1.789: La Revolución Francesa

Y también que la agricultura se adaptase a la economía de mercado. La aristocracia, el 1’33% de la población, poseía el 20% del suelo. Como, además, ya hacía tiempo que se había hecho cortesana, absentista, alquilaba sus tierras. Este hecho, el del arrendamiento, y que la burguesía ya acaparaba un tercio de las propiedades agropecuarias, que los historiadores suelen tomar poco en consideración, cayendo en las repetitivas rutinas simplificadoras, puede explicar la proliferación de jornaleros. La nobleza, además, obtenía rentas de contribuciones y por su derecho jurisdiccional, el más peligroso de todos, que le permitía hacer su voluntad en su ámbito de competencia, imponer un absolutismo localista, sólo con que sus sumisos se prestaran a denunciar o testificar cualquier cosa, o amenazando con ello. Sólo el duque de Orleáns acumulaba casi 7 millones de libras anuales, frente a las 600 de la nobleza inferior. Tras el recorte de privilegios que, como reacción contra La Fronda, y en lógica absolutista, Luís XIVº le había propinado, sus herederos, menos consolidados en sus tronos, se los devolvieron, de modo que controlaban otra vez los cargos más influyentes, de nuevo estaban exentos de casi todos lo impuestos y volvían a ser juzgados sólo por los de su propia clase, sus pares. Incluso conquistaron nuevas prerrogativas, como la apropiación de otros impuestos o el vallado y uso privado de pastizales y bosques comunales. El clero, que sólo representaba un 5 por mil de la población, se beneficiaba del 10% de la tierra. En el estrato superior, cardenales, obispos y abades, tenían consideración aristocrática, residiendo en la Corte, sin relacionarse con sus cargos o destinos, mientras que párrocos y vicarios, que debían asistir a los enfermos y desheredados, dedicarse a la enseñanza, consolar y aconsejar a los necesitados, celebrar los actos litúrgicos y servir de muchas formas a la comunidad, recibiendo su influencia y solidarizándose con ellos, vivían en la pobreza.

No es extraño que la revolución también partiese en dos a la Iglesia francesa, con la única excepción de los conventos de clausura, ignorantes de la realidad social, que, aunque muchos de ellos fuesen pobres, no todos, apoyaron al bando aristocrático y monárquico. El “tercer estado” (estamento) agrupaba a un 98% de la población, desde los jornaleros y trabajadores más pobres hasta la alta burguesía: todos ellos se consideraban esquilmados injustamente por una minoría ociosa, inútil, las “manos muertas”, que todo lo dilapidaban en lujos y corrupción escandalosos. El 85% residía en zonas rurales. Sólo la mitad de la población urbana se puede considerar auténticamente burguesa. Sin embargo esta minoría se había convertido en el motor económico, del progreso, del cambio, productivo, cultural y político. En la depositaria de las ideas, las esperanzas de mejora, y aglutinante de las aspiraciones populares. Trabajadores urbanos y jornaleros sin tierra, que podían ser entre 8 y 9 millones de franceses, un 40% de la población campesina, sufrían la inflación de precios, que había supuesto un 65%, mientras los salarios sólo habían subido un 22%, en los últimos 4 años. Que todas las clases sociales tuviesen esperanzas de conseguir sus objetivos era contradictorio, lo que llamó a la reflexión. Entonces se cayó en la cuenta de que la suma de representantes aristocráticos y eclesiásticos duplicaban a los de las ciudades, ya que cada estamento incorporaba el mismo número: 300 cada uno. Como la alta jerarquía eclesiástica era aristocrática sólo cabía esperar un acuerdo que les supusiese la mayoría a la nobleza. Como habían hecho siempre. Después de tantos años sin convocarse parecía que se había olvidado cómo funcionaba en realidad respecto del tema de los impuestos.

