1.873: La Iª República Española

Y, sobre todo, la incautación de sus propiedades latifundistas, o parte de ellas, dada la situación de quiebra financiera en la que se encontraron muchas repúblicas tras conseguir su independencia. Pero la batalla más ardua fue la legalización del divorcio, que en algunas repúblicas se consiguió imponer, venciendo la tenaz resistencia eclesiástica. Así, durante la dictadura de Guzmán Blanco, que perduraría durante 18 años, se iba a producir en Venezuela un enfrentamiento que llegaría hasta la confiscación de las propiedades eclesiásticas, la disolución de órdenes religiosas monacales y la ruptura con la Santa Sede. El Imperio de Brasil había intervenido directamente para ayudar al conservador General Venancio Flores a derrocar al Gobierno constitucional de “los López”, en Uruguay. La Flota imperial había sitiado y bombardeado la ciudad de Paysandú durante un mes, hasta obtener la rendición del General Leandro Gómez, muy popular y nacionalista, bajo la promesa de que no lo fusilarían, lo que no cumplieron. Así que, como títere brasileño, el nuevo Presidente, impuesto, de Uruguay, luchó junto con el imperio y Argentina contra Paraguay, cuyo comercio, fincas exportadoras, fundición de hierro e industrias bajo control estatal, y fiscalidad proteccionista de la producción nacional, significaban una comparación insufrible. Los paraguayos confiaron demasiado en la resistencia de Uruguay ante las presiones brasileñas, y en una sublevación de Justo José de Urquiza contra Mitre en Argentina. Finalmente Francisco Lozano murió defendiéndose con su espada de decenas de enemigos, en la batalla de Cerro Corá. Paraguay quedó en la total desolación, y despoblado, sobre todo de hombres, hasta el punto que la Iglesia Católica autorizó la poligamia. Las viudas intercambiaban a sus hijos de 12 ó 14 años, para contraer matrimonio con ellos, incluyendo en el lote su patrimonio y a algunas de sus hijas, para hacerlo más atractivo, y garantizar un marido, tan difícil de encontrar, aunque fuese compartido, a éstas. La intensa resistencia guaraní y la destrucción y despoblación causadas desincentivó a los invasores de cumplir el pacto secreto de repartirse el país. Pero sí le impusieron las fronteras que desearon, y un Gobierno títere de Brasil. Terminó con ello una experiencia de 50 años de populismo autoritario, primicia en Sudamérica, con innegables consecuciones.

Desde entonces el desarrollo guaraní fue similar y al ritmo de sus vecinos, sufriendo guerras civiles, latifundios, librecambismo y neocolonialismo y dependencia de las potencias internacionales, como todos los demás. Dicha guerra, y también la anterior contra el Gobierno liberal de Uruguay, la tutela que se ejercía, desde entonces, sobre los Gobiernos conservadores de ambos países -una nueva forma de colonialismo- hizo plantearse al ejército su influencia en el propio Brasil, dado lo que se esperaba de él, los sacrificios que debía asumir y exigir prerrogativas, especialmente en cuanto a su participación o dirección en la política, que podía exigir en compensación por ello. Así el General Caixas, jefe del Cuerpo Expedicionario en Paraguay, entró en conflicto con el gabinete liberal, que se vio obligado a dimitir, dejando paso al Partido Conservador. Aunque el emperador apoyó tal cambio y la actuación del ejército, la monarquía salió perjudicada, evidenciándose que el poder auténtico había cambiado de manos, y que eran los militares quiénes iban a dirimir la situación en el futuro. En Argentina se inició una ingente inmigración europea, especialmente italiana, que, en 50 años, constituiría una sólida clase media y un proletariado industrial capaz de disputar el poder a las clases entonces dominantes. En 1.871, Turquía reconoció la autonomía de Túnez, cuando ya estaba dominado por Francia. Quizás con intención de estimular la resistencia contra ésta, aprovechando la guerra franco-prusiana. Manteuffel consiguió rodear a los franceses que, acorralados, decidieron pasar la frontera suiza, con idea de atacar a los invasores desde mejor posición. Bismarck amenazó a los suizos con llevar la guerra a su país, aunque se mostró conforme con que los dejasen entrar si lo hacían desarmados. Es el antecedente de lo que iba a ocurrir con el ejército republicano español al traspasar la frontera francesa, 68 años más tarde. Los alemanes no sólo se apropiaron de todo el armamento, sino que rodearon la frontera suiza, con lo que impedían que les pudiesen llegar armas a los franceses, ni estos pudiesen salir, si no era para rendirse. La Cruz Roja tuvo que encargarse de alimentarlos.

