1.802: Los seguros sociales en Inglaterra

Las ansias de libertad, que se estaban consolidando en la burguesía, harían abrupta irrupción cuando los Estados Unidos rompieran el cerco en el que Japón se había encerrado, se conociera lo que ocurría en el resto del mundo y el emperador se convenciera de que su misión era desatar todas las fuerzas productivas que estaban anquilosadas tanto como recuperar su ancestral perdido poder. El proceso de mercantilización y aburguesamiento progresivo del país había hecho que el 90% de los samurai cobrasen un sueldo. Esto los alejaba de sus propiedades agrarias, si es que las conservaban, con lo cual se disolvía el fundamento del sistema feudal y, en última instancia, de su dependiencia de los daimi-o. En cambio los sometía a los precios e intereses fijados por los comerciantes de la ciudad. Así la clase militar se estaba convirtiendo en funcionarial, y la fidelidad y dependencia personal, base del feudalismo, estaba siendo sustituida por una administración burocrática, como en China, y un racionalismo impersonal, orientado hacia la rentabilidad, como en Europa y Norteamérica. De los 28 ó 30 millones de habitantes con que contaba Japón, entre un 5 y un 7% eran samurai, lo que resulta excesivo para un país unificado, insular, sin amenazas de guerras. Los múltiples cargos desempeñados por éstos dieron lugar a competencia, disminución de salarios, y la aparición de samurai sin señor, que se denominaron ronin, una especie de anomalía del sistema, “guerreros por cuenta propia”, que, en otros países se hubieran hecho mercenarios, pero que las peculiaridades de Japón, sobre todo su insularidad, hacían difíciles de emplear pacíficamente. Las restricciones al comercio, los monopolios conferidos a los comerciantes, que tantos impuestos entregaban al Estado, y el exigente código moral militar impuesto a los “hombres de las dos espadas”, los únicos que contaban con este privilegio de llevar dos armas largas, suponían la congelación de los ingresos de éstos, por mucho que explotasen a los campesinos.

Tanto si mantenían tal código de honor como si renunciaban a él, cayendo en las seducciones de la vida urbana, contraria al propio concepto militar feudalista, compraban bienes para ellos mismos y su servidumbre, igual que les ocurriría a los daimio, el resultado era el endeudamiento. La mayor parte de la aristocracia japonesa se mantenía del crédito. Los comerciantes les tenían pignorados sus ingresos y sus cosechas con varios años de adelanto. Consciente de la decadencia moral que tal hecho suponía para la clase en que descansaba la dirección política y militar del país, el chogunado decretó repetidas aboliciones de deudas, que no llegaban a cambiar la situación. El Partido Demócrata, en el que entonces militaba Julio César, exigió lo mismo para todo el pueblo, aunque nunca alcanzó el poder para llevarlo a cabo. De sus proclamas toma el “Padre nuestro” su frase “perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”, que la “moderna” Iglesia ha cambiado por el más aséptico, que no puede enfadar a la burguesía, a los banqueros, “perdónanos nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Los comerciantes reaccionaban, lógicamente, subiendo los tipos de interés a raíz de cada condonación de créditos a su costa, para compensar sus pérdidas. Familias samurai empobrecidas comenzaron a adoptar, a cambio de dinero, a hijos de comerciantes ricos, que, de esta forma, entraban a participar de la aristocracia, aunque fuese en sus niveles inferiores. Igualmente los samurai se hacían médicos, profesores o artistas, lo que significaba prestar servicios a los comerciantes, que eran quienes los demandaban y podían pagarlos, y con ello en la Oficialidad militar. Igualmente los samurai se hacían médicos, profesores o artistas, lo que significaba prestar servicios a los comerciantes, que eran quienes los demandaban y podían pagarlos. Las reformas de la era Kansei, iniciada once años antes, terminaban en fracaso. Aparecieron en Australia las primeras ovejas merinas, de origen marroquí (benimerinas) como las españolas de dicha denominación.