Pero también es cierto que las clases exentas consideraban aburrido debatir sobre unos tributos que no les afectaban, por lo que solían abandonar las sesiones cuando se llegaba a estos puntos, dejando al rey sólo peleándose con los burgueses. Así éste comprendería lo que necesitaba de sus apoyos y les llamaba de nuevo a las sesiones, debiendo ceder compensaciones a cambio de su voto. Este era uno de los motivos por lo que hacía tanto tiempo que no se convocaban. Si esta vez hacían lo mismo, si abandonaban las sesiones, se llevarían la gran sorpresa. Pero, a esas alturas, las sorpresas eran imposibles. Se pidió a la intelectualidad que hiciesen propuestas sobre la forma de convocatoria. Y, lógicamente, las múltiples respuestas llegaron plagadas de ideas enciclopedistas. No era un simple formulismo, un reparto de butacas para un concierto: se debatía el reparto de poder, la configuración del Estado, de la sociedad. Y, por primera vez, podía hacerse sin censura, con la autorización gubernamental. Se publicaron innumeros folletos, argumentando las distintas posturas, en su mayoría explicando la importancia de la ciudadanía para el progreso social y económico. Así que, cediendo a la opinión pública, y dado el fin que se pretendía, se duplicó el número de delegados de las ciudades, lo que significaba asegurar su victoria, ya que había nobles y eclesiásticos propiamente enciclopedistas, que se sabía que iban a votar en contra de sus intereses y privilegios de clase, a favor del progreso social y económico. Lógicamente, la aristocracia no podía estar conforme con ello, que suponía alterar sustancial, revolucionariamente, la composición tradicional y el fin de dicha institución. Condicionaron su aceptación a que los debates fuesen por separado por cada estamento, y que cada uno de éstos sólo tuviese un voto en las sesiones conjuntas, y no un voto por cada persona. Como la cuestión era sumamente peligrosa, el Gobierno la eludió, dejando que fuesen los propios Estados (Estamentos) Generales quienes decidiesen sobre ella.

Lo que suponía que iban a decidir por mayoría, y que, teniéndola el tercer estado (estamento) se decantarían por el voto personal. En definitiva, un problema que sólo se postergaba. Porque, sin tal requisito, sin arrebatarles la mayoría de votos, era imposible imponer tributos legalmente a los aristócratas y eclesiásticos. Era habitual que los representantes de las corporaciones urbanas y las comunidades rurales llevasen a los Estados (Estamentos) Generales un cuaderno de quejas redactado por la asamblea de electores correspondientes (en España los representantes de las ciudades no se elegían, sino que se sorteaban, como los compromisarios en los football clubs o en las asambleas de Cajas de Ahorro) cuya defensa en los debates era obligatoria para ello: era el voto imperativo. No era imperativo legal, pero, si no lo cumplían, podían después matarlos sus propios representados, considerándolos traidores. En esta ocasión el Gobierno recomendó la preparación de dichos cuadernos. Posiblemente porque considerase que, tras tanto tiempo, nadie conocería cómo se acostumbraba a hacer. O para estar preparado sobre los derroteros que iban a tomar las sesiones. Y la respuesta no pudo ser más inquietante: se recibieron 40.000 memoriales. Los campesinos habían considerado que era su oportunidad de hacerse oír, que sus escasos representantes debían expresar su auténtica opinión. Como en su mayoría eran analfabetos, fueron los párrocos y los abogados quienes las pusieron por escrito. Lo que supuso que el atrasado medio rural presentaba sus quejas (y peticiones) en un contexto completamente enciclopedista, haciendo causa común con la ciudadanía y la aristocracia más progresista. La opinión pública estaba exultante con todo ello: había llegado el momento de los cambios, y no iban a contentarse con meras reformas, que antes no consiguieron imponer. Ahora iban a ser revolucionarios.