Antes de que las demás potencias, por ejemplo Gran Bretaña, decidiesen intervenir, presionadas por su opinión pública, el 16 de febrero Bismarck firmó el Tratado preliminar de Versalles con los dirigentes conservadores de la República Francesa. Allí mismo, dos días después, en la galería de los espejos de dicho palacio, para mayor humillación de los franceses, a instancias de Bismarck, aprovechándose de la euforia nacionalista que las victorias habían originado, los Estados del Sur se unieron a la Confederación Alemana del Norte, y Guillermo Iº fue elegido emperador. Se trataba de una federación de 25 Estados. El Gobierno federal se reservaba la dirección del ejército, las aduanas, el comercio, el tráfico y el correo. Baviera y Württenberg tenían privilegios en cuanto a fuerzas armadas, impuestos y correos, aunque en caso de discrepancia prevalecía el criterio federal. Los Estados federados conservaban su propia administración, incluyendo la justicia y la cultura. Un Consejo federal (Bundesrat) intervenía en cuestiones legislativas, reglamentarias y de inspección. Prusia tenía en él 17 consejeros, cuando con 14 votos era suficiente para vetar sus resoluciones. El Parlamento imperial (Reichstag, “Reunión diaria para debatir sobre el imperio”) se nombraba en elecciones generales, mediante sufragio directo, igualitario y secreto, en todo el territorio federado. Debía aprobar los proyectos de ley y los presupuestos imperiales anuales. En realidad era una concesión graciosa a la moda de la época, buscando una amplia legitimación democrática. Pero el control parlamentario no estaba suficientemente delimitado. El emperador de Alemania era el rey de Prusia, que asumía la representación internacional, el mando supremo del ejército y la designación o destitución del canciller, que, por tanto, no dependía del Parlamento, sino para la aprobación de determinadas leyes. Ya se verá cómo eludieron dicha obligación cuando no contaron con apoyos parlamentarios suficientes. Los primeros fueron Guillermo Iº de Alemania, y el príncipe Otto von Bismarck, respectivamente, como no podía ser de otro modo. Este último era el jefe de los Secretarios de Estado y de los funcionarios imperiales, así como presidente del Consejo federal, por lo que ejercía el poder político casi en exclusiva.

Además, mantenía su puesto de Presidente del Consejo de Ministros prusiano. Sin embargo, la delimitación de los poderes ejecutivos que se reservaban el emperador y el canciller era confusa. Esto permitió que, cuando Bismarck dejó de ser el dirigente indiscutido y crecieron las críticas hacia él, el siguiente emperador, como representante de las relaciones internacionales y jefe supremo del ejército, impusiese sus propias directrices. Lo que acabaría teniendo terribles consecuencias para la Humanidad. Los más críticos fueron los liberales, que proponían una estructura unitaria. El que se conocería como “canciller de hierro” se apoyó en los nacionalistas y en algunos elementos conservadores. La unificación del sistema educativo, igual que ocurrió en Italia, produjo una tremenda confrontación con las Iglesias, en especial, en Prusia, con la católica, lo que se denominó kulturkampf,o “guerra de la cultura”, cuyas consecuencias políticas duran hasta la actualidad, indirectamente. Se puede decir que, por la confrontación entre la Iglesia católica y los Estados unificados o en pugna por imponer el liberalismo, y el pacto de aquella con los nazifascistas, éstos llegarían al poder en Italia, Austria, Alemania, España y, posteriormente, mediante la conquista militar, a casi toda Europa. Se publicó en Alemania un artículo en contra de los abusos políticos del clero. El 10 de mayo se ratificó en Frankfurt del Main el Tratado de Paz, por el que Francia aceptaba el pago de una indemnización de guerra total de 5.000 millones de francos, y cedía Alsacia y Lorena a Alemania. Un ejército de ocupación alemán permanecería en Francia hasta que se completase el pago comprometido. Todo ello serían antecedentes del comportamiento aliado al fin de las guerras mundiales. Ante la situación revolucionaria en Francia, los elementos más conservadores, que habían tomado los poderes republicanos, aunque no el Ayuntamiento de la levantisca París, pagaron el primer plazo de la indemnización, no para que los alemanes levantasen el cerco de la ciudad, con el que extorsionaban para sacar ventaja en las negociaciones, sino para que permitiesen el retorno del ejército apresado, incluso los refugiados en Suiza, devolviéndoles a todos sus armas, con los que el Mariscal Mac Mahon ahogó en sangre a los parisinos, utilizando contra ellos artillería y las ametralladoras, que no se habían sabido emplear contra los invasores.

