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Si te interesa una visión crítica de la Historia, si te ha gustado lo que hayas leído de esta página, te recomiendo que visites la que ha publicado mi hijo de un texto que escribí hace más de 25 años, aunque al digitalizarlo, dada la mala conservación del original mecanografiado, hayan surgido algunos errores de transcripción referentes a las profecías de S. Malaquías y la historia de los últimos 1.000 años de Papado: http://rescatextos.blogspot.com.es/2013/07/las-profecias-de-san-malaquias-un.html#comment-form y http://rescatextos.blogspot.com.es/2013_03_01_archive.html

También podéis ver una Historia Universal en la página https://raromerol.wordpress.com/historia-del-mundo-civilizado/

Espero que lo disfrutéis.

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Los efectos del franquismo

 Como se demostraron insuficientes para tanta represión, tanto “escarmiento” contra los que se resistieran a otra sedición militar (?) tanto terrorismo planificado, tanto exterminio, crearon aún diez auditorías de guerra y muchos juzgados militares, que tendrían incansable “trabajo” exterminador durante tres años consecutivos. Así, en Córdoba hubo 35 juzgados militares, 67 en Málaga, 22 en Alicante, 57 en Cartagena, donde habían quedado apresadas gran cantidad de tropas republicanas, y 57 en Barcelona. El 8 de mayo Franco desadhirió a España de la Sociedad de Naciones, solidarizándose con el resto de Estados nazi-fascistas. El 14 de mayo se impuso la cartilla de racionamiento ¡después de terminada la guerra! cuando había que alimentar a la población de Madrid y Valencia, más todos los republicanos que habían ido retrocediendo junto con el Frente, y ya las zonas agrarias controladas por Franco no podían abastecer a todos. Duró doce años ¡Más que las de las naciones devastadas por la IIª Guerra Mundial! Franco abrió las fronteras a los refugiados republicanos en Francia, que creyeron que no tenían nada que temer.

Posiblemente se tratase de un acuerdo con el Gobierno francés, y a instancias de él. El Paseo de la Castellana pasó a llamarse Avenida del Generalísimo. Por él, por ella, transcurrió el 19 de mayo el desfile de la victoria franquista. Se construyó una tramoya de madera forrada de cartón piedra, imitando un grandioso aunque simple, siguiendo el estilo de falso clasicismo romano fascista, arco triunfal de granito. En el dintel estaba escrito VICTORIA. A cada lado, en los laterales del pórtico, se repetía FRANCO / FRANCO / FRANCO, con el escudo heráldico utilizado por los Reyes Católicos.

Por delante, una tribuna, en parte altar, en parte imitando la de la Plaza del  Kremlin, Roja o Hermosa -homónimos en ruso- con el entrelazo de letras de VICTOR, que, con sangre del cordero de la fiesta de licenciatura, pintaban cinco siglos antes en las paredes exteriores de la Universidad de Salamanca, y del que Franco se apropió para él. Cuando, a propuesta de su “cuñadísimo” Serrano Súñer, Franco reinstauró un remedo de Cortes medievales, a imitación del corporativista Gran Consejo del Fascio mussoliniano, aunque añadiéndole un buen número de cardenales y a aquel órgano laico, en su tribuna de oradores del Palacio de las Cortes de la Carrera de San Jerónimo, inscribió el mismo entrelazado de letras doradas, como una marca al fuego para reses y esclavos, patentizando que no representaba la soberanía popular, sino al dueño del cortijo. Este presidió el desfile con su uniforme de Capitán General, aunque, sobrepuesto al cuello de la guerrera, asomaba la camisa azul falangista, y sustituía a la gorra reglamentaria la boina roja de los carlistas.

En realidad lo que se festejaba era el primer triunfo del carlismo, de sus ideales, después de cuatro guerras “civiles”: el retorno a la sumisión eclesiástica, al despotismo, acabando con cualquier indicio de democracia, ni siquiera de liberalismo, y a la monarquía, aunque la efectividad de este punto se demoró 36 años, hasta la muerte del dictador. Lo del cuello azul se haría habitual, por ejemplo, entre los “voluntarios” de la División Azul a Rusia. Compartía la tribuna, a ambos lados de la presidencia, al estilo de los desfiles del Kremlin, aunque no con dirigentes políticos, sino con los Generales subordinados directos suyos. El entonces General Varela se desprendió de una de las dos cruces laureadas de San Fernando, la más alta condecoración militar de España, que tenía repe, y se la prendió en la pechera de la guerrera de Franco, al que siempre se la habían negado, las varias veces para las que había sido propuesto. En posición de firmes, a ambos lados de la calzada, vigilaba las tropas que desfilaba su guardia mora personal, también un indicio de su punto de vista de señor, de hacendado, colonial, avasallador, esclavista. De que no se fiaba de ningún español, que prefería a los mercenarios a sueldo.

Después desfilaron casi 120.000 soldados, con sus fusiles, camiones, cañones y tanques. Al final, la Legión, los mercenarios “regulares” marroquíes, falangistas y requetés, con sus fusiles al hombro, como formaciones militares o paramilitares, los voluntarios portugueses y la Legión Cóndor. Con orgullo el Coronel Von Richthofen anotó en su diario que él lo encabezó, como le correspondía, mientras el público asistente daba enfebrecidos vivas a Alemania. Volando, varias escuadrillas de Heinkel He-51 formaban las letras de VIVA FRANCO. Parece increíble que en tan pocos días hubiesen podido ensayar tan difícil y peligrosa maniobra en formación ¿La habrían estado ensayando antes, durante la guerra? El 20 de mayo, el Cardenal Gomá, primado de España, dio a Franco a besar el lignum crucis, una astilla de la supuesta cruz en la que había sido torturado el Cristo, en el pórtico de la iglesia de las hermanas Salesas Reales, en la que entró bajo palio, como se hacía con los reyes de España. Un signo más del triunfo del carlismo. El Cristo de Lepanto, al que le atribuían capacidad milagrera, había sido llevado desde Barcelona a dicha iglesia de Santa Bárbara.

Ante su talla Franco depositó su victoriosa espada: España retrocedía hasta el “Siglo de Oro”, o, quizás, a los belicosos, inquisidores y unificadores Reyes Católicos. El 22 de mayo Alemania e Italia firmaron el Pacto de Acero, con el que se amenazaba a Polonia, haciendo ver que el Tratado con Gran Bretaña y Francia no iba a garantizarle nada, y, a ésta última, de las consecuencias de cumplir tal compromiso. El 30 de mayo atracó en Méjico el “Flandres”, llevando a 320 republicanos españoles. Entre ellos al doctor José Giral, que había sido Presidente del Gobierno y Ministro de la República. Más tarde arribaría el General Miaja, al que se le recibió como un héroe. Posteriormente llegaron otros tres buques, fletados por el Servicio de Evacuación de los Republicanos Españoles: el “Sinaia”, el “Ipanema” y el “Mexique”. Según el Partido Comunista, tras una visita a España, el conde Ciano escribió que aún había en España 10.000 personas a la espera de que se les ejecutara su sentencia  a muerte.

Que se fusilaba diariamente entre 200 y 250 cada día en Madrid (lo que supondrían unos 9.000 cada año, de mantener la proporción) 150 en Barcelona, u 80 en Sevilla, recalcando que dicha ciudad nunca estuvo en manos de los rojos. La “Ley” de Salarios Máximos redujo estos a niveles anteriores a tres años antes, pero no se redujeron por ninguna “Ley” ni de ninguna otra forma los precios de las subsistencias, que se habían triplicado o cuadruplicado, de manera que se hizo pesar directamente la inflación de precios sobre la clase trabajadora, a la que previamente se le había despojado de los sindicatos libres o ninguna otro modo de defensa. Al declarar nula la moneda oficial, republicana, todos los ahorros de las clases populares, que no estuviesen invertidos, por ejemplo, en inmuebles, valores o divisas, se esfumaron. El Servicio de Auxilio Social repartía mensualmente 25 millones de raciones de sopa a personas carentes de ningún tipo de ingresos, y que acreditasen “buena conducta”. Para la propia Falange, España entera hacía colas a la puerta de los cuarteles a la hora del rancho.

Era volver a la situación que criticaba Jovellanos, siglo y medio antes, sobre el reparto de la “sopa boba” sobrante de los conventos. La “contrarreforma” agraria no sólo arrebató las parcelas que habían recibido los campesinos, sino que se obligó a éstos a pagar entre 3 y 5 años de alquileres acumulados. Los que no pudieron atender tales pagos, como no podía “concedérseles” que siguiesen prestando sus servicios a sus señores “naturales”, además de expulsárseles, quizás para evitar que se sumaran a las descontentas poblaciones ciudadanas, o en castigo por no saldar tal “deuda”, muchos de ellos fueron detenidos, despojados de sus bienes, e incluso fusilados. Obnubilados por la propaganda del Reich del
Milenio, de los mil años (al Sacro Imperio Romano Germánico le faltaron unos decenios para alcanzarlo) los diversos dirigentes republicanos, incluso los anarquistas, repetían que habría fascismo para cien años, y se aprestaron a acomodarse al exilio. Sólo los comunistas mantuvieron que, en cualquier circunstancia, la lucha era posibe. Y necesaria. Y se aprestaron a la reorganización clandestina. Se hizo famosa la frase “al Partido no se le ve, pero se siente”.

Treinta años después se transformó en el lema de las manifestaciones multitudinarias: “Se ve y se siente, el PCE está presente”. Muchos de los derrotados  se negaron a entregarse, huyeron de los campos de exterminio, los batallones de trabajo forzado o las cárceles. Fueron los “huidos”, los que “se echaron al monte”, los “hombres de la sierra”, los famosos maquis, por el nombre de la planta agreste andaluza, que luego se imitaría por la resistencia francesa, muy influenciada por el gran
número de comunistas españoles. En Galicia, la terrible represión falangista de los primeros días del intento de golpe de Estado ya había producido la más masiva huida al monte, especialmente a la Serra do Eixe. Al año siguiente había unos 3.000 fuxidos en la zona de Viana do Bolo, además de los existentes en Asturias, cuya derrota aportó unos 2.000 combatientes más (que inmovilizaron durante 15 meses a 15 Tabores de mercenarios “regulares” marroquíes y 8 Batallones de infantería) León, Santander, Extremadura o Huelva. Poco a poco formaron grupos de resistencia, espontáneos, improvisados, obligados por el destino.

En Asturias fueron, sobretodo, cargos de responsabilidad del PSOE, como los hemanos Cepedal (“los cepedales”) en los montes de Aller, o los hermanos Morán (cuya huida provocó la represión fascista de la Falange, asesinando a seis de sus familiares y amigos) que se integraron bajo el mando de Marcelino Fernández Villanueva. En Huelva, aquel año, se fusiló a 650 huidos. Tras el final de la Batalla de Oviedo, José Mata, con el resto de su 64 Batallón, se echó al monte, donde sobrevivió recaudando una especie de impuesto revolucionario. En la zona de los Montes de Toledo aledañas de Cáceres se fueron congregando espontáneamente en torno a algún dirigente republicano, como Jesús Gómez Recio, “Quincoces”, alcalde de Aldeanuela de San Bartolomé por el PSOE, que se fugó de la cárcel con otros tres compañeros. Igualmente el comunista José Manzanero, al que habían torturado machacándole los pies, a pesar de lo cual consiguió escapar pocos días antes del fijado para su fusilamiento, y llegar al monte. Y también Antolín Fernández Alonso, apodado “El Lobo”.

Igual que Honorio Molina Merino, apodado “Comandante”, hijo del alcalde de Villata de los Montes por el PSOE, que huyó por los desagües fecales del convento de Herrera del Duque, utilizado como centro de reclusión. Desgraciadamente había sido capturado de nuevo el mes anterior y, tras castrarlo, acabaron asesinándolo. Juan M. García Martínez, apodado “El Chato de Malcocinado”, junto con un numeroso grupo, se hicieron famosos en las sierras de Guadalcanal y Alanís, en el Norte de Sevilla, limítrofe con Badajoz. Unos pastores lo envenenaron y su cuerpo fue acribillado a disparos por guardias civiles, que quisieron atribuirse la proeza. En Cáceres se echaron al monte familias enteras, como los “Goyorías”, de Alía, cerca de Guadalupe, o los 5 hermanos Barroso Escudero, de Bohonal de Ibor. Los campos de exterminio y cárceles franquistas congregaron a cientos de miles de republicanos, lo que “facilitó” los contactos entre los comunistas, que organizaran la solidaridad, hiciesen proselitismo entre los demás apresados, y, por ingeniosos mecanismos, entrasen en contacto y asesorasen al exterior.

Así hicieron Domingo Girón, Daniel Ortega o Guillermo Ascanio, entre otros, en Madrid. En el exterior Enrique Sánchez y otros servían de enlaces y dirigían la reorganización. Todos ellos terminaron fusilados. En el País Vasco la reorganizacón corrió a cargo de Realinos, que también acabó fusilado. Volvieron a España, con tal misión, Jesús Larrañaga, Isidoro Diéguez, Jaime Girabau, Casto García Roza, Eladio Rodríguez, Francisco Barreiro, José Ros, Eduardo Sánchez Biedma (Torres) Lucas Nuño, José Gómez Gayoso, Antonio Seoane, Joaquín Puig Pidemunt, y tantos otros que serían fusilados. El 6 de junio, la Legión Cóndor repitió su desfile de la victoria particular por las calles de Berlín. Beigbeder informó a Franco que Queipo de Llano conspiraba abiertamente para implantar un directorio militar. El cazurro Franco, conociendo la afición al vino y la soltura de lengua de éste, esperó a tener hechos sobre los que actuar. A mediados de junio sólo quedaban 173.000 refugiados españoles en campos de concentración franceses. La llegada del verano empeoró las condiciones de subsistencia de los 156.789 prisioneros de guerra que aún quedaban en España.

El 17 de julio, Franco conmemoró el tercer aniversario de la insurrección de Valladolid, ciudad a la que otorgó, por tal motivo, la laureada de San Fernando. Esto iba dirigido expresamente contra Queipo de Llano, desmereciendo, ensombreciendo, “olvidando” la primacía, las mayores dificultades, de Sevilla, y de él en particular, en dicho acontecimiento. Como era de esperar, el airado Queipo de Llano reiteró su indignación por dicho proceder. Una de las veces se le escapó, ante quienes no formaban parte de sus incondicionales, el motejo de “Paca la culona”, con el que acostumbraba a tildar a Franco entre los que creía de su entera confianza. Era la ocasión que se pretendía. Franco lo llamó a Burgos, pero para hacerle una consulta, sin dar a entender sus propósitos o motivaciones. Simultáneamente otorgaba la Capitanía General de Sevilla a Saliquet, y le ordenó que tomase posesión de su cargo sin más requisitos, mientras Queipo de Llano despachaba en Burgos, donde se le comunicaba que había sido cesado y se le encargaba de una misión militar ante Mussolini, que no obtendría el menor fruto.

El 27 de julio se reunió en París la Diputación Permanente del Congreso de la República Española, organizada por Indalecio Prieto ¿Quién era él para tomar tal iniciativa? Y su propuesta no podía ser más imbécil: disolver formalmente el Gobierno de la República ¿Qué se
ganaba con eso? ¿En qué beneficiaba a los republicanos, a su capacidad de negociar en el futuro con Franco, para dar esperanzas a los derrotados, a los que sufrían el cruel exterminio por parte del franquismo? Quizás sólo lo hacía para acabar con cualquier poder de Negrín, al que odiaba. O siguiendo instrucciones de las “democracias occidentales”. Consiguió 14 votos, con lo que su propuesta triunfó sobre los tres negrinistas y los dos comunistas que habían acudido. Más aún: se acordó crear la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles, exigiéndole al Presidente del Gobierno que se le entregasen los valores y bienes que había distribuidos por varios países europeos y americanos, entre ellos el “tesoro” del “Vita”.

Negrín rechazó que una Diputación Permanente del Congreso tuviese más autoridad que él y su Gobierno para tomar tal determinación, negando que ésta tuviese respaldo constitucional. Otro desastre más para la IIª República Española. El  “Vita” era un yate que había pertenecido a Alfonso XIIIº. El Servicio de Evacuación de los Republicanos Españoles lo fletó, tripulado por carabineros. Zarpó de El Havre a mediados de febrero. Llevaba un cargamento de joyas y valores que se calcula en 300 millones de dólares, fruto de las condenas pecuniarias (expropiaciones de joyas, valores, cuentas bancarias y retenciones salariales) del Tribunal Popular de Responsabilidades Civiles, creado en el primero otoño de la guerra para impedir las represalias incontroladas, en su mayoría de anarquistas, y que el robo fuese un estímulo para que cometieran más, contra los implicados en la sedición militar o sus simpatizantes, en especial los que habían huido al extranjero o a zonas franquistas.

Con una parte de dichos fondos se creó, unos tres meses después del inicio de la guerra (in)civil, una especie de “caja de reparaciones”, que se repartió entre organizaciones del Frente Popular y anarquistas. El resto, a propuesta de los asesores legales del Gobierno, y aprobado por éste, presidido por Azaña en dicha sesión, se envió fuera del país, bajo la responsabilidad del Ministro de Hacienda. A principios de febrero, Méndez Aspe había autorizado al conde suizo Henri de Reding, de la Cruz Roja Internacional, para que depositase 4.000 libras esterlinas en Londres, que debían servir para  los niños exiliados y para socorrer a los internados en los campos de concentración. Franco pleiteó en los tribunales ingleses contra tal decisión, perdiendo la demanda. El conde Reding afirmó que se entregaron cantidades respetables a valiosos colegas de Negrín merecedores de tales ayudas, a abogados, funcionarios, hombres de negocio y colegas políticos, para que se estableciesen en Méjico u otros países. El “Vita” había llegado a Veracruz a mediados de marzo, un par de días antes de lo previsto.

