1.919: Una Paz insostenible

En este ambiente, Majatma (“Alma Grande”, sobrenombre dado por Tagore) Ganddi, un abogado hinduista que había trabajado en Sudáfrica, donde había sido testigo de la más evidente y brutal discriminación racial, no solo hacia los negros, sino, en menor medida, contra los hindúes, tomó las riendas del movimiento nacionalista de la India. Para entonces estaba dividido entre los colaboracionistas con el dominio británico y los que se oponían violentamente a él, luchando también entre sí, y dando justificaciones a la represión colonial. Ganddi analizó cómo la inundación de productos baratos fabricados en Gran Bretaña hacía imposible el desarrollo económico de la India. Y cómo los dominadores obtenían beneficio de ello. Así que, basándose en antecedentes bengalíes, propugnó un camino intermedio: ni violencia ni cooperación. En Holanda se comprendió que se habían salvado de milagro de una invasión alemana. Que era necesario consolidar unas relaciones internacionales basadas en la justicia de respetar la independencia y la neutralidad de los países. Y que ello era opuesto a su comportamiento respecto de su propio imperio. Especialmente en relación a la larga guerra contra Atyej. Así que comenzó una época de remordimiento de conciencia y la teorización sobre un “período colonial ético”, que se cifró en convocar una Asamblea Nacional de 60 diputados, de los que 30 serían indonesios, 25 holandeses y 5 de otras minorías inmigrantes asiáticas. De este modo se inició una senda emancipadora que, teóricamente, permitiría una independización relativamente pacífica. Los violentos “disturbios del arroz” obligaron a dimitir al Gobierno japonés. El Consejo privado (formado por antiguos Ministros, políticos y altos funcionarios) no encontró otro candidato más idóneo para Primer Ministro que proponer al emperador al máximo dirigente del Seiiukai, con lo que se instaura la política de Partidos propiamente dicha. A partir de entonces fue el príncipe Jirojito quien designó a los Ministros, escogiéndolos, hasta 14 años después, entre los partidos políticos con representación parlamentaria. La población se había duplicado en 50 años, alcanzado los 55 millones. Australia sustituyó a Alemania en el dominio de Nueva Guinea. Como Nueva Zelanda también tenía aspiraciones sobre la misma se la compensó con un cordón de islas de sus proximidades.

La ruina en que quedó Europa tras la Iª Guerra Mundial dejó todo el subcontinente iberoamericano en manos de Estados Unidos, que incrementó vertiginosamente sus inversiones. Carranza nacionalizó los pozos de petróleo mejicanos, lo que le valió las mayores protestas estadounidenses y británicas. La crisis del sector estannífero, consecuencia del fin de la guerra mundial, produjo en Bolivia un golpe de Estado que derrocó a José Gutiérrez Guerra. Bautista Saavedra instauró una dictadura que, con capital estadounidense, desarrolló un extenso programa de obras públicas. La implicación de Brasil en la guerra mundial fue un acto más propagandístico, de orgullo nacional y para conseguir un mayor prestigio externo que realista, pero que iba a servir de antecedente respecto de la participación, forzada por Estados Unidos, brasileña y de otros países iberoamericanos en la IIª Guerra Mundial. Concluida la guerra, al reducirse la demanda internacional de materias primas y bienes de lujo, como el café, se produjo una gran crisis económica que llenó el país de indigentes y trajo la inestabilidad social y política. Dada la dependencia respecto del café, intentando controlar su precio se prohibieron las nuevas plantaciones, y se almacenaron cosechas con intención regulatoria. Paraguay había permanecido neutral durante la guerra. Tras la misma permaneció completamente cerrado a cualquier influjo externo, lo que permitió cierta estabilidad interior. En 1.919, Afgganistán consiguió su independencia. En las “negociaciones de paz” respecto de la Iº Guerra Mundial, participaron 27 Estados y 5 Dominios, pero ninguna de las naciones derrotadas, con las que, teóricamente, debía “negociarse”. También se excluyó a la República Socialista Federativa Asamblearia Rusa, tanto por ser “bolchevique” como bajo la excusa de que había negociado directa y anticipadamente con los alemanes ¿Qué se “negoció”, entonces? Pues el reparto de las colonias y territorios que debían desgajarse, las indemnizaciones de guerra y las condiciones que debían imponérseles a los derrotados. Aunque, en realidad, sólo los “tres grandes” (representados por el Presidente Wilson y los Primeros Ministros Lloyd George y Clemenceau, Le Tigre o “El padre de la victoria”) tuvieron la voz cantante, como era de esperar. Pero ni siquiera éstos convergieron en los criterios que debían prevalecer.