Su abundante y esponjosa lana, que permite perfectamente la transpiración, su gran resistencia a las enfermedades, pero, sobre todo, a la escasez de agua (al contrario que las delicadas, en todos los sentidos, churras, las típicamente españolas) las convirtió en un magnífico negocio. La progresiva densificación de las viejas colonias del Sudeste y el Sur, llevaron a algunos a aventurarse en el interior de la isla. Para los colonos, el canguro, endemismo australiano, no era sino una “peste”, que disputaba los escasos pastos a sus ovejas, su negocio. El Tratado de Marfontaine, en la Picardía francesa, acabó con los dos años de guerra no declarada por Francia contra los estadounidenses. Lo que no le valió a Adams: Thomas Jefferson fue elegido tercer Presidente de Estados Unidos, posiblemente porque cambió de acitud hacia la neutralidad. Para entonces dicho país alcanzaba los 5’3 millones de habitantes. Hispanoamérica había cambiado radicalmente. La población alcanzaba los 19 millones de habitantes, por lo que casi se había duplicado en sólo un siglo, fundamentalmente por el mejor aprovechamiento de los recursos naturales. Aunque la llegada de europeos y esclavos africanos continuaba incesantemente, la mayor parte de dicho crecimiento fue vegetativo. Sin embargo éste fue muy desigual. Mientras en las regiones cálidas y húmedas la mortandad equilibraba la natalidad, en las altiplanicies ésta duplicaba a aquella. El aumento se produjo, sobre todo, entre blancos, negros y mestizos, por lo que la población amerindia continuaba su constante regresión proporcional. El mayor crecimiento se dio en la población criolla, los blancos nacidos en América, por lo que la tendencia al independentismo, estimulada por el ejemplo estadounidense, proseguía en aumento. Los mestizos habían llegado a ser un 30 % de la población, aproximadamente, mientras que criollos y españoles no alcanzaban el 20 %. Sin embargo éstos acumulaban todo el poder. Constituían la clase más elevada de la sociedad, la aristocracia terrateniente, la gran burguesía mercantil, los cargos públicos, administrativos, militares y eclesiásticos. No obstante tal marginación, a excepción de Méjico, no sería este mayoritario 80% de la población, entre indios, mestizos, negros y mulatos, el impulsor de la independencia, sino la minoría criolla.

Según Salvador de Madariaga, de 754 cargos publicos estudiados, entre virreyes, Capitanes Generales, Gobernadores y presidentes de Audiencias, sólo 18 fueron criollos. De modo que la independencia hispanoamericana no fue, en su mayoría, el resultado de un movimiento popular, nacionalista, indigenista, sino un proceso revolucionario burgués, trufado, muy a la española, de envidias y rencores. El potentado criollo no podía sino indignarse ante la llegada de nuevos funcionarios, ignorantes de todo, que sólo pensaban en lucrarse lo más rápido posible, de modo corrupto, conseguir amantes mulatas, mestizas o criollas y volver a su verdadera patria en cuanto pudieran. De España sólo percibían las trabas al libre tráfico comercial, en el que cifraban infundadas esperanzas. Estos y los universitarios enciclopedistas serían la base de la independencia. Mientras que los obispos, como los aristócratas, eran españoles de origen, y, por tanto, españolistas, los sacerdotes eran también criollos, y apoyaron la independencia. Es notorio el caso del cura Hidalgo, que proclamó a la Virgen de Guadalupe patrona de la revolución. Al contrario que los enciclopedistas europeos, los hispanoamericanos, muy influenciados por los centros en que habían recibido su educación, no eran ateos ni anticlericales, sino católicos convencidos, lo que se reflejaría en las Constituciones republicanas, tras la independencia, que desginarían a la Iglesia Católica como la única con reconocimiento oficial. El caso más destacado fue el de Méjico, con la más conservadora de las Constituciones iberoamericanas, que prohibía todas las demás religiones, que, aunque hacía absoluta abstracción, ignorancia, de los indígenas, es de entender que también se refería a sus religiones. Incluso llegaron a reclamar al Papa los derechos de patronazgo y nombramientos eclesiásticos, ya que se decían herederos y sustitutos de la monarquá española. Godoy, viéndose acosado, había dimitido, para ser sustituido por su amigo, el sevillano Francisco de Saavedra, que había participado en la conquista de Pensacola y recaudado fondos para el asedio de Yorktown, y era, a su vez, amigo de Jovellanos. Por su enfermedad fue sustituido por Mariano Luis De Urquijo, protegido del conde de Aranda.

