1.808: La primera Constitución española, la de Bayona

Si tenía conocimiento de ello ¿por qué confesó, entonces? ¿Lo haría a conciencia, estando seguro de que no le iba a pasar nada a ninguno, para hacer públicos sus deseos, la necesidad, de derrocar a los reyes, de hacerse él con el poder? Y, en ese caso ¿por qué pidió perdón, de modo tan humillante? ¿Por qué no se mostró desafiante, sabiendo que nada arriesgaba, jutificando la necesidad de cambiar de política, sustituir a sus padres? ¿Fue la condición que le impuso el tribunal para exculpar a todos sin correr riesgos los jueces? ¿O es que era un cobarde, un irresponsable, alguien sin dignidad, dispuesto a traicionar a quienes le apoyaban, a descargar en ellos su culpa, aunque les costase la vida? Y, de ser así ¿cómo podía nadie seguir fiándose de él, apostando por él? O también que los jueces consideraran que se había llegado a una situación en que estaba justificado el destronamiento de los reyes, aunque fuera para sustituirlos, también a título de rey, por semejante mentecato, el hijo de la reina, putativo del monarca. En 1.808, el tribunal escogió la segunda opción, declarando inocentes a la totalidad de los conspiradores. Si Godoy intentaba el descrédito del Príncipe de Asturias sólo consiguió el suyo propio. La verdad es que éste tenía motivos para recelar de Godoy, su posible padre. Había sido nombrado presidente del Consejo del Reino, y Almirante, con título de alteza real. La reina había forzado a su sobrina política, Mª Teresa de Borbón, a casarse con él. Quizás tanto para acallar las murmuraciones de sus amoríos con éste como para separar a su querido Godoy de su “otra” amante habitual, Pepita Tudó. Era hija del hermano del rey, Cardenal Primado de España y arzobispo de Toledo, que dejó la tonsura para contraer matrimonio, no morgamático (del alemán “la mañana” siguiente, porque era cuando las familias de las esposas pobres recibían la dote de los aristócratas, tras comprobar la virginidad de éstas) puesto que su esposa era noble, pero de rango inferior. Carlos IIIº enfureció de tal modo que prohibió a su hijo y a su esposa el título de Infantes, y a él y a sus descendientes el apellido Borbón, ni entrar en la Corte ningún miembro de su familia.

A la muerte de Luís Antonio De Borbón y Farnesio, su hijo mayor ingresó en la carrera eclesiástica, y Mª Teresa, de 5 años de edad, y su hermana, de dos, fueron encerradas en un convento, donde pasarían 12 años, posiblemente para que ninguno de ellos pudiera tener hijos. Como pago por dicha boda Mª Teresa y su hermana fueron liberadas del convento. Su madre pudo usar el título de Infanta viuda. Ella y sus hijas fueron nombradas Damas de la Reina. Toda la familia pudo frecuentar la Corte. Los tres hermanos pudieron volver a llevar el apellido, escudo y armas bórbonicos. A Mª Teresa se la nombró Iª marquesa de Boadilla del Monte, por el Señorío que había comprado su padre. Se le instituyó una renta anual de 360 reales, y 200 a su hermana. A su hermano, que había llevado a cabo todas las negociaciones, se le nombró Cardenal Primado de España y arzobispo de Toledo, como su padre, con la condición de que cediese el título de Conde de Chinchón a la entonces esposa de Godoy. Más tarde sería nombrado arzobispo de Sevilla, lo que le permitiría llevar un papel destacado durante la denominada guerra de la independencia, presidiendo el Consejo de Regencia, dado que era la figura más próxima al rey que continuaba en España. Lo cual, a su vez, le costaría el ostracismo, muriendo prácticamente enclaustrado en Toledo, tras obligársele a renunciar a su arzobispado. Sin embargo la vida matrimonial de la marquesa de Boadilla del Monte y condesa de Chinchón fue bastante decepcionante: vivía en el mismo palacio con la “otra” amante de su esposo, que la llevaba a actos públicos. Cuando la condesa de Chinchón quedó embarazada, tres años después, la reina la hizo trasladar al Palacio de Oriente, para cuidarla ella en persona. Quizás también para que Godoy pudiese acudir a dicho palacio sin levantar ninguna sospecha. Allí fue retratada por Goya. La hija fue bautizada en la habitación del rey y nombrada Dama de la Reina. Cuando Godoy fue apresado lo abandonó definitivamente, yendo a vivir con su hermano, por lo que, durante la Década Ominosa, tuvo que sufrir el exilio, para evitar la represión contra todos los miembros de la Regencia y sus allegados, que habían propiciado la Constitución de Cádiz, aunque también habían conseguido la derrota de Napoleón, algo que “el rey felón” no aceptaba.

