1.916: El “Entente” se tambalea

Alguna, tras desengañarse de que quisiera desposarlas, intentó suicidarse. Tanto el Gobierno como el alto mando alemán comenzaron a contactar con emigrantes rusos revolucionarios y con los círculos socialdemócratas en el interior de Rusia, destinándoles grandes sumas de dinero, con el doble objetivo de que presionasen para que ésta se apartara de la guerra y reducirla al caos de la revolución. Tras sospechar que los “mencheviques” (“minoritarios”: se hicieron con el poder en el Partido Socialdemócrata aliándose con los nacionalistas judíos, a cambio de prometerles un territorio, dentro de Rusia, para que estableciesen la Nueva Sión, objetivo del movimiento sionista, como república independiente, federada o, en todo caso, región autónoma, lo que finalmente cumplieron los “bolcheviques”, “mayoritarios”, cuando alcanzaron el poder, la República Autónoma de los Judíos, en Siberia, poco menos que una deportación cuasivoluntaria) también recibían sobornos del Entente, y que, si llegasen al poder, continuarían en guerra, se centraron exclusivamente en apoyar a los “bolcheviques”, a los que destinaron notables flujos económicos. El cónsul alemán organizó una insurrección contra los británicos en el Sur de Irán. Sin embargo, en el Norte, los rusos derrotaron a los turcos. Envalentonado por sus anexiones, sin encontrar oposición, y aprovechándose de que Rusia, Gran Bretaña y Francia estaban bastante ocupadas en Europa, e incluso, estas últimas, en Africa y Oriente Medio, Japón hizo públicas sus “21 demandas contra China”: estaba anticipando el comportamiento de exigencias nazi-fascistas. Pedía el “protectorado” sobre Changdong, y la máxima influencia militar, económica y cultural sobre China. La República china se negó, ante lo cual, como tendría previsto, Japón ocupó la península de Changdong. Pretendiendo conseguir un apoyo de los aliados occidentales, o, al menos, que no considerasen su territorio como zona de conquista, enemiga, China cedió a las presiones internacionales, entrando en la guerra de parte de éstos. Pero no consiguió nada a cambio. Con la intención de alcanzar una mayor estabilidad para su país, según le recomendaban muchos de sus seguidores, así como Japón y Estados Unidos, Yuan Chij-k’ai reunió una Convención que aprobó por unanimidad la vuelta a la monarquía. Siguiendo el recorrido de la dinastía bonapartista se proclamó emperador.

De inmediato sus muchos hijos (tuvo 10 esposas) comenzaron a pelear por proclamarse príncipes herederos. El Kuo-Ming-Tang se declaró en rebeldía y comenzó otra guerra contra el nuevo imperio, que era impopular. Los Señores de la Guerra volvieron a dividir el país, igual que sus seguidores, que se separaron en múltiples tendencias. En vista de su debilidad e impopularidad, las potencias extranjeras, especialmente Japón, le retiraron su apoyo. Roza Luksemburg, Liebknecht y otros dirigentes socialdemócratas distribuyeron panfletos ilegales, que firmaban como Spartakus, en los que animaban a la huelga general, la rebelión, la revolución y el fin de los combates de unos hombres contra otros, por lo que serían encarcelados. El 21 de diciembre se votó en el Reichtag una ampliación de los créditos de guerra. Veinte diputados del Partido Socialdemócrata Alemán rompieron la disciplina parlamentaria votando en contra, pero el resto, incumpliendo los acuerdos del Partido y de la Internacional Socialista, lo hizo a favor. Juan Vicente Gómez abandonó la mascarada de la presidencia de Victoriano Márquez y volvió a gobernar dictatorialmente Venezuela. El 1 de enero de 1.916, Roza Luksemburg, Liebknecht y sus seguidores se constituyeron en el movimiento revolucionario Liga Espartaquista. Los imperios centrales empezaron a comprender que la guerra de desgaste les era perjudicial. Tras ocupar los austro-húngaros Montenegro y la mayor parte de Albania, el Frente de los Balcanes se estabilizó. El 21 de febrero, Falkenhayn inició una nueva ofensiva en Francia, que se estrelló contra las fortificaciones de Verdún. Entendiendo lo que significaba, el General Petain, lanzó su lema de “¡No pasarán!”, que sería imitado por los republicanos españoles durante la guerra civil. Ambos bandos aportaron más y más tropas y artillería a la batalla, intentando decantarla a su favor. Aunque las bajas francesas fueron bastante superiores a las alemanas, Guillermo IIº consideraría que éstas no eran aceptables. Efectivamente Francia estaba en condiciones de implicar a nuevos aliados en la guerra, mientras que Alemania no podía reponer adecuadamente sus bajas. El 24 de marzo, el Partido Socialdemócrata Alemán expulsó a los diputados que habían incumplido la disciplina de voto en el Parlamento, respecto de los créditos de guerra. En abril éstos y sus seguidores se constituyeron en Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania.

