1.815, 18 de junio: Waterloo

Pero también de las fronteras, hasta su situación anterior a la Revolución Francesa. Al menos hasta antes del guillotinamiento de Luis XVIº. Y asegurarse que un revanchismo o nuevo expansionismo francés, o ningún proceso revolucionario en ningún país generase “más problemas”. De modo que el resultado final fue una reestructuración europea, un nuevo reequilibrio de poderes, de repercusión equivalente a las paces de Westfalia, de 166 años antes, o de Utrecht, 101 años anterior, es decir, 65 después de aquella. Lo constituían representantes de las 5 grandes potencias: Metternich por Austria, Castlereagh por Gran Bretaña, Alejandro Iº y Nesselrode, que se turnarían en representación de Rusia, Hardenberg y von Humboldt por Prusia, y Talleyrand por Francia. Además de 90 príncipes soberanos, 53 señores territoriales mediatizados por los anteriores, 215 cabezas de otras dinastías, y numerosos representantes de otros Estados e intereses, como los suizos, los judíos de Frankfurt, o los representantes del Papa. En muchos casos acudieron con todos sus familiares, en especial las dinastías reinantes o repuestas en sus tronos, con su numeroso séquito, lo que hizo de Viena una especie de feria permanente, que suplió en brillo, fastuosidad y esplendor cultural a París. Quizás también influyera en eso el temor de despertar nuevas iras revolucionarias entre los franceses. Particularmente destacaron los bailes y los conciertos, que iban a ser señas de identidad vienesas prácticamente durante todo el siglo. En tal ambiente se estrenaron la 7ª Sinfonía de von Beethoven, y la obra que dedicó a Wellington por su triunfo de Vitoria. Sin embargo no todo fueron vino, rosas, bailes, fiestas y conciertos. El ambiente se agrió cuando Rusia y Prusia plantearon despedazar la monarquía reinante, simultáneamente, en Sajonia y Polonia, impuesta en ésta última por Napoleón.  Austria y Gran Bretaña firmaron un pacto secreto para evitar que un nuevo repartimiento de Polonia supusiera una ruptura del equilibrio europeo. Desde mucho tiempo atrás Grecia disfrutaba de una especial consideración por el imperio turco: autoadministración local e influncia de la Iglesia ortodoxa y la aristocracia comercial griega, que monopolizaba gran parte del comercio otomano.

Todo ello representaba señas de identidad nacionalista, lo que, posiblemente unido a propaganda secreta rusa, cuyo objetivo era destruir el Imperio Turco para expandirse a su costa, cristalizó en multitud de sociedades secretas, apoyadas, sobre todo, por comerciantes de Azenas y Odesa. Al poco tiempo los comerciantes griegos las difundieron y apoyaron mediante sus proveedores y clientes por toda Grecia, y los comerciantes griegos establecidos en Constantinopla y por toda Europa, desde donde realizaron una sistemática, constante y bien elaborada propaganda sobre la opinión pública (antecedente de lo que sería el futuro sionismo) al tiempo que preparaban la insurrección. El núcleo de la administración tradicional hindú era la aldea, donde se regulaban las relaciones sociales y económicas. Era autárquica, en el sentido de que producía cuanto necesitaba (o podía adquirir) y consumía cuanto podía producir. Los oficios artesanales se heredaban, como en la Europa medieval. Los británicos alteraron (“modernizaron”) espectacularmente esta situación. Aparecieron grandes propietarios particulares que la East India Company buscaba para encomendarles o subcontratarles la recaudación de impuestos en su ámbito. Una especie de retorno al poder de los magnates, con lo que Roma prácticamente implantó el feudalismo antes de que comenzara la Edad Media. Esto cambió la relación con la tierra, ya que antes el derecho al uso de la misma estaba relacionado con los tributos pagados al Gobierno. La Compañía se quedaba entre un tercio y la mitad de la recaudación, lo que pronto aprendieron a imitar sus delegados. Aunque ambos procedimientos eran opresivos para los campesinos, el nuevo sistema estimulaba la propiedad privada, y, con ello, la aparición de prestamistas, desahucios y acumulación de latifundios. El propósito ideológico, manifiesto, de los británicos, era originar una nueva clase dominante que les estuviera agradecida, que, en parte, dependiesen de ellos y de tal estructura social, por lo que deberían estar interesados en colaborar con el dominio imperial. La Compañía de las Indias Orientales precisaba que se produjesen, para la exportación, determinados productos cuyo monopolio originaría cuantiosísimos y casi seguros beneficios. Para ello la aldea debía dejar de ser económicamente autónoma. El problema era que los productos que garantizaban tal margen comercial eran manufacturas de alta calidad y nivel técnico.

