1.921: El desastre de El Annual

Comprendiendo lo que ocurría, pero no la capacidad militar y política de los implicados, Faisal organizó en Siria una Asamblea Nacional que reclamó la independencia de las tierras del “(Cuarto, de Luna) Creciente Fértil”. Gran Bretaña firmó con Persia un Pacto que fue interpretado por todo el mundo como un “Convenio de Protectorado”. Protestaron contra él Estados Unidos, Francia, el Parlamento y los nacionalistas persas. Las manifestaciones populares se sucedieron y Azerbaiyán aprovechó para pedir su independencia, todo lo cual forzó al pro-británico Primer Ministro Vusukud-Daula a dimitir. El Tratado Anglo-Persa debió ser suspendido y, finalmente, revocado. Alemania y Austria renunciaron a las concesiones conseguidas de China mediante pactos desiguales, igual que había hecho la República Socialista Federativa Asamblearia Rusa, pero no hicieron lo mismo las demás potencias. Especialmente Japón insistió en “defender sus derechos”, motivo por el que China no firmó el Tratado de Versalles. Contribuyó a ello una multitudinaria manifestación de estudiantes de Pekín, que el 4 de mayo se opusieron al desarrollo de dichas negociaciones. Por todo el país se extendieron las protestas estudiantiles y las huelgas. Se consolidó el “Movimiento del 4 de mayo”, que agrupó a los progresistas frente a los militares reaccionarios, que recibían el apoyo de la baja aristocracia y los funcionarios confucianos, todos ellos antirrepublicanos.

En dicho movimiento participaron Chen Tu-jsiu, decano de la Facultad de Filosofía de Pekín y fundador de la revista “Nueva Juventud”, Li Ta-Chao, director de la biblioteca de la Universidad de Pekín, que sería ejecutado 8 años después, o Mao Tse-tung, maestro de escuela que trabajaba como empleado en dicha biblioteca, que se familiarizó con las ideas de los anteriores, y, relativamente, con el comunismo. Los británicos continuaron con sus medidas impopulares e imprudentes en la India. Las leyes se utilizaban para eliminar a los enemigos políticos, sin ofrecer ninguna garantía jurídica a los hindúes. Ganddi, basándose en sus propias creencias religiosas, sobre la prevalencia de la verdad, el principio más elevado, equivalente a la divinidad, así como el pacifismo y la continencia, el dominio sobre los propios afectos y pulsiones, y su experiencia en Sudáfrica, incitó a la población, en una carta abierta, a oponerse a las leyes mediante una actitud no violenta pero no colaboradora. Es decir, la desobediencia civil pacífica, la resistencia pasiva. Su lema era satiagraja: en sánscrito, “aferrarse a la verdad”. La verdad, y la posibilidad de un error en la apreciación de la misma, significaban la tolerancia, el pacifismo, y, con tales directrices, enfrentarse a la injusticia, el odio y la opresión. Aunque Ganddi no alcanzó de inmediato sus objetivos, consiguió consolidar el nacionalismo en su país, con una perspectiva romántica, como todo nacionalismo, superando con ello, al menos temporalmente, las que parecían insalvables diferencias de castas, aglutinándolas en torno a un objetivo común, inmediato, aunque perdurable en el tiempo, hasta su consecución.

Todo ello, así como el ambiente tras la Guerra Mundial y las declaraciones de Estados Unidos y los comunistas sobre el derecho a la autodeterminación, cambiaron por completo el panorama hindú. La secular pasividad y resignación se transformó en una actitud politizada, popularizando la oposición a la administración colonial. No obstante, la masiva y abrupta irrupción popular hindú en la política, a la que antes había sido ajena durante toda su Historia, así como a la absorción de los planteamientos comunistas, la comparación con movimientos revolucionarios y nacionalistas que se producían en otros lugares (por ejemplo, en Irlanda, o entre los mahometanos) y el efecto provocador de las crueles represiones británicas y sus injustas medidas legales, hicieron que Ganddi perdiese repetidamente el control de las masas, que degeneró en muchas ocasiones hacia la respuesta violenta. Siguiendo sus planteamientos filosóficos, políticos y religiosos, Ganddi recuperó el control haciendo uso de su concepto concomitante: la continencia. En tales situaciones ordenaba parar las campañas, incluso pedir perdón a las autoridades británicas por los excesos que se hubiesen producido. Para que se obedeciesen sus recomendaciones, huyendo siempre de cualquier autoritarismo, declaraba el ayuno o renunciaba a dirigir el movimiento independentista hasta que se le hiciese caso. Con ello mermaba la ascendencia de cualquier otro movimiento más extremista.

