1.763: La línea de demarcación norteamericana

Es curioso que el punto de resistencia británico y contrataque para la conquista de Canadá y sus ricas explotaciones peleteras y pesqueras de Terranova, fue la fortaleza de Luisburgo, en la isla del Cabo Bretón (Ile Royal para los franceses) en la costa de Nueva Escocia, que controlaba el acceso naval al río San Lorenzo, que Francia había permutado por la fortaleza de Madrás, en la India. Y al final resultó que se quedaron sin ninguna de las dos. Una vez concluía en Norteamérica la Guera de los Siete Años, lo que los estadounidenses denominan Guerra Franco-India, con la derrota francesa, fundamentalmente por la participación inicial y el abandono después, dado su descontento, de los pieles rojas, porque los franceses, incumpliendo el acuerdo al que había llegado, impidieron a éstos asesinar a las tropas británicas y del ejército colonial británico norteamericano y no les cedieron las tierras que les habían prometido, además de la hábil diplomacia británica, que consiguió marginarlos del conflicto, haciéndoles ver que Francia no tenía esperanzas de victoria, se cambió de escenario, probando suerte en otros lugares. El apresamiento de buques españoles, el aumento del contrabando, el establecimiento en Honduras para la corta del palo campeche, una planta de tinte de valor considerable, y el temor a que, si Francia era definitivamente expulsada del Continente americano, Hispanoamérica sería el siguiente objetivo, de los británicos, llevó a Carlos IIIº a pactar la alianza con Francia. Su intención fue proteger la ruta americana una vez terminada la guerra, para la que se ofreció como mediador. Pero la avaricia británica, que exigió conocer el clausulado secreto del Tercer Pacto de Familia, ante cuya negativa declaró la guerra a España, y la diplomacia de Choiseul, el Ministro francés, lo obligaron a participar en la confrontación, con la esperanza de recuperar Gibraltar. Un ejército español de 45.000 hombres, más otros 12.000 franceses, invadió Portugal, aliada de Gran Bretaña. Este hecho es de suma importancia puesto que constituye un antecedente de la futura invasión napoleónica. Los británicos tomaron el Castillo del Morro, La Habana y Manila, defendida por el arzobispo Manuel Antonio Rojo Del Río.

España atacó las posesiones portuguesas en el estuario del Río de la Plata, en la que se utilizaron tropas indias de las misiones jesuíticas, posiblemente enfurecidas con haberse expulsado de Portugal a la Compañía de Jesús o ante el temor de que también pudiera serlo de España, conquistando la colonia de Sacramento. La Compañía Británica de las Indias Orientales financió una Flota anglo-portuguesa, con la intención de repartirse el estuario: Gran Bretaña se quedaría con la Banda Occidental, incluyendo Buenos Aires, y los portugueses con la Banda Oriental. Sin embargo la resistencia española obligó a la Flota a retirarse, tras haber perdido varios buques. De singular trascendencia resultó que, a la muerte de la emperatriz Isabel, que odiaba a Federico IIº, le sucediese el zar Pedro IIIº (del linaje Holstein-Gottorp) que lo admiraba. Inmediatamente ambos firmaron la paz, poniendo de manifiesto la importancia determinante que Rusia había alcanzado en Europa. A la poderosa aristocracia no le gustó, por lo que lo asesinaron, obligando a su viuda, Catalina IIª (Sofía Federica Augusta, hija del príncipe de Anhalt-Zerbst, General prusiano Gobernador de Stettin, en la actual Polonia, quien se bautizó como ortodoxa, en contra de la opinión de su padre, devoto lutherano, el día antes de su boda, como Yekaterina, o sea, Catalina, Alekséievna; se cree que Pedro IIIº era impotente, lo que parece contradictorio con que tuviese amantes; lo cierto es que no tuvo hijos, después de 12 años de matrimonio: tal vez fuese estéril, o quizás lo fuese su esposa) que heredó el trono, a rescindir tal paz. No obstante, ésta no hizo nada para, en coherencia con tal hecho, proseguir la guerra contra Prusia. Así se pudo concluir, en 1.763, la Guerra de los Siete Años, mediante la Paz de París, por la que Francia cedía a Gran Bretaña todos sus dominios en la India, Canadá y al Este del Mississippi, la Luisiana oriental, a la que los británicos redenominaron Florida occidental. España, que había sido arrastrada a la guerra por unos y otros, para defender su imperio americano e intentando la recuperación de su dominio de Gibraltar, recuperó las posesiones tomadas por los británicos, a cambio de devolver sus conquistas a Portugal, pero permutando Florida, en beneficio de éstos, a cambio de la zona al Oeste del Mississippi, que había sido escasamente explorada y no estaba en explotación. Florida tampoco lo había sido en gran medida.

