1.917: La Revolución Soviética

Con ello la Gran Guerra Europea se convertía en Iª Guerra Mundial. En realidad ya había habido más guerras que pudieron merecer tal calificativo, como la llamada Guerra de los Siete Años, pero ninguna había adquirido la envergadura de ésta. Hasta entonces. Bastó tal declaración de guerra, antes de que un solo soldado estadounidense llegase a Europa, para llenar de optimismo a los aliados occidentales, que tan necesitados estaban de ello. Sin embargo la población de Estados Unidos no estaba ni mucho menos entusiasmada con la idea. Hubo que hacer una tremenda propaganda sobre la defensa de la democracia, demonizando a los alemanes, sobre los que se difundieron horrorosas historias de crímenes. Esto creó un sentimiento de odio y fanatismo histérico que permitió un peligroso recorrido autoritario y de represión sobre los ciudadanos de ascendencia alemana. Así se aprobó la Ley de espionaje. La Liga Espartaquista se integró en el Partido Socialdemócrata Independiente Alemán. La policía rusa, posiblemente informada por la finesa, descubrió que Lenin viajaba hacia Petrograd, pero, desconociendo cuántos seguidores le acompañaban ni si contaban con armas, no detuvieron el tren, esperando que llegase a su destino, el 16 de abril. Allí la República Rusa envió a una Compañía de cosacos para detenerle. Pero la estación estaba llena de ciudadanos, convocados para recibirlo apoteósicamente, por lo que, antes de provocar una matanza, cuyas consecuencias podían ser imprevisibles, desistieron de hacerlo. Durante su viaje, o quizás antes, Lenin había elaborado las que se denominarían “tesis de abril”, en la que fijaba los objetivos del proletariado “en la revolución actual”: armisticio inmediato, disolución del ejército permanente y la policía (posiblemente una concesión a los anarquistas, pero también una forma de precaverse contra la reacción armada cuando las tropas quedasen libres de defender las trincheras) nacionalización de los Bancos y los bienes inmuebles. Los soviets locales se encargarían de administrar las tierras. Consideraba que los mencheviques se habían comportado de modo tan deleznable que no podían aceptar su dirección, su apoyo en los nacionalistas sionistas, por cual los bolcheviques debían constituirse en un Partido separado, al que denominó Partido Comunista.

Todo ello parecía excesivamente radical para un país retrasado, fundamentalmente agrícola, que seguía poniendo el crucifijo y el retrato del zar en los montones de grano tras el aventado de la trilla, señalando su sumisión, agradecimiento, entrega, a los poderes establecidos, mágico-religiosos, y que eran verdaderos propietarios de lo que ellos produjesen. Surgió la polémica sobre si no sería preferible colaborar en la revolución liberal, como había recomendado Marx, 69 años antes. O con los mencheviques, al menos hasta que la situación se consolidara. O hasta comprobar el resultado de las elecciones convocadas, porque, hasta entonces, con las leyes antes vigentes, era la derecha la que siempre triunfaba. Trotski era uno de los que defendía tales posiciones. Dicho debate inmovilizó a los bolcheviques durante un tiempo precioso. Debido a tales acontecimientos, desde mayo, eran los mencheviques, con Kerenski a la cabeza, quienes dominaban el Gobierno provisional. Admitió la proclama del Comité ejecutivo provisional del soviet de los diputados obreros y militares de Petrograd, sobre la necesidad de un armisticio sin anexiones ni indemnizaciones, pero, siguiendo las exigencias de sus aliados occidentales, argumentó que sólo se podía negociar desde una ofensiva victoriosa, y se lanzó a ella. Confiaba en que, de conseguirla, obtendría el apoyo del ejército para consolidarse en el poder, acabando con los soviets. Los rusos, enaltecidos por el triunfo sobre el zarismo, consiguieron algunas victorias, pero el 18 de junio la superioridad organizativa alemana se había impuesto con rotundidad. Esto ocasionó nuevas manifestaciones espontáneas contra la guerra y la política de Kerenski, que no había conseguido mejorar en nada la situación. En su inestable posición, sin una suficiente base parlamentaria en la que apoyarse, obligado a pactar con los liberales del Partido Constitucional Democrático, acosado por los reaccionarios, que abandonaban el Frente para reinstaurar el zarismo, el dominio aristocrático y militar, ya que consideraban la situación más peligrosa que la invasión alemana, y por los revolucionarios, acusó a Lenin de haber aceptado dinero de Alemania, en base a documentos falsos, declarando ilegal al Partido Comunista. Lenin y los máximos dirigentes comunistas debieron huir y esconderse. De modo que los bolcheviques seguían sin poder ni saber hacerse con la situación.

