1.254-Decadencia del primer Imperio Alemán

Se negó a sus habitantes el respeto de sus propiedades, que fueron repartidas, en pago, a los conquistadores, como los castellanos acostumbraban a hacer con los vencidos, concentrando grandes extensiones de tierra en dehesas, cereales, viñedos y olivos, base del futuro problema agrícola andaluz, de los jornaleros con trabajo sólo estacional, por temporadas, temporeros, y sus continuos hambre y levantamientos, así como represión y comportamientos despóticos, tiránicos, humillantes, por parte de los terratenientes. Pero también del aprovisionamiento continuado al Continente americano y la concentración de riqueza que generó. No ocurrió así en Valencia, donde se respetó el productivo sistema hortofrutícola de regadío andalusí de elevada rentabilidad, precio y capacidad de absorción de mano de obra, de peonadas, y los derechos sobre una adecuada distribución de la propiedad, de pequeñas huertas, pequeños hortelanos. Al menos hasta la expulsión de los “moriscos”, si bien hay indicios de que su cumplimiento no fue escrupuloso respecto de los conversos. Tampoco se pudo impedir que se profanase la gran mezquita con cultos cristianos, como se hacía en España, aunques estaba prohibido por el derecho canónico eclesiástico. Así que los sevillanos tuvieron que abandonar su ciudad. A la muerte de “El Santo”, mediante una política más apacible por parte de “El Sabio”, regresaron muchos de ellos, aunque no se les devolvió sus propiedades. La concentración poblacional en Granada, la escasez demográfica en la que quedó la Andalucía cristianizada, y lo lucrativo de los impuestos cobrados al reino nazarí, tanto como su activo comercio, favorecieron la pervivencia del mismo. En 1.249 Damieta fue conquistada, más fácilmente que treinta años antes. Igual que entonces, el sultán de Egipto ofreció Jerusalem como contrapartida. E, igual que entonces, envalentonados por la victoria ¿o por influjo de los venecianos, que valoraban más la ruta comercial del Mar Rojo que los poco lucrativos Santos Lugares? Luis IXº lo rechazó, proponiéndose conquistar El Cairo. Aprendiendo de la Vª Cruzada, esperó a que terminase el desbordamiento del Nilo, y, entonces, se enfrentó a los mamelucos en Mansura, en el 1.250, los atacó por sorpresa y los derrotó.

Roberto de Artois, hermano del rey, se lanzó en su persecución, lo que les dio la oportunidad de reorganizar un ataque por separado. Luís IXº debió replegarse, mientras sus tropas eran diezmadas por las enfermedades. Pero lograron acorralarlo y hacerlo prisionero, junto con muchos aristócratas. Por el rescate de todos ellos pidieron 800.000 libras en oro, que Blanca de Castilla debió reunir, además de la ciudad de Damieta. A la muerte del sultán, los mamelucos se hicieron con el poder, resistiendo a los mongoles en Palestina. Conrado IVº sucedió a su padre, el emperador Federico IIº. Fernando IIIº conquistó Cádiz. Castilla se centró, desde entonces, cuando no hubo guerras civiles, en la “política del Estrecho”, luchando por mantener el dominio del extremo Sur de la Península, para dificultar la llegada de ejércitos marroquíes. Eso mismo debió haber hecho la República, cortando el paso al franquismo. Se fundó la Universidad de Valladolid, la cuarta de España, posiblemente por traslado de la de Palencia, la primera de España y sexta del mundo, desaparecida años antes. En 1.251, a la muerte de Guyuk, le sucedió su primo Mongke, hijo de Tolui, que era el cuarto de los hijos de Yenguis Jan. Tuvo la capacidad suficiente para mantener unido el imperio mongol. Conquistó el reino Tai y llegó hasta Annam, en Vietnam del Norte. Su itención era invadir el imperio Sung desde el Sur. Una vez liberado Luís IXº, con el resto de su ejército se dirigió a Palestina. Como ya carecía de tropas suficientes intentó diversas alianzas con enemigos de los egipcios. Entre ellos con el grupo terrorista de los asesinos (en árabe jachasín) así llamados porque su jefe, “El viejo de la montaña”, los drogaba con jachís, les proporcionaba mujeres y les decía que eran visiones del paraíso, que les prometía si cumplían su misión. Les daba una esmerada educación, en protocolos palaciegos, poesía, música, literatura, filosofía, retórica, oratoria, religión y administración.