Como ya se había demostrado respecto de las condiciones del armisticio, una vez que se hizo evidente que la participación de Estados Unidos (que había sufrido 126.000 muertes por dicha participación en tal conflicto) dejaba de ser imprescindible, Wilson constató que no podía hacer carrera de sus aliados europeos. Particularmente Clemenceau colmó las exigencias de nacionalismo y revanchismo francés, que había sufrido 1.357.000 muertos en combate, a lo que se sumaban las humillaciones, muertes, sufrimientos, actividad revolucionaria, enfrentamientos y represión interna, incluyendo la “conquista” y escarmiento (fusilamientos extrajudiciales, ejecuciones de sentencias de muerte, deportación a las colonias, condenas a trabajos forzados o encarcelamientos) de (la Comuna de) París e indemnizaciones por la anterior guerra franco-prusiana. Por ejemplo, el lugar elegido para la firma, la galería de los espejos del palacio de Versalles, antigua residencia veraniega de los monarcas franceses, era el mismo en el que, de forma igualmente humillante, en aquella ocasión para Francia, se había forzado a ésta a reconocer su derrota, a entregar parte de sus territorios y comprometerse a pagar indemnizaciones de guerra para conseguir la liberación del ejército ocupante tras dicha guerra franco-prusiana. Y en el mismo lugar en que se había proclamado, de modo aún más humillante para los franceses, ya que fue Francia la última que se oponía a ello, e injustificadamente en territorio francés, el II Reich, 48 años antes. Ahora éste había desaparecido, y la nueva República de Alemania, que había sufrido 1.770.000 muertes en la guerra (cantidad increíblemente baja, dado el indudable protagonismo, agresividad, combatividad e iniciativa en los ataques y ofensivas que había desplegado en todos los Frentes, ligerísimamente superior a las rusas, que sólo actuaron en su territorio y casi siempre a la defensiva) no sólo debía entregar todas sus colonias, sino extensos territorios en el Este (la mayor parte de las provincias de Posnania y de Prusia Occidental, y ciertas zonas de Pomerania ulterior) que pasarían a engrosar la nueva República de Polonia. Con ello Prusia Oriental quedaba separada del resto de Alemania, aunque se le “cedía” un amplio “pasillo” para unirlas, que, a su vez, incomunicaba los territorios polacos.

