1.777: La confederación de los Estados Unidos de América

En cuanto comenzó la guerra contó con el apoyo del marqués de La Fayette, enviado por Francia como asesor militar, para debilitar y vengarse de las derrotas sufridas respecto de Gran Bretaña, entonces enemigo común. Se puso voluntariamente a las órdenes de Washington. Así como el antiguo Oficial prusiano von Steuben. Obtuvieron victorias iniciales, conquistando fortalezas británicas y derrotando a tropas pro-gubernamentales coloniales americanas (leales, o loyalists) en las que lucharon 50.000 colonos. Desde Boston y la colonia de Nueva de York, rodeando Vermont, atacaron Québec: una prueba más de sus pretensiones de independizar, aglutinar, todas las colonias americanas. Una Flota británica desembarcó en Boston, lo que obligó a los independentistas a regresar, por la colonia de Nueva York. Los rebeldes se atrincheraron en Bunker Hill, que da nombre a esta batalla, desde cuya altura amenazaban Boston. Sin embargo, la mayor parte de la acción se desarrolló en la cercana colina Breed, o Breed’s Hill. Tropas británicas muy superiores necesitaron tres asaltos para conquistar la colina, cuando los separatistas se habían quedado sin municiones, y la mayoría de sus fusiles carecían de bayoneta, por lo que tuvieron que luchar con cuchillos de caza, mientras los Oficiales británicos utilizaban espadas. Esta primera gran batalla costó a los británicos el doble de bajas que a los independentistas, y, además, la de Oficiales fue desproporcionadamente alta, lo cual supone un coste suplementario para mantener una ofensiva. Hasta un quíntuplo de bajas se considera aceptable en el ataque a posiciones fortificadas. Sin embargo no dejaba de ser una victoria pírrica. Efectivamente, un General británico, imitando a Pirro, afirmó que, con unas cuantas victorias como esa habrían perdido los dominios americanos. No obstante, si se cuentan sólo las muertes, algo que no acostumbran a hacer los historiadores, especialmente los estadounidenses, la situación fue mucho más pareja: 226 frente a 160 (20 de los cuales murieron después de ser capturados) y sólo 10 prisioneros. La mayor parte de las bajas independentistas se produjeron durante la retirada: otro dato que también hay que tener en consideración para evaluar las consecuencias reales de la batalla, especialmente respecto de la moral de los contrincantes.

Además, las tropas británicas quedaron tan agotadas que no pudieron continuar la persecución. El mando británico informó a la metrópoli que se necesitaba un gran ejército para obtener la victoria, llegando a “alquilar tropas extranjeras” si fuese necesario. La consecuencia fue que el alto mando fue destituido. Pero, al poco tiempo, al aumentar los contingentes británicos y pro-gubernamentales, la ofensiva separatista se estancó, llegando a producirse retrocesos. Se originaron problemas de coordinación y de abastecimiento, insubordinaciones, traiciones y deserciones. Jorge IIIº proclamó traidores y criminales a todos los políticos independentistas, lo que hizo titubear a muchos de los miembros del autodenominado congreso, que sólo conseguían escasa recaudación económica para su causa. Hay que tener en cuenta que, en un principio, los independentistas eran minoría. Cuando las tropas “leales” “reconquistaban” una población, reprimían cruelmente a los que habían colaborado con los insurrectos. Esto produjo una sensación de injusticia, y les hizo comenzar a perder apoyos. Posteriormente, al ser “reconquistadas” las poblaciones por los independentistas, se producían las represiones contrarias. Para la opinión pública tal venganza estaba justificada. Pero las tropas británicas no podían permanecer en las poblaciones, sino que debían continuar persiguiendo a los rebeldes. En cambio éstos volvían, una y otra vez, vivían allí, de modo que sus represalias eran mucho más seguras, predecibles. Así que la inmensa mayoría de la población fue pasando de la “lealtad” a la neutralidad, a no implicarse en una guerra que le podía significar costos, personales, familiares y hacendísticos. Posteriormente los aristócratas decidieron abandonar sus posesiones, acompañar al ejército británico, que los defendía, o volver a Gran Bretaña, contando con que la victoria les permitiría regresar a sus posesiones. Así que éstas fueron repartidas entre los colonos. Se reproducía así la misma situación que durante las guerras religiosas que habían asolado Europa durante siglo y medio y que se iba a repetir durante la Revolución Francesa. A partir de entonces, de la huida de los terratenientes “leales” y del reparto de sus bienes, la población fue haciéndose mayoritariamente independentista, en vista de que había riquezas que ganar.