Debía recibirlo el doctor José Puche, hombre de confianza de Negrín, pero, al llegar antes de tiempo, no se encontraba allí. Así que el Capitán de carabineros, Enrique Puente, telefoneó a Prieto, que tomó posesión del cargamento, con autorización del Presidente de Méjico. De forma que ni negrinistas ni comunistas podrían ver nada de dicha ayuda. Aunque Negrín ya había tomado otras “precauciones”. Había creado un fondo, que controlaba personalmente, con bienes incautados por la
República. Por ejemplo, las acciones de Cambó de C.H.A.D.E.. El 31 de julio, Franco decretó los estatutos de Falange Española, con idea de clarificar la ambigua ideología de que, a imitación de lo que había hecho Hitler, José Antonio Primo de Rivera la dotó. Esta ambigüedad permitió su crecimiento inicial tanto desde las filas de monárquicos nostálgicos, de demócratas descontentos, como de anarquistas, engañados por sus soflamas pseudorrevolucionarias.

De la misma forma que, tras ocupar el poder, Hitler debió desprenderse de su sector más “revolucionario”, que se había creído sus proclamas, como las S. A. (“Tropas de Asalto”) ordenando el asesinato de sus miembros para tranquilizar a la Banca y a los militares (“La noche de los cuchillos largos”) Franco se negó a la liberación, como proponían los alemanes, o la permuta de José Antonio Primo de Rivera, encarcelado por la República, por familiares de altos dirigentes republicanos que los franquistas habían secuestrado. Ordenó el apresamiento, juicio y condena a muerte de Hedilla, que se había hecho nombrar sucesor del fusilado fundador de la Falange, cargo que Franco reclamó para él. A pesar de todo ello los “camisas viejas” continuaban siendo un problema. Mantenían sus creencias pseudorrevolucionarias y ofendían a los “nuevos falangistas”, especialmente a los militares, a los que Franco había ordenado su adscripción a dicho partido político, lo que garantizaba su dominio personal. La tarea que Franco les tenía predispuesta, a las órdenes de su “cuñadísimo”, era constituir una trama de control social y represión.

Todo lo contrario a cualquier veleidad, disfraz, revolucionario. Para ello, siguiendo el principio del caudillaje (führerprinzip)
joseantoniano, en el artículo 11 de los estatutos, Franco se proclamaba “autor de la era histórica donde (¿en la que?) España adquiere las posibilidades de realizar su destino -¿Un destino de realización condicionada? Entonces ¿era un destino o un acto voluntarista?- y con él los anhelos del Movimiento (por lo que) el Jefe (en alemán, el Führer, o sea, él, Franco) asume en su entera plenitud la más absoluta autoridad (y sólo) responde ante Dios y ante la Historia”. Es decir, los postulados del absolutismo del siglo decimoséptimo. En el artículo 42 se arrogaba el derecho a designar sucesor. Igualmente nombraba el Consejo Nacional, para el que designó militares de su absoluta confianza, “camisas nuevas”, y algunos “camisas viejas” que habían demostrado su sumisión. Nombró a su cuñado, Serrano Súñer, Presidente de la Junta Política, y al General Muñoz Grandes, Secretario General, en sustitución de Fernández Cuesta, al que mandó a Brasil, como embajador.

La mitad de los miembros de la Junta Política la nombraba el Consejo Nacional, y la otra mitad el propio Franco ¡Qué engañifa! Además Franco también designaba a los Jefes Provinciales de la Falange, quienes designaban a los Jefes y Secretarios Locales de todas las ciudades y pueblos. Con ello la “vieja guardia” perdía todo su poder. Para entonces “el Partido” contaba con 650.000 afiliados, aproximadamente. El Partido Comunista fue el primero, y el que más decidida, heroica e inistentemente se esforzó en reestablecerse en España. Al principio sólo cosechó terroríficos fracasos, aunque finalmente sería el movimiento opositor más popular. Hasta el punto que muchos de sus dirigentes o integrantes pensaban que, a la caida de Franco, podía lograrse una revolución comunista, o, al menos, un Gobierno de coalición en el que ellos estuviesen integrados. Los primeros intentos fueron la reorganización del Socorro Rojo en Madrid y de las Juventudes Socialistas Unificadas, que acabaron en una sangría terrorista. Cincuenta y seis personas fueron condenadas por “rebelión militar”.

El 5 de agosto fueron fusiladas en las tapias del cementerio del Este, en Madrid. Entre ellos estaban 13 muchachas, 7 de ellas menores de edad, que habían pretendido reconstruir las Juventudes Socialistas Unificadas, y que pasarían a la historia como las “Trece Rosas”. Pero no eran socialistas, como se ha hecho creer, tratando de apoderarse de la consiguiente propaganda, sino que eran comunistas. El 8 de agosto Franco promulgó la Ley de la Jefatura del Estado, por la que se reservaba el “derecho” de dictar Decretos o Leyes, a su antojo, sin precisar siquiera de debate del Gobierno, justificado sólo por la urgencia que sólo él debía sopesar. Este poder era, al menos en teoría, más totalitario del que nunca tuvieron Hitler o Stalin, puesto que ambos debían utilizar el trámite gubernativo, la confirmación de remedos de Parlamentos, y, éste último, el cumplimiento de una Constitución. Como había hecho durante la guerra, como había hecho Primo de Rivera, el dictador anterior, Franco repartiría
Ministerios, subsecretarías y direcciones generales entre sus subordinados, con lo que estaba seguro que compraba y pagaba su fidelidad.

Y, por tanto, que, como todo régimen corrupto, lo que se consideraba un precio no iba a medirse por su eficacia gestora, sino por los beneficios que otorgaba, y que producirían agravios comparativos. Sin embargo sabía que Kindelán, Varela o Aranda sólo lo consideraban como una situación transitoria, hasta que se restaurase la monarquía. Y que Queipo de Llano y Yagüe tenían sus ambiciones personales. El 10 de agosto Franco formó su segundo Gobierno. Su “cuñadísimo” Ramón Serrano Súñer sería Ministro de Gobernación. El Coronel Juan Beigbeder Ministro de Asuntos Exteriores. Lo que evidencia el tipo de relaciones exteriores que pensaba desarrollar: manu militari. Esteban Bilbao sería Ministro de Justicia. José Larraz, de Hacienda. El General Varela, del Ejército. El Vicealmirante Moreno, de Marina. El General Yagüe, del Aire. El Tenientecoronel de artillería, retirado, Luis Alarcón de la Lastra,  de Industria y Comercio. Joaquín Benjumea, de Agricultura y Trabajo. Juan Ibáñez Martín, de Educación Nacional. Alfonso Peña Boeuf, de Obras Públicas.

    El nombramiento de Yagüe era toda una sorpresa, un desaire para Kindelán, que había dirigido la aviación franquista durante toda la guerra. Lo nombró, en cambio, Comandante Militar de las Baleares, donde quedaba incomunicado de los grupos monárquicos. Con ello demostraba que no iba a dar concesiones a los alfonsistas. Y, con tal comportamiento diferenciado respecto de Queipo de Llano, trataba de comprar fidelidades y demostrar lo que le ocurriría a los que cometiesen cualquier deslealtad. Pero, además, introducía a Yagüe en un mundo desconocido para él, sin contactos en los que confiar, sin apoyos falangistas con los que poder conspirar, y con todas las papeletas para hacer una mala gestión, quedar como un inepto para la administración. Franco mantenía seis militares en el Gobierno, incluido él mismo. Pero, tanto los otros cinco, como los civiles, excepto Serrano Súñer y Peña Boeuf, que repetían como Ministros, eran nuevos en el Gobierno. Quizás con ello trataba de subrayar que la guerra había terminado, que ahora se necesitaba un Gobierno para la “paz”, para reconstruir en vez de para destruir.

    Al morir Martínez Anido había desaparecido el Ministerio de Orden Público, y Serrano Súñer pasaba a simultanear su Ministerio de Gobernación con la Jefatura de Orden Público. El ascenso de su poder quedaba reafirmado porque había conseguido que se nombrase a dos Ministros Sin Cartera que le rendían pleitesía: los falangistas Rafael Sánchez Mazas y Pedro Gamero del Castillo. También eran propuesta suya Larraz e Ibáñez, miembros de la ultraeclesiástica Asociación Católica Nacional de Propagandistas (¿de FE?) fundada por Angel Herrera Oria. Este poder acumulado iba a utilizarlo para distanciarse de Mussolini y acercarse a Hitler. Varela “representaba” a los alfonsistas, y Esteban Bilbao, que tampoco suponía ningún peligro, a los carlistas. Se le encomendó del Ministerio de Justicia porque éste era el encargado de las relaciones con el Vaticano. Benjumea, que había sido diputado a Cortes desde seis años antes, por la Confederación Española de Derechas Autónomas, lo que también lo aproximaba a Serrano Súñer, representaba a la oligarquía terrateniente.

    A Alarcón de la Lastra no se le reconoce otro antecedente ni conocimientos “económicos” que haber sido administrador de la casa de Alba. Tal vez actuaba en el Gobierno en representación de la misma y, más ampliamente, de toda la aristocracia, para evitar que tuviesen
aspiraciones de rápido retorno a la monarquía. En Gobiernos sucesivos la participación de la aristocracia llegaría a ser mucho más directa, numerosa y decisiva. Aunque Franco, como si fuera rey, iba a crear y otorgar nuevos títulos nobiliarios, creando una nueva aristocracia afecta a él, para que no tuviesen que añorar
nada de una “auténtica” monarquía dinástica.

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¿Llega la paz?

 

El control de los precios en la zona franquista,
facilitado por la suficiente producción alimenticia y de los tradicionales
artículos
españoles de exportación, supuso que la peseta de Franco, acuñada
e impresa en la Italia
fascista, sólo se depreciase un 27’7% durante toda la guerra. Salvo los de la
ropa y los zapatos, los precios franquistas no sufrieron un gran
encarecimiento. Sin embargo, España, la que tanto utilizaban como justificación
de sus despropósitos, estaba completamente destruida. Esto era lo que habían
logrado los defensores del “orden”. Una producción, no sólo industrial, sino
incluso agraria, por debajo de la del año antes del inicio de la guerra
(in)civil, a pesar de las impulsiones, en ambos bandos, de “economías de
guerra”. Puentes, carreteras, puertos, tendidos eléctricos y de comunicaciones,
redes ferroviarias… todo destruido. Se había perdido la tercera parte de las
locomotoras y la mitad del material rodante del ferrocarril, aproximadamente:
el 60% de los vagones de pasajeros y el 40% de los de mercancías. Y eso que se
habían comprado (a plazo, por el bando franquista) grandes cantidades de ellos.
Se había hundido o fugado al extranjero el 25% de los buques mercantes. Se
habían derribado 250.000 viviendas, y otras tantas estaban arruinadas. Tussell,
en “Dictadura franquista y democracia”, hace un interesante análisis
comparativo con la devastación de la IIª Guerra Mundial. Por si fuera poco, el
país, no sólo se había quedado sin divisas y metales preciosos, que se habían gastado
en comprar armamento, víveres y medicinas, sino que el bando franquista había
endeudado increíblemente a la España que había conquistado, antes de que fuera
suya, por muchos años, especialmente con las potencias nazi-fascistas, que iban
a exigirle su reembolso sólo dentro de pocos meses, cuando les iba a resultar
necesario para mantener su insensata guerra. Aunque, bien pensado, todas las
guerras son insensatas. Y también lo son quienes las provocan, aunque no las
comiencen.

Además el sistema monetario era caótico. La guerra y las
represiones se habían llevado por delante, como mínimo, unas 250.000 personas,
casi el 1% de la población, el 3’5% de la población activa (aunque algunas
fuentes duplican estas cifras de muertos, a  los que habría que añdadir un innúmero de heridos, inválidos y mutilados) que retrocedía a niveles de nueve años antes, a
lo que había que sumar quizás el doble de expatriados, y otros tantos prisioneros
de guerra, represaliados republicanos o familiares de los mismos, cautivos en
cárceles, formales o improvisadas, y campos de ¿concentración? ¿Concentración
para qué? ¿Concentración hacia  dónde? En
realidad, igual que los nazis, eran campos de exterminio. En realidad toda
España era un completo campo de exterminio, como iban a demostrar los próximos
años, en los que el hambre, las enfermedades y el cautiverio se cobrarían casi dos
millones adicionales de personas. Aunque se culpó a la sequía, a los temporales
y las malas cosechas lo cierto es que el trigo marchaba camino de Alemania, en
pago a las deudas de guerra de Franco de la guerra de Franco. Se puede decir
que el hambre formaba parte de la represión a los republicanos, a los que se
incautaron sus propiedades y se les negaba un puesto de trabajo por sus
“antecedentes penales” o políticos, o “desafección al régimen”: la muerte y la
enfermedad no fueron equitativas, sino dirigidas, direccionadas, hacia el
exterminio de “la estirpe de los demócratas”. Desde el punto de vista económico
lo peor era que la mayoría de los expatriados y represaliados eran trabajadores
de alta cualificación, mientras que la gran masa de los afectos, forzados o de
grado, al franquismo, eran labriegos inmersos en el opresivo entorno rural.

    El 1 de abril, el Cuartel General del Generalísimo
comunicó, con su habitual laconismo propagandista, que, cautivo y desarmado el
ejército “rojo”, las tropas nacionales habían alcanzado sus últimos objetivos,
con lo que la guerra había terminado (era la misma frase que el Duce había
utilizado cuando comunicó que había completado la “conquista de Abisinia”) seguido
de los consabidos ¡Viva Franco! y ¡Arriba España! Según el Partido Comunista,
unos cuatro meses antes, durante la batalla del Ebro, el Subsecretario de Esado
alemán escribía en un memorandum que si Franco no recibía abundante cantidad de
hombres y material de guerra, sólo se podía esperar que terminase pactando con
“los rojos”. Que, según el diario de Ciano, el italiano Gambara se había hecho
cargo de todas las fuerzas españolas desde mediados de enero. Y que, según el
embajador alemán, las operaciones franquistas desde mediados de febrero se
realizaban con la vanguardia italiana. Estados Unidos reconoció de inmediato al
régimen dictatorial de Franco como representante legítimo de España. Mientras
tanto Negrín creó en París el Servicio de Evacuación de los Republicanos
Españoles, con intención de controlar y seleccionar la ayuda a sus partidarios.
El 2 de abril, ABC publicó que el Papa Pío XIIº había enviado un telegrama
felicitando a Franco, por el que agradecía al Señor, junto “con V.E., deseada
victoria católica España”. Casi dos años antes el Cardenal Gomá había dicho que
la guerra civil española era “un plebiscito armado”. Es una lástima que no
acaten de la misma forma los designios divinos y los plebiscitos cuando se
expresan pacíficos. Y, sobre todo, cuando son contrarios a sus intereses. Durante
la guerra, en la zona franquista, habían nacido muertos el 4% de los niños.
Otro 14% más morían antes de cumplir el año de edad. En conjunto, casi uno de
cada cinco nacimientos terminaba en muerte antes de un año. Piojos, chinches,
sarna, tiña y enfermedades venéreas infestaban barrios enteros en las grandes
ciudades.

Terminada la guerra, el “New York Times” pidió a Herbert
Mathews que no remitiese más artículos emotivos sobre los campos de refugiados
en Francia. El silencio en contra de la verdad. Política en lugar de
periodismo. El 3 de abril, en una alocución por Radio Nacional de España,
Franco justificó que la sangre de los caídos no consentiría el olvido ni la
traición. Por si alguien dudaba que se fuese a restaurar una monarquía
parlamentaria. Por lo menos en varios decenios. O que fuese a “perdonar” a
nadie ¿Por qué delito? Por haber sido demócrata o por no haberle entregado todo
el poder absolutista desde el mismo momento en que lo pretendió. Ya Joan
Perelló, obispo de Vic, había indicado el plan de actuación: “un bisturí para
sacar el pus de las entrañas de España, verdaderamente corrompida en su cerebro
y corazón, en ideas y costumbres”. Y, antes aún, los había cuantificado el
Capitán Aguilera, conde de Alba y Yeltes, uno de sus jefes de prensa de Franco:
“(…) los españoles (…) son una raza de esclavos (…) y no cabe esperar que se
libren del virus del bolchevismo (…) nuestro programa consiste en exterminar un
tercio de la población masculina de España”. “Con eso se limpiaría el país y
nos desharíamos del proletariado”. Alguien puede dudar de que esa fuese la idea
de la generalidad de los que decían defender a Dios, la Patria y a la Justicia.
Pero lo cierto es que, durante casi tres años, se habían dedicado con énfasis a
dicho cometido, y ahora tenían la oportunidad de culminarlo. Si a Franco no le
hubiesen gustado tales declaraciones a los medios de comunicación británicos
podía haberlas desmentido, haber destituido a su jefe de prensa. Pero no lo
hizo: ni lo desmintió ni lo sustituyó hasta tiempo más tarde.