Para elegir a los representantes París se dividió en distritos, y en ellos se formaron clubs políticos, al estilo inglés, pero mucho más radicales, ya que bastantes de ellos propugnaban directamente la revolución. Dos tercios de todos los representantes elegidos tenían formación jurídica, lo que debió influir en que rápidamente se desentendieran de los problemas económicos, que eran el motivo de la convocatoria, y se lanzasen a la tarea de la organización del Estado y los cambios legislativos. El 5 de mayo se iniciaron las sesiones, en Versalles, lo que demostraba el deseo de la monarquía y el Gobierno de controlar directamente todo su derrotero. El enfrentamiento de clases no pudo ser más evidente. Por un lado los demócratas, que exigían un voto por cada hombre. Por otro los que exigían un voto estamental y reuniones por separado, para poder forzar a los suyos, no ser inquietados o presionados por los representantes de las ciudades, y conseguir, al menos, la obstrucción del proceso. El rey veía, tardíamente, cómo la situación se le escapaba de las manos. Así que, el 11 de junio, cesó al liberal Necker y concentró tropas fieles en los alrededores de París.

Si creía que con ello iba a intimidar a los radicales, su efecto fue el contrario: excitarlos aún más. Tras varias semanas de debates inútiles, después de aprobar la imposición tributaria a las clases exentas, que era lo que el país necesitaba, y que el rey, tras algunas dudas, presionado por la extorsión de dichas clases sociales, la aristocracia laica, militar, y eclesiástica, que le hicieron ver que debía apoyarse en ellas en caso de un levantamiento popular, se negó a ratificar, el tercer estamento, es decir, la ciudadanía, la burguesía, decidió reunirse por separado, pero no como parte de la Generalidad de los Estamentos, sino constituyéndose en Asamblea Nacional, es decir, el compendio de los representantes de las distintas asambleas provinciales. Se convocaron para el 20 de junio. Pero se encontraron cerrada la sala de sesiones. Así que se dirigieron al frontón de pelota vasca, gascona para los franceses, palaciego, que encontraron abierto por estar en obras, lo que ha pasado a la Historia como las sesiones del juego de la pelota. Se les agregaron algunos representantes de los otros estamentos, generalmente los más progresistas, que habían sido informados de lo que se pretendía. Un delegado del rey llegó con la orden de disolver la asamblea. Los representantes, encabezados por el abad Sieyès y el conde de Mirabeau, hijo del teórico de la fisiocracia, que había sido elegido diputado por el tercer estamento, y que iban a defender magníficamente los posicionamientos burgueses en los futuros debates, se negaron a hacerlo si no era por la fuerza de las bayonetas. Eso hubiera producido un levantamiento popular. Pero el debate se fue calentando, radicalizando, aspirando a metas más elevadas y extensas, hasta el punto que juraron no disolverse hasta que no aprobaran una Constitución. Aquel acto de desobediencia al rey y el cambio de objetivos suponía el inicio de la Revolución Francesa. Proclamarse Asamblea Nacional no era sólo un nuevo nombre. Como entre ellos había aristócratas y eclesiásticos (enciclopedistas, por supuesto) aunque la mayoría habían sido elegidos en representación de un solo estamento, se postulaban como los auténticos representantes de la voluntad y la soberanía popular, con lo que se la negaban a la representación estrictamente estamental.

