1.918, 09 de noviembre: El armisticio

Para entonces Estados Unidos tenía 300.000 soldados en Francia, en su mayor parte aclimatándose, entrenándose, visitando monumentos, confraternizando con las muchachas, desfilando por las calles, o, en todo caso, habituándose a la monótona, deprimente, vida en las trincheras. Con todo ello atraían el entusiasmo popular, e inyectaban moral en la retaguardia y en el Frente, donde esperaban que se decidieran a hacer algo útil para conseguir la victoria, directamente. Pero se lo tomaban con bastante parsimonia. Durante la IIª Guerra Mundial, sobre todo en Africa, harían lo mismo. Parecía que pretendiesen que los demás ganaran la guerra, con sólo su apoyo moral. O que se culpase a los otros de posibles derrotas. Sin embargo, cada vez se hacía más evidente que a los alemanes les faltaban las reservas necesarias para explotar el éxito, penetrar las brechas, que pudieran producirse. A cada semana era más notorio que la relación de fuerzas se desequilibraba en su perjuicio, según se iban incorporando a la zona de combate las tropas norteamericanas, o desplazaban a ella a las fuerzas a las que sustituían en otros sectores. Para julio ya eran 1.400.000 los soldados estadounidenses que ocupaban posiciones en las trincheras. En uno de los avances alemanes se encontraron, en uno de sus flancos, con una posición defendida por tales tropas. Alguna vez tenía que ocurrir. Eran tropas frescas, magníficamente provistas de medios, municionamiento, casi ilimitado, bien alimentadas, sin el hastío ni la desmoralización de la guerra en las trincheras, sin experiencia de repliegues y derrotas. Resistieron un ataque marginal y pidieron refuerzos, algo que parece que era innecesario. Quizás sus mandos desconfiasen de la falta de experiencia en combate, en ese tipo de guerra, de sus reclutas forzosos. Puede que los alemanes no quisiesen forzar a la participación activa de tales tropas, no lo considerasen una posición prioritaria o, simplemente, despreciasen o ignorasen lo ocurrido. De modo que, en su avance, las extenuadas tropas alemanas, que no habían podido romper las líneas enemigas, habían abierto las suyas. Así que, cuando llegaron tales refuerzos, el 18 de julio, percibieron una enorme brecha. En lugar de ocupar las posiciones de quienes habían solicitado su presencia, unirse a ellos o sustituirlos, decidieron penetrar por ella, que era lo mejor que podían hacer. Se inició con ello un contraataque aliado, que obligó a replegarse a los alemanes, entregando todo el territorio conquistado en los últimos meses.

Los “rusos blancos”, contrarrevolucionarios, con el apoyo de las potencias “occidentales” (no habían conseguido llevar armas a su aliado, pero sí lo consiguieron para los contrarrevolucionarios, en lugar de permitir un fortalecimiento bolchevique que exigiese la presencia de más tropas alemanas en sus fronteras y países dominados, incluso llevando la guerra a Ucrania, ya que los soviéticos no querían continuar la lucha directa con los alemanes, incumplir su firmado Tratado de Paz, pero sí podían ver justificado enfrentarse a tales tropas para recuperar dicha antigua posesión) avanzaron en todos los Frentes, consiguiendo cercar el territorio en que permanecía apresada la familia imperial, en la casa (en ruso dom, procedente del latín domus, de la que deriva dominus, domenicus, dominio y domingo, “el día del Señor”) Ipátiev, propiedad del ingeniero militar de tal apellido, cerca de Ekaterinburg (“Ciuda de Catalina”, La Grande, mezclando su nombre rusificado y el alemán que tanto admiraba s esposo, Pedro El Grande) con el objetivo propagado de liberarlos y reinstaurar el zarismo. Ante tales circunstancias sus guardianes telegrafiaron a Moscú, informando de la situación y pidiendo instrucciones. Tras reunirse los Comisarios del Pueblo, les respondieron que debían a asesinar a toda la familia imperial, acabar con la dinastía, para que no se pudiese retornar al zarismo, ni utilizarlo como símbolo contrarrevolucionario. Se les dijo a todos los prisioneros que debían bajar al sótano, donde iban a fotografiarlos, pero, en lugar de ello, desenfundaron sus pistolas y acabaron con todos, los zares, el zarevich y sus cuatro hermanas (Olga, Tatiana, María y la menor, Anastasia) el médico de la familia, el mayordomo Trupp, posiblemente alemán, la criada y el cocinero, para que no quedaran testigos, sin opción a que ninguno escapase, enterrándolos en los propios terrenos de la finca. Ante la crítica situación Lenin volvió a recurrir a Trotski, con el que nunca estaba de acuerdo en cuestiones políticas, pero que era capaz de resolver problemas insolubles, con los que, en principio no estaba de acuerdo, pero que terminaba aceptando por disciplina revolucionaria.