Como ocurriría respecto de los productos chinos, Europa carecía de nada similar con qué intercambiarlos. Se trataba de artículos de lujo para los palacios, plomados, utensilios de cobre (actividad tradicional de los gitanos, es decir, de las tribus del Sinj, o zíngaros) plata, oro, mercurio, etc.. Al principio se pagaba en oro por tales labores de maestría, pero, poco a poco, degeneró en auténtico pillaje. Se puede decir que Inglaterra se convirtió en la primera potencia industrial del mundo gracias a los flujos económicos apropiados, expropiados, expoliados, a la India, con más razón de lo que se ha cunatiaficado, con inmensas disvergencias, respecto del tráfico y empleo de esclavos, plantaciones de azúcar, algodón y tabaco, y, todo ello, estimulando la construcción naval y la industria y distribución de tales productos. En una segunda fase se planteó incrementar el número de beneficiarios de dicho expolio. El sistema que le daba apoyo legal a ello era el comercio. Y esto significaba que los hindúes debían comprar los productos acabados ingleses, al tiempo que el imperio británico debía dejar de adquirir los procedentes de la India. Y que la Honorable Compañía de las Indias Orientales debía perder su monopolio. Si ésta había podido vender en Gran Bretaña seda o algodón un 50 ó 60% más baratos que los de otras procedencias, a partir de entonces se les gravó con aranceles del 70 % ¡Los librecambistas! ¡Los que hacían guerras en defensa del libre comercio… para ellos, sólo para ellos, sólo para su beneficio! En cambio los productos ingleses quedaban prácticamente exentos de derechos de aduana. Millones de artesanos se quedaron sin medio de subsistencia y debieron abandonar las ciudades, volver al campo. Es decir, el proceso inverso al que se producía en la “modernización” europea. A partir de entonces las aldeas hindúes dejaron de ser autárquicas: ni podían mantener su población con sus productos ni podían prescindir de venderlos en los mercados más amplios, por más que la desnutrición fuera evidente. Se puede decir que la implantación del capitalismo en Inglaterra conllevó el simultáneo impedimiento a que la India, que estaba preparada, económica, aunque no políticamente, para un proceso semejante, pudiera hacerlo. Para entonces Inglaterra exportaba a la India un millón de yardas (algo menos de un metro) de tejido.

Pero los efectos más persistentes de la dominación británica en la India se iban a producir en el orden político, social, religioso, cultural e intelectual, no sólo en el económico. Se iniciaron éstos en Bengala, por donde comenzó a introducirse el dominio británico. Un historiador hindú llegó a comparar dicha zona con la Azenas de Pericles. La modernización pasó de allí a Bijar, Orissa, el Indostán y el Decán. Aparecieron nuevas formas literarias y transformaciones lingüísticas. Los hindúes casi no ofrecieron resistencia a todos esos cambios, pués siete siglos de dominio extranjero habían acabado con su conciencia de identidad. Sin embargo los nuevos dominadores eran de una condición muy distinta a los anteriores. Su peculiaridad era la discriminación racial e ideológica. Ahora los mahometanos, durante todo un siglo, pasaron a considerarse intrusos, extranjeros. Hindúes y mahometanos comenzaron a constituir y percibirse como comunidades separadas, casi sin contactos entre ellos. El hindú que hubiese tomado alimentos mahometanos, aunque fuese sin saberlo, quedaba expulsado de su casta. Lo que no podía significar sino ser degradado a una inferior. Obsérvese la similitud con los planteamientos judíos y antisemitas, inquisitoriales. La hindú que tuviese contacto con un mahometano perdía su religión, por lo que debía hacerse mahometana y pasar a tal comunidad, junto con toda su familia. Los británicos llegaban incluso a adscribir distintas aptitudes físicas, espirituales y morales a ambos grupos sociales. Las primeras escuelas inglesas se fundaron en Calcuta y Chinsara, desde principios de siglo. Ram Mohan Roy perteneció a una familia de brajmanes ortdoxos. Estudió persa y árabe, adquiriendo constumbres mahometanas. Después estudió sánscrito y literatura hindú, y escribió varios libros contra la idolatría y el politeísmo. Durante la administración de Digby mantuvo vínculos con la Campañía de las Indias Orientales. Estudió inglés y se mostró interesado por la política europea. A continuación fundó una nueva secta que se conocería como Brajma Samach, Brajma Sabba o Sociedad para un Dios Unico. Reclutó sus miembros entre la nueva clase media, desconocida antes en la India. Aunque consideraba como tales a muchos que sólo eran simpatizantes. Poco después apareció en Calcuta un movimiento opuesto, el Ddarma Sabba, un grupo ortodoxo hindú.