Stalin (obsérvese la terminación del nombre clandestino semejante a Volguin o Lenin, aunque no referida a un río de procedencia, sino a un material: el acero) tras permanecer cuatro años deportado en Siberia, por haber organizado una red de atracadores de Bancos y empresas y extorsión de empresarios, con la que conseguía financiación para los revolucionarios y actos terroristas (y que le sería de gran utilidad para hacerse con el poder en el Partido y acabar con cualquier oposición en el país) había sido liberado por el Gobierno republicano, lo que le permitió participar en la inminente revolución. El hecho de que la reina madre fuese austríaca y la consorte británica debió influir en que Alfonso XIIIº no se decidiese a tomar partido durante la Gran Guerra Europea. Fue lo mejor que le pudo ocurrir a España. Las enconadas polémicas entre “aliadófilos” y “germanófilos”, con los respectivos periódicos que las apoyaban, no impidieron que, aprovechándose de la neutralidad, se comerciase con ambos. Como consecuencia la actividad industrial, sin competencia posible, con una demanda ansiosa, creció como nunca lo había hecho en España, acercándose mucho al nivel europeo, tras siglos de retraso. Pero también la agricultura encontró una inmensa demanda. Los que más se aprovecharon fueron los especuladores. Los beneficios obtenidos no se revertieron en sucesivas mejoras productivas. Los precios sufrieron una gran inflación, que pesó sobre las clases trabajadoras. De forma que el aumento de contratación, la extensión de los horarios de trabajo, no mejoraron en mucho la situación obrera, ya que dicha inflación de precios absorbía con creces los incrementos salariales. La guerra en Africa conllevó otro problema. Como suele ocurrir, se potenciaron los ascensos por méritos de guerra. Esto supuso un agravio comparativo respecto de los que esperaban una carrera tranquila, con ascensos por antigüedad o por influencia en las clases dirigentes, como era el caso de la aristocracia. Los militares se dividieron en dos grupos, lo que iba a tener una terrible repercusión en la evolución futura del país.

Por un lado los que querían hacer carrera rápidamente, con frecuencia procedentes de clases humildes, que veían en la guerra su oportunidad, por lo que solicitaban voluntariamente su traslado a Africa: se les denominaría “africanistas”, y, consecuentemente con las arengas de combate que allí recibirían, se hicieron furibundamente nacionalistas, racistas, mantenían la superioridad de la raza española, aunque no se confirmara por los resultados de los enfrentamientos con los marroquíes, y también respecto de los españoles indolentes, que pedían el abandono de la guerra colonial y les despreciaban a ellos, en lugar de reconocer y recompensar sus heroicidades. Entre éstos estaban el resto de militares, los que utilizaban sus influencias precisamente para escapar de los sacrificios, incomodidades y letalidad colonial. Para defender sus “derechos”, vestigios de privilegios históricos, se reunieron en “Juntas de Defensa”, de carácter corporativo, gremialista, cuya principal aspiración era que se respetasen los ascensos por antigüedad, bien en perjuicio de los méritos de guerra o bien duplicando los nombramientos, inflando los más elevados escalafones de la Oficialidad y la jefatura militar. Aunque procedían de sectores conservadores, tal comportamiento “sindical” les llevó a posiciones liberales. Algunos incluso se opusieron directamente a la guerra colonial, llegando a aproximarse al anarquismo, el que más beligerancia pacifista había demostrado, aunque también era el más violento en sus confrontaciones sociales. Todo ello acarreó una visión errónea sobre las verdaderas aspiraciones y lo que se podía esperar de los que se llamaron “juntistas” respecto de un cambio político en España. Los Gobiernos se sucedían, inestables y sin autoridad, y las crispadas confrontaciones parlamentarias llevaron al sistema al descrédito, alejado de los deseos populares, en lo que no fue poca la influencia de los anarquistas. Ante la desesperanza en la evolución política, se consolidó el movimiento regionalista, en parte basado en aspiraciones liberales, como, en cierta medida, ocurrió en Cataluña, que llevaba la voz cantante en ello. Pero en el País Vasco y Galicia estaba mucho más próximo a posiciones tradicionalistas y conservadoras, precisamente temerosas de un posible avance de liberales y, lo que era peor, de socialistas, sindicalistas y anarquistas.