Sólo se había colonizado mínimamente, debido a la falta de conexión terrestre con el resto de Hispanoamérica, dadas las posesiones francesas en el Mississippi, pero, sobre todo, por tratarse de un inmenso pantanal donde los indios semínolas, expulsados de otras regiones más habitables y ricas, habían consolidado una feroz y cruel resistencia. Aunque los territorios adquiridos por España en la permuta, si se hubiera podido realizar el esfuerzo que requerían, tenían la ventaja de la conexión terrestre con el virreinato de Nueva España y todos los demás dominios hispanoamericanos, y con menor resistencia india. Pero también estaban más lejos de la conexión marítima con Cuba. Canadá y Florida quedaron bajo el mando de un Gobernador, un Consejo, designados por el monarca británico, y una Cámara de representantes elegidos por los colonos. Gran Bretaña no deseaba, en aquel momento, una guerra prolongada contra Francia ni España en Norteamérica, sobre todo porque tales territorios, al quedar interconectados por tierra con el resto del imperio español, tenían mejores posibilidades de recibir grandes refuerzos que los británicos en América, ni tampoco enfrentamientos permanentes con las tribus indias, por lo que, como garantía para unos y otros se fijó una línea de demarcación (Proclamation Line) desde los Grandes Lagos y Florida Occidental, a través de la cúspide de los montes Allegheny, que delimitaba el expansionismo de los colonos. De forma que, a partir de tal hecho, dichos montes, que unían Pensilvania, Maryland y Virginia, subsistema de la cordillera de los Apalaches, iban a adquirir una importancia decisiva en el desarrollo de los futuros acontecimientos, en especial en la independencia estadounidense, el republicanismo y la revolución liberal por todo el mundo. Como zona comercial y reserva india quedaba bajo la directa administración de la metrópoli, al mando de dos delegados especiales, custodiada por guarniciones británicas. Eso provocó el enfurecimiento de los colonos, que consideraban incumplidos sus viejos contratos de colonización y de explotación maderera, en la que estuvieron implicados Penn y Washington, lo que podría haber estimulado el cambio de tendencia política de éste hacia el independentismo. No satisfechos con los inmensos territorios tomados a Francia, aún ambicionaban más como compensación por haber colaborado en la victoria.