En París se amancebó con el Coronel Mateos, que vendió sus joyas y la maltrataba, hasta que murió, poco después, de un cáncer de útero. Con todo lo cual se comprende que el Príncipe de la Paz podía llegar a ser heredero de Carlos IVº, por influencia de la amante y esposa de cada uno de ambos, la propia reina, en vez que su mismo hijo, del cual comprendía que la odiaba. Hay que tener en cuenta que 5 hijos varones de los reyes ya habían muerto, aunque aún quedaban otros tres. Para el acantonamiento de las tropas que debían invadir Portugal, Napoleón pidió Cataluña, con lo que recuperaría los límites probados del imperio de Carlomagno. Después llevó la hipotética frontera al río Ebro, la zona inconcreta a la que se supone que llegó el primer Emperador franco. Y, más tarde, argumentando que debía asegurar una rápida intervención ante un desembarco británico en Portugal, todo el Norte, incluida Galicia. Sin llegar a un acuerdo respecto del reparto de España y Portugal, que a Napoleón no le interesaba concretar, puesto que su intención era quedarse con todo, y bajo el argumento de que había que conquistar un país antes de dividírselo (cazar el oso antes de vender la piel, como se suele decir) su ejército cruzó los Pirineos y estableció guarniciones en Figueras, Barcelona, Burgos, Valladolid y Madrid. Prácticamente casi la mitad de la Península estaba en sus manos. En estas condiciones oponerle resistencia parecía ridículo. Esto significaba que había conquistado un imperio ultramarino sin un solo disparo. El resto de Europa no podía concebirlo. Godoy comprendió que Napoleón no se iba a satisfacer con el Norte de la península Ibérica, que también ambicionaba España, toda ella, por lo que recomendó a los reyes que abandonasen Madrid y se trasladaran a la residencia de verano en Aranjuez. Godoy acudió a Aranjuez para recomendar a sus reyes que se dirigiesen a Cádiz y huyeran a Hispanoamérica. La nobleza, airada por los privilegios que Godoy les había hecho perder, aprovechó la ocasión para incitar al pueblo a rebelarse la noche de San José, en el llamado motín de Aranjuez. Posiblemente el Príncipe estaba al tanto de todo, si es que no fue él el instigador. Tanto Godoy como los reyes fueron apresados por orden del Príncipe. El rey abdicó en éste, Fernando VIIº, a cambio de que liberase al favorito de los reyes. Murat, que dirigía las tropas francesas en España, debió intervenir para liberar a los reyes, y los envió a Bayona.

