1.053-El imperialismo papal

Los administradores ziríes que los fatimíes habían dejado en Ifriquiyia terminaron por independizarse de El Cairo. Tras una serie de luchas dinásticas los beduinos jilal se dedicaron al asalto de caravanas y la piratería. Esto arruinó nuevamente el comercio a larga distancia, y, con ello, el poder andalusí, lo que constituye una de las posibles explicaciones a la consolidación de los reinos de taifa [1], que permitiría a los reinos cristianos españoles reimpulsar la “reconquista”, obligando a los andalusíes a pedir ayuda a sus vecinos marroquíes, quienes terminaron aprovechándose de la situación. En el 1.053, al mando del pequeño ejército pontificio, formado fundamentalmente por caballeros alemanes, el Papa se dirigió contra los normandos, que lo derrotaron. Bizancio, de la cúspide cultural, cuando se había anexionado Bulgaria, reconquistado Creta, la más importante base de la Flota árabe en el Mediterráneo, así como el Sur de Italia y Armenia, extendía su influjo por todos los Balcanes, Capadocia, en Turquía, y Rusia, y recopilaba y transmitía a la posteridad a los clásicos griegos, lo que permitiría el futuro renacimiento, entró en una inesperada situación disgregadora desde la muerte de Basilio IIº.

La causa hay que buscarla en el poder alcanzado por la aristocracia, los grandes terratenientes, que llevaron el feudalismo e impusieron sus intereses al Imperio de Oriente, terminando por corroer la dignidad imperial, cuando más se la precisaba. La ambición de tierras acabó con los pequeños campesinos, que se vieron impelidos a la servidumbre. Incluso los estratiotas, el fundamento de su ejército. Como consecuencia éste se hizo aristócrata, feudal, el emperador perdió aún más poder, y debió recurrir a los mercenarios, como había ocurrido en el Imperio de Occidente seiscientos años antes. Lo formaron anglosajones, alemanes, franceses, normandos, turcos, varegos, búlgaros, alanos y pechenegos, un conjunto de tribus esteparias turcas que habían penetrado en Ucrania, Hungría y Bulgaria. La consecuencia, además de la ruina financiera del Estado, fue la invasión pechenega por el Norte, la pérdida del Sur de Italia a manos de los normandos, y de Siria, debido al avance turco selyúcida. En esta peligrosa situación el  Papa decretó que, siguiendo la tradición judía de la Pascua, el pan eucarístico debía ser ácimo, o sea, sin fermentar. El Patriarca de Constantinopla, Miguel Cerulario, lo consideró judaizante, herético.

En realidad, aparte de soberbias personales, lo que estaba en cuestión era el sometimiento de la Iglesia bizantina respecto de las decisiones papales, de forma que el resultado no podía ser otro sino el que se venía larvando durante siglos, que ahora estalló, en el peor momento. Tras un pésimo intento diplomático papal, en el que los legados pontificios negaron que el Patriarca de Constantinopla pudiera utilizar el adjetivo Ecuménico, que sólo podía detentarlo el Papa, en el 1.054 lo excomulgó. Aquél reaccionó convocando un sínodo que hizo lo propio con el Papa, con lo que se produjo el cisma de Oriente. Ambas excomuniones mutuas perdurarían 9 siglos. Con ello se frustraron las posibilidades de una alianza del Papado con el Imperio Bizantino para derrotar a los normandos. Los mahometanos siempre habían permitido las peregrinaciones a los Lugares Santos de Palestina, aunque más tarde las gravaron con impuestos. Sin embargo algunos califas de la dinastía fatimí, de origen marroquí, que se decían descendientes de Alí, yerno de Mujammad, y de Fátima, la hija de éste, que habían ocupado Egipto, Palestina y Siria, se mostraron más radicales, vejando a los peregrinos.