Aprovechándose de la sede pontificia vacante hizo que el rey decretase que el nombramiento de obispos y arzobispos debía consultarse con él: fue el máximo control sobre la Iglesia Católica que nunca tuvo España. Aunque se quejaba de que Francia trataba a España como si fuera una provincia francesa más, negoció con el General Berthier, amigo de Napoleón y entonces embajador en España, el tercer Tratado del Palacio Real de la Granja de San Ildefonso, por el que Francia se comprometía a dar un territorio, posiblemente en la Toscana, Ferrara, Bolonia o Romaña, con título de reino, al duque de Parma, que sería reconocido rey, Fernando de Borbón-Parma, consuegro de Carlos IVº y cuñado de la guillotinada Mª Antonieta, a cambio de la devolución de España a Francia de la Luisiana y la entrega de seis buques de 74 cañones cada uno, casi lo mejor de la Marina de Guerra de entonces, excepto los superiores buques británicos. El tratado era tan secreto que el propio Godoy, el verdadero poder en la sombra, tardó un mes en enterarse. Posiblemente no le gustó. Quizás por eso se lo ocultaron. En 1.801 Napoleón firmó con Pío VIIº un concordato que perduraría 104 años. Vinculaba el clero y la población católica al Estado. Era éste y no los feligreses, como había ocurrido al principio de la revolución, el que nombraba a los obispos (era como la vuelta atrás en el tiempo, como si no hubiesen existido las luchas por las investiduras; sólo que ahora no era un emperador o un rey, sino una república, o un dictador, según se considere, el encargado de elegirlos) adquiriendo el compromiso de pagar a los sacerdotes, quienes debían jurar fidelidad al Estado. Por el Convenio de Aranjuez se ampliaba el anterior Tratado de San Ildefonso, uniéndose las Flotas españolas y francesas contra los británicos, y España se comprometía a la inmediata invasión de Portugal. Napoleón comunicó a Godoy que atravesaría España para acabar con la alianza entre Portugal y Gran Bretaña. Comprendiendo el peligro que ello suponía, Godoy, que continuaba siendo Capitán General, se adelantó e invadió Portugal.

Godoy no debía estar muy conforme con ello, y quizás llegase a un acuerdo secreto con los portugueses, informándoles sobre la alternativa de una invasión francesa, porque, de forma casi incruenta, consiguió que se rindiesen y se comprometieran a cerrar sus puertos a los británicos, el objetivo aducido por Napoleón para la guerra. A Godoy le llamó la atención ver naranjos en flor que aún no se habían desprendido de las naranjas maduras del año anterior, produciendo una llamativa tricromía. Cortó unas cuantas ramas y ordenó que se las remitiesen a su reina. A ella les llegaron con naranjas, pero el azahar se había desprendido por completo, como es natural. Burlescamente los españoles la denominaron “la guerra de las naranjas”. Por el Tratado de Bajadoz, España se quedaba con Olivença (Olivencia) y los territorios al otro lado del Guadiana que mantiene hasta hoy. Godoy fue nombrado, en premio, Generalísimo de los ejércitos españoles, un título inventado por la reina para él, con antecedentes italianos. Napoleón quedó enfurecido, porque sus pretensiones eran la invasión completa de Portugal. Las derrotas sufridas forzaron a los austríacos a firmar la Paz de Lunéville, por la que cedían la orilla izquierda del Rin y se secularizaban los territorios eclesiásticos de la orilla Este, por lo que debían pagar una indemnización a los príncipes afectados por ello: era lo que no habían estado dispuestos a ceder pacíficamente durante los dos años que duró el congreso de Rastatt. Necesitaron una derrota militar para acordarlo. La Dieta designó un comité para que se encargara de concretarlo. El anciano Pablo Iº había retirado a Rusia de la guerra, al hacerlo Prusia, ante las derrotas de ésta y de Austria, y dadas las dificultades de llevar un ejército contra Francia sin atravesar territorio prusiano. También lo habían hecho Dinamarca y Suecia. Gran Bretaña tomó represalias contra el comercio de todos esos países, por lo que formaron una coalición nórdica para defender el derecho a la neutralidad. Gran Bretaña reaccionó bombardeando la capital danesa, “El Puerto del Comercio”, en danés Københaven. Además, el zar fue asesinado por una revuelta palaciega, en la que estaba complicado su hijo y sucesor, con lo que la coalición se disolvió.