Días más tarde, quizás convencido por Napoleón, Carlos IVº se desdijo de haber abdicado, arguyendo que lo había hecho bajo coacción. Con las tropas napoleónicas dominando el país, Fernando VIIº comprendió que, para ser rey, necesitaba el beneplácito del emperador corso. Así que le pidió ayuda ante Carlos IVº. Napoleón se ofreció a mediar entre padre e hijo. Comunicó a Fernando VIIº que visitaría Madrid. Después alegó retrasos en dicho viaje y pidió lugares más próximos para dicha reunión, como la Granja de San Ildefonso, Burgos o Bayona, con lo cual lo llevó a Francia. Al cruzar la frontera le cambió la escolta por una francesa, y toda la familia real fue prácticamente prisionera. Napoleón ordenó a Murat que enviase a Francia a los Infantes, accediendo a la petición de la reina, que se encontraba profundamente deprimida al ver las amenazas a las que estaban siendo sometidos, sin el asesoramiento de nadie, verdaderamente prisioneros, aunque en cárcel de oro. La servidumbre de palacio en Madrid propagó lo que trataban de hacer con los Infantes, cuyos varones eran los siguientes en la línea sucesoria. Y que el viaje estaba previsto para el 2 de mayo. Por lo que el pueblo se congregó para impedirlo, cortó la correas de los caballos la carroza y la arrastró para llevase a los Infantes. Murat lanzó sus tropas contra los madrileños, entre otras su caballería mameluca. Los oficiales Daoiz, Ruiz y Velarde pusieron los cañones del Parque de Artillería a disposición del pueblo, y resistieron los ataques de los franceses, que pretendían hacer uso de ellos. De modo que aquél día adquirió visos de verdadera guerra. Y así se hizo público por toda España. Las tropas francesas consiguieron dominar la situación, como no podía ser de otro modo, capturando innumerables amotinados, que llevaron al cuartel de la montaña del Príncipe Pío, donde los franceses estaban acantonados. Intentando dar un escarmiento, que no volviera a repetirse tal insurrección, los fusilaron aquella misma madrugada: sólo consiguieron que, para el pueblo, los franceses adquirieran la indudable consideración de enemigos a expulsar. Goya tuvo conocimiento directo de la heroicidad popular del 2 de mayo, con la resistencia a la carga de los mamelucos, que pintó, y vió las descargas de la fusilería, a lo lejos, durante aquella noche, aunque su sordera le impió oirlas, inmortalizando tal lúgubre fusilamiento.

Es lo que se ha dado en llamar “Guerra de la Independencia” española, en absoluto diferente a las demás guerras napoleónicas del resto de Europa, con sus ocupaciones e imposiciones de reyes y dirigentes, generalmente de la familia o amigos de Napoleón, de su completa confianza, lo que implicaba cambios dinásticos. Goya, en sus “Desastres de la guerra”, expresó todo el horror de violaciones, torturas, escarmientos, represalias y venganzas. Por ambos bandos. El ilustrado Juan Pérez Villamil era fiscal togado del Consejo Supremo de Guerra, secretario del Consejo del Almirantazgo, por lo que debía gozar de la confianza de Godoy, y de la Junta (clandestina) de Sustitución, formada por si los franceses interrumpían la labor de la Junta Suprema de Gobierno, formada por la ausencia de los reyes de España. Mantenía la tesis de que la tradición también era una Constitución, aunque no estuviese articulada, ni siquiera escrita. Poseía muchas propiedades en Móstoles, donde estaba en esos días. Esteban Fernández de León llegó con escolta militar, posiblemente con instrucciones secretas de amotinar al ejército de Andalucía, le puso al corriente de los acontecimientos y le indicó la necesidad de hacer un comunicado oficial para la insurrección de todo el país. Pérez Villamil consideró que lo más inmediato era un bando municipal, para lo que llamó a los alcaldes (con el antecedente de lo ocurrido en Francia, entonces los alcaldes eran dobles: uno aristócrata y otro por elección popular) del pueblo y les hizo firmar el que había redactado. El séquito de Fernández de León se encargó de distribuirlo por el país. Lo que se popularizó fue un resumen, recordado por alguno de quienes leyeron el original, en Sevilla, muy efectista, que fue publicado en Londres, y que indicaba: “¡Españoles! La patria está en peligro. Madrid perece víctima de la perfidia francesa. Españoles, acudid a salvarla”, cuyo estilo tánto gustaría a Franco, que lo imitaría de continuo. El rey de Portugal, Juan VIº, dada su experiencia anterior, decidió huir a Brasil, que proclamó imperio, lo que tendría unas repercusiones insospechadas. En casi todas las ciudades y pueblos de España se produjeron levantamientos semejantes, y se establecieron Juntas de gobierno provinciales para asumir la soberanía, que consideraban vacante, y organizar la guerra contra los que percibían como fuerzas de ocupación.