Las aceras y bulevares creados por Napoleón IIIº demostraron su plena eficacia contra el pueblo sublevado, permitiendo el rápido traslado de los cañones sin que chocaran con las esquinas de las casas, y su despligue en baterias. Tan espeluznante fue el espectáculo que las tropas invasoras prusianas permitieron el paso de los que huían, a través de sus posiciones. Se calcula que hubo 30.000 muertos. Los revolucionarios supervivientes, por decenas de miles, fueron deportados a penales en las colonias. Napoleón IIIº, fue puesto en libertad, tanto para ahorrarse gastos los alemanes como para que causase más problemas y división a los franceses. Tal vez pudiese acabar de nuevo con la república. Pero, comprendiendo tal posibilidad, la República no le permitió el paso. Se afincó en Inglaterra, donde, tras la muerte prematura de su hijo, se extinguió la dinastía Bonaparte por línea masculina. Más tarde, Bismarck consideró que la república, pero, sobre todo, la democracia, constituían la mejor forma de promover la debilidad de un país, por lo que decidió consolidarlas en Francia. Era consciente de que se había creado un enemigo permanente, que, durante decenios, buscaría la forma de desquitarse, y recuperar Alsacia y Lorena. En tales circunstancias era impracticable que el II Reich alcanzase mayor expansión en el Continente. Bismarck comprendió que la represión de la Comuna de París había originado un sentimiento de conmiseración hacia Francia, y que Alemania se había ganado todas las antipatías en el exterior, como causante indirecto. Para evitar que tal situación terminase creando una red de alianzas contra ella, era necesario anticiparse, encabezando otra que le diese seguridad, desincentivando a posibles enemigos. El único aliado que parecía fiable era la monarquía Austro-Húngara, a pesar de todo. Sin embargo, Alejandro IIº y su Ministro de Asuntos Exteriores, el príncipe Gortchakov, estaban interesados en romper el aislamiento ruso que la guerra de Crimea había evidenciado. Y Alemania y Austro-Hungría parecían los más proclives a rehacer la antigua alianza. Bismarck apoyó a Rusia para que obtuviese en la Conferencia del Ponto (en griego significa mar; se refería al Ponto Euxino, el Mar Negro) celebrada en Londres, el libre tránsito al Mediterráneo.

De esta forma se hacía un nuevo amigo, al contrario de lo que hubiesen planteado Napoleón IIIº o Guillermo IIº. Mujammad al-Mukrani, al frente de la cofradía de los rajmaníes, y los campesinos de la Cabilia se sublevaron en Argelia contra el dominio francés. Japón exigió y obtuvo de China iguales preferencias para su comercio y navegación que las naciones occidentales, invadiendo las islas Riukiu y Formosa. Con ello iniciaba la vía del expansionismo imperialista, con lo que rescataba su orgullo nacional y se colocaba al nivel de las grandes potencias occidentales. La primera estrategia meiyi fue mantener la coalición con los cuatro daimi-o que había conseguido acabar con el chogunado. Pero evitando el peligro de que estuviesen en condiciones de retornar a la situación anterior, con distintos personajes. Así que los convencieron para que cediesen, voluntariamente, todas sus posesiones al emperador, con el compromiso de que éste se las volviese a entregar, pero no como propiedad, sino como Gobernadores de tales territorios. Es decir, una situación semejante a la de los mandarines chinos, que ya no era feudalismo. Quedaba indefinido el problema del derecho hereditario, en la confianza de que el emperador premiaría la lealtad. Hay que tener en cuenta que el emperador ya se había apropiado las posesiones de los daimi-o derrotados, por lo que podía entregar en calidad de gobiernos más territorios de los que los leales poseían. Hay que recordar la debilidad que padecían: todos los daimi-o estaban endeudados, hipotecados, además de que, como todo derecho feudal, otorgado por el monarca, estaba “amortizado” (“hundido”, según el término inglés, podríamos decir “enraizado”, inmovilizado) por lo que no podía venderse. Los Bancos, los acreedores, no podían, por tanto, quedarse con dichas posesiones, pero sí con sus rentas y productos, de forma que el patrimonio neto real era mínimo. Es posible que dichos Bancos y acreedores presionaran en tal entrega, en la esperanza de una liberalización de las tierras que permitiese la ejecución de sus títulos de crédito. Las costosas cargas del pago de intereses y de sus ejercitos, que fueron licenciados, y el mantenimiento de sus fortalezas, que pasaron a poder imperial les condenaba a tener que abandonar sus lujos y vida aristocrática.