Se fundó la Universidad germano-protestante de Tartu (Dorpat, en alemán y sueco) la segunda mayor ciudad estonia. El nuevo zar, Alejandro Iº, firmó un Tratado de Paz con Gran Bretaña, que se veía aislada y hastiada de guerras. De esta forma, la oposición, partidaria de la paz, logró que su jefe de filas, el whig Charles James Fox, sustituyese a Pitt. Irlanda se unió con Inglaterra, dentro del Reino Unido de la Gran Bretaña, lo que originó una reacción nacionalista-religiosa, encabezada por el apasionado Daniel O’Connell, al frente de las clases medias católicas. Faz Ali firmó un Tratado con Gran Bretaña por el que ésta obtenía importantes privilegios comerciales. Sin embargo Rusia se anexionó Georgia y Gran Bretaña no hizo nada por impedirlo. Por el secreto Tratado de Aranjuez, Napoleón consiguió que España le devolviese a Francia la Luisiana, que había unido a Nueva España, recibida en compensación por la pérdida de La Florida a causa de la Guerra de los Siete Años, así como los esfuerzos empeñados en ella, pero que había recuperado por su colaboración en la Guerra de Independencia estadounidense. En 1.802 Nguyen-Anj había conquistado tanto territorio, en zonas de la mayor importancia económica, como para proclamarse emperador de Dai-Viet. Gran Bretaña firmó con Francia la Paz de Amiens, por la que ésta renunciaba a Egipto a cambio de la devolución las colonias que aquella le había conquistado, excepto las islas de Ceilán (que convenía al plan británico de someter a la India y acaparar el comercio del té) y de Trinidad, cuya industria azucarera era de su interés. España y el resto de Europa también se beneficiaron de este efímero periodo de paz. Napoleón parecía haber cumplido todos sus objetivos. Cooke se opuso a dicha Paz, considerando que no restablecía sus viejos tratados comerciales, sino el comercio francés, lo cual significaba perder el monopolio, por lo que sería la ruina inglesa, muchos abandonarían el país y se producirían bancarrotas. Así que alentaba a proseguir la guerra naval. El periodista William Cobbett y el político Henry Hunt utilizaron el semanario The Political Register como plataforma para un movimiento obrero.

A ellos se unieron Francis Place, sastre de Westminster, que demostró una inusitada capacidad para proyectar reformas sociales, y Jeremy Bentham, defensor radical del sufragio universal, secreto e igualitario, quien, con el apoyo de metodistas, el movimiento evangélico y el filántropo apolítico Robert Owen, uno de los primeros patronos ingleses que se preocupó por las condiciones de sus obreros, reduciendo su jornada laboral, aumentando sus salarios, construyéndoles viviendas y creando economatos, gestionaron el establecimiento de un sistema de seguros sociales. Napoleón creó la Orden de la Legión de Honor, con la que pretendía asegurarse la fidelidad de los militares y revolucionarios más destacados, al tiempo que perseguía con saña a los enemigos internos, incluso simplemente a los críticos, como a Madame de Stäel o Chateaubriand. Reimplantó una rigurosa censura de prensa y Fouché organizó una poderosa policía y aparato de espionaje, con lo que desapareció cualquier atisbo de libertad política: en tal sentido la revolución había fracasado. Este tipo de comportamiento, aparentemente revolucionario, populista, plebiscitario, que admite grupos asesores pseudo-democráticos, pero sin verdaderas atribuciones decisorias, que se compaginan con actitudes dictatoriales, y la exclusión de cualquier rival realmente poderoso, se conocería como bonapartismo. Así organizó un plebiscito que aprobó hacer vitalicio su mandato consular. Como habían hecho Cayo Julio “César” y Octavio Cayo Julio “El Augusto”. Si tres años antes había demostrado el nulo apego que le tenía a la democracia, tampoco podía darle demasiada consideración al parlamentarismo, como ya habían hecho los emperadores romanos. Tanto el Tribunado como el Cuerpo Legislativo o la Asamblea del Estado, órgano asesor que él designaba y presidía, a pesar de las grandes personalidades y talentos que congregó, no dejaron de ser otra cosa que mera propaganda pseudodemocrática al servicio de Napoleón. Buscando asegurar la paz tanto como el dominio de Francia, Napoleón no dejó de intervenir en el resto de países europeos, especialmente los limítrofes, pactando alianzas o imponiendo Constituciones.

