0306-La decadencia previa de la religión clásica greco-romana

En el 230 era conocida una guía de navegación entre Zanzíbar, Etiopía y el Sur del Indostán, denominada Periplus maris erythraei. Ardacher, hijo de Pabjab, se apoderó del reino parto, proclamándose Chajinchaj [1]. Utilizando torres móviles, desde las que disparaban los arqueros, movidas por un elefante, encerrado en su interior, y con cuchillas en las ruedas, en el 233 derrotó al emperador Septimio Severo. En el 241 Sapor Iº sucedió a Ardacher.  Derrotó y apresó al emperador, a Valeriano, algo que, hasta entonces, nunca había ocurrido, tal como inscribió en la kaaba de Zoroastro, haciendo tributario al reino de Palmyra, lo que le aseguraba el monopolio del incienso y el bálsamo, savia roja aromática de un arbusto que se cree desaparecido, exterminado, con el próspero reino de Saba, actual Yemen. En esta época Manes desarrolló una religión sincrética [2] entre el jristianismo y el zoroastrismo, que conocemos como maniqueísmo. A la muerte de Sapor, el griego fue sustituido por el dialecto pajlevi en el imperio sasánida, sin embargo se siguió acogiendo a filósofos y sabios de dicha procedencia. Otra de las causas de la expansión del jristinanismo fue, indirectamente, el ejército. Cada vez eran más necesarias más y más legiones para defender las fronteras.

Y cada vez era más difícil la recluta. Desde el principio a los legionarios debía proveérseles la ración mensual de sal que precisaban para sus comidas. Llegó un momento en que se consideró más cómodo pagarles una cantidad, una soldada, en concepto de salario, y que ellos obtuviesen la sal por su cuenta. También era costumbre, sobretodo para evitar levantamientos, el reparto de tierras a su licenciamiento o jubilación. Por ejemplo, así nació la ciudad de Itálica, la pequeña Italia. Pero, conforme dejó de haber nuevas anexiones, expansiones, conquistas, se debió realizar pagos en efectivo, ya que no había nuevas tierras que repartir. Se llegó a pagar dos denarios o dineros, de jubileo, lo que se hacía mediante la nueva moneda “fuerte” o solidus de oro. Lo que en castellano se denominaría sueldo, y, a los que lo cobraban, soldados. Por si esto fuera poco, los Generales, legados o milites, compraban a sus legiones o milicias para que les nombrasen y apoyasen como emperadores. Todo ello encareció tremendamente el ejército. Y con los mercenarios ocurre como con los balompedistas, que, mientras más dinero ganan, menos interés sienten por poner en peligro su físico, del que obtienen sus rentas ¿Cómo hacerles luchar?

Se les ocurrió que el lavado de cerebros, el adoctrinamiento ideológico, podía ser un buen sistema, que ya había dado resultados durante la República, cuando se exigía a los ciudadanos romanos que ofrendasen su vida o sus hijos por el bien de la Patria. Y les pareció que había una religión que se adaptaba muy bien a ello. Era el mitraísmo, que ofrecía la vida eterna en el paraíso a los que muriesen en combate. Su liturgia era el sacrificio ritual del toro, cuya sangre bebían, tras bañarse [3] o untarse con ella. Era un ritual violento, agresivo, durante el cual se proferían gritos y se juraba la muerte sin piedad a los enemigos. Posteriormente todos compartían la carne del sacrificio, en una comida de fraternidad y compañerismo. Con ello se reproducía la muerte del dios solar Mitra, cuya sangre había dado origen, sirviendo de alimento, a todas las plantas, y con cuya carne se formaron todos los animales. Posiblemente una forma mitológica de la experiencia de que las plantas pueden nutrirse de la mayoría de los líquidos, y que de los cadáveres surgen generaciones de animales, especialmente larvas, sirviendo de alimento a otros. Y que el calor solar es la energía de la que procede la mayor parte de la vida, un punto de vista que lleva a Eknatón.