Tuvo gran importancia en todo ello los llamados “hombres del minuto” (Minuteman, nombre que casi dos siglos después se aplicaría a un cohete balístico intercontinental lanzable desde submarinos, qe, al utilizar combustible sólido, estaba siempre disponible para su disparo, al contrario que el Polaris y modelos anteriores) que se comprometían a presentarse en la plaza del pueblo en menos de un minuto desde que tocase la campana de la Iglesia alertando de la presencia de tropas británicas o pro-británicas, con un caballo, un fusil, pólvora, munición y un cuchillo de caza. Así podían continuar sus cultivos y defender sus poblados de la mayor parte de las escaramuzas, mientras que las tropas británicas constituían un enorme coste económico, para la metrópoli y para las zonas en las que fuesen reclutados, que se quedaban sin mano de obra, o tuviesen que alimentarlos. Además las represalias británicas se fueron haciendo cada vez más improbables, difíciles, y las independentistas más seguras. Fue elegido Papa Pío VIº, que se caracterizaría por su oposición a la Revolución Francesa.

Mediante una hábil diplomacia el emperador alemán obtuvo la Bucovina del imperio otomano. El levantamiento del Loto Blanco se extendió por Junan. Llegaría a implicar a seis provincias. Los manchúes se equivocaron al interpretarlo como separatista, nacionalista o contrario a su dominio. En realidad no sólo se dirigían contra el Gobierno, sino también contra el funcionariado despótico y corrupto, y todos los poderosos, de la ciudad y del campo. A pesar de la extrema represión, los rebeldes consiguieron resistir durante 28 años. En 1.776, las colonias inglesas norteamericanas que se habían decidido por la independencia sumaban millón y medio de habitantes, con un nivel de bienestar material moderado, al que, poco a poco, se añadió cierta vida cultural. Thomas Paine, un ilustrado radical inglés que había debido huir a las colonias americanas, publicó un folleto titulado “Sentido Común”, en el que atacaba al rey y defendía el separatismo. Se repartieron miles de ejemplares de él. Decía que ninguna nación que dependiese del exterior, sufriera restricciones a su comercio y se encontrase coartada en su poder legislativo podría alcanzar un nivel elevado. Pedía el levantamiento de todos contra la tiranía, porque la libertad estaba siendo acosada en todo el mundo. Pero ¿cuándo antes el mundo había sido más libre que entonces? Por último llamaba a recibir a todos los fugitivos y ser refugio para todo el género humano ¡Cuánto ha cambiado América desde entonces! Resulta significativo el reiterado invocar a la nación, considerando como tal a las 13 colonias norteamericanas británicas, la división de poderes, el parlamentarismo y el liberalismo económico, comercial. Todos estos acontecimientos produjeron divisiones entre conservadores (tories) y radicales (whigs) que fueron ganando influencia en las asambleas provinciales y coloniales.