Con ello conseguiría, además de expandir el liberalismo, que su país dejara de ser el único enemigo a batir en Europa y una profunda dependencia respecto de él, de Holanda, Suiza, Alemania y Norte de Italia. En ésta tanto la situación como la estrategia napoleónica habían cambiado, dejando de apoyar a nuevas repúblicas. Así permitió la restauración de los Reinos Pontificios, aunque sin la Romaña, y del reino borbónico de Nápoles. El Gran Ducado de Toscana pasó a llamarse Reino de Etruria, bajo el reinado de los consuegros de los reyes de España, y, la República Cisalpina, Italia, siendo nombrado él Primer Cónsul de ella. Incoherentemente, tomó posesión de tal cargo, en Milán, ciñendo la corona de hierro de los lombardos, como había hecho Carlomagno. Sus intenciones de dominio, a largo plazo, de toda la península, no podían ser más evidentes. Además, el Piamonte continuaba bajo la administración militar francesa. Si había renunciado al sueño de Alejandro Magno, no lo hizo respecto del de Carlomagno. Impuso en todo su ámbito de poder una economía proteccionista, que entorpecía el comercio a Gran Bretaña con el Continente, por lo que ésta debió plantearse volver a la guerra o aceptar la pérdida de su hegemonía. Para entonces ésta exportaba 40 millones de libras al año. Alejandro Iº impuso en los puestos más destacados a un grupo de amigos, que realizaron reformas liberales, con el objetivo final de establecer una Constitución. Así se formaron Ministerios en sustitución de los colegios, que habían sido de mínima eficacia. Intentó que entrase en Rusia la cultura occidental, y elevar la enseñanza, en lo que destacó el Ministerio de Instrucción Pública. Tras sus conquistas, Nguyen Anj se proclamó emperador de Vietnam, con el nombre imperial de Yia-Long. Construyó caminos, entre ellos la ruta imperial, 2.000 kmtrs. de Norte a Sur, uniendo las principales ciudades. Y también puentes y canales, regulando el curso de los ríos por todo el país, y fortificaciones, en las que se evidencian los influjos franceses, que volvían a ser bien recibidos. La “Guerra de las naranjas” tuvo una consecuencia no prevista.

A pesar de la derrota de la Flota española en la batalla del cabo de San Vicente, en el extremo suroccidental portugués, en la que los buques británicos pasaron entre las dos formaciones españolas, que no habían podido desplegarse en línea, con lo cual aquellos pudieron utilizar la artillería de ambas bordas simultáneamente, mientras los españoles no podían orgnizarse ni transmitir las órdenes al otro grupo, ni utilizar bien todos sus cañones, no todas las 27 naves de línea (los británicos sólo tenían 15) pudieron entrar en combate, resultando hundidas 4 de ellas, más otras 4 que fueron apresadas y otras tantas que sufrieron graves daños, gracias a la desobediencia de Nelson (la pérdida progresiva de visión de su único ojo, por sobreesfuerzo, además de la opinión pública por su inmoralidad, por mantener relaciones doblemente adúlteras, le había costado el mando de la Flota) que atacó al grupo mayor en vez de hacerlo al menor, y a la indecisión del mando español, que, en lugar de huir, debía haber continuado el combate, cuando los buques británicos estaban muy dañados, entre ellos el de Nelson, que debió ser remolcado, se estaban quedando sin munición, y aún quedaban a los españoles 15 navíos de línea intactos (entre ellos el Santísima Trinidad, el más grande construido hasta entonces, el único de cuatro cubiertas artilladas y con 136 cañones) igual que tenían los británicos al principio de la acción, pero ya muy dañados, motivo por el cual el Tenientegeneral José de Córdoba fue juzgado y degradado, y el propio Godoy, además de por las intrigas francesas, debió abandonar su Ministerio y quedar en un segundo plano; pero dadas las derrotas de Nelson en su intento de apresar el resto de la Flota en Cádiz, y en su ataque a Tenerife -donde perdió el brazo- por la Paz de Amiens, los británicos ratificaron el Tratado de Badajoz, por el que Portugal daba por perdida la plaza de Olivenza, tomada por los españoles, que llevaron la frontera hasta el Guadiana en dicho sector, y se recuperó la isla de Menorca, aunque no la de Trinidad. En 1.803 murió el filósofo de la Historia alemán Johann Gottfrield Herder. Mantenía que el proceso evolutivo ascendente de la Historia afectaba a todo el Universo.