Y los enviaba a los distintos reinos para que se ganasen la confianza de los sultanes, tras lo cual los asesinaban, se quedaban con sus reinos y trataban de constituir un nuevo imperio mahometano unificado, tarea en la que fracasaron. Lo mismo intentó con los mongoles. A la muerte de Fernando IIIº, en 1.252, tras arrebatos místicos, durante los que pidió ser flagelado y que se le coronase de espinas, motivo de que fuese santificado, además de las tierras y rentas que conquistó a los mahometanos para beneficio de la Iglesia y el reino de Castlla, le sucedió su hijo Alfonso Xº. Para hacerse cargo de su nuevo reino, Conrado IVº se dirigió a Sicilia, pero tuvo que sofocar antes un levantamiento contra los Hohenstaufen, y apoderarse de Nápoles, en el 1.253, muriendo al año siguiente. Alemania estaba sumida en guerra civil. Las ciudades renanas fundaron una Liga con intención de defender la paz, a la que se unieron, no sólo las ciudades episcopales y señoriales de dicho ámbito geográfico, sino toda Westfalia y el Sur de Alemania. Mientras tanto los príncipes imperiales no llegaban a ponerse de acuerdo en elegir sucesor. Peor aún: coincidieron en que éste debía ser un monigote, un pelele que pudiesen manipular. Con tales características sólo encontraron dos candidatos: Ricardo de Cornualles y Alfonso Xº de Castilla, ambos Hohenstaufen por línea materna. Lo único que se sacó en claro es que sólo importaban siete votos electorales: los de los tres arzobispos de Tréveris, Colonia y Maguncia, el del conde de Renania-Palatinado, el del duque de Sajonia-Wittemberg, el del margrave de Brandenburg y el del rey de Bohemia. Todos los demás, que habían participado en anteriores elecciones, dejaron de tenerse en consideración. Lo cual estimuló la evolución política italiana hacia las ciudades-Estado: tardarían seis siglos en reunificarse en un único Estado-nación.

Al mismo tiempo los regímenes comunales o municipales dejaron de ser democráticos, para ceder al dominio unipersonal de un tirano, o de determinada familia, como los Visconti, Spinola, Doria y otras signorie,  los duques de Milán, o los oligarcas de Venecia y Florencia. No obstante, güelfos y gibelinos continuaron sus luchas encarnizadas, aunque perdieron su sentido original y ya encuadraban a familias y ciudades tradicionalmente enemigas, con independencia de que apoyasen o defendieran al emperador, que, en un breve tiempo, dejó de tener la menor ascendencia sobre Italia, e incluso sobre el ámbito europeo. Santo Tomás de Aquino estuvo enseñando durante siete años en París. Posteriormente también lo haría en Roma y en Nápoles. Como San Alberto Magno, que fue maestro suyo, se fundamentó en la filosofía aristotélica y en San Agustín, que se basaba en ella. Fue el primero en distinguir la filosofía de la teología, y la ciencia de la fe. Para él la ciencia llevaba a los confines de la fe, pero sólo uniendo ambas perspectivas se podía llegar a la auténtica sabiduría cristiana. Asume, por tanto, que la ciencia puede ser contradictoria con la religión, pero, en vez de negar, oponerse a aquella, postulaba su yuxtaposición. En realidad es la lógica aristotélica de la dualidad, el hilemorfismo. Por lo mismo concluye la unidad sustancial de cuerpo y alma, materia y espíritu, para explicar la superioridad humana sobre el resto de la naturaleza. Se ve obligado a demostrar la existencia de Dios mediante razonamientos lógicos, algo que antes se hubiese considerado herético, innecesario, puesto que se creía una evidencia irrefutable. Lo que demuestra que, en su época, ya había dejado de ser tan evidente y tan irrefutable. Para ello, las llamadas cinco vía tomistas, parten del principio de la causalidad y de la analogía del ser con el Hacedor, lo que permitiría suponer características del Ser Superior a partir de las de Su obra.