Durante la “segunda guerra de independencia” estadounidense, los “halcones de la guerra” (war hawks) del Sur y del Oeste impusieron al dubitativo Presidente Madison incursiones en los territorios de La Florida y Canadá, con intenciones expansionistas. En esta colonia apoyaron los intentos de desintegración de Nueva Inglaterra, lo que constituía una seria amenaza para el Imperio Británico. Este contraatacó en territorio estadounidense, de modo que el enfrentamiento se enquistó, durante dos años, en la zona de los Grandes Lagos. Tras la paz con Francia, el Reino Unido decidió acabar con dicha situación. Sus tropas desembarcaron de nuevo en sus antiguas colonias, en Baltimore, tomaron Washington e incendiaron el flamante, bello y neoclásico Capitolio, nombre romano (donde se analizaban, reflexionaban y debatían las normas, en capítulo, o sea, pequeñas reuniones, que encabezaban las sesiones en plenario del Senado, acepción más tarde asumida en los conventos, aunque referida a toda la comunidad monacal) para identificar la sede parlamentaria, y el ala Oeste de la Casa Blanca, igualmente recién construida y neoclásica -aunque a mí me resulta desproporcionada, pretenciosa y poco estética- sede presidencial y del Gobierno. Simultáneamente debían dirigirse a Nueva Orleáns, mientras otra invasión, procedente de Montreal, debía aislar a Nueva Inglaterra, tomando Nueva York. Sin embargo tan grandiosos planes resultaron impracticables. A los ciudadanos británicos nunca les pareció bien una guerra contra los que, en su mayoría, también consideraban igualmente británicos. Por este motivo tuvieron que reclutar mercenarios en Hesse para la primera guerra de independencia, lo que enfureció a la ciudadanía de ambos lados del Atlántico. Como ocurriría después cuando llegaron a utilizar tribus indias. O, en la IIª República Española, cuando Franco utilizó mercenarios marroquíes, además de tropas nazifascistas, para acabar, transitoriamente, con la democracia en España. Agotados como estaban los británicos de guerras, tras esta venganza se llegó al Tratado de Gante entre el Imperio Británico y Estados Unidos. Tanto uno como otro escarmentaron de lo ocurrido y no volverían a enfrentarse militarmente, solucionando, en el futuro, pacíficamente, sus diferencias, tanto fronterizas como comerciales o de bloqueo naval.

Aunque esto fue debido principalmente a una actitud subordinada, incluso servil, que, poco a poco, fue adoptando Gran Bretaña respecto de Estados Unidos. El fin de la guerra contra Napoleón permitió a Fernando VIIº enviar a América mayor cantidad de efectivos, dificultando el proceso independentista. Así, tras el envío de contingentes de tropas peninsulares, gran parte del imperio fue recuperado. Tras la batalla de Cancha Rayada el independentismo en Chile quedó derrotado. Tras lo cual los españoles reconquistaron Quito. En 1.815 moriría Gaspard Monge, creador de la geometría descriptiva. El astuto Talleyrand aprovechó la ocasión que se le presentaba para acabar con el desprecio y olvido al que se sometía a Francia, relegándola a potencia de segundo orden y marginándola de las deliberaciones de las primeras potencias en el congreso de Viena, al adherirse, el 3 de enero, al pacto entre austríacos y británicos en defensa del doble reino de Sajonia-Polonia. El 8 de febrero, Gran Bretaña logró imponer, en dicho congreso, una declaración contra la trata de esclavos: como ocurre actualmente con las drogas, su tenencia no estaba prohibida, pero sí su comercio, lo que no deja de ser una incoherencia. Como dominadora de los mares se responsabilizaba de impedir tal tráfico, lo que, a su vez, reforzaba, e incluso legitimaba dicho dominio. El pueblo francés estaba muy descontento con lo que interpretaban como una vuelta atrás: la restauración borbónica, el retorno de la aristocracia y su estilo de vida, sus lujos y prerrogativas, la recuperación del poder y autoridad eclesiásticos, la pérdida del esplendor, poder y extensión territorial imperiales, y la persecución a los bonapartistas y revolucionarios. Y, todo ello, en una situación económica muy desfavorable. Se presagiaba que deberían hacer inmensos esfuerzos para restablecerla, en castigo por sus años de libertad y sus triunfos en Europa. Que recaerían sobre las clases más pobres, como siempre. Y ya habían quedado agotados por los que les exigió Napoleón. Sólo que éste sabía darles compensaciones. Las más de las veces ilusorias. O, al menos, esperanzas de un futuro esplendoroso. Ahora sólo cabía esperar el retorno del esplendor de los lujos aristocráticos. Napoleón interpretó correctamente la situación y, el 1 de marzo, desembarcó en Cannes, para iniciar su nuevo “reinado de los cien días”. Recorrió a pie, al frente de sus soldados, el camino a París.