Las “checas” falangistas, las cárceles, tradicionales o
improvisadas, o los campos de prisioneros de guerra, que se extendían por toda
España, continuaban con tal labor, aunque aquella, teóricamente, había
terminado. Había 190 de los que los alemanes llamarían campos de exterminio,
aunque, eufemísticamente, se referían a ellos, igual que en España, como campos
de “concentración” -¿Para qué? ¿Hacia dónde?- o de trabajo. Durante los dos
primeros años de guerra los franquistas habían capturado a 121.000 prisiones de
guerra, de los que habían conseguido encuadrar a 90.000 en batallones de
trabajo. Sin contar los 20.000 que ya habían sido reclasificados y enviados a
prisión. Tras la batalla del Ebro y la conquista de Barcelona se añadieron
116.000 más, distribuidos entres los campos de San Juan de Mozarrifar y San
Gregorio, en Zaragoza, fundamentalmente, pero también en Andalucía y
Extremadura (que se parecían a Cuba durante el mandato de Weyler, uno de los
inventores de los campos masivos de prisioneros, próxima ya su independencia y
el desastre español) lo que sumaba 237.000 en total. Al terminar la guerra
dicha cifra había aumentado hasta los 367.000 o quizás 500.000 prisioneros de
guerra. No se privaron de apresar entre 140.000 y 177.000, según las fuentes, en
los últimos días de ofensiva, que, a pesar de que ya se había terminado la
guerra, mientras se investigaba sus “responsabilidades” por obedecer a las
autoridades legítimas y defender la democracia, pasaron a campos provisionales
de prisioneros de los Cuerpos de Ejército, en Guadalajara, Teruel, Cuenca,
Medinaceli, Alcázar de San Juan, Manzanares, Valdepeñas, Santa Cruz de Mudela,
etc., etc.. Se calcula que, sumando campos de prisioneros de guerra y
encarcelados, los franquistas sometían a trabajos forzados, hambre,
enfermedades, castigos, torturas y muerte a medio millón de personas. No había
la menor intención de dar por concluida la guerra, ni de “reinsertar” a los
cautivos a la sociedad.

Su intención era el exterminio físico o, cuando menos, su
quebrantamiento moral, según concepción propiamente militar, haciendo
inhábiles, para el resto de sus días, para el combate. Esta era la seguridad
que pretendían: la sumisión o la muerte. Propiamente terrorista. Propiamente
fascista. Lo que eran. No querían seres humanos, sino esclavos. Exactamente
igual que Hitler. En el campo de prisioneros de guerra de San Marcos murieron
de hambre y frío 800 personas. En Albaterra, en Alicante, en la Granjuela, en
Córdoba, y en Castuela, en Badajoz, se realizaron fusilamientos masivos o
disparos al azar, como en los campos de exterminio nazis. Se les enterraba
apresuradamente, algunos de ellos estando aún vivos. En Castuera se llevaba a
los “escogidos” hasta una mina para fusilarlos, y allí dejaban los cadáveres.
Si continuaran oyendo sus gritos los remataban con granadas de mano. Para
ocultar sus crímenes cegaron dichas minas, por lo que se desconoce la cifra de
asesinados que albergan. El hambre, las epidemias y el suicidio por agotamiento
nervioso eran otros métodos también utilizados para el exterminio. De Levante
pudieron escapar hacia Túnez 15.000 republicanos que, de inmediato, los
franceses internaron en los campos de concentración de Yettat y Gafsa, en
Bizerta, y Jadyerat-M’guil, Boggar, Berruaggia y Dyelfa, en Argelia, en
condiciones realmente exterminadoras. Entre ellos estaba Cipriano Mera. De los
que llegaron a territorio metropolitano los franceses separaban, en un primer
momento, a los hombres con adecuada condición física, que eran internados en
improvisados campos de concentración, simples alambradas en la arena a la
orilla del mar, en el Sudeste de Francia.

El resto, unos 170.000, mujeres, niños, ancianos y
enfermos, pasaron por los campos de clasificación de Prats de Molló, La
Tour-de-Carol, Le Boulu, Bourg-Madame y Arles-sur-Tech. Tras lo cual se les
envió a centros de acogida, dispersos entre 70 departamentos administrativos
franceses. Según la Cámara de Diputados francesa había 90.000 refugiados en
Saint-Cyprien, 77.000 en Argelès-sur-Mer, 46.000 en Prats de Molló y en
Arles-sur-Tech, y 13.000 en Barcarès, lo que suman 226.000, a los que hay que
añadirles otros 50.000 que afirmaban que habían vuelto a España. Por lo que,
apenas 15 días antes, habrían supuesto cerca de 280.000, en total. Geneviève
Dreyfus-Armand los reduce a 275.000, y hasta 223.000 Bennassar. El brigadista
letón Emil Shteingold remitiría un informe a Moscú en el que explicaba que el
campo de concentración de Saint-Cyprien era una franja de tierra arenosa
(¿marisma?) sin ninguna vegetación, de dos kilómetros de largo por entre 400 y
500 metros de ancho, limitada por el Mediterráneo y una ciénaga, por ambos
lados. Estaba dividida en corrales cuandrangulares, cercados por alamabradas de
espino. Había ametralladoras amenazando contra cualquier intento de fuga o motín.
Este dato, no corroborado por otras descripciones, es sumamente significativo
del concepto que los franceses tenian de lo que era un “refugiado” republicano.
En la playa se situó un larguero sobre dos pilones, bajo el cual subía la
marea, y que hacía de letrina. En agradecimiento a la acogida dispensada por el
Gobierno socialista francés, lo denominaron “Boulevard Daladier”. Al subir la
marea, y por el relente, la arena se humedecía, por lo que no podían
enterrarse, sino que debían dormir en la superficie. Así que se arrejuntaban
cinco o diez hombres, para darse calor unos a otros. Dormian sobre los capotes
y mantas de unos y arropados con los de otros, entre todos.

    No podían girarse porque, si entraban en contacto con la
arena húmeda, con el viento, que podía helarla, podrían coger una neumonía. No
había separación ni atención para los heridos y los enfermos, por lo que hubo
una elevada mortandad, de unos cien al día. Esto significaba un tercio de los
concentrados al año. Indudablemente esta cifra debió mejorar posteriormente,
quizás cuando ya no quedaran heridos de guerra, todos hubiesen muerto o sanado,
y, con el verano, mejorase la climatología. Los demás campos de concentración
eran similares al de Argelès-sur-Mer. El único que era distinto, mejor, era el
de Barcarès, porque a él llevaron los que pidieron volver a España de
inmediato. Tenía barracones, pero su capacidad, para unas 50.000 personas, muy
pronto quedó superada. Tales barracones, de unos ocho pasos de ancho por
treinta de largo, acogían a 70 hombres, sin distinguir edad ni procedencia. No
tenían suelo ni ningún tipo de mobiliario, por lo que dormían y comían
acostados o sentados en la arena. Un zurrón o una manta delimitaban el espacio
vital de cada uno. La alimentación era insuficiente, tanto en cantidad como en
poder nutritivo. Daban dos cucharones de sopa por persona, en la que se
encontraban algunos garbanzos desperdigados, nadando. Era una suerte si te
caían cuatro en un plato. Para mejorar la situación trataron de convertir en
permanentes los campos de clasificación de Arles, Prats de Molló y
Bourg-Madame, pero no prosiguieron con tal plan al comprobar que se producían
muertes de frío.

Desde más de un mes antes se fueron abriendo otros campos
de concentración, como los de Bram, Agde, que se convertiría en el “campo de
los catalanes” debido a las gestiones de la Generalidad en el exilio,
Vernet-les-Bains, Rivesaltes, Septfonds, Tarn-et-Garonne, etc. El primero,
cerca de Carcasona, alojaba a 17.000 concentrados, y tenía el privilegio de una
enfermería con 80 camas, y que no lo custodiasen senegaleses, sino tropas
indochinas. El segundo agrupó a 10.000 personas. El tercero, entre Saverdun y
Foix, había sido un campo disciplinario durante la Iª Guerra Mundial. Estaba
dividio en tres secciones sobre 50 hectáreas de terreno, rodeado de alambradas
de forma anárquica. Los barracones, que ya estaban en ruinas, contaban con
celdas y vallados de castigo, a los que llamaron “el cuadrilátero” o “el
picadero”. Estaba completamente incomunicado del exterior. En él se agrupaban
los que los franceses consideraron peligrosos para la seguridad pública. Entre
ellos los componentes de la 26 División, la antigua “Columna Durruti”, y 150
brigadistas internacionales, alojados en la que se llamó “barraca de los
leprosos”. El Gobierno de Vichy permitiría que los alemanes se hiciesen cargo
de él, convirtiéndolo en un auténtico campo de exterminio. Para uno de dichos
brigadistas, Arthur Koestler, en el aspecto de la comida, las instalaciones y
la higiene, estaba incluso por debajo de los estándares típicos de un campo de
extermino auténticamente nazi. En dicho mes se abrió el de Gurs, al que
enviaron a refugiados vascos, aviadores y brigadistas internacionales, en total
19.000 personas sobre 79 hectáreas de barrizal.

Sus 382 barracones, insuficientes para tal concentración,
aún se atestaron más cuando el Gobierno de Vichy les sumó refugiados judíos,
huidos de la ofensiva alemana por el Este europeo. Es lógico que, en tales
condiciones, la mortandad fuera terrible. En Saint-Cyprien oscilaron entre 100
y 50 al día. En Arles-sur-Tech llegó a haber 20 muertos en una sóla noche, aunque
la media era de un mínimo de 30 a la semana. Todos ellos iban destinados a
fosas comunes. Unos 10.000 heridos y enfermos recibieron asistencia en los
hospitales de Perpiñán o Amélie-les-Bains, o en barcos hospital, en
Port-Vendres, como el “Marèchal Lyautey” o el “Asni”. El Servicio al Refugiado
Español, el Comité de Acogida a los Niños de España, financiado por la
Confederación General del Trabajo francesa y La Liga Francesa por los Derechos
del Hombre, o la Comisión Internacional para la Ayuda a los Refugiados
Infantiles, financiada por los mormones, colaboraron a suplir las carencias
alimentarias. Al cabo del tiempo los supervivientes fueron enfermando de
desesperanza y tedio, a lo que llamaron “arenitis”. Otros consiguieron
organizar actividades deportivas o culturales. Por ejemplo, la Federación
Universitaria Española o la Federación Española de Trabajadores de la Enseñanza
consiguieron editar periódicos, como “Barraca”, en Argelès, el “Boletín de los
Estudiantes”, en dicho campo y en Gurs, la “Hoja de los Estudiantes”, en
Barcarès, “Altavoz”, en Saint-Cyprien, o “Foc Nou”, en Agde. Apareció un
asqueroso mercado negro, en el que, como es habitual, participaron los guardias
de los campos, sobre la base de que los refugiados habían llevado oro,
conseguían alguna retribución por los trabajos que hacían para comerciantes y
agricultores de la zona, o como intercambio por lo que recibiesen de las
organizaciones de apoyo o caridad. Todos lo supervivientes coinciden en que, en
conjunto, recibieron el trato del ganado por los franceses.

Tras el desorden de las primeras semanas la
administración pública francesa, con la ayuda de los propios refugiados,
consiguió una mínima organización, la construcción de barracones o aportó medios
para una higiene básica. Sólo permitieron salir de los campos de concentración
a los se comprometiesen a no pedir jamás ayudas del Estado francés, y que
tuvieran familiares asentados en Francia que los avalasen. Fue notorio el
cambio sobre la tradición de asilio político, típica de dicho país, que había
ejercido durante las tres primeras oleadas de refugiados, respecto del
comportamiento al final de la guerra (in)civil española. Como atenuantes, que
no con efectos justificatorios, se puede alegar la masiva entrada que se
produjo en tal momento, que la aministración pública francesa debió prever,
puesto que se veía venir, y no lo hizo -si bien es cierto que los políticos
republicanos, en especial Negrín, reiteraron hasta la saciedad que Barcelona
resistiría hasta el fín- así como el temporal de frío y lluvia. De todas formas
es innegable que, al menos durante el primer mes, las condiciones fueron por
completo inhumanas. Y también que a Francia le costaba entre 15 francos al día
cada refugiado, y 60 si precisaba asistencia sanitaria u hospitalización, lo
que sumaba más de siete millones de francos por cada día. Que, además, se tenía
el convencimiento de que eran, mayoritariamente, comunistas -lo que, desde
luego, no era verdad- a los que Daladier consideraba tan peligrosos como les
parecían a Franco. “Le Populaire”, “L’Humanité”, “Ce Soir” u otras
publicaciones izquierdistas denunciaron las ignominiosas condiciones de los
campos de concentración de republicanos españoles.

Pero, las de derechas, que se habían opuesto a su
entrada, desde el primer momento, con el mayor extremismo, continuamente
presionaban al Gobierno para que se deshiciese de los “indeseables españoles”, “hez
de las cárceles catalanas”, y se les “devolviese” a Franco de inmediato. La
revista “Candide”, dos meses antes, se había quejado de que se les diese de
comer. Para “Le Figaro” los republicanos españoles eran unos vagos que no
querían colaborar. “Action Française” se negaba a que Francia se convirtiese en
el estercolero del mundo. Parecida opinión tenían (y hacían) “Le Petit
Parisien”, “La Dépêche du Midi”, “L’Independant des Pyrénées-Orientales”, “La
Garonne” o “La Croix”. Así estaba la situación en Francia. Sin embargo
cambiaría al poco tiempo. Se llegó al hastío, a un equilibrio de fuerzas, que
produjo la completa despreocupación popular por lo que les ocurriese a los
refugiados españoles. El mismo pueblo que sólo unos meses antes seguía
angustiado por la situación de la República Española y compadecido de sus
sufrimientos. Sólo los sectores más politizados de la izquierda continuaban con
tal preocupación. En tales circunstancias a los refugiados españoles en Francia
se les presentaban cuatro perspectivas de futuro: caer en manos de Franco,
rumor que se extendió por todas partes, entregados por el Gobierno francés,
volver a emigrar a otros países europeos o americanos, para lo que se
necesitaba dinero para pagar el transporte, aceptar la oferta de integrarse en Compañías
de trabajadores que había organizado la administración pública francesa, o,
para los varones, enrolarse en la Legión Extranjera de dicho país. Las
autoridades francesas hicieron cuanto estuvo en su mano, incluso engañarles,
para forzarlos a la primera opción, la más barata, inmediata y con menos
riesgos para ellas. Así habían conseguido que, dos meses antes, con la guerra
sin terminar, regresasen 50.000 refugiados. Con tal objetivo se comprende que
no tuvieran el menor interés en humanizar las condiciones de “acogida”.

Unos 40.000 se decidieron por reemigrar, la mayoría a
Hispanoamérica, lo que se demostró la elección más acertada, si se contaba con
medios para hacerlo, aunque supusiese romper los lazos con familiares, amigos,
tierras, propiedades, medios de vida, paisajes, convivencia, añoranzas, todo lo
cual el franquismo haría contingente, cuando no imposible, incluso con riesgo
para la supervivencia, igual que la marea nazi que haría sufrir a toda Europa.
Otros 50.000 ó 60.000 se integraron en las Compañías de Trabajadores
Extranjeros, y entre 6.000 y 10.000 en la Legión Extranjera y Cuerpos
similares. Dos años antes el Presidente Lázaro Cárdenas, que siempre había
apoyado y ensalzado a la República Española, acogió a 500 niños españoles, los
célebres “niños de Morelia”, para salvarlos de la guerra sin cuartel ni respeto
a los derechos humanos, a las poblaciones, a los civiles, a los enfermos,
ancianos y niños, que se llevaba a cabo en España, y pronto iba a experimentar
el resto del mundo. Terminada la guerra (in)civil española hizo cuanto pudo,
tal vez incitado por el Gobierno francés, para que fuesen a Méjico los
exiliados republicanos. La Unión Soviética no llegó a acoger ni a 3.000, en su
mayor parte dirigentes comunistas y bastantes “niños de la guerra”. Bélgica
recibió entre dos y tres mil niños. El derechista Gobierno de la República
Argentina puso todos los impedimentos posibles, permitiendo sólo la entrada de
2.500 exiliados españoles, especificando que, a ser posible, fueran vascos. Razonaría
que era más difícil que entre éstos hubiese comunistas. No obstante se vió
obligado a aceptar 60 intelectuales que navegaban en el “Massilia” con rumbo a
Chile, dada la campaña realizada por el periódico “Crítica” y quienes lo
apoyaron.

Entre los que serían albergados estaban Claudio Sánchez
Albornoz, Francisco Ayala, Luis Jiménez de Asúa o Pere Corominas, que, entre
otros elevarían el tono universitario y cultural de su país de acogida,
fundando editoriales como Losada, Sudamericana, Emecé, Botella al Mar o
Pleamar. Pablo Neruda, que, entre poesías, ejercía como cónsul del Frente
Popular chileno de Pedro Aguirre Cerda en París, consiguió que los buques
“Winnipeg”, “Formosa”, “Orbita” y “Massilia” llevaran a su país a 2.271
exiliados. Entre Venezuela y Cuba debieron recibir otros 2.000, mientras que
Colombia sólo acogió a unos 200, a pesar de que su Presidente, Eduardo Santos,
era admirador de Azaña y la República Española. Gran Bretaña sólo admitió a
funcionarios importantes, o a los republicanos que fuesen avalados por
ciudadanos británicos, lo que no sumó más que unos centenares. Tanto como
Estados Unidos. Esto significa que, a pesar de todo, el esfuerzo de Francia fue
inmenso, sobretodo si se le compara con los pocos miles que se marcharon al
resto de Europa. Los republicanos españoles rehusaban alistarse en la Legión
Extranjera, que les recordaba la odiosa Legión y los legionarios, de los que
había soportado sus terribles, alocados, suicidas, asaltos a la bayoneta, y la
no menos terrible ocupación de poblaciones y deafueros con los civiles,
expecialmene con las mujeres. Quizás por ello se crearon las Compañías de
Trabajadores Extranjeros francesas, una especie de Legión Extranjera para
labores civiles. Sus integrantes, que estaban militarizados, no se consideraban
trabajadores, sino “prestatarios de servicios”, por lo que se les excluía de
cualquier legislación social, ganaban entre medio y cinco francos, si se le suma
la prima de productividad. Trabajaron en las minas, la industria militar y la
agricultura. También crearon los Regimientos de Marcha de Voluntarios
Extranjeros, para vencer la renuencia de los que no querían integrarse en la
Legión Extranjera. Aún así varios miles lo hicieron en ella directamente.

