0036-La filosofía legalista china

Al menos de forma parcial, fragmentaria, pero que podía ser acumulativa: el recorrido pedestre de la ciencia, en oposición a la gnosis, al conocimiento infuso, global, inmediato y basado en una inspiración inexplicable. Eratóstenes dividió la Tierra en Continentes, y propuso rodearla mediante navegación: circunnavegarla. La visión opuesta a la de Mencio es la de Jsun-Tsé, que debió vivir en la primera mitad del tercer siglo A.N.E.. Partía de una concepción negativista del ser humano, como intrínsecamente malvado por naturaleza. Había, por tanto, que educarle para el bien: disciplinarlo. Sólo así se podía conseguir una estructura social estable y aceptada por todos: cada uno en su lugar, aceptando las reglas del juego y el papel que le ha tocado jugar. Bajo estas premisas reelaboró el confucianismo hasta convertirlo en una religión-filosofía-norma de conducta estatamental, en cierto sentido antecedente del fascismo. En la misma línea coinciden Chong-yang y Jan Fei-Tsé, que exigen un poder inviolable que dirija el Estado mediante leyes severas, recompensas y castigos. Es decir: tratar al ser humano como si fuese un perpetuo inmaduro.

En el Estado Chin, que, a partir del -221, implantaría el Imperio Chino, conquistando los demás reinos, se desarrolló una línea jurídico-filosófica que se denomina legalismo. Su idea básica, similar a la de la revolución democrática griega o a la Constitución republicana romana, es que la norma debe codificarse. Con ello cercenaban el poder despótico de la aristocracia de castigar bajo su propio criterio, o bien basándose en normas consuetudinarias, muchas veces custodiadas o interpretadas por el estamento sacerdotal, desde una perspectiva mágico-religiosa. De forma que no sólo se oponen a un concepto tradicionalista del Estado, sino que atacan a una de las fuentes del poder clerical. Basándose en tal visión el nuevo imperio se estructurará en circunscripciones y distritos, y un sistema administrativo que sometía a los vasallos dependientes a la inspección de las autoridades centrales. Es decir, se sustituyen las exhortaciones ético-morales a la bondad, el amor y benevolencia humanos predicadas por Confucio, o el primitivismo pseudo-anarquista del taoismo, por la aplicación rigurosa de leyes, que garanticen el bienestar del ciudadano y, además [1] la autoridad, la pervivencia, del nuevo Estado centralista.

Con tal visión, éste se hace cada vez más despótico, de modo que, en el -221, a la muerte de Chij Juang Ti, estalló en rebelión, impulsada tanto por el descontento popular como por los grandes terratenientes y la burocracia confucianista, que intentan restablecer el feudalismo. Como suele ocurrir cuando confluyen intereses contrapuestos, todos ellos terminaron enfrentándose entre sí. En el -206 consiguió apoderarse de todo el imperio Liu Pang, un hombre sencillo surgido de la masa popular, que instituyó la dinastía Jan, tomando el nombre imperial de Kao-Tsu. Es una situación similar a la producida en Azenas dos siglos antes. Durante estos hechos el buddismo penetró en China. Sin embargo Kao-Tsu debía compensar a los que le habían ayudado, especialmente a su familia, según la tradición china, y no había otra forma de hacerlo que repartiendo tierras. De modo que, parcialmente, vuelve a reinstaurar el feudalismo. Para evitarlo, para impedir su consolidación, permitió la libre compraventa [2] y arrendamiento de las tierras, con lo que estableció una situación precapitalista semejante a la que se había producido en Grecia y Roma.

Así una nueva burguesía [3] sustituyó a la antigua aristocracia, acaparando nuevas tierras, mediante esta libertad de compra conseguida, hasta convertirse en familias verdaderamente poderosas. Dado su desconocimiento de las técnicas tradicionales de cultivo, llegaron a arrendar sus tierras o contratar como administradores a los antiguos propietarios, que pasaron a ser agricultores con apellidos ilustres e incluso títulos nobiliarios, pero perdiendo parte de la ascendencia social que, tradicionalmente, les daba la posesión aristocrática de las tierras. Además Kao-Tsu instituyó una administración estatal, imperial, burocrática, que, a través de inspectores, impedía el poder omnímodo de los latifundistas. Para ello no tuvo más remedio que volver a recurrir a los antiguos funcionarios, confucianistas. Como era consciente de que intentarían reconstruir el sistema feudal, no abolió el decreto de Chij Juang Ti proscribiendo los escritos atribuidos a Kung Fu-Tsé. Además Kao-Tsu creó una escuela de funcionarios en la que los aspirantes debían estudiar un año y superar una oposición. Se esforzó en que hubiese más candidatos que puestos a cubrir, con lo que se aseguraba que se eligiese a los mejores, tratando de controlar la corrupción.

Sin embargo sólo un sistema democrático puede, a veces, acabar con ella: así, cuando algunas familias consiguieron acaparar suficientes puestos de poder, lograron influir en dichos tribunales, cerrando el círculo vicioso. En tales condiciones se necesitaban emperadores enérgicos, incluso crueles, para mantener toda la estructura del poder. Poco a poco el mando imperial se fue debilitando, hasta quedar reducido a verdaderos prisioneros en su propio y lujoso palacio (la torre de marfil de la “mitología” buddista) a los que se dispensaba formalistas ceremonias de grandes reverencias y protocolo, pero que carecían de las menores facultades decisorias. Así, algunas familias consiguieron acaparar el poder durante más de 1.000 años. Con todo era una complicada y compensada estructura de poder, que se puede decir que permaneció estable hasta la revolución maoísta. Fue en esta época, a raiz de la constitución del imperio, cuando el buddismo penetró en China. Mientras tanto las tribus jsiung-nu habían experimentado una increíble explosión demográfica.


[1] Se impone un juicio de intenciones, sobre si era dicho bienestar del ciudadano (¿Estado del bienestar?) lo que fundamentalmente se pretendía, o era éste un prerrequisito para consolidar la autoridad, la pervivencia, del nuevo Superestado, el nuevo imperio, justificarlo.

[2] Es lo que iba a producirse en las republicas italianas, suizas, la república holandesa y las revoluciones de Oliver Cromwell, en la república de Inglaterra, de la república estadounidense y de la república francesa. Y también con las desamortizaciones españolas, si bien éstas tuvieron un fundamento recaudador, para financiar las guerras contra los carlistas.

[3] Este término es, por supuesto, anacrónico, difícilmente justificable, sobre todo considerando que no se asentaba en las ciudades, no era propiamente comercial, sino agraria, rural. Sin embargo, la implantación de administradores en las explotaciones agrarias y el abandono de sus posesiones por parte de sus propietarios, buscando nuevos tipos de negocio, la influencia en las zonas de poder o, simplemente, la diversión, como suelen hacer las clases enriquecidas no militaristas ni tradicionalistas, llevó a una situación semejante a la conocida en España como “absentismo”, o, anteriormente, a la aristocracia cortesana francesa, necesarias para la instauración y consolidación del liberalismo. De todas formas se trata de una simplificación que permite, con todas sus limitaciones y siempre que se evite caer en errores conceptuales, realizar algunas comparaciones con etapas y áreas geográficas distintas.

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