Siguiendo una lógica aristotélica se basaba en que todo debe tener una causa, y que la causa inicial de todo debía ser Dios, puesto que, por definición, era el origen, el Creador, de todo. E, igualmente, como todo debe tener un fin, un objetivo, sólo Dios podía serlo, ya que, por definición, sobrevivirá a todo, y sólo a El podría aprovechar, de algún modo. Pero, en realidad, no son más que consecuencias implícitas en la definición original de divinidad. Así, presuponer que todo debe tener un Creador y una finalidad, implica de por sí que dicho Creador y dicho fin existe. Por tanto está condicionado por la propia definición: es una consecuencia semántica. Ante la explosiva situación, Eduardo IIIº de Inglaterra había convocado un Magnum Concilium, en el que, para restar poder a la nobleza, estuvieron representados los vasallos del rey, así como sus principales servidores directos, para hacer parlamentum, es decir, negociación, diálogo. En 1.254 se le añadieron cuatro caballeros en representación de los condados, para que la nobleza de orden secundario no se considerase excluida. Tras haber reconstruido numerosas fortalezas y conseguir la paz entre los príncipes cristianos, Luís IXº abandonó Palestina y regresó a Francia, sin reconquistar Jerusalem. El fracaso de un rey considerado santo, del reino entonces más poderoso de la cristiandad, contra unos mahometanos divididos, acosados por los mongoles, llevó al descrédito el espíritu de las Cruzadas. Alfonso Xº conquistó el reino de niebla. En la defensa de sus murallas se utilizó, por primera vez en Europa, la pólvora, mediante saquitos con piedras, para hacer de metralla, que se arrojaban con una mecha encendida. Ese año se fundó la Universidad de Sevilla, la quinta de España, sólo seis años después de su conquista a los andalusíes.

A la muerte de Juan IIIº Vatatzes el reino niceno había duplicado su extensión, y reducido el Imperio Latino a sólo Constantinopla y sus alrededores, rodeado de regiones hostiles. Esta había dado marcha atrás en la evolución social bizantina, acogiendo a los cumanos, que habían sido expulsados por los tártaros. Les repartió tierras a cambio de su servicio militar. Es decir, volvió a la organización estratiota, intentando detener el efecto disgregador del feudalismo. Aunque sólo consiguió unir a los aristócratas en la defensa de sus privilegios. Además del odio creado por los cruzados entre los bizantinos, la debilidad interna consecuencia del fraccionamiento de dicho nuevo Imperio, y la habilidad diplomática de Juan IIIº, sus éxitos también hay que entenderlos en la situación creada por la expansión de los mongoles, que había avasallado a todos los vecinos orientales del reino de Nicea, permitiéndole a aquél libertad de movimientos en la península balcánica. A la muerte de Batu, en el 1.255, le sucedió su hermano Chaiban. Cuando el imperio mongol se disolvió, las tribus que habían formado parte de la Horda de Oro (unos dicen que tal nombre corresponde a la tienda de campaña de Batu, otros que era el color que designaba al centro del imperio, aunque también podría deberse a su inmensa recaudación de impuestos) se denominaron chaibaníes, por considerarse descendientes de dicho jan. En 1.256 dominaba el ulu de Transcaucasia, Irán e Irak, Julagu, hermano de Mongke y Jubilai. Manfredo, otro hijo ilegítimo de Federico IIº, mantuvo el reino de Sicilia para Conradino, hijo de Conrado IVº, frente al poder del Papado, que había ofrecido la isla al hijo de Enrique IIIº de Inglaterra, entre otros. Hasta que en 1.258 decidió proclamarse rey, directamente. Quizás fuera esa su intención desde el principio. En el mapa de al-Kazuini, que se conserva en el Museo Británico, se presenta en el centro, como era tradicional, Eurasia y Africa. Y, en los bordes, al Este, una extensión de terreno que delimita el planisferio, que podría ser la costa del Pacífico americano.