El nuevo Comisario para la Defensa se dedicó, en pocos meses, a crear el Ejército Rojo de la nada, a base de obreros y campesinos voluntarios, con una férrea disciplina y el convencimiento de que defendían realidades inmediatas: su familia, su tierra y la propiedad colectiva de ésta y de las fábricas. Su ardor combativo, resistencia a las penalidades, a los largos desplazamientos por las estepas a temperaturas glaciales, la disponibilidad de caballerías, la presencia ideologizada de comisarios de guerra y sus arengas, suplieron de sobra sus carencias en armamento y equipación. Los contrarrevolucionarios, en cambio, mejor pertrechados, carecían de un ideario político común, una razón que justificase sus sufrimientos y exponer sus vidas ¿Por el zar? ¿Por la reagrupación de los territorios patrios, los dominios imperialistas, en defensa del capitalismo, de la propiedad privada de tierras y las fábricas, cuando ellos estaban expropiando sus cosechas, víveres y almacenes a los campesinos, quemando pueblos y fábricas, volver a pasar hambre y desempleo como en el pasado, volver a la guerra contra Alemania, como les exigían los aliados occidentales, los que les financiaban y suministraban las armas? ¿Por la religión? Pero resultaba que, inicialmente, la Iglesia Ortodoxa había estado de acuerdo con los bolcheviques de cara a conseguir alimentos para todos y la paz. La destrucción de poblaciones enteras, las crueles represalias y contrarrepresalias, y la subdivisión entre los “rusos blancos”, sus partidas, posicionamientos ideológicos y personalismos terminarían agotando su moral de combate. Desde las trincheras de Francia habían pedido un vehículo capaz de aprovisionar agua, superando los cráteres de los impactos artilleros, y acorazado, para resistir los disparos del enemigo. Otra petición se hizo para recibir municionamiento. Y también alimentos. Y ambulancias para retirar a los heridos. O llevar tropas de refuerzo. Churchill decidió que todos esos requerimientos podían satisfacerse, de modo más económico, con un solo vehículo. Para ocultarlo a los enemigos se denominó “proyecto tank” (cuba, tanque, depósito de agua) lo que les dio completo resultado, pues no llegaron a conocerlo hasta que no se presentó en las trincheras. Como base del diseño se utilizó un tractor agrícola sobre cadenas, capaz de superar los surcos del arado en terreno enfangado.

Sobre él se colocó un habitáculo prismático, acorazado, suficientemente amplio para todos los cometidos que se precisaban. Los alemanes, ante tal amenaza, llegarían a una conclusión, un diseño, parecido. El conjunto era en exceso pesado, se requería un motor de mayor potencia, las orugas se hundían en el barro, y no podían superar los sacos terreros, el ancho de las trincheras o los cráteres de gran tamaño. Los franceses lo habrían considerado un fracaso. Pero Churchill no era francés, sino cabezota. El resultado final fue mucho mas grande, pesado, potente, de perfil trapezoidal y con orugas envolventes, integrando ruedas y motor en dicho habitáculo, para su mejor protección acorazada y obtener la máxima capacidad de superación de obstáculos, trincheras, vadeo y agarre sobre el lodo. Los primeros diseños alemanes no llegaron a tales perfeccionamientos ni colosalismo. El modelo británico, el Mark I, era tan grande, pesado y envuelto en acero que a alguien se le ocurrió decir que estaban construyendo un Acorazado de tierra. Churchill, Primer Lord del Almirantazgo, meditó sobre ello, y decidió dotar de artillería a aquel vehículo. Utilizó para ello las barbetas de 75 m/m. que se fabricaban en serie para la artillería secundaria, en las bordas, de Acorazados y Cruceros de la época, que se adosaron en ambos laterales, por delante de las puertas, entre las ruedas de apoyo y rodillos de soporte y retorno por los que giraba la cadena. Su habitual impaciencia le llevó a hacer una prueba real con los cinco primeros prototipos, un año antes. Tuvo la desgracia de que un ocurrente Capitán alemán ordenara una salida con lanzallamas, arma diseñada para desalojar las trincheras, que acabó con ellos. Los franceses lo habrían considerado un fracaso. Pero Churchill no era francés, sino cabezota. Llegó a la conclusión de que los tanques debían atacar en colaboración con la infantería -táctica que se mantendría hasta 25 años después, excepto los desafortunados experimentos soviéticos en la guerra (in)civil española- y que, como tenían amplio espacio disponible, disparasen desde su interior fusileros y ametralladores, para lo que se dotó al vehículo de una tronera alargada, como las de las casamatas. Que, como la Caballería, debía emplearse masivamente, como fuerza choque, sacando todo el provecho de la coordinación de sus movimientos.

