0589-La reunificación del Imperio Chino

En el 589, tras casi tres siglos de feudalismo escindido en distintos reinos, Yang Chien conquistó y reunificó los distintos Estados, reinstaurando el Imperio Chino. Tomó el nombre de emperador Uen, iniciando la dinastía Sui. Acometió una obra ciclópea. Expropió los campos abandonados durante las guerras, así como los de sus oponentes, que pasaron a ser propiedad del Estado, distribuyendo su explotación entre los labriegos sin tierras. Para que la distribución fuera justa, equilibrada, y las fincas rentables, promovió la emigración, planificada, hacia las zonas menos habitadas, más fértiles y fáciles de regar. Todo ello requería asegurar el transporte de mercancías y personas, para lo que construyó una inmensa red de canales, interconectando y ramificando los ya existentes, desde el Norte hasta el Sur, en sentido perpendicular al curso de los grandes ríos asiáticos. Para su construcción, igual que habían hecho los egipcios, utilizó la prestación o servicio personal obligatorio. Sin embargo cambió las leyes sobre el mismo, limitándolo a los varones de 20 a 48 años, y sólo a 20 días al año. Llegaron a trabajar un millón de ellos, simultáneamente, en la construcción de canales.

Era un sistema distinto al feudalismo europeo, ya que dependían directamente del emperador, lo que permitía inmensas obras públicas, con sus consecuencias de progreso y equiparación, teórica, socioeconómica. Marx y Engels fueron los primeros en percatarse de tal característica, que rompía la relación del sistema de propiedad con el sistema político, constituyendo una excepción respecto del resto de formaciones sociales. De alguna forma podría aplicarse al estatalismo stalinista y servir de explicación a su fracaso. Para evitar las hambrunas, Uen construyó silos, lo que, además, facilitaba el cobro de impuestos. Cuando había escasez se distribuía cereales entre los necesitados. Combatió la corrupción. Reorganizó el sistema monetario y acabó con los monopolios de la sal y el alcohol. Todo lo cual tuvo una inmensa repercusión en el comercio y la industria. Aparentemente, con todo ello, debía producirse un estímulo hacía la evolución social y política. Sin embargo hubo factores limitativos.

Por ejemplo, además del inmenso poder del emperador, lo que podríamos denominar burguesía fue apartada del poder. A través del mecanismo de la instrucción educativa, que la aristocracia -al contrario de lo que ocurría en Europa, herencia del desprecio bárbaro por la escritura y la burocracia- monopolizaba para sí, de la que derivaba la consecución de plazas de funcionario, a todos los niveles, mediante concurso-oposición, también controlaba éstos. Para dominar su inmenso imperio, la dinastía Sui construyó tres capitales distintas, a cual más lujosa y magnífica. Periódicamente, la corte, con un inmenso séquito, se exhibía con todo su lujo en la Flota fluvial que recorría los canales que las unían. En otra época eso hubiera sido una demostración de poder imperial, capaz de acobardar y avasallar al campesinado. Pero China había evolucionado mucho, y ya no se aceptaba la exacerbada diferenciación de clases sociales como mandato divino. Autario murió en el 590, y su viuda, Teodelinda, para mantener el reino lombardo, se casó con el duque de Turín, Agliulfo, que fue proclamado rey. San Gregorio Magno, un benedictino, fue el primer monje designado Sumo Pontífice.