Y, al Oeste, una isla que podría considerarse el extremo oriental de Brasil. Esta disposición concuerda, relativamente, con los mapas chinos, e, incluso, más imprecisamente, con el de al-Juarizmí, de cuatro siglos antes, y hasta con los topónimos que emplea el latino Claudio Ptolomeo, de Ptolemaida, once siglos anterior. Pactando con la ciudad de Roma, contraria al Papa, y manteniendo relaciones comerciales con Génova, Manfredo se adueñó de toda Italia central y meridional, lo que asustó al Papado. El comportamiento de Enrique IIIº y la insufrible tributación, no pudo sino acabar, en Inglaterra, en una nueva guerra civil, de siete años de duración. Acordaron un programa de reformas, las “Provisiones” de Oxford, por las cuales el rey pasaría a depender de un consejo de barones, que se repartirían los cargos más influyentes. Como suele ocurrir, tales repartos no pueden contentar a todos, por lo que se produjo la división, tomando el control la nobleza secundaria, más numerosa y menos favorecida, encabezada por Simón de Montfort, nieto, afincado en Inglaterra, del que dirigió la Cruzada contra los albigenses. Para recuperar su poder, a Enrique IIIº no se le ocurrió otra cosa sino acudir a juicio ante el rey de Francia, lo que suponía reconocer su supremacía feudal, ya que no era emperador. Como era previsible sentenció a favor del rey de Inglaterra, del orden, feudal, establecido. Y, como era de esperar, los rebeldes no quedaron satisfechos: derrotaron al rey y a su hijo, el copríncipe Eduardo, y los apresaron. Simón de Montfort se apoyó en el parlamentum del Magnum Concilium convocado por Enrique IIIº, dándole su forma obligatoria. El desmoralizado Luís IXº de Francia, tal vez con intención de unirlos en nuevas Cruzadas, firmó Tratados con Enrique IIIº de Inglaterra y, más tarde, con Jaime Iº de Aragón, acabando, al menos transitoriamente, con viejas querellas.

Enrique IIIº reconoció que Inglaterra había perdido Normandía y Anjou, y Luís IXº que el rey inglés poseía Guyena y el derecho a heredar, por su abuela Leonor, el ducado de Aquitania, más otros territorios en el Sudoeste de Francia, que necesitó ofrecer para lograr el acuerdo. Sus habitantes protestaron por ello, dando muestra de cómo había progresado el sentimiento nacionalista, y cómo las clases inferiores ponían en crítica las decisiones de sus señores, dejando de ser sujetos pasivos de dominio. También protestaron los consejeros reales franceses, haciendo ver que los ingleses reconocían lo que habían perdido, a cambio de recibir lo que nunca se había disputado a Francia. Este Tratado no impidió, finalmente, la guerra de los cien años, quizás incluso la estimuló, y, en cambio, dio bases más poderosas para el ataque inglés. A Jaime Iº, Luís IXº le reconoció el derecho sobre el Rosellón, a cambio de la renuncia a recuperar los territorios perdidos por su padre, durante la Cruzada contra los albigenses. En 1.259 fue coronado rey de Dinamarca Erik Vº Glipping, que se vio obligado a luchar contra una nobleza levantisca, muy influenciada por lo que estaba ocurriendo en Inglaterra. Así se vio obligado a aceptar la convocatoria anual del Danehog, la Dieta danesa. En ella, al contrario que en Inglaterra, la burguesía carecía de ningún poder, que lo monopolizaba la aristocracia. Miguel VIIIº Paleólogo se apoderó del trono de Nicea. La disputa por el trono imperial japonés acabó con el chogunado de Kamkura y la “administración” de la familia Joyo. Tras la muerte de Mongke, que sólo había podido conquistar Sichuan, ocupó el jaganato su hermano Jubilai, cuyo poder abarcaba desde Polonia hasta el mar de la China. Chaiban, hermano y sucesor de Batu, dominaba la Horda de Oro, como los llamaron los rusos, desde Crimea, la región del Volga, y el Norte del Cáucaso, hasta Juarismi o Jorasán, que terminaría independizándose del resto del imperio mongol.