Hay otra que es de origen químico, como los fermentos, etc.. Sus sacerdotes utilizaban unos gorros que imitaban los cuernos de un toro o de la luna. Dentro del sincretismo que propulsaría la expansión cristiana se los apropiaron para los obispos, cambiándoles después su orientación, para disimular su origen cornúpeta, aunque seguimos conociéndolos como mitras. Era una religión absolutamente machista, que enaltecía el valor y la violencia. Algo sumamente práctico para los jefes militares. Y, por la misma razón, estaba prohibida a las mujeres. Así que las esposas y concubinas de los legionarios, que acompañaban a éstos durante sus 20 años de servicio, si sobrevivían, acampando fuera de las empalizadas, terraplenes, fosos y muros de los castra, debían buscarse otras religiones, para ellas y para sus hijos. Y, lógicamente, escogieron cultos manifiestamente femeninos: Juno-Hera, diosas maternales y buenas esposas, Venus-Afrodita, diosas del amor y la belleza, Artemisa/Diana, de la caza, la naturaleza salvaje, las tierras y mujeres vírgenes y los partos, Perséfone, la que resucitó para salir de los infiernos, Ceres o Cibeles, diosas de la agricultura, los cereales y los alimentos, Astarté o Salambó, o Isis, diosas maternales y de la magia.

Comprendiendo el espacio sociológico que se les ofrecía, el cristianismo se fue haciendo cada vez más mariano [4] hasta otorgarle a la Madre de Dios un protagonismo que no aparece en el eu-anguelios, y que los lutheranos niegan. De modo que las esposas, concubinas e hijos de los legionarios terminaron siendo, en buena medida, jristianos. La tradición hace a Constantino El Grande hijo de Santa Elena. Pero, lo que está demostrado, es que la esposa y la hija de Diocleciano, militar de profesión, el mayor, más cruel y casi último perseguidor del cristianismo, eran jristianas, a las que obligó a ofrecer sacrificios a los dioses, lo que se consideraba prueba de apostasía. Quizás haberlo conseguido le llevó a intentarlo con los clérigos de Nicomedia, y como éstos se negaron, fueron martirizados y asesinados. Así que dio un decreto general de obligar a todos los súbditos a ofrecer sacrificios, bajo pena de ser esclavizados en las minas, ya que tan necesitados estaban de esclavos baratos. Así se inició dicha persecución, que se iría haciendo cada vez más cruel. También se condenan las primeras herejías. Los monarquianos, coherentes con el monoteísmo radical judío, confieren al Hijo y al Espíritu Santo dignidad inferior a la de Dios Padre.

Los modalistas y patripasianos consideran que las otras dos personas son modalidades o formas fenoménicas del Padre, en lo que se apoyará más tarde Arrio. Los gnósticos, con muchos puntos en común con los maniqueos, con los que comparten la aceptación de bastantes aspectos de la filosofía helenística, admiten la existencia de un Dios eterno, luminoso y bondadoso, y una materia, también eterna, pero oscura y maligna. Interpretaban que el mal provenía de una caída del hombre de la luz hacia la oscuridad de la materia maligna. La salvación supondría la liberación de dicha materia, ascendiendo de nuevo a la Luz. Es decir, una visión bastante orientalizante, e igualmente próxima a varias corrientes filosóficas, entre ellos el platonismo y el neoplatonismo, que inducía a la aceptación de la muerte y el martirio, y que los inquisidores iban a reproducir para justificar sus crímenes. Dentro de tal concepción El Jristos aparece como una esencia divina intermediaria, que se había encarnado, materializado, en un hombre, o que había asumido una apariencia corpórea. De tal modo que el hecho religioso dejaba de ser una revelación mística para convertirse en objeto filosófico, discutible, aunque no menos impregnado de misticismo esotérico.

Es lógico que la Iglesia oficial lo rechazara. Aún se especula si Juan “El Evangelista” y sus obras pueden integrarse en dicha herejía. El Apocalipsis (“La Revelación”) parece ser el motivio principal de sospecha. El ejército chino obtuvo triunfos sobre los “Turbantes Amarillos”, que encumbró a los Generales como protectores del emperador niño. Finalmente tres de ellos se denominaron emperadores, sucesivamente, desgajando el imperio en tres reinos. En el 280, Ssu-Ma Yen logró reunificarlo de nuevo, adoptando el nombre imperial de Uu. Distribuyó tierras a los campesinos, a cambio de la obligación de cultivar gratuitamente los campos imperiales y en las obras públicas [5] además de pagar impuestos en especie: productos agrarios, seda u otros tejidos. Es decir, el retorno a la servidumbre, al feudalismo tradicional, que ya parecía superado. Logró la mayor prosperidad económica de los campesinos acomodados y comerciantes a largas distancias, mediante caravanas y ultramarinos. Decidido a mejorar la economía, licenció a gran parte de sus tropas, renunciando a la expansión territorial y al gasto armamentístico, lo que tendría resultados catastróficos.