Este hecho, junto con la decidida intervención de Francia y España, arrastrada ésta por el Pacto de Familia de 15 años antes -nuevamente la cortedad de miras de los ilustrados los llevaba a colaborar en su propia destrucción, puesto que los británicos podían hacer lo mismo con sus colonias, estimuladas por lo que ocurría en las del Reino Unido; ya el conde de Aranda consideró que Carlos IIIº y Floridablanca cometían un grave error- a favor de los independentistas, en contra de Gran Bretaña, llevó a Richard Henry Lee, representante de Virginia, a proponer un comité que redactara la declaración de independencia. El “congreso continental” lo aprobó, confiando la presidencia de dicho comité a Thomas Jefferson, representante de Virginia y descendiente de una aristocrática familia de grandes terratenientes de plantaciones tabaqueras. De inmediato comenzaron las discrepancias sobre cómo debía denominarse la entidad política resultante, si debía ser una confederación, como Suiza, una federación, como Holanda, un único Estado, aunque descentralizado, como Gran Bretaña, o fuertemente centralizado, como Francia, lo que conferiría mayor poder. El hecho de que los respectivos representantes tuviesen gran predicamento en sus respectivos territorios, y que temieran ver diluirse su poder en órganos unitarios decantaba a la mayoría por la máxima descentralización, e incluso independencia, de cada colonia. Zanjando tales disputas, para que el debate no se prolongara, Jefferson tomó la responsabilidad de redactar, casi en solitario, la Unánime Declaración (se omitía la palabra independencia, posiblemente pretendiendo que la ambigüedad sumara simpatizantes y apoyos) de los Trece (dicho numeral aludía a las colonias británicas, sin nombrarlas, al tiempo de dejar las puertas abiertas a futuras ampliaciones; tal vez pensaran en las colonias iberoamericanas o francesas) Estados Unidos (nueva ambigüedad que dejaba indecisa la configuración como confederación o federación, con todas las consecuencias que conllevaría para cien años después; aunque se desechaba un Estado único y unitarista) de América. La ausencia de la palabra Norte y el término continental parece otra reiterada referencia al deseo de incorporar también a las colonias iberoamericanas y francesas.

El 4 de julio, menos de un mes después del nombramiento de dicho comité, aunque, en realidad, fue una propuesta casi personal, individual, las diversas colonias, con la abstención de Nueva York, aprobaron el texto. Entre una retahíla de (27) quejas respecto del mal trato que consideraban recibido por la metrópoli, se exponían una serie de razones generales para la independencia ante la opinión pública universal, de la que, indudablemente, pretendían su apoyo, invocando el “derecho natural racional”. Así, no puede ser más clarificador que se indicara “Consideramos evidentes en sí mismas las siguientes verdades: todos los hombres son iguales por naturaleza. El Creador (no Dios, lo que puede ser una concesión a los masones) los ha dotado de ciertos derechos inalienables. Entre ellos está el derecho a la vida, la libertad y la aspiración a la felicidad. Para garantizar estos derechos (los) gobiernos obtienen (…) su poder del consentimiento de los gobernados (y) cada vez que (…) compromete estos objetivos el pueblo tiene derecho a cambiar(…) o proscribir(…dichas formas de gobierno) y de instituir un nuevo régimen”. Una referencia a las teorías del contrato social y de la soberanía popular, y las extendidas críticas al Antiguo Régimen. Enciclopedismo en estado puro. “(…) cuando una larga cadena de abusos e insolencias intenta someter al pueblo a un despotismo absoluto, los gobernados tienen el deber de eliminar el régimen en cuestión (…) para salvaguardar la propia seguridad (…) La historia del actual soberano de Gran Bretaña está llena de constantes agravios e insolencias, que (…) tienden a instaurar una tiranía en estos estados. Nos proponemos demostrarlo y someter los hechos a un mundo imparcial”. Es decir, planteaban una especie de enjuiciamiento, una causa universal contra el monarca británico. “Ha disuelto una y otra vez las cámaras de diputados (…) se ha resistido durante mucho tiempo a convocar nuevas elecciones, con lo cual el poder legislativo, que no puede suprimirse, ha vuelto a las manos del pueblo (…)” Nueva referencia a la teoría de la soberanía residente en los representantes populares.

