1.898: El desastre de Cuba

Su espíritu liberal, sus simpatías por los húngaros, y, en general, por todos los nacionalistas (influiría en ello su espíritu romántico y soñador) podía haber sido una oportunidad para frenar la desintegración del doble reino. O, al menos, para haberse distanciado de Alemania, lo que habría impedido el inicio de la Iª Guerra Mundial y, con ello, también de la IIª. Pero todo parecía conjurarse en contra de Austro-Hungría. Y del mundo. Guillermo IIº volvió a visitar Turquía. El abogado Vladimir (¿“La Paz en el Este”?) Ilich Ulianov, bajo el apodo de Lenin (“Oriundo del río Lena”) en la clandestinidad, perteneciente a una familia de clase media, que había estudiado en los jesuitas, inicialmente liberal radical, igual que Marx, había sido desterrado a Siberia y exiliado por sus actividades revolucionarias. Tras analizar concienzudamente las tesis marxistas, aunque algunas de sus interpretaciones, simplificaciones -aportaciones, según otros- pudieron llegar a ser contradictorias, en algún caso, con las originales, se convenció de que, no sólo eran aplicables a la Humanidad en su conjunto, sino también al caso específico ruso, a pesar de las dudas que generaba que Rusia no hubiese llegado a la revolución liberal, a la etapa democrática, ni a la industrialización, lo cual, según Marx, constituía un requisito para el progreso subsiguiente. Concluyó que la obra de Marx era tan inmensa, extensa, densa y profunda, que era imposible que se hiciese popular en su país. Así que inició una admirable tarea divulgadora, simplificadora, aunque, como se ha referido, intercalando sus propias interpretaciones o aportaciones, útiles, oportunas al caso ruso, que le venían bien a su estrategia (lo que podría tacharse de oportunismo, que él tanto criticó cuando provenía de los socialdemócratas alemanes, si bien en este caso eran manifiestamente contrarrevolucionarios) aunque no siempre universalizables. Decidió que, como preconizaba Marx, la teoría, por sí misma, no traería la revolución, sino que había que aplicarla a la práctica. Así que, siguiendo la senda alemana y austríaca, creó el Partido Socialdemócrata ruso. Alemania ocupó Kingdao (Tsingtao) y firmó un Pacto de arrendamiento con China, según la estrategia colonial que seguiría desde entonces. Rusia también haría lo propio con la zona de Port Arthur. Gran Bretaña se quedó con Jong-Kong y Ueijai.

Con ello el imperio manchú sólo retenía una hipotética autoridad sobre las provincias centrales de Chanxi, Chenxi, Kansu y Mongolia interior. El resto estaba dividido en “zonas de interés” de las potencias extranjeras. Xinyiang, Mongolia exterior y Manchuria estaban sometidas a la “influencia” rusa. Tibet, Sichuan y las provincias ribereñas del Yang-Tsé a la británica. La península de Chandong a la alemana, y las provincias sureñas de Yunnan, Guangxi y Guangdong, a la francesa. El 11 de junio el emperador intentó introducir una legislación reformista, lo que se conoce como “era de los 100 días”. El 21 de septiembre, su tía, la emperatriz viuda, Tz’u-jsi, círculos cortesanos y la baja aristocracia directamente sometida a ellos, promovieron un golpe de Estado que estranguló las posibilidades reformistas en China. El emperador permaneció prisionero en su palacio hasta su muerte. Posiblemente con ello se evidenciaba que éste podía ser derrotado, lo que estimularía la alternativa revolucionaria a la situación, al tiempo que hacía desesperar de las posibilidades del reformismo. El núcleo revolucionario en China estaba centrado en Cantón. Sun Yat-sen, originario de la prefectura de Cantón, estudió medicina en Jauaii y Jong-Kong, trabajó en ésta y en Macao, y se bautizó como protestante. Intentó crear un movimiento popular, revolucionario, liberal y democrático, que derrocase a la dinastía manchú. Perseguido por la policía debió exiliarse en Japón, Europa, Estados Unidos y Canadá. En Tokio había fundado la Liga Revolucionaria (Cheng-kuo ko-ming t’ung-meng-jui) en la que integró a jóvenes intelectuales educados en Europa y Norteamérica, y que editó el “Diario del Pueblo”. Sus objetivos eran acabar con la dinastía manchú, instaurando una república nacionalista, basada en la separación de cinco poderes (legislativo, ejecutivo, judicial, exámenes funcionariales y un sistema de control, mezclando ideas liberales con el tradicionalismo chino) y algunas ideas socialistas, como la reforma agraria. Para alcanzar tales objetivos defendió la necesidad de aliarse con la burguesía. Coherente con ello colaboraron con los elementos reformistas clandestinos, pero, debido a la falta de apoyo de la pequeña aristocracia y el campesinado, todo acabó en fracaso.