El ateismo y anticlericalismo confeso de todos ellos, lógico en un país que seguía manipulado por los curas, que conservaban el monopolio educativo, consolidaban tal visión, junto con un efecto imitativo respecto de los nacionalismos centrífugos, disgregadores, separatistas, como había ocurrido en los Balcanes, que, en realidad, no era sino la frustrante convicción de que no se podía esperar un cambio político que partiese de Madrid. Todo lo contrario del nacionalismo centrípeto francés. La situación estalló aquel verano. Eduardo Dato, Presidente del Consejo de Ministros, autorizó las antes ilegales Juntas Militares, para atraerse a dicho estamento. Durante el bienio anterior, en que habían gobernado los liberales, se autorizó la Mancomunidad (de municipios) Catalana, como modo de Gobierno semiautonómico. Quizás tratando de evitar un enfrentamiento con los regionalistas, especialmente la Lliga Regionalista de Cambó, que dominaba la Mancomunidad Catalana, y que había desarrollado un proyecto de Estatuto de Autonomía para Cataluña, Dato se negó a reunir el Parlamento. Cambó convocó en Barcelona una asamblea de parlamentarios de toda España, con el objetivo de promover una reforma de la Constitución. En agosto el descontento obrero estalló en una huelga general revolucionaria, que tuvo su máximo exponente en Asturias, sobre todo en el sector minero, sin ninguna experiencia previa en conflictos sociales de tal envergadura. Las clases dominantes asturianas pidieron que acudiese allí el Coronel Franco -que se había casado con Carmen Polo, de la burguesía local, con la que se codeaba en las reuniones sociales, y a la que había encandilado con su juventud y la brillantez de sus ascensos, a base de ciega disciplina y exposición de sus hombres y él mismo, sus planteamientos conservadores, puro oportunismo, porque, por otra parte, quería afiliarse a la masonería, como su hermano Nicolás, algo que nunca consiguió- con el Tercio de Extranjeros, creado para combatir en Africa, a imitación en todo de la Legión Extranjera francesa, que prometía la amnistía a los delincuentes que se enrolasen en ella. Franco lo hizo con la mayor violencia, como estaba acostumbrado a actuar en acciones de represalia contra los poblados marroquíes. Más de dos mil huelguistas fueron apresados.