El rey envió contra él contingentes sucesivos, de sus antiguas tropas. Este, en lugar de hacerles frente, avanzó hacia ellos, les arengó, les recordó su antigua lealtad y el esplendor de Francia y volvió a prometerles más de lo mismo. Sin disparar un solo tiro, con cada contingente que el rey enviaba en su contra, Napoleón iba aumentando sus tropas, acumulando un nuevo ejército con cada uno de los soldados que debían enfrentársele y capturarlo o darle muerte. Prometió reformas democráticas liberales, y, en medio del entusiasmo popular, entró en París el 20 de marzo. Murat, tal vez temiendo la venganza de su cuñado, o porque evaluó incorrectamete la intensidad de la desilusión popular y sus pocos deseos de recuperar la senda revoucionaria, se puso de inmediato de éste, declaró la independencia de toda Italia y se presentó con su ejército en el Po. Pero fue derrotado los días 2 y 3 de mayo por los austríacos, en Tolentino. Intentó volver a Nápoles y reconquistarla, pero fue capturado y fusilado. Gran Bretaña, la única potencia que nunca reconoció al imperio napoleónico ni firmó pactos con él, fue la primera en movilizar un ejército contra su reentronización. A su mando puso al experimentado Mariscal de Campo Wellington, ya ascendido a duque, que ejercía de embajador británico en París y plenipotenciario en el congreso de Viena. Talleyrand aprovechó la coyuntura para hacer hincapié sobre los riesgos de marginar a Francia y despreciar a su pueblo. Mientras tanto los principales Estados alemanes (Austria, Prusia, Baviera, Hannover y Württemberg) en lo que se llamó “asamblea alemana”, dentro del congreso de Viena, trataban de sustituir al desaparecido Imperio Alemán. Así, el 9 de junio se aprobó el acta federativa. Los patriotas alemanes, y Stein, quedaron frustrados, pues en lugar de un Estado poderoso y centralista, se formó la Confederación Germánica: 35 principados soberanos y 4 ciudades libres. Austria y Prusia pretendían capitanear la organización resultante, y se oponían a que lo plantease la otra. Además hubo que garantizar la soberanía de cada Estado de la Confederación del Rin para que aceptasen su incorporación a la Germánica.