No obstante, la emperatriz viuda, anteriormente concubina del emperador Xianfeng antes de casarse con él, mantuvo al Primer Ministro, el reformista Li-Jung-chang, quien se demostró incapaz de acabar con el poder aristocrático y de la propia emperatriz. Quizás buscando recuperar su prestigio, China invadió Manchuria. Este hecho y su arrendamiento a Rusia de la península de Liadong, que anteriormente había sido invadida por Japón, fueron percibidos como amenazadores para sus intereses por parte de Japón y Gran Bretaña, lo que llevó al acercamiento de dichas potencias. Esta circunstancia explicaría la activa participación de las tropas japonesas contra la futura rebelión de los boxers. Lord Curzon fue nombrado virrey de la India. En sus siete años de mandato el imperialismo británico alcanzaría su cima. La exploración y colonización, cada vez más intensas, del interior de Australia, plantearon el problema de la delimitación de los territorios de las diversas colonias. Tras una larga serie de negociaciones concluyeron que era preciso superar sus rivalidades, iniciando su conversión en Estados unificados. El primer compromiso fue asumir el nombre colectivo de Comunidad de Riqueza, Commonwealth, “el más impresionante e imponente (para) un conjunto de pueblos que se rigen a sí mismos”. Aunque realmente aún no se regían a sí mismos: vanidad y pretenciosidad no les faltaban. Entre los hechos bélicos de la última guerra de independencia cubana se suele citar la toma de la población de Cascorro, rodeada de una empalizada de madera. Un soldado se presentó voluntario para, provisto de un bidón de gasolina y atado a una cuerda, para que le ayudasen a volver o recuperar su cuerpo cuando comenzase el tiroteo, incendiar por la noche dicha empalizada, tras lo cual los españoles reconquistaron dicha plaza rebelde. En “el rastro” madrileño se mantiene la estatua al “Héroe de Cascorro”, con su fusil a la espalda, el bidón de gasolina y la antorcha en disposición de prenderlo.

Considerando que España estaba próxima a derrotar, nuevamente, a los independentistas cubanos, y en defensa de sus propios intereses en la isla, Estados Unidos cambió su apoyo encubierto a los insurrectos, la amenaza diplomática, por una campaña periodística exaltadora de la intervención directa y, por último, una oferta de compra que los hechos demostrarían que era ventajosa. Si el pragmático Cánovas hubiese estado en el Gobierno tal vez se hubiera aceptado. Pero ni Sagasta ni la reina regente podían hacerlo, por temor a las críticas que hubiesen provocado por parte de los conservadores. Tal vez, incluso, una nueva guerra de los ultramontanos carlistas. Se puede objetar que ya no hubo más guerras carlistas, pero ¿no fue una guerra carlista, inicialmente, la última guerra (in)civil española? Estados Unidos inició el hostigamiento declarando el bloqueo de la isla, envió a sus Flotas hacia ella y hacia las islas Filipinas y Guam, y ancló un obsoleto acorazado, el Maine, en el muelle de La Habana. Las autoridades españolas, incoherentemente con tan agresiva actitud, lo recibieron con todos los honores, invitando a su Oficialidad a un baile de recepción. Se dio permiso a casi toda ella, y se trasladó a gran parte de la restante desde los dormitorios de proa a los de popa ¿Por qué? A medianoche, antes de que el baile hubiese terminado, estalló la sentina de proa, hundiéndose el buque con 266 víctimas, todas ellas en los dormitorios de popa, a donde habían permanecido algunos Oficiales, desobedeciendo las instrucciones recibidas, que con ello incrementaron el número de fallecidos. Estados Unidos culpó a España de un ataque terrorista. España culpó a los insurrectos, o a los propios Estados Unidos, ya que eran los principales beneficiados. Esta tesis se reforzaría tras investigarse el casco hundido y desclasificarse algunos documentos secretos, relacionados con el proyecto de invasión de la isla, tras el fracaso de Playa Girón -Bahía de los Cochinos para los estadounidenses- en los que se comparaba tal planificada invasión con el hundimiento de Maine como justificación de una conquista en toda regla, un siglo después de tales hechos. Hoy se supone que fue fortuito, ya que se ha demostrado que la carbonera colindante a la sentina había estado ardiendo. Me parece difícil dilucidar si fue el calor del paramento el que hizo estallar la santabárbara o fue la explosión la que incendió el depósito de carbón, mientras el buque se hundía. O si ésta no fue incendiada a propósito.