Dicho “pasillo” se iniciaba en la ciudad de Danzig (Gdansk para los polacos) enclave al que se confería el status de Estado libre bajo tutela de la Sociedad de Naciones, igual que la industrial y carbonífera (cuyas minas podrían ser explotadas por Francia) cuenca del Saar (Sarre para los franceses) ésta durante un plazo de 15 años. La tercera parte de la no menos industrial Alta Silesia (en alemán Schlesien) se dio a Polonia. Alemania, para impedirlo, convocó un plebiscito, que ganó. Pero la población de etnia polaca respondió con tres levantamientos, por lo que la Sociedad de Naciones obligó a su entrega. Alsacia-Lorena y Eupen-Malmedy, tomados a Francia 48 años antes, retornó a ésta y se entregó a Bélgica (que había sufrido 13.716 muertes) respectivamente. Dinamarca vio expandir su frontera hacia el Sur, llegando hasta la línea Flensburg-Hoyer. Con todo ello Alemania perdía una octava parte de su territorio, un 10% de su población, un 30% de su producción carbonífera y el 75% de su mineral férreo, además de buena parte de su producción siderúrgica, de trigo, cebada y patata. Se estableció una franja desmilitarizada, no simétrica, sino sólo del lado alemán (igual que se hace actualmente en la frontera del Líbano, y antes se hacía con Egipto y Siria, respecto de Israel) de 50 kmtrs. de anchura. Además debían demolerse todas las fortificaciones alemanas al Oeste del Rin. Es decir, más incentivos para que un nacionalista furibundo consiguiese el favor popular exigiendo la anulación de tales condicionantes. Los franceses aún hicieron peticiones más ambiciosas, aunque Lloyd George, cuyo país había sufrido 908.300 muertes, consiguió atajarlas. Se establecieron fronteras artificiales, sin consideraciones geográficas, históricas, culturales ni económicas, atendiendo sólo al concepto de “nacionalidad”. Es decir, criterios étnicos. Lo que significaba poner sobre el tablero problemas raciales. Es decir, racistas. Y vincular futuras expansiones o modificación de fronteras las consecuentes “limpiezas” étnicas y deportaciones y expatriaciones en masa. Como ocurriría, aparte de las provocadas por Hitler, con las poblaciones autóctonas de Irlanda del Norte o Palestina. Hungría perdió el 70% de su territorio y el 60% de su población, sin respetar siquiera los límites estrictamente magiares. Károlyi dimitiría por todo ello, lo que conllevaría terribles consecuencias.

Mientras algunos Estados fueron descuartizados, como los imperios austro-húngaro, que había sufrido 1.200.000 muertes, y otomano, que había sufrido 325.000 muertes, se formaron otros multiétnicos, como el Reino de los Servios, Croatas y Eslovenos, lo que más tarde se conocería como Yugoslavia, que había sufrido 45.000 muertes, engrandecido en premio a su participación y prolongada resistencia, en solitario, frente a los Imperios Centrales, del lado del Entente. O como la República de Checoslovaquia, formada por Chequia y Eslovaquia. También Rumania, que había sufrido 335.700 muertes, vio incrementado su territorio, integrando Transilvania, la Bucovina y el Banato, con lo que duplicaba su extensión y población. Consciente de que todo lo debía a las potencias vencedoras, ya que temió que Alemania se quedase con lo que había conquistado que anteriormente “pertenecía” al imperio zarista, estableció una sólida relación con Francia, asumiendo Bratianu un importante papel en la Sociedad de Naciones. Polonia, renacida a la independencia, ahora como república, incluía Galitzia y gran parte de Ucrania, lo que no podía sino originar, de inmediato, la guerra con la República Socialista Federativa Asamblearia de Rusia, a la que, a pesar de haber sufrido 1.700.000 muertes (en realidad no hay cálculos suficientemente creíbles sobre la contribución en vidas humanas del imperio ruso) la segunda mayor cifra de la guerra, sólo superada por Alemania, sin computar la mortandad de las hambrunas, miserias y enfermedades concomitantes, acciones revolucionarias y contrarrevolucionarias, y represalias y represiones mutuas, se castigaba por revolucionaria y por haber negociado la paz separadamente, sin considerar su cumplimiento del acuerdo de iniciar la invasión de Alemania, aunque no estaba preparada para ello, para descargar el ataque alemán contra Francia -lo que podría haber sido la clave de que aquella no cumpliese sus planes de una rápida victoria, al verse obligada a dividir sus fuerzas- amputándole, además, las Repúblicas Bálticas del Sur (Lituania, Letonia y Estonia) conquistadas por Alemania, y la de Finlandia, que se había autoproclamado independiente aprovechándose de la instauración de la Iª República rusa, la liberal, tras la segunda revolución, la de febrero.