La Guerra de los Siete Años o Guerra Franco-India había demostrado hasta qué punto la corona necesitaba de ellos, de sus aportaciones de tropas, impuestos y suministros, su capacidad productiva y la venta directa de sus productos en Gran Bretaña, para ganarla. Todo esto potenció su conciencia política y de clase social, dispuesta a utilizar tales bazas para el deseado autogobierno. Todo lo contrario que el Imperio Británico, que concluyó que, tras su dominio hegemónico de ultramar, haber eliminado a Francia como único posible competidor colonialista, no tenía nada que temer de nada ni de nadie, y estaba dispuesta a imponer un Gobierno centralizado, una tributación y controles comerciales más exigentes sobre sus colonias, que ahora ni podían comerciar con los franceses ni valerse de la amenaza de sus ataques para pedir más concesiones. De modo que, mientras los colonos esperaban que, terminada la guerra, desapareciesen los tributos y derechos aduaneros directos, impuestos para tal fin, y continuar con su venta directa en los mercados europeos, la corona pretendía, para recuperarse del coste de la guerra y rentabilizar la hegemonía que había conseguido, mantener e incrementar dichos impuestos, y restablecer las restricciones mercantilistas a la producción y el comercio, que obligaban a las colonias a vender sus materias primas y comprar los productos manufacturados en Londres, mediante estrictas licencias, y aumentar las reglamentaciones, a través de sus Gobernadores y los tribunales de las Cortes del Vicealmirantazgo. Así, el Gobierno de lord Grenville, que sucedió a Pitt “El Viejo”, el que había dirigido la guerra hacia la victoria, aprobó subidas de impuestos coloniales. Tal contradicción se acabaría resolviendo violentamente. Suecia no consiguió absolutamente nada. La peor parada fue Francia, que, además, quedaba al borde de la ruina, con su economía, comercio ultramarino y Armada aniquilados, lo que hacía casi imposible su recuperación a corto plazo. Por la Paz de Hubertusburg, que Prusia negoció y firmó por separado con Austria y con Sajonia, aquella consolidó sus conquistas de Silesia y Glatz, a cambio de su voto como elector imperial a José IIº, hijo de María Teresa y Francisco Iº. Con todo ello Gran Bretaña se confirmó como dueña de todos los mares, y Prusia como gran potencia continental europea.

A pesar de ello, Wilkes publicó un artículo en el “North Briton” criticando el Tratado de París y el discurso de la corona. Algo sin precedentes legales. El rey ordenó su encarcelamiento, pero el juez resolvió que no había justificación para ello. Hubo desórdenes multitudinarios en los que la población gritaba “Wilkes and Liberty”. Este debió huir a Francia. Europa quedó tan deshecha por la guerra que durante 13 años reinaría la paz, sólo rota para participar en ambas revoluciones: la independencia de Estados Unidos y la francesa. En ésta para defender el absolutismo y la aristocracia, ya que, tras el aprendizaje de lo ocurrido en América, se temía que se extendiese por todo el mundo. Dicha paz, la seguridad de los caminos y las rutas comerciales -“liberadas” de las limitaciones mercantilistas- y el deseo de revitalización económica, de reponer los esfuerzos, el coste, de los años de lucha, y de las colonias y comercio perdidos, fue el mejor escenario para los experimentos reformistas de los ilustrados. Experimentos que, a pesar de los postulados ideológicos a los que muchos déspotas ilustrados se proclamaban adscritos, nunca llegó al extremo de limitar el absolutismo imperante, establecer la teóricamente asumida división de poderes, la democracia y la monarquía parlamentaria, mucho menos la electiva, que terminara con el poco “racional”, nada igualitarista e indefendible sistema hereditario. Tendrían que ser las revoluciones las que acabasen con tales incoherencias, llegando hasta el más lógico republicanismo y la abolición de privilegios y discriminaciones, que siempre son positivas para unos en tanto que negativas para otros. El radicalismo londinense se impuso contra el enmarañado y corrupto sistema económico, precisado de reformas. También en la Alemania católica la Ilustración se propagaba. Nicolás de Hontheim, obispo de Tréveris, bajo el pseudónimo de Justinus Febronius, defendió la independencia del episcopado respecto del Papa, lo que se conoció como febronianismo.