“Finalmente se ha conjurado (…) para imponernos un orden judicial (…) en contradicción con nuestras estructuras y que nuestras leyes no admiten. En consecuencia, nosotros, los representantes reunidos en el congreso general de los Estados Unidos de América declaramos solemnemente (…) que éstas colonias (…) deben ser(…) por derecho (…) estados libres e independientes (…)” Se le cambia el nombre al “congreso continental”, se omite el número 13, y se concretan los agravios respecto de Gran Bretaña: posiblemente ya se considerase que no iba a haber una insurrección continental, aunque dejaban la puerta abierta a nuevas incorporaciones ¿Canadá, por ejemplo? y que, para derrotar al Reino Unido, necesitaban la ayuda de Francia y España, que tan contradictoriamente con sus intereses futuros estaban colaborando al fin del colonialismo y del imperialismo… europeo, por lo que era necesario no enfadarlas, no asustarlas, no cuestionar, por el momento, sus propios imperios y colonias. El General sir William Howes, con sus tropas profesionales británicas, conquistó Nueva York. El congreso se trasladó de Filadelfia a Baltimore. Más grave fue la derrota que Howes infringió a los estadounidenses en Germantown. Watt perfeccionó su máquina con un sistema de recuperación del vapor, con doble cilindro de doble efecto, expansivo-impulsivo. Wilkes se hizo cargo de las exigencias de reformas, proponiendo cambios en la Ley Electoral que aumentasen los escaños de Londres y las ciudades industrializadas, densamente pobladas, que habían recibido la migración propia de los cambios socioeconómicos producidos, así como la eliminación de los núcleos de corrupción. En todo ello se observa la influencia de los escritos radicales americanos: el Nuevo Continente tomaba el relevo, el impulso, del enciclopedismo, más radical y revolucionario. En un viaje de ida y vuelta, ahora América comenzaba a influir, a marcar directrices a Europa. Todas estas peticiones hoy nos parecen lógicas, pero las Cortes medievales no estaban basadas en la proporcionalidad, sino que representaban a las familias aristocráticas, los condados y poblaciones, no en base a su importancia numérica, demográfica o económica, sino en virtud de la categoría, del rango, de los títulos concedidos por la gracia del rey.

Tanto es así que tales propuestas no sólo fueron rechazadas, sino incluso olvidadas, relegadas por las más perentorias reformas financieras, acuciantes por los esfuerzos bélicos que la guerra americana precisaba. De tal forma que el patrocinio real en la provisión de cargos, fuente de corrupción, pero también de “recaudación” extraordinaria, volvió a imponerse. Lógico, dado el incrementado poder de la aristocracia, a lo que la revolución estadounidense colaboró, haciendo ver los peligros del cuestionamiento de las tradiciones políticas. Murió David Hume, cuyo “Tratado sobre la naturaleza humana”, que, indudablemente, parte del “Ensayo sobre el entendimiento humano” de Locke, aporta innovadoras perspectivas. Concibe la naturaleza humana, así como las percepciones y representaciones internas, como objeto de análisis y estudio científico. Y, basándose en la visión empirista, también cree que la única forma de encararlo es a partir de la experiencia. Con ello se anticipa a la posibilidad de la aproximación científica a la psicología. Por tal motivo opina que el conocimiento humano sólo puede limitarse al mundo sensible, perceptible: no puede ser objeto de la ciencia lo que no es observable, experimentable. Con lo que niega validez científica a la Metafísica, dejando en entredicho al cartesianismo, en tal aspecto. Reduce, por tanto, a especulaciones, la creencia en cualquier sustancia permanente. Así concluye que lo que llamamos alma no es más que la unión, en nuestra fantasía, de un conjunto de impresiones y percepciones. Pero llega más lejos aún: en una época en que la argumentación y formulación matemática se habían consolidado como la auténtica “demostración” del “cientifismo” de las Leyes físicas y de la naturaleza, cuestiona la capacidad humana para extraer carácter eterno (inferencia) a nuestra limitada experiencia temporal. De modo que considera todas dichas leyes, y todas las ciencias, como meras proposiciones probabilísticas, rechazando que se pueda otorgar al comportamiento de la naturaleza un valor absoluto e inmutable. Con ello se está anticipando a las visiones evolucionistas, relativistas, cuantitativistas o cuánticas de las ciencias. Considera que puede existir lo contrario a cualquier materia, no viendo en ello contradicción. Es decir: la antimateria o antipartículas.