Bulgaria, que había sufrido 87.500 muertes, fue castigada por atacar al reino de Servia, cediéndole a éste territorios fronterizos, y a Rumania, con la Dobrudya. Además debió ceder la costa tracia a Grecia. Quizás por las relaciones históricas de este país con Gran Bretaña, que ésta esperaba restablecer, pues, a pesar de los sucesivos golpes de Estado y presencia de un abundante ejército de los aliados en la isla de Creta, donde se había establecido el Gobierno golpista del derrocado Vasconzelos, y la turca península de Gllípoli, no había hecho nada por participar en dicha guerra. Todo ello se fue concretando en Tratados simultáneos o posteriores al de Versalles. En Saint-Germain, con Austria, a la que reconocieron su independencia prohibiéndole un Anchluss con Alemania si no lo autorizaba la Sociedad de Naciones (es decir: los propios vencedores e impostores de tales condicionados) ni con las zonas de mayoría germánica de Bohemia y Moravia, tal como habían pretendido algunos elementos nacionalistas. Con ello Austria quedó como una pequeña república entre los Alpes y el Danubio, con escasa producción de alimentos e infraestructura económica. Sin embargo el trato benévolo de los vencedores, la ayuda externa, la resignación popular y una buena administración consiguieron el milagro de su estabilización económica en breve plazo. Todo ello, junto a los problemas de la República Alemana y el centralismo que ésta imprimía a su organización estatal, hicieron que muchos abandonasen cualquier deseo unionista. En Neuilly se firmó el Tratado con el Reino de Bulgaria, que heredaba la disputa por Macedonia. O el del Trianon, con el Reino de Hungría, que heredaba el conflicto por la posesión del Banato. Tampoco se respetó el propagado principio de las nacionalidades cuando podían beneficiar a los derrotados antiguos imperios centrales. Así los Sudetes (Bohemia) de mayoría étnica alemana, quedaron en poder de Checoslovaquia. El Sur del Tirol se lo anexionó Italia (que había sufrido 650.000 muertes, a pesar su tardía incorporación al conflicto, cuando la capacidad ofensiva de los imperios centrales parecía haberse agotado, y sólo defendió un pequeño Frente, con mucha ayuda aliada) que tampoco quedó conforme con ello, y aún deseaba más: el denominado irredentismo italiano.

Además de las partes perdidas por Hungría, que también disgregaban su unidad cultural, aunque no étnica. Se puede considerar, con bastante objetividad, que la IIª Guerra Mundial fue la consecuencia de la Iª, mal resuelta, mal conclusa. Es una simpleza echar la culpa al loco de Hitler ¿Por qué una nación se dejó dominar por un loco? Pero las condiciones estaban establecidas para que un “loco”, un aventurero político, nacionalista y con suficiente apoyo popular insuflara a las masas de las poblaciones derrotadas para exigir el incumplimiento de lo pactado y la restitución de los territorios arrebatados. Por las buenas o por las malas. En el “Tratado de Paz” se utilizó la coartada de los nacionalismos y las nacionalidades y las “justas” reparaciones para reconstruir el mapa europeo según interesaba a los vencedores de dicho Continente. Se pretendió privilegiar a unos países para debilitar a otros. Con ello se incitaba a los distintos pueblos “castigados” a desear que se revirtiese la situación, de modo más o menos manifiesto. Sin embargo, en lugar de una pléyade de repúblicas democráticas, sustentadas en ámbitos nacionales de semejante lengua, cultura y tradición, en los que arraigase el liberalismo, el respeto hacia sus vecinos, y, también hacia las grandes potencias, sólo surgieron resentimientos, revanchismo, exclusivismos e insolidaridad, consecuencia lógica del nacionalismo. El hecho de que en algunos casos los nacionalismos fueran excusas y en otros se despreciasen, separando distintas etnias o culturas, o se agrupasen varias de ellas, sobre todo en los nuevos Estados plurinacionales, multiétnicos, multiculturales, alentó la desconfianza, los agravios comparativos, las exigencias, los independentismos o anexionismos, con sus consecuencias de exclusiones, represiones, Estados-policía, desprecio de los derechos nacionales o incluso civiles y, finalmente, regímenes dictatoriales. Algunos, incluso, eran “Estados imposibles”, sin propia capacidad económica de supervivencia. El cierre de salidas al mar, la principal vía abierta al comercio a largas distancias, para algunos Estados, permitía la revancha, la insolidaridad, la competencia desleal, injusta, el cierre de fronteras, el bloqueo económico, en represalia o protesta, y estimulaba las soluciones violentas, de fuerza.

