1.209-¿El hombre libre?

En los reinos hispánicos se fijaron derechos y obligaciones personales y para determinados colectivos. Conforme se fueron incorporando determinados grupos “extranjeros”, como moros, mudéjares, andalusíes o judíos, se les concedieron fueros o cartas que les garantizaban ciertas libertades. Igualmente se otorgaban cartas-puebla confiriendo derechos y privilegios para el repoblamiento, rotulación o ganadeo de tierras deshabitadas. Por ejemplo, a no ser enfeudadas a ningún señor, o, caso de serlo, el derecho de behetría [1] o a acudir a tribunales reales. O cartas de repartimiento por las que se expropiaban a sus legítimos dueños las tierras conquistadas [2] para darlas en pago a las tropas, la aristocracia o las órdenes militares que las habían reclutado. Los pastos, montes, la corta de leña o el tránsito por los caminos se consideraban derechos colectivos. En muchas zonas la agricultura era comunal, repartiéndose suertes o lotes al azar para su laboreo, cuya cosecha debía hacerse colectivamente, así como el reparto del producto. Incluso los latifundistas debían poner sus tierras, periódicamente, a disposición de otros agricultores. En toda Europa el ascenso del feudalismo supuso una pauperización de todas las clases bajas, especialmente las rurales.

Prácticamente desapareció la diferencia entre esclavos, siervos y pequeños propietarios agropecuarios. La Iglesia propagó que todos los hombres poseían almas, que todos eran hijos de Dios, por lo que era inaceptable su cosificación, su carácter real, su compraventa. Sólo los infieles podían ser esclavos. De hecho este término es de procedencia árabe, deformación de eslavo, que era su fuente habitual de suministros de esclavos. Se producía una contradicción entre la idea expansiva del cristianismo, que impelía a bautizar a todo el mundo, incluso a los esclavos, y la de que los bautizados debían ser libres. O semilibres. Toma, con ello, carta de naturaleza la servidumbre. Los servii, que es como los romanos denominaban a los esclavos, por lo que denominaron Servia a la zona yugoeslava repoblada con ellos, cuando se les vinculaba a la tierra, al castillo, al servicio al señor, doméstico, no podían ser vendidos ni comprados durante la Edad Media. Formaban parte de la heredad, eran la servidumbre de la gleba o del señor, que cambiaban de mano, de amo, cuando el rey sustituía a los titulares del dominio, a los nobles. Se heredaban, se traspasaban, pero no se podían vender ni comprar.

Estaban fijados a la tierra, al castillo, al señorío, a la heredad, y corrían la misma suerte que ellos, se enajenaban, se transferían, cambiaban de dueño, de propietario, junto con los mismos. Los siervos domésticos, en cambio, eran escogidos por los señores por su buena apariencia, por su docilidad, su mansedumbre, como el ganado, por sus buenos modales, su obediencia, como los perros, por su sumisión, formaban parte del castillo o del palacio, y eran enajenados junto con ellos: como la propiedad, tampoco se podían comprar ni vender, sino heredar, donar, enfeudar o desposeer a sus propietarios. La servidumbre fue descendiendo con el tiempo, hasta constituir una minoría. Debían repartir su tiempo de trabajo entre su parcela y el latifundio del señor. O bien repartir su cosecha con él, como los aparceros, los arrendatarios en especie. Conforme los señores fueron adquiriendo poderes jurisdiccionales cualquiera que estuviese bajo su potestad podía sufrir cualquier tipo de castigo, de afrenta, de tortura o de muerte. Por lo tanto acabó perdiendo sentido la diferencia de trato entre el esclavo, el siervo y el labriego o pequeño ganadero, teóricamente libres.