No sólo asumían los principios teóricos enciclopedistas, sino también los antecedentes parlamentaristas ingleses (base de inspiración de la Enciclopedia) y estadounidenses, basado en el anterior, en la Enciclopedia y en la experiencia revolucionaria de Cromwell, durante su periodo parlamentarista. Es decir, influencias todas ellas interconectadas. El rey prohibió la presencia de representantes aristocráticos y eclesiásticos, pretendiendo con ello quitarle legitimidad, pero, con ello, estaba asegurando el triunfo de los radicales. En los días sucesivos se le fueron incorporando representantes progresistas aristocráticos y eclesiásticos, sobre todo del bajo clero. En aquellos debates Mirabeau destacó en la defensa de los intereses de la burguesía. Mientras, demagogos como Desmoulins se hacían dueños de las calles. En el mismo ejército se produjeron sublevaciones. Quizás porque podía esperarse de ello la deseada reforma impositiva, el 27 de junio, el irresoluto rey, incoherente con la anterior prohibición, reconocía la Asamblea Nacional. París se convirtió en un inmenso escenario político. A una ciudad en la que el alimento escaseaba y se encarecía por momentos, llegaban prófugos, políticos, demagogos y aventureros, nacionales y foráneos, para atizar el ambiente. Desempleados, mujeres que deambulaban de mercado en mercado buscando comida y a precio asequible, junto con diputados y forasteros, se enzarzaban en polémicas en calles y, más que nada, en plazas, sobre cómo debía organizarse el Estado. Contando con la autorización del rey, el 9 de julio la Asamblea Nacional cambió su nombre por el de Asamblea Constituyente. Significaba con ello que se desentendían del asunto de los impuestos, la deficiencia presupuestaria, la Deuda Pública, la depresión económica, la escasez y carestía alimentaria y lo que el rey autorizase o dejase de autorizar: habían tomado el poder para sí mismos y su objetivo era transformar el Estado por ellos mismos. Los rumores de que el rey iba a dar orden de tomar París se sucedían, de modo que, conscientes de que necesitaban armas, el 14 de julio se decidió el asalto a la Bastilla (deformación de bastida o abastecida, basta, guarnecida, reforzada, fortificada, originalmente campamentos romanos rodeados de altas empalizadas, como los fuertes del Oeste americano, y algunos de muros de piedra) ciudadela militar y prisión en el centro de París, parte de la antigua muralla, que custodiaba una de sus puertas.

Hubo órdenes confusas sobre si debían entrar o no las tropas acantonadas en los alrededores de París, ya que todo se desarrolló relativamente rápido y había poca información fiable, no quedaba claro que fuese necesaria su presencia. La multitud pidió ayuda al cercano acuartelamiento y hospital de las Inválidos militares, que se negaron a prestársela, a implicarse, posiblemente porque en el interior de la Bastilla había camaradas suyos. Pero, tal vez para evitar sus iras, les entregaron algunas armas, entre ellas varios cañones. Hubo varias comisiones para negociar con el alcaide, que se negó a todo, aunque a una de ellas le dio de desayunar. Hasta que la multitud comenzó el asalto. No se sabe si entraron por sorpresa o si, dado que algunos de los Oficiales de la guardia (del Regimiento de Inválidos) eran masones, la resistencia fue mínima. Se sospecha que muchos disparos fuesen de salva, sin munición, tal vez por ambas partes. Lo cierto es que hubo muertos, aunque pocos, y la imponente fortaleza fue tomada, inexplicablemente. A raiz de lo cual las tropas que rodeaban París comenzaron a dudar si podrían tener éxito en la toma de dicha fortaleza, el coste que pudiera tener, el tiempo que requeriría y cual podía ser la reacción popular. El alcaide fue asesinado, junto con siete de sus hombres, posiblemente de los que sospechaban que habían disparado certeramente contra los asaltantes. Les cortaron las cabezas y las pasearon festiva y triunfalmente por París hincadas en picas o en bayonetas caladas en fusiles. Los legionarios españoles solían hacer lo mismo con marroquíes contra los que tomaban represalias. Los prisioneros, políticos en su mayoría, fueron liberados, y la propia fortaleza demolida hasta los cimientos. Quizás para evitar que volviera a alojar presos políticos, que pudiera utilizarse para concentrar tropas contra los revolucionarios, o porque pretendieran destruir las pruebas de que la resistencia había sido escasa. No se comprende que tal demolición no causara una catástrofe entre los muchísimos que colaboraron en ello. Para la mayoría de los historiadores este hecho representa el fin del Antiguo Régimen, y el cambio a la Edad Contemporánea. Sin embargo, bastantes otros, como los anglófonos, niegan que haya habido tal cambio de Edad, e insisten en que continuamos en la Edad Moderna.