Hitler exigiría la reunificación nacionalista alemana, reconvertirla en un “Estado nacional”, lo cual requeriría el desplazamiento de grades masas de población, lo que se utilizaba como argumento para exigir el “espacio vital”, “un lugar bajo el sol” para albergarlos. Y la simétrica expulsión de otras etnias o culturas “no nacionales”. Por ejemplo: los judíos. O los gitanos. Es decir, volver a las fronteras anteriores o incluso engrandecerlas. Japón seguirá un razonamiento parecido, propagando la sustitución del injusto imperialismo “occidental” por el autodominio de los propios asiáticos. Es decir, por ellos mismos, que para ello habían demostrado su capacidad dominadora, el uso victorioso de un ejército moderno, “occidentalizado”, por el propio imperio japonés, que, desde luego, era asiático, aunque no lo pareciera en su estructura, organización y efectividad, y. por tanto, se consideraba con mayor derecho a ello. Italia, fracasado su intento de adquirir más territorios a costa de Austria o el Reino de los Servios, Croatas y Eslovenos, también se dirigió a la senda del imperialismo, lo que la llevaría no sólo a Libia, sino a Etiopía, entrando en confrontación con los intereses británicos. En tal situación la Sociedad de Naciones se mostraría incapaz para cumplir el fin para el que, hipotéticamente, había sido creada (mantener la paz) puesto que, en realidad, su objetivo era mantener la primacía de los vencedores europeos. Algo parecido, incluso más descaradamente, aunque a favor de Estados Unidos, se repetiría 28 años después con la Organización de las Naciones Unidas, lo que explicaría su actual desprestigio. La República de Checoslovaquia, de la mano de Tomás Masaryk y su Ministro de Asuntos Exteriores, Edgard Benes, se convirtió en el más democrático y liberal, y económica y políticamente estable, de los herederos del descuartizado imperio Austro-Húngaro. En parte fue debido a la capacidad fabril que habían alcanzado, y a las esperanzas depositadas en la independencia, según prometían los nacionalistas. Sin embargo, preocupados por ello, especialmente por los eslovacos y los germánicos de los sudetes, que recibían el apoyo externo de Hungría y Alemania, respectivamente, “justificándolo” como defensa de las minorías, organizaron un Estado estrictamente centralista. Además estaba el problema revolucionario.