Así, si los esclavos no podían contraer matrimonio, ni siquiera amancebarse con esclavas de la misma casa, sino con el consentimiento del amo, los súbditos debían pedir permiso a su señor. Surge así el derecho de pernada, de dormir con una pierna en el lecho de la desfloración, forma simbólica de un anterior ejercicio directo del desvirgamiento, que permitía el trueque de una a otra opción, a cambio de la confidencialidad de lo ocurrido. De tal forma, al contrario de lo que pasaba en el decadente Imperio Romano, durante el cual las ciudades se vaciaron, porque sus habitantes buscaban la “seguridad” campestre, huir de la esclavitud, de las injusticias, de los impuestos, la recluta militar, buscar un trabajo, ya que nadie quería dárselo a los esclavos libertos, a los cristianos, que podían ser problemáticos y pendencieros, exigir derechos y amenazar con la solidaridad de los suyos, la colegialidad, antecedente del gremialismo, en la Edad Media las clases trabajadoras huían de las posesiones feudales hacía ellas, a las zonas de realengo, de poder jurisdiccional regio.

Si civilización procede del latín civitas, la reunión de los civiles, el desarrollo de las ciudades europeas, con tal flujo de campesinos huidos, de una u otra condición, es el paso previo y necesario para el Renacimiento, en todas sus expresiones. En el Este europeo se llegaba a hacer dormir en barracas colectivas, encadenar o marcar con hierro candente a los siervos. No había diferencia entre éstos y los esclavos. Ni siquiera con los pequeños campesinos y ganaderos. Cualquiera podía ser golpeado por su señor en cualquier momento, con sólo que se le cruzase por su camino, que así se le apeteciera. Las mujeres bellas eran, o bien escondidas, o entregadas a la servidumbre doméstica, para sacar y que sacaran algún provecho de ello, o casadas a edad muy temprana, a cambio de alguna dote, o se desfiguraban el rostro, por ejemplo, con aceite hirviendo, porque, en caso contrario, el señor podía abusar de ellas en cuanto las viese. Además del cinturón o braguero de castidad metálico, que podía ocasionar rozaduras, mortales si se infectaban, en una época en que no existían antibióticos o antisépticos eficaces, durante los viajes, por temor a los asaltantes de caminos. Conforme el poder feudal se fue haciendo más opresivo, más extensivo e intensivo, se inició su propia destrucción.

Así se terminó monetizando la economía, sustituyendo la contraprestación en tiempo de trabajo, el pago en especie, la aparcería, por la imposición tributaria. No importaba si se era esclavo, siervo, aparcero, arrendatario o pequeño propietario: el señor cobraba igual su tributo, sin más derecho que su poder. El cobro en metálico era una carga más para los rústicos, que se veían obligados a vender la cosecha o los animales que no precisaban para el autoconsumo. Lo cual forzaba el círculo vicioso del incremento de la monetarización, el retorno a la economía desarrollada grecorromana. Las ciudades fueron las beneficiarias de esta práctica. Además no era preciso evaluar las cosechas, inspeccionar si las habían ocultado, si el año había sido bueno o malo: los súbditos eran los que debían buscar las monedas que debían pagar, en proporción a su parcela de cultivo. Todo ello propiciaba el absentismo, la concentración de nobles ociosos en la corte, y su intromisión en la dirección del reino. El caso paradigmático es Francia, cuya consecuencia fue la larguísima guerra de los cien años, que no eran capaces de ganar, de unificar esfuerzos y voluntades para logarlo.

Pero, a largo plazo, la tendencia secular a la inflación de precios, a la depreciación monetaria, trabajaba a favor de las clases inferiores, y en contra de la aristocracia. En países más retrasados, donde la monetización económica fue más tardía, como en España, los nobles siguieron cobrando en especie, amarrados a su castillo, palacio, casa solariega, o solar familiar. Las clases inferiores debieron seguir sufriendo su presencia, su aburrimiento y su mantenido poder. Ni se produjo ni les afectó la inflación de precios, ya que el autoconsumo y el trueque, a falta de tal monetización, eran las prácticas habituales. La corte sufrió menos intrigas pero el país vivió más guerras intestinas, entre los nobles ociosos, y las facciones fueron constantes. El monacato tuvo una especial trascendencia. Desde un principio se advirtió su eficacia evangelizadora, el ejemplo vital que ofrecían. Así que los señores feudales, por convicción o para congraciarse con la Iglesia o el rey, constituyeron monasterios, capillas, o parroquias. Las dotaron de rentas, o de tierras que asegurasen su sustento. Y tuvieron que proveer las vacantes oportunas cuando faltaron vocaciones. Lo hicieron con quienes podían disponer, obligar, para ello: esclavos, siervos y rústicos.

