1.861: La guerra de Secesión estadounidense

Oliver F. Winchester, a partir del invento de Colt, utilizando el mismo tipo de munición y seis recámaras giratorias, revolver, diseñó una carabina, de cañón más corto que un fusil y, por lo tanto, menos pesada, pero de mayor alcance y precisión de una pistola, por lo que sería ideal para utilizarla a caballo. Más tarde perfeccionó dicho modelo incluyendo un segundo cañón o tubo, por debajo del de disparo, en el que se alojaba la munición, que, según los modelos, serían entre 7 y 12 cartuchos. Un muelle la llevaba hacia el mecanismo de cierre, en la recámara. Este, en lugar de accionarse mediante un mango de cerrojo, como en los fusiles, utilizaba una palanca, continuación del guardamontes, que, más tarde, adoptaría la forma de aro u óvalo, más cómodo de utilizar, semejante al mecanismo de tensado del arco y la cuerda de algunos modelos de las antiguas ballestas, y de apertura del cañón basculante en algunos primitivos modelos de fusil o escopeta de retrocarga. La carabina o rifle de Winchester era un arma pensada para protegerse de las fieras y los indios que te pudiesen sorprender. No pretendía una gran precisión ni alcance, sino un ágil y cómodo manejo, que no fuese agotador, en su transporte y al hacer puntería, con una rápida cadencia de fuego. Estas características se demostrarían idóneas para su uso a caballo, dada la dificultad de apuntar un arma de mayor longitud y peso mientras que se galopa, y el corto espacio de tiempo en el que se puede hacer fuego durante una carga, hasta que se llega a la distancia del cuerpo a cuerpo. Tampoco para la caballería tenía interés el uso de la bayoneta, puesto que, como debían tener ocupada la mano izquierda para controlar las riendas, manejar un pesado fusil, más aún con la bayoneta calada, con una sola mano y hacer esgrima con él era muy difícil. Aunque resulta extraño que a nadie se le ocurriese aplicar un pequeño cuchillo-bayoneta o punta de lanza a los más ligeros rifles o carabinas, que podía haber sido un conjunto muy eficaz. Tal vez el respeto reverencial a las tradiciones de la caballería, caballeresca, caballerosa, hidalga y aristocrática.

El rifle venía a ser una actualización de los antiguos mosquetes (así llamados por el ruido, como el zumbido de un mosquito, que hacía el escape de la cuerda, hasta que la rueda hacía saltar la chispa y se producía el disparo) o grandes pistolones, inicialmente de rueda, mas tarde de martillo o de pistones, que eran más efectivos que las lanzas, ya que podían causar efectos a distancia, antes de entrar en el combate cuerpo a cuerpo, dando tiempo para guardarlos y sustituirlos por alguna arma blanca, habitualmente el sable o el alfanje, y por su menor peso, que fueron utilizados por los mosqueteros, la caballería ligera francesa. Por las mismas razones se crearon cuerpos de infantería especializados en hacer frente a la caballería, utilizando el mismo tipo de armas, que se denominaron carabineros, cazadores o cazas. Lo que nadie podía imaginar es que serían los indios, especialmente los comancheros, los últimos resistentes al dominio del hombre blanco, aunque ya no constituyendo “naciones”, tribus, confederaciones, con grandes ejércitos, sino en hibridaje racial y social, en pequeñas partidas, que alternaban la caza con el pillaje, traspasando la frontera mejicana como ruta de escape, los que mejor uso iban a hacer de tales armas. Aparte de los nuevos colonos, que los utilizarían para el más completo exterminio de tales restos de resistencia convertida en bandidaje, como suele ocurrir con la mayoría de los ejércitos derrotados pero que se resisten a rendirse. Por ejemplo, los carlistas en España. O los cazadores de búfalos contratados por las compañías ferroviarias para dar de comer a los trabajadores de los tendidos, o los viajeros de las mismas, a los que se estimulaba a disparar a dichos animales, y a los propios indios, tanto para evitar estampidas como ataques, que pudieran poner en peligro el tendido de líneas, los trenes o desincentivar su uso. El exterminio del bisonte americano, su mejor fuente alimentaria, conllevaba el de la mayoría de los indios. Luego fue también un exterminio humano, por hambre, los que tanta propaganda, injustificada, incomprensible, hacen de su comportamiento colonialista, queriéndose comparar, con ventaja, con la colonización castellana, cuando los datos de supervivencia e integración hablan por sí mismos. Gran Bretaña acordó con Francia un Tratado Comercial por el que ésta reducía sus tarifas aduaneras industriales, e incluso le concedía un trato preferente.