Así las especies inferiores preparaban en este orden ascendente la aparición del ser humano capaz del pensamiento conceptual, tendente a la razón, la justicia y la libertad, para cuyas metas creía necesaria la religión. Esta evolución estaba regida por una serie de leyes naturales y, sólo en última instancia, por la intencionalidad divina. De tal forma que constituye un antecedente de Hegel, del evolucionismo, de De Monet, caballero de Lamarck, de Darwin (además de las ideas de las jerarquías de seres de Anaximandro y Anaxágoras, de las que toma la Biblia el relato de la creación en seis días y uno de descanso) y de su compatibilidad con el sentimiento religioso. La comisión nombrada por la Dieta imperial simpatizaba con las intenciones de Napoleón, por lo que concluyó en Ratisbona que los principados eclesiásticos debían ser secularizados. En realidad era lo que venían exigiendo los protestantes, durante casi 3 siglos. Añadió que 45 de las 51 ciudades directamente dependientes del Imperio deberían quedar bajo la jurisdicción de un príncipe territorial, lo cual suponía mediatizar el poder del emperador. Y traicionar el espíritu burgués, que había alentado la independencia de dichas ciudades respecto del dominio feudal. Sólo Nürenberg, Augsburg y Frankfurt, además de las tres ciudades hanseáticas de Hamburg, Bremen y Lübeck, permanecieron independientes de ningún señorío. El estadounidense Robert Fulton consiguió desplazar, Sena arriba, contracorriente, un barco de vapor. Napoleón tenía pretensiones de restaurar el imperio colonial francés, como demostró al obligar a España a devolver a Francia La Luisiana, por lo que envió una fuerza expedicinaria a La Martinica, lugar de nacimiento de su esposa, donde tenía derechos sucesorios sobre algunas plantaciones azucareras, y Haití, en las que habían triunfado, por única vez en el mundo, revoluciones independentistas de esclavos. Consiguió restaurar el dominio francés en ambas, aunque en Haití los revolucionarios, dirigidos por Toussaint Louverture, el que se conocería como el “Napoleón negro”, resistieron en las montañas, de donde descendieron para recuperar el poder, de modo que, junto con la fiebre amarilla, derrotaron a las tropas francesas. Como se necesitaban en Europa, Napoleón no pudo enviar más a Haití.

Sin embargo ocupó Hannover, país originario de la dinastía británica, violando la Paz de Basilea. Todo ello alarmó a Gran Bretaña, que no sólo no entregó Malta -tan necesaria para su dominio del Mediterráneo- según se había comprometido por la Paz de Amiens, tras la cual los buques franceses habían vuelto a surcar los mares, intentando restablecer las relaciones con los príncipes hindúes, sino que declaró de nuevo la guerra a Francia. España, cumpliendo el compromiso del segundo Tratado de San Ildefonso y el Convenio de Aranjuez, reaccionó declarando la guerra a Gran Bretaña, a pesar de que ni su Armada ni sus dotaciones se habían repuesto del desastre de San Vicente: no comprendía que estaba arriesgando todo su imperio, dando la mejor oportunidad a los británicos para vengarse de la ayuda que los españoles habían prestado a los independentistas estadounidenses. Simón Bolívar, tras haber viajado por Méjico, Cuba y Europa, y haber enviudado, se afilió a la logia masónica Lautaro, de Cádiz, donde juró solemne fidelidad a la independencia americana. Baviera decretó la igualdad jurídica de todas las confesiones religiosas. Alejandro Iº dejó de tener aspiraciones liberales, o consideró que ya estaba suficientemente afianzado en el poder como para no tener que provocar más ilusiones. Así que su grupo de amigos fue descabalgado de los puestos claves y la mayoría de las reformas se estancaron. No obstante se fundó la Universidad polaco-católica de Vilna. Para entonces los 13.500 soldados que Napoleón había dejado en el Imperio Otomano más los egipcios que les apoyaban (entre ellos los mamelucos) con instrucciones de proseguir su avance ¿hasta la India? para obstruir el comercio británico, se había rendido a las tropas británicas, aunque alcanzaron un honorable acuerdo para regresar a Francia. Las víctimas de la rivalidad entre británicos y boers en Africa del Sur fueron los indígenas. Los ganaderos hotentotes fueron desplazados al desierto del Kalajari, donde su existencia no podía ser sino dura y azarosa, en constante regresión y reducción. Más suerte, relativa, tuvieron los grikuas, que, apoyados por la Sociedad Misionera de Londres, comenzaron a establecerse al Norte del curso medio del Orange, proceso que duraría 10 años.