Y que son impropias las conjeturas sobre la causalidad: mientras no pueda demostrarse empíricamente la necesidad de unión de dos fenómenos que se suceden con regularidad, no se puede inferir que uno sea causa y otro efecto, que éste se repetirá después, siempre, a partir de la constatación del primero, sino que son, simplemente, asociaciones de ideas, psicológicas, de percepciones, duraderas y reiteradas, que experimentamos contiguas en el espacio y el tiempo, y que transferimos a una creencia habitual de conexión. Defiende la ética del sentimiento. Es decir, que la bondad o maldad de un acto está marcada, en última instancia, por un sentimiento interno, que la naturaleza ha hecho universal a toda la especie humana. De alguna forma, con ello, cuestiona el “derecho natural” o incluso el “orden natural”. Con todo lo cual, a través del tradicional empirismo insular británico, traspasa el racionalismo continental, anticipándose al positivismo, al positivismo científico, al neopositivismo lógico, e incluso al materialismo, al materialismo dialéctico, al socialismo científico o análisis marxista. Murió el rey de Portugal, José Iº. La primera decisión del nuevo monarca fue destituir al marqués de Pombal. No obstante, sus reformas se mantuvieron hasta la invasión napoleónica de su país, desde España, estúpidamente apoyada por Carlos IVº, su esposa y Godoy, el amante de ésta, con la intención de compartir ambos imperios con el valido y los franceses, en detrimento de las dos dinastías. En Francia se fundó la entidad financiera Caisse d’Escompte. El dubitativo Luis XVIº no se atrevió a apoyar con decisión a Turgot, que tantas y tan progresistas reformas había promovido en sólo dos años. Así que consiguieron derribarlo. Era un mal precedente. Como explicaría Pareto siglo y medio después, la negativa a aceptar reformas llevaría a la revolución. Por si fuera poco, desatendiendo los consejos de Turgot, ponerse del lado de las trece colonias rebeldes norteamericanas, intentando vengarse de las pérdidas anteriores, suponía incrementar los gastos. Posteriormente, para ocupar el cargo de Controlador General de Finanzas, se llamaría a Jacques Necker, un banquero de Ginebra.

Quizás para justificar la difícil situación, para convencer a todos de que era preciso aumentar y distribuir los esfuerzos, no se le ocurrió otra cosa que poner en conocimiento público la realidad del Estado, algo muy democrático. Criticó los elevados gastos de la Corte e insistió en la reforma fiscal, que debía llegar hasta la imposición tributaria a los privilegiados. Las protestas de los demás Ministros y muchos cortesanos consiguieron que fuese sustituido por Charles Alexander de Calonne. Durante la Ilustración se descubrió la presencia de nitrógeno en el aire y numerosos metales, que consiguieron aislarse. A partir de ello se comenzó a descubrir las leyes de combinación de elementos para producir compuestos químicos. Antoine-Laurent Lavoisier había estudiado la relación del aire atmosférico con la oxidación. Descubrió que el azufre y el fósforo, al arder, consumen aire, y que los metales, al calcinarse, lo fijan. Así que sustituyó la teoría alemana del flogisto (sustancia hipotética que formaba parte de toda la materia inflamable, que, al desprenderse, como si fuese el alma de los seres vivos, producía llamas) de cien años antes, por la implicación del oxígeno en las reacciones de oxidación. En Ingolsttadt, en la católica Baviera, se fundó la orden de los Iluminados, sociedad secreta que defendía una sociedad secularizada. En Austria se instituyó el denominado código teresiano, que separó la Justicia del resto de la administración pública, abolió la tortura y creó un Tribunal Supremo: un verdadero avance respecto de la igualdad de los ciudadanos ante la Ley. Se fomentó la enseñanza primaria y se reformó la economía. Se fundaron la primera clínica y escuela vienesa de medicina. Siguiendo las doctrinas de Antonio Genovesi, que había introducido en Italia la filosofía de Locke, el reino de Dos Sicilias dejó de pagar al Papa los tributos tradicionales de vasallaje. Los trashumantes fulbé formaron distintos Estados: Futa Dyalon en Guinea, Macina en Mali o Liptako en Burkina Faso. Bajo la dirección de Almamy (“El señor de la oración”, derivado del árabe al Iman) Abd el Kader Torodo, los tekrures (fulbé) mahometanos conquistaron el reino de Tekrur, en Senegal, le cambiaron el nombre por Futa Toro, y sustituyeron a la dinastía Denianke de los koli Tenyela, que se mantenía en el poder desde hacía dos siglos y medio.