Especificó que la mitad de los que se fabricasen debían sustituir sus dos cañones, en las barbetas a cada uno de sus costados, por ametralladoras, para la defensa a corta distancia. Esto dio origen a que los soldados llamaran “machos” y “hembras” (los franceses los denominaron tanquettes, “tanquetas”) a ambos modelos, según tuviesen o no cañones. En tales condiciones los utilizaron los británicos, masivamente, cuando tuvieron 50 de ellos fabricados, constituyendo un éxito incontrovertible. Y en Amiens, el 8 de agosto. Ludendorff lo consideró el “día negro” del ejército alemán. Sin embargo se ocultó a la opinión pública alemana, e incluso al Gobierno, tratando de evitar la desmoralización, que no se pidiese ni se iniciaran conversaciones de paz, lo que estaba ocurriendo, con la esperanza de que volviera a reorganizar el Frente y retomar la ofensiva, o que los aliados quedasen agotados antes, pidiendo ellos el armisticio, de forma que, tras cuatro meses de continuada propaganda victoriosa, sumado a las campañas contra los rusos y el triunfalismo exhibido a costa del Tratado de Paz firmado con ellos y con Ucrania, la población estaba convencida de que, a pesar de que habían dejado de recibir tales noticias, París estaba próxima a caer en sus manos, a derrumbarse la resistencia de los aliados occidentales y, con ello, a terminar la guerra con otra clamorosa victoria. El Consejo Nacional checo, en París, se unió al Entente como Gobierno aliado beligerante. Desde Salónica, el primer ataque aliado rompió el Frente búlgaro. El 29 de septiembre, Bulgaria se rendía. Ludendorff, en lugar de haber informado que la ofensiva planteada entraba en agotamiento, y que había que aprovechar las últimas fuerzas en avance para firmar una paz ventajosa, comunicó al Gobierno, tardíamente, que debía llegar a un armisticio inmediato, porque el ejército alemán en el Frente occidental se desmoronaba. Los sorprendidos políticos respondieron que no se podía negociar atropelladamente, porque eso supondría reconocer la derrota, y las condiciones podrían ser calamitosas. Ante una situación tan irresoluble, el canciller von Hertling, bien por cobardía, incapacidad para encontrar una alternativa, o por no considerarse la persona adecuada para iniciar tales conversaciones de paz o creer que sería humillante y catastrófico su resultado, decidió presentar su dimisión el 30 de septiembre.