A su muerte, en el 290, volvieron las luchas por el poder, llegando a una situación de práctica guerra civil. Las tribus esteparias comprendieron que era su oportunidad, y se lanzaron a la invasión del imperio. Hacia el 300, América da el gran salto. Ya antes habían existido asentamientos permanentes de personas, de elevado desarrollo cultural, aunque pocos en Méjico [6]. Por entonces, en los inicios de la fase cultural de Xolalpán, Teotihuacán se convierte en una auténtica gran ciudad. Con ello, América pasa a convertirse en zona “civilizada” [7], es decir, urbanizada. Los arqueólogos estiman que debió contar entre 50.000 y 250.000 habitantes, según distintas hipótesis. Esto significa que dicha ciudad debió tener un inmenso poder político [8] sobre un extensísimo territorio rural, de forma que pudiese obtener del campesinado alimentos suficientes para dicha población, bien en forma de donaciones voluntarias, para la veneración, o bien en forma de tributos impuestos. Posiblemente el abandono de la gran mayoría de sus habitantes, hacia el año 600, se debería a la pérdida de dicha población agraria, o a la capacidad de extorsión, de convencimiento ideológico, de que realizaran aportaciones de índole religiosa, litúrgica, o aceptaran la imposición tributaria.

Quizás los impuestos se cobrasen sobre las transacciones en sus mercados, lo que explicaría su pervivencia, su estructura y desarrollo social, tanto como el fin de su protagonismo, cuando perdiese su atractivo comercial. No se ha constatado la existencia de una agricultura intensiva de regadío, ya existentes en otras zonas americanas, lo que obliga a plantearse un territorio de dominio, político, religioso o económico, mucho más extenso. La ciudad estaba construida a ambos lados de una inmensa avenida central, indudablemente eje procesional, escenario de rituales, en dirección Norte-Sur, orlada por templos, palacios y viviendas, de adobe revocados en rojo o blanco, y con pinturas al fresco sobre yeso.  En el centro de la urbe, dicha avenida se dilataba en un recinto sacramental, formado por una gigantesca plaza, que sería el lugar de las celebraciones y festejos, el templo, y dos inmensas pirámides, del Sol [9] y de la Luna, cada una coronada por sus propios templos, que no se conservan [10]. En la misma zona céntrica estaba el mercado central oficial. La ciudad contaba con diversos barrios, con sus propios mercados y pirámides. Todo ello ocupaba 18 km2, extensión superior a la que llegaron a ocupar Atenas o Roma en toda la Edad Antigua.

Llama la atención que, como ocurrirá en toda la fase cultural de Xolalpán, que entonces se inicia, los edificios profanos, los palacios, de lujosos frescos estucados, superan en número al de templos. A partir de lo cual algunos historiadores infieren que, en Teotihucán, se había superado la fase teocrática. También se inicia la escritura simbólica. Por las mismas fechas, el año 300, el jristianismo había llegado a los confines del imperio persa. En  la India había vuelto a resurgir sobre algunas comunidades jristianas, de las que hay pocas noticias, al fundar en Malabar una iglesia una colonia siria emigrada, bajo la dirección de Tomás de Canaán. Para entonces ya hay zonas y ciudades en las que se ha convertido en la religión mayoritaria. Es de comprender que sea en esta época cuando se producen las mayores persecuciones, las últimas, pues es cuando representaban el mayor peligro. Superado este obstáculo final lograrían la victoria, el primer y mayor triunfo de la resistencia pasiva. Los esclavos creían que, con ello, iban a conseguir la libertad, lo que no habían alcanzado ni en tiempos del egipcio Eknatón, ni con las tres insurrecciones armadas [11] derrotadas por Roma.

