1.587: ¿Fin del dominio hispánico de los mares europeos?

La complejísima política europea de Felipe IIº, que lo obligaba a limitar las reacciones de sus enemigos, y la difícil situación financiera de la Hacienda española impidieron que el triunfo fuese definitivo. Ante lo que podía ser el fin de la rebelión, Inglaterra se implicó directamente en la confrontación militar, incentivada por la familia real y los hugonotes franceses, que buscaban impedir las opciones hereditarias de Felipe IIº al trono francés, además del apoyo económico que ya les daba, con lo cual los españoles debieron replegarse, paulatinamente, hacia el Sur y el Este. En 1.587, el católico Segismundo Vasa, hijo de Juan IIIº de Suecia y Catalina Jagellón, a cambio de la cesión de Estonia, fue elegido rey de Polonia. Isabel Iª era consciente de las repercusiones que tendría decapitar a María Estuardo. Quizás por ello, quizás porque apreciaba a su prima, se negó a hacerlo hasta que no hubo pruebas concluyentes de su implicación en conjuras. Finalmente lo hizo, cuando ya había hecho testamento en contra de su hijo y a favor de Felipe IIº de las Españas, y con las consecuencias que preveía. Su hijo, Jacobo Iº, no hizo nada por evitarlo. En parte porque así aseguraba el trono escocés frente a las intrigas de su madre, en parte porque se sabía heredero directo de Isabel Iª y no deseaba contrariarla. Esta se vio forzada a decapitar a su prima, a la que apreciaba, en beneficio del hijo de ella, al que detestaba. Felipe IIº quería acabar con la intromisión inglesa en la rebelión flamenca, y el ataque de corsarios ingleses a las Flotas de Indias españolas y a las costas gallegas, donde se dedican a quemar iglesias y a matar a curas y monjas. El dominio del Mar del Norte habría permitido el bloqueo de los Países Bajos, acabando con su insurrección. La muerte de María Estuardo le daba motivo para entrononizar a Isabel Clara Eugenia, a la que consideraba más apta para el gobierno que sus demás hijos, pero que encontraría fuerte oposición donde no hubiese experiencia en someterse a reinas. Con ello, además, conseguiría mantener el catolicismo en Inglaterra.

En el Caribe se había apresado a casi toda la tripulación de Francis Drake, que, traída a Sevilla, la Inquisición torturaba por hereje. Drake convenció al embajador español en Londres, implicado en las conjuras, que Irlanda y buena parte de los católicos ingleses estaban deseando acabar con la reina, que sólo necesitaba que desembarcasen algunas tropas españolas para que se produjese un amotinamiento general. Le propuso que liberase a su tripulación para colaborar con dicho levantamiento. Con ello resultó que los preparativos de invasión fueron inmediatamente conocidos por Isabel Iª. Al contrario de lo que se esperaba, Drake, al mando de una Flota corsaria, atacó al expuesto puerto de Cádiz, de difícil defensa, motivo por el que había sido, en principio, rechazado para la carrera de Indias. Hundió, incendió o capturó 100 naves, buena parte de la “Grande y Felicísima Armada”, como la había denominado Felipe IIº, que se preparaba para la aventura, que ha pasado a la Historia con el motejo inglés de “Armada Invencible”. Peor, si cabe, fue un ataque a Lisboa, en el que destruyeron el aprovisionamiento de madera de roble para toneles, para embarcar el agua. Esto obligaba a la Flota a entrar en el Canal de la Mancha con sólo una parte de las tropas, por lo que deberían rehuir el abordaje y defenderse sólo con las armas de fuego, así como enviar 30.000 hombres al mando de Alejandro Farnesio, duque de Parma, a marchas forzadas, desde Italia, a través del Milanesado, la Borgoña y el Franco Condado, y tocar puerto en Flandes para embarcarla. Navegaría sólo con los aprovisionamientos, que ya eran un peso considerable, hasta que allí embarcasen las tropas. Los galeones españoles no usaban velas triangulares, que se consideraban propias de mahometanos, lo que los hacía menos maniobreros, dificultando su avance con el viento en contra. Los ingleses, que podían reabastecerse en sus puertos, con menos carga, aunque embarcaban cañones de mayor calibre y alcance, y más munición, eran más rápidos, y evolucionaban más fácilmente, con cualquier viento, aunque también eran más inestables, lo que dificultaba su puntería.