A la muerte de León IXº, Enrique IIIº designó como Papa a su canciller, el obispo Gerardo de Eichstätt, que tomó el nombre de Víctor IIº. Godofredo “El Barbudo” se había casado con la viuda del margrave de Toscana, lo que le daba jurisdicción desde Mantua y Ferrara hasta Lucca. Enrique IIIº recortó los derechos del margrave en beneficio de las florecientes ciudades italianas, que recibieron grandes privilegios. Con ello se inicia el independentismo principesco de tales ciudades, que tendrían gran repercusión en el renacimiento, el impulso del comercio a larga distancia, los descubrimientos geográficos, el nacionalismo europeo, el cuestionamiento del poder papal, la reforma lutherana y, finalmente, el liberalismo. Godofredo, comprendiendo cuál sería el siguiente paso, se refugió en la corte de Balduino de Flandes. Para consolidar su poder en el Norte de Italia, Enrique IIIº casó a su hijo, de cinco años, con la hija del conde Otón de Saboya y Adelaida de Turín. García Sánchez no podía resistir que su hermano menor hubiese acumulado tanto poder, así que invadió Castilla. Fernando Iº lo detuvo en Atapuerca, un paso encallejonado entre montañas, en Burgos. García Sánchez murió en la batalla.

Le sucedió su hijo, Sancho Garcés IVº, coronado por su tío, el rey de Castilla y León. Ramiro Iº se aprovechó de ello, no renovando el vasallaje de Aragón. Todos estos enfrentamientos detuvieron la reconquista durante medio siglo: sólo los condados catalanes mantenían una lenta pero constante presión expansiva sobre los andalusíes. En el 1.055, los turcos selyúcidas llegaron a Bagdad, se proclamaron protectores del califa y asumieron todos los poderes gubernamentales. Intentaron la reunificación del imperio mahometano, bajo su mando. Su más inmediato enemigo eran los fatimíes, y contra ellos se dirigieron. Invadieron Tierra Santa, llevando la intolerancia hacia los peregrinos un paso más, en la misma dirección, que los más fanáticos fatimíes. A la muerte del emperador alemán, en el 1.056, le sucedió su hijo Enrique IVº, de seis años, bajo la regencia de su madre, la piadosa Inés de Poitou, fuera de la realidad y rodeada de obispos. Al año siguiente murió Víctor IIº, el último de la serie de papas alemanes. Fue elegido Papa Federico de Lorena, abad de Montecassino, hermano de Godofredo, sin la participación de la nobleza alemana ni de la regente imperial, aunque ésta, estúpidamente, dio su consentimiento.

Tomó el nombre de Esteban IXº, bajo cuya sombra estaban los cardenales Hildebrando y el francés Humberto de Silva Candida, que había estudiado en la abadía de Moyenmoutier, por lo que también se le conoce como Humberto de Moyenmoutier. Fue el legado pontificio, presunto “diplomático”, que causó el Cisma de Oriente al negar el derecho del Patriarca de Constantinopla a titularse Ecuménico y poner en duda su legitimidad, ya que había sido depuesto por el anterior emperador bizantino, por lo que fue despreciado y tratado con poco respeto por él, a quien excomulgó junto con toda su Iglesia y seguidores, sin tener ningún derecho para ello. Publicó un libro contra la simonía, en el que negaba el derecho de los laicos a nombrar cargos eclesiásticos, con pretensión de desembarazarse del poder alemán, cuando antes había mantenido el derecho del emperador bizantino a deponer al Patriarca de Constantinopla. Godofredo se alió con la alta nobleza y el arzobispo de Colonia, Anón, que raptó al heredero, Enrique IVº, entonces de doce años de edad, para convertirse en regente. Sin embargo, poco después fue sustituido por el arzobispo de Bremen, que continuó influyendo sobre el rey, aunque éste asumió el poder al cumplir 14 años.