Precisamente tales derrotas de los esclavos pudo ser la base de desesperanza que lleva al martirologio, al sacrificio, de los primitivos cristianos. Por entonces se fundó la escuela teológica de Antioquia, que opone a la interpretación alegórico-mística de las Sagradas Escrituras, propia de la alejandrina, el método histórico-crítico y lógico-gramatical, que seguirá el lutheranismo 1.200 años después. En Elvira [12], ciudad cercana a Granada, un concilio o sínodo episcopal, no aceptado como ecuménico, aprobó 81 cánones de disciplina eclesiástica, los más antiguos de los que hay conocimiento, entre ellos se impone el celibato para sacerdotes y obispos hispánicos [13] retomando la línea de los esenios que siguió Juan “El Bautista”. En el 302, Diocleciano excluyó a los jristianos del ejército y los cargos de palacio, basándose en la deslealtad hacia el emperador que suponía negarse a aceptar su divinidad, por lo que no podía confiarse en ellos. Sus bienes comunitarios fueron confiscados, destruidos sus centros de culto y la obligación de ofrecer sacrificios [14] se hizo general, con las consecuencias de castigos y persecución global que antes se ha indicado.

En el 305 Diocleciano, enfermo, agotado por la inmensa tarea que se había propuesto, y desmoralizado por su fracaso en la persecución religiosa, tal vez por el problema de depresión económica que la elevación del precio de los esclavos, consecuencia de dicha persecución de los cristianos conllevaba, comprendió que el problema debía encararse de distinto modo, y que él ya estaba excluido para ello. Así que dimitió recomendando a Maximiano, el augusto de Occidente, que él había nombrado para compartir con él el poder y así defender mejor las fronteras ante el peligro bárbaro, que hiciese lo mismo. Como estaba previsto les sucedieron los césares Galerio, en Oriente, y Constancio Cloro, en Occidente. Para los cargos vacantes, de césares, se nombraron a Maximino Daya o Daza [15], sobrino de Galerio, para Oriente, y a Flavio Valerio Severo para Occidente. Constancio Cloro [16] suavizó las persecuciones contra los jristianos en el Imperio de Occidente, terminando con ellas en el 306. Ese mismo año murió durante una campaña expansiva en Escocia, en Britannia. Las legiones designaron en York a Flavio Valerio Aurelio “Constantino”, es decir, hijo de Constancio, como su sucesor, como augusto, lo que era ilegal.

Galerio consiguió apoyos en Roma para que se nombrase augusto a Severo IIº, como legalmente le correspondía. Maximiano debió considerar que su hijo Majencio tenía más derecho que ambos, por lo que lo instó a la rebelión. Se trataba de una confrontación entre el poder militar y el poder económico, demostrativa del grado de retroceso que se había producido en el Imperio Romano. Hay que tener en cuenta que la alta sociedad romana, los optimates [17] estaban profundamente disgustados con la situación de preeminencia militar impuesta por Diocleciano, con la división del Imperio, el desprecio demostrado hacia Roma como capitalidad imperial, dados los nuevos nombramientos de capitales, y también hacia las instituciones democráticas, que ya eran meramente simbólicas. Hasta el punto de que, en la actualidad, la dignidad de senador de Roma es impuesta por el Papa. Como para serlo era preciso, al menos, ser equites [18], tal título lleva aparejado el de Caballero de la Orden de Malta. En el 307, Severo IIº, derrotado, fue asesinado por Majencio. Para acabar con la guerra civil, se reunió en el 308 una asamblea imperial, que designó a augusto de Occidente a un tercero, Flavio Valerio Liciniano, césar de Occidente a Constantino, y a Majencio enemigo del imperio.

Sin embargo, dados sus poderosos apoyos, continuó reinando en Italia y Africa. En el 310, Maximiano y su hijo se enfrentaron, quizás por su distinta visión respecto a la persecución de los cristianos. Así que Maximiano abandonó Italia y se pasó al lado de su yerno Constantino. También con éste se enemistó, quizás por el mismo motivo.


 [1] Rey de reyes.

[2] Antecedente del mahometanismo.

[3] ¿Tendrá relación con Aquiles o Sigfrido, que consiguieron la invulnerabilidad al bañarse en la sangre de sus respectivos dragones?