Mediante una política extraordinariamente hábil impulsó que la Iglesia se adaptara a las circunstancias de cada tribu germánica, lo que suponía acabar con el autoritarismo y uniformismo anterior, respetando el poder de sus reyes. Sustituyó la jurisdicción universal del pontífice por la autoridad paternal, que terminaría asumiéndose filialmente. Con ello preparó las condiciones para que el cristianismo llegase a ser la religión oficial de los bárbaros, sobreviviendo tanto a la desaparición del Imperio de Occidente como a la injerencia de Bizancio, lo que acabaría produciendo el cisma de oriente. Separándose aún más de los ortodoxos, vulgarizó el catolicismo, impulsando el culto a los santos y a las reliquias, tanto como la fe en los milagros, con lo que lo situó a la altura de los pueblos bárbaros que dominaban Europa. La consecuencia de todo ello fue la división de Iglesias nacionales independientes entre francos, visigodos y lombardos. En el 596 murió Childeberto, de forma que Brunilda quedó como regente de sus hijos, menores de edad, Teodoberto IIº, rey de Austrasia, y Teodorico IIº, de Borgoña. Por entonces Ezelberto era rey de Kent. Estaba casado con una hija del franco Cariberto, que era católica.

Quizás apoyándose en ello, el Papa Gregorio Iº le envió al monje San Agustín, que fundó el arzobispado de Canterbury y propagó el cristianismo en las zonas germanas de Gran Bretaña y Escocia. Entre los bretones ya se había propagado durante la dominación romana, desde el siglo IVº, en que aparecen obispos británicos en los concilios. Brunilda se empeñó en dominar a la nobleza franca, con constancia, rudeza y crueldad. Para contentar a los eclesiásticos, pretendiendo que abandonasen su alianza natural con la aristocracia, realizó muchas fundaciones piadosas. Expandió sus territorios a costa de Clotario IIº, hijo de Fredegunda, obligándolo a cederle terrenos. En esta época comienzan a llegar monjes irlandeses a Francia, a construir conventos y a impulsar por toda Europa las artes y las ciencias, aprendidas de las traducciones de libros. Tratando de aprovechar el flujo de la ruta del oro, desde Sudáfrica y Etiopía hasta el Yemen, los bizantinos pactaron con este reino. La tribu lajmí, al Norte de Arabia, aliada de los sasánidas, los atacó: los árabes entraban así en la Historia con alguna relevancia.

El sasánida Cosroes IIº, aprovechándose de los disturbios en el Imperio de Oriente, atacó Etiopía, aliada de los bizantinos, y, a partir del año 602, conquistó Edesa, Antioquia, Damasco, Jerusalem y Egipto, sitiando Constantinopla, que entonces estaba sometida a crueles matanzas por el tiránico Focas. En el 605, los bizantinos se vieron obligados a firmar la paz con los lombardos. Estos se apropiaron de la mayoría de las tierras italianas, casi todas para el rey, y el resto, para mantener su “fidelidad”, las repartía entre los duques y las tropas. Con ello se consiguió que el ansia de conquistas continuara, ininterrumpidamente, y que Italia quedase estructurada bajo el régimen feudal. Pero tal estrategia, como le había ocurrido a Roma, tenía los días contados. Llegó un momento en que no hubo más tierras que conquistar y que repartir, y la “fidelidad” comenzó a cuestionarse. Si para la nobleza germana los triunfos militares eran su motivo de glorificación, para los lombardos comenzó a serlo la extensión de sus tierras. Cuando la conquista dejó de ser el método de adquirirlas, el matrimonio se convirtió en el medio. La aristocracia latifundista sureña fue el objetivo.

Los nobles lombardos perdieron el gusto por los campamentos militares y se aposentaron en los palacios y lujosas villas (cortijos) de sus consortes, o heredados de sus ascendientes romanos. Conforme las ciudades italianas volvieron a ser seguras los lombardos fueron el primer pueblo germánico, aparte de los vándalos, que comenzó a asentarse en ellas, tal vez por influjo de sus cónyuges. Perdieron sus toscas costumbres, su propia cultura, e incluso su idioma, se aficionaron al lujo y a las artes, y pusieron las bases para el consecuente renacimiento italiano y europeo. Lo cual no significaba que renunciasen a su ambición u olvidasen su desprecio hacia lo que consideraban burocracia. Así el reino lombardo continuó viviendo una pugna constante entre el monarca y los duques. Todo lo cual constituye también un anticipo del renacimiento italiano. La administración, especialmente los bienes regios, se confirió a los gastaldi, un estamento nobiliario inferior. Los reyes, sobre todo los holgazanes, comprendieron que también era un descanso para ellos si éstos se ocupaban de la política. Más aún si se le encomendaba el control de los duques, con lo cual, si fracasaban en tal empeño, el rey podía eximirse de haber tenido responsabilidad en dicha iniciativa.