Entre ellos el comité de huelga, que incluía parte de la dirección del Partido Socialista Obrero Español, como Largo Caballero, que presidía la Unión General de Trabajadores. El resultado fue una crisis que forzó un Gobierno de concentración, presidido por García Prieto, y en el que se integró Cambó, pero en el que fue imposible alcanzar un acuerdo que solventara la situación. Lenin encargó a Trotski una “misión imposible”: que consiguiese la mayoría en las elecciones a los soviets. Así éste llegó a la presidencia del soviet de Petrograd, desde el que se dedicó abiertamente a preparar la revolución. Ante tales hechos, el 17 de septiembre, el General Kornilov se levantó con sus tropas, tratando de imponer una dictadura militar que acabase con el desorden. El Gobierno provisional se vio sin capacidad de repeler el ataque, por lo que debió recurrir a los bolcheviques. Al obtener la victoria, éstos recuperaron el prestigio y protagonismo que habían ido perdiendo, mientras Kerenski se encontraba sin medios de hacerse respetar. Lenin consideró que era el momento de hacer la revolución. Trotski lo creía precipitado. Necesitaron toda una noche para convencerlo, tras lo cual se le encargó dicha misión. El 24 de octubre los austro-húngaros, reforzados por tropas alemanas, entre ellas un Batallón al mando de Erwin Rommell, que desempeñó un importante papel, iniciaron una ofensiva en Caporetto (Karfreit para los austríacos, la actual Kobarit, en Eslovenia) que duraría dos semanas, avanzando 100 kmtrs. hacia Venecia. Ernest Hemingway en su A Farewell to arms (“Adiós a las armas”, aunque en inglés tiene connotaciones de despedida, emotividad, abandono, reorganización, desorden o irresponsabilidad) reflejó perfectamente el ambiente caótico y desesperante en que las tropas italianas desertaban, lo que se trató de zanjar, como habían hecho en Francia, mediante fusilamientos masivos. Pero los austro-húngaros no fueron capaces de cruzar el Piave, donde el Frente quedó inmovilizado, gracias a la masiva ayuda británica y francesa, hasta casi el fin de la guerra. Por parte italiana participó el General Badoglio, entre otros. El 25 de octubre (según el calendario juliano ortodoxo prerrevolucionario; noviembre según el calendario gregoriano católico) los revolucionarios tomaron los puntos neurálgicos de Petrograd.

El palacio de invierno, sede del Gobierno provisional, estaba custodiado por un Regimiento femenino, con idea de no privar de hombres al Frente. Aquella noche se concentraron los revolucionarios, armados, a cierta distancia de sus verjas. En la Flota anclada en los muelles también había estallado la revolución. Su buque insignia, el Acorazado Aurora, a medianoche, enfocó sus proyectores al palacio de invierno, disparando dos andanadas, que sembraron el pánico entre las guardias. Era la señal para escalar las verjas y tomarlo al asalto. Las masas respetaron escrupulosamente todas las riquezas y obras de arte del palacio, repitiendo que ahora eran propiedad del pueblo. Kerenski se libró de la cárcel huyendo. Lenin estableció el armisticio como el objetivo irrenunciable e inmediato de la revolución. Para esta nueva misión imposible volvió a designar a Trotski, a quien nombró Comisario del Pueblo para Asuntos Exteriores. Este inició negociaciones sobre el principio de autodeterminación de los pueblos, lo que significaba que no habría anexiones, sino liberación de territorios, y tampoco podían justificarse indemnizaciones, a partir de ello, como había propagado Lenin en sus “tesis de abril”. El objetivo era recuperar sus fronteras con Alemania (el planteamiento de Lenin era que no se podía mantener el dominio por la fuerza de zonas contrarrevolucionarias, que ya sería suficientemente difícil mantner el control sobre el núcleo de Rusia, de modo que permitió la autodeterminación independentista de Finlandia, los países del Sur del Báltico, declarados como tales por los invasores alemanes, la Rusia Blanca o Bielorrusia, Ucrania, Georgia, etc., la mayoría de los cuales, como suele suceder, terminarían luchando entre sí; para tal misión, bastante denigrante, que despertaría el desprecio y el odio de los patrioteros, los imbuidos de sentimientos nacionalistas, nombró Comisario del Pueblo para las Autonomías a Stalin, quien, años más tarde, se empeñaría en reconquistar todo lo que se había desgajado de la antigua Rusia, bajo su responsabilidad) excepto una Polonia independiente que sirviera de colchón de seguridad frente a las ansias expansionistas alemanas. A mediados de diciembre se consiguió el armisticio. En las negociaciones subsiguientes, en la ciudad polaca de Brest-Litovsk, los alemanes rechazaron tales principios, que significarían la desintegración de los imperios austrohúngaro y otomano, si no también del alemán.