La base hinduista de tales planteamientos los hacía fácilmente comprensibles para la mayoría de la población y, simultáneamente, le daba una perspectiva original, única, incomparable con lo que se llevaba a cabo en otras zonas y culturas, realimentando el sentimiento nacionalista. Quizás el alejamiento de la violencia le dio mejores resultados que los logrados en otros lugares. Por ejemplo, en Irlanda, donde aún no han conseguido reunificar su territorio, su isla, a pesar de las desproporcionadamente enormes riquezas que el Imperio Británico extraía de la India. Sin embargo, con ello estaba ahondando el abismo con los mahometanos, que se haría insalvable. En sus análisis hacía abstracción de los antagonismos de clase o la importancia de las tensiones sociales, negaba la lucha de clases, como le criticaban los comunistas, aunque comprendía la importancia de lo económico en la apetencia colonialista, y la necesidad de basarse en ello para conseguir desestimularla. Para él los problemas sociales se solventarían educando a los ricos en la obligación moral de ayudar a los pobres. Ni siquiera se planteaba si eran aplicables los principios de la moral privada a la resolución de los enfrentamientos de grupos. Nuevamente la visión ético-religiosa, que Nejru, su futuro Primer Ministro y Presidente de la República, así como el Congreso Nacional Indio, criticaron y rechazaron. Pero las masas lo admitieron sin ninguna objeción, ya que, al coincidir con sus tradiciones ancestrales, suponían menor esfuerzo mental que los análisis marxistas, consiguiendo aglutinarlos como, posiblemente, no habría logrado un llamamiento a la guerra colonial.

Tras la independencia se constataría esta deficiencia con el retorno a las diferencias de castas y el subdesarrollo económico y social que no es capaz de superar, a pesar de las riquezas del país, el envidiable grado de democracia y formación superior conseguidos y la colaboración de la Unión Soviética, durante muchos años, que esperaba con ello atenazar al peligro chino. La integridad personal del Majatma (“Alma Grande”, apodo dado por Sir Rabindranaz Tagore; el pueblo también lo llamaba Bapu, “padre”) Mojandás Karamchand Ganddi y, por ello, su desprecio a los políticos profesionales, le impedían el menor acercamiento diplomático, lo que posiblemente enlenteció el proceso independentista. De la misma forma sus elevadas exigencias morales suponían, no sólo un distanciamiento respecto de los mahometanos, sino incluso de las masas hinduistas. Se promulgaron las reformas Montagu-Chelmsford respecto del Gobierno hindú. Ganddi, que, en principio, estuvo complacido por tal cambio de actitud, llegó a la conclusión de que la administración colonial era “satánica”, por lo que resultaba inmoral cualquier tipo de colaboración con la misma. Simultáneamente, la política el Imperio Británico respecto de Turquía, les había enajenado los sentimientos de los mahometanos. Se inició el movimiento Jilafat, que aspiraba a reponer los califatos.