Era una evolución muy similar a la de los mayordomos francos. Así los reyes lombardos les atribuyeron potestades judiciales. En el 610 la sitiada y oprimida Bizancio pidió ayuda al competente Heraclio, hijo del exarca bizantino de Cartago. Se presentó con una gran Flota que acobardó a los sasánidas, quienes levantaron el sitio. Heraclio decapitó a Focas y se proclamó emperador. Conquistó Turquía y Armenia. A partir de dicha fecha, el descontento por el servicio o la prestación personal, por las demostraciones del lujo cortesano, las repetidas derrotas en los intentos de anexionarse la totalidad de Corea y, quizás también, la añoranza de la aristocracia norteña, respecto del poder de que disfrutaban en la época de los reinos separados, conllevó sucesivas insurrecciones en China. De modo que dicha aristocracia dejó de apoyar al emperador y se llegó a la guerra civil. En el 612, Sisebuto, un hombre culto, que escribía versos en latín y se relacionaba muchísimo con San Isidoro de Sevilla, fue nombrado rey de Hispania. Inició las persecuciones contra los judíos, que se incrementarían en el futuro, sobre todo cuando se les acusó de conspirar con los árabes de Africa, todo lo cual preparaba la situación para la futura conquista del país.

En el 613, muertos Teodoberto y Teodorico, la nobleza, acaudillada por el obispo Arnulfo de Metz y el mayordomo [1] palaciego Pipino El Viejo, hijo del noble franco Karlmann, apresaron a Brunilda y la torturaron hasta la muerte, entregándole a Clotario la totalidad del reino franco. Pero no gratuitamente. Una asamblea nacional de nobles y obispos, a imitación de los concilios visigóticos, le obligaron a admitir el Edictum Chlotarii, que habían publicado previamente. Era una especie de constitución, precedente de las Cartas Magnas británicas. Pero no era liberal, sino plenamente feudal: consolidaba el poder aristocrático, obligando al rey a nombrar al menos como condes a los grandes propietarios. Así el reino quedó dividido en condados, con atribuciones militares, económicas, impositivas, de policía y judiciales. Esta última era extremadamente peligrosa: les bastaba conseguir acusadores y testigos sumisos para “justificar” todo tipo de crueldades, venganzas y despotismos. Hasta que la ficción de acusaciones y testimonios dejó de ser necesaria. El mayordomo pasó a ser jefe de la caballería real, de modo que la seguridad del monarca dependía de él. Esto lo convertía en el más poderoso de los aristócratas.

Cada “reino”, Neustria, Austrasia y Borgoña, pidió tener un mayordomo palaciego propio. La Iglesia consiguió la libertad en la elección de los obispos y plenos poderes para sus tribunales episcopales, por lo que se consolidó como poder independiente. Arnulfo y Pipino sellaron su alianza casando al hijo del obispo con la hija del mayordomo, con lo que iniciaron la dinastía arnolfinga, de la que descendería Carlomagno. En el 614, tal vez impulsado por su esposa cristiana, Cosroes convocó un concilio ecuménico, no reconocido por la Iglesia católica, por el que trató de unificar nestorianismo, monofisismo y catolicismo. No se sabe si a consecuencia de ello o por sus derrotas militares Cosroes fue asesinado por una conjura. Le sucedió su hijo Kavadj IIº. En el 616 sucedió a Agilulfo el católico Adaloaldo, hijo de Teodolinda, como rey de los lombardos. El emperador de China, acosado por el ejército rebelde, debió refugiarse en su “capital fluvial”, donde fue asesinado en el 618. Pero, milagrosamente, no se llegó a la disolución del imperio, como sería de esperar. Inmediatamente después el aristócrata Li Yuan, procedente del Norte de China, entronizó a su tío. Posiblemente trataba de comprobar el nivel de aceptación o rechazo.