Jubilai tuvo que desplazar su ejército a Mongolia, para imponer sus derechos frente a otros aspirantes al jaganato. Con ello el imperio Sung obtenía una nueva prórroga, que no supo aprovechar. En el 1.260, Baybars y sus mamelucos de Egipto derrotaron a los mongoles en Palestina. Consolidado como jagan, Jubilai trasladó la capital a Chang-tu (la Xanadú de “El libro de las maravillas”, de Micer Marco Polo, y de los europeos) al Norte de la Gran Muralla, lo que produjo un giro absoluto en el mundo mongol. Jubilai admiraba la cultura china y prefería sus ricas tierras a las estepas de sus antepasados. Denominó al janato chin, antes incluso de la conquista del imperio Sung, Ta Yuan, que en chino significa “Gran Comienzo”, por lo que su dinastía se conoce como Yuan, y se la considera propiamente china. Así, a pesar de la opresión inicial, tras un siglo de dominio extranjero, China sobrevivió sin pérdida de territorio, de tradiciones o de su propia cultura. La Horda de Oro y sus dominios sobre las estepas del curso inferior del Volga, donde ejercían su pastoreo nómada, se independizó respecto de Karakorum. Parece increíble que desarrollaran una tan perfecta organización administrativa para su recaudación de impuestos, con estadísticas, censos y registros poblacionales exactos. Todo ello posible imitación de los modelos chinos. Los tártaros mantenían su poder concediendo a los príncipes y prelados rusos “cartas de gracia” que les permitían ostentar su cargo, aunque fuese hereditario, y eximían de impuestos. Esto, además, les permitía enfrentarlos a unos contra otros, asegurándoles su continua debilidad. La Iglesia rusa se acostumbró a la sumisa obediencia respecto del poder civil, algo que llegaría hasta tiempos soviéticos. En 1.261, Miguel VIIIº Paleólogo, en alianza con Génova, rival de los venecianos, consiguió acabar con el Imperio Latino, conquistando Bizancio.

En 1.264, el canciller Chia Ssu-tao, dada la inflación originada por la desproporcionada emisión de papel moneda, decretó la expropiación forzosa, aunque indemnizada, de un tercio de lo que superase 35 Ha. de los latifundios exentos de impuestos. Así el imperio Sung controló directamente el 20% de las tierras de labor, lo que garantizaba la movilización, armamento y vitualla de un enorme ejército. Sin embargo los terratenientes, muchos de los cuales eran altos funcionarios, comportándose deslealmente, sabotearon tales medidas. Por otra parte los militares estaban indignados por las inspecciones de cuentas que les hacía la administración civil, preferida por dicha dinastía. Una afrenta diplomática hacia Jao Ching, consejero chino y embajador del Gran Jan, reanudó la guerra. Y, entonces, insospechadamente, tal vez influidos por el trabajo de los espías, como acostumbraba a hacer Yenguis Jan, propagando su tolerancia con los que se rindiesen, y su terrorismo con los resistentes, los mandos militares se entregaron, junto con las ciudades que debían defender, sin combatir. En 1.265, Simón de Montfort convocó al Parlamento inglés, además de a los miembros anteriormente acordados, a dos caballeros por parte de los condados y dos ciudadanos (villanos o burgueses) de cada núcleo poblacional de mayor relevancia. El príncipe Eduardo consiguió escapar de la prisión, derrotar y dar muerte a Simon de Montfort. Sin embargo, Eduardo Iº fue lo bastante inteligente como para comprender que la estabilidad política no sería posible si no aceptaba las reformas e instituciones establecidas por aquél. Para oponerse, sin provocar respuestas violentas, al poder de la aristocracia, y ganar ascendencia popular, se basó en el derecho y la institución judicial. A la muerte de Nasir-ud-din Mujammad, Balban se hizo con el sultanato de Deli.