España propuso una comisión conjunta para investigar lo sucedido, pero Estados Unidos lo rechazó, no le interesaba “saber” la verdad, sino declarar la guerra a España, con efectos retroactivos desde el inicio del bloqueo (es decir, dándole justificación a una acción de guerra después de encontrarse un casus belli que le pareciese adecuado: compárese con la situación de la declaración de guerra a Japón 43 años más tarde, tres meses después de haber decretado el bloqueo petrolífero y comercial) que amplió a todo comercio con España, e invadió la isla. Las tropas estadounidenses, en su mayoría voluntarios henchidos de ideología libertadora, llenaban sus cantimploras con ron blanco, en lugar de agua. Más tarde, para ocultar su olor, mezclaban el ron con Coca-Cola, que, entonces, se elaboraba con cocaína, como su propio nombre indica, y que, sin embargo, se consideraba medicinal, curativa del alcoholismo. Antes de entrar al asalto brindaban “¡por Cuba libre!”, nombre que perdura para dicho combinado, incluso en España. Así se podrían explicar muchos casos de heroísmo. Lo cierto es que el ejército español, consciente de su inferior armamento y posibilidades de efectivos y aprovisionamiento, quedó aturdido, sin capacidad para enfrentarse a las ametralladoras estadounidenses, reculando continuadamente. Se envió a la Flota, con la oposición de su Almirante, que consideraba suicida enfrentarse a la estadounidense, ni que, en tales circunstancias, se pudiera enviar refuerzos a la isla. Se le respondió que se trataba más de una maniobra psicológica, para demostrar a las tropas españolas que no se las abandonaba, que era intención del Gobierno mantener la guerra hasta conseguir un “acuerdo razonable”, que, en todo caso, dicha Flota “garantizaba” su repatriación, en el peor de los casos. Los dos principales acorazados, los más modernos, estaban sin terminar. Faltaban las torretas de la artillería primaria, la de mayor calibre y alcance. Debían fabricarse en Alemania, pero, tras la declaración de guerra de Estados Unidos, también decretó el embargo económico contra España y, para ganarse la amistad de éstos, en la expectativa de lo que parecía una inevitable guerra europea, no las sirvió.

Pidió el Almirante Cervera, en todo caso, unas importantes maniobras y prácticas de tiro (quizás fuese una excusa para demorar la llegada, hasta que todo hubiese terminado) lo que se le denegó. Consiguió eludir el cerco estadounidense y llegar a Cuba sin entrar en combate. El comandante de la Escuadra de Destructores le propuso atacar con ellos los puertos de Estados Unidos, lo que les obligaría a dispersar su Flota. Era una maniobra semejante a la que se había propuesto antes de entrar en el Canal de la Mancha al Almirante de la Grande e Felicísima Armada, la Armada “Invencible”, según informaron los buques corsarios enviados para avistarla a su Gobierno, asustados tras el recuento de sus navíos. Pero Cervera lo rechazó. Igual que ocurrió con la Armada “Invencible”. Quizás Cervera partía de la base de que la guerra estaba perdida, que semejante ataque podía ser interpretado por los estadounidenses como una acción cobarde,  incrementase el número de daños y bajas y, finalmente, sólo supusiera unas condiciones mucho más intolerantes para un futuro Tratado de Paz, incluso represalias sobre los prisioneros de guerra. Lógicamente, Cervera y su Flota quedaron bloqueados en el puerto de Santiago. Otro Capitán de Navío le propuso una salida nocturna, lo que también rechazó, debido a lo angosto del puerto y sus arrecifes. Posiblemente, dando por perdida la guerra, esperaba rendirse a los invasores, ahorrando muertes y riesgos inútiles. Los artífices de ambas propuestas morirían de modo heroico en los enfrentamientos con las fuerzas estadounidenses, el último de ellos en tierra, combatiendo al mando de tropas de desembarco. Finalmente, cuando el ejército de Estados Unidos se preparaba para asaltar la ciudad, se le ordenó a Cervera romper de nuevo el bloqueo. Decidió hacerlo en pleno día. Su plan era que sus buques navegaran lo más cerca posible de los arrecifes, dificultando el acierto del fuego enemigo. Además, los que resultasen alcanzados podrían embarrancar, salvando a las tripulaciones. O los náufragos alcanzar a nado la orilla. Pero se trataba de una navegación peligrosa, que sólo podía realizarse con buena luz. Se calentaron calderas de madrugada, por lo que, al amanecer, las columnas de humo alertaron a la Marina estadounidense de la maniobra.