Un cuerpo expedicionario francés obtuvo la victoria de White Plains, al Norte de Nueva York. Avanzando en sentido contrario, desde la que se denominaría Washington, los rebeldes obtuvieron la victoria de Trenton, al Este de Filadelfia. Se creó el Virreinato de la Plata, agrupando las audiencias de Charcas y Buenos Aires. Hasta entonces, sobre todo hasta la autorización para el tráfico ultramarino al puerto bonaerense, los comerciantes limeños ostentaban el monopolio mercantil sobre toda la Sudamérica española. Ahora ambos virreinatos comenzaban la disputa por dicho mercado. En el recién constituido, carente de raigambre funcionarial, de residentes aristocráticos, desde su origen tuvo el predominio la burguesía comercial. Durante los tres siglos de dominación hispanoportuguesa, Iberoamérica aportó el 80% de la producción mundial de metales preciosos. En 1.777, el principal ejército estadounidense se había quedado sin municiones, sin suministros, sin dinero y sin moral. Parecía en vías de disolución. Washington tomó la acertada determinación de retirarse a Valley Forge, en Pennsylvania. Eso suponía enfrentarse a continuadas y prolongadas deserciones y renunciar a cualquier ofensiva, conceder la iniciativa estratégica a los británicos, que podían reponer y aglutinar fuerzas y concentrarlas en acabar con la resistencia, escogiendo la zona y el momento para atacar. Pero, al menos, se continuaba con la antorcha de la independencia, que nuevas derrotas podían haber extinguido. Washington consiguió sorprender y derrotar a tropas británicas en Princeton. El General sir John Burgoyne, al mando de al menos 5.700 británicos, más tropas auxiliares canadienses, progubernamentales de los territorios declarados (por una minoría que se proclamaban representantes) independientes, además de tribus indias aliadas, intentó llegar al curso superior del Hudson, en Pennsylvania, desde Fuerte Niágara, estrechando el cerco a los rebeldes. El uso de aliados indios, como ya había ocurrido en la Guerra de los Siete Años, Guerra Franco-India para los estadounidenses, por parte de los franceses, enfureció a los independentistas. Sólo los salvajes podían emplear salvajes contra ellos. La guerra tomaba un derrotero cruel, bestial, tanto en los campos de batalla como en las represalias a los ciudadanos que se habían decantado hacia un lado u otro, cada vez que una población cambiaba de manos. Si en un principio sólo una minoría era independentista frente a un mayor número de los pro-gubernamentales, se fue propagando el odio hacia éstos, y los independentistas fueron haciéndose mayoritarios. Burgoyne fue derrotado y debió capitular en Saratoga.