De modo estúpido, los alemanes volvieron a la estrategia del torpedeamiento de mercantes sin previo aviso. Su intención era forzar a Estados Unidos a que presionase a Gran Bretaña a acabar con el bloqueo marítimo (piratería) declarando libres las aguas y respetando a los países neutrales, a cambio del fin de la guerra submarina en los mismos términos. Además esperaban amedrentar a los votantes estadounidenses, de modo que se decantaran en las próximas elecciones por candidatos proclives a no inmiscuirse en la guerra, a prohibir la navegación por las zonas que ellos habían excluido, unilateralmente, del tráfico comercial. Era una estrategia errónea. Tras mucho debate y críticas, el grueso de la Marina de Guerra alemana decidió realizar una salida. Los británicos tuvieron conocimiento de ello y les salieron a cortarles el paso. La noche del 31 de mayo se encontraron a mitad de la columna alemana, frente a Skagerrat. Es lo que se conoce como Batalla de Jutlandia. Era una situación muy semejante a la batalla de Trafalgar, en la que también influyeron la falta de visibilidad y la casualidad de la posición británica, perpendicular a ella, lo que se conoce como maniobra de “cruzar la T”, dividiendo al enemigo en dos sectores incomunicados. Los Vicealmirantes, el alemán Scheer y el británico Hipper, que la dirigieron, pudieron enorgullecerse de haberla ganado, pues, tras casi un día de combate, las tripulaciones alemanas, en especial sus artilleros, demostraron más adiestramiento, consiguieron más impactos, sus buques se mostraron más resistentes y tuvieron muchas menos pérdidas. Sin embargo también los británicos cantaron victoria, puesto que el objetivo estratégico de los alemanes, forzar el bloqueo del mar Báltico, no lo habían conseguido. Peor aún: no osaron maniobrar para el combate, mantuvieron el rumbo intentando huir de la batalla, con lo cual lograron que los británicos no cruzasen su línea de formación, no les dividieran, y, una vez concluida, cuando los británicos decidieron que habían tenido bastante, viraron en redondo y regresaron a sus puertos, de los que no saldrían a partir de entonces. Sólo el Arma submarina continuó su misión de contrabloqueo. En junio, obedeciendo las requisitorias de sus aliados, los rusos invadieron Bucovina, tratando de desviar el esfuerzo alemán del Frente del Oeste. En tal sentido, lo consiguieron, ya que, rápidamente, se trasladaron buen número de tropas hacia el Este.