La nave del Almirante se dirigiría hacia la Flota enemiga, atrayendo el fuego sobre ella, mientras los demás huían. Sin embargo, para que dicha táctica resultase, todas las embarcaciones deberían haber zarpado casi al mismo tiempo, y no dejar tanto intervalo entre unas y otras. Además las naves más rápidas debían haber partido antes, permitiendo que, al menos éstas, escapasen de la persecución. Pero se hizo al revés, posiblemente porque se considerase preferible que todas permaneciesen unidas, defendiéndose con su fuego de apoyo, antes de que alcanzasen la “protección” de la inmensidad del océano, aunque la velocidad de las más lentas hacía imposible que despistasen a las estadounidenses, a que fueran hundidas o apresadas una a una. Los disparos estadounidenses alcanzaron tuberías de vapor, el buque se llenó de éste, perdiendo potencia y velocidad, los ascensores de munición se estropearon (ambos defectos, vulnerabilidad de las tuberías de vapor y poca fiabilidad de los ascensores de munición, se repitieron en muchos de los buques; unas maniobras intensivas podían haber evidenciado este último, que suponía una debilidad de la Flota) y el buque estalló al recibir una serie de impactos directos. El Almirante debió ganar la playa a nado, ayudado por su hijo, Oficial del mismo buque. Al fracasar tal intento, y estar siendo destruidos los demás navíos, los dos contratorpederos (dragaminas, según la denominación actual: antiguamente no se establecía diferenciación entre los torpedos autopropulsados, los arrastrados, los flotantes, a la deriva, y los fijos, anclados, a los que hoy denominamos, impropiamente, ya que no están enterradas, minas marinas o submarinas) los últimos que debían dejar el puerto, adelantando a los demás por el lado de la orilla, dada su mayor velocidad y menor calado y coraza, decidieron sustituirle en su misión, atacando directamente a la Flota de Estados Unidos. Uno de ellos estalló tras un impacto directo, acumulando el mayor número de víctimas de la batalla. Todos los demás buques resultaron seriamente averiados, y debieron encallar para no hundirse. Los santiagueses, partidarios de los españoles, ya que cifraban su prosperidad en el comercio colonial, ayudaron a rescatar a los náufragos.

Cervera y su Plana Mayor fueron apresados por las tropas invasoras de Estados Unidos y llevados a su buque insignia, donde fueron recibidos con honores militares y de héroes, tratándoles como invitados. Se permitió y sufragó que el Almirante Cervera publicase un folleto explicando los pormenores de la batalla de Santiago y el comportamiento heroico de sus subordinados. Con ello Estados Unidos intentó atajar la propagación internacional de que la Flota española era una víctima propiciatoria, sin ninguna posibilidad de resistencia, lo cual era cierto, pero desmerecía completamente la victoria estadounidense. Para el ideario español, la mayoría de su población, aún se insiste en que la España enfrentó buques de madera contra los modernos acorazados de Estados Unidos. Esta falsa idea se corresponde con un grabado del puerto de la Habana, que venía impreso en las cajas de cigarros puros cubanos, habanos, de La Habana, con su bahía repleta de buques de madera, algunos con máquinas de vapor, pero todos con velamen, que reflejaba una estampa ya trasnochada, nostálgica, del pasado, y que fue reproducido por todas las publicaciones periódicas como ilustración de las noticias de los estertores de la Guerra de Cuba, y que coincidía con la imagen de la heroicidad e inutilidad de tal resistencia, o de la negativa a abandonar las ínfulas imperialistas, en la que, por distintas causas, coincidían militares y militaristas (con intención de provocar un inmediato rearme) conservadores y liberales radicales, y anarquistas. La Flota estadounidense del Pacífico también aniquiló a la española en Cavite, en las islas Filipinas, suceso que se oculta habitualmente. Por el acuerdo de París, España tuvo que entregar, no sólo Cuba, sino también las islas Filipinas, también en guerra de independencia por parte de los tagalos, e incluso Guam, Rota oriental, en el Océano Pacífico, y Puerto Rico, que nunca se habían rebelado contra el dominio español. Al contrario: hubo oposición al dominio estadounidense que aún persiste.