Poco a poco se fue extendiendo a los demás países, de modo que el librecambismo consiguió imponerse. A pesar de todos sus triunfos, Napoleón IIIº se enfrentaba a una oposición interna cada vez mayor. Así que se vio obligado a realizar reformas liberales, que tampoco disminuyeron el descontento. De modo que, de nuevo, intentó éxitos en política exterior que le ganasen popularidad. De esta forma Europa cambiaba la referencia a la designación dinástica divina, reimpuesta por el congreso de Viena (el considerado legitimismo) por el principio de la nacionalidad, que ya había sido asumido durante la revolución francesa y volvería a repetirse durante el stalinismo y la mayoría de las demás revoluciones. Con toda lógica se podría decir que esta caída, retorno, al nacionalismo exaltado, no puede significar sino el fracaso en sus iniciales pretensiones revolucionarias. Con tal objetivo Napoleón IIIº apoyaría las unificaciones italianas y alemana, pero siempre pretendiendo que, de todo ello, Francia aprovechase expansiones territoriales. Las sublevadas Parma, Módena, la Marca Romaña, Toscana y Umbría decidieron unificarse con el reino sardopiamontino. Frente a pequeños Estados, que Napoleón IIIº pensaba controlar, incluso anexionarse, poco a poco, se creaba un gran reino que le podría impedir su expansión hacia el Sur. Por ejemplo, aliándose con el imperio austro-húngaro, si fuese necesario. Ni siquiera se trataba de una confederación de dichos Estados, que necesitase de su intervención para resolver sus conflictos de intereses. Napoleón IIIº ignoraba que Cavour estaba preparando una fuerza de desembarco en Sicilia. Pero éste no podía hacerlo directamente, puesto que podría suponer una alianza de Francia y Austria, incluso de España, Prusia y la Confederación Germánica, en su contra. Giuseppe Garibaldi era hijo de un Capitán del ejército. Participó en la sublevación nacional de Manzini, por lo que hubo de huir, ya que fue condenado a muerte. Vivió unos años en América, participando en movimientos revolucionarios radicales. Cavour le confió la dirección de un pequeño ejército, privado, sin uniforme, sin bandera, de unos mil hombres. Toda la expedición fue, secretamente, sufragada por el reino sardopiamontino. Partió de los alrededores de Génova y desembarcó en Sicilia, siendo recibido apoteósicamente en Palermo.