Consciente del poder conseguido, la Compañía de las Indias Orientales británica inició una estrategia sistemática de sometimiento de dicho subcontinente. En Pensilvania, William Henry colocó una máquina de vapor en un barco, que se hundió. En 1.764, James Watt perfeccionó la máquina de vapor, al utilizar, en vez de la fuerza succionadora del vapor al enfriarse, la fuerza expansiva del mismo, su aumento de volumen y presión, mediante una doble entrada, anterior y posterior al pistón, haciéndole recorrer  en ambos sentidos, a gran velocidad, lo que conoce como máquina de vapor de doble efecto. Se utilizaba para bombear agua de los pozos. A Wilkes se le retiró su escaño en el Parlamento británico. François Quesnay era médico de cámara de Luis XVº desde 17 años antes. Se hizo amigo del marqués de Mirabeau, que publicaría las doctrinas de éste: una especie de Sherlock Holmes y el Dr. John H. Watson con los oficios cambiados. Quesnay y Mirabeau eran ilustrados, así como el grupo del que se rodeaban. Pero fueron mucho más lejos profundizando en la crítica social. Se les denominó, despectivamente, “economistas”, porque todo lo basaban en hacer economías, ahorros, prohibir los lujos y derroches. Ante las repetidas hambrunas que atravesaba Francia proponían el estímulo de la agricultura, el retorno a una economía agraria, “natural”, y la libertad de comercio para acabar con el desabastecimiento importando cereales: era el ataque directo al mercantilismo, impuesto, a imitación de Inglaterra, desde tiempos del Ministro Colbert. Se conocería como fisiocracia o fisiocratismo: el “poder” de la naturaleza, el comportamiento “natural”, e iba a significar un verdadero antecedente del liberalismo económico. El italiano Beccaria publicó “De los delitos y la pena”, en el que se oponía a la tortura y a las sentencias de muerte. “Voltaire” haría en Francia semejantes consideraciones, así como a favor de la tolerancia religiosa. Rousseau intervendría en proyectos de Constitución para Polonia y Córcega. Europa deambulaba entre la reforma y el utopismo. La revolución acabó con dicha dicotomía, imposible de compatibilizar. Murió Augusto IIIº de Sajonia-Polonia. Catalina IIª de Rusia  logró que su amante, Estanislao Poniatovski, fuese elegido para sucederle como rey de Polonia.

Posiblemente la aristocracia rusa colaborase en ello, para alejarlo de Sanktpeterburg. Se coronó como Estanislao IIº. De inmediato puso en marcha toda una serie de reformas que en Rusia hubiesen sido imposibles, quizás con la intención de que sirviesen allí de ejemplo. Pero la situación polaca no era mucho más favorable, por lo que se produjo una violenta insurrección. Por entonces Polonia se extendía por 725.000 km2 y contaba con 13 millones y medio de habitantes. Los hindúes intentaron expulsar a los británicos de sus posesiones, pero fueron de nuevo derrotados. El emperador mo-gol quedó sin posibilidad de resistencia. Aunque se le permitió permanecer formalmente con su autoridad, carecía de capacidad para tomar decisiones autónomas. Así debió entregar a la Compañía de las Indias Orientales británica la recaudación de los impuestos en Bengala. Los cultivos industriales, para la exportación, “coloniales” o “ultramarinos” (caña azucarera, algodón y café, sobre todo) habían experimentado un extraordinario desarrollo en Hispanoamérica. Sin embargo, al decretarse el tabaco monopolio estatal (producto estanco) sufrió una rápida decadencia, posiblemente porque su verdadero negocio consistía en el contrabando, lo que se intentaba evitar. También se desarrolló la ganadería, actualmente la gran riqueza iberoamericana, que se extendió por el virreinato del Plata, las provincias interiores de Nueva España, y, más tarde, en las llanuras de Nueva Granada. En Perú coincidió con la decadencia minera, lo que supuso un cambio en las áreas de preeminencia. Extensas zonas, despreciadas por carecer de metales, gozaron de un mayor auge económico. Como ya había ocurrido en España con los privilegios de la Mesta, y se repetiría en el Oeste norteamericano, tal desarrollo entró en conflicto con los intereses agrícolas, que sufrieron graves destrozos. Se hizo necesario el arbitraje para delimitar pastos de sementeras.