Magnánimamente, dicha potencia entregó a España una indemnización de guerra (¿reconocimiento de la ilegalidad de su declaración como tal, de que España era la nación agredida, sin previa provocación?) que coincidía, “curiosamente”, con el precio de compra ofrecido por Cuba, sólo que por una extensión de territorios y mares inmensamente superiores a dicha oferta, y tras el coste de una guerra, muchísimas muertes, sufrimientos e incapacidades, así como la humillación internacional de la derrota, el odio de los independentistas, que, como con toda Hispanoamérica, tardaría muchos decenios en superarse, en volver a redescubrir los lazos culturales e incluso étnicos que nos unen, y la imposibilidad de continuar con sus relaciones económicas, la ruptura de su comercio con dichas colonias, todo lo cual podía haberse evitado si se hubiera aceptado la propuesta de compra estadounidense. Aún se repite la frase “¡más se perdió en Cuba!” para aludir a tal hecatombe, la definitiva desaparición del imperio español, frente a la cual cualquier otra penalidad resulta nimia. Como Alemania tenía aspiraciones sobre el archipiélago filipino (tal vez por eso colaboró en el bloqueo económico “decretado” unilateralmente por Estados Unidos contra España) recibió (siempre es fácil regalar lo que no se tiene, más aún si nunca se ha tenido, ni el menor derecho de tenerlo; claro que en la misma situación estaban los alemanes) en compensación, el resto de las Carolinas y todas las Marianas. Alemania también intentó consolidar su influencia en Samoa, pero se topó con la presencia, cada vez más agresiva, de Estados Unidos, que, con todo ello, se consolidaba como potencia colonialista en el océano Pacífico. Los filipinos, de inmediato, comenzaron a luchar contra los nuevos ocupantes estadounidenses que, entonces, los consideraron terroristas, y así se les presenta en la filmografía de Estados Unidos. España había mantenido una política exclusivamente comercial en tales islas, como zona para la intermediación de productos de lujo chinos (como los mantones bordados, con flecos, chinescos, de la China, o “de Manila”) primero hacia Méjico, y, tras su independencia, directamente con España, bordeando Africa, respetó su estructura política y social tradicionales, exceptuando su presión evangelizadora. Por tanto, al contrario de lo que ocurriría con Cuba, la cesión de Filipinas a Estados Unidos no tuvo grave resonancia ni en dichas islas ni en España.