De esta forma los alemanes mantuvieron compacto el Frente oriental. Sin embargo esto permitió que, el 23 de junio, los aliados occidentales iniciaran una ofensiva en el Somme. Aunque pudieron rechazarla, la sensación de que no podrían obtener la victoria se iba extendiendo por el lado alemán. No sabían que los franceses tenían la misma impresión. En tales circunstancias, el 24 de julio se consideró injustificado seguir con el “infierno de Verdún”, concluyendo tal ofensiva. Pero, para todos los analistas, el fin de la resistencia alemana era sólo cuestión de tiempo. En agosto el Entente convenció a Rumanía para que entrase en guerra de su parte, a base de prometerle los extensos territorios de Bucovina, Transilvania y el Banato (siempre es fácil prometer lo que no se tiene) si eran capaces de conquistarlos. Sin embargo sólo consiguieron que las potencias centrales, al otoño, hubiesen ocupado casi todo el país. No obstante éstas no fueron capaces de acabar con su resistencia. Las tropas a las que habían obligado a retroceder se unieron al Frente ruso, por lo que continuaron desviando tropas del Frente occidental, aunque tampoco tuviesen una importancia decisiva. El zarevich padecía hemofilia. Esta enfermedad se transmitía por vía femenina, aunque no afecta a las mujeres, por casi todas las familias reales europeas, emparentadas con la reina Victoria de Gran Bretaña. Esto hizo que la zarina cayese en manos del monje milagrero Rasputín, que afirmaba que podía controlar dicha enfermedad. Obsérvese la similitud respecto de Hitler, la sífilis que padecía, y su médico/curandero/adivino particular. Se dice que Rasputín hipnotizaba a la zarina, o que mantenía relaciones sexuales con ella. Lo cierto es que, mientras el zar visitaba las trincheras, intentando reavivar el ánimo y el patriotismo de las tropas, o, al menos, que no continuaran rebelándose, era Rasputín quien dirigía, indirectamente, con su ultraconservadurismo, la nación. Los liberales concluyeron que era indispensable acabar con él. Le invitaron a un cumpleaños en el que le prepararon pasteles envenenados con arsénico. Le gustaron mucho, y se comió dos docenas. Quizás estuviese inmunizado, como práctica de su brujería. Entonces, ante su fracaso, descargaron un revólver contra él, dándolo por muerto.

Pero se levantó, bajó las escaleras corriendo, atravesó el jardín y escaló sus altas y puntiagudas verjas de protección, como lanzas, mientras le seguían disparando, y gritaba: “¡Se lo diré a la zarina!”. Finalmente lo atraparon, lo amarraron con alambre de espino y lo arrojaron a los pantanos. Según la autopsia no murió ahogado, sino congelado. Quizás estuviese aún vivo, aunque inconsciente, cuando se la hicieron, pues se dice que los monjes siberianos y tibetanos estaban entrenados para sobrevivir a la congelación. El 21 de noviembre moría Francisco José de Austria. Tras mucho tiempo de insistencia en ello, los químicos alemanes, dada su superioridad en tal tipo de industria, convencieron a los mandos en la necesidad de emplear gases venenosos, si quiera de forma experimental. El estancamiento de los Frentes y el terrible desgaste de Verdún influyó en ello. Así que la utilizaron por primera vez en Yprés, por lo que los aliados occidentales denominaron a dicho compuesto como yperita, que no era sino concentrado de gas mostaza. Se disparaba en unos cilindros que debían rebotar varias veces, rompiéndose, y rodar por el suelo, deteniéndose en lo más profundo de las trincheras, donde expulsaban su carga letal. Como dichos gases eran más pesados que el aire permanecían largo tiempo en las trincheras. El primer ataque tuvo una eficacia que ni los militares, ni siquiera los químicos que diseñaron dichos venenos, habían previsto. Las trincheras francesas quedaron silenciosas y repletas de cadáveres en putrefacción durante dos semanas. Como no se habían previsto tan devastadores efectos tampoco habían planteado los alemanes un asalto simultáneo para explotar el éxito, ni sistemas de protección de sus tropas para poder hacerlo. De forma que no tuvieron conocimiento de lo que había ocurrido hasta que lo comunicaron sus redes de espionaje. Además de las muertes por encharcamiento de pulmones, cientos de miles de soldados quedaron inválidos, además de por las amputaciones y la metralla, por la discapacidad pulmonar, o ciegos, por culpa de tales gases. Además descubrieron que el viento podía trasladar los gases de unas a otras trincheras, sin diferenciar el tipo de uniformes ni las banderas. En pequeña concentración, dispersado por el viento, el gas mostaza puede producir picor por las zonas expuestas, especialmente en los ojos, que se ponen llorosos, se inundan de lágrimas, impidiendo apuntar las armas.