En 1.765, desapareció el monopolio del puerto de Cádiz para el tráfico americano, produciendo una desestructuración social de la que dicha provincia aún no se ha recuperado. Nueve puertos españoles y todos los antillanos quedaron autorizados para el tráfico colonial y con los metropolitanos, respectivamente, adicionales a los que ya disfrutaban de tal privilegio: era el inicio del aperturismo, del fin del monopolio comercial. Para ser “cargador de Indias” se exigió, en principio, estar asentado en el reino de Sevilla, lo que se suponía para quienes tuviesen solar conocido en él. Esto conllevó a muchos foráneos interesados en el contrabando a casarse con aristócratas, arruinadas o no, o comprar tierras en la zona. Como sólo buscaban tener acceso al comercio indiano, compraban las tierras más baratas, que eran las menos idóneas para la agricultura, como los cabezos albarizos de Jerez. Pero resultó que tales tierras calizas eran especialmente aptas para la producción del vino que más adquirían los ingleses, el seco, fino y espirituoso vino jerezano, lo que supone una de las posibles explicaciones de la abundancia de apellidos extranjeros en dicho negocio. Murió el Delfín, cuyo título pasó al hijo de éste con María Josefa de Sajonia. La emperatriz María Teresa asoció al trono a su hijo José IIº como corregente, con lo que evitaba cualquier duda sobre la legitimidad de la herencia femenina y respetaba los Tratados firmados. Se añadió una Facultad de medicina a la academia Chojeiko, con lo que superponía una visión científica a los estudios de erudición y de funcionariado, siempre bajo una óptica confuciana. Aparecieron las escuelas confucianas heterodoxas iomeigaku y kogaku. Esta última se convirtió en un movimiento sintoísta-nacionalista, que se oponía a la influencia del racionalismo confuciano chino, pero también del buddismo, en Japón. Con ello, aunque cautamente, se estaban oponiendo a la política de los Tokugaua, a la autoridad del chogun y a la relegación del emperador.

La pequeña factoría holandesa en la pequeña isla de la bahía de Nagasaki, ampliada mediante muelles y construcciones de madera, sobre el mar, protegidos con rompeolas de piedra, la única autorizada para el comercio ultramarino, se había convertido, como todas las rutas comerciales a larga distancia, en centro de irradiación cultural. A partir de ella se creó una escuela llamada rangaku u holandesa, que periódicamente sufría restricciones por parte de la aristocracia militar. Se dedicaban fundamentalmente a la medicina, la anatomía, la astronomía, la geografía, el armamento y la física. Es decir, disciplinas puramente científicas o tecnológicas. Para adquirir tales conocimientos, con los libros que les llegaban, debieron hacer grandes esfuerzos para aprender holandés. Destacan sus experimentos sobre la electricidad. Por ejemplo, los del excéntrico y genial Jiraga Yennai. En las 200 escuelas de los daimi-o se permitió, con algunas restricciones, el acceso a los hijos de los comerciantes y los agricultores ricos. Se produjo, con ello, un contacto con los samurai. Además se crearon otras mil escuelas privadas, hasta el punto que la escolarización llegó a considerarse imprescindible para el triunfo profesional y el comportamiento social. La cultura militar, rígida, conservadora, confuciana, era muy diferente de la de los comerciantes, vital, hedonista, que se iba abriendo paso. Así se desarrolló el teatro kabuki, las marionetas, la novela erótica o la xilografía en color. Esta se empleaba para reflejar el mundo cotidiano de las ciudades, el esparcimiento erótico, para imprimir carteles de teatro o de propaganda de restaurantes o de casas de gueicha. Muchas de estas obras, especialmente las literarias, con ilustraciones, eran encargos editoriales, con visión comercial, y no productos de la inspiración, del genio creativo de sus autores. Los más cultos rechazaban estas formas artísticas, que consideraban vulgares. La aristocracia los censuraba, aunque, habitualmente, podían editarse con pocas modificaciones. Tal vez pagando sobornos. Pero también se iba a zonas de confluencia, entre comerciantes y samurai. Así aparece la poesía jaikai, formada por tres versos de 5, 7 y 5 sílabas, que debían contener intensidad y armonía, pero dejando un final inacabado, como incitando a una continuidad o una reflexión en el lector o el oyente. También había una variante humorístico-satírica.