Ganddi comprendió que existía una oportunidad única de unificar a hinduistas y mahometanos en unas mínimas aspiraciones comunes, con lo que se inició una campaña espectacular, que incluía la renuncia a todos los títulos honoríficos concedidos por los ocupantes, el boycott (estrategia seguida por los irlandeses durante la “guerra agraria”, entre 50 y 30 años antes, contra Charles Boycott, administrador de las fincas del conde de Erne, de no venderle, comprarle, prestarse a trabajar en sus tierras o repartirle el correo, hasta que no readmitiese a los arrendatarios que había expulsado por pedir una reducción de los alquileres) contra las escuelas y tribunales impuestos por los británicos, así como a la compra de cualquier producto extranjero o a las exportaciones de materias primas y productos agrícolas industrializables, como el algodón. A pesar de todo no logró su objetivo proclamado de conseguir la autonomía en un año. No todo el mundo siguió sus recomendaciones (por ejemplo, hilar el algodón en sus propias casas, usando ruecas, el símbolo que actualmente luce en la bandera de la India, vendiéndolo a las industrias de tejidos hindúes, las que más apoyaron y sufragaron el Congreso Nacional Indio, como las industrias de la familia Tata, y comprando éstos para coser su propia ropa, con lo que elevaban el precio del algodón, hacían menos atractiva su exportación, y rebajaban el precio de la confección importada, reduciendo el interés del colonialismo) ni se atuvo a métodos no violentos.

En realidad el jalifato había perdido su importancia religiosa hacía mucho tiempo y, fuera de la India, los mahometanos contemplaban con indiferencia su decaimiento. Francia olvidó todas sus promesas de autogobierno en Vietnam, lo que produjo una gran decepción a los diversos movimientos políticos, que evolucionaron hacia la resistencia armada. Las tropas canadienses demostraron un valor extraordinario, en especial en la mal planificada y dirigida ofensiva en Gallipoli, o Batalla de los Estrechos, en Grecia, contra los turcos. El Imperio Británico comprendió que no podía continuar con su consideración de colonia, por lo que inició los trámites para concederle un Estatuto de autonomía, aunque se lo tomó con su tradicional parsimonia. El Senado de Estados Unidos se negó a ratificar el Tratado de Versalles. Wilson cayó gravemente enfermo. Los republicanos consiguieron la presidencia, implantando el aislacionismo y desentendiéndose de los problemas europeos, que consideraban que no les incumbían. No habían evaluado las consecuencias de la Iª Guerra Mundial, puesto que Estados Unidos no había recibido territorios, dada la oposición de Wilson a semejante política, y la incapacidad estadounidense de imponer su criterio, pero sin comprender que se habían convertido en la primera potencia marítima. De modo que la Sociedad de Naciones, propuesta estadounidense, se quedaba sin su participación.

De ello sólo se podía desprender un mayor desequilibrio, la falta de visión de tal organismo como un derecho igualitario para la participación de todos los países y único método de resolución de conflictos internacionales. No obstante, en los 10 años siguientes, iba a funcionar sorprendentemente bien, llegando a conseguir gran prestigio. Claro que ello fue así porque en dicha época no surgieron conflictos graves. Había un notorio interés por estimular la economía, las relaciones internacionales y suavizar los aspectos más problemáticos de los Tratados de Versalles. Cuando dichos conflictos se hicieron evidentes, cuando la crisis económica alentó “soluciones” egoístas, se mostró inoperante, e inició la senda de su disolución. En 1.921, Abd el-Krim inició una sublevación que se transformó en revolución republicanista, contra los invasores extranjeros de Marruecos. Tras fracasar y pactar con los franceses, se dirigió contra los más débiles, los españoles, a los que, aprovechándose de una imprudente incursión del General Fernández Silvestre, al parecer estimulada por Alfonso XIIIº, y una desorganizada retirada cuando se vieron copados, les inflingió la derrota conocida como Desastre de El Annual, en el que murieron 9.000 soldados españoles. En España no se podía comprender semejante humillación por parte de unos cabileños bereberes, carentes de casi todo. Se organizó una comisión investigadora que llegaría a involucrar al rey. O, al menos, así se creyó.

