que el Gobierno era completamente liberal y que los únicos extranjeros que habían participado, hasta el momento, eran los rifeños, que llevaban más de 30 años resistiendo el expansionismo imperialista español.

Consideraba que todo ello no era hacer política, y que nadie le ganaría en amor al proletariado, aunque, “como español”, lamentaba “la ciega obstinación de quienes, con las armas en la mano, dejan aún oponerse a este movimiento libertador” (por lo visto ya había agotado la primera botella de manzanilla y decía lo contrario de lo que pretendía) lo que le obligaría a ser implacable en el castigo ¿Quién le había dado “derecho” a él para castigar a nadie que no fuese un carabinero bajo su mando? ¿Es que no podían considerarse los demás, por ejemplo los huelguistas asturianos en 1934, tan libertadores o más que él, puesto que no se consideraba “político”? Tras seis días de negociaciones, Martínez Barrio sólo había conseguido que cesara el acuartelamiento en Valencia de soldados cuyos jefes y oficiales eran republicanos, lo que, indudablemente, sólo favorecía a los golpistas, aparte del cuartel de Paterna, tomado por la ciudadanía. Obsérvese la similitud que todos los asaltos a instalaciones militares por parte de civiles tienen con la toma de La Bastille (“abastecida”, “guarnecida”, de la misma raíz que bastidor) que inició la Revolución Francesa, si bien hoy sabemos que fue más un simulacro, ya que el comandante de la misma era masón, y sólo disparó salvas contra los ciudadanos. Así que Martínez Barrio pidió al Ministro del Ejército, General Castelló, que acudiera a ayudarle. Este, el 29 de julio, exigió a Martínez Monje-Restoy el fin de los acuartelamientos, concretando que ello suponía que los soldados pudiesen salir y los paisanos entrar libremente en ellos. Así se vio obligado a hacerlo el Jefe de la División. Se informó que el incumplimiento de la orden supondría el asalto a los cuarteles, tomando como antecedente lo ocurrido en Paterna, y con la velada amenaza de lo que sucedió en el cuartel de La Montaña.

El resultado fue que la mayoría de los soldados desertó, facilitándoseles un salvoconducto para que pudieran dirigirse a sus casas (los sediciosos no dieron oportunidad semejante a los soldados de recluta obligatoria que cayeron bajo su poder) aunque otros formaron batallones para defender a la República. Simultáneamente el Ministro firmaba oficios pasando a la situación de disponibles forzosos a todos los jefes y oficiales que habían mostrado desafección o tibieza en la defensa de la República. Mientras que los golpistas estaban encarcelando o fusilando a los que tenían el mismo comportamiento respecto de la sedición. Así que se dio el paso siguiente: ordenar que se organizara una expedición para dirigirse a la defensa de Madrid. Martínez Monje-Restoy se negó, aduciendo que se le había prometido que sus soldados no saldrían de la capital, y él lo había repetido así a sus coroneles. De modo que se nombró al General Gamir para hacerlo. Demasiado para lo que aquellos cobardes golpistas camuflados estaban dispuestos a hacer: se les forzaba a enfrentarse a sus compañeros de sedición, que es algo para lo que se supone que sirve un ejército verdaderamente leal. En el cuartel nº 7, de mayoría republicana, se formó un Batallón Expedicionario, bajo el mando del Tenientecoronel Eixea. En el cuartel nº 10, anteriormente denominado de Guadalajara, sólo se consiguen dos Compañías. Pero, lo que es peor, sólo tres oficiales se ofrecen para ir con ellas. El resto de la oficialidad convence a los soldados, sin explicarles su posicionamiento, para que se nieguen a entrar en combate si no es bajo la dirección de sus mandos naturales. De inmediato, Castelló pasó a disponibles forzosos a todos los jefes y oficiales que habían rechazado su incorporación a la fuerza expedicionaria, y otorgó el mando del Regimiento de Infantería al Tenientecoronel Manuel Pérez Salas, procedente del cuartel nº 7.

Este, con más disciplina, espíritu militar y fe republicana que sagacidad y recelo respecto del comportamiento fascista de sus “compañeros de armas”, se presentó directamente en el cuartel nº 10, reunió a toda la oficialidad y les leyó su nombramiento. Para el “historiador” fascista Joaquín Arrarás, esto suponía una pretensión fría e impune de atropello: intentar derrocar a un Gobierno sin duda le parecería lo más legítimo del mundo. El Tenientecoronel Ríos le arrebató la orden y la rompió en pedazos. Pérez Salas intentó abalanzarse sobre él, pero los demás jefes y oficiales intervinieron. Un Comandante le encañonó en dos ocasiones, aunque el resto de los presentes le convencieron para que no disparase, posiblemente porque consideraran que, de hacerlo, difícilmente podrían salvar sus vidas, si todo les salía mal. Sólo el Coronel Gómez de Nicolás se puso de parte de Pérez Salas, por lo que ambos fueron empujados hasta la sala de arrestos, en los que se les encerró. Ríos se hace cargo del mando, ordena la defensa del cuartel, se apagaron las luces y se emplazaron ametralladoras en las ventanas. Esa misma noche, el Sargento Fabra, se infiltró en el cuartel de Paterna consiguiendo algunos partidarios, desarmó al oficial de guardia y, mediante tres disparos de fusil, señaló el ataque contra el cuarto de banderas, en el que estaban reunidos jefes y oficiales. Hubo muertos y heridos. Fabra se hizo cargo del cuartel y encerró a los jefes y oficiales que no eran de su confianza.

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One Response to El fracaso del golpe de Estado de 1936, y de su derrota, degenera en guerra civil

  1. Rotulos says:

    Vuestro sitio web es muy bonito

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