Pero no fue el gas mostaza el único empleado: también se utilizó el cloro y otros muchos. Como la mayoría de los soldados eran campesinos analfabetos, se identificó dicho tipo de munición mediante aspas de pinturas de distintos colores (cruz marrón, cruz verde, cruz blanca, etc., lo cual se continuó utilizando cuando, tras la guerra, se emplearon como insecticidas) ya que cada tipo de gas debía conservarse de distinta forma: unos debían protegerse del calor, del sol, otros de la humedad, etc.. A los Oficiales se les había dotado de silbatos, como los que utilizaba la policía de la época para pedir auxilio, para ordenar la puesta a cubierto de la artillería enemiga, sincronizar la salida de las trincheras, a la descubierta, el regreso a ella, la retirada, o el alto el fuego. También se impuso un tipo de toque para colocarse las máscaras antigás. El problema es que sólo se sabe que el ataque es de gas cuando éste se ve, se huele, se respira y, entonces, entra tos y no se puede poner la máscara, respirar a través de ella. Los Oficiales aprendieron que dar la orden con el silbato de ponerse la máscara podía ser lo último que hiciesen. Hitler, destinado entonces en Yprés, quedó ciego, peo fue sólo temporal, recuperando luego la vista. Al final de la guerra estaba hospitalizado en una clínica privada para enfermedades sexuales, lo que se ha explicado por el tipo de heridas que recibió, aunque posiblemente se tratase de un agravamiento de su sífilis. Allí recibió la noticia, de forma sorprendente, de que Alemania se había rendido, lo que le produjo una recaída en la ceguera, posiblemente de tipo histérico, aunque también logró superarla. A finales de aquél año todas las tropas estaban desmoralizadas, asqueadas y hastiadas de la guerra. En especial el empleo de gases había tenido efectos demoledores. Sobre todo los franceses, menos disciplinados, se mostraron contrarios a continuar con tal esfuerzo. La noche de Navidad ambos bandos encendieron velas sobre los sacos terreros. Un tenor alemán que había sido militarizado cantó desde las trincheras “Noche de Paz”. El resto de soldados lo coreó. Del otro lado, franceses y británicos también lo hicieron, en sus respectivos idiomas. En tal ambiente salieron de sus barracones subterráneos, de las trincheras, rompieron las alambradas y se reunieron en la “tierra de nadie” donde confraternizaron, intercambiaron tabaco, café, licores y algún alimento.

El alto mando quedó conmocionado cuando supo lo ocurrido, por las consecuencias que podía tener. Efectivamente en las líneas francesas ya habían habido antecedentes de negativas a iniciar ataques, a salir a la descubierta, a continuar luchando. De forma que tanto el alto mando militar como el Gobierno reaccionaron ordenando fusilamientos masivos, lo cual, sorprendentemente, le dio resultado. Sin embargo el horizonte era sumamente sombrío, porque, si la guerra no cambiaba de signo, podía volver a repetirse tales desacatos, hasta el punto de hacerse incontrolable. Pero fue en Rusia donde las circunstancias se hicieron más dramáticas. Si el inicio de la guerra había acabado con los conflictos sociales, bajo la engañifa del nacionalismo y el patrioterismo, la continuidad de la conflagración apuntaba a su resurgir exacerbado. Las derrotas sufridas en otoño, que había llevado el Frente al interior de zonas dominadas por Rusia, y, más que nada, el fracaso del sistema de distribución, no sólo al ejército y a la industria bélica, sino al abastecimiento de las ciudades, tuvo un efecto demoledor. Especialmente el hambre, sobre todo en la retaguardia, más que las insurrecciones en el Frente, extendía el descontento de la población, reavivando el espíritu revolucionario en contra de las conservadoras estructuras zaristas. A ello se unían los cientos de miles de desertores, que, tras abandonar las trincheras, se paseaban por las calles, con sus deslucidos y harapientos uniformes, y sus armas, espectáculo que ya se veía con la normalidad de la habituación. Contaban a todos las miserias y desastres de la guerra, su opinión de que era imposible ganarla, en lo que justificaban su deserción, y llamaban a la desobediencia a la demostrada inoperancia del sistema autocrático y militar. La concentración de los soldados en el Frente les daba a los que permanecían en sus puestos una audiencia insospechada. Rumania fue derrotada en poco tiempo, y casi todo su territorio sufrió la ocupación de alemanes y austro-húngaros. Por el Convenio Sykes-Picot los aliados acordaron secretamente la desmembración y reparto (eso se llama vender la piel antes de cazar el oso) de su enemigo, el Imperio Otomano. Rusia se quedaría con diversas provincias de Armenia y parte del territorio kurdo. Los británicos con el Sur de Mesopotamia, incluyendo Bagdad, hasta el Mediterráneo, con puertos como Jaifa o Acre, la actual Tel-Aviv.