Su objetivo era mantener la seguridad interior y exterior de Alemania, salvaguardar la independencia e invulnerabilidad de los diferentes Estados alemanes, y defender los intereses comunes, en tanto que cada uno de ellos podía defender los suyos, tanto mediante la negociación como mediante la guerra. Se estableció la Dieta federal de Frankfurt del Main, un congreso permanente de Ministros plenipotenciarios, bajo la presidencia de Austria, además de un Consejo con fines asesores y de escrutinio. Los Estados pequeños exigieron votos suficientes para oponerse a los grandes. Y éstos, votaciones por mayoría de dos tercios, para impedir que los pequeños les impusieran sus decisiones. La consecuencia fue la inoperancia. No existía un poder ejecutivo, y las leyes precisaban trasponerse a la legislación nacional para entrar en vigor. Obsérvese que se trataba de un antecedente de la inicial Comunidad Económica Europea. Como se requería unanimidad para reformar el acta federativa, su posibilidad de adaptación a los cambios se hacía imposible. Se exigían “Constituciones representativas” en todos los Estados federales. Sin embargo, ni Austria, ni Prusia ni otros lo cumplieron. Además se establecía el “principio monárquico”, lo que significaba que el príncipe ostentaba el poder supremo, y la garantía de los derechos de las clases, lo que, en tal contexto, podía interpretarse como mantenimiento de los privilegios aristocráticos. Tomaban parte en sus decisiones monarcas extranjeros, como el rey de Gran Bretaña, que también lo era de Hannover; el de Dinamarca, que también era duque de Holstein y de Lauenberg; y el de los Países Bajos, que era Gran Duque de Luxemburg. Se incluían en la Confederación los territorios austríacos de Bohemia, Moravia, Carniola, Tirol y Trieste, que aportaban seis millones de eslavos y medio millón de italianos. Sin embargo no se integraron zonas de Polonia, Hungría y algunas italianas, correspondientes a Austria, las provincias de Prusia, y Poznan. Sólo parecía ser operativo el ejército federal, formado por contingentes cedidos por los Estados. Maguncia, Luxemburg, Landau, Ulm y Rasttat pasaron a ser fortificaciones federales. El doble término federal/confederal refleja la confrontación de criterios. Austria utilizó la Confederación para reprimir los nacionalismos. Prusia también envió otro ejército contra Napoleón, a las órdenes de Blücher, al que aquél derrotó el 16 de junio.

Ambos ejércitos aliados, el británico y el prusiano, debían encontrarse en Bélgica. Dos días más tarde, antes de que pudiesen hacerlo, Napoleón intentó deshacerse de los británicos. Wellington adoptó una posición defensiva, a la espera de los prusianos, sobre una colina, en las cercanías de Waterloo. Napoleón la consideró errónea, siguiendo todos los manuales militares, desde tiempos de los romanos, porque tenía un bosque a su espalda. Esto dificultaba la maniobrabilidad, especialmente los repliegues, y estimulaba a los soldados a escapar a su través, desertando. Wellington confiaba en sus veteranos. Desde la colina los disparos de sus artilleros y fusileros tenían más alcance. Podía resistir más fácilmente los asaltos, cuesta arriba, de los franceses. El bosque podía servirles para huir, en último caso, lo que suponía una cierta seguridad para sus tropas, que, de esta forma, resistirían más tiempo sin acobardarse ni darse por vencidas. Claro que, si se llegaba a producir tal retirada, el mismo bosque impediría la reagrupación durante varios días, lo que Napoleón podía aprovechar para derrotar de nuevo a los prusianos y deshacer el ejército británico, antes de que éste se recuperase. A mediodía Napoleón sufrió un intenso dolor de estómago, que unos achacan a una úlcera y otros a un cáncer gástricos, que sería lo que le mató. Algunos historiadores opinan que, en realidad, fue un ataque de hemorroides. Lo cierto es que debieron retirarlo a la cuadra de una granja, en la que durmió una siesta, posiblemente narcotizado. Cuando se repuso volvió a hacerse cargo de la dirección de sus tropas. Entonces descubrió que sus lugartenientes habían lanzado al combate a todas las tropas de reserva. Era una situación semejante a la que se encontraría Rommell, 128 años después, durante la segunda batalla de El Alamein, tras haberse operado en Berlín de una úlcera de estómago. De modo que Napoleón no podría hacer frente a los prusianos si llegaban a presentarse. Su única posibilidad era empujar a los británicos hacia el bosque, antes de que eso ocurriera o de que llegase la noche, lo que daría tregua y tiempo a sus enemigos para tomar contacto. Esforzó a su ejército a ello, y poco a poco, lo fue consiguiendo. La noche estaba cerca y, con ella, el fin de la batalla. Sus soldados estaban eufóricos porque preveían que el triunfo, o el fin del combate, por una u otra causa, estaban cercanos. Así que la presión aumentó y seguían ganando terreno.