En el 1.058, a la muerte de Esteban IXº, fue elegido Papa, en Siena, Gerardo de Borgoña, obispo de Florencia, que tomó el nombre de Nicolás IIº: no sólo no intervino el monarca alemán, sino tampoco la nobleza romana. En el 1.059, el nuevo Papa decretó que sólo elegirían pontífice los miembros del colegio cardenalicio reunidos en cónclave, aunque el clero y el pueblo de Roma conservaban el derecho formal a confirmarlo, mediante aclamación (o denegación) en la Plaza de San Pedro. Por consejo de Hildebrando, para conseguir un aliado contra el soberano alemán, entregó en feudo Apulia, Calabria y Sicilia a Roberto Guiscardo, príncipe normando. Al mismo tiempo estalló una insurrección de burgueses, comerciantes y artesanos contra el poderoso arzobispo y el cabildo catedralicio de Milán, de vida aseglarada e inmoral. En éste, sobre todo, pero también en otros obispos italianos, se habían apoyado los emperadores alemanes. El Papa se puso de parte de los rebeldes, obligando a los eclesiásticos a aceptar la penitencia canónica y jurarle obediencia, condenando, nuevamente, no sólo el matrimonio, sino cualquier otro tipo de amancebamiento. Con ello cercenó los apoyos eclesiásticos imperiales.

Es completamente lógico que, a partir de ello, estallase la denominada lucha de las investiduras. Aprovechándose de sus constantes guerras con Granada, en el 1.060, Fernando Iº atacó Sevilla, el más próspero reino andalusí, haciéndolo tributario. También consiguió la sumisión del de Badajoz, con lo que acumuló unos inmensos ingresos. A la muerte de Nicolás IIº, en el 1.061, fue nombrado Papa Honorio IIº, enemigo de la reforma, en el sínodo de Basilea, en el que estuvieron representados los obispos alemanes y lombardos, y contó con el apoyo de la emperatriz viuda. Hildebrando consiguió que el colegio cardenalicio nombrara a Alejandro IIº. El Papa Honorio se dirigió con un ejército contra Roma, que conquistó en parte. En el 1.062, Harold, el nuevo duque de Kent, conquistó Gales. Con ello Inglaterra consiguió la extensión que mantendría durante muchos siglos, sin contar la anexión de Irlanda. En agradecimiento, y quizás para evitar que se rebelase, como había hecho su padre, dada la popularidad que había conseguido, Eduardo “El Confesor” le prometió hacerlo heredero al trono. En el 1.064 el sínodo de Mantua excomulgó a Honorio, apoyado por el emperador alemán, y reconoció a Alejandro como Papa legítimo.

Aconsejado por el arzobispo de Bremen, Enrique IVº intentó recuperar el deterioro causado por la regencia de su madre, instaurando un poder centralizado y absolutista en Alemania. Aragón recuperó su impulso reconquistador, al apoderarse Sancho Ramírez, sucesor de Ramiro Iº, de Barbastro. En el 1.065, Fernando Iº estuvo a punto de entrar en Valencia, pero una enfermedad lo obligó a regresar. Estaba claro que su objetivo era bloquear la expansión aragonesa, como ya había logrado con Zaragoza. Esta sería la estrategia castellana, igual que la de ambos reinos respecto de Navarra, durante muchos siglos. Esto conllevaba una guerra futura con Sancho Ramírez. Fernando Iº hizo lo mismo que su padre, Sancho Garcés IIIº “El Mayor” de Navarra, repartiendo sus reinos entre sus hijos. Se trataba de un concepto patrimonial, de libre disposición. No existía el sentimiento de Estado-nación, sino de propiedad, hacienda privada, que se podía enfeudar o ceder, según los paradigmas de la época. En todo caso el respeto a que unos reinos que habían sido independientes debían volver a serlo, no continuar conquistados. Se pretendía con ello, además, que los hermanos no luchasen entre sí por arrebatarse la herencia única.