El Almirante de la Flota de Lisboa, Capitán General del Mar Océano y gente de guerra del reino de Portugal, Alvaro de Bazán, Ier. Marqués de Santa Cruz, enfermo de tifus, creador de la Infantería de Marina, el cerebro pensante de la batalla de Lepanto, el que recomendó no poner la Flota a tiro de la artillería de las murallas, tomó la iniciativa de cortar el paso del movimiento envolvente turco, y enviar naves para contraatacar en pinza los entrantes de tales buques entre las discontinidades ofrecidas por las distintas formaciones cristianas, y apoyar con fragatas y bergantines la del Almirante del Papado, que había aislado a la nave capitana turca cuando fue valientemente atacada por la cristiana, al mando de Juan de Austria, fue depuesto por Felipe IIº por discrepancias con él, ya que siempre alegaba que aún no estaban completos los preparativos. Cinco días después murió. Quizás el propio hermanastro del rey, con tal experiencia y la de la expedición contra Túnez, también con la colaboración de Alvaro de Bazán, podía haber sido un buen sustituto. Quizás porque confiase demasiado en la victoria y que se iba a ver forzado a darle la corona de Inglaterra si era capaz de conquistarla, otorgó el mando a Alfonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia, sin ninguna experiencia naval. Este así lo dio a entender al rey, advirtiendo que Inglaterra contaba con la ayuda de sus vecinos (podía referirse a los holandeses, que participaron, como a los franceses, que no llegaron a implicarse, formando una posible trampa en el Canal de la Mancha, con ataque simultáneo por ambos flancos) y que se necesitaba para ello una fuerza muy superior. En cuanto llegó a Lisboa constató que la Armada estaba en mal estado, mal pertrechada, y la artillería mal instalada (posiblemente se refería a la terrestre, que acondicionó para que pudiera emplearse en el combate marítimo) por lo que hubo de reubicarse. Los consejeros reales interceptaron tales cartas, que no llegaron a manos del rey, respondiéndole que se estaba oponiendo a los designios del soberano u ostruyéndolos, lo que podría costarle su prestigio. Así que, en seis semanas, partió, con 130 buques, 19.000 soldados, 7.000 marineros y 1.000 caballeros de fortuna. La Flota se dispersó en La Coruña y costó más de un mes volver a reunirla en dicho puerto. El duque de Medina Sidonia aprovechó para volver a pedir al rey que desistiera de su empeño o, al menos, lo relevara, a lo que recibió la airada respuesta de que se dedicase a lo que le tocaba hacer.

Además, utilizando cañones de los distintos reinos de España, Italia y Flandes, se cometieron graves errores de aprovisionamiento, de forma que no sólo no tenían municiones suficientes para mantener la misma cadencia de tiro que los ingleses, para evitar la sobrecarga cuando embarcasen las tropas, y que tampoco podían reabastecer salvo durante su atraque en Flandes, sino que, como demuestra la arqueología marítima, en muchos casos no coincidían los calibres de cañones y munición, dadas las distintas equivalencias de las medidas, incluso con la misma denominación (por ejemplo, onzas o libras) de las diversas procedencias. Y eran en su mayoría de escaso calibre, de 12 libras, el que habitualmente se utilizaba contra los piratas, pero inadecuados para batallas navales. Nuevamente se dispersó la Flota por las tormentas, y costó dos días reunirla de nuevo, en que fueron avistados por una Flota de buques rápidos y de menor porte, fletados para tal misión de patrulla y vigilancia. Parece que fueron éstos los que avisaron de la cercanía y tamaño de lo que denominaron una “Armada Invencible”, que, en principio, demostraba temor, aunque, pasada la batalla, el peligro, quedaría como sarcasmo. Así fueron prevenidas las demás Flotas inglesas, perdiéndose ningún efecto sorpresa. Teniendo el viento a favor parece que el Almirante Martínez de Recalde propuso el ataque a los 70 buques bloqueados en Plymouth, que Pérez de Guzmán rechazó por tener órdenes precisas de no iniciar ningún ataque hasta embarcar las tropas. Durante la noche, arrastrados por botes de remos, dichos 70 buques, sólo 63 de ellos armados, consiguen salir del puerto, rodear la Flota española y situarse a barlovento (a favor del viento) respecto de ella. En un cañoneo desde larga distancia, posiblemente sin capacidad de respuesta, el buque de Martínez de Recalde recibió 300 impactos. A otro galeón le estalló la santabárbara, la tripulación se asustó y se entregó. Y otros dos se embistieron en el abordaje a un navío inglés, rompieron su palo mayor, por lo que perdieron maniobrabilidad y fueron apresados. Así, durante nueve días de combates en persecución, sufrieron numerosas bajas, generalmente la de las naves que se quedaban rezagadas, aunque no llegaron a ser significativas. No obstante, para evaluarlas convenientemente, hay que considerar que el núcleo de la fuerza ibérica eran 11 galeones portugueses (los castellanos aún no habían acumulado experiencia en combates navales atlánticos, por lo que no se había iniciado un programa de construcción de tales buques, hasta que esta batalla demostró su capacidad de encaje de castigo artillero) ya algo viejos. El total de las Flotas angloholandesas enviadas contra ellos eran 226 buques (aunque 163 eran mercantes, muchos de ellos armados) que embarcaban unos 2.000 cañones. La Gran Armada embarcaba 2.431 cañones, contando con los terrestres que debían ser desembarcados, pero que el duque de Medina-Sidonia había acomodado sobre cubierta, de modo que pudieran emplearse en los combates navales, una idea teóricamente admirable, pero que los temporales hicieron ineficaz, ya que sus altas cureñas y grandes ruedas, necesarias para la puntería y salvar obstáculos en tierra, los hacían completamente inmanejables durante las marejadas. Sólo hubo una confrontación en línea de combate, que duró varias horas, frente a la isla de Wight, donde los ingleses trataron de llevar a la Flota española hasta los peligoros bajíos costeros, sin conseguirlo. Llegados al puerto de Calais descubren que las tropas de Alejandro Farnesio, que no había sido informado de la partida de la Flota de Lisboa, aún no han llegado y deben esperar que sean traídas en gabarras.