    

El 7 de abril, en una reunión en el Kremlin, ante Molotov, Beria y
Dimitrov, Stalin culpó al Partido Comunista de España por no haber mantenido la
resistencia hasta el final. Mussolini invadió Albania. Hitler denunció el
Tratado naval germano-británico de cuatro años antes, lo que significaba que
tenía intención de fletar buques de guerra en número, tonelaje y dimensiones
superiores a las pactadas. En realidad llevaba años haciéndolo, y le parecería
que era imposible seguir ocultándolo. O quizás se tratase de una amenaza a la
opinión pública británica, sobre las consecuencias que podría traer una guerra
contra Alemania. El 20 de abril, tres semanas después del fin de la guerra, el
Comité Contrario a la Intervención Extranjera en la guerra española, después de
30 sesiones plenarias inútiles, concluyó que había cumplido su misión (puesto
que había ganado el nazi-fascismo) sin llegar a reconocer nunca que habían
participado en ella tropas regulares italianas (a pesar del Tratado de
intercambio de prisioneros en el que intervinieron buques británicos) y
alemanas, además de los mercenarios “regulares” marroquíes. La representación
había acabado. Ese mismo día desembarcó en Veracruz el primer grupo de 77
exiliados republicanos. El buque “Vita” llegó a Veracruz, lo que originó una
polémica en el Gobierno republicano en el exilio. El “virreinato” de Queipo de
Llano acumulaba 75.000 prisioneros. Sólo en Castuela había 10.000, en 70
barracones atestados, desde hacía casi un año. Los de la provincia de Badajoz,
Huelva y Málaga estaban hacinados, por lo que se abrieron otros en Sanlúcar,
Antequera, Ronda, Cádiz y Sevilla, y, posteriormente, en Valladolid, Palencia,
Astorga, Ciudad Rodrigo, Salamanca, Toro, Santiago de Compostela, la Puebla del
Caramiñal, La Coruña, Mollerusa, Toledo, etc., etc.. A primeros de mayo se
crearon auditorías de guerra en todas las provincias.

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El derrumbe final


Cuando se supo que los refugiados españoles llevaban
costados, desde el inicio de la guerra en España, 344 millones de francos, Sarraut
preguntó en
la Cámara de Diputados francesa si alguien creía que debió
abrirse fuego contra ellos en la frontera. Decía que, entre los refugiados, había
de todo: héroes y fugitivos, valientes y canallas, honrados y malhechores,
inocentes y bandidos, madres que agonizan y heridos gangrenados. Todo ello
prueba la ambivalencia de los sentimientos que albergaban los franceses. También
debió influir el sentimiento de culpabilidad por el entreguismo respecto de
Checoslovaquia. En conjunto debían ser medio millón. El 19 llegó la respuesta
de Franco a las condiciones del Consejo Nacional de Defensa: “Rendición
incondicional incompatible con negociación y presencia en Zona Nacional de
mandos superiores enemigos”. Todo lo que habían hecho, su sedición, la matanza
de la última hora, entre los propios republicanos, sólo había servido para
asegurar la victoria incondicional de Franco. Tal cómo mantenían muchos
republicanos, la negociación era imposible, ilusoria. Franco estaba induciendo a
la huida a los mandos superiores, al ¡sálvese el que pueda! De este modo la
desmoralización sería más completa y se ahorraría la demora que podría suponer
la defensa numantina de las grandes ciudades. Sin embargo Centeño recomendó
verbalmente (no me cabe duda de que eran instrucciones directas de Franco) de
que designara a dos jefes para enviarlos a Burgos.  Quizás la indicación de “jefes” daba a
entender que no aceptaba los ascensos de graduación otorgados por el Gobierno
republicano posteriores a la sedición fascista. Por otro lado, en
interpretación estricta, podía entenderse que aceptaba una interlocución de
menor nivel, del rango de jefes. Y así lo hicieron. Se eligió al
Tenientecoronel de Estado Mayor Antonio Garijo y al Mayor Leopoldo Ortega. La
gélida y cortante telegráfica respuesta de Franco no dejaba lugar para ninguna
negociación.

    No obstante, Casado volvió a redactar otro documento, en
el que resaltaba la lucha contra los comunistas, y el peligro de que éstos resurgieran,
si se defraudaba la esperanza que se había depositado en el Consejo ¡Después de
que los derrotase! ¿Quién iba a temerles ahora? En la tarde del 21 de marzo,
agentes del Servicio de Información y Policía Militar comunicaron a Casado que
los franquistas aceptaban a los emisarios y los recibirían el día 23 en el
aeropuerto de Gamonal. Dicho día los Coroneles Luis Gonzalo De La Victoria y
Domingo Ungría se reunieron con ellos y les indicaron sus condiciones: dos días
después todo el Ejército del Aire republicano debía entregarse, y, dos días más
tarde, el de Tierra debía alzar bandera blanca en señal de rendición
incondicional. Indudablemente eran los términos de la misiva telegráfica que
menciona Tuñón de Lara en su “Historia de España”. Aunque no tenía nada que ver
con lo proclamado en las octavillas propagandísticas con las que, algunos días,
habían bombardeado Madrid, y que algunos ilusos se habían creído. Cuando se
conocieron tales indicaciones, algunos mandos republicanos las consideraron
humillantes y pensaron que había que resistir. Pero si habían dado el último
golpe de Estado era para rendirse. Para resistir bien podían haber continuado
obedeciendo a Negrín. Franco lo sabía. Sabía que no podía haber marcha atrás, y
por eso, con toda desfachatez y cinismo, con toda la bajeza que siempre le
caracterizó, como era su costumbre, iba a sacar todo el provecho de ello.
Casado lo comprendió. Tarde. Como no había otra salida intentó una nueva
aproximación, mediante una carta personal a Franco a través del duque de Frías.
Ahora utilizaba la táctica victimista, la llantina, se proclamaba angustiado
por la responsabilidad y porque pudiesen considerarlo un traidor.

Reiteraba que se había revelado para abortar un golpe de
Estado de los comunistas, que habría desplegado un régimen de terror sin
precedentes, para derribar a un Gobierno inmerso en todos los vicios políticos
imaginables y por el deseo de paz del pueblo. En definitiva, nada que pudiese
conmover a Franco, sino reafirmarle en que hizo bien cuando se insubordinó, y
que Casado hizo mal cuando no colaboró con él, sino que llevaba oponiéndosele
casi tres años, para, al final, venir a coincidir en lo mismo. La despedida no
podía ser más sumisa, dando a entender que se consideraba a sus órdenes,
disculpándose por la “conducta irreverente” (posiblemente se refiriese a
dirigirse a él sin seguir el conducto reglamentario) que justificaba en el
“ferviente deseo de servir a España”, respetuosamente a S(u) E(xcelencia; el
tratamiento de un subordinado a un General) su at(en)to s(eguro) s(ervidor)
Segismundo Casado. Es decir, era como si hubiese cambiado de bando, como si se
hubiese pasado a los franquistas. Según Tuñón de Lara, en el mismo libro
citado, cuando Franco se enteró de que intentaba enviarle una carta, se
adelantó con la advertencia de que “S.E. el Generalísimo no ve necesidad de
viaje a ésta portadores documento, pues su llegada no modifica absolutamente en
nada sus propósitos”. El día 24, en el cementerio del Este de Madrid, se
ejecutaron las sentencias de muerte contra Barceló y Conesa ¿Trataban de
congraciarse con Franco, demostrarle que también servían para fusilar a
comunistas? Quizás impresionado por este hecho el Jefe del S.I.M. llevó en
coche hasta Albacete a los dirigentes del P.C.E. que le habían sido entregados.
En Totana, junto a los últimos mandos comunistas que habían podido escapar de
dicha Junta sediciosa, embarcaron en aviones que les llevarían a Argelia, a
Mostaganem.

El 25 de marzo el mal tiempo y problemas técnicos y
logísticos impidieron entregar la Fuerza Aérea, por lo que los dos portavoces
republicanos volvieron a reunirse en Gamonal con Gonzalo y Ungría para dar
explicaciones. Gonzalo telefoneó al General Jefe de Estado Mayor de Franco, que
debía ser Vigón, e informó del incumplimiento, recibiendo la orden de suspender
la reunión y enviar de vuelta a los interlocutores del Consejo Nacional de
Defensa. De inmediato el Cuartel General de Franco dio las órdenes para la
ofensiva final. El 26 de marzo los Cuerpos de Ejército de Extremadura, desde
Cabeza de Buey, de Marruecos, desde Peñarroya, de Andalucía, desde Espiel, y de
Córdoba, desde Montoso, en el Frente Sur, avanzaron hacia el Norte, para
converger en Ciudad Real. Los de Toledo, del Maestrazgo, Navarra y CLI, desde
Talavera de la Reina, Polán y Toledo, en el Frente del Centro, hacia el Sur. Y
los de Urgel y Aragón desde Torre del Burgo, Masegoso, al Norte de Torrebeleña,
y entre Brihuega (¿venganza de la derrota de los italianos en Guadalajara, o
para quedar por encima de ellos?) y Cifuentes, en el Frente de Levante, hacia
Madrid y Cuenca, respectivamente. Avanzaron sin encontrar resistencia. A las
dos de la tarde el Ejército del Sur, según registros del archivo militar
alemán, pasaba nota de haber hecho muchos prisioneros, incluidos rusos. El 27
de marzo, Franco se alió con Hitler en el “pacto anti-KOMINTERN”, que se
mantendría en secreto hasta 11 días después, tras haberse declarado el fin de
la guerra (in)civil española. Von Richthofen anotó en su diario privado que la
artillería, que funcionaba como nunca en España, había comenzado a las 05.50,
pero que no se detectaban movimientos en las “líneas rojas”. A las siete realizaron
su primer bombardeo (aéreo, del día) que calificó de “muy bueno”.

    Simultáneamente se realizaron reconocimientos sobre los
objetivos que habían sido designados para bombardear. Tras la cifra 06.00,
escribe que la infantería avanzó, junto con los tanques, tras el bombardeo que
había realizado la Legión Cóndor por delante de sus líneas. Si la cifra, como
parece lógico se refería a la hora del avance, hay una incoherencia, porque el
párrafo anterior refería dicho bombardeo una hora después. Quizás quiso o debió
anotar 08.00, pero no era eso lo significativo, sino que advertían pocos
defensores en las líneas, concluyendo que “Los rojos han evacuado las
posiciones”, lo que no era del todo cierto. Más exactos son los párrafos
siguientes: “Todos se están marchando. Nuestra magia de fuego ha funcionado
bien”. Observaba que, tras avanzar 24 kmtrs., la infantería se había quedado
sin aliento. Pero, a continuación, quizás interrumpiendo el redactado por la
última información recibida, remataba: “Noticias de que en todas partes
alrededor de Madrid hay banderas blancas y las unidades se están rindiendo
¡¡¡LA GUERRA HA TERMINADO!!! Fin para la Legión Cóndor”. Como de costumbre, Von
Richthofen se anticipaba a los acontecimientos. El 28, las líneas de defensa
republicanas se habían desintegrado. Algunos soldados, de ambos bandos, se
abrazaban considerando que ya había terminado todo, que tras la guerra volvería
la paz. A los republicanos que quedaban cercados, los franquistas les ordenaban
que amontonasen su armamento, y los apresaban en plazas de toros o en campos
alambrados a la intemperie. Los que mantenían posiciones en retaguardia dejaban
sus armas y trataban de volver a sus casas. El Coronel Losas llegó con sus
tropas hasta la Casa de Campo ¿Otra venganza o reconstrucción de la historia
por derrotas anteriores? El Coronel Prada, en las trincheras de la Ciudad
Universitaria, le entregó Madrid.

Según el PCE, entre los nazifascistas que entraron para
“liberar” Madrid había dos Divisiones italianas y unidades marroquíes. Constatado
lo ingenuo de “negociar” con Franco, y que sólo habían logrado acabar con
cualquier espíritu de resistencia, el autoproclamado Consejo Nacional de
Defensa concluyó que no era capaz de defender nada, se diluyó y cada uno puso
los pies en polvorosa. Precisamente lo que habían acusado que harían el
Gobierno legítimo y los comunistas. La única honrosa excepción fue la de Julián
Besteiro, que, coherente con el papel que había jugado, esperó el desenlace de
los acontecimientos en Madrid, lo que le costaría la vida. Miaja huyó a Orán en
su avión privado. Casado había pedido ayuda a Francia y Gran Bretaña, que no se
dignaron responder. De todos modos era demasiado tarde para que fuese de
ninguna utilidad. Además, los submarinos italianos patrullaban con órdenes de
no dejar entrar ni salir a ningún buque. Aunque ya veremos que algunos
consiguieron burlarlos. Se fue a Valencia. Después escribiría que dejando
órdenes de que la rendición formal se efectuase a las once de la mañana del día
siguiente. A mediodía hizo su entrada en Madrid el General Espinosa de los Monteros.
Abría una comitiva de camiones de avituallamiento, 200 oficiales jurídicos y
muchos policías militares y falangistas dispuestos a encargarse de la represión
desde el primer momento. En los balcones se desplegaban las viejas banderas de
la vieja España monárquica, salían a la calle los quintacolumnistas, gritando
lemas franquistas y saludando con el brazo alzado, así como curas y frailes
repartiendo bendiciones. Y guardias civiles volviendo a lucir sus antiguos
uniformes. Otros arrancaban carteles, rótulos de calles y edificios, rompían retratos
o deshacían barricadas.

    El diario oficial de guerra de la Legión Cóndor expone en
su última anotación, a las cuatro de la tarde, que las emisoras de
radiofrecuencia de todas las capitales de provincia habían ido difundiendo su
sumisión a los franquistas, expresando su devoción al Caudillo, de lo que
concluía que la guerra estaba a punto de acabar. Los franquistas continuaron
avanzando hacia los puertos del País Valenciano, en los que varios miles de
personas se congregaban desesperados, suplicando que les dejaran subir a
algunos de los pocos buques que permanecían amarrados. Cuando llegó Casado el
ambiente era dantesco. Sólo el “Lézardrieux” pudo zarpar con refugiados. Y, en
Alicante, el “Stanbrook”, atestado por 3.500 refugiados, que llevaría a Orán.
Sin embargo el “Maritime” y el “African Trade” soltaron amarras sin permitir
que embarcase ningún republicano. De Cartagena sólo zarparía el “Campilo”. Los
franquistas del Frente de Levante habían tomado Torre del Burgo, Brihuega y
Cifuentes. El conde Ciano anotó en su diario que había caído Madrid, y, con la
capital, todas las restantes ciudades de la “España roja”. “La guerra ha
terminado”. Otro que se precipitaba. Era la misma frase que el Duce había
utilizado cuando comunicó que había completado la “conquista de Abisinia”. Para
Ciano, la de España era una nueva y formidable victoria del fascismo, quizás la
mayor hasta ese momento. En vista de la situación, el 29 de marzo, Segismundo
Casado se fue a Gandía, donde le acogió, junto con sus seguidores, el Crucero
de su británica majestad, “Galatea”, que estaba allí en misión de evacuar a los
prisioneros de guerra italianos, según un acuerdo de intercambio ¿Cumpliría
Franco con su parte del mismo, con la victoria ya en la mano? Hacia Alicante afluían
dirigentes políticos y sindicales, y miles de soldados y civiles, en infinitas
filas de coches y camiones embotellados en parsimoniosa lentitud.

Para entonces habían caído en manos franquistas, en el
Frente del Centro, Buitrago, Torrelaguna y Madrid. Y, en el de Levante,
Terrebeleña, El Cubrillo, y Salcedón, y, en Alcalá de Henares y Cuenca, se
unieron a las tropas del Frente Sur, con las que se unificaban. El día 30 de
marzo, los franquistas ya estaban en Albacete. En el puerto de Alicante se
concentraban 15.000 personas. Se había corrido la voz, tal vez ilusiones de la
desesperación, que los buques que habían partido sin refugiados volverían para
recogerlos, o que llegarían otros más a por ellos. Para entonces la ciudad de
Valencia también había sido tomada por los franquistas. Procedentes de
Albacete, los italianos de Gambara los cercaron. Algunos se suicidaron sobre
los mismos muelles. El resto fue apresado en campos de alambradas de Los
Almendros, Albatera, el castillo de Santa Bárbara, la plaza de toros y en
cuantos sitios encontraron. Para entonces los franquistas ya habían tomado
Almería. El 31 de marzo sólo quedaban zonas aisladas que pudieran decirse
republicanas. Un corredor que se había iniciado desde Toledo se bifurcó hacia
Ciudad Real y hacia Murcia, llegando hasta Cartagena. Parecía obsesión impedir
que pudiesen “escapar” los republicanos: todo lo contrario de lo que había
ocurrido en la frontera francesa. Tal vez, cuando ya habían conseguido la
victoria, ahora temiesen que se pudiera formar un contingente que los hostigara
desde el exterior, o un ejército guerrillero. Francia y el Reino Unido de la
Gran Bretaña firmaron una alianza con Polonia: era una advertencia a Hitler,
una demostración de que les había molestado su incumplimiento respecto del
pacto sobre Checoslovaquia, y de que no iban a consentir que atacase a dicho
país. Y ese mismo día Alemania denunciaba el Pacto de no agredir a Polonia,
demostrando que consideraba una agresión la alianza de ésta con Francia,
reafirmando la que ya existía, y con Gran Bretaña. Que lo interpretaba como que
aquella había cambiado de bando.

    Que amenazaba con atacarla, con poner a prueba la seriedad y compromiso
de dicha alianza. Que se mofaba de la misma, que la creía un farol que no
estaban dispuestos a cumplir, o, en todo caso, que en nada temía a la potencia
militar conjunta de dichas tres naciones. El Ministerio del Interior francés
inició listas de refugiados españoles sospechosos de activismo político, a los
que se trasladó al castillo templario de Collioure. Henri Wallon, uno de los
mayores psicólogos infantiles del siglo pasado, y luchador por la libertad, denunció valientemente el mal trato y los castigos que allí recibían, por lo
que debieron cerrarlo. A las mujeres con iguales sospechas se las internó en el
campo de concentración de Rieucros.