El kaiser lo sustituyó por el príncipe liberal Maximilian von Baden, hijo de una sobrina de Alejandro IIº, biznieto de Eugenio de Beauharnais, que era hijo adoptivo de Napoleón Iº, por lo que era primo de Napoleón IIIº, y estaba casado con Mª Luisa de Hannover y Cumberland, princesa real británica. Era miembro destacado de la Asociación de Jóvenes Cristianos y General de División. Por su ideología liberal se opuso públicamente a las decisiones de Hindenburg y Ludendorff, aunque también a la reanudación de las restricciones a la guerra submarina. Así que se retiró del ejército y ejerció como presidente de honor de la sección de Baden de la Cruz Roja alemana. Ahora Ludendorff, que acabaría apoyando a Hitler, proponía un sistema parlamentario que limitase las prerrogativas del kaiser a meramente ceremoniales. Max von Baden constituyó un Gobierno en el que, por primera vez, se integraron dos socialdemócratas, con categoría de Secretarios de Estado. Aquella misma madrugada del 3 de octubre se dirigió al Presidente Wilson, que había hecho propaganda de una paz justa, proponiéndole negociaciones en los términos que antes éste había expuesto, que habían asumido los socialdemócratas y que el Parlamento Imperial había rechazado: una paz sin vencedores ni vencidos, con devolución de los terrenos conquistados y sin indemnizaciones de guerra. Pero ya era tarde, la derrota era evidente, y Wilson no mostró ninguna prisa en iniciar unas negociaciones formales, a sabiendas de que cada día la línea del Frente se aproximaba más a la frontera alemana, y que la ofensiva aliada era imparable. Con ello trataba de acabar con cualquier soberbia de los alemanes. Pero, sin darse cuenta, estaba torpedeando su propio criterio de los “catorce puntos” para una paz justa, de buena voluntad y sobre unas bases democráticas. Para entonces Estados Unidos tenía 1.700.000 efectivos en Europa. El 4 de octubre el zar Fernando Iº de Bulgaria abdicó en su hijo, Boris IIIº, que se encontró con la necesidad de defender la monarquía frente a los intentos republicanos. Nombró Jefe de Gobierno a Aleksandur Stambulijski (¿De Estambul?) que, falto de apoyos, llegó incluso a coaligarse con el Partido Comunista búlgaro. El 23 de octubre, los italianos, junto con efectivos franco-británicos, con superioridad numérica, iniciaron la ofensiva cerca de la ciudad de Vittorio Veneto, llegando aquel día hasta Trento. Allí fueron frenados por las trincheras y artillería pesada austríaca.

A los italianos se les ocurrió bombardear por encima de las trincheras de los austro-húngaros, originando aludes de hielo y nieve que las sepultaban. Durante la batalla del Ebro los franquistas reprodujeron tal táctica, disparando contra los farallones de piedra. Alemania terminó solicitando formalmente un armisticio. Pero entonces la respuesta fue que sólo se admitiría la rendición incondicional: habían desperdiciado todas sus oportunidades. Ludendorff dimitió y huyó a Suecia, escenificando su oposición a ello: se trataba de una estrategia de hacer recaer toda la responsabilidad en los políticos, la tesis de “la puñalada por la espalda”, salvando los militares la suya. Los nacional-socialistas sacarían todo el provecho de ello. Turquía había llegado a la extenuación. Mejmet VIº sustituyó a su hermano Mejmet Vº. Los británicos, guarnecidos por los beduinos saudíes, al mando del Coronel Lawrence “de Arabia”, finalmente habían conquistado Palestina, Siria y Mesopotamia, tras lo cual, el 30 de octubre, ante la imposibilidad de detener su avance, Turquía aceptó la rendición incondicional mediante el armisticio de Mudros. El ascendente nacionalismo germano-austríaco había exasperado a los húngaros, que se veían desmerecidos, postergados, nuevamente. Cuando conocieron las propuestas de Wilson de basar el reparto de una nueva Europa en el concepto de nacionalidades, creyeron llegada su oportunidad. Para calmarlos, el emperador Carlos Iº, que había sucedido al difunto Francisco José, había nombrado Primer Ministro al nacionalista húngaro Mihàly Kàrolyi. Disconformes con volver a ser gobernados por un húngaro, los diputados austríacos del Parlamento imperial proclamaron la independencia de Austria. El 31 de octubre Kàrolyi reaccionó proclamando la República de Hungría. En Italia, el 1 de noviembre, el General Graziani con su Duodécimo Ejército, que poseía carros de combate, rompió en dos el Frente. Un tercer ataque, desde el Sur, tratando de explotar el éxito, obligó a los austro-húngaros a replegarse detrás de sus fronteras. Los alemanes carecían de tropas disponibles para apoyarles o consolidar tal Frente, por lo que el reino de la doble corona entró en estado de descomposición. Los contactos habidos con Wilson hicieron ver que Estados Unidos no admitiría la pervivencia del imperio alemán.