Pero en Francia se demostró que no era ese el resultado, que se podía ampliar el poder derrotando o desembarazándose de sus hermanos o sobrinos, y acumulando de nuevo la soberanía sobre el conjunto. Sólo donde los reyes eran elegidos, la monarquía era electiva o había riesgos de que volviese a serlo, se comprendía que la pérdida de extensión conllevaba peligro para el mantenimiento del poder. A Sancho IIº, el primogénito, le correspondió Castilla, tal vez por el espíritu combativo de sus habitantes, y su posición central, que cuadraba con las intenciones reconquistadoras de éste. A Alfonso VIº le dejó León, que incluía el antiguo reino de Asturias. A García la levantisca Galicia, que incluía el condado de Portugal. A Elvira la ciudad fortificada de Toro, y, a Urraca, Zamora, ambas como vasallas de León. Si creía que con ello iba a conseguir la paz entre sus hijos, se equivocó. En el 1.066, a la muerte de Eduardo “El Confesor”, la aristocracia inglesa nombró rey a Harold.

Pero el duque de Normandía, Guillermo “El Bastardo”, argumentó derechos hereditarios -inválidos en casos de bastardía- que, cuando visitó Inglaterra, el anterior rey le prometió la sucesión, y que Harold, cuando naufragó en Normandía, le juró fidelidad (en realidad lo retuvo en su palacio, prácticamente secuestrado, hasta conseguirlo) todo lo cual era inaducible, irrelevante, indemostrable o fruto de la coacción. Guillermo realizó una magnífica labor propagandística y diplomática con tan escasos argumentos. Consiguió el apoyo de Hildebrando, y, por tanto, del Papa, haciéndole ver que estaba de acuerdo con el postulado de la “donación constantiniana” (documento que, siglos más tarde, se demostró falsificado, al contener palabras o giros gramaticales inexistentes en el siglo IVº, como feudo) según la cual todas las islas eran patrimonio del Papado. Así recibió un estandarte bendecido y un anillo con un pelo de San Pedro, a pesar de que habitualmente se le representa como calvo, o casi. Todo esto creó un problema de obediencia y acato a los eclesiásticos ingleses. También consiguió apoyo militar de muchas partes de Francia, España y hasta de Italia. Harold movilizó un ejército popular para defender su trono.

Los vientos constantes de componente Norte y Oeste impidieron a los normandos zarpar de Le Havre, por lo que, al llegar la época de la sementera, antes de que comenzase la temporada de lluvias, Harold debió disolver su ejército popular, ante el riesgo de escasez, carestía y hambre para el año siguiente. Los mismos vientos que eran desfavorables para los normandos franceses llevaron a Yorkshire una Flota de 300 navíos del rey noruego Harald Hardraade, que también alegaba derechos al trono inglés. Harold se dirigió con sólo las huestes de sus nobles contra los invasores, derrotándolos rotundamente. Tres días después los vientos cambiaron, y Guillermo pudo desembarcar sin ninguna oposición. Incomprensiblemente, Harold tardó una semana en poner en camino a su ejército de aristócratas. Si lo que pretendía era que repusieran fuerzas tras la batalla, los agotó con las marchas forzadas, siendo derrotado y muerto en Hastings. Después de más de mil años en los que todas las invasiones de Gran Bretaña triunfaron, con ésta se cerró el ciclo: durante el milenio siguiente, hasta la actualidad, ningún otro intento tuvo éxito. Y, en éste último, tuvieron suma importancia la concatenación de circunstancias propiciatorias.