Allí fueron bloqueados por los ingleses, que, con vientos favorables, enviaron, de noche, 8 brulones, buques incendiados cargados de pólvora, que aumentaron las pérdidas. Para huir del peligro las atemorizadas tripulaciones cortaron los cables de las anclas, con lo cual el viento dispersó la Flota, afortunadamente hacia el Mar del Norte, no hacia la costa. Tras reagruparse recibieron un nuevo ataque inglés. La nave capitana recibió 107 impactos entre el casco, arboladura y velamen. La batalla concluyó cuando los ingleses agotaron su munición. El duque de Medina Sidonia ordenó nuevo reagrupamiento. Varios navíos se negaron a ello, por lo que el duque ordenó ahorcar de inmediato a sus capitanes, dejándolos colgados del extremo de la verga. Pero, al recibir la misma negativa del Almirante Martínez de Recalde, su segundo Comandante, concluyó que, en tales circunstancias, no podía enfrentarse a los ingleses. Estos habían reunido un inmenso ejército, al mando directo de la reina, lo que les otorgaba una gran moral. Persiguieron a la Flota española, pero, dada su gran velocidad, empujada por el temporal, tuvieron que destacar a su caballería, actitud temeraria pero que podía obtaculizar el desembarco en los momentos en que era más vulnerable. Confiando en la colaboración de los católicos escoceses o irlandeses, decidieron rodear Gran Bretaña por el Norte. Allí los fuertes temporales que dispersaron la Flota, impidiendo su nueva concentración y desembarco en las abruptas costas, haciendo naufragar a muchos navíos. Especialmente los irlandeses fueron crueles con ellos, rematando a los que llegaban vivos a las playas, para quedarse con sus enseres como botín. Era una práctica habitual, pero muy alejada del espíritu de colaboración contra los ingleses, favorable al catolicismo, que habían creído. En dichas costas es donde se produjeron el mayor número de hundimientos. En total se perdieron 35 buques, sólo 3 de los cuales eran galeones, como se ha indicado, pero unos 10.000 hombres, una proporción inmensa, entre los que no estaban los Almirantes, aunque Martínez de Recalde, Almirante de la Flota de Invasión, el núcleo de desembarco de la Gran Armada, que marchaba a popa y, por tanto, sufrió el mayor acoso inglés, volvió con numerosísimas heridas, falleciendo a los pocos días, posiblemente por infección de las mismas, puesto que presentaba fiebre. Esto le evitó un Consejo de Guerra. Los ingleses perdieron 9.000 hombres, no tanto por los combates, sino, en su mayoría, por las epidemias de tifus y disentería, y por hambre, ya que, dada la bancarrota de la Hacienda inglesa, no se les prestó la menor ayuda, muriendo por las calles de las ciudades portuarias, lo que suscitó airadas críticas de la Oficialidad, ya que pronosticaron que deberían volver a utilizarlos en el futuro, que necesitaban su experiencia y conocimientos marineros, y que, con tal comportamiento, no se estaba incentivando que las tripulaciones repitiesen su heroicidad en enfrentamientos futuros, como así ocurriría. Aparentemente los ingleses no fueron conscientes de las repercusiones de tal desastre español, que impedía la defensa eficaz de los Países Bajos, y abría las puertas a la expansión marítima y comercial de las naves de las Provincias Unidas tanto como de las inglesas. Pero lo cierto es que el coste económico fue tan catastrófico para los imperios hispano-luso como para Inglaterra, que quedó imposibilitada de ninguna acción posterior, algo que no se evalúa adecuadamente.

Fue así como, utilizando procedimientos militares, Inglaterra acabaría quedándose prácticamente con el monopolio del tráfico de esclavos negros. Los gremios de comerciantes ingleses, merchant adventurers (“comerciantes aventureros”, ocultando el uso de la piratería y poniendo el énfasis en su comercio de contrabando, que se presentaba como lucha por la libertad, a favor del librecomercio, iniciando el apoyo ideológico hacia el capitalismo) invadieron los espacios exclusivos de tráfico portugueses, españoles y holandeses, fundando puestos comerciales avanzados, con mucha frecuencia refugio de   piratas. Los “filibusteros” -cazadores de (los buques del rey) Felipe- como John Hawkins, Drake (ambos fueron mandos principales, junto con Howard, Lord Almirante, Ier. Conde de Nottingham, contra la Gran Armada) o Frobisher, consiguieron desviar parte del oro y la plata de las posesiones ibéricas hacia Londres. Abbas Iº, apodado “El Grande”, nieto de Tajmasp, fue coronado chaj. Consiguió imponer el orden y su dominio sobre el imperio safaví, llevando a Irán a la cima de su poder. Reformaría el Estado y el ejército. Rechazó a los turcos, que ya habían conquistardo Tabriz y Georgia occidental. Jideyochi decretó la expulsión de los misioneros, acusados de convertir a la fe cristiana por la fuerza. No obstante, en la práctica, la medida no fue aplicada y hubo tolerancia. Los ingleses establecieron asentamientos en Terranova y el Golfo de San Lorenzo, que explotaban la pesca estacional y la caza, para el comercio de pieles. Sin embargo los indios aniquilaron el de Roanoke. Al nombramiento de un nuevo Gobernador, la Audiencia de Santo Domingo dejó de ejercer tales funciones. Con todo ello había quedado en la conciencia de los hispanoamericanos la posibilidad de un Gobierno colegiado, diferente al unipersonal. A la muerte de Federico IIº, en 1.588, heredó el trono danés Cristián IVº. En el Tibet había surgido una secta reformista, la de los yeluk-pa o “gorros amarillos”, que se oponían a los tradicionales “gorros rojos” y propugnaban el celibato obligatorio para los monjes.