Al Alto Mando de la Armada alemana se le informó que los aliados occidentales, entre las condiciones de rendición, exigían la entrega de toda su Marina de guerra. En lugar de ello, los que habían mantenido durante toda la guerra a las unidades de superficie en una actitud pasiva, excepto las batallas de las islas Malvinas, Jutlandia y poco más, casi siempre más fruto de la casualidad, de añagazas o iniciativas británicas que de acciones ofensivas planificadas por los alemanes, se negaron a hacerlo, preparando una última, estéril y suicida acción, cuando ya era inútil para el resultado final, con objeto de que se hundiese todos sus buques de guerra, de modo heroico, antes que entregarlos. Cuando fueron evidentes los aprovisionamientos y preparativos de la Flota alemana concentrada en el puerto de Kiel se constituyó un soviet de marineros, que se rebeló el día 4, lo que se conoce como Revolución de Noviembre, contra dicha idea y sus mandos. Se aprisionó a los marineros embarcados insurrectos. Los de tierra, junto con los infantes de marina y los trabajadores de los astilleros se manifestaron en contra de que se les juzgase. Los Oficiales dispararon contra ellos, causando nueve muertes. Los manifestantes respondieron al fuego, apresaron a los mandos que habían enviado en su contra, liberaron a la marinería y se hicieron cargo de los buques y los edificios civiles y militares de la ciudad. Se envió al ejército contra ellos, pero éste se sumó a la rebelión, acumulando 40.000 soldados, infantes de marina y marineros a los cientos de miles de trabajadores que, hastiados de las jornadas de 12 horas, con sueldo mínimo y sin recibir suficiente comida, que había impuesto la dictadura militar que dirigía Alemania, secundaban las repetidas huelgas generales, siguiendo la estrategia de Roza Luksemburg, desde primeros de año. Todo el esfuerzo que los militares habían hecho en estimular la revolución rusa ahora caía sobre sus cabezas. Se envió a un diputado socialdemócrata para que acabase con la insurrección de Kiel, y lo consiguió a cambio de aceptar de ésta el cargo de “Gobernador” de dicha ciudad y de su soviet o Consejo. Sin embargo la constitución de soviets o Consejos ya se había extendido por todas las ciudades alemanas. Ahora era Estados Unidos el que urgía la rendición, puesto que la penetración de sus aliados en la frontera alemana haría muy difícil controlar la exigencia de indemnizaciones, compensaciones y anexiones.

Posiblemente ya tenía conocimiento de las desbocadas e inamovibles pretensiones de éstos. Finalmente, el 5 de noviembre los aliados occidentales aceptaron las condiciones de armisticio alemán. Las exigencias externas de democratización de Alemania radicalizaron aún más a los socialistas, lo que tendría su repercusión en el derrotero del proceso constituyente iniciado. Todos los partidos políticos y los militares alemanes interpretaron la nota sobre la democracia de Wilson en el sentido de que el emperador debía dimitir, como requisito para negociar el alto el fuego, aunque la intención de su redactado sólo había sido que los militares cediesen el poder. El socialdemócrata Philipp Scheidemann, el primero que se había integrado en un Gobierno alemán, constituido por el canciller Baden para cumplir las exigencias de Wilson -y, según las tesis de Ludendorff, “comerse la sopa (es decir, someterse a las condiciones de rendición, que los militares consideraban inaceptables ¿tenían alguna alternativa?) que ellos mismos habían preparado”, revolviendo en un todo único a izquierdistas y revisionistas, avanzando hacia la tesis de “la puñalada por la espalda”- concluyó que era imprescindible la proclamación inmediata de la república para evitar la insurrección revolucionaria. El 6 de noviembre, Ebert, portavoz parlamentario del Partido Socialdemócrata Alemán, exigió la abdicación del emperador, que concluía imprescindible para acabar con la revolución, aunque su intención era preservar la monarquía, asumiendo un cambio dinástico, si fuese necesario. El 7 de noviembre, el soviet de trabajadores y soldados de Munich proclamó la República (Soviética o de los Consejos) de Baviera, la primera de Alemania. El fantasma de que se reprodujese el proceso ruso recorrió a burgueses y revisionistas. El 8 de noviembre comenzaron las negociaciones del armisticio en el bosque de Compiègne, en Francia, cerca de la frontera. Estados Unidos comprendió que había perdido el control, que ya no era necesaria su presencia para ganar la guerra, después de haber contribuido a ella en gran medida, aunque con pocos esfuerzos militares, si bien con un gran, y también poco esforzado, apoyo económico y de tropas, por lo que sus condiciones serían ignoradas. Y ya de nada servía amenazar con retirar sus tropas, puesto que la victoria la tenían sus aliados al alcance de la mano.