Francia se quedaría con el Líbano y la costa siria, incluyendo puertos como Adana y Cilicia. Se contentaría a los árabes que colaborasen en su propia independencia (aún no se concebía la importancia que dicha colaboración iba a llegar a tener) con la concesión de uno o más Estados, teóricamente independientes, pero sometidos a las “zonas de influencia” británica o francesa. Los británicos recuperaron el control sobre el Sur de Irán. El influyente emir de Jiyás, Jusaín Iº de La Meca, constatando que el avance de los imperios centrales se había estancado, y que el otomano se mantenía a la defensiva, se puso del lado de los aliados, convocó a la lucha por la libertad contra los turcos y se proclamó rey de los países árabes. En vista del caos originado, Yuan Chij-k’ai renunció a ser proclamado emperador. Pero entonces tampoco se le aceptó como Presidente de la República de China. La India mantuvo su lealtad colonial durante el conflicto, aportando 800.000 combatientes, más 400.000 obreros y pesadas cargas económicas al esfuerzo bélico. Aunque mínimo respecto del que sufrirían en la siguiente confrontación mundial, tal esfuerzo hizo que grandes masas de población hindú se planteasen los inconvenientes del dominio británico (por ejemplo, verse implicados en semejante y distante guerra) y los beneficios que recibían a cambio. También la opinión pública británica comenzó a sopesar la viabilidad de mantener su dominio en la India. Muchos, incluidos dirigentes políticos, llegaron a la conclusión de que lo mejor que podía hacerse era comenzar la retirada, preparar a la población autóctona para autoadministrarse: una salida ordenada y amistosa, con un periodo transitorio, intermedio, de Gobierno autónomo, que permitiría su integración en la Commonwealth como nación “libre”, en la que continuaría su explotación indirecta, bajo las premisas del neoimperialismo. Para otros, en cambio, sólo era una estrategia para camuflar y perpetuar la presencia colonialista, estimulando falsas esperanzas en ambas poblaciones, sin advertir el peligro de semejante juego. A pesar de todos estos análisis, teóricos, superficiales, tertulianos, no se acometió ninguna reforma en profundidad, por lo que los movimientos extremistas fueron ganando cada vez más influencia. La Liga Mahometana y el Congreso Nacional pactaron un acuerdo de lucha conjunta contra los dominadores en Lucknow. Se produjo la batalla de Carrizal, entre tropas de Estados Unidos y Méjico.

En febrero de 1.917, considerando la campaña electoral pacifista de Wilson, el Presidente electo de Estados Unidos, contrario a inmiscuirse en la guerra, Alemania creyó que podía incrementar su ofensiva submarina. Además, aprovechándose del descontento mejicano por los territorios que su vecino del Norte le había despojado, le prometió devolverle Nuevo Méjico, Arizona y Tejas (¡qué fácil es prometer lo que tienen otros!) si, en caso de guerra con Estados Unidos, Méjico se ponía de su parte, atacándolos por el Sur. Es lo que se conoce como “telegrama Zimmermann”. Aunque no consiguió sus pretensiones, lo cierto es que Méjico fue de los pocos países iberoamericanos que mantuvo sus relaciones con Alemania durante dicha guerra. Es posible que fuese incluso negativo: un argumento más para que Estados Unidos entrase en guerra. En contra de Alemania, precisamente. Por toda Rusia se extendieron las manifestaciones y huelgas. En principio solicitaban comida, pero poco a poco se fueron politizando, pidiendo el fin de la guerra y la instauración de la democracia. En Petrograd (se rusificó el nombre porque no era comprensible conservar el alemán cuando se estaba en guerra contra Alemania) se convocó una huelga general. Las manifestaciones habían transcurrido siempre por el margen izquierdo del Neva, en los barrios obreros, donde se las había tolerado. Generalmente habían sido de mujeres, que pedían pan. Pero cada vez se sumaban más desertores y obreros en paro, por la falta de materias primas para sus fábricas, que también pedían el fin de la guerra. Aquel día los manifestantes discutieron sobre el trayecto a seguir, se dividieron, y los hombres cruzaron el puente, lo que nadie esperaba, llegando a los barrios aristocráticos, a la zona palaciega, sin ninguna obstrucción. La zarina lo consideró intolerable, que ponía en riesgo la seguridad de la familia imperial. Recuérdese que, 36 años antes, Alejandro IIº había sido asesinado por radicales socialistas a la puerta de palacio.