Murió el tercer rey-sacerdote, Sö-nam Yia-tso, a quien el caudillo mongol, convertido por él a la Iglesia “amarilla” había nombrado dalai, o sea, “océano”, lama, que, en tibetano, es “maestro espiritual”, significando la máxima sabiduría. Esta designación se utiliza en todo el mundo excepto en el Tibet, que siguen llamando a los dalai lama yia-tso, que tiene el mismo significado. En 1.589, Enrique IIIº de Navarra, consiguió ocupar el trono francés, como Enrique IVº de Francia. Como Felipe IIº defendía los derechos de su hija, Isabel Clara Eugenia, habida con Isabel de Valois, invadió el país. Enrique IVº, tras la experiencia de tres décadas atrás, en San Quintín y Gravelinas, comprendió que no podría hacerle frente con la oposición del partido católico, por lo que, con su frase de “París bien vale una misa”, referida a la tradición medieval de que bastaba asistir a una misa (o tomar la comunión, como intentó hacer el obispo de Tarragona con el apresado rebelde San Hermenegildo) para expresar el retorno al catolicismo, acabó con las guerras religiosas y contra España, y volvió a unir al país, con pleno éxito. España, después de haber tenido a tiro París en cuatro ocasiones, le había “perdonado la vida”, perdiendo con ello grandes oportunides. Carlos Iº lo hizo creyéndose las promesas de Francisco Iº de Francia, Felipe IIº por prudencia, por no implicarse en otra guerra prolongada, de impensables consecuencias. Pero, ocupando Francia, habría conseguido el apoyo de gran parte del Imperio Alemán, conectar con dicho ejército, con su capacidad de pagar mercenarios, quizás derrotar a los lutheranos o llegar a un acuerdo conveniente con ellos, mantener su dominio sobre Flandes y posibilitar una más adecuada invasión de Inglaterra, como ya hicieron los normandos, aunque aprovechándose de circunstancias muy favorables. Y mantener a raya a los turcos. De forma que hubiera supuesto el monopolio de todos los mares, tráficos y mercancías. Aunque tal dominio no hubiera podido mantenerse habría enlentecido el desarrollo de Francia e Inglaterra como para mantener en mejores condiciones los imperios ibéricos, y reforzar la confianza (o el temor) de los portugueses como para alargar la unión ibérica, cuyos dominios eran de muchísima mayor extensión que todos los demás. En 1.590, los otomanos reiniciaron una nueva guerra con Austria, que tampoco les fue favorable en esta ocasión.

Maximilian Iº había dividido el imperio en diez particiones administrativas que denominó círculos imperiales. Al convocar el emperador una asamblea de los mismos, aprovechándose de que la mayoría era católica, los protestantes se marcharon: el Imperio daba sus primeras muestras de ingobernabilidad. Como Irán estaba recibiendo el ataque de los uzbekos, Abbas se vio obligado a firmar la paz con Turquía, reconociéndoles las regiones que le había conquistado. Al contrario de lo que ocurría en China, el funcionariado coreano estaba reservado a la aristocracia. Era, por tanto, un privilegio de clase, una forma de acaparar dignidades, títulos, poder, corrupción, engrandecimiento y enriquecimiento. Los cargos eran cada vez más codiciados y el número de aspirantes continuamente mayor. Comenzó entonces una pugna entre los candidatos, que deseaban un incremento de las plazas disponibles, y los funcionarios en ejercicio, que se negaban a ello. Tanto en la administración civil como en la militar. Incluso entre las distintas escuelas confucianas. Así resultó que una legación coreana visitó Japón, recibiendo informes de que preparaban una invasión contra el Imperio Ming, que el desembarco se produciría en Corea y que necesitaban la garantía de libre tránsito por el país hasta la frontera china. A la vuelta, parte de la legación comunicó a su emperador las inquietantes noticias, y otra la negó rotundamente, acusando a sus oponentes de inventarla para sus propios intereses: el país, tras dos siglos de próspera paz, se precipitaba al desastre. En 1.588, la presidencia de la comisión de inspección de la cámara imperial alemana correspondía al protestante Joaquín Federico, príncipe de Brandenburg, pero los católicos se negaron a confirmarlo con su voto, de modo que, a partir de entonces se dejaron de controlar y refrendar las sentencias de la Cámara. En otro Estado sólo hubiera sido un paso más hacía el absolutismo, que continuaba abriéndose camino. Pero, en Alemania, los círculos imperiales protestantes, con toda lógica, se negaron a reconocer fuerza jurídica a las sentencias del consejo imperial. En 1.589, Inglaterra lanzó un nuevo ataque marítimo contra Portugal, que terminó en el más rotundo de los fracasos: es increíble que la historiografía británica, e incluso la española, oculten tles hechos, e insistan en la fasa idea de la derrota definitiva del poder naval hispano-luso. En 1.591, una ley prohibió el paso de una clase social a otra en Japón. Murió Dmitri, hijo menor del zar Iván IVº.