Para ellos la conquista de Constantinopla por lo turcos sí tuvo una importancia global, que niegan a las revoluciones inglesa, estadounidense, francesa o soviética, por ejemplo. Esto y el inmenso desconocimiento colectivo de la Historia originan no pocas confusiones, en cuanto a situar los hechos en su Edad correspondiente. El rey debió asustarse bastante con todo ello, por lo que cedió a las presiones, nombró de nuevo a Necker, retiró las tropas de París y dio su aprobación al revolucionario Ayuntamiento que en dicha ciudad se había nombrado. La agitación llegó al campo. Se temía que, tras la mala cosecha anterior, también fuese insuficiente la del verano. Por todos lados había rumores de movimiento de tropas, bandas de asaltantes y comandos de castigo. Es lo que se conoce como “el gran miedo”, que no se puede confundir con el “gran terror”. Muchos labriegos se levantaron en armas contra los propietarios, incendiaron sus castillos y asesinaron cruelmente a los aristócratas que les eran más odiosos. Especialmente destruyeron las listas de contribuyentes, para obstruir que pudieran cobrarles más impuestos. Ante tales hechos, que la revolución se les escapara de las manos, que se convirtiera  en una revolución popular, proletaria, la Asamblea Constituyente creó una Guardia Nacional, un verdadero ejército popular que no dependía del rey. El 4 de agosto comenzó una semana de decisiones trascendentales. Se abolieron todos los privilegios de la aristocracia. Se suprimieron los viejos derechos de los latifundistas. Se acabó con la servidumbre, las prestaciones personales obligatorias, la jurisdicción forzosa (especialmente la que obligaba a los vasallos a ser jurgados por sus señores feudales) y el sistema de contribuciones. También se daba reconocimiento legal a todos los hechos de fuerza con los que los campesinos habían obtenido ventajas de clase. Se decretó que no habría diferencias de clases, en tanto que supusieran distintos derechos (excepto los derivados de la propiedad patrimonial, que se conservan aún hoy) y que todos los ciudadanos serían iguales ante la Ley. París era una sucesión de motines y actos de violencia. El 26 de agosto la Asamblea Constituyente aprobó el texto de los derechos del hombre y del ciudadano de la Constitución.

Se insistía en los derechos innatos e inalienables de todos los hombres: a poder hablar, escribir, mantener propiedades (y disponer de ellas: venderlas, donarlas, pignorarlas, etc.) libremente, así como a la libertad de conciencia y la igualdad absoluta de los derechos dimanantes de todos los cargos y profesiones. Es notoria la imitación a los textos de la revolución estadounidense. Y de los antecedentes enciclopedistas. Y también su pretensión mundial, globalizadora: no estaban acordando una Constitución para los franceses, sino global, para todos los hombres, para todos los ciudadanos del mundo. Era indudable que, como ocurriría con la revolución soviética, como había ocurrido con la revolución estadounidense (aunque, en tal caso, su visión era especialmente continental) su intención era extenderla a todo el globo terráqueo, que toda la Humanidad pudiese disfrutar de sus avances, sus progresos. También asumía la división de poderes de Montesquieu. A diferencia de los textos americanos la soberanía no se hacía basar en el pueblo, sino en la nación, entendiendo ésta como la totalidad de los ciudadanos. Este nuevo concepto puede significar la asunción por el liberalismo de la tradición nacionalista centrípeta, estatalista, francesa. La posterior Asamblea Legislativa sería su representación, dictando las leyes que el Gobierno debía limitarse a cumplir. Los debates para la Constitución francesa continuaron. El rey volvió a cambiar de opinión y vetó las decisiones de la Asamblea Constituyente. Este hecho, junto con el desempleo, la falta de pan, y los agitadores rumores de una conjura contra el pueblo, llevó a los parisinos a Versalles el 6 de octubre. Disparar contra la multitud hubiera tenido unas consecuencias imprevisibles. Así que el jefe de la guardia trató de parlamentar con la muchedumbre. Parece que este jefe de la guardia era masón. Se llegó al acuerdo de que los reyes debían abandonar Versalles y trasladarse a París. Y así se hizo. Una comitiva vociferante y exultante escoltaba a la guardia de palacio, que, a su vez, escoltaba a la Corte. En realidad iban apresados, a cautiverio.