Al día siguiente la policía les esperaba al otro lado del río, en la zona de paseos ajardinados de la Avenida o Perspectiva Nevskii (“del Neva”, por el apodo del Gran Príncipe y santo por la Iglesia Ortodoxa Aleksandr Yaroslávich de Nóvgorod, “La ciudad nueva”, Kiev y Vladimir-Súzdal, que incluía la pequeña ciudad de Moscú, futuro Gran Ducado y Gran Principado de Moscovia, derrotó a los suecos, la Orden Teutónica y los tártaros, que querían llevar sus fronteras hasta el Neva, desde sus zonas de origen, y se alió, ante la perspectiva de ser derrotado, con Batú Jan, el nieto del mongol Chenguis Jan, castellanizado como Gengis Kan, y su Horda de Oro) desde la que abrieron fuego cuando intentaron pasar. A la jornada siguiente volvieron a presentarse en el puente, pero ahora los obreros y desertores iban cogidos del brazo de las mujeres. Los sorprendidos policías se negaron a cumplir las órdenes de disparar. La zarina estaba asustada. Pidió que se trajese un Regimiento de los brutales, primitivos y conservadores cosacos. Aquella noche hubo fusilamientos de policías. A la mañana siguiente la policía estaba apostada en la grandiosa Nevskii Prospekt. A sus espaldas estaban los cosacos y las tropas movilizadas, concentradas para enviarlas al Frente. Se les ordenó que disparasen contra los policías si éstos se negaban a abrir fuego contra los manifestantes, pero no se les advirtió que entre éstos también habría mujeres. Los cosacos no podían comprender que se disparase contra mujeres, así que, cuando se inició el tiroteo, reaccionaron atacando a los policías. Al observar lo que estaba ocurriendo, los manifestantes, especialmente los desertores, volvieron a cruzar el puente, atacaron a la policía por la espalda, ya que habían reaccionado defendiéndose de los cosacos, y abrazaron a éstos, a los que, aún sorprendidos, les llamaban hermanos. Si hubo algún momento de duda los vítores de los reclutas, que se pusieron de parte de los manifestantes, acabaron con ella. Era un triunfo conjunto de obreros y soldados, unidos por el hambre y el hastío de la guerra y la incompetencia de los mandos, civiles y militares, lo que se conoce como Revolución de Febrero o IIª Revolución Rusa, esta vez triunfante. La zarina telegrafió a su esposo y abandonó la capital con sus hijos, dirigiéndose a su encuentro, lo que constituyó un gravísimo error.