Para Francia fue la demostración de que Gran Bretaña podía ser derrotada, y que sería ventajoso entrar en guerra abiertamente contra ella. A propuesta del terrateniente tabaquero y abogado cuáquero John Dickinson -que había defendido la resolución pacífica de los conflictos con el rey Jorge IIIº, y, contradictoriamente, escribió la “Declaración de las causas y necesidad de tomar las armas” sobre un borrador de Jefferson, y “Petición de la rama de olivo”, último intento de evitar la guerra, que firmaría la Constitución de Estados Unidos y acabaría integrándose en el Partido Demócrata-Republicano- para coordinar los Trece Estados que se habían declarado independientes, se establecieron unos artículos de la confederación, que los distintos Estados fueron aprobando, rechazando o proponiendo enmiendas o correcciones a los mismos. En 1.778, el Parlamento inglés se dio por vencido, ya que no podía evitar que se publicasen sus debates, por lo que se autorizó la presencia de periodistas en sus sesiones. Esto significaba perder su consideración de órgano de Gobierno y aceptar su misión representativa, en el sentido participativo, y que la defensa de los privilegios de las minorías no podrían ocultarse. Indudablemente la situación de debilidad causada por los acontecimientos norteamericanos, así como la propaganda política de los rebeldes, debieron influir en ello. Murió François-Marie Aruet, que había publicado bajo el pseudónimo de “Voltaire” (¿voltear, dar la vuelta, hacer la revolución?) idealizado por enciclopedistas y revolucionarios. Aunque había sido protegido del rey y la amante de éste, la marquesa de Pompadour, sufriría la cárcel y el destierro por exigir tolerancia y condenar la superstición, la superchería y la institucionalización religiosa. Utilizaba una cruel ironía escéptica tanto contra el optimismo cientifista como contra la Metafísica o la mística. Sin embargo era monárquico, no creía en la democracia, negaba la bondad e igualdad rousseauniana de los hombres, y calificaba al pueblo de “canalla”, según su etimología latina, como clase inferior, despreciable, por la Lex Cannallia, propuesta por dicho senador de la Roma republicana que, entre otras cosas, como establecer la compensación por los daños causados, independientemente de la intencionalidad, prohibía el matrimonio de patricios y patricias con la plebe.

Voltaire sólo propugnaba la libertad de pensamiento y expresión para los filósofos. También murió Jean-Jacques Rousseau. Defendía la asociación de los hombres que protegiese la igualdad y libertad naturales, la soberanía popular y la democracia con todas sus consecuencias, fruto de su concepción de la bondad natural humana, que la sociedad mal estructurada y la cultura artificiosa corrompían. No sólo inspiró los procesos revolucionarios, sino que su amor por la naturaleza y su optimista creencia en la bondad humana podrían considerarse antecedentes del romanticismo y del ecologismo. Benjamín Franklin, nombrado embajador de Estados Unidos en Francia, concertó pactos federales, entre ellos uno de asistencia mutua, y comerciales con ésta. Murió el botánico sueco Carl von Linné (castellanizado como Linneo, aunque se trata de un apodo, derivado del latín, que significa ciprés, debido a que uno, grande y esbelto, camino del colegio, determinó su vocación) que clasificó el reino vegetal en clases, órdenes, géneros, especies, variedades y razas, basándose en su porte, semillas, flores, raíces, troncos y hojas. Utilizaba una identificación reducida, con sólo dos palabras, a imitación de un sustantivo con su adjetivo (o un nombre y un apellido paterno, gentilicio, o de la tribu de pertenencia, de tradición hebrea o romana, o del padre, de tradición asiática) que representaban, en latín, el género y la especie, a lo que podían añadir, si se precisaba, la variedad y raza. Es lo que hoy denominamos nombre científico. Consideraba que las especies eran constantes e inmutables. Era, por tanto, creacionista, contrario a admitir ninguna evolución. A petición de sus seguidores y de los que mantenían correspondencia con él, comenzó a aplicar el mismo sistema al reino animal, en base a su complejidad, la forma de reproducción, la forma de alimentación, de desplazarse, de apoyarse en el suelo, colores, pelaje, etc.. Tanto para la botánica como para la zoología, dio una importancia decisiva a las diferencias orgánicas sexuales y reproductivas. Se enfrentó al problema de clasificar al hombre. Públicamente, para evitar problemas, lo consideró familia aparte. Pero, en su correspondencia con sus seguidores de confianza, reconoció que no había ninguna razón para no incluirlo en la misma familia que los monos antropomorfos.