La explicación hay que buscarla en el cambio de armamento: cotas de mallas integrales, grandes escudos recubiertos de chapa, y grandes espadas “tajadoras”, necesarias para golpear dichas cotas de malla y destruir tales escudos. Aquellas, a su vez consecuencia del desarrollo siderúrgico, consiguiendo aceros de elevada calidad, que permitían que las largas espadas no se rompiesen ni mellasen al golpear. Todo ello significaba un ejército muy pesado, en el que la caballería tenía importancia decisoria, lo que impedía el transporte marítimo de grandes formaciones. E, igualmente, la capacidad británica de movilizar grandes ejércitos, motivada por la unificación de los reinos, el poder de la monarquía y el desarrollo demográfico. Y, éste último, tanto por la pacificación interior, tras la unificación de dichos reinos, que, anteriormente, siempre estuvieron luchando entre sí, como por la mejora de la tecnología agrícola, y el incremento del comercio, en especial el ultramarino, que aseguraba el abastecimiento de granos incluso en épocas de malas cosechas locales. Guillermo, que consiguió que dejara de apodársele “El Bastardo” para pasar a ser conocido como “El Conquistador”, trajo de Francia la idea de un Estado fuertemente centralista.

Se incautó de las propiedades de los partidarios de Harold. Para evitar levantamientos y resistencias construyó castillos y fortalezas por todo el país. Entre ellos la llamada Torre de Londres, un torreón adosado, por el exterior, a la muralla romana de Longodinum, que podían albergar un elevado destacamento. Como su misión era tanto defender la ciudad como asegurarla de sublevaciones, era lógico que fuese exterior. Por la misma razón acabó convirtiéndose en cárcel de seguridad, alcanzando triste fama por los crímenes, ejecuciones de sentencias, torturas, atrocidades e injusticias cometidas en su interior. Posteriormente se le añadieron más recintos fortificados, que hacen impropio que mantenga el nombre de torre. Como era de esperar, los levantamientos contra los invasores se sucedieron, lo que Guillermo aprovechó para multiplicar las expropiaciones, que repartía entre sus barones normandos. Aunque tuvo la precaución de que las sucesivas tierras entregadas no fuesen limítrofes, impidiendo la acaparación de poder que hubiesen debilitado la monarquía, o las luchas entre sus nobles para aumentar sus territoros en menoscabo de los otros, con lo que terminaría mermando su apoyo en ellos.

Por la misma razón dividió en condados los cuatro grandes ducados establecidos por Canuto “El Grande”. De ésta forma sólo algunas marcas fronterizas podían ser peligrosas para él, aunque eran necesarias para defender el reino de nuevas invasiones. Nombró sheriffs [2] para administrar los condados y recaudar impuestos, especialmente sobre el comercio o tráfico de mercancías, y que, además, solían influir sobre los tribunales. Esto podía dar lugar a injusticias, pero limitaba el poder de la nobleza, lo que preparaba el terreno para el ascenso de la burguesía. Por entonces Inglaterra contaba con un millón y medio de anglosajones y daneses, que fueron sometidos por unos cincomil caballeros normandos. Posteriormente trajeron mujeres, siervos, sacerdotes y comerciantes, alcanzando la centena de millar: una cifra aún insignificante frente a la población que dominaban. El rey poseía una quinta parte de las tierras de labrantío, la alta nobleza, unos doce magnates, tenían la cuarta parte, igual que la Iglesia. O sea, casi tres cuartas partes del total. El resto se lo repartían unos 170 barones y sólo un 8% que permaneció en poder de sus anteriores propietarios.

Esto significaba que sólo el rey tenía capacidad suficiente para enrolar un ejército, lo que permitió una evolución mucho más calmada que en el resto de Europa. Como todas las tierras estaban sujetas al vasallaje, la idea era que, al menos, en teoría, el rey era el verdadero y único amo y señor de todo el país. Además, los sheriffs debían tomar juramento de fidelidad al rey de todos los propietarios de tierras, por lo que el concepto europeo de feudalismo quedaba alterado por una directa sumisión real, de la que dependía el mantenimiento de dichas propiedades. Más aún, el rey tenía la regalía de los castillos, por la que debía pedirse su autorización para edificar cualquier tipo de fortaleza. A los súbditos de orden inferior se les prohibía este tipo de construcciones, y podían formar parte de la guardia de dichos castillos. Al conservar la tradición del ejército popular, el rey no sólo podía movilizar una cantidad inmensa de soldados, sino que impedía que los nobles pudiesen contar con los mismos para sus propios intereses. Guillermo desposeyó a gran parte de obispos y abades, sustituyéndolos por normandos. Es cierto que con ello propagó la reforma cluniacense. Por ejemplo, se impuso el celibato en el clero parroquial.