Cuando consideró que la nueva dinastía T’ang estaba suficientemente consolidada, lo hizo abdicar en él, tomando el nombre imperial de Kao-tsu. A Sisebuto le sucedió Suintila, en el 621, quien, utilizando la Flota construida por su antecesor, logró acabar con el poder bizantino en el Algarbe. Sin embargo el País Vasco continuó siendo independiente, por lo que es inadecuado calificarlo de unificación peninsular. La mayoría de los lombardos, que eran arrianos, no terminaron de aceptar a Adaloaldo. Sin embargo éste consiguió mantenerse en el trono durante diez años, hasta que fue asesinado. Le sucedió su cuñado Rotario, Rozar o Rotjar [2], arriano, casado con una hija de Teodelinda. El sasánida Kavadj IIº se vio obligado a aceptar las condiciones de paz del bizantino Heraclio, que, de esta forma, recuperaba los límites originales de su imperio. Sin embargo, ambos habían quedado en tal situación de agotamiento por las continuadas guerras, que ninguno pudo oponer resistencia eficaz al emergente imperio mahometano.

Aunque aún no se han encontrado pruebas de ello, es posible que Arabia, igual que el Sahara, fuese un inmenso pastizal, desertizado por la agricultura y el pastoreo intensivos, no sostenibles, el exterminio de los carnívoros, que mantuviesen el equilibrio, y la quema de lo herbazales para conseguir su rebrote anual con mayor fuerza, pero peligroso si la época de lluvias se retrasa o es sustituida por vendavales y sequía, por ejemplo, unos cuantos años, que acabasen con la capa fértil. mediatamente anterior a la llegada de las lluvias. Parecida labor hace el ganado ovino-caprino, capaz de aprovechar hasta la última mata de hierba, por reseca que esté. Lo consiguen al carecen de incisivos superiores, por lo que arrancan la hierba, en lugar de cortarla, pudiendo digerir las raíces, las hojas secas, e incluso las ramas de  los arbustos. Por eso se las emplea en zonas áridas, de escasa fertilidad y vegetación, impropias para ninguna otra actividad. Con lo cual contribuyen a su desertificación, de modo casi irreversible. Está demostrado que la vegetación atrae la lluvia, y su ausencia la aridez, la sequía, por lo que se trata de un círculo vicioso, que se retroalimenta.

El hombre en su ilimitada ambición, su visión egoísta, individualista, inmediata, extermina los depredadores y amplía ilimitadamente su patrimonio productivo ganadero, hasta agotar la vegetación. Si una vez hubo agricultura y ganadería asentada en Arabia, debieron retroceder a tiempos del nomadismo y la trashumancia. Los oasis se hicieron escasos, igual que el agua, que hubo que excavar en profundos pozos, y comunicar entre sí por kilométricos canales subterráneos, a profundidades de hasta 20 mtrs.. Conquistar y defender dichos oasis, su patrimonio ganadero y los pozos y redes de canales se hicieron objetivos vitales. Se produjo la contradicción de la escasez de recursos, que impedía la existencia de núcleos poblacionales en inmensas extensiones de terrenos, con la necesidad de movilizar gran número de hombres para su defensa. Se crea así una dependencia respecto de la tribu, como ámbito de solidaridad, para las luchas y para atender las situaciones de calamidad. Una sociedad miserable, como lo fue la judía, resignada, inculcada en la fatalidad y la predestinación. Y violenta, en las que las guerras tribales, las conquistas y la venganza, constituían un ciclo regular.