Además de considerar injustificada su entrega de territorios, sin haber sido derrotados, siendo la conquista de éstos su máxima aspiración en el Frente del Este al iniciar la guerra. Menos aún sin obtener compensaciones económicas a cambio, que, por otro lado, eran objetivamente imposibles. Ante la resistencia soviética amenazaron con pactar directamente con los ucranianos. En vista de lo cual Trotski interrumpió las negociaciones. En Rusia declaró que el estado de guerra se había extinguido, lo que explicó como una situación de “ni guerra (abierta) ni (Tratado de) paz”, posiblemente parafraseando, en sentido contrario, el título de la novela de su admirado Tolstói. En realidad al pueblo le importaba muy poco el formalismo diplomático. Sólo pretendían dejar de morir en las trincheras y de hambre en retaguardia. Para los bolcheviques la situación era la óptima, ya que el ejército debía permanecer en las líneas del Frente, sin estorbar al proceso revolucionario. Con ello, además, los aliados occidentales no podrían acusarlos de haber firmado una paz por separado. Entonces los imperios centrales firmaron el que se denominaría “Tratado del pan”, por el que Ucrania se declaraba, unilateralmente, independiente, y aliada de ellos, a los que se comprometía a suministrar trigo, del que tan necesitados estaban. Adicionalmente acordaban la autonomía de Galitzia oriental, una mínima concesión al eslavismo. Turquía asestó severas derrotas al Entente durante aquella guerra. Aprovechándose de la revolución rusa conquistó Azerbaiyán y Bakú, el mayor productor de petróleo de la época, y el menos contaminante y de mejor calidad, ya que carece de azufre. Para incentivar la entrada de Italia en la guerra, del lado aliado, se le prometió, además, diversos territorios en el Sur de Anatolia. Ajmad Fuad bachá (en turco, de donde era originario tal título, pachá) sucedió a su hermano, Jusain Kamil, como Jedive (en persa, “Señor”) y sultán Fuad Iº. Los británicos lo designaron sultán de Egipto y de Sudán, que consolidaron, teóricamente, como Estado independiente, por completo desgajado del Imperio Otomano, pero, en realidad, protectorado del Reino Unido. La República de China, bajo la presidencia de Li Luang-jung, estaba en situación desesperada. El Norte estaba en plena disputa entre los Señores de la Guerra. Durante una semana se restableció la dinastía manchú. Para acabar con el caos se instauró la dictadura.

La teósofa Annie Besant copió el movimiento home rule irlandés en la India. Montagu había sustituido a Austen Chamberlain. En agosto se vio obligado a declarar en la Cámara de los Comunes, en Londres, que era objetivo británico la colaboración creciente de los hindúes en todas las esferas de la administración, implantando progresivamente un Gobierno (autóctono) responsable, aunque integrado en el imperio británico. Todos los “protectorados” franceses, y también Siam, intervinieron en la guerra contra Alemania. Aprovechándose de la debilidad rusa y la sublevación revolucionaria, no reconocida internacionalmente, Japón invadió el Norte de la isla Sajalín y Siberia, hasta el lago Baikal. Murió, en Estados Unidos, William (Buffalo, término que los indios aplicaban a sus jefes de más valor, y que fue asumido por el ejército estadounidense, Bill) Frederick Cody, pistolero, cazador de búfalos para las compañías de ferrocarriles (para alimentar a los obreros, sobre todo a los chinos, evitar que sus estampidas pudiesen retrasar las obras o los convoyes, o dañar las instalaciones o el material rodante, pero también para acabar con el alimento de los indios, forzarlos a emigrar, a ceder territorios, o exterminarlos, facilitando la extensión del ferrocarril y la colonización, con todas sus potencialidades económicas y ferroviarias) y productor de espectáculos circenses denominados Salvaje Oeste, Wild West. En ellos llegaron a figurar 1.200 personajes, especialmente jinetes, turcos, gauchos, árabes, mongoles, cosacos, James (se apodaba Billy, nombre de su hermano, para eludir a la justicia) “Hickock”, “Juanita Calamidad” (prostituta, exploradora del ejército estadounidense y fabuladora de historias, como que se había casado con el anterior, o que había sido amante de Custer, lo que le dio la mayor fama) o “Bisonte (en España lo conocemos como Toro) Sentado” (Sitting Bull, entonces prisionero de guerra, para el que consiguió una amnistía) y que siempre terminaba el espectáculo con Bill Cody (que había tenido una casa y posada en una de las entradas de Yellowstone, primer Parque Nacional del mundo, cerca del Little Bighorn donde fue derrotado y muerto Custer, y de la ciudad, cerca de las Colinas Negras, en la que el “Salvaje Bill Hickock” sería asesinado: todo parecía unir a estos personajes) y todos sus vaqueros e indios representando la última batalla del Tenientecoronel Custer.