Y de ella surgiría una poderosa Iglesia inglesa, normalmente de elevado nivel moral, cohesionada en torno a sus derechos, que se enfrentaría a los sucesivos monarcas. Rechazando la soberanía feudal del Papa sobre las islas, Guillermo pagaba los mismos tributos eclesiásticos, sólo que en concepto de limosna. Era esperable que terminase estallando el conflicto. Sancho IIº intentó conquistar algunas plazas riojanas, pero Sancho Garcés IVº de Navarra se alió con Sancho Ramírez de Aragón, y lo derrotaron. Yaroslav legó el gran principado de Kiev y Novgorod a su hijo mayor, y todos los demás a sus otros muchos hijos, aunque subordinados al mayor. El resultado no pudo ser otro que una prolongada guerra civil, en la que intervinieron pechenegos, cumanos (otra tribu turca que se asentó en el Volga, Ucrania y el Cáucaso) el reino de Polonia y ciudades sublevadas, como Kiev. El testamento de Fernando Iº lo respetaron los hijos mientras vivió su madre, pero, en el 1.068, Sancho IIº derrotó a su hermano Alfonso -que debió huir al reino andalusí de Toledo- y, en el 1.071, se coronó rey de León. Igual hizo con los reinos de García. Todo ello con la colaboración de su alférez, Ruy Díaz de Vivar.

Urraca se negó a rendir vasallaje a su hermano mayor, a lo que estaba obligada según el clausulado testamentario, por lo que Sancho IIº sitió Zamora, tal vez con el fin de demostrar que nadie podía enfrentarse a rey, desincentivando futuros levantamientos. Como los altos funcionarios chinos eludían el pago de impuestos, éstos recaían pesadamente sobre los pequeños campesinos. El joven emperador Chen-tsung emprendió una serie de reformas de la administración, especializando a los funcionarios, versando las oposiciones sobre temas más prácticos, reglamentando y restringiendo el comercio mayorista, aumentando la persecución y castigo del fraude fiscal, concediendo créditos estatales a los agricultores y construyendo graneros y silos para satisfacer las épocas de escasez o catástrofes. También conseguía con ello regular el precio, evitando que cayese durante las buenas cosechas y se especulara en tiempos de necesidad. A todo ello se opusieron los altos funcionarios y la burguesía, puesto que se veían perjudicados. A su muerte fueron anuladas dichas medidas por los conservadores, excepto las que centralizaban el poder administrativo.

Hasta la nueva llegada al poder del Partido del canciller Uang An-chij, que consiguió restablecerlas parcialmente. El neoconfucianismo se impuso, unido a la metafísica buddista, con una doble consecuencia de rígida moral política y rechazo de cualquier crítica o evolución. La imprenta, mediante planchas únicas huecograbadas, de madera o de metal, permitía enormes tiradas de libros. Por ejemplo el Tripitaka, una enorme enciclopedia budista de 5.924 volúmenes. Esto amplió el círculo de sabios. Tras más de tres siglos, el progreso económico y social permitió nuevas teorías cosmológicas y ontológicas. Se estudió la desigualdad en los hombres y la causa de la maldad. Todo esto estuvo fuera de lugar en Europa durante casi ocho siglos. Los selyúcidas no habían logrado derrotar a los fatimíes cuando los partidos bizantinos los llamaron para que les ayudasen en sus rivalidades internas. Derrotaron al emperador Romano Diógenes, haciéndolo prisionero, en Mantzikert, en la actual Turquía. Entonces los bizantinos comprendieron el peligro que significaban. Zamora no sólo resistió más de lo esperado, sino que, en sus muros, en el 1.072, el traidor Bellido Dolfos asesinó al rey.