Se dijo descendiente de Afrasiyabm, héroe turco de la mitología persa, con lo que unía a la supuesta superioridad racial turca, dicha ascendencia prestigiosa. Igualmente propugnaba que el derecho a la corona era un don divino, por lo que introdujo el ceremonial de que quienes se acercasen al sultán debían postrarse en el suelo y besar humildemente sus pies. Acaparó todos los poderes, incluyendo la judicatura suprema. Todo ello era contrario a los planteamientos coránicos de igualdad de todos los creyentes. Aniquiló la resistencia organizada de los hindúes, aplastando sus revueltas, y organizó un régimen policíaco de espionaje. Acabó con las correrías de saqueadores en Deli y regiones limítrofes. Quizás con la visión de futuras Cruzadas, Luís IXº implicó a Francia en el conflicto italiano, que duraría siglos, al permitir que su hermano, Carlos de Anjou, aceptase la propuesta de Urbano IVº de coronarlo rey de Sicilia, algo a lo que los ingleses, comprendiendo la complejidad que comportaba, habían rehusado. Recibido su nuevo reino, en el 1.266 derrotó a Manfredo. Julagu, nieto de Yenguis Jan, conquistó Bagdad. Por entonces el imperio mongol, que había alcanzado su máxima extensión, se divide en cuatro partes. Irán y Mesopotamia formaron el Janato de Il, por lo que los sucesores de Julagu se llamaron ilkanes o iljaníes. La Horda de Oro dominó en Rusia y el Cáucaso. Las estepas asiáticas las gobernaron los chatagay, mientras que los descendientes de Jubilai dominaron China. Habitualmente se considera a los mongoles unos salvajes: realmente fueron crueles, terroristas, e incultos, pero hay que concederles el mérito de su capacidad de admiración y respeto a lo que consideraban culturas y conocimientos superiores, incluido los religiosos. Así, a pesar de sus matanzas y destrucciones, acabaron asumiendo, e incluso propagando, las culturas de sus dominios. Terminó apropiándose de ellos un sentimiento nacionalista, no mongol, sino de sus tierras conquistadas, por lo que rápidamente las cuatro zonas en las que se dividieron se diferenciaron en todo.

Excepto su aportación, transformación, se podría decir, étnica, y el desarrollo que consiguieron del comercio mundial, la evolución cultural prosiguió como si nada hubiese ocurrido, tras una cierta paralización. Dichas rutas comerciales, como siempre, fueron los caminos del intercambio cultural. De todo ello hay que excluir el comportamiento de la Horda de Oro, que fue muy diferente al de los demás reinos o janatos. Su aceptación del mahometanismo más radical e intolerante contribuyó a imposibilitar la comprensión y entendimiento con sus reinos tributarios y sus culturas. Sólo el príncipe Alexander “Nevsky”, más tarde Gran Príncipe de Vladimir, consiguió mantener relaciones diplomáticas con ellos. A su muerte dejó a su hijo Pavel el principado de Moscú, que se iría consolidando como núcleo de un nuevo imperio. Lo cual despertaría los recelos de los tártaros, que, repetidamente, realizarían devastadoras incursiones para someterlo e impedir el aumento de su poder. Los príncipes rusos debían pedir al Gran Jan de la Horda de Oro, en Sarai, no lejos de la desembocadura del Volga, o en Karakorum, autorización para gobernar sus propios dominios, a título personal, no hereditario, humillación en la que se comprometían a ser tributarios. Tales impuestos eran insufribles. La Horda de Oro dividió sus dominios en distritos y colocó un cobrador de impuestos en cada uno. El cargo era tan lucrativo que lo subastaban chinos, judíos y mahometanos. Esta era toda la administración que necesitaban e impusieron los mongoles de estos territorios. Como consecuencia el comercio internacional se obstruyó. La Hansa vio limitada su expansión hacia el Este, con la consecuencia del retraso en el desarrollo del centro y Norte europeo, lo que sería reforzado por las guerras de religión. El centro de gravedad de desplazó, de nuevo, hacia el Sur y Occidente. Venecia y las demás repúblicas italianas se vieron estimuladas a seguir la ruta Sur de la Seda, y beneficiarse ologopolísticamente de ella.