La situación era más problemática bajo el chogunado, ya que se les obligaba a residir en años alternos, junto con sus familias, pasando a ser auténticos rehenes, en Edo, lo que les obligaba a mantener habitables dos palacios, y a los carísimos traslados anuales de todo su cortejo palaciego. Además, tras las “donaciones”, recibieron elevadas pensiones (que pudieron superar el neto anual de las cosechas, deducidos los intereses adeudados) y títulos honoríficos. Con ello termina la estructura jan y el país se divide en prefecturas, a imitación del sistema francés. El emperador se trasladó a Edo, que redenominó Tokio (“Capital del Este”) desde donde antes ejercían su poder los Tokugaua, junto con todos los daimio (para tenerlos vigilados, como hacía el anterior chogunado o bakufu) y el equipo de gobierno, con sus asesores, extranjeros o japoneses con conocimientos adquiridos en el exterior o mediante viajes internacionales. Japón volvió a ser un Estado centralizado. Se aprobaron 11 artículos constitucionales, que incluían un Consejo de funcionarios del Gobierno, que hacía las veces de Senado, una Cámara de representantes de los jan, que hacía de cuerpo legislativo, la limitación de los cargos electivos o de designación a 4 años, y la votación pública. Igualmente se produjo una reforma tributaria. El conjunto, para la mentalidad japonesa de la época, era realmente revolucionario. Con todo ello la anterior clase privilegiada de guerreros-funcionarios perdió toda su influencia. Para compensarlos se les otorgaron considerables rentas, que, con el paso del tiempo, se hicieron insuficientes. En 1.872 se reunieron los príncipes alemán, austro-húngaro y ruso. Bajo unas bases liberales, el imperio alemán unificó el derecho y la economía. Se aprobó el código penal. Se promulgó la Ley de inspección de las escuelas, que mermaba el poder de la Iglesia católica en ellas, y se prohibió a la Compañía de Jesús, que pretendía monopolizarla, sobre todo en los estamentos superiores. Fue coronado Oscar IIº como rey de Suecia. Los franceses pudieron sofocar la rebelión argelina, si bien el país no se pacificó hasta que no se construyó una red de comunicaciones y fortalezas, con elevadas guarniciones, por toda Argelia, incluyendo el desierto sahariano. El Reino Unido consiguió la concesión para construir carreteras y redes ferroviarias en Irán. En Vietnam estaba prohibida la exportación del arroz y la sal.