El General La Fayette, con algunos soldados, llegó con la intención de proteger al rey. Hizo valer su popularidad y trató de convencer a la muchedumbre. Al final unos y otros acordaron continuar el “traslado” a París, sin enfrentamientos ni derramamiento de sangre. La Fayette con sus soldados creían que estaban protegiendo, escoltando, a los reyes y aristocracia cortesana, pero, en realidad, objetivamente, estaban colaborando a su custodia, a su verdadero apresamiento. Y así quedó en el ideario popular. La Corte, pero especialmente los reyes, se convertían en rehenes del pueblo. Ahora el ejército no podía atacar París sin poner en riesgo la vida de los monarcas. Las grandes fiestas, lujos e ignorancia de los avatares del pueblo quedaban en el pasado. Los radicales, dominando la presión popular, la utilizaban en su provecho, conquistando parcelas de poder. El miedo a la reacción del pueblo no sólo paralizaba al rey, sino a los revolucionarios más moderados. La revolución se alimentaba, se empujaba, a sí misma. La nobleza huyó y presionó a todos los Gobiernos de países limítrofes para que invadieran Francia, restituyendo el Antiguo Régimen, haciéndoles ver que, si no se acababa con la revolución, ésta se extendería por todo el mundo y acabaría con ellos. Siempre la reacción ha actuado así. En un principio no se les prestó oídos, considerándolos asuntos internos, que bien podían acabar con una potencia en declive, un competidor  comercial, un poder imperialista, dejando hueco para que otros pudieran alzarse en su lugar. En Alemania, por ejemplo, la Revolución Francesa se acogió con alegría, aunque, en poco tiempo, la radicalidad en que degeneró le enajenó a la opinión pública alemana. La situación se hacía cada vez más crítica. No sólo no se prestaba atención al problema económico, motivo de toda la confrontación social, sino que éste se agravó, tanto con los disturbios que se sucedían, como por la negativa de los campesinos a pagar impuestos. Así que la Deuda Pública se disparó aún más. Entonces, del lado más inesperado, llegó una solución no menos revolucionaria: el obispo de Autun, Talleyrand, propuso la nacionalización de todas las propiedades de la Iglesia católica francesa. Este obispo era un personaje hermético, de pensamiento indescifrable, maquiavélico, en el peor sentido de la palabra.

Mi opinión es que trataba de dinamitar la revolución desde dentro, pactando en secreto con los ingleses, haciéndola perder apoyos y llevándola a derroteros sin continuidad posible. En noviembre se aprobó tal nacionalización. Era algo muy semejante a lo que había hecho Enrique VIIIº de Inglaterra al pasarse a las filas lutheranas. Para no malvender dichas propiedades se emitieron libramientos sobre ellas, hasta su venta real. Dichos libramientos comenzaron a circular, utilizándose como billetes de Banco. Al principio parecía que se había resuelto el problema económico, sin comprender sus auténticas repercusiones. Pero, como era tan fácil emitir tales libramientos, al poco se había acumulado un nuevo tipo de Deuda Pública cuyo montante multiplicaba el valor de todas las propiedades incautadas, por lo que se adicionó un nuevo problema, de Deuda Pública acumulada y de angustiosa inflación de precios, sobre la crisis agraria, el desabastecimiento y el desempleo fabril. La administración centralizada del absolutismo fue sustituida por una división en 83 Departamentos territoriales, aproximadamente de la misma extensión cada uno de ellos, con capacidad para administrar directamente los asuntos de su ámbito, que absorbieron las tradicionales provincias e intendencias. También se aprobó la existencia de una Cámara única, a diferencia de la situación anterior, en la que existía un Senado aristocrático, además de los esporádicos Estados (estamentos) Generales, y de lo que existía en Gran Bretaña y Estados Unidos, las referencias previas. Los derechos políticos electorales se vinculaban al censo fiscal: es lo que se denominaría “democracia burguesa” o censitaria. Es decir, sólo podían votar los que pagasen impuestos directos. Esto excluía del derecho al voto a los aristócratas y los eclesiásticos, pero también a los trabajadores y a los labriegos sin tierras. A esta falsa democracia, de una minoría, Karl Marx opuso el concepto de “dictadura del proletariado”, es decir, de la mayoría, un juego de palabras, antítesis de conceptos, propio de su filosofía dialéctica, derivada de la hegeliana, pero que ha sido fácilmente manipulada para presentarlo como contrario a la democracia, partidario de la dictadura. Entre los que lo interpretaron así estaban los stalinistas, a cuya forma de actuar les convenía tal visión.