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La República, sin Presidente

 

El domingo 26 de febrero, el enfermo, abatido,
desmoralizado y fracasado, no sólo para mantener la República, la
democracia, sino para garantizar la vida de sus conciudadanos, sus presididos,
Azaña, abandonaba su residencia en la embajada de
la República

Española en París, para instalarse en una casa en la Alta Saboya, en
Collonges-sous-Salève, que había alquilado su cuñado, Cipriano Rivas Cherif,
siguiendo sus instrucciones, un año antes. Comprendiendo lo que ésto
significaba de alejamiento de la representación oficial, Negrín le envió un
emisario con un telegrama, en el que le pedía que regresase a España para
ejercer sus funciones de Presidente de la República.

Aunque forma parte de su lógica personalidad que le
exigiera que corriese iguales riesgos que él, que diese ejemplo de resistencia
y lealtad en el compromiso de sus obligaciones, también demostraba su falta de
tacto, su incapacidad de analizar las circunstancias personales, anímicas. Porque,
ante tal disyuntiva, Azaña, en aquél nefasto momento, no hizo sino lo que
llevaba mucho tiempo sopesando: dimitir. El 27 de febrero tanto Francia como
Gran Bretaña reconocieron formalmente al Gobierno de Franco.

El pseudofascista Mariscal Petain, flamante embajador
francés en Burgos, consideraba a Franco “la espada más limpia de Occidente”. No
sería limpia de sangre ni de injusticias. Quizás Petain considerase que la
sangre de los demócratas limpiase las espadas de los asesinos. José Félix de
Lequerica fue designado embajador del Gobierno de Franco ante Lebrun, el
Presidente de la
República Francesa, y el duque de Alba ante su graciosa
majestad británica. Estados Unidos llamó a consulta al suyo, Claude Bowers ¿Con
qué motivo? ¿Con qué justificación? ¿Qué había hecho mal la República Española
que debiera debatir el Gobierno estadounidense con su embajador ante ella? Su
Secretario de Estado, Cordell Hull, reconocería que se hizo para tener libertad
de entablar relaciones diplomáticas con Franco. Ocho años antes la República Española
había obtenido un préstamo de Francia de 250 millones de pesetas-oro. En
garantía del mismo se depositó oro en la sucursal de Mont Marsan del Banco de
Francia. Cinco meses antes, aprovechando la devaluación de la moneda francesa,
la agonizante República Española había dado orden de cancelar dicho préstamo,
con lo que resultaba un exceso de garantía de unos 27 millones de dólares, a
favor de España.

Daladier entregó a Franco dicho oro, que correspondía a la República

Española, junto con todo el material de guerra de ésta
aún no entregado, bloqueado, bajo la justificación de “no intervenir” en la
confrontación, así como el compromiso de no permitir que los republicanos
españoles realizasen en Francia ninguna actividad contra Franco: toda una serie
de “regalos de buena voluntad” (robados a su legítimo propietario) para granjearse
la simpatía, o, al menos, la neutralidad, futura, de Franco. Esta era la idea
de “no intervención” que tenían las “democracias occidentales”: el apoyo, cada vez
más descarado, al fascismo. Todos sus sufrimientos posteriores los tenían
sobradamente merecidos. La entrega del oro de

la República

Española de la sucursal de Mont de Marsan a Franco
justifica la decisión de Largo Caballero de depositar gran parte de las
reservas de oro y divisas en la Unión Soviética: las “democracias occidentales”
eran menos de fiar que la “Patria del proletariado internacional”. Nuevamente
Diego Martínez Barrios, hombre de confianza de Azaña, otra vez Presidente del
Congreso, debía de nuevo convertirse en Presidente de la República en funciones,
y convocar a los diputados para elegir a un sustituto definitivo. La carta de
renuncia de Azaña no podía ser más inoportuna, posiblemente con la intención de
salirse con la suya, de demostrar, tozudamente, que llevaba razón, forzar,
estúpidamente, a unas ¿negociaciones? con Franco.

Así, aludía a la autoridad militar del General Rojo para
asegurar que la guerra estaba perdida, al reconocimiento del Gobierno de Franco
por parte de las “democracias occidentales”, y a la “desaparición” del aparato
político del Estado, del Parlamento, las representaciones superiores de los
partidos políticos, los órganos de consejo y acción indispensables para ejercer
la presidencia, para justificar su dimisión, y pedía al Presidente del Gobierno
republicano que gestionase una paz en condiciones humanitarias. Ya no indicaba
honorable. Con todo ello estaba declarando extinguida la República y
desautorizando cualquier acto de Gobierno, incluso cualquier hipotética
“negociación”, ni con Franco ni con ningún otro interlocutor, ni español ni
internacional. Un hombre que se había caracterizado por su perspicacia
política, haber traído la IIª
(IIIª, si se incluye la catalana, la de mayor duración) República a España,
haber reinstaurado la democracia, y capeado con mano izquierda los momentos más
difíciles, en éste, en el definitivo, se despedía de la escena con un acto de
despreciable irresponsabilidad, que rezumaba cobardía. Pudo haber alegado
enfermedad para no volver a España, incluso para dimitir, aunque lo más lógico
habría sido esperar, ya que los acontecimientos no podían demorarse demasiado
tiempo. Martínez Barrios logró reunir a 16 miembros de la Comisión Permanente
del Congreso, entre los que no había ningún comunista, en el restaurante Laperouse
de París y decidieron remitir un telegrama a Negrín. En él Martínez Barrios se
decía dispuesto a volver a Madrid, pero sólo para negociar la paz, y elegir,
mediante compromisarios, al nuevo Presidente. Semejante condicionado
significaba, sencillamente, incumplimiento del mandato constitucional.

Con toda lógica, ante tales hechos, Negrín prefirió no
responder, no alentar la controversia: para nada quería en Madrid a alguien con
atribuciones de Presidente de la
República que no fuese a apoyarle en su convicción de
resistencia. Aunque ésta cada vez era más débil. Tal falta de respuesta fue
utilizada por Martínez Barrios y otros, como el General Rojo, como
justificación para no regresar a España. A finales de febrero, en una visita de
Negrín al Frente de Guadalajara, Mera le dijo que había  ignorado a los anarquistas y ahora pretendía
que entregasen sus vidas resistiendo, cuando no había posibilidad ni medios
para que fuese útil para nada, mientras los defensores de la resistencia ya
habían enviado a sus familias al extranjero, y se dedicaban a expatriar valores
y bienes. El último director del Servicio de Inteligencia Militar fue Santiago
Garcés, negrinista. El 2 de marzo Negrín ordenó a Matallana y a Casado que se
personaran en la “posición Yuste”, su residencia particular. Allí les informó
sobre sus planes de reorganizar toda la cúpula del ejército. No se sabe si era
un arrebato de ingenuidad o, por el contrario, una suprema malicia, pues les
estaba incitando a ejecutar el golpe de Estado, acabar con todo, de una vez, ya
que, en las circunstancias por las que se atravesaba, se había demostrado tan
imposible la resistencia como una negociación honrosa de la paz. Ambos
refutaron tal pretensión, pero no le convencieron. Así que se dirigieron de
Elda a Valencia para informar a Menéndez de las novedades, y tomar decisiones
sobre cuál debía ser su comportamiento.

El 3 de marzo Negrín publicó en el Diario Oficial del
Ministerio del Ejército el nombramiento de Jefe de la Base Naval de Cartagena a
Francisco Galán, Coronel de Seguridad, al Tenientecoronel Etelvino Vega como
Gobernador Militar de Alicante, al Tenientecoronel Leocadio Mendiola, Comandante
de Murcia, al Tenientecoronel Inocencio Curto, Comandante Militar de Albacete,
y a Cordón, al que se ascendía a General (igual que a Modesto) Secretario
General del Ministerio de Defensa. Todos ellos eran comunistas. También se
ascendía a General a Casado, con lo que se le facilitaba la realización de sus
intenciones golpistas. El General Matallana sustituía a Rojo como Jefe del
Estado Mayor Central, y el General Miaja pasaba a ser Inspector General del
Ejército, un puesto absolutamente simbólico, sobretodo en las circunstancias de
extinción, a muy corto plazo, por las que se atravesaba. Tal vez se les pretendía
facilitar la huida, al separarlos de puestos de responsabilidad directa sobre
las líneas de combate, en pago por sus esfuerzos y méritos (todo es relativo y
criticable) durante la guerra, si todo acabase mal, como era de prever. O,
simplemente, porque ya no se fiase de ambos. Que presumiera que estaban
dispuestos a la rendición. Sin embargo, tomándolo como destituciones, podían
reaccionar en sentido contrario ¿Era ésto lo que realmente pretendía? ¿Por eso
había ascendido a Casado? Tales nombramientos los justificaba en que hacía uso
de facultades expresamente concedidas por el Presidente de la República y el
Consejo de Ministros, lo que podría decirse que era falso. A menos que se
considere que, al dimitir Azaña, y al negarse Martínez Barrios a asumir sus
obligaciones constitucionales, puesto que ponía condiciones, legalmente
inaceptables, para ello, estaban delegando en él tales facultades.

Lo que resulta incontrovertible es que el Gobierno no se
había reunido para tratar tales nombramientos, aunque el Presidente pudo haber
consultado con sus Ministros, individualmente, para hacerlos. Sin embargo eran
completamente razonables: tanto si se pretendía una resistencia a ultranza como
una retirada escalonada los comunistas debían estar en vanguardia, ya que eran
lo únicos decididos a continuar la guerra. Era la única posibilidad de que se
defendiera, con convencimiento, los puertos y aeropuertos de Levante, dando una
oportunidad a la evacuación de los que pretendieran expatriarse. Hay que tener
en cuenta que la República aún controlaba diez provincias, con unos diez
millones de habitantes, la capital del Estado, un ejército de unos 700.000
hombres, según el Partido Comunista, cuatro grandes puertos, entre ellos la
principal base naval de España, y una Flota que aún contaba con tres cruceros,
trece destructores, cinco torpederos, dos cañoneras y siete submarinos. El
P.C.E. había insistido en cambiar a los mandos del ejército que parecían más
indisciplinados, si no agentes franquistas. Pero Negrín, quizás temiendo un
excesivo poder de los comunistas, les consintió haber permanecido
holgazaneando, sin lanzar ninguna ofensiva que desviase fuerzas de las que
empujaban a los combatientes del Ebro, ni tampoco cumplir las órdenes de
fortificación, movilización de civiles y reservistas. Según el PCE, en una
reunión de la Comisión Ejecutiva del PSOE, Julián Besteiro había expuesto que
lo peor que podía ocurrir es que la República ganase la guerra, porque entonces
España sería comunista, cifrando sus únicas esperanzas en que Gran Bretaña
decidiese intervenir, y que no lo haría mientras se mantuviese el Frente
Popular, que en el extranjero se consideraba como un avance del comunismo.

En el mismo sentido sostienen que Casado había propagado
la promesa que, según sus contactos ingleses, Franco les había hecho de
mantener las graduaciones (lo que implicaba la vida, la libertad y la
profesión) de los que se rindiesen de inmediato. Como no podía ser de otra
forma, los conspiradores se alarmaron, considerando que Negrín y los comunistas
intentaban escapar primero. Todo lo contrario de lo que supone emplear el
sentido común. Pero también Franco, que concluyó que se ponía el Ejército
Popular a las órdenes del Partido Comunista, lo que podría significar una
prolongación de la resistencia, instaurando una dictadura de Generales y
Coroneles ¿Cómo la que él estaba haciendo? El 4 de marzo, cumpliendo las
órdenes, Francisco Galán se presentó en Cartagena para hacerse cargo de su
nuevo puesto. El General Bernal lo recibió con toda normalidad y lo invitó a cenar.
Mientras tanto el ejército y la Flota se amotinaron, y Galán fue apresado. Otra
sedición dentro de la sedición. Mientras unos pretendían negociar la paz
algunos Oficiales buscaban congraciarse con los franquistas, cuando estaban
seguros de que todo estaba perdido, y avisaron a la “quinta columna”.
Falangistas y marineros se adueñaron de las baterías artilleras de la Costa de
Los Dolores, y de una emisora de radiofrecuencia, desde la que pidieron la venida
de las tropas franquistas. A las 11 de la mañana del día 5 de marzo, 5
bombarderos Savoia, atacando desde el mar, alcanzaron la Flota republicana y
objetivos en la Base. El Almirante Buiza contemplaba cómo la rebelión se había
extendido a las calles. Exigió que se liberase a Galán y a los demás prisiones
republicanos, bajo amenaza de disparar con sus buques contra la Base. Como
respuesta recibió más ataques de la aviación franquista y disparos de las
baterías costeras, por lo que, ante el peligro de la llegada de buques
franquistas, dio orden de zarpar hacia mar abierto a toda la Flota a su mando.

Galán consiguió embarcar en el último momento. El General
Casado, desoyendo los llamamientos de Negrín, constituyó aquel anochecer el
Consejo Nacional de Defensa en Madrid, en los sótanos del Ministerio de Hacienda.
El mismo se proclamó su presidente provisional y asumió la Consejería de
Defensa. El socialista Wenceslao Carrillo se encargó de la de Gobernación. El
ugetista Antonio Pérez, de Trabajo. Los anarquistas González Marín la de
Hacienda (¿un anarquista Ministro de Hacienda?) y Eduardo Val la de Comunicaciones
y Obras Públicas, respectivamente. Miguel San Andrés, de Izquierda Republicana,
Justicia y Propaganda. José Del Río, de Unión Repúblicana, Instrucción Pública
y Sanidad. A Melchor Rodríguez, de la CNT, lo nombraron alcalde de Madrid. Otro
golpe de Estado dentro del golpe de Estado. Asistieron a dicha constitución
Cipriano Mera, que, abandonando sus posiciones en el Frente, había llevado su
70 División a Madrid, con la que custodiaba el Ministerio, el General Martínez
Cabrera, Gobernador Militar de Madrid, y Angel Pedrero García, cómplice de
García Atadell en las “patrullas del amanecer”, Jefe del Servicio de
Información Militar de Madrid, entre otros militares, dirigentes locales de la
CNT y la UGT, periodistas y fotógrafos. A medianoche los insurrectos
retransmitieron su proeza por Radio España y Unión Radio de Madrid. Negrín vio
interrumpida su cena con el Gobierno y altos mandos militares, en Elda, por la
voz de Julián Besteiro, que comunicaba a sus conciudadanos que había llegado el
momento de la verdad, de denunciar las falsedades sobre la realidad de la
República. Que el Gobierno de Negrín carecía de autoridad legal ni moral, y que
el único poder legítimo de la República era, transitoriamente, el militar. Con
ello estaba, de alguna forma, justificando su apoyo al dictador Primo de Rivera.

Al finalizar el Catedrático de Lógica se leyó un
comunicado que añadía que los Ministros que exigían resistencia al pueblo se
habían preparado una cómoda y lucrativa fuga. Repetió el propio lema de Negrín,
de salvarse o hundirse todos, aunque ellos creerían ser más sinceros o
realistas. Mera acusó a Negrín de robar, vender y traicionar a la Patria ¡Buen
argumento para un anarquista, el de la traición a la Patria! ¿Cuándo los
anarquistas habían creído en Patrias, o reprochado que se las traicionase? Por
último el General Casado defendió la independencia de España ¿Entregándola a
Franco y sus aliados, Hitler y Mussolini? Azaña nunca comprendió cómo podían
reproducir, legitimar, especialmente el “socialista” Besteiro, la sedición de
Mola y sus secuaces y sus pretextos. Azaña sabía que, sin la intervención de
Francia y Gran Bretaña, Franco no se vería obligado a pactar nada. Al finalizar
los discursos, los reunidos en Elda corrieron a conectar telefónicamente con
Madrid. Sobre la una de la madrugada del 6 de marzo, Negrín lo hizo con el
General Casado. Al reafirmarse éste en su insurrección, el Presidente del
Gobierno lo destituyó telefónicamente, algo inútil por completo. También
hablaron con él Paulino Gómez y Segundo Blanco, mientras Giner de los Ríos lo
hacía con Besteiro, y Santiago Garcés con Angel Pedrero. Más grave fue aún la
conversación con el General Menéndez, que se interesó por la situación de
Matallana (que había acudido a la convocatoria de Negrín, al contrario que
Miaja y Casado) amenazando con enviar tropas para rescatarlo si no se le dejaba
volver a Valencia. De inmediato Matallana abandonó la “posición Yuste”. A las
cuatro de la madrugada Negrín ya sabía lo que había ocurrido con la Flota
republicana. Pidió al Coronel Camacho que enviara aviones al aeropuerto de
Monóvar, ya que allí no había.