A imitación de lo que ocurría en España, alentado por las garantías británicas, el General Sepúlveda inició un movimiento revolucionario en Portugal. Juan VIº, al comprender que había alguna posibilidad de resistencia a los franceses, proclamó, desde su Corte de Río de Janeiro, el Reino Unido de Portugal y Brasil ¿Un reino que integrase un imperio? El daño estaba ya hecho, y se iniciaba con ello la independencia de Iberoamérica. La reina Maria Luisa -que asistía a las cenas de Napoleón con un escote que ruborizaba a la promiscua Josefina, con el que enseñaba unos pechos acartonados, apergaminados, momificados- al no contar con el asesoramiento de Godoy, a quien no se le permitió llegar hasta que todo estuvo consumado, no sabía cómo reaccionar. Llegó a pedirle al emperador que fusilase a su hijo, entonces rey de España, mientras éste era reprendido por Napoleón por las repetidas faltas de respeto a su antecesor real. Mediante amenazas y un pago en oro (que luego sustituiría por entrega de palacios, en los que vivió prácticamente como prisionero) Napoleón consiguió que Carlos IVº le cediese el al trono. Como ya había abdicado anteriormente, como ya no era rey, creyó que conseguía ventajas sin ceder nada realmente, firmando un documento sin ningún valor, a cambio de mucho dinero. Que engañaba a Napoleón. Que era más listo que él. Pero, ocultándole tal hecho, Napoleón consiguió que, el 6 de mayo, mediante las mismas presiones, amenazas y compensaciones, Fernando VIIº abdicara de nuevo en Carlos IVº, tras lo cual hizo valer la cesión previamente recibida. El 13 de mayo la Gazeta de Madrid publicaba el nombramiento oficial de Napoleón como rey de España: era lo más opuesto al compromiso de no compartir ambas coronas asumido para la entronización en Esaña de los borbones, una nueva demostración de su poder. Este hizo público que no se trataba sólo de un cambio de rey, sino de un cambio de régimen, sin necesidad de haber hecho ningua revolución.

Consiguió reunir en Bayona a 75 de los 150 más destacados nobles y magnates españoles a los que había convocado, quienes, tras nueve días de debates, con pocas rectificaciones, firmaron la Constitución que había preparado para España, a propuesta del jansenista (movimiento francés que proclamaba la premacía del poder real sobre la Iglesia) Mariano Luis De Urquijo, anterior Secretario de Estado, el que había conseguido la promulgación del Decreto por el que el rey se reserva el derecho de nombrar obispos y arzobispos (en realidad está demostrado que conseguía lo mismo mediante presión a los Pontífices) aunque fue anulado cuando se nombró al nuevo Papa, y del tercer Tratado de la Granja, tan beneficioso para los franceses, por lo que Godoy excitó a la facción “jesuítica” para conseguir su destitución. Era bastante progresista, la más laica y anticlerical que nunca ha tenido España, la única de todo el siglo decimonono que mencionaba los derechos forales, lo cual no es en sí mismo nada progresista, sino la continuación del pasado medieval, pero que es lo que hoy pretenden los nacionalistas. Se la considera, por tanto, impropiamente, “Carta (mapa de intenciones o privilegio) Otorgada”, o, menos áun, Estatuto, puesto que fue aprobada por representantes, aunque sí es cierto que no se trataba de ningún órgano regular ni habían sido elegidos por el pueblo. Pero tampoco lo eran las Cortes de Cádiz, de la que sólo se diferencia por quiénes la convocaron, igualmente sin ninguna autoridad para ello, el número de participantes en las mismas y el tiempo que se tomaron para su redactado y aprobación. Cataluña quedaba desgajada de España, anexionada por el imperio francés: es decir, la resurrección del imperio carolingio. Tras promulgar dicha primera Constitución española, Napoleón abdicó en su hermano mayor, José Bonaparte, que, de este modo, seguía el camino de Carlos IIIº: de Nápoles a Madrid. Antes de hacerlo, José abdicó este reino en su cuñado, Murat, según habían acordado ambos hermanos. Muchas Juntas provinciales decretaron el comienzo de guerrillas. Las de Sevilla y Granada comenzaron a unir y reclutar tropas. Dupont fue enviado para someter a Andalucía y rescatar una Escuadra francesa, que había sido bloqueada en Cádiz.