Tal vez en ésta por la conmoción que supuso la pérdida de Cuba, que impedía centrarse en ninguna otra cosa. Sin embargo, posteriormente, si se propagó, tal vez para elevar la moral y el orgullo patrio, la “gesta” de un pequeño reducto, que resistió sin creerse que España se hubiera rendido, incluso después de que los tagalos aniquilasen una operación de desembarco estadounidenses en ayuda de dichos españoles, a los que se les conocerían como “los últimos de Filipinas”. El imperio norteamericano dentro de la “doctrina Monroe”, expulsaba de “su” Continente al primer país europeo que puso su pie en él y lo descubrió para el comercio internacional. En cambio la sustitución de España como potencia colonialista en Filipinas era más difícil de justificar. A pesar de que la mayoría de las tropas que lucharon contra los españoles en Cuba eran mambises (quizás por la palabra caribeña para designar la rebelión contra los caciques escondidos en el bosque, o por el apellido de un Oficial español negro que se rebeló en Santo Domingo) el General estadounidense les prohibió entrar en Santiago, aduciendo que realizarían actos represivos. Muchos intelectuales de Estados Unidos criticaron que se había traicionado el espíritu americano. Estados Unidos, que estableció en sus nuevas colonias gobiernos militares, propios de ejércitos de ocupación. Cuba no accedería a su “independencia” sino 16 años después, tal vez en el ambiente de la guerra mundial que parecía propagarse. Y a su independencia real sólo tras la revolución cubana. Filipinas bastante después de concluida la IIª Guerra Mundial, aunque continúa ligada a su última potencia colonialista mediante lazos neocoloniales. Puerto Rico aún no lo ha conseguido. Los mínimos movimientos independentistas que han surgido se han exterminado en la represión. Se celebró la primera Conferencia Panamericana, por la que Estados Unidos impuso su supremacía continental. Abandonando su política de aislamiento, como había hecho el Reino Unido, pretendía hacerse valer como gran potencia en la estrategia expansionista, en competencia con Europa.

Sin embargo, tal vez por llegar tarde a un mundo cuyas principales riquezas ya se habían repartido entre los imperios europeos, ser consciente de su preeminencia y potencialidad económica, o analizar que una estrategia de enfrentamientos constantes, continuados, como había seguido Europa, no producía, a largo plazo, una consistente rentabilidad, no lo hizo, generalmente, por las fuerza de sus armas, sino sacando provecho a dicha preeminencia económica. Es lo que, más tarde, se teorizaría como neoimperialismo o neocolonialismo. Se trata de un cambio de perspectiva del concepto de responsabilidad de las potencias más fuertes respecto de los más débiles, introducido en la época del movimiento progresista, y que tuvo su primera constatación en la nueva visión respecto de los indios, cuando éstos ya habían dejado de ser un peligro, un enemigo, con el concepto británico de aceptar “la carga (responsabilidad, obligación, esfuerzo) del hombre blanco”, que pediría a Estados Unidos la poesía de Rudyard Kipling, para sustituir al desaparecido imperio español. El resultado no podía ser otro que un sentimiento de superioridad. Sin embargo se trata de una primera fase: una vez conseguida la conquista del mercado el objetivo debía ser la integración política en su esfera de poder e interés. A partir de entonces, Estados Unidos, desplazando por completo a Gran Bretaña, intervendría en todos los asuntos de todos los países americanos, según sus propios intereses y visión de la política. Es lo que el Presidente Theodore Roosevelt denominaría “política del palo largo (big stick) o gran garrote”, aludiendo a la frase con la que los británicos recomendaban hablar a los niños de la calle y de los hospicios, como ya se comentó. En Guatemala, el Presidente Rafael Carrera había contado con el apoyo de la Iglesia Católica, pero todo cambió bajo la “dictadura liberal” de Manuel Estrada Cabrera, que duraría 22 años, en los que dejó muy reducido el poder de aquella. En la Convención de La Haya, en 1.899, se ampliaron a la guerra naval los acuerdos de la de Ginebra para las confrontaciones terrestres, respecto de la presencia e intervención de la Cruz Roja. El caso Dreyfus se revisó, conmutándosele la cadena perpetua por 10 años de cárcel, de los que ya llevaba cumplidos la mitad. Inmediatamente el Gobierno francés le indultó.