En el arte burgués, como ya había sucedido en Europa (por ejemplo, en las obras de Shakespeare) se aprecia el conflicto entre sentimiento y razón, pasión y deber. Las gueicha constituían la personificación de tales conflictos, como reflejaría Puccini en su ópera “Madame Butterfly”. Eran el centro de la diversión de las ciudades. Realizaban representaciones artísticas y eróticas. Recibían un trato respetuoso por parte de todos, se elogiaba su buen gusto en sus vestimentas y artísticos tocados, y el refinamiento intachable de su comportamiento. Se vendían, jóvenes, al dueño de una casa de gueicha, quien las entregaba al aprendizaje de alguna experimentada. Debían poseer gran cultura, ya que debían conversar con sus clientes, compartir sus afinidades culturales, filosóficas, ideológicas o políticas, beber con ellos, cantarles, tocar instrumentos musicales, recitar poesías, incitarles a cantar juntos, especialmente canciones infantiles, tras haber bebido lo suficiente, oír sus lamentaciones, incluso aconsejarles, hasta en los negocios o la política, si estos se dedicaban a tal actividad, antes de llegar al momento sexual, que, en los de elevada posición, no era el deseo predominante. Por ello no eran extrañas la gueicha homosexuales, travestidas, que podían tener mayor conocimiento del mundo masculino, la actualidad política o la actividad comercial.

Proliferaron los barrios “sin noche”, como Iochiuara en Edo, Chimabara en Kyoto o Chin-machi en Osaka, que se describen en manuales ilustrados, que los descubrirían a los extraños. Allí se divertían los comerciantes ricos, acompañados de bohemios para que les distrayesen, y también de samurai “degenerados”, que no llevaban sus espadas para que su rango social no fuese reconocido cuando entraban en los “distritos de casas verdes”. Se mezclaban con cortesanas y sus amantes, compartiendo unos y otros la compañía y los placeres de la profesionalidad de las gueicha. Allí vivían algunos artistas, por ejemplo los actores. Sus xilografías, vestidos a la última moda o con el vestuario de la representación en boga, constituían superventas editoriales. Los colonos británicos norteamericanos, que para entonces sumaban 2’5 millones de personas, impugnaron casi unánimemente los impuestos aprobados por Lord Grenville, sobre la base de que no tenían representación parlamentaria para aprobarlos, en igualdad de condiciones que los 6’7 millones de ciudadanos de las Islas Británicas. Se asumió el lema de “ningún impuesto sin representantes”. Cada vez se realizaron más actos de protesta y boicot (como la actitud de los campesinos irlandeses, que se negaron a pagar sus rentas a Boycott, el administrador del conde de Erne, por explotar y maltratar a sus subodinados y arrendatarios, negándose a trabajar para él, comprarle o venderle nada, ni siquiera la Compañía de ferrocarriles se atrevía a transportar su ganado) a los productos británicos. En vez de dar marcha atrás, se aprobó un nuevo impuesto, el del timbre, que gravaba todos los documentos, públicos y privados, para tener valor jurídico. Representantes de nueve colonias celebraron en Nueva York un congreso sobre (contra) dicho impuesto, que realizó declaraciones en tal sentido. A raíz de tantas protestas y boicoteos, se revocaron dichos impuestos, incluido el del timbre. Si mala fue su imposición peor fue revocarlos. A partir de tal triunfo las fuerzas “patrióticas” de las colonias se propusieron metas más elevadas. En Suecia, en fecha tan temprana como 1.766, se aprobó una Ley de libertad de imprenta. La monarquía sueca debía garantizar que los actos electorales respetasen la integridad de los estatutos de la Dieta. En ella, los distintos estamentos, a partir de la teorificación, no ya ilustrada sino enciclopedista, se consideraban soporte de la soberanía del pueblo, de la que derivaba la autoridad de los soberanos. Subió al trono danés Cristián VIIº, un inútil apocado.