Con él el Lejano Oeste real, ya desaparecido, mitificado, pasó de la novela y artículos periodísticos al mundo del espectáculo, recorriendo incluso Europa. Más tarde saltaría a los cinematógrafos. El Congreso de Estados Unidos aprobó la Constitución de Puerto Rico. Mediante la Ley Jones se concedía a sus habitantes la nacionalidad estadounidense. Venustiano Carranza se vio favorecido, según sus cálculos, por las invasiones estadounidenses de Méjico. Así pudo convocar el Congreso constituyente de Querétaro. La Constitución aprobada reducía considerablemente el predominio cultural de la Iglesia Católica, y contrarrestaba la influencia del capital extranjero, sobre todo en petróleo, minas y latifundios. Como la recién constituida República Federativa Socialista Asamblearia (Soviética) de Rusia no reaccionó ante la independencia de Ucrania, el 18 de febrero de 1.918, las potencias centrales iniciaron una ofensiva a lo largo de todo el Frente oriental. Con lo cual la forzaron a firmar el Tratado de Brest-Litosvk, por el que Alemania se quedaba con toda Polonia y los países del Sur del Báltico, y se declaraban independientes Ucrania (teóricamente, porque mantendrían un ejército de ocupación alemán para “garantizar su independencia”, algo así como harían posteriormente con la mayor parte de la Francia de Vichy) y Finlandia. Es cierto que Alemania necesitaba las patatas polacas y el trigo ucraniano, puesto que, dada la prolongación de la guerra, el pueblo comenzaba a pasar hambre. Hitler repetiría las mismas consideraciones 21 y 23 años más tarde, respectivamente. Pero los bolcheviques no podían consentir que los alemanes sacasen provecho en exclusiva de ello, mientras Rusia llevaba años pasando aún más hambre. Utilizando las propias tesis leninistas, de Trotski y de Wilson, Presidente de Estados Unidos, los alemanes podían haber forzado la independencia de tales países, como zonas desmilitarizadas (los soviéticos mantendrían propuestas similares tras la IIª Guerra Mundial) y, aprovechándose de que Rusia estaba casi en bancarrota (y más lo iba a estar cuando estallase la guerra civil y sufriese el bloqueo económico internacional) acaparar gran parte de su “libre comercio”.