El Presidente de Estados Unidos, sin estar autorizado para ello, ni preverlo la Constitución, compró a Francia, dado que ésta carecía de una Armada con la que poder enfrentarse a la británica, mantener el contacto con la metrópoli, La Luisiana, 2.150.000 kmtrs. cuadrados, por unos 15 millones de dólares, un buen precio, 7’4 $ por km2, con lo que duplicaba la extensión de su país y conseguía el puerto de Nueva Orleáns, abriendo la importantísima vía del Mississippi a su navdegación y al comercio interior. Además, Francia renunciaba a otras aspiraciones colonialistas fronterizas con Estados Unidos, lógicamente por igual motivo. Con ello se alejaba el peligro de que las guerras napoleónicas implicaran a Norteamérica. Y limitaba los vecinos con los que poder pelearse a dos: Gran Bretaña, en Canadá, y España, en Méjico y La Florida, puesto que Rusia, en Alaska, quedaba muy lejos de sus fronteras de entonces. Sin contar a los indios, que no se consideraban el menor obstáculo para su expansionismos imperialista. Ohio fue admitido como el 17º Estado de la Unión. En 1.804 murió el científico inglés Joseph Priestley. Sus concepciones científicas y religiosas estaban intrincadamente unidas. Se esforzó por encontrar una revelación que uniese materia y espíritu, razón y fe. Para él la electricidad demostraba que la materia no era inerte, sino intrínsecamente incapaz de sensaciones. Defendía todas las mejoras sociales y culturales para la felicidad del mayor número de personas. Influiría en los movimientos liberales y filantrópicos durante un siglo. El Directorio había iniciado la compilación de un Código Civil. Pero fue Napoleón quién lo completó y promulgó, por lo que se conoce como Código Napoleónico. Sería imitado por gran parte de Europa, hasta época muy posterior. Bajo una visión propiamente burguesa protegía la moral pública, la propiedad privada, la libertad y unicidad del mercado, perfectamente reglamentado, con seguridad jurídica, sin dar opciones a arbitrariedades. Su perspectiva era racional, laica, no religiosa, según los planteamientos enciclopedistas, superando la tradición desde Constantino. Garantizaba las libertades personales e implantaba el matrimonio civil y el divorcio. Con todo ello Napoleón se jactaba de que había cerrado la sima de la anarquía, ordenado el caos y purificado la revolución.