Para el día 9, el Partido Socialdemócrata Independiente había convocado una manifestación en Berlín, durante la cual proclamaría la huelga general. Para impedirlo enviaron al ejército. Aquella mañana se repartieron granadas de mano a los soldados para que las arrojasen contra las multitudes. Estos organizaron un comité y pidieron al Partido Socialdemócrata que se aclarase la situación. Ebert, contactando con unos y otros, consiguió el control sobre los militares de Berlín, para que confiasen en el Partido Socialdemócrata. Los socialdemócratas independientes consiguieron 100.000 manifestantes, que liberaron a los prisioneros, entre ellos a Liebknecht y a Roza Luksemburg, quien durante su encarcelamiento había escrito contra la revolución bolchevique, manteniendo que la libertad, el derecho a la disidencia y el poder obrero estaban por encima de cualquier tentación dictatorial y coyuntural triunfo revolucionario. Guillermo IIº, que había sobrevivido a la terrible epidemia de gripe de ese año, gripe española para los franceses, asiática para el resto del mundo, estaba en la ciudad belga de Spa, en el Cuartel General del Ejército Imperial, en la invadida Bélgica. Desde mediados de año él y su consejo asesor comprendieron que la guerra no podía ganarse, que era sólo cuestión de tiempo que los estadounidenses tomaran una participación activa para que sobrepasasen a las tropas alemanas. Concluyeron que, en tales circunstancias, era absurdo exigir más sacrificios, más muertes, sin ninguna posibilidad de victoria. Pero no pudieron convencer ni a los militares ni al Gobierno civil. Los primeros aún pensaban que una última ofensiva podía llevar al colapso, a la revolución, a los franceses, como había ocurrido en Rusia. No comprendían la diferente situación en uno y otro país, en uno y otro Frente. Pero que, en todo caso, la mejor forma de comenzar unas negociaciones de paz era alcanzar el culmen de una campaña triunfante. El Gobierno sólo conocía lo que los militares le informaban, y esperaban que fuesen sus enemigos quienes pidiesen negociar. La insurrección de la Marina Imperial en Wilhelmshaven le afectó profundamente. Aunque fue sofocada se trasladaron un millar de marineros que la habían secundado a Kiel, para ser juzgados. En teoría la única sentencia posible debía ser la pena de muerte.

Así que el resto de marineros que debían tomar parte en aquella acción suicida contra la Marina de Guerra británica en el Canal de la Mancha comprendieron que su intento había sido en beneficio de todos, se insubordinaron también, y todo Kiel, y toda Alemania, entraron en proceso revolucionario. Obsérvese la similitud con la insurrección del Príncipe Potemkin, aunque las circunstancias históricas, trece años antes, eran muy diferentes. El kaiser contaba con la firma del armisticio para revolver a los soldados contra los revolucionarios, como ya habían intentado los reaccionarios rusos. Incluso que, aunque tuviese que abandonar la corona imperial, siempre le quedaría el reino de Prusia. Pero le llegaron noticias de que las tropas habían comenzado a desobedecer las órdenes, incluso en su propia guardia personal. Sin embargo seguía sin decidirse. Le tomó la delantera su Canciller, quien anunció que éste había abdicado y que se nombraría un regente. Tal vez se basara en una información falsa, tendenciosa, del Alto Mando militar, puesto que, efectivamente, el propio aristócrata, monárquico, conservador, autoritario, militarista, von Hindenburg, le había aconsejado al emperador en tal sentido. Sin embargo el propio von Baden se vio obligado a dimitir horas más tarde: quedaba claro que sólo los socialdemócratras, encabezados por Ebert, podían hacerse cargo de la situación y traicionar, engañar y reprimir a los revolucionarios. De modo que Guillermo IIº partió en su tren imperial, se dirigió al lugar de las negociaciones, asumió toda la responsabilidad de firmar el armisticio (de forma que los militares se libraban, por primera vez, igual que ocurriría en las siguientes ocasiones que se iban a presentar, de aceptar sus responsabilidades y las tremendas consecuencias de todo lo que exigían las potencias vencedoras) dejó su vagón privado, que se convertiría en monumento triunfal por los franceses -hasta que Hitler lo recuperó- y pidió asilo a Holanda, cuya neutralidad, en contra de los análisis estratégicos, él había respetado, y que fue una de las causas de su derrota. Ebert exigió ahora el puesto de Canciller como condición para acabar con los revolucionarios. Liebknecht se dirigió a Berlín para proclamar la República Soviética de Alemania. Una manifestación se había congregado ante el Parlamento.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s