Cualquiera que pudiese hilvanar una retahíla que sonase a latín era bueno para ser párroco. O incluso obispo. Era, ni más ni menos, que una obligación o carga feudal. Luego era lógico que disfrutaran del nombramiento de la mejor forma posible, de un poder feudal, del que no estaban excluidos la buena comida, el matrimonio, el amancebamiento o las injusticias e imposiciones a sus inferiores. A partir del convento de Monte Casino la regla benedictina trató de insuflar honestidad a partir de la obligación de trabajar, no vivir a costa de la feligresía, según su enunciado ora et labora, “reza y trabaja”. Sin embargo, conforme el trabajo o el producto era susceptible de comercio, por ejemplo los licores o los vinos achampañados, las conexiones familiares se hicieron importantes, y con ellas, el enriquecimiento, individual o colectivo, y la consiguiente corrupción.

Surge entonces una visión distinta, a partir de la abadía de Cluny: era necesaria la itinerancia, que todos los clérigos cambiasen de ubicación periódicamente, impidiendo relaciones familiares y dificultando las sexuales, con lo que evitaban los negocios, la acumulación de riquezas, las investiduras laicas y su consecuencia lógica, la simonía, la compra de dichos cargos o el soborno para obtenerlos, como Simón pretendió comprar a los apóstoles su capacidad para hacer milagros. Así los monjes debieron dejar de trabajar para dedicarse sólo a rezar, o a cantar rezos o misas. Que trabajasen otros: los trabajadores. Los señores, los eclesiásticos o el Papa se encargarían de proveerlos. Por ejemplo, cediéndoles tierras en arrendamiento. Ya que dicha vida monacal era cómoda la orden creció y se expandió. Y, con ello, se extendió la idea de reforma religiosa. Al ser grande el número de deseosos de profesar en la orden se pudo hacer criba, seleccionar, imponiendo conocimientos, capacidad teológica. Fue el instrumento determinante para el triunfo eclesiástico en la lucha contra las investiduras, investimientos o inversiones laicas.

Porque a los monjes no les interesaba admitir a todos, puesto que así los costes de subsistencia aumentaban y, con ello, disminuían las riquezas del convento y su vida cómoda, artística y lujosa. Justamente lo contrario de lo que ocurría con la orden de San Benito, cuya riqueza era proporcional al número de frailes, la mano de obra disponible para los trabajos, tanto como la extensión de sus tierras. Así, en oposición a todo ello, San Bruno fundó, en Chartreuse, cerca de Grenoble, lo que llamamos monjes cartujos o cartujanos, que imponía un estilo de vida extremadamente riguroso. Pero sería el monasterio del Cister, en la Borgoña, el destinado a suceder al reformismo cluniacense. A la muerte de Yayarvarman VIIº, el imperio jmer, agotado por el esfuerzo constructivo, volvió a decaer. Los edificios en piedra fueron sustituidos por los de madera, de modo que no quedan vestigios del decurrir de Cambodia durante siglos. Por el Languedoc y la Provenza, feudos del reino de Aragón, se extendió la secta albigense, porque la ciudad occitana de Albi era uno de sus principales núcleos. También se la conoce como secta de los cátaros, en griego, libre, liberados, en el sentido de libres de pecados, limpios, puros.

Era una mezcla de las antiguas sectas de los iluminados, que periódicamente reaparece, y de los maniqueos. Eran fundamentalmente espiritualistas, rechazaban toda materialidad y compartían sus bienes, en comunidad, en comunión, como los primitivos cristianos. Para desprestigiarlos, sus enemigos decían que también compartían sus mujeres. En realidad se oponían al matrimonio, a la convivencia continuada de hombres y mujeres, porque decían que llevaba a la concupiscencia, aunque veían razonable y necesarias las relaciones sexuales esporádicas, entre otras cosas como orden divina para la reproducción. Recibieron el apoyo de la nobleza, que intentaba anular la influencia política de los eclesiásticos y las grandes órdenes monacales. También era un movimiento nacionalista, puesto que se oponía a la nobleza del Norte de Francia, impuesta por el rey. Había gente piadosa y teólogos reconocidos entre sus defensores. Así que es lógico que la corona de Aragón también apoyase a estos súbditos feudales. Contra ellos se enviaron predicadores y legados, que fracasaron. Entre ellos Félix Núñez (que adoptó el nombre de Dominicus, en el sentido de ser servidor del Señor, en castellano Domingo) de Guzmán.