Jean Dupuis, un comerciante francés compró en Janoi tales productos y para venderlos en China. Las autoridades imperiales trataron de castigarle por ello, por lo que secuestró a algunos funcionarios y amenazó con bombardear la fortaleza de Jué. El emperador comunicó tal hecho al Gobernador francés, que residía en Saigón. París ordenó que se evitasen las tensiones, pero el Gobernador creía que era una buena oportunidad, por lo que envió a Janoi a François Garnier, Oficial de la Armada francesa que había explorado el Mekong, para proteger el comercio y mantener abiertos el país y su río a todas las naciones bajo la protección de Francia. En Japón trabajaban en el sector primario (agricultura, explotación forestal, ganadería y pesca) 14’5 millones de personas, y sólo 700.000 en la industria y minería. Se inauguró la línea ferroviaria Tokio-Yokojama. En Estados Unidos, Yellowstone se convirtió en el primer Parque Nacional del mundo, con una extensión mayor que Córcega. Murió Benito Juárez, gobernando con grandes dificultades una República de Méjico deshecha. Le sustituyó Sebastián Lerdo. En 1.873 hubo una Convención militar entre Rusia, el imperio alemán y Austro-Hungría. Aunque no se llegó a acuerdos concretos. Amadeo Iº, tal como se esperaba de él, respetó escrupulosamente la Constitución. Pero no demostró ninguna capacidad especial para dirigir una nación. Menos aún la española, esquizofrénica, fragmentada, levantisca. Le faltaba un Presidente del Gobierno semejante a Cavour, como tuvo su padre. Ni siquiera hizo el menor intento por aprender español. Tampoco comprendía a los españoles. Incluso la Constitución le parecía excesivamente democrática, mermando las facultades de decisión del rey. Los carlistas iniciaron su tercera guerra, intentando coronar a su pretendiente borbónico, al que consideraban con mejor derecho, y restablecer el absolutismo. La guerra de Cuba, denominada de los Diez Años, continuaba con derrotas españolas. A esto se unieron intentos separatistas, insurrecciones anarquistas y sediciones militares, con intenciones republicanas. En tales circunstancias, a pesar de la fama democrática y parlamentarista de la casa de Saboya, Amadeo Iº intentó forzar la Constitución y establecer un mandato personal, más activo y decisorio.

Pero los representantes políticos se lo impidieron, por lo que el 11 de febrero, fuertemente deprimido, calificó de ingobernables a los españoles y optó por dimitir. Posiblemente pesara en ello el recuerdo del fusilamiento del emperador Maximiliano de Méjico. Aquél mismo día, Emilio Castelar manifestó que con Fernando VIIº había muerto la monarquía tradicional, con la fuga de Isabel IIª la parlamentaria, y con la renuncia de Amadeo de Saboya la democrática, por lo que la república la habían traído las circunstancias: una conspiración de la sociedad, la naturaleza y la historia. A pesar de que la mayoría parlamentaria era monárquica, la desunión de ésta, la falta de una candidatura concreta, la sorpresa y frustración de la abdicación, y la decisión de los republicanos, que aprovecharon rápidamente su oportunidad, hicieron que se proclamase la Iª República Española. En España los anarquistas tomaron la delantera en incorporarse a la Asociación Internacional de los Trabajadores (A.I.T.) la Iª Internacional Obrera. Se convocaron elecciones constituyentes, a las que no se presentaron los carlistas, que habían optado por la guerra, ni los alfonsistas, que no querían legitimar con su participación a la República. Pero tampoco los republicanos unitarios, que preveían su propio fracaso, dado que los anarquistas propugnaban o la abstención o el apoyo a los federalistas. Antes tales circunstancias, Cristino Martos, presidente de la disuelta Asamblea Nacional (reunión del Congreso y el Senado en una sola Cámara, violentando el texto constitucional) intentó un golpe de Estado, frustrado por el Ministro de Gobernación, Pi y Margall, del Partido Republicano Federal, que sería elegido Presidente de la República, y por la Guardia Civil. El 30 de junio el Ayuntamiento de Sevilla acordó constituirse en República Social. En el mes de julio se produjo la “Revolución del Petróleo”, en Alcoy. Se trataba de un movimiento “ludista” contra las máquinas, que traían el desempleo. Se llamó así porque los sindicalistas ácratas llevaban antorchas con petróleo, para quemar las máquinas, y toda la ciudad olía a keroseno. El alcalde republicano ordenó disparar contra ellos, por lo que tomaron el Ayuntamiento y lo asesinaron. A continuación proclamaron a la ciudad cantón independiente, que fue tomada por el ejército tres días después, apresando a 600 obreros, entre ellos niños de 12 años. Muchos fueron condenados a muerte.