Pero entonces sonaron las cornetas prusianas, avisando de su llegada, y se pudo ver la polvareda de su caballería. El estado de ánimo de todos cambió. Los franceses comprendieron que no tenían posibilidad de enfrentarse a dos ejércitos simultáneamente, que no podían abandonar sus posiciones para contener a los recién llegados, ni ningún lugar para resguardarse. El más amedrentado fue el propio Napoleón, que, aconsejado por sus ayudantes de campo, decidió huir en su carromato, hacia puerto. Era la tercera vez que abandonaba a sus tropas, como en Egipto y en Rusia. Esta sería la última. Se escondió en un buque inglés, con la intención de que su aprensión a juzgar y condenar a los reyes volviera a salvarle, lo que no le serviría con los prusianos. Y volvió a darle resultado. Sería enviado a la isla de Santa Elena, en la costa africana, esta vez sin principado, sin guardia de honor, sino como prisionero, aunque real, con sus propios aposentos, libertad para desplazarse por la isla, y manteniendo cenas y conversaciones con el Gobernador de la misma. Abdicó en su hijo, Napoleón IIº, entonces de 4 años de edad, como Emperador de los franceses. El 7 de julio, los aliados entraron otra vez en París. También retornó Luis XVIIIº a tomar el poder. El príncipe Jules Polignac entró a formar parte de la Cámara de los Pares. Para hacerlo debió jurar fidelidad a la “Carta Constitucional” de Luis XVIIIº. Pero no lo hizo de forma incondicionada, sino añadiendo la reserva de que no actuaría en contra de la religión católica. Se trataba de un individuo contradictorio, que había contribuido a la impopularidad de María Antonieta, pero también había participado en la conjura de Cadoudal contra Napoleón: indudablemente no era de fiar. En noviembre se firmó una nueva Paz de París. Tras el recibimiento popular a Napoleón, las condiciones fueron más duras esta vez.

Francia cedía territorios a Prusia, los Países Bajos Unidos (nueva monarquía que aglutinaba a Bélgica, impidiendo que ni Austria ni Francia tuviesen su dominio, y Holanda, bajo el reinado de Guillermo Iº, hijo del último estatúder hereditario de esta última, con lo que Gran Bretaña se aseguraba una base de desembarco en el Continente, por si fuese necesario, y eliminar otro vestigio republicano, tras la experiencia monárquica, al convertir Napoleón en reino a la República Bátava, en holandés Bataafse, nombre de la antigua tribu germánica que pobló la zona en tiempos de los romanos, quien otorgó su corona a su hermano Luis Napoleón) y a Austria. Cerdeña-Piamonte recibía Saboya. Todo ello, además de la unión dinástica entre Suecia y Noruega, significaba un cerco de pequeñas y medias potencias, que podían coaligarse o aglutinarse para reaccionar frente a un ataque de Francia, que era la idea que Metternich consiguió que los demás asumieran. Suiza reafirmaba su status de neutralidad, la única república que permitían que existiese, para que no hubiera ninguna otra simiente que pudiera servir de modelo a imitar. Además, Francia debía pagar 700 millones de francos como indemnización de guerra, y mantener a las tropas aliadas en el Norte y Este del país, durante 5 años. Condiciones semejantes a las que se repetirían tras su derrota frente a la reunificada Alemania, 56 años después, y durante casi toda la IIª Guerra Mundial. Y similares a las que se le impondrían a ésta tras dicha guerra. Recuperaron sus dominios dinásticos Portugal, España, Cerdeña, Toscana, los Reinos Pontificios y Nápoles. Se estableció o restauró la tradición de los segundogénitos de Toscana y Módena creando el reino de Lombardía-Venecia. A María Luisa de Austria, la anterior esposa de Napoleón, cuyo matrimonio se anularía y que posteriormente efectuaría otro morganático, se le entregaba el ducado de Parma. Con todo ello Austria recuperaba el control del Norte de Italia, y se cortaba el paso a movimientos republicanistas, nacionalistas o unitaristas en la península. Al menos así lo creyeron.

Austria compensaba su pérdida de Bélgica y la cesión de territorios a Baden y Württemberg con el Tirol, Corintia, Carniola, Milán, Venecia, Saltzburg y Galitzia, entre otras. Con ello no sólo ampliaba su territorio, sino que aumentaba su zona de seguridad en caso de guerra o ataque por sorpresa, su dominio sobre Italia, y su posición prevalente en la nueva Confederación Germánica. Prusia cedía Ansbach y Bayreuth a Baviera, Frisia oriental y otras a Hannover, y los territorios anexionados de Polonia a Rusia. A cambio consiguió Westfalia, la provincia del Rin (Renania) que incluía las ciudades de Tréveris, Colonia y Aquisgrán (lo cual la convertía en barrera de contención frente a un hipotético expansionismo francés, estableciendo las condiciones para futuras guerras entre ambas, que acabarían implicando a todo el mundo) entre otras, y que Sajonia fuese dividida. Sin embargo, tras el trueque de Lauenberg por la Pomerania sueca con Dinamarca, quedaba dividida económica y confesionalmente, lo que dificultaría su desarrollo y estabilidad política, estimulando el inicio de un proceso unificador alemán. Rusia, la gran triunfadora, se quedó con casi toda Polonia, y asentó su reconocimiento como pontencia continental de primer rango en el concierto europeo.