De esta forma Alfonso VIº reunió todas las posesiones de su padre, tras jurar ante la iglesia de Santa Gadea, de Burgos, que no había tenido parte en el asesinato de su hermano, a exigencia del Cid Campeador [3], por lo que éste sería enviado a cobrar los impuestos a los reinos tributarios andalusíes, y, tras perdonar parte de ellos, sin potestad para hacerlo, pero evitando guerras para conseguir la mayor parte de los pagos (reproduciendo la parábola del mayordomo prudente) desterrado. García intentó recuperar Galicia, pero Alfonso VIº, que antes se había beneficiado del testamento paterno, ahora que lo tenía todo no quería cumplirlo, y lo encarceló. Los nobles alemanes obligaron a Enrique IVº a despedir a su consejero, el arzobispo de Bremen, y a desgajar dos tercios de la diócesis de éste en beneficio del duque de Sajonia. Enrique IVº se vio forzado a apoyarse en la pequeña aristocracia y en los funcionarios con origen en Suabia, que administraban los palacios y propiedades del rey. Esto supuso una división entre el Norte y el Sur de Alemania que tendría importancia decisoria durante la reforma lutherana, la guerra de los 30 años, y que llega hasta la actualidad, con un comportamiento electoral divergente.

Contra la nobleza sajona, que se había apoderado de buena parte de los bienes del Estado alemán, construyó fortalezas e impuso funcionarios meridionales. Acusó a su consejero, Otón de Northeim, de intentar asesinarle, por lo que éste tuvo que entregar sus propiedades en Sajonia y el ducado de Baviera, que fue entregado a Welfo [4] Iº, fundador de la dinastía güelfa. Todo esto provocó una insurrección en el 1.073, que se extendió por toda la nobleza. Enrique IVº tuvo que enfrentarse a la burguesía, que expulsó al obispo feudal de Worms, donde se había refugiado. Lo mismo ocurrió en Colonia, aunque su arzobispo, Anón, los derrotó con todo rigor. Durante semejante guerra civil, la aristocracia sajona profanó tumbas y destruyó iglesias, por lo que se quedó sin apoyos. La burguesía milanesa, que se había sublevado contra su arzobispo, designado por Enrique IVº, también fue derrotada. El emperador de Oriente, Miguel VIIº, pidió ayuda al Papa para luchar contra los turcos selyúcidas. Como pretexto puso las agresiones a los peregrinos a los Santos Lugares, aunque nada había cambiado significativamente en los últimos 15 años. Pedía que reclutara voluntarios para incorporarse a su ejército.

A cambio ofrecía la unificación de la Iglesia: es decir, volver a poner a Constantinopla a las órdenes de Roma. Al Papa le pareció estupendo, pero con algunos cambios: él mismo se pondría a la cabeza del ejército, que, tras auxiliar a los bizantinos, reconquistaría Tierra Santa para la cristiandad. Miguel VIIº interpretó que tal frase significaba que la pondrían bajo su mando, y aceptó. El proyecto no se materializó, pero la idea quedó cimentada. Sancho Garcés IVº de Navarra fue asesinado, por lo que se inició un periodo de anarquía, que permitió a Alfonso VIº, en el 1.074, ocupar La Rioja. En tales circunstancias los vascones le juraron fidelidad. Podía haberse anexionado toda Navarra, pero los pamplonicas ofrecieron la corona a Sancho Ramírez, rey de Aragón. Alfonso VIº mantuvo paralizada la reconquista, tanto por agradecimiento al rey de Toledo, que le había acogido cuando huyó de Sancho IIº, su hermano, y cuyo territorio era su línea de expansión natural, como por los sustanciosos tributos o parias que cobraba a los andalusíes. No obstante, a la muerte de Al-Ma’mun, en 1.074, Toledo se dividió en partidismos, unos favorables a colaborar con los cristianos, otros celosos de su religión, aceptando el riesgo de ser conquistados por León o por Badajoz.