Los debates constitucionales habían dividido la Asamblea Constituyente en dos principales Partidos. Los girondinos, llamados así porque provenían del Departamento de la Gironde y se sentaban en las primeras filas, cercanas a la tribuna de oradores, a la que rodeaban, representaban a la burguesía media, ilustrada, partidaria de la propiedad privada, la libertad económica y el federalismo (tomando referencias de Suiza, Holanda y Estados Unidos) y la moderación, se hicieron con la mayoría. Los “montañeros” (montagnards) del “Partido de la Montaña”, llamados así porque se sentaban en las últimas filas, en los escaños más elevados, y por la radicalidad de sus pretensiones, maximalistas, eran mayoritariamente parisinos. Estaban dirigidos por Jean-Paul Marat, Robespierre, Danton, Desmoulins y el que ahora se hacía conocer como ciudadano Lafayette, el anterior héroe de la independencia de Estados Unidos, marqués de La Fayette. Si antes habían sido los juristas los que habían relevado a los filósofos ilustrados y a los fisiócratas, ahora eran los políticos de acción los que se aprestaban a tomar las riendas. El grupo de dirigentes constituyó un club extraparlamentario en el que unificaban sus criterios, lo que les confería una fuerza aglutinadora de la que los demás, defendiendo posiciones personales, o sólo las líneas directrices enciclopedistas, carecían. Se reunían en el abandonado convento dominico (recordemos que éstos eran los encargados de los tribunales de la Inquisición) de Saint Jakob (Santiago o San Jaime) de París, por lo que se les conoce como jacobinos, quizás también como reminiscencia con los jacobistas, los monárquicos legitimistas, bastante de ellos pro-católicos, británicos, aunque sus postulados políticos eran diametralmente opuestos. Lafayette era el más moderado de éstos, impulsando y forzando a los demás a la moderación. Cuando se dio por vencido y abandonó el grupo éste se radicalizó mucho más. Otros Partidos de menor importancia eran la Sociedad de los amigos de los derechos del hombre y del ciudadano, conocidos como “los cordeleros”, así como los monárquicos, que se enfrentaban con vehemencia a las pretensiones jacobinas. Con todo ello la labor de la Asamblea se veía bastante obstruida. A Carlos IVº le vivían tres hijas y dos hijos, y se le habían muerto cuatro hijos y una hija, de los que había tenido hasta entonces.