Gran Bretaña, la otra gran triunfadora, volvía a unirse dinásticamente con Hannover, retenía Malta, Ceilán, la colonia de El Cabo y la isla de Helgoland (“Tierra Sagrada”, pequeña isla danesa, en la actualidad alemana, en el Mar del Norte, que Gran Bretaña conquistó para romper el bloqueo portuario napoleónico) todo lo cual favorecía su estrategia de potencia hegemónica naval. Esto, añadido a su ocupación de Nueva Zelanda y a sus posesiones en Canadá, Australia y parte de la India, la confirmaba como el mayor imperio del mundo. Además se reimplantaba la prohibición de uniones dinásticas entre Francia y España, lograba unos Países Bajos independientes, aunque con pocas posibilidades de defenderse por sí mismos, que podían servirle de cercana zona de desembarco en el Continente, así como la resolución de problemas de derecho marítimo y de las colonias holandesas, y el equilibrio de poder en Europa, por todo lo cual, entre otras cosas, había luchado durante veinte años. El verdadero éxito del congreso de Viena, aparte de coordinar la reacción, fue el reequilibrio europeo. Para ello se adoptaron resoluciones que trataban de consolidar una especie de convivencia pacífica, entre todos. Así se protegieron a las minorías belgas, se garantizaron los derechos de los judíos, se recomendó a todos los Estados que consiguieran su igualdad jurídica (lo cual era una pretensión originalemente enciclopedista y revolucionaria, lo que significa que algo se había asentado en el ideario colectivo y cómo se percibía el peligro de defraudarlo) se reguló la libre navegación por el Rin, el Mosela, el Mosa y el Neckar para todos los países ribereños, el derecho de prensa, en su doble vertiente, como libertad de impresión y como derechos de autor, de copia, pero no en el sentido de garantizar tal libertad, sino de reglamentarla para limitarla, lógica con la mentalidad reaccionaria que alimentaba todo el congreso. En cambio fracasó la propuesta pacifista del zar por la que propuso la reducción general de armamentos en Europa, algo indudablemente anticipado a su época. Incluso en la actualidad. Que sólo fue efectiva, fomentada por Gran Bretaña, durante sólo unos pocos años tras la Iª Guerra Mundial. Napoleón había conseguido que la burguesía se desentendiese de la política. Que dejara de ejercer su propia representación y confiase en los políticos de oficio, escogidos por el emperador, una especie de tecnocracia, que se preocuparía por sus intereses, igual que por los del resto del pueblo.

La derrota de Napoleón y las imposiciones retrógradas del congreso de Viena llevaron la desilusión, incluso el temor, la represión (particularmente en España) a quienes habían defendido y propagado las ideas enciclopedistas y revolucionarias. Ahora la aspiración era la paz y el olvido de la época excitante, de esperanzas, ilusiones, exigencias, luchas, heroicidades, esfuerzos, sufrimientos, guerras, victorias y desastres.  De modo que la burguesía se recluyó en su mundo empresarial y familiar, donde se iría gestando, bien como rechazo, escape, de un entorno tan limitado, rutinario, aburrido, o a consecuencia del sentimentalismo que la vida hogareña generaba, el primer romanticismo, que se caracteriza por la mesura, la autolimitación, el autocontrol, la contención, el recogimiento, entre la resignación y la confianza, la credibilidad, la honradez, la moral, la comodidad, pasar desapercibido, la huida de las exhibiciones externas, pretendiendo capear el temporal reaccionario, evitando llamar la atención, lo que podría atraer la represión de los que habían recuperado el poder, que todos pensaban que, ahora, ya sería de modo definitivo, para siempre. Que se había demostrado que el mundo, “la realidad”, no podía cambiarse. Que la estructura social defendida por los conservadores tenía carácter orgánico, estructural, que ni las ideas ni las Constituciones podían cambiar. Remedando el lenguaje que algunos estúpidos trataron de imponer tras la caídad del muro de la vergüenza, casi dos siglos posterior, sería una primera sensación de “fin de la Historia”. Estúpido, porque la Historia continúa.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s