Con gran participación y apoyo anarquista, se extendieron las insurrecciones cantonales. Intentaban imponer una estructura política semejante a la idealizada de la Confederación Helvética, no a la real, que era puramente federalista. El más esperpéntico fue el Cantón Independiente de Cartagena, secesionado del anterior Cantón Independiente de Murcia, lo que originó la guerra entre ambos, puesto que el de Murcia, a pesar de su secesión, no consentía otra que se hiciese a costa de “su” territorio. Comprendiendo su situación de inferioridad, Cartagena se apoderó de la Flota atracada en su Base Naval, e impuso tributos a las “potencias extranjeras” de Almería y Alicante. Como éstas se negaron a pagar, las bombardeó, asaltó y se apropió directamente de los “impuestos”. El Gobierno los declaró piratas, y fueron apresados por fragatas británicas y alemanas. Se acusó de fomentar el movimiento cantonalista a Pi y Margall, que dimitió el 18 de julio. Le sustituyó, como Presidente de la República Federal, Nicolás Salmerón, que, al negarse a confirmar las sentencias de muerte, dimitió a su vez, siendo sustituido por Emilio Castelar. Para superar la situación, consiguió del Congreso poderes extraordinarios, tras lo cual clausuró sus sesiones el 20 de septiembre. Se puede decir que, con ello, acaba el sexenio democrático (pero no el revolucionario) y la Iª República Española, que continuó, aunque violentando en todo la Constitución de 4 años antes. Francia, bajo la presidencia de Thiers, aunque el verdadero mando lo tenía el Mariscal Mac Mahon, el asesino de los comuneros de París, anticipó el pago de la indemnización de guerra, con objeto de que las tropas de invasión la abandonaran. Con el apoyo de la mayoría conservadora, que integraba a los monárquicos legitimistas borbones, orleanistas y bonapartistas, Mac Mahon fue elegido Presidente de la República Francesa. Bismarck lo consideró un mal síntoma: Francia se recuperaba demasiado pronto y escogía la preeminencia conservadora y militar. En Alemania diversas leyes unificaron los pesos, las medidas y la moneda. Las “leyes de mayo” regulaban, por parte del Estado, la formación del clero y el poder disciplinar de la Iglesia. El nacionalismo, tras la unificación, la creación de un mercado realmente unificado y, desde luego, las indemnizaciones de guerra francesa, supusieron un auténtico estímulo a la economía e industrialización alemana.

Sin embargo la quiebra de la Bolsa de Viena produjo una crisis económica. A partir de ella se impulsó la crítica frente al liberalismo económico (¿es que no hemos aprendido nada en 137 años?) la competencia industrial británica, y la cerealística de americanos y rusos, pidiéndose el proteccionismo aduanero. En Austria-Hungría, todas las nacionalidades se enfrentaban en los diversos Parlamentos de los diversos Estados. Sólo en los de la Alta Austria y Salzburg había una población homogénea germánica. Sin embargo, para resistir las exigencias nacionalistas, sus representantes estaban en minoría en los Gobiernos. Los representantes que las Cámaras (Landtag, “Reunión diaria para el debate sobre el territorio”) de las 15 dependencias de la corona enviaban al consejo imperial fueron elegidos directamente, aunque por métodos estamentales, algo ya anacrónico. A la muerte de Mujammad IVº le sucedió Maulay al-Jasan como sultán de Marruecos. El chaj de Persia realizó un viaje por Europa, especialmente a Londres, para lograr la revocación de las muchas concesiones realizadas, pero no consiguió nada. Sus Primeros Ministros, Mirsa Jusain Chan y Amin-ud-Daula, sucesivamente, implantarían ciertas reformas, como un Servicio de Correos, pero siguieron sin poder modernizar el país. Interpretando las órdenes, o por explicaciones verbales, recibidas, Garnier conquistó la fortaleza de Janoi y la desembocadura del río Rojo, acción en la que encontró la muerte. Ante lo cual, el Gobernador francés, para complacer al emperador vietnamita, expulsó a Dupuis de Tonkín, y devolvió la fortaleza. En Japón se introdujo el servicio militar obligatorio, que le permitía disponer de un ejército de 400.000 hombres. Desde la óptica actual, occidental, parece una medida lógica de la época. Pero para los japoneses significaba el fin del ejército aristocrático, dependiente del chogun, el bakufu, o los daimi-o, bajo la dirección de los samurai. Es decir, el fin del poder de la nobleza. El corolario de ello era que, si la misión de la aristocracia era proveer a la defensa del Estado, ahora perdía cualquier justificación de pervivencia, de recibir ningún privilegio a cambio. Es decir, desde el punto de vista psicológico, social, era equivalente a la Revolución Francesa. En Tasmania murió la última nativa, extinguiendo su raza sólo pocas décadas después de entrar en contacto con la “civilización” moderna.