Puede que ello le impulsara a otorgar una Pragmática Sanción que derogaba la llamada “ley sálica” permitiendo que alguna de sus hijas pudiese acceder al trono, si morían todos sus hijos varones. Sin embargo, mientras no se diera tal circunstancia consideró conveniente no promulgar la misma, manteniéndola oculta. Con lo cual no solucionaba nada: hubiese sido preferible no otorgarla. En Gran Bretaña se impuso un modelo aún más perfeccionado de máquina de vapor para surtir de energía a todas las fábricas. Comoquiera que meter las manos entre las fauces de una máquina no requería años de aprendizaje, de oficialidad ni maestría en el oficio, no se precisaban exámenes de obras maestras, se podía emplear a mujeres y niños sin contravenir las normas de los gremios artesanales, que dejaron de ser de aplicación en las fábricas, éstos desaparecieron en Inglaterra sin necesidad de ninguna Ley que los prohibiese. Sin tales normas, era el empresario-inversor el que las imponía, descomponiendo el proceso creador del trabajo en tareas deslabazadas, inconexas, sin requisitoria de experiencia, pericia o conocimiento. En un proceso “racionalizado”, programaba y organizaba la producción, calculaba y contrataba la inversión, los costes y la mano de obra necesarios, obligando a los trabajadores a someterse, no a unas normas del oficio, sino a la disciplina del trabajo colectivo, decidida unilateralmente por los empresarios, e impuesta por sus capataces. Y todo no con la idea de sobrevivir dignamente sirviendo a la comunidad, orgullosos por la maestría de sus obras, como antes habian hecho los maestros artesanales, sino con la de obtener el máximo beneficio posible, lucrándose y adueñándose del producto del trabajo de otros, imponiendo precios en función de la oferta, la demanda y la competencia, intentando arruinarla cuando existía, con precios por debajo del coste, para lograr un monopolio u oligopolio de hecho, y, posteriormente, imponiendo precios abusivos, acordados o no. Esta era la nueva clase dominante, no basada en títulos nobiliarios.

Primero fueron los centros laneros, algodoneros y textiles. Después la industria siderúrgica. Nadie podía competir con el nuevo proceso productivo. Los consumidores dejaron de hacer cola ante los talleres artesanales, a la espera de que sus productos estuviesen terminados, al precio fijado por la corporación, en la calle o plaza tradicionalmente empleada para tal fin. Ahora eran sólo los trabajadores los que hacían filas a las puertas de todas las fábricas diseminadas por todo el país, para socorrer el hambre de sus familias, al sueldo que los empresarios quisieran pagarles. La disolución de la Unión Soviética o la anexión de la República Democrática Alemana por la República Federal Alemana volvió a reproducir tal esquema: frente a una (inapropiada) planificación central, escasa en ofrecer productos, a precios muy bajos, se produjo una inundación de productos foráneos, a precios inasequibles, mientras cerraban las fábricas y los obreros adquirían una desconocida experiencia, la de hacer colas para conseguir un trabajo, tarea en la que aún perduran. De modo también anacrónico, tardío, aunque ahora sí en línea con las ideas ilustradas, las clases sociales suecas desfavorecidas apoyaron a su rey en el absolutismo. La Dieta vio restringida su jurisdicción. A cambio consiguieron el recorte de los privilegios aristocráticos respecto de la provisión de cargos públicos, y la mejora de los derechos del campesinado, mediante la Ley de Unión y Seguridad. Poco después Guillermo IIIº inició una nueva guerra contra Rusia, con intención de recuperar las provincias bálticas y el Este de Finlandia, pero tampoco consiguió nada. Los austríacos ocuparon Belgrado y, junto con los rusos, Bucarest. Murió Abd ül-Jamid Iº. Le sucedió Selim IIIº como Puerta Sublime. Inició una sucesión de reformas que acabaron con la decadencia otomana. Jaidar Ali, que había conquistado Mysore y se alió con Francia para expulsar a los británicos de la India, fracasó en su empeño. Igual le ocurrió a su hijo Tipu, que, tras algunos éxitos iniciales, debió desistir. Gran Bretaña dominaba el Sur de la India, pero no se anexionó Mysore, limitándose a exigirle tributos. Matsudaira Sadanobu, consejero del chogun Ienari, inició una serie de reformas que iban a establecer las relaciones entre la aristocracia militar, el comercio y las finanzas: es lo que se llamaría era Kansei. Carolina del Norte ratificó la Constitución federal de los Estados Unidos de (Norte)América. Pero, como aún quedaba un Estado por hacerlo, no podía aplicarse.

El Congreso de la Confederación convocó elecciones para la Cámara de Representantes y la Presidencia federal. Esta se producía por un sistema indirecto, de segundo grado, que pervive en la actualidad, aunque la inmensa mayoría lo desconoce, a través de una junta o mesa de compromisarios.

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