Más tarde todas las Juntas andaluzas constituyeron en Sevilla la Junta Suprema de España y las Indias, bajo la presidencia del sevillano Francisco de Saavedra, que había participado en la toma de Pensacola, durante la guerra de independencia estadounidense, y fue Secretario de Estado con Godoy. Como primera decisión, nombró Capitán General del Ejército de Andalucía (mucho título para tan pocas tropas) al Tenientegeneral Castaños, lo envió a cortar el paso a Dupont, y pidió ayuda, en dinero, para sufragar parte de los costes de la resistencia -además de las colectas populares que se hacían- y en tropas a los británicos. La dificultad del recorrido por la Sierra, el acoso de bandoleros y poblaciones hostiles o sublevadas, como la de Valdepeñas, hizo retroceder a los franceses hasta Toledo. Esta primera acción victoriosa llenó de confianza a toda la resistencia española. En venganza, días más tarde, Dupont saqueó Córdoba. Allí recibió las noticias de que la Escuadra francesa había terminado rindiéndose, y que el Ejército de Andalucía pretendía bloquear sus rutas de aprovisionamiento, por lo que retrocedió hasta Andujar, donde se acantonó, esperando refuerzos, ya que la urgencia en llegar a Cádiz había desaparecido, y los españoles, que habían conseguido reunir 30.000 hombres, les superaban ligeramente. Pero 17.000 de ellos eran voluntarios, sin preparación ni experiencia militar. Además no estaban unidos, sino que marchaban desde distintas localizaciones, en columnas separadas. Desde Granada avanzó el denominado Regimiento Suizo de Reding nº 3, que agrupaba 10.000 voluntarios, reclutados por el suizo General Teodoro Reding von Biberegg, anterior Gobernador Militar y Corregidor de Málaga. Castaños le ordenó que cruzase el Guadalquivir por Mengíbar. Resultó que en dicha ciudad estaban acantonados 2.000 franceses, a los que puso en fuga, si bien a media mañana, al recibir éstos refuerzos, cesó en su ataque. Al conocer tal hecho, Dupont, siempre atemorizado por la incomunicación con el centro de la Península, y buscando reunirse con las fuerzas que esperaba, se dirigió a Despeñaperros, topándose, a la salida de Bailén, el 18 de julio, con las tropas de Castaños, que habían caminado de día y de noche, por lo que desconocía su presencia. Sin más preparativos se inició la batalla, a pesar del cansancio que debían sentir los españoles.

La población ayudó en cuanto pudo a sus tropas, especialmente acarreándoles agua, en un día especialmente caluroso, lo que resultó decisivo en el desenlace final. No sólo para aplacar la sed de soldados y caballerías, sino para refrescar los cañones, provenientes de la Maestranza de Artillería de Sevilla, que eran de mayor calibre que los de los franceses, por lo que tenían mayor alcance y poder destructivo, aunque también eran más difíciles de desplazar y maniobrar, en plena Sierra, y que mantuvieron un fuego continuado de día y de noche. A la mañana siguiente, de nuevo bajo un calor asfixiante, sin agua y sin que llegaran las tropas en camino, Dupont se rindió, bajo la promesa de que se les permitiría regresar a Francia. Al parecer le dijo a Castaños: “le entrego mi espada, vencedora en cien batallas”. A lo que éste, madrileño afincado en Andalucía desde los 16 años, contestó: “Estupendo, porque yo es la primera batalla que gano”. Es posible que sea apócrifo, puesto que había participado, como Coronel, en la guerra contra la Francia republicana, en la que, inicialmente, sólo hubo escaramuzas, hasta que los franceses desplazaron tropas desde el Norte y varió el signo de la victoria, y había dirigido, como Tenientegeneral, la triunfante defensa de El Ferrol contra los británicos. Aunque es cierto que nadie se le había rendido antes. Según lo pactado, a los Oficiales se les permitió regresar a Francia, pero no al resto de los 17.000 prisioneros, que, incumpliendo lo prometido, se entregaron a los británicos, que los recluyeron en Menorca hasta el fin de la guerra. Las consecuencias de la derrota francesa en Bailén, la primera que sufrían las tropas napoleónicas en campo abierto, fueron trascendentes. José Iº consideró que el ejército de Andalucía podría llegar a la capital, así que abandonó Madrid. Los británicos, que llevaban tiempo sin hollar el Continente, accedieron al llamamiento de las Juntas españolas y desembarcaron en Portugal las tropas que tenían preparadas para la conquista de Hispanoamérica, al mando del Tenientegeneral (hasta Tenientecoronel había ascendido comprando los cargos) irlandés sir Arthur Wesley, apellido que cambió por Wellesley al crear su hermano el marquesado de tal nombre, y que sería conocido en el futuro como lord Wellington, derrotando al ejército francés de Junot. Ante la retirada francesa se constituyó en Madrid la Junta Suprema Central, bajo la presidencia de Floridablanca, que agrupó a todas las demás.