Dictó un teletipo al autoproclamado “Consejo Nacional de
Defensa” en el que lo calificaba de impaciente, porque habían actuado sin
conocer la información que el Gobierno iba a hacer aquella noche. Pidió que
cualquier transferencia de poderes se hiciese de forma “normal y
constitucional” ¿Era eso posible? Para ello pedía que el General Casado
aceptase un traspaso formal que lo legitimara. Etelvino Vega, el Gobernador
Militar de Alicante, recientemente nombrado, fue apresado en dicha ciudad por
partidarios del General Casado. Tagüeña llevó la información a la “posición
Yuste”. Tras la rebelión de Cartagena, Negrín pensaba en Alicante como último
reducto defensivo, desde el que se intentaría la evacuación de los republicanos
que lo deseasen. Así que dicha noticia cerraba cualquier esperanza. Negrín le
dijo a Alvarez Del Vayo, en alemán, para que los demás no lo entendiesen: “Yo,
de todas maneras, me voy”. La Legión Cóndor informó sobre lo que estaba
ocurriendo en Cartagena y lanzó sus Dorniers contra los buques republicanos,
que habían atracado en Valencia. En cambio no atacaron Cartagena, porque creían
que el ejército franquista ya habría desembarcado y tomado la ciudad. Hernández
envió a la 206 Brigada, a las órdenes de Artemio Precioso, para socorrer a la
ciudad. A las dos de la tarde, al no recibir respuesta al teletipo, Negrín dio
instrucciones a sus colaboradores para que tomasen los tres aviones Douglas, de
transporte, que aguardaban en el aeropuerto de Monóvar, procedentes del de Los
Llanos. Así salieron de España el Presidente del Gobierno de la República,
Alvarez Del Vayo, Velao, Giner de los Ríos, Segundo Blanco, Paulino Gómez,
González Peña, Cordón, Dolores Ibárruri, Rafael Alberti y María Teresa León,
con rumbo a Toulouse. Según el PCE, los comunistas que quedaron en España
propusieron por dos veces a Casado el fin de la guerra en la retaguardia.

Por dos veces la aceptó, aprovechó para reforzar a los
suyos y la incumplió, fusilando o encarcelando y entregando a Franco a los
comunistas para que éste terminase tal labor. Entre ellos Domingo Girón,
Guillermo Ascanio, Etelvino Vega, Daniel Ortega o el doctor Bolívar. Durante el
vuelo, Negrín convocó a un Consejo de Ministros, para el día 15, en París. Mientras
tanto, en un hangar del mismo aeropuerto de Monóvar se reunieron los miembros
del Comité Ejecutivo del Partido Comunista que aún permanecían en España, que eran
la mayoría: el Ministro Uribe, Delicado, Moix, Claudín, Melchor, Líster,
Modesto y Tagüeña. Presidió la sesión Pedro Checa. Togliatti, que también
estaba presente, preguntó a Líster y a Modesto sobre las posibilidades de
atacar a la Junta formada por Besteiro y Casado. En el ambiente depresivo, de
desastre, de descomposición interna, de abandono de España, que ya se había
iniciado, éstos negaron que pudiese tener éxito, sobretodo por la cercanía de
las fuerzas franquistas, que podrían llegar en ayuda de los sublevados. Tanto
“Alfredo” como los más altos mandos militares comunistas coincidían en que no
era sensato asumir bajas enfrentándose a Casado, sino que debían centrarse en
preparar la lucha en retaguardia. Decidieron que Checa, Claudín y Togliatti permanecerían
en España para dirigir los restos del Partido y adecuarlos a la futura
clandestinidad, que era lo único que podría esperarse. La mayoría de los demás
tomaron los últimos aviones que quedaban en el aeropuerto, cuando las tropas
del Consejo, que ya habían tomado Elda, se presentaron allí, capturando a los
tres dirigentes comunistas que se había decidido que no embarcasen en dichos aparatos.
Simultáneamente el General Miaja se hacía cargo de la presidencia del sedicioso
Consejo Nacional de Defensa, y se presentaba en Madrid aquel día 6, comenzando
por ordenar el arresto de jefes, comisarios políticos y militantes comunistas
destacados, en donde se les encontrara.

Mera, con sus tropas, se encargó de dicha tarea. Domingo
Girón, comisario político, consiguió escapar y avisó al Coronel Bueno, que
parece que estaba enfermo, por lo que no hizo nada. Sin embargo, el Mayor
Guillermo Ascanio, su ayudante, se dirigió a Madrid con sus tropas. Daniel
Ortega, comisario político de Casado, escapó del puesto de mando del Ejército
del Centro (la “posición Jaca”) por una ventana, y advirtió a Tagüeña. Este
había recibido orden de Negrín de que se presentara urgentemente en Elda, y así
lo hizo. Las mismas persecuciones, redadas y ocupación de locales de comunistas
se hicieron, no sólo en Madrid, sino en Ciudad Real, Valencia, Alicante,
Almería, Murcia, Jaén y Córdoba. Ante tales acontecimientos, desconectados de
Checa y la KOMINTERN, y sin recibir, por tanto, instrucciones de ellos, Isidoro
Diéguez, junto a un grupo de dirigentes del PCE reunidos en Madrid, decidieron
pasar a la acción. El comunista Coronel Barceló, Jefe del I Cuerpo de Ejército,
se autoproclamó Jefe del Ejército del Centro, y se opuso al sedicioso Consejo
Nacional de Defensa. Estableció su puesto de mando en el Palacio de El Pardo y
envió sus tropas al Cuartel General de Casado, en el Palacio de la Alameda de
Osuna, cerca de Barajas. Allí apresaron a los Coroneles Pérez Gazzolo y López
Otero, al Tenientecoronel Arnoldo Fernández, miembros del Estado Mayor de
Casado, y al comisario político Peinado Leal, y se los llevaron al Pardo, donde
Barceló ordenó que se les fusilase. Mientras, el Consejo Nacional de Defensa siguió
tomando disposiciones para facilitar una hipotética negociación con Franco o,
en todo caso, ganar tiempo para que las tropas pudiesen retroceder,
escalonadamente, hacia los pocos puertos del Mediterráneo que aún no estaban en
poder de los nazi-fascistas. Lo primero que hizo fue anular los decretos que
Negrín había firmado el día 3 y los de movilización de las quintas de 1916 y
1915.

De modo que, con ello, también se anularon los
nombramientos de Rojo como Tenientegeneral y de Casado como General. Quizás
intentaban demostrar que no era su intención beneficiarse personalmente de
nada, lo que no sería así. Pero también que consideraban ilegales dichas
disposiciones de Negrín, lo que justificaría su posicionamiento y pensarían que
les facilitaba sus posibilidades de “negociar” con Franco ¡Como si éste se
parase en mientes sobre la legitimidad de nada! Al Coronal Prada lo nombraron
Jefe del Ejército del Centro. Se destituyó al Coronel Moriones como Jefe del
Ejército de Andalucía, y a los comunistas Jefes del Cuerpo de Ejército I,
Barceló, del II, Bueno, y del III, Ortega, de la zona centro. Se disolvió el
Servicio de Información Militar. Sustituyeron a Gobernadores civiles y
militares, expulsaron de la UGT a los comunistas y ordenaron el secuestro del
“Mundo Obrero” y eliminar de los uniformes las estrellas rojas. Las tropas al
mando de Ascanio llegaron hasta el centro de Madrid, donde se enfrentaron a las
anarquistas de la 70 Brigada, los Carabineros y guardias de seguridad que
protegían los edificios que dominaba el Consejo Nacional de Defensa,
especialmente los Ministerios de Hacienda y Marina, a las órdenes del General
Matallana. Ante tales acontecimientos el grueso del IV Cuerpo de Ejército de
Mera acudió en su apoyo. Al amanecer del día 7 de marzo la 206 Brigada tomó la
radioemisora de Los Dolores y aplastó la rebelión en Cartagena, de modo que,
cuando llegaron los buques franquistas con tropas de desembarco, recibieron el
fuego de las baterías costeras. El “Castillo de Olite” fue hundido en pocos
minutos, muriendo 1.223 soldados. Otros 700 fueron hechos prisioneros. Sin
embargo la Flota republicana no regresó a Cartagena. Franco concluyó,
estúpidamente, que se dirigiría a Odesa, pidiendo urgentemente al conde Ciano
que la Marina y la aviación militares italianas lo impidieran.

En realidad, según el PCE, tras apresar a los marinos
comunistas, se dirigió a Bizerta, donde las autoridades francesas detuvieron a
las tripulaciones, entregando los buques a Franco: otro regalo en prueba de
amistad. Tal vez, después de todo, Franco tenía información más fiable de que
Odesa, la Unión Soviética, era el único destino (posiblemente también Méjico,
aunque estaba mucho más lejos) donde los recibirían amistosamente y podrían
servir para continuar la lucha contra el nazi-fascismo. Lo cierto es que, con
su fuga, no pudieron utilizarse para evacuar masivamente a los republicanos,
cuando todo acabase, que, según se complicaban los acontecimientos, no iba a
tardar mucho. Madrid fue testigo de furiosos combates. Unas calles, incluso
unas aceras, eran defendidas por los seguidores de Casado, y otras, frente a
ellas, por los comunistas, que trataban de mantener la autoridad del Gobierno
legítimo. La gente permaneció en sus casas, sin querer tomar partido, hastiada
ya de la guerra, desmoralizada por todo. Más aún por esta nueva guerra dentro
de la guerra, esta última defección. O, visto por otros, la obstrucción
comunista a lo que podía ser el fin de tanto sufrimiento. Tras varias semanas,
los internados en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer recibieron
bidones de agua potable y material para construir letrinas. El 11 de marzo, Casado
anunció que había vencido a los comunistas, y que la lucha en Madrid había
acabado. Sin embargo los combates prosiguieron hasta el domingo 12 de marzo, en
que las tropas de Mera impusieron su aplastante superioridad y rodearon a las
progubernamentales de Barceló. Este no conseguía tomar contacto con Checa ni
con Togliatti, ya que Casado controlaba las líneas de teléfonos. “Alfredo”
enviaba continuos telegramas a Moscú, pidiendo instrucciones sobre lo que se
debía hacer. Pero el lento de decisiones Stalin tampoco quiso comprometerse en
tan difícil situación.

Lo cierto es que se llegó a un acuerdo de alto el fuego. Aunque,
según escribiría Tagüeña, Barceló se rindió siguiendo instrucciones del Partido
Comunista.  Recordemos que, en la reunión
de parte del Comité Ejecutivo del P.C.E. en el aeropuerto de Monóvar, coincidieron
en que no era sensato asumir bajas enfrentándose a Casado. En la lucha habían
muerto unas 2.000 personas (10.000 según el Ministerio inglés de Asuntos
Exteriores) y otros varios miles habían sido apresadas ¿Por qué no intervino
Franco? Pues igual que Stalin permitió que los alemanes machacaran el
levantamiento del ghetto de Varsovia:
porque no querían compartir la victoria, que ya estaba al alcance de la mano,
con nadie. Mientras sus tropas se resituaban y descansaban, los republicanos se
mataban entre sí, acababan de desmoralizarse, de perder todas las esperanzas.
Si los comunistas vencían podía publicar a todo el mundo que él tenía razón,
que, desde que él lo dijo, los comunistas planeaban dominar el país, que estaba
justificada la sedición, y toda Europa, excepto, la Unión Soviética, terminaría
ayudándole a que acabara con el cuadro lo antes posible. Pero tampoco quería
colaborar con ningún republicano, menos aún con los anarquistas, deberles el
favor y tener que dar compensaciones. Así que, a la gallega, esperó a ver qué
pasaba, con la intención de aceptar sólo la rendición incondicional,
ahorrándose el asedio de las grandes ciudades, la resistencia numantina que
podría provocar la desesperación, como ya había comprobado en Madrid. Valencia
fue bombardeada por los franquistas. Quizás por esa posibilidad Negrín no se
había instalado allí, sino en Elda. El Consejo Nacional de Defensa envió una
nota a Franco, justificando no haberse puesto antes en contacto con él debido a
la sublevación de los comunistas “contra la Autoridad del Consejo”, y que había
sido necesario restablecer el orden público: como era de esperar utilizaban la oposición
de éstos para acercar posiciones a los franquistas.

Se comprometían a deponer las armas bajo la garantía del
respeto a la soberanía e integridad nacional, que no hubiesen represalias
contra civiles  o  militares  inocentes  -¿Qué podía considerar Franco que era un
inocente? Quizás sólo los que se hubiesen puesto de su parte- que se respetara
la vida, libertad y empleo -Casado insistiría mucho en lo del empleo:
posiblemente pensaba en el Convenio de Vergara, por el que se mantuvo a los
rebeldes carlistas el escalafón y la paga ¡Iluso!- de los militares (se excluía
de tal consideración a los oficiales de milicias) que no hubiesen cometido
delitos comunes, que se diese un plazo de 25 días para que abandonasen el país
cuantos quisiesen (esto significaría que Franco no pudiese vengarse de los que consideraba
“culpables” que aún no habían caído en sus manos) y una negociación directa,
“sin moros ni italianos” (¿y los alemanes?) en las que, por parte del Consejo, actuarían
los Generales Casado -¿Se aceptaba el decreto de nombramiento de Negrín, para este
exclusivo caso? Quizás considerarían que no iban a aceptar a un Coronel como
interlocutor- y Matallana. Es decir, se reproducía el espíritu de las
condiciones de Negrín, tal vez para que no se les considerase entreguistas,
posiblemente con intención de ir cediendo durante las “negociaciones”. Pero
Franco no estaba dispuesto a negociar nada. Parece ser que le irritó
profundamente el apartado sobre la integridad y soberanía Patria, porque lo
situaba como un pelele en manos de extranjeros. En realidad también le
disgustaba que quien había actuado como alto dirigente militar republicano
viniese a compararse con él en tanto que “salvador de la Patria”. Un tribunal
militar del Consejo Nacional de Defensa juzgó a los mandos comunistas por
“rebelión militar” contra ella. Exactamente igual que los fascistas: los
verdaderos rebeldes acusaban de rebeldía a los que defendían al Gobierno
legítimo.

Barceló y su comisario político, José Conesa, fueron condenados
a muerte. El 13 de marzo Segismundo Casado le entregó al Coronel Centeño las
condiciones que debería remitir a Franco. El 14, Alemania invadió el resto de
Checoslovaquia, incumpliendo el acuerdo de Munich, y con total desprecio hacia
las garantías de defensa que Gran Bretaña y Francia habían otorgado, repetidamente,
a dicho país desde el fin de la Iª Guerra Mundial. En base a tales garantías
para el futuro Checoslovaquia aceptó, se vio obligada a, ceder parte de su
territorio, lo que los alemanes denominaban los Sujetes. Ahora la experiencia  demostraba que hubiese sido mejor no hacerlo,
luchar en su línea fortificada, sin ayuda de nadie, antes que caer, mansamente,
en dos etapas, sin tampoco ayuda de nadie. Quizás Polonia habría reaccionado
enviándole material, o permitiendo que la Unión Soviética pudiese enviar el
suyo a través de su territorio. Puede que incluso tropas. De cualquier forma
una situación de guerra habría enfurecido a las 
diversas opiniones públicas, las habría asustado respecto de la
agresividad nazi, habría desenmascarado a los Gobiernos democráticos frente a
sus electorados. Al no hacerlo así Hitler se reafirmó en que el temor los
paralizaba, que todos los Tratados y garantías del Reino Unido de Gran Bretaña
y Francia eran pura palabrería, que no merecían tomarse en consideración. El 15
de marzo la Legión Cóndor anotaba en su diario de guerra, con alborozo, que
había recibido “noticias de casa”: a las ocho de la mañana tropas alemanas
marchaban sobre Checoslovaquia. Los dirigentes comunistas apresados por el
Consejo rebelde, Checa, Togliatti, Claudín, Uribe, Hernández, Diéguez y
Precioso, fueron entregados al Jefe del Servicio de Información Militar.

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Mentiras para el fin de una guerra

 

Así tuvo fuertes enfrentamientos con los comunistas,
especialmente con el Ministro Uribe, al que reprochó que eran más obedientes al
PCE que al Presidente del Gobierno. Ciertamente esto era habitual en los
Partidos Comunistas de la época. Según Togliatti, en una de estas trifulcas
llegó a amenazarlos con fusilarlos a todos. Algo estúpido que no estaba en
condiciones de cumplir. La actuación diplomática del italiano impidió una
ruptura completa. Sin embargo había perdido la confianza de dicho dirigente de
la KOMINTERN. En un telegrama a Moscú informó que David (el PCE) se había
quedado aislado, atacado por todos, mientras tía (Negrín) continuaba
insistiendo en la resistencia, pero no hacía nada para cambiar la situación. El
Coronel Casado se había relacionado, indirectamente, con Godden, Cónsul
británico en Valencia, y Stevenson, encargado de negocios. Al parecer, éste le
ofreció la mediación del Reino Unido de la Gran Bretaña para impedir
represalias franquistas, si rendía (¿ya no era negociar?) la zona de Madrid, o,
en todo caso, colaborar en la evacuación de los republicanos. Con toda la
cachaza que le caracterizaba, finalmente Franco dictó a Barrón las condiciones
por las que aceptaría la rendición. Este firmó la carta y se la remitió,
mediante agentes del Servicio de Información y Policía Militar de Franco, al
Coronel Casado, que la recibió el 15 de febrero. A tales alturas, no podían ser
otras que una rendición incondicional. Parece increíble que alguien pudiese
fantasear con otra cosa. Comenzaba asegurando que los republicanos tenían
perdida la guerra (es decir: que cualquier “negociación” era inútil) y que, por
tanto, cualquier resistencia era criminal, lo que no puede entenderse sino como
una directa amenaza.

Que sólo tras la rendición se podrían mantener los
ofrecimientos radiofónicos (es decir: que eran falsos, como siempre hace la
derecha con todas sus “ofertas”) de perdón (¿qué tenían que perdonar los
insurrectos?) a los que “hayan sido arrastrados engañosamente (¿quién decidiría
tal interpretación? ¿qué garantías eran esas?) a la lucha. Además de la “gracia
de la vida” (nueva amenaza, que implicaba que, a los que no fusilaran, no se
les aseguraba que no irían a campos de prisioneros de guerra) se recompensaría
en proporción a lo que colaborasen a la Causa de España ¿Quería decir a los que
traicionasen a sus compañeros de armas, al Gobierno legítimo, constitucional? Se
darían salvoconductos para salir al extranjero, no se decía ni cuántos ni en
qué condiciones. Los “delitos” serían debidamente procesados por tribunales de
“justicia”, con lo que se sustituía el término “militares”, según indicaba la
reciente “Ley” de Responsabilidades Políticas. Es decir, amenazas junto con
engaños, típicos del franquismo, como, en términos generales, de toda la
derecha. Concluía con promesas inconcretas de trato humanitario, junto con la
terminante amenaza de exigir graves responsabilidades por la sangre inútilmente
derramada, ante cualquier retraso en la rendición o la “criminal” y estéril
resistencia a su avance. Por entonces se abrió el primer campo de concentración
en Francia, en Argelès-sur-Mer, para internar a los huidos españoles.
Posiblemente su objetivo fuese impedir que volvieran a unirse al ejército
replicano, a retornar a España para defender el Estado de derecho. O, tal vez,
para evitar que se dedicaran al robo y al saqueo, buscando comida. O que
pudiesen extender la revolución en Francia. O alentar la recluta entre los
franceses para defender la República Española. No era otra cosa que rectángulos
de una hectárea en la marisma, delimitados por alambradas de púas. Lo
custodiaba la guardia colonial senegalesa. Se separó una zona civil y otra
militar.