En tal situación era imposible que evolucionasen hasta la constitución de reinos o que los imperios se interesasen por ellos: Arabia permaneció en un estado tribalista. Excepto en las zonas en las que la vegetación perduró. Como en el Yemen o reino de Saba. Allí había dos arbustos que crecían salvajes, a los que sólo había que cosechar y proteger del ganado. Se trataba del bálsamo, hoy exterminado, del que se extraía un bálsamo o aceite aromático resinoso, de color rojo, que formaban una película que repelía a los insectos y aislaba del contacto con el oxígneo, con lo cual protegía los cadáveres de la putrefacción, además de conferirles un color sonrosado, haciéndolos parecer revividos, así que se le supuso caracteres mágicos, divinos, para asegurar la resurrección de los muertos, la vida eterna, se utilizó en los embalsamamientos y también para ungir a los sacerdotes y, más tarde, a los reyes. Dicha unción es la que se refleja en los nombres mechiaj y cristos. Y el incienso, que se empleaba para eliminar los malos olores de los peregrinos a los templos del desierto, por lo que también tenía un carácter sagrado.

Los imperios de Oriente Medio, que podían pagar tales lujos, sintieron gran avidez por dichos productos, organizándose rutas caravaneras y acumulación de riquezas. Además el Yemen o Reino de Saba era una de las dos rutas, la marítima, del oro sudafricano a través de Etiopía. la otra llegaba hasta Egipto. Todo ello actuaba como un imán para los sistemáticos ataques a las caravanas. Ante ellos se producían constantes cambios de rutas, alargando innecesariamente las jornadas. Pero con ello sólo conseguían ataques de tribus distintas. La situación se había hecho tan insostenible que muchas familias de caravaneros tuvieron que emigrar, estableciendo nuevas rutas por el Norte de Africa, y hacia España y Europa. Tal vez el Imperio Vándalo y el aumento de la piratería en el Mediterráneo colaborasen en ello. Dicas familias, enriquecidas por este nuevo tráfico, remitían parte de sus riquezas a los miembros de su tribu, con los que continuaba sus relaciones tradicionales. Todo ello arroja luz sobre cómo el advenimiento del mahometanismo había ido acumulando condiciones propiciatorias durante siglos.

Entonces se llegó al acuerdo de pagar “derechos de tránsito” a las tribus cuyos terrenos se atravesaban, a cambio de que les garantizasen el paso pacífico por ellos. Los jeques de las tribus distribuían tales ingresos entre todos los miembros de las mismas, y castigaban a quienes atacasen las caravanas, con lo cual su poder se hacía enorme. Los oasis se convirtieron en centros de aprovisionamiento y comercio, constituyéndose en ciudades-Estados, que impedían la evolución hacia la creación de reinos. La principal de ellas era La Meca. Además de comprar allí los productos que habían agotado, y vender parte de las mercancías que transportaban, daban gracias a sus dioses por haber llegado a dicho destino. La Meca se pobló de templos de todas las religiones, con los distintos medios de sacrificio para cada una de ellas, lo que constituía la fuente de sus riquezas. Sin embargo a judíos y cristianos se les ocurrió utilizar para el mismo fin otros oasis anteriores a ella, por lo que derivaron parte de su comercio, actividad e ingresos. Así ocurrió, por ejemplo, en Yazrib. Mermada en tal proporción, La Meca fue consolidándose como gran santuario.