Alfonso VIº tomó la iniciativa, recibiendo la antigua capital visigótica, entonces capital científica de España, de manos del partido mozárabe, once años después. Las Cortes de Castilla no derivan de los Concilios visigóticos, sino que suponen un influjo europeo, al adicionar a la curia regia o consejo del reino, la representación de la nobleza y el clero, en su conjunto. Se reunieron en León en los siglos Xº y XIº. A la muerte de Alejandro IIº, el mismo día de su entierro, el pueblo romano aclamó a Hildebrando, que tomó el nombre de Gregorio VIIº. El colegio cardenalicio y el estúpido Enrique IVº lo confirmaron. El nuevo Papa incitó al pueblo a boicotear a los sacerdotes casados [5] y prohibió que los laicos, ni siquiera los reyes, pudiesen investir a obispos ni abades. Era un buen momento para hacerlo: la confrontación latente entre el emperador alemán y su burguesía planteaba una profunda debilidad. En el 1.075 un sínodo de Roma lo amenazó con la excomunión si contravenía tal decreto. Enrique IVº no podía tolerar que, lo que para él eran cargos aristocráticos de su reino, fuesen nombrados por un poder extranjero. Así que, a destiempo, se vio en la necesidad de echar un pulso al Papado.

En el 1.076 convocó un sínodo y una Dieta en Worms, en los que sus obispos se opusieron a tales disposiciones pontificias, deponiendo a Gregorio VIIº con el argumento de que había sido elegido ilegítimamente. Este reaccionó excomulgando a algunos obispos alemanes y al emperador, algo inaudito. Eso suponía, no sólo la desvinculación de los juramentos de sumisión y vasallaje, sino que convertía a los excomulgados en “infieles”, y, por tanto, carentes de ningún derecho humano: cualquiera podía matarlos sin ser juzgado por ello. La mayoría de los obispos estaban dispuestos a apoyarlo, pero no la nobleza, que le dio el plazo de un año para resolver la situación, bajo amenaza de deponerlo. En tales circunstancias se extendió por Alemania un movimiento revolucionario, con base en la abadía de Hirsau. El Papa no podía apoyar tal cosa. Así, en el invierno del 1.077, Enrique IVº, descalzo y con hábito de penitente, harapiento, se presentó con un pequeño séquito a las puertas del palacio de la condesa Matilde de Toscana, donde el Papa estaba invitado, suplicando que se le levantara la excomunión.

Según la tradición, a los tres días, dando vueltas alrededor del castillo, sin comer, el Papa lo absolvió, tras hacerle jurar que resolvería su conflicto con la nobleza. Pero ésta no se satisfizo con la intervención papal antre la pantomima representada por Enrique IVº: su humillación ante el Papa amentaba el poder de éste, pero le desvalorizaba ante ellos, por lo que los envalentonaba a exigir más. Así que rechazaron el derecho hereditario y, basándose en el de monarquía electiva, coronaron rey al duque de Suabia. Este renunció a transferir el trono por derecho dinástico y a investir obispos sin previa consagración sacerdotal. Enrique IVº depuso al duque de Suabia, otorgándole el ducado a Federico Hohenstaufen, que casó con su hija.


[1] En árabe significa tribus, y hace referencia a la subdivisión del califato cordobés, generalmente en coincidencia con las zonas de asentamiento de las diversas etnias que habían colaborado en la conquista.

[2] Parece que esta palabra proviene de Chief of the river, es decir, Jefe del río, porque los cursos fluviales continuaron siendo las principales vías de comunicación y penetración inglesa hasta mucho después.

[3] Deformación de Sidi, que en árabe significa Señor, y Campidoctor, es decir, maestro o mariscal de campo, con la misma raíz que campeón.

[4] Welf.

[5] El celibato no logró imponerse hasta el siglo XIIIº, si bien el amancebamiento fue permitido hasta casi nuestros días, hasta el franquismo.

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