Para entonces la población china había llegado a los 243 millones: se había más que duplicado en menos de cien años, mientras que las tierras cultivadas, a pesar de la colonización de los nuevos territorios fronterizos, como mucho habría aumentado un 50%. El General chino Paia Tak se hizo con el poder en Siam, reorganizándolo, devolviéndole su esplendor y expulsando a los birmanos. Tras lo cual invadió Vientiam, eliminó a su soberano y se apoderó del valioso Budda esmeralda. Sin embargo sus ataques de locura ensombrecieron el final de su vida, produciéndose largas sublevaciones en su ejército. En Norteamérica, a pesar de la ayuda europea, en suministros, armas, tropas y apoyo moral, que no debe desdeñarse, la iniciativa militar seguía siendo británica. Un contingente del Reino Unido, a partir de Fuerte Niágara, reconquistó parte de Pennsylvania. Por el Sur reconquistaron Savannah, en Georgia. La pragmática “Comercio libre de España y América” aumentó considerablemente el número de puertos autorizados al tráfico ultramarino. Acabó con ello el monopolio Cádiz-Veracruz-Lima, que se completaba con la ruta Acapulco-Manila. Este aumento en la libertad de comercio, tantas veces reclamado, así como el enriquecimento que iba  a producir en muchos criollos, serían nuevos estímulos (y también financiación) primero a la autonomía, después a la emancipación y, por último, a la independencia. Muchos historiadores concuerdan en que la discriminación de los criollos, los que mejor podían conocer la situación y administrar las colonias, fue un error determinante de la independencia hispanoamericana. Parecen desconocer que la descolonización es una consecuencia natural, lógica, del desarrollo de las fuerzas productivas, de la culturización, al estilo europeo, lo que incluye la popularización del nacionalismo y de las exigencias democráticas, incluso socialistas. Es, por tanto, inevitable, tanto si se cometen “errores” como si no. Se podría pensar que, con “errores”, el proceso se acelerará.

Pero, en tal sentido, los mayores “errores” son, precisamente, la culturización a la europea, la creación de Universidades y centros de estudios superiores, en lo que Hispanoamérica fue primicia destacada, uno de los pocos hechos de cuyo colonialismo puede sentirse orgullosa, y, el mayor de todos los errores, la explotación a la que se somete a la mayoría de la población, sea nativa o colonial, y a sus riquezas naturales, factor determinante de cualquier sistema no auténticamente socialista, sea esclavista, feudal o capitalista, sin la cual no puede haber ningún interés en la conquista y colonización de ningún territorio. Por otra parte dicha discriminación es relativa. El criollo Bolívar fue muy bien considerado durante su estancia en España. Olavide y el duque de San Carlos desempeñaron importantes cargos públicos, si bien el primero, con sus reformas ilustradas y su peculiar percepción de la religión tuvo problemas con la aristocracia y la Inquisición. Y San Martín iba a ser ascendido a General cuando embarcó hacia Buenos Aires con intención de colaborar en el proceso de emancipación. Pero sí es cierto que el Consejo de Indias elegía a funcionarios españoles. Este “error” debe relacionarse con el retraso evolutivo de la sociedad española, plenamente feudal, en la cual los cargos se conseguían por intereses creados, amistades y “enchufismo”, cuando no sobornos. La administración no se percibía tanto como la forma de hacer funcionar al Estado, rentabilizar las empresas, sino como otro privilegio de los aristócratas, o en quienes ellos delegaran, para enriquecerse o tener poder, a costa del pueblo, siempre que mantuviesen su sumisión, el poder del rey, y no mermasen sus ingresos. Por tanto era lógico que se escogiera para ello a españoles que, tras su mandato, regresasen a España, que no desarrollaran apetencias de insumisión, vinculaciones con indígenas, mestizos ni criollos, que volviesen, junto con su patrimonio, a estar al alcance de las autoridades metropolitanas si se descubría mala gestión en sus cometidos.

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