Se produjo una insurrección de los Miao de Yünnan y en la zona fronteriza china de Guichou, Sichuan y Junan, motivada por la presión colonizadora china, que fue duramente reprimida por los manchúes. En Gran Bretaña se aprobó la Ley Declaratoria, por la que se evidenciaba el deseo de ejercer un derecho absoluto sobre las legislaciones coloniales. En Massachussets, radicales como Samuel Adams y Thomas Jefferson fundaron “comités de correspondencia”, que, en el más tradicional método ilustrado, intentaban extender sus ideas mediante contactos epistolares. Cuando consiguieron un suficiente número de seguidores comenzaron a hacer pública su determinación de organizar un movimiento separatista. En 1.767, De Nemours publicó una colección de artículos de Quesnay, que tanto impresionarían a Karl Marx, bajo el título de “Fisiocracia”. Es decir: “el Gobierno natural”. O de lo natural, o de la naturaleza. Desde entonces se les llamó fisiócratas, y a sus teorías fisiocracia. Desechaban el dinero o el comercio como fuentes de riqueza de las naciones, que sí eran, para ellos, el suelo, la tierra, y sus productos. La obligación del Estado era restaurar el “orden natural” de las cosas, considerar a los labradores (cometían el error de incluir entre ellos a los aristócratas y burgueses propietarios de fincas rústicas) como la clase principal, la más importante, para la subsistencia de la nación, por lo que había que “liberarlos” de cualquier carga “antinatural”. En cambio proponían un impuesto sobre la propiedad de la tierra (algo así como la contribución territorial rústica, el impuesto sobre bienes inmuebles o el impuesto sobre el patrimonio, anulado en España por Aznar) en lo que también insistirían los “georgistas” (en griego, gueorguios significa “trabajador de la tierra”) entre los que podría incluirse Blas Infante, Padre de la Patria Andaluza. Esto suponía hacer pagar impuestos a aristócratas y eclesiásticos: algo realmente revolucionario en su época.

En la misma línea los fisiócratas se oponían a cualquier intervención del Estado que perturbase la libre actividad económica, como la tutela a la agricultura, cuyos efectos habían sido negativos, o los privilegios al comercio o la industria. Con ello se enfrentaban al colbertismo, a la intervención del monarca en la creación, estímulo y gestión de las industrias de lujo, que tanta importancia económica tuvieron en la Francia de la época. Aunque éstas sólo aprovechaban a las clases dominantes. Sin duda era un anticipo del liberalismo, económico y político. Las protestas contra las reformas fue aprovechada por Carlos IIIº para expulsar a los jesuitas: era la primera victoria de un soberano español sobre la Iglesia Católica. Se comenzaron a publicar las “Cartas de Junio”, atribuidas a sir Philipp Francis, enemigo personal del primer Gobernador General de las Indias Orientales. En ellas se criticaba con desconocida radicalidad a todas las autoridades. El margrave Carlos Federico de Baden-Durlach abolió la tortura. También en Dos Sicilias, Fernando IVº, hermano de Carlos IIIº, expulsó a los jesuitas. El birmano Alaungpaya, junto con su hijo Jsinbyuchin, mantenían una larga campaña contra Siam. Conquistaron, saquearon e incendiaron su capital, Ayuddia, una de las ciudades más prósperas del Sudeste asiático, que, así, desapareció de la Historia. Birmania se aprovechó, durante algún tiempo, de una mínima parte de la herencia cultural de éstos, a cuyos sabios llevó a su Corte. Quizás por todo ello atrajeron la atención de los chinos. Como siempre, con un reducido contingente militar, los machúes llevaron a cabo victoriosas campañas contra Birmania, que durarían tres años, haciéndola tributaria. A raíz de la aprobación en Gran Bretaña de los derechos aduaneros propuestos por Thomas Townshend, lord Sydney, Adams y Jefferson triunfaron al conseguir la solidaridad de los colonos a su petición de negarse a importar productos británicos. Ganddi seguiría la misma estrategia.