Con un buen ejército, incrementado por los reclutados en la isla, consiguió el triunfo en Milazzo, lo que le estimuló a envalentonarse y cruzar el Estrecho de Mesina, tomando Nápoles. Allí implantó una dictadura personal, posiblemente a imitación de lo que había ocurrido tras la independencia en muchas repúblicas hispanoamericanas. Todo ello conmovió a Europa. No sólo se había derrocado a la dinastía borbónica del Reino de las Dos Sicilias, que seguía viéndose como extranjera por los italianos, sino que se establecía en el poder un radical, recriado en el más peligroso revolucionarismo hispanoamericano. Ahora eran los conservadores los que pedían constitucionalismo y democracia. En todas estas naciones, por toda Europa, el tendido del ferrocarril y la fabricación del material rodante produjo el desarrollo de la siderurgia, la industria, las relaciones capitalistas de producción y el sindicalismo. Las presiones europeas y el reformismo tanzimat (“feliz”) otomano, respecto de la equiparación religiosa, tuvo una imprevista y brutal consecuencia, relacionada con el descontento originado: los drusos cometieron verdaderas atrocidades contra los maronitas y otros cristianos en el Líbano, que los turcos tuvieron muy difícil reprimir. Sin embargo, a pesar de la resistencia de amplios círculos turcos, las reformas siguieron adelante, sobre todo en la modernización del ejército y la administración pública, aunque consiguieron frenarla en la educación, lo que tendría nefastas consecuencias para el futuro. Con la ayuda de instructores europeos se creó un auténtico ejército regular, imperial, junto con ejércitos regionales. Se adoptó una administración centralizada -contraria a la tradición del dominio otomano- imitando el modelo francés. Desapareció la autonomía local. Se fundaron agrupaciones de expertos, con funciones legislativas, ejecutivas y judiciales en el ámbito educativo, militar, económico y judicial. Más tarde se les retirarían las atribuciones legislativa y judicial a dichas corporaciones. Las escuelas tradicionales mahometanas fueron progresivamente sustituidas por escuelas laicas, especialmente concebidas para formar a los futuros funcionarios y militares. En la misma línea se ampliaron las escuelas técnicas que había creado Majmut IIº, y se fundaron muchas escuelas públicas, además de las de medicina, para la administración pública y militares. Gran Bretaña intermedió para conseguir la paz entre España y Marruecos.

A partir de entonces la dependencia de dicho país respecto de las potencias europeas se fue haciendo manifiesta. El Reino Unido consiguió la concesión para el tendido de la red telegráfica en Irán. El emperador Jsien-feng demoraba la firma de un Tratado de Paz tan abusivo, por lo que las tropas aliadas anglo-francesas entraron en Pekín, saqueando y destruyendo el palacio imperial de verano, en represalia. Ante lo cual, 12 días más tarde, se firmó un nuevo Tratado en dicha ciudad, que ratificaba el anterior. Estados Unidos y Rusia se aprovecharon de todo ello y consiguieron iguales condiciones. Rusia fue más lejos: abrió un nuevo Frente, ocupando la ribera izquierda del río Amur, en la que fundó Vladivostok, como puerto comercial y base naval militar. Después de haberse beneficiado de la debilidad china, llevando a cabo la Segunda Guerra del Opio, y consiguiendo los ventajosos acuerdos subsiguientes, las potencias europeas, quizás amedrentadas por la propagación de la insurgencia cipaya, porque un triunfo t’ai-p’ing pudiese acabar con tales concesiones, o esperando aumentarlas en agradecimiento, se pusieron de parte del emperador. Utilizando aventureros británicos y franceses, el General C. G. Gordon reclutó el Ejército Siempre Victorioso, con el que fue ganando terreno paulatinamente. Dentro del Brajma Samach, fundado por Kechub Chunder Sen, se organizó el movimiento juvenil Liga de los Creyentes (Sangat Sabba) que, utilizando como distintivo la cinta de los brahmanes, que rechazaba todas las diferencias de casta. Siam consiguió al fin imponerse sobre el último de los reinos laosianos, Champassak, en el curso medio del Mekong, que también se anexionó. Un samurai del clan de Tokugaua Niriaki, de Mito, asesinó al canciller Ii Naosuke, lo que trajo de nuevo la guerra a Japón. Con los lemas sonno (“adorad al emperador”) y yoi (“expulsad a los bárbaros”) jóvenes fanáticos samurai, que se autodenominaban chichi (“hombres-hombres”, “hombres decididos”) procedentes en su mayoría de los daimi-o del Sur y del Oeste, aparecieron por todo Japón atacando a los extranjeros y a la estructura militar del chogunado que, aparentemente, los defendía.