Sus habitantes asumieron la conveniencia de la tolerancia, permitiendo todo tipo de cultos, lo que garantizaba la llegada de caravanas, aunque ya estuviesen pertrechados de provisiones. De ello dependía la supervivencia de la ciudad. Al irse convirtiendo en campo de batalla entre bizantinos y sasánidas todo éste equilibrio, difícilmente conseguido, empezó a venirse abajo, y volvieron los ataques a las caravanas, estimulados por ambos contendientes. Muhammad (“El alabador”) Ibn (“Hijo de”) Abd-al-Laj (“El Esclavo o Servidor de Dios”) nació en el 570, en una familia media de comerciantes. Huérfano desde muy joven, lo crió su tío Abú Talib, sufriendo muchas estrecheces, además de la falta del cariño materno. Trabajó en una “línea” de caravanas hacia Siria. En las largas noches del desierto discutía sobre la necesidad de asegurar las rutas de las caravanas. Para ello hacía falta una policía o un ejército, lo que precisaba la existencia de un Estado. Y, para ello, un espíritu nacional, que aglutinara a los árabes, que, además los inmunizara de las intromisiones bizantinas y sasánidas, que nada bueno traían, sino sólo la guerra y el desorden. Y, para tal visión nacional, nada mejor que una religión única, que los congregase y uniese.

Debía ser una religión simple, adecuada a un país ignorante, tribal, no civilizado. Pero dotada de una elevada moralidad, que impusiese orden en aquellos territorios desérticos, donde la vigilancia se hacía muy difícil. También discutía sobre las religiones, sobre todo con judíos y cristianos, por las que sentía una profunda admiración, dados sus elevados principios éticos, aunque no por sus practicantes, a los que consideraba incumplidores de sus propios preceptos. Cómo, además de al-Lat, dios solar femenino, al-Ussa, Venus, Amm, la Luna, Manat, la desgracia y la muerte, o Uadd, el amor, también los árabes habían tenido profetas que insistían en el monoteísmo de al-Laj [3]. Y por qué unas religiones, doctrinas, predicamentos, habían triunfado, se expandían, y otras no, sino que se dirigían a su extinción, lo que parecía deberse a la estructura político-social, a la existencia o no de un Estado organizado que les diera adecuado soporte. Con 25 años Mujammad se casó con la dueña de la “línea” de caravanas en la que trabajaba, Jadiya, una rica viuda, mucho mayor que él, con la que tuvo varios hijos, aunque sólo le sobrevivió y le dio nietos Fátima. Tomó la dirección de las caravanas de Yemen a Siria, las que más valor podían transportar.

El jefe o guía de una caravana, como el capitán de un barco, es la máxima autoridad cuando se atraviesa el desierto. El debe impartir justicia e imponer el orden. Cuando alguien toma fama de justo, de sensato, de dirimir conflictos, en los cruces con otras caravanas y en las ciudades a las que se llega, comienzan a presentarle casos para su dilucidación. Y, conforme sus sentencias son asumidas por los litigantes, asciende su fama de persona justa, a cuyos pronunciamientos se debe acudir, incluso en las confrontaciones contra los salteadores de caminos, los cuatreros, entre tribus y entre ciudades. Así debió ser cómo Israel y Judea llegaron a la época de los jueces, etapa previa a la constitución como reinos. Y quizás así Mujammad llegaría a ser admirado y conocido. Tomó la costumbre de retirarse todos los años un mes a las cuevas del monte Jira, en Irak, donde, anteriormente, se habían establecido los esenios o nazreos. Allí ayunaba y meditaba, lo que parece estar relacionado con el hinduismo. Al aproximarse a los 40 años, momento en el que casi todos los hombres evalúan su trayecto vital y se preguntan sobre su futuro, comenzó a predicar como profeta.