Francia lo comprendió perfectamente y apoyó de modo incondicional a dicho país, que consideraba una avanzadilla de la democracia, el liberalismo y la cultura occidental, hasta que Gran Bretaña la obligó a ofrendarla al nazismo, 20 años después. El engrandecido Reino de Servios, Croatas y Eslovenos nacía con graves tensiones. Los croatas, antes integrados en el imperio austro-húngaro, eran católicos, mientras los servios eran ortodoxos, habían conseguido la independencia por sí mismos, habían luchado contra los austro-húngaros y alemanes, y se oponían al centralismo. Por el Tratado de Sèvres, Turquía se quedó reducida a una parte de Anatolia, perdiendo todos sus territorios europeos, excepto Estambul y un pequeño traspaís. Gran Bretaña se quedó con un “mandato” sobre Irak y Palestina. Francia con el “protectorado” de Siria, que se internaba en Cilicia, incluyendo lo que hoy conocemos como Líbano, la antigua Fenicia. Italia se quedaba con el Sur de Anatolia y algunas islas del Egeo. La península arábiga confirmó su independencia, que había conseguido la dinastía Saud por sí misma, aunque debía aceptar la influencia británica, que, de esta forma conseguía su apetecida unión terrestre con el golfo Pérsico, camino de la India, desde Egipto, como había proyectado hacer Napoleón. Con ello daba seguridad, garantías, a su control sobre el canal Suez/Port-Said. A Grecia, Turquía debió cederle el resto de la Tracia y otros territorios europeos, la mayor parte de las islas egeas, e incluso la zona de Esmirna, ya en Asia Menor. Sin embargo la revolución nacionalista turca no estuvo conforme con ello, lo que terminó en guerra, como era de esperar. Portugal, que, como la mayoría de las pequeñas naciones, apenas tuvo participación en las negociaciones, en compensación por su escasa participación en la guerra, del lado británico, y quizás también por la secular relación (de dependencia) con dicho imperio, recibió la región de Quionga, en Mozambique, ocupada por el ejército portugués, y que años antes le habían arrebatado los alemanes. Los espartaquistas trataron de convencer a los cabecillas revolucionarios para que se integrasen en el nuevo Partido Comunista, pero prefirieron seguir en el Partido Socialdemócrata Independiente.

Continuando con su estrategia de recuperar el poder único, el 4 de enero el Gobierno destituyó al presidente de la policía, de dicho Partido, que se había negado a reprimir las manifestaciones obreras durante la Crisis de Navidad. En protesta se organizó una manifestación para el día siguiente, domingo. Cientos de miles de personas, muchas de ellas armadas, se dirigieron al centro de Berlín. Por la tarde habían tomado las estaciones de ferrocarril, el barrio de la prensa y el periódico socialdemócrata. Nuevamente un movimiento revolucionario espontáneo, sin plan, sin objetivos, sin estrategia, sin nadie que se decidiese a tomar las riendas y encauzarlo. Sin que tampoco las masas tuviesen claras sus intenciones ni aceptasen a unos dirigentes concretos, distintos de los socialdemócratas, como habían demostrado reiteradamente, a pesar de las notorias traiciones de estos. Se reunieron en la Jefatura de Policía y eligieron un Comité Revolucionario Provisional de 53 miembros. Entonces Liebknecht dio el paso decisivo, proponiendo que se derrocase al Gobierno, e iniciar la lucha armada, lo que fue asumido por dicho Comité. Es curioso que pudiera imponer tal propuesta, extremista y aventurera, cuando días antes habían sido rechazadas sus propuestas de acción, mucho más moderadas, lo cual sólo puede explicarse en que habían conseguido imponer una mayoría espartaquista, ya integrados en el Partido Comunista, en dicho Comité Revolucionario Provisional. Es lo que se conoce como levantamiento espartaquista o comunista. Roza Luksemburg se opuso, como la mayoría del Partido Comunista, considerando que el momento no era el adecuado. Sin embargo sus activistas simultáneamente intentaron atraer las simpatías del ejército, lo que tampoco consiguieron. Ni siquiera de la División de Marina del Pueblo. La prensa burguesa no sólo pedía la intervención de los recientemente reclutados Freikorps, sino que se asesinase a los espartaquistas, a los que se culpaba de la situación: todo discurría por el camino del fascismo. Como dicen los norteamericanos: no hay problemas sino oportunidades; los problemas surgen cuando se desperdician las oportunidades. Las grandes empresas aportaron enormes cantidades para pagar a los Freikorps.