Había estudiado seis cursos de Arte (es decir, Humanidades Superiores y Filosofía) cuatro de Teología, era sacerdote, catedrático de Sagradas Escrituras en Palencia, había formado un movimiento de predicadores y se estableció en el Languedoc. Contaba que veía a la Virgen con un rosario (bolitas aromáticas de pétalos de rosa endurecidos) como el que usaban los mahometanos, pero sustituyendo su simple y monótona jaculatoria (no hay más al-Laj que al-Laj, y Mujammad es su profeta) por una complicada retahíla de rezos y letanías, en latín, por supuesto, a las que se suponía una especial intercesión divina. Temudyin, en mongol Timur-Yin, que significa “el acero más poderoso”, pertenecía a una familia de príncipes, que perdieron el poder cuando su padre fue envenenado por los tártaros. Desde entonces vivió en la indigencia, dedicándose a la pesca y a la agricultura. Hasta que, en alianza con otros príncipes y tribus fue derrotando a unos y otros. Utilizó para ellos varias estrategias, que reproduciría durante toda su vida, y las continuaron sus descendientes. Su primera premisa era no entrar en una guerra sin tener un conocimiento exacto del enemigo.

Para ello fomentaba una magnífica colaboración con los mercaderes y conductores de caravanas, permitiéndoles libre paso y dándoles seguridad, pasaportes, escolta y beneficios, a cambio de información. Esto explica cómo fue el posible el viaje de la familia de los venecianos Polo. Frecuentemente introducía espías en las caravanas, que no sólo conseguían información, sino que facilitaban su labor mediante la “guerra psicológica”, contando historias de atrocidades terroristas contra los que se le resistían. Así conocía sus disensiones dinásticas, enfrentamientos y debilidades, antes de que pudiesen reunir un ejército contra él, atacándoles cuando menos resistencia podía esperar. Para ello creó una red de correos, que admiraba a los europeos que llegaron a conocerla, con postas, 200.000 caballos y jinetes de relevo, comida, alojamiento y pienso asegurado. Construyó carreteras que sembró de árboles, para que sirvieran de señalización en las estepas nevadas y dieran sombra en verano. La tercera norma era mezclar todas las etnias en sus tropas, evitando cualquier nacionalismo que no fuese el propiamente mongol.

Con ello su ejército podía crecer a cada nueva victoria, absorbiendo a los derrotados, antes de que pudieran prepararse para la venganza, el desquite. Llevaba a cabo una política diferenciada: respeto a los que se rindiesen y se integraran en su ejército, manteniendo su administración, normas y cultura, y matanzas y saqueos despiadados para los que resistieran. Su arma era la caballería. Utilizaban caballos pequeños, pero extremadamente resistentes, capaces de mantener el ritmo de marcha durante varios días, lo que les facilitaba desplazarse a gran velocidad. Sabían descansar a caballo, mediante una técnica de relajación, lo que les permitía cabalgadas de muchas horas sin dormir. Cada jinete llevaba yogurt y leche fermentada, alcohólica, de yegua, mijo y, a veces, té, con lo que, con poco peso, podían sobrevivir varios días, sin avituallamiento ni intendencia, similar a lo que harían los chinos en la última guerra de Corea. Esto, su información constante y su visión estratégica, que le hacían cambiar inesperadamente de dirección, le llevaba siempre por sorpresa ante sus enemigos. Para ello trataba de evitar cualquier información sobre sus movimientos. Por ejemplo, haciendo que sus espías propagasen noticias falsas, contrainformación.