Se desarrolló una coalición de daimi-o que potenció una especie de Frente nacional para oponerse a las concesiones a los extranjeros. Consiguieron que Yochinobu, cabeza del Partido de la oposición, fuese nombrado “regente” del chogun, y que tanto dicho Partido como el emperador participasen en las decisiones políticas. De golpe, los daimi-o, antes recluidos, rehenes, en Edo, la ciudad del chogun, se convirtieron en una auténtica Corte. El joven y fanático Partido Republicano, conservador en todas las demás cuestiones, planteó un progrma electoral abanderado por el abolicionismo. El Partido Demócrata, más liberal, no podía consentir que le socavasen su base ideológica, pero, sobre todo, a su electorado, por lo que hizo lo propio. Los Estados del Sur, que siempre habían apoyado mayoritariamente al Partido Demócrata, aunque parezca contradictorio, fundamentalmente porque deseaban el librecambismo, un comercio exterior sin restricciones, que buscase un trato recíproco que favoreciera mercados abiertos para sus exportaciones de algodón, tabaco y azúcar e importaciones de todo tipo de artículos de lujo e industriales, y hasta de esclavos -por más que Gran Bretaña persiguiera tal comercio, adaptando una política de dominio de los océanos, como si fuesen de su propiedad (sí eran de su propiedad la mayoría de barcos del mundo, lo que le permitía hacerlo) tanto como han criticado siempre el Tratado de Tordesillas, por el que Castilla y Portugal se repartían los mares y el mundo, aunque entonces sólo pensaban en algunas islas atlánticas y Africa- de modo que intentaron forzar a que se abandonase tal propuesta abolicionista. Estados Unidos producía 3’8 millones de balas de algodón al año, por lo que los sudistas, erróneamente, como en tantas otras cuestiones, consideraban que su posición era de fuerza. Pero no lo consiguieron. Así que, afrentados, designaron a su propio candidato. Su punto de vista, erróneo, como tantos otros, era que ambos candidatos abolicionistas competirían por el mismo electorado, lo cual les garantizaba la victoria. Pero en realidad sólo les aseguraba la derrota al Partido Demócrata, dividido entre dos candidaturas y posiciones abolicionistas y esclavistas, como así ocurrió. La situación terminó estallando.

Antes de que Lincoln tomara posesión de su cargo, el 20 de diciembre, Carolina del Sur declaró que sólo admitía como Presidente al que había recibido el mayor número de votos en su Estado, y que la única forma de mantener la Unión sería que los demás aceptasen al mismo. El mestizo Benito Juárez consiguió ganarse la popularidad y la dirección de “La Reforma”. Con el apoyo de Estados Unidos estableció un Gobierno constitucional. Los intentos centralistas de Ospina llevaron a una nueva guerra civil en la Confederación Granadina, en la que triunfaría el General Mosquera, que desamortizó las tierras, sacándolas a subasta, redujo el poder de la Iglesia Católica, expulsó a los jesuitas y consensuaría la Constitución liberal y federalista de los Estados Unidos de Colombia. Castilla promulgó una nueva Constitución, que perduraría 60 años, la de más larga vigencia en Perú. A pesar de haber abolido la esclavitud autorizó la importación de esclavos desde Colombia. Quizás para contentar a los furibundos latifundistas. No obstante, bajo su mandato se produjo un notable progreso económico. Argentina y Uruguay sufrieron continuos enfrentamientos entre federales, formados por las clases medias, “gauchos” desposeídos y el campesinado del interior, que se oponían al centralismo de los núcleos urbanos y al monopolio impuesto por los aranceles de los conservadores unitarios, formados por la burguesía comercial e industrial, los latifundistas y todos los vinculados a las potencias imperialistas. En 1.861 murió Federico Guillermo IVº, sucediéndole su hermano, el regente, como Guillermo Iº de Prusia. La estrategia de los liberales para oponerse al aumento del ejército y la militarización de Prusia no dio resultado, pues, aunque consiguieron impedir los planes del anterior regente, no lo engañaron. Así que tuvieron en contra al nuevo monarca desde el primer momento. Este, de inmediato disolvió la Dieta y cesó a todos los Ministros liberales: ya ni podía, ni consideraba necesario, aparentar nada. Sin embargo los liberales siguieron dominando la nueva Cámara baja. Se ofrecieron soluciones de compromiso, pero el rey afirmó que prefería abdicar a ceder en sus planes de rearme y aumento de la militarización.