La repercusión económica fue tan notoria que comerciantes y banqueros ingleses pidieron al gobierno la abolición de las leyes Townshend, de lord Sydney. Las reducciones jesuíticas habían evolucionado hasta constituirse en especies de repúblicas autónomas, perfectamente organizadas y muy productivas. Los jesuitas introdujeron el arado y nuevas técnicas de cultivo entre los indios. También se desarrolló extraordinariamente la ganadería. Todo era propiedad comunitaria, quizás a imitación de las comunidades religiosas paleocristianas y medievales, pero también de la organización tradicional tribal de los indios. Los jesuitas no sólo los educaban en el catolicismo, sino que les daban formación humanística, en artes y oficios. Se gobernaban mediante un consejo, tal vez herencia cultural de los indios amazónicos. Este elegía un corregidor, que también era el jefe militar, a imitación de las estructuras españolas. Todo ello ha despertado admiración, al considerarlo organizaciones democráticas. Posteriormente se han analizado como antecedentes del socialismo y del comunismo, lo que ya ha despertado repudio, hasta el punto de considerarlo, en realidad, instituciones fascistas, dominadas por los jesuitas, algunos de ellos sacerdotes, a cuyo cargo estaba la reserva, que controlaban verdaderamente, en la que eran representantes del monarca. Sin embargo, por mucha que fuese la capacidad de convencimiento y el poder teocrático con el que contaran, por más que se fabule, la organización democrática está constatada.

La inmunidad de los indios, protegidos por los jesuitas, orgullosos de lo que consideraban su obra, una especie de demostración de que era posible la utopía cristiana, y el exceso de confianza, la falta de diplomacia, al fomentar la resistencia al pago de impuestos, el carácter autónomo, casi independiente, de las reducciones, atrajo la envidia hacia su desarrollo económico, la animadversión, por parte de la población blanca y las autoridades, civiles y eclesiásticas, regulares, de modo que la Compañía debió defender a sus apadrinados ante la Corte. La expulsión de los jesuitas de España y sus dominios supuso, por tanto, el fin de este interesantísimo experimento social y económico. En 1.768, Richard Arkwright inventó la hiladora de huso móvil, lo que permitió manufacturar hilo de algodón por métodos fabriles, utilizando la energía mecánica de la máquina de vapor. Wilkes volvió a Londres. De inmediato se reprodujeron los desórdenes, cuando las elecciones generales eran inminentes. La prensa londinense se convirtió en el altavoz de estos acontecimientos y del reformismo. Wilkes consiguió un escaño por Middlesex, pero fue condenado a penas de multa y cárcel. Entonces los enfrentamientos entre la opinión pública y el Parlamento se recrudecieron. Las exigencias de reformas pidiendo transparencia y derecho a publicar los debates parlamentarios, así como sobre la Ley Electoral, se hicieron continuas. Todo esto no podía sino estimular la rebeldía colonial norteamericana. Fue elegido Papa Clemente XIVº. Murió el filósofo alemán Hermann Reimarus, que, uniendo el empirismo británico con el racionalismo continental, desarrolló un nuevo tipo de deísmo. Dios era la explicación del orden universal o cosmogonía. Pero todo lo que sucede en el mundo debía tener una explicación natural, rechazando el milagro, lo sobrenatural. Con la ayuda de Francia, los “sombreros” consiguieron evitar el absolutismo en Suecia, apoyado por el Partido cortesano, que siempre se había aliado con los “gorros”.

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