Si bien, finalmente, era la alta burguesía la que veía consolidados sus derechos, en principio, teóricamente, todos tenían opción al desarrollo económico, al contrario de las limitaciones que imponía, mediante restricciones normativas, y derechos, prescripciones y prohibiciones por nacimiento, heredados, el feudalismo. De la misma forma cualquier individuo capacitado podía acceder a los más altos cargos de la administración o el ejército. Los aranceles proteccionistas, la construcción de caminos y los abastecimientos al ejército, colmaban las pretensiones enciclopedistas de ciudadanos propietarios iguales en derechos. Napoleón estudió las posibilidades de un desembarco en Gran Bretaña, concluyendo que era suficiente dominar el Canal de la Mancha durante seis horas, tras lo cual serían los dueños del mundo. La sucesión de acontecimientos hizo comprender que la política belicista del joven William Pitt “El Joven” era la única acertada, por lo que recuperó el poder. Aunque lo haría con la nueva estrategia de “pocas tropas y mucho dinero”, imitando la de Richelieu: la sangre y las vidas que las pongan otros. Es el tipo de imperialismo más inteligente, muchas veces repetido en nuestra época. De inmediato organizó, con Austria, Rusia y Suecia, una nueva coalición. Era la tercera Guerra de Coalición. Aunque Prusia continuaba siendo neutral, y España, en una nueva oscilación política de Godoy, y los Estados del Sur de Alemania estaban de su parte, Napoleón no podía invadir Inglaterra, dejando su país desprotegido. Así que derrotar a los tres integrantes continentales de dicha coalición se convirtió en su principal objetivo. El cambio de actitud de Godoy está relacionado con los enemigos que se agrupaban contra él, alrededor del Príncipe de Asturias. Napoleón y nuevas “victorias” militares, por ejemplo participar en una triunfal conquista de Inglaterra, podían darle la seguridad que precisaba. Las 6 ciudades imperiales restantes y todas las propiedades de los 350 Caballeros del Imperio pasaron a poder de los príncipes alemanes. A pesar de la traición hacia la burguesía urbana de Alemania, con ello se hacía desaparecer los soportes del Imperio: la poderosa Iglesia y los caballeros imperiales, con sus territorios, y las prósperas ciudades imperiales, con su pujante comercio y su capacidad de generar impuestos.

Comprendiendo perfectamente lo que esto significaba, Francisco IIº pasó a firmar documentos como Francisco Iº, emperador de Austria, relegando su título alemán. Simultáneamente se beneficiaban Prusia, que adquiría el quíntuplo, y Baviera, Baden y Württemberg, que adquirían el décuplo, de los territorios perdidos en la margen izquierda del Rin. Baviera, Württemberg y Sajonia se constituirían en reinos, Baden, Hesse-Darmstadt y Berg en Grandes Ducados, y Nassau en ducado. Todo ello sin contar en absoluto con el parecer imperial ni de sus órganos representativos ni de la ciudadanía. Los monárquicos seguían constituyendo un grupo peligroso en Francia, que crecía desde que, dos años antes, habían comenzado a regresar los exiliados, bajo el permiso de Napoleón. Organizaron una conjura, que Fouché desbarató. El duque de Enghien fue fusilado por ello, aunque parece que no tuvo ninguna participación, que dos días antes había escrito a Napoleón poniéndose a su servicio y solicitándole el mando de tropas, pero que Talleyrand interceptó la carta impidiendo que llegase a éste a tiempo de impedirlo. Napoleón se sintió apesadumbrado por ello -quizás más por las conscuencias que tuvo, de impedir el acercamiento de los monárquicos- y comenzó a sospechar de su Ministro, antes tercer Cónsul, y anterior obispo. No obstante, aparte de la injusticia, el objetivo de amedrentar, aterrorizar, a los monárquicos, dio completo resultado, terrorista, puesto que no volvieron a tramar nada. Sin embargo Napoleón concluyó de todo ello, que, si era Cónsul vitalicio, estaba claro que sus opositores no tenían otra salida que asesinarle para poder sustituirle. De modo que era evidente que debía garantizar la sucesión a la jefatura del Estado, si quería desincentivar tal línea de conducta. Volviendo a la historia romana, planteó un plebiscito, que volvió a ganar, por el que se aprobó que la República debía pasar a manos de un emperador. Sin concretar qué persona debía ser dicho emperador, posiblemente incluso los monárquicos lo votasen.

Su idea era una mezcla de Julio César, imperator o mando del ejército, y dictator, con prerrogativas de poder legislativo (lo que traicionaba toda la lógica revolucionaria de la división de poderes) y Carlomagno, exaltando el imperialismo francés, revolucionario, liberal, populista, pero, al tiempo, nacionalista, autócrata, absolutista, aunque con limitaciones parlamentarias que, como en el Imperio Romano, sabía que eran meramente ceremoniales, que nadie se atrevería a utilizar contra él.

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