Fue su Ministro de la Guerra, Albrecht von Room quien le recomendó que nombrase Presidente del Consejo de Ministros a Otto von Bismarck, que se había destacado por su lealtad al soberano, su habilidad política y su deseo de que Prusia encabezara la Confederación Germánica, pero bajo la forma centralizada y autoritaria de un nuevo imperio. Guillermo Iº pretendía que la unificación alemana, el II Reich, estuviera encabezado por Austria, como había sido tradicionalmente, aunque Prusia lo dirigiese en la sombra, en base a su mayor capacidad económica, consolidación interna, prestigio ante la Confederación Germánica y, no en última instancia, un ejército más poderoso. Sin embargo no deseaba una guerra contra Austria, a la que consideraba su único aliado posible e igualmente germánico, si podía evitar la confrontación. Aunque en absoluto renunciaba a amagar con ella. Pensaba que el pueblo compartía el mismo sentimiento. Bismarck, en cambio, mantenía que, por su enfrentamiento con Prusia, Austria era la causante de todos los problemas en la Confederación, por lo que el nuevo Reich debía estar dirigido, sin tapujos, por Guillermo Iº. Y, si era necesario un escarmiento militar, mejor era hacerlo sin darles tiempo a los austríacos para que corrigiesen las deficiencias demostradas ante los italianos. Luis Iº sucedió a Pedro Vº como rey de Portugal. Bajo su mandato, posiblemente por contagio de lo que ocurría en España, el republicanismo se extendió. Cavour realizó una de sus admirables maniobras políticas: para evitar la intervención europea, que podría entorpecer la unificación italiana, o hacerla dependiente, propuso sustituir la dictadura de Garibaldi por la monarquía sardopiamontesa. Es posible que ya lo tuviera previsto desde el principio, e incluso que hubiese llegado a un acuerdo con Garibaldi en dicho sentido. Fuera por ello o por las amenazas de una guerra entre italianos, incluso con intervención extranjera, lo cierto es que éste dimitió a favor del rey Víctor Manuel IIº. Alejandro IIº inició una etapa reformista en Rusia, en profundidad. Comenzó aboliendo la servidumbre, por lo que 47 millones de labradores pasaron a ser personas libres. Introdujo la administración autónoma en distritos y territorios, y reformó la justicia y la educación. Napoleón IIIº continuó la expansión francesa en Argelia.