Pero su intención era anexionarse, de modo más o menos encubierto o aparente, la mayor extensión de territorios posibles, persistir en su idea imperialista, de colocación de productos y adquisición de materias primas y agrícolas de modo forzoso, monopolístico, beneficiando a su industria y población, ante la que lo propagaría como un triunfo. Lo cual la obligaba a mantener fuerzas suficientes para conservar tal dominio, monopolio, y disuadir a los bolcheviques de que intentasen un cambio en tal situación. De modo que, con tal conducta, no pudieron sacar el principal provecho de dicha paz, para lo que habían apostado incentivando la revolución, con todo el riesgo que ello suponía de “contaminación” revolucionaria a la propia Alemania, y que era poder transferir gran cantidad de tropas al Frente occidental. Al contrario: creó una sensación falsa de victoria, de potencia, un aporte moral que el ejército y la población necesitaban, pero que iban a trastocarse en derrotismo si no eran adecuadamente reconducidos en breve plazo. Es decir: dicha paz, realizada de tal forma, llevaba directamente a recrudecer la guerra en el otro Frente. Y sin el apoyo que precisaban de las tropas comprometidas para defender los territorios conseguidos frente a Rusia. Peor aún: Alemania marcaba las líneas de una paz humillante, ventajista, desequilibrada, injusta, en la que no se tenían en cuenta los deseos populares ni los sentimientos ni realidades nacionalistas. De forma que estaba preparando el terreno de lo que le iban a imponer a ella misma, sólo unos meses después. Y, con ello, alimentando unos deseos de venganza, de revisión de dichos Tratados, que llevarían directamente a la IIª Guerra Mundial. Lenin había conseguido la paz, tal como deseaba el pueblo ruso, en contra de los planteamientos de Trotski, al precio de perder todos los territorios fronterizos occidentales, desde Finlandia a Ucrania, pasando por Bielorrusia. Su idea era concentrar la defensa de la revolución donde más adeptos tenía, en un núcleo sólido, compacto y bien comunicado. Sin embargo muchos consideraron que el precio fue excesivo, desde los socialistas, revolucionarios o no, hasta, sobre todo, la extrema derecha monárquica, imperialista.

Cuando el ejército comenzó a desmilitarizarse en su mayoría se sublevó, no entregó las armas, iniciando, con el apoyo de las potencias “occidentales”, incluyendo Estados Unidos y Japón, y los nuevos Estados desgajados del antiguo imperio zarista, en agradecimiento por ello, una larga y cruelísima guerra más internacional que (in)civil, en la que los odios y represiones mutuas se exasperaron. Era la tesis de que la revolución había que exterminarla en la cuna, no debía permitirse que pudiera servir de ejemplo a los pueblos sobre cómo obtener su liberación, igual que se había procedido con las revoluciones liberales. O, como “plan B”, hacerla tan cruel, obligar al pueblo a tales sacrificios y penurias que se pudiera propagar que el coste de la revolución no la hacía rentable. Los mandos militares alemanes concluyeron que la mejor forma de negociar un buen, ventajoso, Tratado de paz, era el triunfo, o la extorsión de un avance de las líneas del Frente. Mantenían que debía haber paz con vencedores. Es decir, conservando los territorios conquistados, en contra de la propuesta de los socialdemócratas, rechazada por el Parlamento, de una paz sin vencedores ni vencidos, sin indemnizaciones, con retorno a las fronteras de antes de la guerra. Con todo lo cual estaban preparando las condiciones, junto con el antecedente del Tratado de Versalles tras la guerra franco-prusiana, la proclamación de la IIIª República Francesa y la Comuna de París, del futuro y gravoso Tratado de Paz que iban a imponer a los derrotados imperios centrales, que significaban literalmente su disolución. Así fue como Ludendorff, que se había convertido en el verdadero dirigente de Alemania ante la desidia del emperador, quien comprendía que se había metido en un berenjenal del que no sabía salir, y de los políticos, que habían cedido, pasivamente, el protagonismo a los militares, a pesar de que la rápidas victorias de tiempos de Bismarck -que siempre mantuvo sus poderes por encima del estamento militar- no se llegaban a producir, preparó un nuevo plan que supusiera un golpe fulgurante en el Oeste, antes de que los estadounidenses llegasen a participar de modo activo en las líneas de combate. Se reclutaron todas las fuerzas alemanas disponibles, consiguiendo equiparar a los aliados occidentales que efectivamente participaban en los combates en tropas y material.

El 21 de marzo se inició la ofensiva, en cinco vectores de ataque paralelos, sin conseguir romper el Frente, aunque obligaron a los aliados occidentales a retroceder.

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