El 27 de septiembre se reunía el congreso de príncipes, reyes y emperadores de Erfurt. La pretensión era que prestaran vasallaje y homenajearan a Napoleón. El 14 de octubre llegó a un acuerdo con Rusia, a la que había tratado con tanta benevolencia en la Paz de Tilsit, beneficiándola, a costa de Prusia, incluso de Polonia (al no reintegrarle a ésta la parte de su territorio que los zares se habían adueñado) para atraer su amistad, no su espíritu de revancha. Aprisionada entre los dos colosos, Prusia parecía inoperante. Rusia secundaría el bloqueo comercial a Gran Bretaña, a cambio de que Napoleón conquistara Moldavia y Valaquia a los turcos para ella. Como contrapartida, Rusia le apoyaría en la guerra que continuaba contra el resto de la cuarta coalición, invadiendo la Finlandia sueca. También debía reconocer la soberanía de los demás Bonaparte, y se comprometía a acordar una campaña conjunta contra la India, acabando de modo definitivo con el poder británico. Sin embargo, la constitución del Gran Ducado de Varsovia, en el que estaban asentadas tropas francesas, en la misma frontera con Rusia, y su unión dinástica con Sajonia, integrada en la Confederación del Rin, al haber nombrado Napoleón Gran Duque al rey Federico Augusto de Sajonia (esto también podía parecer una garantía a los polacos, si bien el título real ahora no correspondía a Polonia, aunque debió llenarles de inquietud por los recuerdos que traía del pasado) sólo podía interpretarlo como amenazadora hostilidad. Igualmente era una amenaza para el Mar de Mármara, recientemente abierto para el paso a los rusos, la expansión jurisdiccional francesa por el Adriático, hasta Cattaro y las islas Jónicas. Es decir, la Paz de Tilsit, el congreso de Erfurt y los hechos intermedios no demostraban unos auténticos deseos de amistad, sino de mantener en jaque permanente a Rusia. Por supuesto no había otra forma de forzarla a llegar a acuerdos. Pero esto suponía retarla a que demostrase su verdadero poder. Von Stein se declaró abiertamente partidario de los levantamientos independentistas en España y en Austria, por lo que Napoleón exigió que abandonase Prusia. Se refugió en Rusia, donde sería consejero del zar y continuaría propagando la unificación alemana y la guerra contra Napoleón.

Sin embargo, para entonces, Federico Guillermo IIIº ya se planteaba liberarse del yugo francés, por lo que nombró Ministro al barón von Hardenberg, que continuó con sus reformas democráticas dentro de la monarquía. Este encomendó a Scharnhorst y Gneisenau la reforma del ejército. Los ascensos se producirían en función del mérito, y no del título nobiliario que se poseyera. Se abolieron los humillantes castigos corporales. Se crearon academias militares para los nuevos grados superiores. Para superar la restricción impuesta por Bonaparte, se sometieron a un breve periodo de instrucción militar a tropas de reserva, que combatirían junto al ejército regular, llegado el caso.

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