A la muerte de Abd ül-Mechid Iº le sucedió Abd ül-Jamid Iº como sultán de Turquía, y a éste su hermano Abd ül-Asis, que debió enfrentarse a la oposición de los Jóvenes Otomanos. Tras cuatro años de continuas derrotas los fulbé fueron sometidos poco a poco al dominio francés. Los británicos pudieron, al fin, establecerse en Lagos. Al Este, el reino de Benin, agotado por las luchas, estaba en franca decadencia. Prusia exigió y consiguió de China nuevos Tratados comerciales y de navegación que le supusieran iguales privilegios que los pactados por Gran Bretaña y Francia. A la muerte del emperador Jsien-feng, a los 30 años de edad, posiblemente por abuso de opio (su padre ordenó a su madre que se ahorcase por haber intentado envenenar a Kong, otro hijo de éste) le sucedió Quixang, hijo suyo con la concubina Tz’u-jsi (Cixi según la trasliteración oficial actual) que era la que verdaderamente gobernaba. Como el nuevo emperador tenía cinco años, formaron un Consejo de Regencia su madre, que siguió gobernando, la emperatriz viuda, su prima, y el príncipe Kong. Tz’u-jsi le cambió el nombre a Quixang por Tongchi, abreviatura de “reformar manteniendo el orden” o “gobernar como un equipo unido de la madre” o “del hijo”. Aún cuando el Gobierno manchú se esforzaba por mantener el dogma de la superioridad cultural del “reino del centro”, hacer creer que los Tratados comerciales con el extranjero eran irrelevantes -aunque desde una óptica confuciana eran inmorales- y que, en cuanto se quisiera se obligaría a los “bárbaros” a anularlos, tuvo que crearse en Pekín una Oficina Principal para la Administración de Asuntos Exteriores, que lo contradecía. En realidad China era una semicolonia, y todo el mundo lo consideraba así. Sólo la rivalidad entre las distintas potencias impedía que se llegase a un auténtico reparto de su territorio. La inflación producida y los préstamos del extranjero ocasionaron la incapacidad de la Hacienda imperial. El enfrentamiento entre la sociedad agraria y burocratizada china y las potencias occidentales, burguesas, capitalistas e industrializadas, había demolido su concepción confuciana del mundo y, con ello, su estructura socioeconómica y política. Napoleón IIIº llevaba su idea imperial a iniciar el dominio francés de Indochina.

Los inmigrantes franceses se habían establecido en Tonkín y en el Sur de Vietnam, a lo que llamaron Cochinchina. Intentó utilizarlo como base de comercio con China. Para conectar ambos asentamientos y una ruta interior hacia China escogieron el caudaloso Mekong. Nada menos que 70 buques franceses se presentaron en su desembocadura y conquistaron las ciudades del delta. Durante esta campaña, un vietnamita a las órdenes de los franceses, educado y formado militarmente en el extranjero, reunió un grupo de elementos sospechosos y bandas chinas y los lanzó contra el emperador Tu-Duc. El 1 de enero Alabama se unió a la declaración de Carolina del Sur. El 10 de enero lo hizo Florida. El 19, Georgia. Ese mismo día se aprobó la integración de Kansas en la Unión. Como concesión al Sur se le permitió que fuese esclavista, aunque estaba situado al Norte del Mississippi. El 26, Luisiana declaró también que sólo admitía como Presidente al que había recibido el mayor número de votos en su Estado, y que la única forma de mantener la Unión sería que los demás aceptasen al mismo, igual que había hecho Carolina del Sur. El 1 de febrero lo hizo Tejas. Para entonces la deuda pública de Estados Unidos eran 64 millones de dólares. El 8 de febrero se secesionaron de la Unión y se constituyeron en Confederación, en Montgmery, Alabama, todos los Estados que se negaban a aceptar la Presidencia de Lincoln, otorgándosela a Jefferson Davis, anterior Secretario de Guerra -lo cual demuestra que se preparaban para ella- pero que no había sido candidato en las anteriores elecciones, lo que suponía contradecir todas sus declaraciones de que sólo aceptaría como Presidente al candidato que había conseguido el maor número de votos en su Estado y que no era Lincoln. Obsérvese que el tema de la esclavitud había sido excluíado formalmente de las causas de la secesión, planteándola como una defensa de la democracia, interpretándola en el sentido que más le interesaba, su derecho a la exclusividad en la decisión, con desprecio a lo que hubiesen decidido la mayoría de los ciudadanos de la Unión, que pensaban que a ellos no tenía por qué afectarles ¿Conciencia de supremacía racista, como suele ocurrir con todos los nacionalismos excluyentes?