O montando muñecos en las manadas de caballos de reserva, aparentando una ventaja numérica que posiblemente no existiera. Esto, junto con la propagnada terrorista, le aseguraba su victoria antes de presentar batalla. Utilizaban arcos pequeños, manejables, fáciles de disparar a caballo, pero extremadamente tensados, por lo que se necesitaba una gran fuerza para su manejo. Con ello sus flechas, que llevaban un dispositivo, unas plumas cerca de la punta, que las hacía silbar, multiplicando su efecto aterrorizador, podían atravesar armaduras. La caballería se desplegaba en cinco líneas. Tres quintos eran caballería ligera, los menos adiestrados para la batalla, las últimas incorporaciones, que se lanzaban al galope disparando sus flechas. Antes de entrar al alcance de las armas de sus enemigos, daban la vuelta, haciendo creer que huían, lo que estimulaba a que les persiguiesen. En una muy adiestrada maniobra, se entrecruzaban con la caballería pesada que, de pronto, surgía ante un enemigo que, lanzado a una loca persecución contra los que creían que ya no iban a revolverse, no constituían un peligrosito sólo presas de caza, había perdido las formaciones de combate.

Una vez entablada la batala, dicha caballería ligera viraba, nuevamente, para atacar por los flancos o por la retaguardia a sus enemigos. Las tribus esteparias, nómadas, igual que los indios del Oeste norteamericano, hasta que los estadounidenses los fueron presionando, desplazando y concentrando, así como todos los pueblos primitivos, consideraban que la tierra no tenía dueño, que era libre. Hasta que el crecimiento demográfico les llevó a enfrentarse por su uso. En las disputas por ellas los victoriosos se quedaban, también, con los propios derrotados, como esclavos, y sus ganados. Fueron surgiendo, de este modo, grandes familias y señores, una aristocracia a la que se acudía para pedir venganza contra los ataques recibidos, para formar ejércitos y reconquistar las tierras -que ya se consideraban de propiedad colectiva de cada tribu- la distribución del uso de la misma o justicia, y para acumular los ganados y negociar con los comerciantes la venta colectiva. Se les denominó jan, y llegaron a tener autoridad sobre varias tribus, en un área que denominaban ulu.

En el 1.206, en una asamblea de tribus, debido sobretodo a su victoria sobre los tártaros, la mayor y más poderosa de las tribus esteparias, Timudyín adoptó el título de Yenguis (los ingleses escriben Genghis) Jan, es decir el “Príncipe Océano”. Recordemos que dicha palabra, griega, significaba “Mar Circular”, el que rodeaba el mundo, limitándolo. Por lo que podía interpretarse como “Soberano Mundial” o “Universal”, en griego “Católico”, “Ecuménico”. En la India, Kutb-ud-din Aibak asesinó a Mujammad de Gur, instaurando la denominada dinastía de los esclavos, a modo semejante a la de los mamelucos en Egipto. Con ella comienza el periodo auténticamente mahometano en el subcontinente, que se denomina sultanato de Deli. El Norte y el Sur de la India opusieron una tenaz resistencia a la invasión mahometana. Particularmente los rayput, que, antes de ser derrotados, según su tradición ritual, arrojaban al fuego a sus esposas e hijos, y ellos se enfrentaban a la muerte en el combate. Así debieron tomar sus fortalezassus enemigos. A pesar de ello muchos sobrevivieron a la invasión. El último de los enviados para convencer a los cátaros, en 1.208, fue asesinado, por lo que el Papa promulgó una Cruzada contra ellos.

Felipe IIº tuvo la inteligencia de no implicarse directamente en ella, aunque sería su principal beneficiario, evitando una guerra abierta con Aragón, lo que podía atraer a otros enemigos. Sin embargo envió a su hijo, y permitió alistarse a sus nobles, teóricamente a las órdenes del abad del Cister. Aunque su auténtico jefe fue el aristócrata Simón de Montfort, de la región de París. A los “cruzados” se les encomendó que no hiciesen daño sino a los hombres que no tenían la señal de Dios en sus frentes. Como no encontraron a nadie con señal alguna, aunque resistían la invasión, comenzaron a preguntarse cómo distinguirlos. Inocencio IIIº excomulgó a Felipe de Suabia y a sus partidarios. Aún así, Otón IVº no fue capaz de derrotarlo, por lo que el Papa se vio obligado a reconciliarse con él. Poco después Otón de Wittelsbach, conde palatino, asesinó a Felipe de Suabia, al parecer por venganza personal. Al tomar Béziers a los albigenses, en el 1.209, el abad del Cister les dio la respuesta a los “cruzados”: matad a todos, que ya Dios reconocerá y compensará a los suyos. Y así lo hicieron, acuchillando a toda la ciudad. Ante tal estrategia terrorista Carcasona se rindió, pero ni por ello se libraron de una sangrienta represalia.