Venecia pactó con los mamelucos para utilizar la vía marítima, a través de Egipto. Los pisanos convencieron a Portugal para bordear Africa, como habían hecho los fenicios. Sólo unos pocos comenzaron a plantearse que, puesto que era innegable que la Tierra era esférica, si no sería posible seguir una ruta a oriente dando la vuelta por el Oeste. Qué anchura tendría el Océano Atlántico, y si las naves de que disponían podrían cargar suficiente agua potable y alimento para atravesarlo. Si las leyendas cartaginesas del Mar Verde, sobre el que crecían yerbas, en el que el viento cesaba y las naves no podrían surcar, los monstruos marinos que resoplaban vapor de agua por sus narices y el mar tenebroso, cuyas nieblas contantes impedían la orientación, encontrar el Norte, serían ciertos. Y, ciertamente, lo eran. Existían ballenas, aunque se demostró que no constituían un peligro para la navegación, en aquella época. Existían prolongadas brumas, pero en el Mar del Norte: desde la península Ibérica había largas épocas de bonanza para la navegación. En el Caribe existía una zona en la que la rotación de los vientos provocaba la calma chicha y acumulaba sargazos, pero, conociéndola, se podía rodear. El mundo actual es, en cierta medida, consecuencia de los impuestos de la Horda de Oro, que dificultaban, hacían escasamente competitivo, el comercio internacional. Y se había retrasado su consecución debido a los aterrorizadores relatos de los cartagineses, que, así, guardaban sus secretos y monopolios comerciales hacia las isla Casitérides, del estaño: las islas británicas. En el Janato de Il, los grandes señores siguieron ocupándose de la administración y de las finanzas, incluso de pagar al ejército. Sin embargo, cuando la situación económica se deterioró, especialmente tras la introducción del papel-moneda, siguiendo el modelo chino -lo que multiplicó los problemas inflacionistas- se volvió a pagar con tierras a las tropas, como hicieron los bizantinos y los romanos. La mahometización de los iljanes tuvo unas consecuencias no previstas, porque reavivaron los enfrentamientos entre los radicales chiíes, que parecían destinados a desaparecer, y los seguidores de la sunna o tradición de las prédicas de Mujammad.

Al hacerse mahometanos los “ulus” occidentales se puede decir que el imperio mongol desapareció, ya que éstos dejaron de reconocer la autoridad central de los “infieles”, que seguían siendo chamanistas. Carlos de Anjou, el hermano del rey santo, en poco tiempo se hizo odioso, sobretodo por su política fiscal, así que Conradino, de 16 años, contó con partidarios para reclamar su herencia, como su amigo Federico de Baden. Pero fue derrotado y ejecutado en Nápoles, junto con éste y otros nobles que le apoyaban. La alianza entre el Papa y Francia pasó a desempeñar la nueva hegemonía europea. La estructura social seguía basándose en los cuatro estamentos: clero, nobleza, burguesía y servidumbre. Sin embargo, en las ciudades alemanas, se fue produciendo la acaparación de poder por los gremios artesanales, en defensa de sus derechos. De forma que los nobles, que seguían formando el consejo municipal, dejaron de asistir a sus reuniones, en las que se veían humillantemente derrotados por la mayoría, de un estamento inferior, algo a lo que antes ni éstos se hubieran atrevido ni aquellos consentido. De esta forma llegaron a existir 70 ú 80 ciudades imperiales, que sólo dependían del emperador. El crecimiento y enriquecimiento de las ciudades se basaba en el comercio. Influyeron en ello las nuevas naves hanseáticas, resistentes y de gran capacidad, aunque veloces, la navegación fluvial, que unía las ciudades del interior a las rutas ultramarinas, así como la contabilidad, la financiación comercial, las operaciones a comisión y las corresponsalías. Mientras la administración imperial se iba disolviendo, creció un funcionariado local y territorial que sacudía las bases del feudalismo. Si Francia evolucionaba hacia el poder centralizado, Alemania se disgregaba en territorios autónomos, que, en cuatro siglos, tras la guerra de los 30 años, acabarían por convertirse en reinos independientes. Hasta que dos siglos después se llegase la reunificación.

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