Por primera vez una Flota inglesa remontó el Cabo de Buena Esperanza, explorando la ruta hacia el Océano Indico. En 1.592, a la muerte de Juan IIIº, el rey de Polonia, Segismundo IIIº Vasa, Jaguellón por línea materna, heredó el trono de Suecia. Siguiendo las tesis contrarreformistas intentó implantar de nuevo la exclusividad católica, con lo que acabó con la tolerancia en Polonia y la implicó en las guerras religiosas. Enrique IVº aprovechó las teorías de Bodin, interpretadas como mejor le convenía. Habiendo renunciado a su propia libertad religiosa para asegurarse el trono, decidió acabar con los enfrentamientos entre católicos y hugonotes. Unos comerciantes de Amsterdam fundaron una sociedad para equipar una expedición a la India, que encomendaron a Cornelis de Houtman. Los piratas japoneses asolaron durante tres siglos las costas chinas y coreanas. Sin una Marina capaz de acabar con ellos, volvieron a repetir la errónea estrategia de la Gran Muralla: una costosísima inversión en sistemas defensivos costeros, que tampoco resultaron útiles. Así que, finalmente, reconociendo su fracaso, evacuaron y reasentaron la población del litoral en el interior. Cuando Toyotomi Jideyochi invadió Corea, con la intención de nacionalizar el comercio exterior, ésta no había preparado nada para protegerse, pese a lo cual negó el paso a los 200.000 soldados japoneses. Lógicamente no pudo frenarlos. China acudió en su defensa, manteniendo la guerra en el país vecino, con lo que alejaba la destrucción del suyo. El imperio coreano quedó dividido en dos. Sin embargo China incumplió su parte del pacto: su ejército abandonó el Norte de Corea y exigió de los japoneses que hicieran lo propio respecto de Corea del Sur. Todo increíblemente actual, aunque con otros actores extranjeros.

La colonización de Brasil llevaba un retraso de un siglo respecto de la hispanoamericana, igual que la angloamericana llevaría otro siglo respecto a la portuguesa. La principal exportación de Brasil era el palo brasil, que le dio su nombre, utilizado para las tenerías. Le seguía el azúcar, el ganado vacuno, el oro y los diamantes de Minas Geraes. La intervención metropolitana fue muy escasa, lo que repercutiría en la fácil independización del subcontinente. En Inglaterra, en 1.593, se publicó la Ley de Herejes, que imponía la cárcel a los que no asistieran a los oficios religiosos, y el destierro para los que no se retractasen. No intentaba perseguir a todos los herejes, sino sólo al puritanismo más radical. Y así se aplicó: tres de sus dirigentes fueron ajusticiados, y muchos otros tuvieron que emigrar a Holanda. Otra Ley imponía multas a quienes no asistieran con regularidad a las liturgias. Quienes no pudiesen pagarlas tendrían que exiliarse. Además vinculaba a los católicos, que eran el objetivo de la misma, a un lugar de residencia, del que no podían alejarse más de 5 millas: un arresto vitalicio en el municipio por razón de creencia, de conciencia. Una especie de servidumbre de la gleba para todos los estamentos sociales, pero sin obligación de trabajar sólo por ser católico. El jesuita italiano Matteo Ricci comenzó a predicar en el Sur de China. Murió Uang Chij-chen, que había sido Ministro de Justicia chino y célebre escritor. Se le atribuye la autoría de la novela naturalista Chin P’ing Mei, “El ciruelo (o el loto) en vaso de oro” formado por la yuxtaposición del nombre de tres mujeres que consiguieron poder, obra maestra de la literatura universal. Narra la vida de un comerciante corrupto y lujurioso, las peleas de las mujeres de su harén y sus concubinas por conseguir la preeminenecia, referido a 5 siglos antes, y se describen en ella un sorprendente número de juguetes sexuales, lo que debe hacer reflexionar que serían habituales en lo que llamamos poligamia, más exactamete poliginia, “muchas mujeres”, no “muchos sexos”.

Por esta época se reescribe y actualiza el Jsi-yu-chi (“Viaje a Occidente” , referido al que hizo Jüan-Tsang nueve siglos antes, en el que presenta, irónicamente, un mundo escindido, plagado de religiones, sectas, leyendas, personas sencillas, piadosas, supersticiosas, sensuales, sabias o que quieren que las creamos como tales. Ambos textos cuentan aún con muchos lectores. En 1.594, Naresuen había conseguido recuperar las fronteras de Siam anteriores a la invasión birmana, arrebatar a Cambodia parte de su territorio, e incluso, acudiendo a la petición de ayuda de los portugueses, parte de Birmania. Estos le garantizaron su apoyo militar futuro a cambio de mercados abiertos, en los que podían conseguir no sólo sus valiosos productos, sino los chinos y japoneses, como pieles, lacados, colorantes y zinc. Jideyochi se trasladó a su palacio de Fuchimi, en el barrio Momoyama de Kioto. Así podía controlar al emperador y legitimarse con su proximidad. Constituyó una federación de daimío de la que él era el supremo señor feudal. Les enfeudó sus tierras privadas, aunque con la condición de que dejasen a sus esposas e hijos viviendo cerca de su palacio, con lo que se convertían en rehenes. Desarmó por completo a los campesinos, impidiendo tanto que volvieran a rebelarse como que llegaran a hacer causa común con los buchi. A pesar de los enfrentamientos entre católicos y protestantes, la Dieta reunida en Ratisbona concedió a Rodolfo IIº fuertes subsidios de guerra contra los turcos, que no se tradujeron en éxitos militares. La Liga Hanseática perdió los derechos comerciales con Dinamarca y Noruega. En 1.595 murió Murad IIIº, tras haber llevado el imperio otomano a su máxima expansión. Sin embargo los nuevos ingresos obtenidos en las ricas provincias del Cáucaso y Azerbaiyián, que había conquistado, no fueron suficientes para equilibrar sus problemas financieros, económicos y sociales, provenientes de la pérdida del monopolio comercial entre Europa y Asia, la revalorización de las monedas de las grandes potencias europeas y su propia indecisión en política exterior. La creciente inflación hizo que los terratenientes intentaron aumentar los arrendamientos, lo que provocó el caos. Muchos campesinos huyeron a las ciudades o integraron bandas rebeldes contra la política fiscal.