En ésta se encuadraron a los hombres por centurias, según
el Arma o el Cuerpo en el que estaban encuadrados, y se mantuvieron los rangos
de jefatura. Los franceses sólo  admitían
la interlocución con los oficiales, que, en su mayoría, eran comunistas, y que
encontraban sumamente difícil entenderse con los senegaleses. No tenía agua
potable, ni se tomó ninguna disposición sobre medios de saneamiento o higiene.
Así que debieron hacer sus necesidades en la playa, e incluso beber agua de
mar, lo que provocó una epidemia de desintería. Sus 77.000 internados,
precariamente calzados, tras las inmensas caminatas por las carreteras de
montaña, y mal vestidos, construyeron barracones con los restos que
encontraron, para dar refugio a los heridos y enfermos, mientras los demás
debían enterrarse en la arena cada noche, para protegerse del relente y la humedad,
al menos en parte. Recibieron poca y mala comida y, en breve plazo, se vieron
infectados de sarna y piojos. El 16, el agente británico Denis Cowan,
representante de Phillip Chetwode, presidente de la comisión internacional
supervisora del intercambio de presos, se reunió con Julián Besteiro. El 17 de
febrero, según el Servicio de Información y Policía Militar franquista, volvió
a contactar con el General Matallana, sustituto de Miaja. El 18 de febrero, el
Tenientecoronel Centaño, junto con Manuel Guitián, otro de los jefes de la
resistencia franquista, se volvió a reunir con el Coronel Casado, en el puesto
de mando de éste en la Alameda de Osuna, a las afueras de Madrid, en las que,
por toda respuesta a la carta recibida, pidió que la emisora de Radio Nacional
desatase insultos contra él, para evitar sospechas. Según Stepánov, Negrín
sabía exactamente lo que estaba ocurriendo, y no hacía nada para evitarlo,
aportando como prueba las palabras de éste, en París, ante la sesión permanente
del Congreso, cuarenta días más tarde.

El 20 de febrero, el agente británico Denis Cowan,
representante de Phillip Chetwode, presidente de la comisión internacional
supervisora del intercambio de presos, lo hizo con el Coronel Casado. En un
rapto de honradez, incoherente con sus maquinaciones, le indicó que debía
obediencia al Presidente del Gobierno, pero que si el de la República
sustituyese a Negrín por Besteiro la guerra concluiría rápidamente ¿No era
necesario el acuerdo del enemigo, para una paz negociada? ¿O es que ya sólo se
planteaba la rendición incondicional? Así se lo comunicó Peterson a Halifax,
mes y medio más tarde. Simultáneamente, según el Partido Comunista, presentó
por escrito, a petición de Negrín, las acusaciones de conjura en el Regimiento
Naval, el Cuerpo de Carabineros, y altos mandos del ejército. Entre ellos el
Tenientecoronel Garijo, del Cuartel General del Grupo de Ejércitos de la zona
Centro-Sur, del que se sospechaba de pasar información al enemigo y forzar
decisiones erróneas, y que sería ascendido por Franco tras la guerra. Como
pruebas de traición alegaba que no se habían llevado a cabo las operaciones
aprobadas de internamiento en Extremadura, Motril o Brunete, ni ninguna otra
que hubiese desviado la presión sobre el Ejército del Ebro. Y que no se había
aprovechado el tiempo para fortificar Cataluña ni Madrid. Al contrario, el
Coronel Casado prohibía el reparto de Mundo Obrero y encarcelaba a decenas de
comunistas, que entregaría a Franco y éste fusilaría. Nada se hizo sobre la
base de tales acusaciones. El 22 de febrero, tras comprender ambos, el PCE y
Negrín, que estaban igualmente aislados, y necesitados los unos de los otros,
mediante insistentes gestiones de éste, el PCE aceptó los tres puntos que había
expuesto en el Consejo de Ministros de Figueras, y que suponían una reducción
de los 13 puntos que los comunistas propusieron, y ambos acordaron en octubre.

El propio Negrín se encargó de revisar la redacción final
de dicho documento, lo que demuestra el cambio de situación, desde que el PCE era
el que presentaba propuestas al Presidente del Gobierno. Aunque ya nada de esto
tenía utilidad, porque, tras la “ley” franquista sobre represalias por motivos
políticos, quedaba claro que no tenía la menor intención de aceptar ninguno de
los tres. El sueco Coronel Ribbing, que supervisaba la repatriación de los
brigadistas internacionales, informó que había dos opiniones recurrentes: que
si a los españoles los dejaran sólo los extranjeros ambos bandos podrían llegar
a acuerdos, lo que demuestra lo poco que, aún, después de casi tres años de
traición, sedición, guerra y represión, habían llegado a comprender de la
mentalidad de Franco, y que, si en un bando estaban hartos de la libertad
revolucionaria, y en el otro del rigor fascista, no debía ser difícil llegar a
compromisos: la ilusión de la desesperanza. Y también cómo, poco a poco, se iba
fraguando una víctima propiciatoria que sacrificar, para que calmase al
monstruo del  fascismo:  el 
comunismo  revolucionario  -por más que, durante toda la época del
Bloque o Frente Popular, había dado continuas muestras de comportamiento
responsable, cumplidor de lo pactado- o incluso el liberalismo democrático. Tanto
los negrinistas como el PCE mantienen que haber perdurado en la resistencia
hasta otoño habría supuesto la intervención de Francia y Gran Bretaña, de parte
de la República,
y, con ello, su victoria. Tal simpleza obvia que fue Hitler quien decidió cuándo
atacar a Polonia, y que, si le hubiese interesado, podía haberlo retrasado
cuanto se le antojase. En realidad se había comprometido, e incumplió, con sus
militares, a no entrar en guerra hasta diez años de rearme, es decir, cuatro
años después de cuando lo hizo.

Si hubiera cumplido lo prometido su desastre habría sido
completo, porque los soviéticos ya tendrían suficientes tanques T-34 y
tripulaciones entrenadas en su manejo, y los británicos suficiente cantidad de
las versiones más avanzadas del “Escupefuego” (Spitfire) precisamente desarrolladas tras los informes de sus
espías, sobretodo del español “Garbo”, sobre los Messerschmitt Bf-109 que
operaron y, más tarde, se ensamblarían, en España. De modo que no hubiese tenido
ninguna oportunidad. Además, Estados Unidos, desde dos años antes, avanzaba en el
diseño de armas de destrucción masiva mediante la energía de desintegración
atómica, lo que le habría dado a Hitler sólo dos años de margen para sus
“proezas”. Pero, sobretodo, que, según demostraron los hechos, ni Francia ni
Gran Bretaña estaban, ni seis ni sesenta meses después, en condiciones de
intervenir victoriosamente en España, de enfrentarse a Hitler. En una fecha no
esclarecida, Negrín se reunió en el aeródromo de Los Llanos, en Albacete, con
todos los altos mandos de las fuerzas armadas. Les llamó a resistir, les dijo
que pedir la paz a Franco sólo serviría para demostrar a unos y otros que
estaban derrotados. Que Francia iba a entregar las armas que tenía retenidas,
que la guerra en Europa era inminente, y que, con ella, recibirían la
necesitada ayuda de las “democracias occidentales”. Al parecer nadie le creyó.
El General Matallana aludió a la falta de equipamiento y suministros para las
tropas. El Almirante Buiza, jefe de la Flota, dio a entender que, si no llegaba
a una “solución” inmediata, ésta abandonaría las aguas españolas, como pedían
tanto los oficiales como los marineros. El Coronel Camacho, jefe de la aviación
de la zona Centro-Sur, informó que sólo tenía tres escuadrillas de cazas y
cinco de bombardeo operativas.

El General Miaja, irritado porque Negrín no le hubiese
dado la palabra en primer lugar, enfado comprensible dada su alocución
posterior, si bien ésta era inesperable, sorprendió a todos con su disposición
a la resistencia. Tal vez, si hubiese sido el primero en hablar, podía haber
cambiado el contexto de la reunión. No era de esperar que alterase las ideas de
los presentes, pero sí haberles hecho tener más reparos en expresarlas con
tanta rudeza. Pero Negrín tampoco podía imaginar que iba a intervenir en tal
sentido, puesto que ya había demostrado anteriormente sus reticencias. Por
ejemplo, al no colaborar con ofensivas de desvío de ataques franquistas durante
la determinante batalla del Ebro. En realidad, las sospechas de doble juego por
ambas partes son insoslayables. El 24 de febrero Chamberlain mentía al
Parlamento británico, al asegurarles que Franco le había dado garantías de no
realizar represalias políticas en España (querría decir suplementarias a las
más de 100.000 que, por entonces, llevaba) a pesar de la “ley” de
Responsabilidades Políticas que éste había firmado 15 días antes.

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Un ejército en la frontera


El 29 de enero, la Luftwaffe atacó a los fugitivos, uniformados (no se pueden considerar combatientes a los que buscaban la frontera sin entablar combate) o de paisano, indiscriminadamente, en carreteras y ferrocarriles. Von Richthofen informó oficialmente que habían conseguido grandes éxitos, y que los pilotos le iban tomando gusto, lo que demuestra, más allá de cualquier duda razonable, que estaba completamente al tanto sobre cuál era el verdadero objetivo de la participación de la Legión Cóndor en la guerra española. Toda la aviación franquista recibió orden de impedir que la republicana pudiera reintegrarse a la zona central. Las pocas tropas republicanas que se encontraban en disposición de realizar acciones de defensa se emplearon en ello, de modo tan heroico como desesperado. Así ocurrió en Montsec, o tratando de enlentecer a los italianos, que perseguían a los fugitivos. Consiguieron retenerlos durante 5 días, en los 30 kmtrs. desde Barcelona a Arenys de Mar. Desde el traslado del Gobierno a Barcelona, pero, sobretodo, desde el nuevo corte de la República en dos zonas, los políticos y militares que quedaban en Madrid se sentían bastantes desvinculados del Gobierno. Azaña tuvo mucho de culpa en ello, al instigar una oposición a la convicción de resistencia desesperada de Negrín. De pronto, gente resentida, como Julián Besteiro y los anarquistas, quizás añorando tiempos en los que habían tenido más poder, consideraron que era el momento de tomarse la revancha. También los militares se creyeron que eran los depositarios de la autoridad, partiendo de la base de que “los políticos” los habían abandonado. Y que, quizás, los que no lo había hecho, estarían dispuestos a servirles de justificación, a dar apariencia de legitimidad política a sus decisiones. No se creían que los políticos fuesen a asumir las consecuencias de resistir hasta el final.

     Estaban convencidos de que, en el último momento, los abandonarían en el Frente, mientras ellos se aseguraban la huida al extranjero. Lógicamente, unos y otros estaban convencidos que los comunistas, más comprometidos con la democracia, más conscientes de que no podían esperar ningún cuartel de Franco, de ningún modo se prestarían a ninguna negociación con él: habría que excluirlos de cualquier propuesta en tal sentido. Además, sabiendo que contaban con superioridad militar, el mayor número de unidades en la zona Centro, las más combativas, los únicos que podían frenar un avance franquista hasta donde considerasen necesario, y que controlaban la Marina republicana, podrían organizar la retirada para asegurarse su propia huida, con preferencia a la de los demás, militares y políticos. Acudiendo al refranero español, podría decirse aquello de “piensa el ladrón que todos son de su condición”: sobrentendían que los comunistas iban a hacer lo mismo que ellos estaban dispuestos, comenzaban a planearlo, a hacer. Todo ello significaba que, para algunos, había comenzado a plantearse el “sálvese el que pueda”, y que, en tal situación, los organizados y disciplinados comunistas tendrían ventaja sobre los demás. La oposición a Negrín se ampliaba al único sólido apoyo con que contaba: al Partido Comunista. Se cuestionaba que su única intención fuese ganar la guerra, como decían, y sólo se consideraba que, desde el principio, habían intentado aumentar su poder. Colabora a ello la arrogancia demostrada por los consejeros soviéticos, el desprecio de los brigadistas internacionales de la línea de Kléber, y las represiones, de tipo stalinista, de los agentes, tanto del N.K.V.D. como del Servicio de Investigación Militar. Nadie parecía tomar en cuenta la forma en que habían ejercido tal poder o el
objetivo que habían perseguido
: asumir la vanguardia en el ejército, las acciones más arriesgadas, el mayor número de bajas en la contienda.

    Pero actuar a espaldas de los comunistas era un grave riesgo, tanto por sus servicios de información como por las tropas que tenían en el Frente, curtidas en combates y con acrisolada experiencia en acciones rápidas y del máximo riesgo. Cualquier actuación debería, antes que nada, anticiparse a neutralizarlos. El Jefe del Ejército del Centro, tal vez como consecuencia de los recelos en aumento hacia los comunistas, era el austero Coronel Segismundo Casado, perteneciente a una familia campesina y cercano a los anarquistas. Había sido encarcelado en tiempos de Primo de Rivera. Fue en la cárcel donde se relacionó con ellos, también represaliados políticos. Desde el principio de la guerra se había opuesto a los comunistas, de los que siempre receló. Quizás por eso, y por ser militar, creía que era un interlocutor más válido ante Franco que cualquier representante del Gobierno republicano. Cuando Durruti llegó a Madrid con su columna de milicianos, la C.N.T. se lo planteó como sustituto de Miaja, al que consideraban completamente entregado al P.C.E., para la jefatura de la defensa de Madrid. Participó en la batalla de Guadalajara junto con Cipriano Mera, con el que trabó amistad. En la zona Centro quedaban entonces cuatro Cuerpos de Ejército. Tres de ellos estaban a las órdenes de comunistas. Y Mera mandaba el IV Cuerpo de Ejército, responsable del Frente en Guadalajara y Cuenca. Ya el comité de enlace anarquista había criticado a Mera por posicionarse políticamente y tomar decisiones por cuenta propia. Mera reprochaba a la dirección de la CNT que continuase colaborando con Negrín, cuando éste simplemente los ignoraba. Una visión muy peculiar, como la de tantos otros, de lo que significa el auténtico anarquismo y los motivos por los que se defendía a la República.

    Quizás quien más influyó en convencer al Coronel Segismundo Casado de que iniciara contactos con los franquistas fue su hermano César, Tenientecoronel. Mientras tanto, asentado en el castillo de Figueras, Negrín intentaba reorganizar la administración, desperdigada por toda la provincia de Gerona. El 1 de febrero hay las primeras constancias de contactos del Coronel Casado con Ricardo Bertoloty y Diego Medina, agentes del Servicio de Información y Política Militar de Franco, a los que comunicó que su intención era fijar las condiciones de la entrega del Ejército republicano del Centro. A continuación enviaría un radiograma cifrado a Franco, en el que pedía que confirmase que tales interlocutores estaban autorizados para servir de intermediarios, mediante una simple carta al General Barrón, compañero de promoción de éste. Posteriormente, el Coronel Casado se reunió en Valencia con los Generales Miaja, Menéndez y Matallana, quienes aceptaron sus planes: comenzaban, desde entonces, a llevar a cabo un doble juego. En las caballerizas del castillo de Figueras se reunió el Congreso. Sólo asistieron 64 de sus 473 componentes. En su discurso al mismo, el Presidente del Consejo de Ministros expuso las tres condiciones mínimas para concertar la paz: independencia de España respecto de cualquier intromisión extranjera, un plebiscito para que los españoles escogiesen qué tipo de Estado querían, y renuncia a represalias o represiones tras la guerra. En sólo 9 meses los 13 puntos se habían reducido a tres. Pero la verdad es no había ninguna condición, ningún punto que imponer. Aún así, Negrín reconocería que lo expresó forzado por la situaciónque seguía convencido en la necesidad de resistir a ultranza. Pero que sólo podía esperarse que las “democracias occidentales”, si lo hubiesen querido, forzaran a Franco a admitir el tercer punto, el de la renuncia a las represalias y a la represión.

   El 2 de febrero, el Coronel Casado acordó con Besteiro, en el domicilio de éste -que siempre estaba dispuesto a las jugadas que cortasen el paso a la democracia, como ya hizo con Primo de Rivera: es incomprensible y vergonzoso que su busto esté
en el Congreso de los diputados-
formar una Junta que sustituyese al Gobierno legítimo, constitucional. El 3 de febrero Negrín le pidió a la representación diplomática francesa y británica, en Agullana, que presionaran a Franco para que no tomase represalias ni represiones contra los que habían defendido al Gobierno y legalidad legítimos, a las instituciones democráticas, en su convencimiento de que era lo único que podía esperar de su intervención. Los franceses sólo contestaron que no permitirían el paso de tropas por la frontera si éstas no marchaban en formación, con sus mandos a la cabeza, y entregaban inmediatamente todo el armamento. Eran las mismas condiciones que les impusieron los suizos tras la batalla de Sedán, en la que fueron derrotados por los alemanes. Para entonces los franquistas habían llegado a 50 kmtrs. de la frontera francesa, y era innegable que las tropas republicanas no podrían detenerlos. Los británicos ni siquiera abrieron la boca. Ese era el interés de las “democracias occidentales” por la vida de los españoles, de los demócratas españoles. La prensa francesa hacía ataques racistas contra los exiliados españoles y los republicanos fugitivos. Los presentaba como sanguinarios y saqueadores de Iglesias. Un senador llegó a escribir que en las salas de tortura de los soviets de Barcelona se había atormentado y crucificado a 100.000 personas. Era evidente que los soldados del ejército, si se veían aprisionados entre los franquistas y la frontera terminarían abriéndose paso a tiros. Así que se decidió dejarles entrar también.