[4] La palabra María es objeto de controversia. Según San Jerónimo, en lenguaje popular, significaba “La Iluminadora”.  En arameo podría significar “Señora”, tal vez como tratamiento de “Princesa”. En hebreo parece que es “Hermosa”. Sin embargo donde se empezó a utilizar tal nombre fue en Egipto, donde Mar o Myr, significaría “Hija Predilecta”, pareciendo yam una desinencia, quizás un derivativo hebreo de  Yajvej.

[5] Considerando también como tales las de puesta en regadío. Es decir, igual que el sistema egipcio faraónico, que aún estaba vigente en el siglo XIXº: con él se reclutaron los trabajadores forzosos para construir el canal de Suez-Port Said.

[6] La mayoría de las ruinas que se conocen se interpretan como centros religiosos o de peregrinación, únicamente habitados por los sacerdotes, sus esclavos y sirvientes.

[7] Del latín civis-civites, significando ciudad, en italiano civita.

[8] O religioso.

[9] Construida también en adobe, de 220 metros de lado, y 65 de altura, compuesta por cinco escalones tronco-piramidales, posiblemente resultado de varias reedificaciones -a partir de especies de “mastabas”, semejantes a las egipcias, enterramientos sacerdotales o comunitarios, en terrazas tronco-piramidales únicas, propios de culturas Sur y centroamericanas precedentes- de diversas alturas, con zonas de transición vanas, de seguridad o descanso, en las que se estrechaba la base inferior, mayor, del tronco piramidal superpuesto, sobre la base superior, menor, del que le servía de apoyo, cada una de distinta inclinación, generalmente en ángulo decreciente, produciendo una imagen global achatada, pero también distante, alejada, de la cúspide, aunque el templo que lo coronaba era más visible, realmente más cercano, todo lo cual indica la falta de seguridad de sus arquitectos, que debían temer el desplome de dicha inmensa mole. Quizás justificada por la escasa resistencia del material empleado –en el futuro se emplearían bloques de piedra- o experiencias reales en tal sentido, que recomendasen el rebaneo o desmonte de las elevaciones superiores. Y toda la edificación unida mediante escalinatas, lo que probaría su uso funcional, y no monumental, como ocurría con las pirámides egipcias, hechas sólo para impresionar, sino que era visitable al menos por los sacerdotes y elevadas jerarquías.

[10] Quizás fuesen derribados durante la invasión cristiana.

[11] Sabemos que fueron tres porque los historiadores romanos se referían a la de Espartaco, la más peligrosa -para ellos- que conmocionó a la República y fue muy difícil de derrotar, como la tercera rebelión o guerra de los esclavos. De las anteriores sólo conocemos que la precedente se llevó a cabo en Sicilia, donde fue muy costosa su aniquilación, ya que encontraron refugio en las montañas, siendo quizás precedente del movimiento alternativo rebelde-anti-sistema-bandolero mafiosi, aunque no produjo el mismo temor que la de Espartaco al quedar confinada en la isla, lo que impedía su expansión, y estar alejada de los centros de poder y la aristocracia dominante latina, que son los sujetos históricos que nos han legado constancia literaria.

[12] Posible deformación de Eliberria, Iliberri, y éstas del ibero Iri-berri, que en vascuence significa “La ciudad nueva”.

[13] Como de costumbre siempre hemos sido “más papistas que el Papa”, “adelantándonos” a imposiciones limitativas de la libertad y a dogmas de fe cuando aún no lo eran, como el de la inmaculada concepción de la Virgen María.

[14] Se aceptaba como tal una simple libación, derrame, de perfume en la peana de una estatua, un altar, las insignias o cualquier monumento que tuviesen la efigie o el nombre del emperador imperante. Eso es lo que Dicleciano obligó a hacer a su esposa e hija.

[15] Nacido en Dacia.

[16] Recordemos que, según la tradición jristiana, su concubina, Santa Elena, madre de Constantino El Grande, era de dicha religión.

[17] En latín, los mejores. Semejante a aristócratas, en griego. Lo cual también evidencia el retroceso político ocurrido. Lo componían patricios, o descendientes de los padres fundadores de la patria romana, y los magnates o grandes señores, aunque no tuviesen tal origen.

[18] Los ciudadanos que podían aportar un caballo al ejército, sirviendo en la caballería, aunque no fuesen decuriones, centuriones, milites ni legados.

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