Sin embargo, todos esos problemas, evidentes y en aumento desde la muerte de Solimán, no impideron a la Puerta Sublime (nombre, al parecer, referido al acceso a los edificios gubernamentales en Estambul) implicarse en nuevas compañas militares. Turquía continuó compitiendo por el Mediterráneo, sobretodo porque la Península Ibérica, Holanda e Inglaterra habían puesto sus objetivos en los grandes océanos, y no concentraban sus esfuerzos en este mar. Le sucedió Mejmet IIIº, su hijo. Se publicó el libro de Jan Huyghen van Linschoten, en el que describía las ciudades, puertos, situación social, económica, religiosa y la administración portuguesa en la India. Con dicho texto y los mapas del geógrafo Petrus Plancius Cornelius de Houtman emprendería su expedición exploratoria. Para entonces ya se habían fletado 11 galeones del programa de 19 encargados por Felipe IIº, más ligeros y maniobreros que los anteriores portugueses, lo que les daría supremacía sobre todos los piratas ingleses, holandeses y franceses durante casi un siglo, más dos que fueron capturados a los ingleses, de forma que la Marina ibérica volvía a tener la supremacía naval. Cuatro galeras españolas en patrullas por aguas inglesas, al mando de Carlos De Amésquita, se quedaron sin suministros y desembarcaron 400 hombres en las costas de Cornualles (Cornwall ¿El muro del cuerno, referido a la construcción defensiva contra la invasión sajona?) para reaprovisionarse. Las tropas inglesas de defensa, sorprendidas, huyeron. Los españoles consiguieron cuanto desearon, se tomaron venganza incendiando como mínimo 5 pueblos, oyeron misa aquella tarde, y zarparon de nuevo. Las Flotas al mando de los piratas Drake y Hawkings, lanzadas contra ellos, no consiguieron entablar batalla. Estos hechos se ocultan en la historiografía británica. Ese mismo año dichos piratas morirían en sus incursiones en Panamá, con una Flota de 28 buques, y Puerto Rico, sin haber podido cumplir su sueño de interceptar significativamente el oro y la plata americano, que, durante esos 15 años, triplicaron los de periodos precedentes. Los holandeses comenzaron a poner en práctica su bien diseñada estrategia comercial, colaborando con los señores feudales mahometanos del Sudeste asiático. Sobre todo en las islas, donde la comunicación naval estaba garantizada, y no existía un poder imperial terrestre que pudiese acudir en ayuda de los portugueses. De esta forma conseguían expulsarlos, sin necesidad de enfrentarse con ellos directamente. Llevaban así al otro confín del mundo su guerra contra el imperio filipino, cuando hubiese sido mucho más beneficioso la colaboración y apoyo mutuo de las potencias europeas. No persiguieron ningún objetivo cristianizante, sino meramente comercial. Como, en principio, actuaban como empresas privadas, de modo independiente, los soberanos indígenas trataron de enfrentarlas entre ellas. Entonces intervino el Gobierno holandés, creando la Compañía de las Indias Orientales. Le confirió poderes para fundar factorías, declarar la guerra y firmar Tratados de Paz en su nombre: el Estado (democrático, republicano) al servicio del comercio. Lo primero que hizo fue apropiarse de todas las factorías ya fundadas. Imitando la estrategia de los portugueses con Malaca, fueron aislando todas las posesiones de éstos.