    Figueras fue bombardeada, en especial las dependencias en las que la administración republicana trataba de reorganizarse. El brigadista letón continuaba su relato de las sucesivas emboscadas, escaramuzas y repliegues. Tenían las botas mojadas y casi desechas por el desgaste en el asfalto y la roca. Tras varias noches sin dormir se caían de sueño mientras caminaban. No se les permitía sentarse porque hubiera sido imposible volver a ponerlos en pie. Tras una semana, aproximadamente, recibieron órdenes de retirada hacia la frontera francesa. Las fuerzas republicanas consiguieron retrasar el avance franquista hacia Gerona, a base de volar los puentes que los bombardeos no habían destruido. Aún así los franquistas la tomaron el 4 de febrero. El informe oficial de la Legión Cóndor refleja que se le había asignado la misión de impedir que ningún avión republicano pudiese llegar a la zona central, que en sólo dos días había destruido otros quince de ellos, que estaba aumentando extraordinariamente el número de prisioneros, pero también la resistencia al avance fascista. Toda la aviación franquista se centró en atacar los aeródromos republicanos. El día 5 de febrero Negrín acompañó al Presidente de la República, a doña Lola, su esposa, a Martínez Barrio, Biral, Companys y Aguirre hasta la frontera francesa. Azaña, además de su sentimiento de fracaso, de enfermedad, siempre preocupado por su concepto de la dignidad, de la coherencia con sus ideas, deseaba dimitir en ese mismo momento, antes de abandonar el suelo patrio. Se le convenció de que no era el mejor momento, que se interpretaría como una derrota definitiva, y que fijase su residencia en la embajada de París, aún de incógnito. Es decir, que los republicanos no supiesen que ya había huido. Se hizo público que la frontera estaba abierta. Tras tomar la segunda ciudad española en importancia, los franquistas enlentecieron su avance. Para algunos era consecuencia de una cierta relajación, festiva, ante lo que parecía el final a corto plazo.

O por una sensación de que, ante la inminencia del triunfo, no merecía la pena correr demasiados riesgos. Yo creo que fueron órdenes expresas de Franco: para él no tenía el menor interés acaparar aún más prisioneros de guerra, o forzar a los republicanos a defenderse numantinamente en las montañas. Era mejor facilitarles la huida, el exilio. Aunque también es cierto que, tras las marchas forzadas hacia Barcelona, para impedir que pudiera organizarse ninguna defensa, como había ocurrido en Madrid, los atacantes estaban igualmente exhaustos. Fugitivos a pie y altos funcionarios del Gobierno, con sus vehículos oficiales, formaban largas hileras hacia Francia. Mientras se veía a heridos caminando dificultosamente, algunos funcionarios se habían adueñado de ambulancias para ellos y sus familias. Según escribió Zugazagoitia, periodista y anterior Ministro socialista -que también fue entregado a Franco y fusilado- casi todos dormían en el suelo y se calentaban quemando ramitas, talando árboles o arrancando maderas de los coches y los carros. Algunos murieron de frío. Las madres no querían abandonar a sus hijos muertos, que continuaban llevando en brazos (como hacen las monas) mientras otras parían en las cunetas. Ya habían pasado la frontera casi medio millón de personas. Pero otras 60.000 fueron alcanzadas por los franquistas. Tanto Daladier como Chamberlain deseaban que la guerra española terminase cuanto antes ¿Por qué? ¿No se daban cuenta de que mientras Hitler tuviese ocupadas sus unidades con mayor experiencia no podía iniciar ninguna otra aventura peligrosa? ¿Sería un problema de “conciencia”, por la prolongación de los sufrimientos de los republicanos españoles? ¿O temían que la resistencia a ultranza pudiese cambiar el signo de la guerra, convencer a los soviéticos para que se implicasen directamente en el Mediterráneo occidental.

   Alan Hilgarth, el cónsul británico en Mallorca, había propuesto a su Gobierno la conquista de Menorca y su regalo a Franco, con lo que evitarían que los italianos se les adelantaran, quedándose con la isla. Algo parecido, aunque menos arriesgado, es lo que hicieron. Enviaron a Mahón al crucero “Devonshire”.   Según escribiría más tarde el Coronel Casado, se personó ante él el Jefe del Taller del Parque de Artillería nº 4, el Tenientecoronel José Centaño, que estaba a sus órdenes. Le informó  que, desde primeros del año anterior, era el jefe de “Lucero Verde”, una organización resistencia franquista en Madrid. Su reacción fue pedirle que acelerase la contestación de Franco sobre las condiciones de la rendición (¿ya no era negociación?) y la carta a Barrón que le tenía pedida. Desde entonces los contactos de los agentes franquistas con dirigentes republicanos se hicieron frecuentes. Así los quintacolumnistas Juan Palacios y Antonio Luna, catedráticos de Derecho, comentaron con Besteiro la dudosa constitucionalidad del Gobierno de Negrín ¿Era más constitucional el autoproclamado Gobierno del golpista Franco? Casado sostuvo repetidos contactos con agentes británicos, como Denis Cowan, representante de Phillip Chetwode, presidente de la comisión internacional supervisora del intercambio de presos. La misión de aquellos era proteger los intereses de su país, según lo estimaba su Gobierno, acelerando el fin de la guerra. El 7 de febrero, su Capitán invitó a bordo al Contralmirante Ubieta, comandante de la Base Naval. Allí se encontró con el franquista Tenientecoronel Fernando Sartorius, conde de San Luís, que le propuso dejarlo marchar a Marsella, junto con todos los republicanos que lo deseasen, a cambio de que le entregara la Base. Unos 400 republicanos, incluido el Contralmirante, aceptaron el pacto.

    Lógicamente no se ofrecería a todos, lo que podía haber provocado una guerra interna, la toma de represalias y acusaciones de traición, sino sólo a los que se tenía conocimiento de que estaban predispuestos a aceptar. Tarde, los británicos se daban cuenta de cómo su apoyo a Franco podía cambiar el equilibrio en el Mediterráneo, de cómo podía favorecer la agresividad de Mussolini. E innoble fue la forma de “arreglarlo”. La entrega de Menorca, indudablemente, aparecía como una posibilidad “razonable” de llegar a “acuerdos” con Franco. El 8 de febrero el General Rojo firmó la orden al Ejército de Cataluña de cruzar la frontera. Un informe de la Legión Cóndor daba cuenta de que veían banderas blancas por todos lados, y que los franceses habían hecho disparos de advertencia de sus antiaéreos de 105 mm., cuando sus aviones se habían acercado a la frontera, recordaba a los valientes camaradas que habían dado alegremente sus vidas para destruir la epidemia roja, por la paz (¿guerra por la paz?) y el honor de su Patria (¿estaba en juego el honor alemán?) recalcando que el papel de las armas alemanas había sido decisivo en la victoria. Negrín vio entrar en Francia las primeras unidades del ejército popular: por Portbou los Cuerpos de Ejército V y XV, por La Junquera el XVIII, por El Pertús la 46 División, por La Vajol la 27. La 35 cubrió la retirada de los restos del Ejército del Ebro. Algunas unidades desfilaron para arrojar sus armas en suelo francés, ante los gendarmes. Los senegaleses, con el fusil prevenido, no entendían lo que pasaba. Un guardia observó que un español llevaba el puño cerrado. Le obligó a abrirlo y cayó un puñado de tierra: una escena que se haría famosa. Imágenes demacradas, hambrientas, tiritando de frío, desgarradoras. Para muchos, sin embargo, aquellos hombres y mujeres no parecían aceptar la derrota.

    Se envolvieron las armas en plásticos, lonas, cueros, mantas o papel de periódicocon idea de preservarlas de la humedad, de la
oxidación,
se enterraron y se esbozaron planos y mapas, más o menos exactos, fiables, en la esperanza de volver a recuperarlas. Todo ello influyó en el espíritu del maquis, de volver a combatir en España, ocho años después, cuando ya se había derrotado a los demás nazi-fascismos. Miaja fue ascendido a Tenientegeneral, y nombrado Jefe de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire. Hitler acostumbraría a ascender a los mayores rangos a quienes esperaba que dirigiesen la resistencia hasta la muerte, como haría al nombrar Mariscal de Campo a Von Paulus, sitiado en Stalingrad. En París se reunieron Mariano Vázquez, Juan García Oliver, Segundo Blanco, que era Ministro, y otros dirigentes de la C.N.T.. Para García Oliver la política de Negrín había sido un fracaso completo, y la única “solución” era alcanzar la paz con los franquistas, aunque no a cualquier precio, sino de forma honorable. Como creía que Negrín era incapaz de hacerlo, es decir, de conseguir la paz de forma honorable, consideraba previa su sustitución, buscar a otro que sí fuese capaz de obtenerla, de forma honorable.

¿Se ponía como condición que el nombramiento de dicho sustituto también se hiciese de modo honorable, o, para conseguir tal fin, la honorabilidad ya era algo prescindible? El Secretario del Comité de Defensa de la Regional del Centro, Eduardo Val, añadió que Negrín había estado telegrafiando en clave a sus amigos socialistas para que se preparasen para huir, por lo que concluía que realizaba un juego sucio. Todos los presentes aceptaron la propuesta. El dirigente de la KOMINTERN, Stepánov, por aquellas fechas argumentaba a los del P.C.E. que la única salida era una “dictadura revolucionaria democrática” (?) que concretaba en sustituir el Gobierno de Negrín por un Consejo Especial de la Defensa del Trabajo y de la Seguridad, compuesto por dos Ministros, dos políticos (?) y dos militares “seguros y enérgicos”, según escribiría posteriormente. Aunque no para rendirse, como pretendían los anarquistas, sino para continuar la guerra y ganarla. El 9 de febrero el Gobierno republicano se reunió en Toulouse. Al finalizar su sesión, Negrín recibió a un enviado del flamante Tenientegeneral Miaja, cuyo cometido era pedirle permiso para iniciar contactos con el enemigo, de cara a la conclusión de la guerra. El Presidente del Consejo de Ministros no llegó a contestarle.Aquel día, acompañado por Alvarez del Vayo, se presentó en Alicante, en un vuelo charter de Air France. Otros no volverían a España. Allí se reunió, de inmediato, con Miaja y Matallana, que había sustituido a éste, tras su ascenso, como Jefe del Grupo de Ejércitos Centro-Sur. Durante un almuerzo en el Peñón de Ifach, Miaja le explicó la situación.

    Mientras tanto, Franco promulgaba en Burgos su “Ley” (sin aprobar por ningún remedo de órgano representativo, sólo con su firma, con su absolutista voluntad) de Responsabilidades Políticas, con la que se pretendía represaliar a todos los que, desde primeros de octubre de 1.934 hasta el 18 de julio de 1.936 (y con esto se excluía a sí mismo y a gran parte de los golpistas y sediciosos) habían creado o agravado la subversión de que España había sido víctima, y tras de dicha última fecha, no es que hubiesen creado o agravado la subversión, sino que se hubiesen opuesto o se opongan en el futuro, o, simplemente, demostrasen pasividad grave respecto del Movimiento Nacional. Es decir, declaraba fuera de su “ley” a todos los que se hubiesen mantenido fieles a la Constitución democrática. El cónsul británico en Burgos comunicó a Londres que dicha “ley” permitía considerar delincuentes políticos a todos los movilizados por el ejército de la República o que hubiesen militado en organizaciones prohibidas por Franco, cuando eran legales. Y sin embargo, aún había quienes consideraban que se podía pactar algo con Franco. Analizada objetivamente, dicha “ley” la promulgó en el peor momento, cuando la guerra estaba a punto de terminar, pero antes de que concluyese. La respuesta lógica de los republicanos no debía haber sido otra que la resistencia numantina. Sin embargo, en contra de ello, supuso la desmoralización total: la irracionalidad de la desesperación. En el Partido Comunista, no sólo se mantenía el espíritu de resistencia a ultranza, sino que, en función del desánimo que se evidenciaba a su derredor, tomaba cuerpo la idea de dar el primer paso, llamar a la acción, encabezar el enfrentamiento con los franquistas. Así en la conferencia provincial del PCE de Madrid, del 9 a 11 de febrero, Isidoro Diéguez, su Secretario General, se declaró “en pie de guerra”.

Más lejos fue la determinación de “Pasionaria”, que pronosticó que España sería la antorcha que iluminaría el camino de la liberación de los pueblos sometidos al fascismo. Una frase poética, heroica, sublime, emotiva, pasional, visionaria, casi mística, muy típica de su época. Sin nada de análisis de la realidad, de la situación interna e internacional, como sería exigible a un marxista. Es como cuando, actualmente, se culpa a Rodríguez Zapatero de todas las crisis económicas habidas desde que se tiene noticias del inicio de la Historia de la Humanidad, a pesar de que aún no se ha llegado a la inmediata crisis económica, ocultando que las crisis económicas son consustanciales con el sistema capitalista, haciendo creer que, con un día de huelga general, sustituyendo al actual Presidente del Gobierno por Popeye “El Mariano”, la única alternativa creíble, se iban a acabar con todas las crisis económicas del futuro. Y esa creencia es la mejor forma de garantizar que el sistema económico no cambie, que todo siga igual, que se mantenga el sistema capitalista, y todas las futuras crisis económicas las continúen pagando, una y otra vez, los trabajadores, los explotados. Palmiro Togliatti estaba colérico: le parecía erróneo, inasimilable por la población. Culpó de ello a “Mo.” (Moreno, es decir, Stepánov) que se mantuvo pasivo ante el devenir que siguió dicha conferencia, lo que calificaría de ceguera política. Cada vez era mayor el número de militares profesionales que, tras haber militado en el Partido Comunista, convencidos de su acierto en su visión de la guerra, ahora confabulaban en secreto contra el mismo, igualmente convencidos de que tales planteamientos sólo iban destinados al fracaso, prolongando los sufrimientos.

Como en toda situación desesperada, resulta balsámico encontrar un culpable, un chivo expiatorio, se comenzó a fabular que los comunistas constituían “el” obstáculo que impedía llegar a un pacto de “caballeros” con Franco. Por lo que se hacía imprescindible desembarazarse de ellos, de los que mayor resistencia habían demostrado frente al enemigo. Sobre todo la jefatura y oficialidad de la Zona Centro-Sur, que, aunque mantenían medio millón de hombres bajo las armas, no se veían capaces de resistir por más tiempo. Aunque la escasez de material y piezas de repuesto era menos angustiosa que en Cataluña, comprendían que no se podía suplir la superioridad franquista en aviación, tanques y artillería. El 10 de febrero el Cuartel General de Franco en Salamanca proclamó: “Nuestras tropas han alcanzado victoriosamente (…) todos los pasos de la frontera francesa, desde Puigcerdá hasta Portbou. La guerra en Cataluña ha terminado”. Un estilo coherente con el discurrir de los acontecimientos de aquellas semanas, con comunicados anteriores, y que se haría imitable de cara a la finalización de aquella maldita guerra. El 11 de febrero, según el Servicio de Información y Policía Militar franquista, mantuvo contacto con el General Matallana, sustituto de Miaja, que comunicó que estaba dispuesto a rendirse, con todo su Estado Mayor. El 12, “Mundo Obrero” publicó el discurso de Dolores Ibárruri en la conferencia del PCE en Madrid. Ese día el Presidente del Consejo de Ministros llegó a Madrid. Eduardo Val, ya en Madrid, dudando que sus camaradas anarquistas fuesen a cumplir la decisión “democrática” que habían tomado, sin contar con ninguno de los órganos establecidos para ello, decidió actuar por sí mismo. Así, pocos días más tarde, incorporó a los anarquistas de Madrid, que serían el elemento decisivo, a los golpistas planes del Coronel Casado y Julián Besteiro.

El 13 de febrero pasó la frontera el XI Cuerpo de Ejército, que se encontraba en Puigcerdá, lo que demuestra que no era exacta la proclama franquista en tal sentido, de días antes. Aquel día hubo sesión del Gobierno. En ella, Negrín volvió a insistir en lo necesario que era mantener la unión del Frente Popular, y en su política de resistencia hasta el fin: o nos salvamos todos o nos hundimos todos en la exterminación y el oprobio, como publicó el “ABC” de Madrid del día siguiente. Sin embargo no reinstaló el Gobierno ni en la capital ni en Valencia, que era de esperar que comenzasen a ser bombardeadas masivamente, en la última etapa de la guerra. El residió en una finca de Elda, denominada “El Poblet”, y que los militares, con bastante sorna, la llamaron “Posición Yuste”, recordando el retiro de Carlos Iº. Le daban guardia unos 300 guerrilleros del XIV Cuerpo de Ejército. Sin embargo no era ningún retiro. En realidad se dedicó a una actividad frenética, con llamadas telefónicas, mensajes por teletipo, reuniones, tanto para la defensa de la República como preparando la evacuación y el exilio. Como todo ello podía interpretarse como contradictorio, aunque era completamente lógico. Y, siguiendo las líneas de su personalidad, no daba cuenta ni explicaciones a casi nadie. Como tales actos no podían mantenerse en completo secreto, sólo conseguía la confusión, y acumular dudas sobre sus intenciones. Como suele ocurrir, todo el mundo “resolvía” tal incoherencia sospechando que lo que “en realidad” hacía era lo contrario de lo que cada cual creía que debía hacerse.

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