También informaron los militares al alto mando. Este convenció al zar de que no se podían retirar tropas del Frente para acometer una guerra civil, por lo que debía abdicar, en su nombre y en el del zarevich. Tras lo cual apresaron a la familia imperial y la enviaron a Moscú. En parte para calmar a los revolucionarios, en parte para la propia seguridad de la misma. La Duma, que sólo había tenido competencias marginales, se consideró desbordada por los acontecimientos, por lo que designó un comité ejecutivo para resolver la situación. El 2 de marzo dicho comité nombró un Gobierno provisional, presidido por el príncipe Lvov, que trató de apoyarse en el Partido Constitucional Democrático. Hay que tener en cuenta que, dadas las leyes electorales, la Duma sólo representaba a los conservadores y una minoría liberal, ambos procedentes en su mayoría de la aristocracia, cuyas rentas le permitían formar arte del censo, tributario y electoral. La izquierda casi no tenía presencia. Por eso se constituyeron los soviet, para aglutinar y coordinar la oposición extraparlamentaria y los sindicatos obreros, revolucionarios. Al día siguiente se proclamó la República. Imitando lo ocurrido 12 años antes en Moscú, en el que sólo estaban representados los partidos de izquierda, los sindicatos y los anarquistas, incluso los que no eran sindicalistas y se oponían a la existencia de partidos políticos, y las tesis de Lenin, se constituyó un soviet en Petrograd,. Pero ahora, dadas las circunstancias, también incluía a soldados. Nombró un comité ejecutivo provisional, que entró en disputa con el Gobierno recién constituido respecto del poder real. El mayor antagonismo estaba en si debía proseguirse o no la guerra. El soviet emitió una proclama a todos los trabajadores de todos los países, en la que se oponía a toda política de conquista, propugnando una paz inmediata sin anexiones ni indemnizaciones de guerra. Aunque los medios de comunicación no la propagaron, el mero conocimiento de la (segunda) revolución rusa, triunfante, además, llenó de inquietud a los aliados occidentales, que dudaban de que pudiera mantenerse el Frente oriental. Ante tal situación, Lvov comprendió que debía apoyarse en los mencheviques, para atajar el paso a los socialistas revolucionarios.

Lenin estaba en desacuerdo con lo que ocurría, que no se hubiera percibido que había una revolución latente, en la calle, sin que nadie la hubiese recogido, que los dirigentes revolucionarios hubieran permitido que se desarrollase espontáneamente, sin encauzarla. Y que sacasen provecho de ella los sectores más moderados. Así que entró en negociaciones con el Gobierno y los militares alemanes para que le permitieran volver a Rusia. Con el beneplácito del emperador, se llegó al acuerdo de que, junto con su esposa y sus más directos colaboradores, cruzaría la frontera suiza, toda Alemania, y la frontera danesa, en un vagón de mercancías de ferrocarril cerrado y precintado -el antecedente y equivalente a lo que hoy se denominan contenedores, aunque éstos tienen la ventaja de servir para distintos medios de transporte- para que no pudiese tomar contacto con ningún miembro del Partido Socialdemócrata alemán. La policía y el ejército, formando dos hileras a ambos lados del convoy, vigilaban en todas las estaciones en las que tenía paradas, en un antecedente de lo que serían los futuros convoyes de deportados a los campos de exterminio, aunque no vigilando dicho vagón, sino para que nadie pudiera acercarse al mismo. Desde Dinamarca embarcarían a Suecia y, desde allí, como pasajero normal del ferrocarril, entrarían en la beligerante Rusia a través de Finlandia. El 6 de abril, incumpliendo sus compromisos electorales y aprovechándose de que Rusia se había convertido en una república liberal, al menos en teoría, el Presidente de Estados Unidos declaró la guerra a Alemania, argumentando que lo hacía para defender la paz (siempre me ha parecido incomprensible tal razonamiento para hacer cualquier guerra) y la justicia en el ámbito internacional, en contra del egoísmo y la autocracia. Es decir, se posicionaba a favor de las democracias, incluso de la rusa, recién llegada, sobrevenida, aún sin consolidar, y de las revoluciones. Pero también, sutilmente, en contra de los imperialismos, con lo que establecía diferencias respecto de Gran Bretaña y Francia de cara a la previsible posguerra. Y se utilizaba como casus belli el torpedeamiento del Lusitania, casi un año después de que ocurriese, si bien las circunstancias hacían esperable que volviera a repetirse un hecho semejante, si el Gobierno no impedía la navegación por aguas británicas o en su derrotero.

La verdad es que había un trasfondo de motivos económicos, entre los que no era menor el perjuicio que la guerra submarina, y también el bloqueo británico, causaba a sus exportaciones. Y que Estados Unidos tenía comprometidos el doble de créditos con la triple alianza e Italia que con Alemania. De forma que si ésta terminaba venciendo sería difícil poder recobrarlos, lo que originaría una brutal crisis financiera, como la que terminaría estallando, finalmente, doce años después. Obsérvense los antecedentes fácticos del futuro Plan del General y premio Nobel de la Paz George Marshall.

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