El archiduque Carlos, contrario a la política pro-católica de su sobrino, Segismundo Iº, apoyado por parte de la nobleza, se rebeló contra él, proclamándose regente de Suecia. En 1.596, con la información facilitada por Antonio Pérez, los ingleses atacaron Cádiz. Se formó una alianza anglo-franco-holandesa con la intención de sacar provecho a la victoria inglesa sobre la Gran Armada, arrebantando colonias al imperio hispano-luso. Mejmet IIIº conquistó Erlav al Imperio, y, por casualidad, obtuvo la gran victoria de Kereztes contra el archiduque Maximiliano. Sin embargo en Hungría perdieron Raab ante las tropas imperiales. Irán consiguió aniquilar a los urbekos en Jerat. Los japoneses no sólo no abandonaron el Sur de Corea, sino que, en 1.597, intentaron su venganza, relanzando la conquista de Corea del Norte y de China con 140.000 soldados. El pirata Francis Drake, Almirante de la Marina de Guerra inglesa, a quien se debe su potencia naval, tras su decisiva contribución a la derrota de la Gran Armada española y haber circunnavegado el mundo, murió durante su fracasada expedición contra Portobelo con una Flota de 28 buques. También Thomas Cavendish realizaría un viaje alrededor del mundo. Muchos “historiadores” anglófonos ignoran que Elcano y sus supervivientes lo habían hecho mucho antes. Felipe IIº envió contra Inglaterra una segunda Flota, más numerosa y potente que la motejada como “Invencible”, al mando de Amésquita. La Armada inglesa no osó enfrentársele y huyó. Desembarcó 400 hombres de unidades selectas de choque, quienes se atrincheraron en las cercanías de Falmouth, a la espera del desembarco del resto de tropas  para atacar Londres. Sin embargo otro temporal dispersó la Flota, por lo que, tras esperar dos días, decidieron reembarcar y dar por perdida la misión, igual que 9 años antes, aunque con muchísimas menos pérdidas. Para dar un escarmiento a los imperios ibéricos, Inglaterra lanzó una Flota para destruir El Ferrol, pero los temporales impidieron que se acercasen. Así que cambiaron de objetivo contra la Flota de Indias, que había buscado refugio a la adversa meteorología en las Azores, pero ésta consiguió zagárseles. Aprovechándose de ello, de su lejanía de las costas ibéricas e inglesas, en envió un tercer y último intento de invasión, con 136 buques, que también fracasa por culpa de los temporales, debiendo volver a puerto. Es curioso que ni la historiografía inglesa, por supuesto, ni siquiera la española, se hagan eco de estos hechos. Al principio Inglaterra eludió las rutas marítimas utilizadas por españoles y portugueses. Más tarde perderían el temor a encontrarse con sus Flotas o enfrentarlas. En 1.598, Enrique IVº, tras superar fuertes resistencias, no sólo religiosas, sino de los estamentos, publicó el Edicto de Nantes, por el que se reconocía a los hugonotes su derecho a practicar su religión, en las regiones en que éstos fuesen mayoritarios, y a ejercer cargos y dignidades, creaba tribunales y cámaras paritarias para solucionar conflictos con los católicos, pero les concedía un plazo de ocho años para entregar sus plazas fuertes.

De esta forma se les integraba en la reconstrucción de Francia. Reorganizó la administración, la agricultura, la economía y la recaudación fiscal, con lo que consiguió, en poco tiempo, una prosperidad económica y cultural, que colocó a Francia a la cabeza de las grandes potencias. Felipe IIº declaró reino a Flandes, separándolo del imperio hispánico, y entregó su corona a su hija Isabel Clara Eugenia, que no pudo hacer reina de Francia ni de Inglaterra, y que había comprometido en matrimonio con el archiduque Alberto de Austria. En caso de extinción dinástica retornaría a España. Hizo con ello lo mismo que su padre, cuando separó el Imperio Alemán del español: aislar las zonas en conflicto de las leales. Pero si pretendía satisfacer a los independentistas holandeses se equivocó. Poco después moriría, a las cinco de la mañana del 13 de septiembre. Los más poderosos reyes de España, excepto Carlos Iº, fueron desgraciados con su descendencia masculina. Juan, único hijo varón de los Reyes Católicos, murió a los 19 años, de tuberculosis, lo que pudo acarrear que Castilla y Aragón se separaran nuevamente. Fernando IIº de Aragón tuvo un hijo de su segundo matrimonio, con Germana de Foix, que murió horas después de nacer ¿Tendría algo que ver en ello el Cardenal Cisneros, quien le cedería la regencia de Castilla tras la muerte de Felipe Iº “El Hermoso”, y que la recuperaría a la del “Rey Católico”, hasta la llegada de su nieto? Lo cierto es que ambas muertes, la de Felipe Iº y la de Juan de Aragón, fueron súmamente convenientes para la política unificadora de los reinos hispánicos. No obstante tuvo otro hijo varón con Germana, por lo que, en toda lógica, a él debería haber legado Navarra. Pero no lo hizo. Lo dejó todo a su nieto Fernando, aunque su nieto mayor, Carlos, se adelantó y se hizo proclamar rey, que las Cortes añadieron junto con su madre, que seguía siendo la reina nominal, sin desposeer. A Felipe IIº se le murió Carlos, hijo de su amada primera esposa, que era jorobado, tenía una pierna más larga que la otra, enfermizo, asaba liebres vivas, tuvo que pagar una indemnización por haber ordenado azotar a una niña por sadismo, se cayó por unas escaleras y tuvo que ser trepanado en la cabeza, entonces sin anestésicos, lo que empeoró su inestabilidad mental, y tomó contactos con los rebeldes holandeses, por lo que su padre lo confinó.

Murió tras comentar que quería matar al rey, y fracasar en una huelga de hambre para que éste cumpliese su palabra de entregarle Flandes. Se supone que por atracones de comida, aunque no se puede descartar que fuese envenenado. También murieron Fernando, Carlos Lorenzo y Diego Félix. Excepto Carlos, todos menores de edad. Es posible que éstas y otras muchas muertes de herederos en el futuro estuviesen marcadas por los matrionios consanguíneos, la endogamia de la política de matrimonio. A Felipe IIº le sucedió su único hijo varón superviviente, Felipe IIIº, que su padre sabía que era un inepto. Cinco horas después, los consejeros reales se presentaron al nuevo monarca para informarle la situación del imperio. Cuando vió los voluminosos legajos que llevaban les dijo que los haría resumir por el marqués de Denia, al que más tarde encumbraría como duque de Lerma, en quien confiaría el Gobierno, y que sería conocido como “el mayor ladrón de España”. Carlos Iº sabía que Felipe IIº sería un burócrata, lo que le desagradaba, así como sus reticencias a iniciar guerras. Sin embargo era lo que necesitaba el imperio hispano-portugués. Es cierto que, tal como era habitual en su época, lo hizo muy centralizadamente, todo debía ser conocido y autorizado por él, lo que suponía excesivo burocratismo, lentitud en las reacciones (los correos tardaban 30 días en comunicarle con América, más aún con Filipinas y las posesiones portuguesas en el Sudeste asiático, que, además, se interrumpían durante los temporales de invierno o los monzones) que se sumaban a su carácter dubitativo. Pero también con ello consiguió una administración absolútamente honesta, bajo su directa vigilancia. Posiblemente construyó el monasterio de El Escorial para, imitando a su padre, retirarse a él, ya que también estaba martirizado con la gota, pero cerca de la Corte y de su hijo. Sin embargo no llegó a confiar en él como para abdicar.