Los avances técnicos en la siderometalurgia estimularon la minería en Alemania, hasta convertirse en el primer productor europeo. Por el manifiesto de febrero, Nicolás IIº acabó con la autonomía legislativa de Finlandia, su ejército quedó disuelto y se impuso el ruso como idioma oficial. Bajo el simulacro de condominio anglo-egipcio, como si Egipto no fuese, para entonces, más que una colonia británica, Sudán quedó anexionado. El futuro Lord Cromer ordenó la construcción de los embalses del Delta (Delta Baraj) del Nilo y de Assuán. El Africa Occidental Francesa se anexionó los “protectorados” de Costa de Marfil y Dajomey. Gran Bretaña no renunció a su deseo de influir sobre la República de Sudáfrica, sobre todo para conseguir derechos políticos para los colonos británicos allí asentados (de lo que esperaba mayor capacidad de interferencia) a los que los boers denominaban uitlanders o “forasteros”, además de otras provocaciones. El resultado fue la confrontación militar. De modo muy parecido al desarrollo de la guerra de secesión estadounidense, los boers no se conformaron con una estrategia defensiva, sino que, organizando una caballería de voluntarios terratenientes, provistos de buenas armas de caza y conocedores del terreno, invadieron las colonias de Natal y El Cabo. Durante la segunda mitad del siglo hubo en la India 24 crisis alimentarias, que se supone que costaron 20 millones de muertos. Resulta evidente que los hindúes no tenían nada que “agradecer” a sus conquistadores. Que su situación económica colectiva y su capacidad de subsistencia no habían mejorado en nada. Estados Unidos y Alemania resolvieron sus largos años de rivalidad en el Pacífico. Los primeros se quedaron con el Oeste de los archipiélagos de Tutuila y Manua y los alemanes con el Oeste de los archipiélagos de Savaii y Opolu. Como esto significaba dejar fuera del reparto al Imperio Británico, que ¿cómo no? también tenía aspiraciones en la zona, se le “dieron” (siempre es fácil dar lo que no se tiene, ni siquiera el derecho a tenerlo) los archipiélagos de Tonga y de la Amistad. Tras el desastre de Cuba, sin una Marina de guerra ni colonias en el Pacífico para mantener el resto que le quedaba, España vendió a Alemania los archipiélagos de las Carolinas, las Marianas, las Palaos, y las Somoa, éstas a medias con Estados Unidos.

De modo que sólo quedaban las Nuevas Hébridas como zona en disputa sin ningún acuerdo ¿Cómo podía dicho imperio justificar su “benéfica” invasión para “liberar” Cuba y, simultáneamente, apoderarse de otras islas, incluso luchando contra los que deseaban la libertad, la independencia, como ocurría en Filipinas? ¿Necesitan los imperios algún tipo de justificación, de coherencia? La fuerza es su justificación, su actitud inveterada. Una de las características de la América, como de la Europa, industrializada, que la hacía tan atractiva a la emigración, era la resistencia a las crisis provocadas exclusivamente por la climatología y la producción agraria. Sin embargo, tras la Guerra de Secesión en Estados Unidos, el radicalismo ultraliberal producía una elevada correlación, afectación, a los ciclos económicos, tanto del crecimiento desmedido en los periodos de recuperación, expansión o auge y cúspide, como de calamidad en los de recesión, depresión y crisis. Y esto afectaba también al sector agrario, antes inmune, a pesar de su elevada rentabilidad. El incremento de productividad y la especialización en el monocultivo suponían producir para el mercado, que trascendía del ámbito local, puesto que ya no podía absorber tal producción, sino que era estatal o interestatal, interno o internacional. Y esto significaba depender de las fluctuaciones de los precios internacionales, que sí estaban condicionados por las variaciones meteorológicas continentales. Y también de las compañías de transporte, ferroviarias y navieras, que se lucraban con ello. Tal rentabilidad, productividad, competitividad, requería una incesante mecanización, tecnificación, de las explotaciones agrarias. Y, a su vez, un deterioro de las tierras, que iban perdiendo fertilidad. Esto se superaría con el añadido de fertilizantes, lo que suponía la tecnificación química de la producción agraria. Pero también la sequedad y pulverización de las tierras. En menos de 30 años inmensas nubes, tormentas de polvo y de arena iban a desertizar extensas superficies de terreno, condenando al hambre y a la ruina, la emigración, de gran cantidad de granjeros. Más de 50 años después se descubrió que se estaba empleando un tipo de arado de voltedera excesivamente grande y profundo, que oxigenaba muy bien el suelo, mejorando la productividad a corto plazo.

Pero que lo resecaba y pulverizaba en exceso, poniendo en peligro la sostenibilidad, el mantenimiento de la producción. La consecuencia de todo ello fue el incremento de necesidades financieras, el constante y progresivo endeudamiento de las pequeñas explotaciones agrarias. Miles de fincas fueron sacadas a subasta por los bancos y los prestamistas. Terminarían en manos de empresas ferroviarias, a bajísimos precios, con las que pensaban extender sus redes viarias, que ya comenzaban a ser excesivas, o a impedir el tendido de sus competidoras.

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