De forma que se puede decir que, indirectamente, fue Abd el-Krim quien trajo a España la IIª República, y, consecuencia de ello, la última guerra civil y la dictadura franquista, lo que, a su vez, influyó en el aumento del poderío nazifascista, que Mussolini y Hitler se creyeran capaces de conseguir todas sus ambiciones sin la menor oposición, y, por tanto, en la génesis de la IIª Guerra Mundial. Eduardo Dato, nuevamente Presidente del Gobierno, fue asesinado por anarquistas. Además de su represión de la huelga general revolucionaria en Asturias, ya se había hecho odioso por imponer los primeros seguros sociales obligatorios, la primera legislación laboral española, mientras ocupó la cartera de Trabajo, iniciando este Ministerio en España, once años antes, y que los anarquistas interpretaron como un impuesto sobre el trabajo, igual que ocurre actualmente con el seguro sanitario obligatorio para todos los estadounidenses, que fue impuesto por el Parlmento modificando la propuesta de Obama y Hilary Clinton. En enero, Aristide Briand fue designado Presidente del Gobierno francés.

En abril se dio a conocer, en Londres, el montante de las indemnizaciones de guerra impuestas a Alemania por la Comisión de Reparaciones, presidida por el francés Poincaré, que quedaron en 132.000 millones de marcos-oro (menos de la mitad de la cifra anteriormente propuesta) a pagar en 20 años, lo que suponía, cada año, menos de un 2% de su Producto Interior Bruto anual, un tercio de la deficiencia (en latín, deficit) presupuestaria acumulada, una cuarta parte del coste anual para dicha nación de la Iª Guerra Mundial, y realmente ridículo si se compara con el coste del rearme llevado a cabo por Hitler. Portugal, en compensación por haber participado en la guerra del lado británico, recibió el 0’75% de dicha indemnización. Como “alternativa”, los vencedores amenazaban con invadir, no sólo la cuenca del Ruhr, sino también la Alta Silesia. El Parlamento alemán no pudo sino asumirlo, a sabiendas de que su cumplimiento era imposible. Los grupos ultranacionalistas mantenían que tales condiciones eran inaceptables, y que sólo los traidores a la Patria podían admitirlas. Así que comenzaron una estrategia terrorista, asesinando a los que consideraron culpables de tal aceptación. Entre ellos Gareis, diputado socialista independiente del Parlamento de Baviera, o Erzberger, católico del Zentrum, que había firmado dicho “Tratado”, que consideraban diktat, no el resultado de unas negociaciones.

Alemania acudió a los préstamos internacionales a largo plazo a la Banca de las propias potencias vencedoras para poder pagar las anualidades de las indemnizaciones. Como Hitler suspendió tales pagos, resulta que la cantidad que llegaron a pagar fue mínima. Es decir: fueron un motivo de confrontación que no reportó ningún beneficio a quienes lo exigían. Mussolini convirtió sus faci di combattimento en Partido Nacional Fascista. Basó su estrategia en las “escuadras de castigo”, uniformadas con camisas negras, como los gangsters estadounidenses, contra sindicalistas e izquierdistas, para lo que recibía fondos de terratenientes y empresarios, a veces conseguidos bajo amenaza. La República Socialista Federativa Asamblearia de Rusia firmó la Paz de Riga con Polonia, por la que fijaban fronteras estables, aun cuando no eran las que los soviéticos deseaban (entre otras razones porque se reconocía la independencia de las repúblicas del Báltico del Sur) ni respetaban los sentimientos nacionalistas ni las divisorias étnicas de sus habitantes. Polonia se veía como la potencia capaz de frenar el expansionismo comunista y, simultáneamente, sustituir al imperio zarista como aliada y amenaza frente a una hipotética Alemania remilitarizada. Así que Gran Bretaña y, sobre todo, Francia, hicieron lo posible para engrandecerla. De modo que le entregaron, arbitrariamente, la Alta Silesia, a pesar de que el plebiscito, instigado por Alemania, había resultado favorable a la pertenencia a dicho país. Uno a uno se daban los pasos que Hitler iba a utilizar como justificación de su política anexionista.

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