Dijo que había oído voces de Dios y del arcángel San Gabriel en las cuevas del monte Jira, que así se lo habían ordenado. Y anunciaba el inminente juicio final del Dios Unico, a cuya sumisión [4] alentaba: igual que habían hecho los primitivos cristianos. Inicialmente sólo consiguió seguidores entre sus más allegados, y también entre los más pobres y miserables, marginados de las religiones y la sociedad, pertenecientes a la agrupación tribal de la que él también formaba parte. Sin embargo, los miembros de su propia tribu comprendieron que hacía peligrar el orden establecido, y empezaron a ponerles dificultades, a él y a sus seguidores, hasta el punto de que fue origen de una diáspora, como la judía, hacia otros países, para eludir su persecución. En el 622 lo llamaron de la ciudad de Yazrib para dirimir un conflicto entre árabes y judíos, a donde acudió el 15 de julio. Esta es la fecha de la hégira, con la que comienza el calendario mahometano, con años de 354 días de 12 meses lunares, propio de pueblos cazadores, recolectores y pastores, anteriores al descubrimiento de la agricultura, que precisa el año solar de predicción del cambio de estaciones climáticas. Muhammad fue llevando sus prédicas hacia los problemas de la convivencia comunal.

Esperaba convencer a árabes y judíos de una reforma religiosa aceptable para ambos. Como éstos, defendía un monoteísmo extremo, radical, rechazando la Trinidad y la adoración a los santos cristiana y su culto a las imágenes, que consideraban politeísmo rebajado, encubierto. Lo cual influiría en el movimiento iconoclasta bizantino, posteriormente asumido por gran parte de los lutheranos. Pero los judíos, con su propia religión mucho más asumida, lo rechazaron, como antes habían hecho con el cristianismo. En el futuro se vengaría con crueldad de éstos. A partir de entonces, como ya habían hecho Saúl [5] de Tarso y Simón [6] el hijo del Cebedeo, por similares circunstancias, más de 550 años antes, durante el Concilio de Jerusalem, dejó de predicar una especie de religión intermedia, entre el cristianismo y el judaísmo, más cercana a éste por ser más simple, sin bizantinismos, para pasar a considerarla una nueva y distinta religión. Quizás por ello adoptase el calendario lunar, para diferenciarse de los judíos, que tenían una cultura agraria, influidos además por egipcios, griegos y romanos. Creyó que debía poner por escrito sus prédicas, para que no se desvirtuasen, imitando a judíos y cristianos.

Aunque una parte de ellas se añadieron, posteriormente, como procedentes de la tradición oral. En realidad igual ocurrió con los eu-anguelios y posiblemente también con la Biblia. Como era analfabeto tuvo que dictarlas. Al resultado lo llamó Corán [7]. De esta forma se convirtió en dirigente [8] de Yazrib, que, desde entonces, llamarían Madinat [9]. Lo cual, a su vez, le daba opción de reclutar un pequeño ejército. Con él, en el 624, atacó una caravana de La Meca, ciudad que, de inmediato, se tomó venganza contra sus seguidores en ella: los primeros mártires mahometanos. Así que éstos se vieron forzados a ocultar sus creencias para sobrevivir. Se dirigió, en el 625, directamente, contra dicha ciudad, pero fue contenido y derrotado en el monte Ojod. El descalabro se comentó burlescamente en las tabernas, en las que se jugaba al ajedrez.


[1] “Mayor ¿mayoral? de la casa, de la propiedad”. Administraba la servidumbre y, más tarde, las posesiones reales, especialmente las fincas, en teoría en beneficio del monarca. Terminó siendo una especie de Primer Ministro, cargo que llegaría a heredarse.

[2] ¿Pelo rojo?

[3] Parece que es una deformación de Ilaj, tal vez el dios supremo solar, del desierto, que, a su vez, proviene del hebreo –el, como sufijo, o los sustantivos Elí o Elojim, que ya vimos que podían ser deformación del comienzo del poema épico de Gilgamech:  Enuma elich, “Cuando una vez allá en las alturas…”

[4] En árabe, islam.

[5] Pablo.

[6] Pedro.

[7] Literalmente “Lectura”, quizás también “Texto”.

[8] Caíd o cadí, que, cuando es tribal, tiene más sentido judicial. De donde derivan alcaide o alcalde.

[9] “La Ciudad”, castellanizado como Medina.

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