Para acabar con las guerras entre güelfos y Hohenstaufen, Otón IVº se casó con la hija del emperador asesinado, Beatriz de Suabia. Reconoció la independencia de los Reinos Pontificios, el enfeudamiento de Federico, el joven hijo de Enrique VIº, como rey de Sicilia, al Papa, no intervenir en las elecciones eclesiásticas y otras concesiones que superaban el concordato de Worms. A cambio fue coronado emperador en el 1.210, tras lo cual, incumpliendo sus promesas, se dirigió a Sicilia para reconquistarla. Es lógico que, después, tomase el Sur de Italia, los reinos pontificios y las ciudades y repúblicas del Norte. Así que Inocencio IIIº lo excomulgó, e incitó a los príncipes alemanes a elegir emperador a Federico, rey de Sicilia, en lo que contó con el apoyo de Felipe Augusto de Francia. Previamente obligó a Federico a abdicar la corona de Sicilia en su hijo Enrique, aún un niño, como garantía de que el reino normando seguiría siendo feudo papal, y no se integraría en el Imperio. Kutb-ud-din Aibak no se atrevió a reclamar su soberanía sobre la India. A su muerte, su sucesor, Iltutmich, sí fue reconocido como sultán de Deli por el califa de Bagdad.

Atacado por los mongoles, con quienes llegaron a pactar altos Oficiales del Oeste, otros que se alzaron en rebeldía, como los de Lajore, y los del Este combatiéndose entre ellos, los hindúes se independizaron, todo lo cual, unido a las repetidas luchas sucesorias, confirmó a los mongoles de la oportunidad que se les ofrecía. Otón IVº tuvo que regresar a Alemania, perseguido por Federico IIº, que, en el 1.212, fue coronado emperador, tras aceptar todos los compromisos de su antecesor con el Papado. Una locura colectiva se apoderó de la infancia y adolescencia francesa y alemana: surgió la idea de que los niños, por su inocencia, serían guiados por Dios y triunfarían en los Santos Lugares, donde habían fracasado los adultos. Se dirigieron al Sur de Italia convencidos de que el Mediterráneo abriría sus aguas para dejarles pasar. En lugar de ello, a los que habían sobrevivido, los marineros le ofrecieron llevarlos a Oriente. Y así lo hicieron: pero para venderlos como esclavos. Pedro IIº de Aragón llegó a Toledo con sus tropas, además de cruzados franceses e italianos. Más tarde llegó Sancho “El Fuerte”, a pesar de que debía estar quejoso por las conquistas castellanas en Navarra.

En total se reunieron 70.000 hombres, si bien muchos cruzados extranjeros volvieron a sus países, tanto por la dificultad de llevar armaduras y cotas metálicas bajo el verano castellano, como por limitar sus expectativas las normas de Alfonso VIIIº contra el pillaje y la crueldad en las conquistas de ciudades. Tomaron varios castillos, entre ellos el de Alarcos, e intentaron cruzar Sierra Morena por el paso del Muradal, en Despeñaperros, pero descubrieron que los almohades dominaban el desfiladero de la Sosa, por lo que retrocedieron, hasta descubrir otro paso, que, desde entonces, se llama del Rey. Por él llegaron al valle entre montañas de Las Navas [3] de Tolosa, en Jaén. Desde entonces las vías de comunicación entre Castilla y Andalucía pasan por dicha zona, alargándolas en casi 100 kmtrs., en detrimento de la vía califal que unía Córdoba y Toledo, por el Valle de los Pedroches. Hasta que el trazado del Tren de Alta Velocidad, francés, por supuesto, volvió a utilizar la lógica, aunque se desvió hacia Ciudad Real, para entroncarla con la anterior red ferroviaria, y no se aprovechó para construir, simultáneamente, una nueva autopista Córdoba-Toledo-Madrid. En dicha localidad jienense se enfrentaron a un ejército almohade muy superior.