La privanza (delegar en el secretario privado) o el valimiento (dar a la firma del Ministro plenipotenciario el mismo valor que la del monarca) inventos netamente castellanos, pasó a imitarse en toda Europa, y, en cierto modo, son el antecedente de la moderna política profesional, tanto republicana como de las monarquías democráticas. El duque de Lerma era un pacifista convencido, aunque no comprendía las consecuencias económicas de dejar hacer a los holandeses. La Liga Hanseática cerró su factoría en Londres. Amenazados por Rusia y Suecia, los nobles polacos se aproximaron a Francia, que, de esta forma, mantenía un aliado para atenazar al Imperio. En esta situación los ortodoxos polacos se sometieron al Papa, a cambio de que les garantizase el mantenimiento de sus ritos y doctrinas. A la muerte de Fiodor, hijo de Iván IVº, se extingue la dinastía rurikida, que había poseido el principado de Moscú desde tiempo inmemorial. Boris Godunov, cuñado de aquél, se hizo proclamar administrador imperial por el Zemskii Sobor, “Asamblea de la Tierra”, el primer Parlamento ruso, que incluía a todos los estamentos, excepto el campesinado, el más numeroso, y en el que tenía escasa mayoría la nobleza cortesana y funcionarial, gobernadora de los distritos, que precisaba de un autócrata poderoso para su existencia. Más tarde sería nombrado zar. El pueblo le consideró culpable del asesinato de Dmitri, hijo menor de Iván IVº, por lo que le hubiese correspondido legalmente el trono. Comprendiendo su debilidad, potenció las funciones de dicha asamblea, lo que aproximaba a Rusia a las Cortes estamentales europeas. Pero ya resultaba anacrónico, cuando el absolutismo se abría paso. A la muerte de Satza le sucedió su hijo en el trono de Cambodia. Tras una costosa guerra, China consiguió rechazar la invasión japonesa de Corea, que quedó asolada. La muerte de Jideyochi contribuyó a esta derrota.

Dejó nombrado un consejo de regencia durante la minoría de su hijo Jideyori, cuyos miembros, de inmediato, comenzaron a luchar entre sí. El aliado y primer General de Jideyochi, Tokugaua Ieyasu, proveniente de una familia de pequeños propietarios, consiguió imponerse a todos los demás. A la muerte de Nandabayin, en 1.599, hijo de Bayinnaung, Birmania estalló en la anarquía. Los reinos sinizados del Sudeste asiático demostraron una terrible debilidad. Al contrario de lo que ocurría en Europa, y en muchos otros países, en los que la ideología dominante establecía que el monarca había sido designado por Dios, reinaba por la gracia (y, en muchos casos, era una verdadera gracia) de Dios, basado en un derecho divino, lo que favorecía el absolutismo, la estabilidad y la evaluación hacia el fin del feudalismo, creían que su misión les había sido encomendada por los dioses. Era una distinción sutil, de matiz, pero con unas consecuencias terribles. Porque, si un monarca fracasaba, no se podía alegar que hacía lo que se le antojase, que para eso todo era suyo, por designio divino, sino que se podía interpretar que no había cumplido adecuadamente la misión encomendada. Y esto instigaba a la rebelión. De modo que todos estos países quedaron conmovidos por continuos cambios dinásticos. De modo que la religión otorgaba a los países europeos una estabilidad política superior a la que hubiera tenido en otro caso. Y a sus súbditos una superior capacidad de resignación. Hasta que la puesta en duda de la religiosidad trayese la revolución política y la democracia. Además, el modelo chino de delegados gubernativos, mandarines, con dominio sobre extensos territorios, tanto si eran hereditarios como si no (quizás más en este último caso, cuando los hijos no tenían garantías de continuar con el mismo nivel de vida y poder que habían conocido) les daba los medios para conseguir tales objetivos. El caso más curioso fue Vietnam, donde se alternaban en el poder dos dinastías, que continuamente se rebelaban la una contra la otra. Para consolidarse en el poder se hizo costumbre asesinar a los posibles rivales. Entonces resultó que poder aspirar a ser emperador dejó de ser envidiable, deseable.

Surgió una especie de pacto tácito por el que los emperadores dejaron de tener el poder auténtico, se convirtieron en figuras decorativas, ceremoniales, disfrutando de toda su suntuosidad, salvo el control del poder, como ya había ocurrido anteriormente en China y Japón. A partir de entonces las luchas “dinásticas” enfrentaron a los Trinj y los Nguyen, los verdaderos detentores del poder. Para consolidar y legitimar su posición contraían nupcias con miembros de la familia imperial china.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s