De modo muy inteligentemente propagaron, como venían haciendo desde hacía décadas, que su interés era preservar su estilo de vida, la democracia, entendida como derecho a dictar sus propias leyes (¿incluso a elegir Presidente?) sin la inmiscusión de los poderes federales. Y que interpretaban el ambiguo término de “Unión”, escogido por Franklin, en el sentido de confederal, con libertad para unirse y separarse de la misma. Los norteños, que en su mayoría eran inmigrantes recién llegados, o segunda o tercera generación de los mismos, no tenían el menor interés en llegar a una guerra por ello, excepto las facciones comercial, industrial y financiera, por este orden, de la burguesía, que defendían el mercado único por encima de todo, bajo la retórica proclama de “unidad de la Patria”. Ni necesitaban nada del Sur, puesto que contaban con suficiente producción alimentaria y, en todo caso, con dinero suficiente para comprarla donde fuese preciso. Tampoco ponían el tema de la esclavitud y los derechos de los negros, excepto una minoría exaltada, como bandera, sino que, inteligentemente también, lo ocultaban. En tal ambiente los confederados podían haber permanecido a la expectativa, a que se consolidase su secesión. Pero carecían de armas, y eso les inquietaba, podía ser un estímulo a que les invadieran, como reiteradamente habían amenazado los partidarios del mercado único bajo la especie de “unidad de la Patria”. Aparte de su característico comportamiento impulsivo, caballeresco, romántico, propio de países cálidos, de estructuras aristocráticas, e influidos por los antepasados colonizadores, sobre todo franceses y españoles. Así que asaltaron destacamentos y almacenes de armas, apropiándose de ellas. El entonces Presidente de Estados Unidos, James Buchanan, ni hizo ni dijo absolutamente nada sobre todo ello. Pensaría que todo lo había originado la propaganda electoral del nuevo Presidente, y que era éste quien debía afrontar las consecuencias. El 4 de marzo, fecha bastante retrasada, Lincoln tomó posesión de su cargo. El 6 de abril, Virginia se unió a la Confederación, por lo que la capital de la misma se situó en dicho Estado, en Richmond. El 14 de abril los confederados bombardearon Fuerte Sumter, en el puerto de Charleston, en Carolina del Sur, hasta conseguir su rendición. El 6 de mayo Arkansas se unió a la Confederación, y el 20, Carolina del Norte.

Los 11 Estados que llegarían a integrarla sumaban 7 millones de blancos y 3 de negros, mientras los federales contaban con 22 millones de habitantes, una poderosa industria, incluso armamentística, una red ferroviaria muy superior y una importante Marina de guerra. Sin embargo el Sur contaba con mejores Oficiales y soldados convencidos de la justicia de sus planteamientos, fanáticos seguidores de sus dirigentes. Además de, contando con Tejas, lo también resultó un análisis erróneo en buena parte, superior número de caballos, lo que les podía permitir una mayor maniobrabilidad, opción a actuar en distintos Frentes (aunque los ferrocarriles del Norte también le daban dicha opción, más estratégica que táctica) y ventaja en los enfrentamientos. Por todo ello hubiera sido lógico que se mantuviesen a la defensiva, haciendo pagar un elevado coste a los que se atreviesen a invadirlos, hasta el punto de que les hiciera desistir a una mayoría de la población que no venía el objeto de una guerra fraticida. Pero sólo tenían tiempo de fortificar unos cuantos reductos, y esto supondría entregarles sus campos, sus propiedades, sus ciudades, a los que decidieran conquistarlos. Así que su impetuoso y romántico temperamento les llevó a concluir que, manteniéndose a la defensiva, tarde o temprano terminarían agotados, derrotados, por la superioridad demográfica y productiva del Norte. De forma que decidieron hacer una guerra feroz, muy agresiva, que en muy poco tiempo produjese tanto daño que forzase al reconocimiento de su independencia. Además, contaban con que podrían formar, en poco tiempo, una superior Caballería, que les permitiese rápidas, destructivas y profundas incursiones hacia el Norte.

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