En la batalla, Sancho “El Fuerte” demostró un extraordinario valor, asaltando a caballo el cerco de esclavos negros, casi desnudos, armados sólo con lanzas, y encadenados unos a otros [4], que había que aniquilar para abrirse paso hasta la tienda del califa, al que los cronistas cristianos denominan Miramamolín. Los cronistas andalusíes llamaron a esta batalla El Desastre. Con ella acabó el imperio almohade, que, poco después, fue aniquilado en el Norte de Africa por los benimerines. Sin embargo, los reinos cristianos, excepto Portugal y León, no pudieron beneficiarse directamente de esta victoria. Pedro IIº de Aragón estaba implicado en defender sus feudos contra los “cruzados” de Simón de Montfort. Además la peste negra asoló su reino, especialmente a Cataluña, originando un fuerte descenso demográfico. Castilla resultó menos afectada, por lo que, gracias a su desarrollo ganadero, sus nobles y Ordenes Religioso-Militares se enriquecieron exportando lana, y su demografía se recuperó, de modo que pudo imponer su hegemonía en la Península, hasta tiempos de Felipe IIIº. No obstante, la reconquista resultó frenada por problemas de disputa dinástica.

Alfonso VIIIº, que no había intervenido en el aniquilamiento del poder almohade, fue el más beneficiado, ya que, al conquistar Extremadura, situando la nueva frontera en el Guadiana, consiguió pastizales para las épocas de nevadas leonesas yla ganadería trashumante. Posteriormente Fernando IIIº haría lo propio por el valle del Guadalquivir, enlazando la cálida Baja Andalucía con los pastizales veraniegos jienenses. La barrera extemeña, aunque delimitó la futura expansión portuguesa, benefició su progresión, al dificultar la llegada de refuerzos andalusíes contra las campañas lusitanas. Alfonso VIIIº había estado casado con Berenguela de Castilla, con la que tuvo 5 hijos, pero el inflexible Inocencio IIIº consideró que había impedimentos canónicos, por lo que anuló tal matrimonio, sobradamente consumado. En ese año se fundó la Universidad de Palencia, la primera de España. Inocencio IIIº nombró a Esteban Langton arzobispo de Canterbury, sin respetar las normas de elección e investidura acostumbradas, por lo que Juan Iº “Sin Tierra” se negó a reconocerlo y a permitir que entrase en Inglaterra. El Papa reaccionó, a su manera, excomulgándolo. La mayoría de los obispos abandonaron Inglaterra.

Pero, en esa época, ya no tenía el menor efecto. Al contrario, pretendiendo sacar ventaja de ello, y mejorar la angustiosa situación financiera a la que tantas guerras habían llevado, puso los bienes eclesiásticos bajo su “custodia”. Finalmente, la agobiante presión fiscal y el comportamiento despótico del monarca llevaron a la rebelión. Los barones entraron en contacto con el rey de Francia, que sopesó invadir Inglaterra. Para evitarlo, Juan Iº se sometió a Roma, entregando Inglaterra en feudo, como isla que era, al Papa. Este prohibió de inmediato a Francia cualquier intento de ataque. Simón de Montfort, designado vizconde de los territorios que ocupase, siguió conquistando ciudades. En 1.213, Pedro IIº de Aragón, y los condes de Toulousse y Foix se le enfrentaron en Muret, donde fueron derrotados. Allí encontró la muerte el rey de Aragón, que arriesgó imprudentemente mucho más que el rey de Francia, que debería ser el más interesado, hasta que, después de esta victoria, vio desaparecer el peligro del poder militar del reino hispánico, y, entonces, sí intervino directamente. En cambio Pedro IIº lo apostó todo en el envite, dejando el país en bancarrota, incluso villas enteras empeñadas, para sufragar los gastos del ejército.