En Estados Unidos se produjo una importante depresión económica. En este año se puso en producción el modelo Winchester 73. En las postrimerías de la Guerra de Secesión las carabinas habían demostrado su eficacia para la Caballería, utilizando cartuchos y mecanismos de repetición, a partir del funcionamiento de los revólveres. Este modelo podía disparar 11 cartuchos (que sería el número de los que deberían utilizar las futuras pistolas semiautomáticas y las primeras ametralladoras ligeras o pistolas-ametralladoras, como inicialmente se las denominó) iguales a los que se empleaban para los revólveres, lo que significaba una gran facilidad para encontrar aprovisionamiento de los mismos. El ejército la rechazó, ya que prefería armas de mucho más alcance, como “el fusil de la milla”, con el que un buen tirador podía hacer blanco a tal distancia, tendido en el suelo y con buen apoyo, de modo que podía asesinar indios fuera del alcance de sus armas, impunemente. Sin embargo para los colonos se convirtió en el arma ideal, a la que se deben las últimas etapas del exterminio de los pieles rojas, por más que algunos comancheros consiguieran hacerse con algunas de ellas, lo que no les fue de gran utilidad, ya que las utilizaban a caballo, al galope, lo que les hacía muy difícil acertar sus “blancos”, salvo que se acercaran al alcance de las pistolas de sus enemigos. En 1.874 el Parlamento imperial aún perdió más preeminencia de la que pudiese tener, al aceptar Bismarck su propuesta de aprobar presupuestos militares para siete años. Posiblemente trataba con ello de frenar las sucesivas peticiones económicas que el “canciller de hierro” precisaba para el “Estado de hierro”, militarista y autoritario, y atajar la aprobación de presupuestos por decretos-leyes. Pero sólo consiguió aumentar su inoperancia para el futuro, convertir dichos presupuestos militares en el centro de su actividad, una vez cada siete años, que, además, no podía rechazar, bajo la extorsión de falta de patriotismo. Nuevas “leyes de mayo” completaron la intromisión del Estado en la Iglesia. Ante la caótica situación, Castelar reanudó las sesiones del Congreso el 2 de enero. Pero, si lo que pretendía era su apoyo, sólo consiguió que le destituyese. El Capitán General Pavía lo disolvió. Cuando algunos congresistas comenzaron a salir por las ventanas, les dijo: “Pero señores ¿por qué saltar por las ventanas cuando pueden salir por la puerta?”

Ofreció a Castelar que continuara como Presidente, pero éste rehusó hacerlo si no era con el respaldo democrático. Así que designó para tal cargo, sin más autoridad que sus tropas, al General Serrano, que ya había sido regente durante la minoría de edad de la desterrada Isabel IIª. Este, además, presidió un Gobierno de concentración de monárquicos y republicanos conservadores, excluyendo de él a los a los progresistas y a los insurrectos: los republicanos federalistas (aliados con el anarquismo) y los monárquicos carlistas. Pero debió ceder la presidencia del Gobierno para encargarse de dirigir en persona la guerra contra los carlistas. En ella, la concentración artillera y la moderna fusilería llevó a la utilización de trincheras, como habían hecho los romanos, y durante algunos episodios de la Guerra de Secesión de Estados Unidos, anticipándose a la Iª Guerra Mundial. El 3 de septiembre se encargó el Gobierno a Práxedes Mateo Sagasta. Aunque Serrano aceptó la presidencia que se le encomendó por métodos golpistas, y la mantuvo con actitudes no muy diferentes a las que se imponían en Francia, lo cierto es que consiguió restablecer el orden, acabó con el cantonalismo y estaba derrotando a los carlistas. Quizás temiendo que la República se consolidase bajo el mando de éste, o incitado por las soflamas monárquicas de Cánovas del Castillo, si bien éste no era partidario de un levantamiento militar, el General Martínez Campos, el 29 de diciembre, proclamó rey, en Sagunto, al exiliado hijo de Isabel IIª, como Alfonso XIIº, que algunos consideran hijo del General Serrano, a quien aquella denominaba “el General bonito”. Sagasta no hizo nada para impedirlo. Una reforma constitucional añadió mayor democracia y unificación a la Confederación Helvética.

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