Entre ellas la Sociedad General de Electricidad, en alemán, en siglas, A.E.G., presidida por el judío Rathenau, hijo del fundador, un “liberal de izquierdas” convencido de la superioridad de la raza blanca, más exactamente la alemana, denigraba de los judíos que no querían integrarse, a los que consideraba una banda de extranjeros vestidos de forma extravagante y mantenía que la democracia sólo era útil para los mediocres que frecuentaban las tabernas. En realidad, la mayoría del pueblo había terminado aceptando los postulados mantenidos siempre por los conservadores: que la democracia sólo servía para exaltar a las turbas, favoreciendo la demagogia, el fraude y la corrupción. Los contrarios a ella vieron su oportunidad, y comenzaron una campaña que propagaba que se habría ganado la guerra, la estaban ganando en todos los Frentes, si no hubiese sido por la “puñalada por la espalda” de los revolucionarios traidores a la patria, “los criminales de noviembre”, insulto que más tarde se amplió a todos los que participaron en el derrocamiento del emperador y a traer la democracia o propagaron tales peticiones, incluyendo especialmente a los socialdemócratas, a pesar de haber colaborado con los militares, votado en el Parlamento sus exigencias de créditos adicionales de guerra, traicionando las anteriores acuerdos de la IIª Internacional, la Socialdemócrata, pretender el mantenimiento de la monarquía, dirigir la represión contra los revolucionarios y consolidar el orden y el régimen parlamentarista. Se les culpó de todos los desastres de la posguerra, como el hambre, el “Tratado de paz”, la pérdida de territorios, las humillaciones internacionales, el desempleo, la inflación de precios, la depresión económica internacional, etc., lo que recuerda la situación actual de España. El Partido Socialdemócrata Independiente se ofreció para mediar entre el Gobierno y los revolucionarios, lo que Ebert aceptó, mientras seguían regresando tropas a Berlín. Simultáneamente, Antón Drexler, un cerrajero que trabajaba para los ferrocarriles, y Karl Harrer, un periodista, fundaron el contradictorio Partido Obrero Alemán, que mezclaba un exacerbado nacionalismo con algunas pinceladas socialistas, como la nacionalización de los Bancos y grandes industrias, y la planificación económica. Pero no desde una visión de lucha de clases, sino para así lograr el engrandecimiento de la Patria.

El 8 de enero las negociaciones con los socialdemócratas independientes se rompieron, con lo que Ebert consideró llegado el momento, dando orden a las tropas de que atacasen al día siguiente, en que comenzaron a sofocar violentamente la revolución. Una situación semejante a la represión de la Comuna de París tras la derrota francesa en la guerra franco-prusiana. El 12 entraron en Berlín los antirrepublicanos Freikorps, bajo el mando de Noske. Desalojaron brutalmente varios de los edificios que los revolucionarios habían tomado, fusilando inmediatamente a sus ocupantes. Hubo cientos de muertos sólo en Berlín. Los demás se rindieron rápidamente. Roza Luksemburg y Liebknecht debieron esconderse. Sus camaradas les pidieron que huyeran, pero se negaron a hacerlo. La noche del 15 de enero fueron descubiertos por los Freikorps e “interrogados” a culatazos. Al parecer Roza Luksemburg murió a causa de ellos. Liebknecht perdió el conocimiento y le remataron de un tiro en la nuca. Ni la policía, ni la justicia ni el Parlamento realizaron ninguna investigación. Los culpables no sólo no fueron juzgados ni castigados, sino que los nacional-socialistas les premiarían por ello, otorgándoles una recompensa. Más de 40 años después, el capitán de la unidad que realizó tal apresamiento e “interrogatorio”, tortura y asesinato, declaró que Noske había dado su consentimiento telefónico. Diez años más tarde se descubrió anotado en su diario personal que Ebert había estado presente en dichos “interrogatorios”, tortura y asesinatos. Aunque también podría ser una táctica más para desprestigiar a los socialdemócratas y, en conjunto, a los demócratas.

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