Sin embargo, los más acaudalados occitanos, nobles o burgueses, católicos o albigenses, tras la destrucción de su país, y negándose al dominio francés, se reasentaron, con sus fortunas, en Cataluña, impulsando un imperio mercantil. Todos los problemas mencionados, así como la conflictiva minoría de edad del heredero, Jaime Iº “El Conquistador”, frenaron la reconquista aragonesa durante otros 16 años. Para poder invadir de nuevo a Italia, Otón IVº fraguó una alianza con Inglaterra y Holanda, contra Francia. Sin embargo no atacaron coordinadamente, por lo que Felipe IIº Augusto pudo derrotar a Juan Iº, que había llevado su ejército a Guienne o Guyena, en el Sudoeste. Más tarde, alemanes, ingleses y tropas del conde de Flandes atacaron por el Nordeste. Felipe IIº tuvo tiempo de redirigir su ejército hacia allí, escogiendo un terreno que le era favorable, en el 1.214, en Bouvines, cerca de Lille. El rey francés fue derribado, pero le salvó su armadura, por lo que pudieron rescatarlo antes de que la infantería enemiga encontrase un resquicio por donde herirle. Otón IVº, sin embargo, creyendo que los franceses estaban venciendo, optó por la huida, imposibilitando otro resultado.

Felipe Augusto se quedó con todas las posesiones inglesas en Francia, excepto la Gascuña y Poitou: el primer gran triunfo internacional de la dinastía de los Capetos. Por todo lo ocurrido la rebelión inglesa arreció. Otón perdió cualquier posibilidad de dominar Alemania. Federico IIº era sumamente inteligente y hábil político. Pero más que alemán era, por su educación, un normando romanizado. Poseía una cultura universal, incluidos los saberes orientales, traídos a su isla desde la invasión de los árabes, con quienes continuó el contacto. Estaba en desacuerdo con la evolución política ocurrida en Alemania, el independentismo logrado por príncipes y nobles, laicos y eclesiásticos, en sus respectivos dominios. A la muerte de Alfonso VIIIº de Castilla le heredó su hijo Enrique Iº, de once años de edad. Se encargó de su regencia su hermana mayor, Berenguela. China estaba protegida por asentamientos fronterizos de tribus turco-mongolas. Yenguis Jan indujo en ellas, a través de sus espías, la idea de nacionalismo mongol, de liberación del sometimiento a los chinos. Tras una serie de duras campañas las derrotó a todas, incorporándolas a su ejército. A partir de entonces China no podía presentarle resistencia.

Así llegó a Pekín, pero, conociendo que se tramaba una insurrección contra él, se dirigió a occidente, castigando a las tribus rebeldes y extendiendo sus dominios.


[1] A rechazar a un señor que cometiera injusticias con ellos. Lo cual imlica el derecho a pedir la intervención real en caso de negativa a aceptar dicho rechazo por parte del señor. Y a la rebelión, en caso de incumplimiento de ambos. Esta tradición repobladora durante la época de la denominada “reconquista” puede ser uno de los factores que hayan consolidado el espíritu levantisco español.  Aunque no se cita literalmente, puesto que, para entonces, ya se había derogado, es la base consuetudinaria del drama de Fuenteovejuna.

[2] Recordemos que el derecho romano sólo permitía hacerlo en una determinada proporción de las tierras.

[3] En vascuence naba significa valle, planicie o meseta en las laderas de las montañas o entre ellas. Posiblemente el origen de Navarra sea Naba-Herria, “El Puelbo del Valle”, y no Nafarroa, como pretenden los impositores del “vascuence unificado” o euskal batua. Lo que daría una distinta adscripcion geográfica a los antiguos vasco-parlantes.

[4] En honor a ello el escudo de Navarra lleva, desde entonces, un rectángulo surcado por sus dos diagonales y medianas, en forma de cruz y de aspa, a imitación de la doble barra  de  la  bandera  inglesa  -remedada a finales del siglo decimonono por Sabino Arana, desde su exilio inglés, para la bandera vasca- formado por cadenas, con argollas circulares más amplias en los puntos de intersección.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s