0037-Las religiones misioneras

Se ha atribuido a factores climatológicos especialmente favorables a la productividad de los extensos herbazales esteparios. Sin embargo, actualmente, se presupone que los emprendedores comerciantes chinos les vendían granos. A cambio recibían pieles, lana, ganado y carne. Con ello colaboraban a su continuo crecimiento poblacional, gracias a su cabaña caballar, que les permitía su continuo desplazamiento, con sus viviendas-chozas desmontables, y conquistar nuevos terrenos. Pero no siempre hay buenas cosechas: en épocas de sequías, heladas, lluvias torrenciales o inundaciones, faltaba el alimento. Y, lógicamente, lo primero que se contraía era la exportación. Entonces, a falta de los productos alimentarios chinos, los jsiung-nu se lanzaban al pillaje para su propia subsistencia. El emperador Uen-Ti (-180/-157) pactó con ellos un compromiso de entrega de cereales y, cuando faltaran, un importe equivalente de seda, que podrían intercambiar en otras zonas, incluso alejadas, donde no hubiese escasez agrícola. Con ello se inició una nueva ruta norte de la seda, que unía Asia central con el imperio parto y hasta con Roma.

La recorrían productos chinos [1] hindúes, oro, pero también, como en todas las rutas económicas -algo que hasta hace poco no se ha apreciado suficientemente- ideas, culturas, noticias, inventos, filosofía y religiones. Y también la ambición. Será esta ruta la que lleve a los jsiung-nu a la conquista de Europa. Hiparco de Nicea (-190/-120) fue el primero en aplicar la trigonometría euclídea a la astronomía, y la utilizó para elaborar un catálogo de 850 estrellas y explicar la progresión solar en la eclíptica a lo largo del año. Ya se indicó que las religiones eran, primitivamente, locales, aldeanas, paganas. Al constituirse las ciudades-Estado la religión pasó de su aspecto cultural, étnico, tradicionalista, aunque también para reforzar la autoridad paternal, patriarcal, de los jefes clánicos, y, en términos generales, de los ancianos -la gerontocracia- a la oficialidad política, militar y, también, estamental, beneficiando a las clases sociales dominantes. Las religiones colaboran en la implantación de dichas ciudades-Estado, hasta el punto de convertirlas en regímenes, en Estados teocráticos, dominados por el absolutismo, mediante el dominio militar, legal y doctrinal.

El teócrata puede amenazar con la aniquilación de colectividades, la cárcel o el castigo divino, temporal o, incluso, eterno, según considere oportuno. Las religiones se convirtieron en instrumentos de sumisión para las ciudades-Estados, los reinos y los imperios, y las clases sociales que se benefician de ello. La religión sirve, pero, a su vez, se sirve, de los mismos. Alcanza la comprensión de su auténtico poder y obtiene provecho de ello. Especialmente cuando se apoya en una casta sacerdotal bien estructurada y jerarquizada, capaz de analizar la situación y enfrentarse, de igual a igual, al poder político establecido, al que le exige agradecimiento y compensación por sus servicios, así como continuidad en la línea ideológica tradicional. Sin embargo, en determinado momento, comienzan a surgir las religiones de oposición al poder, de una u otra forma. El camino más habitual es el de la limitación al poder absoluto, focalizada en los objetivos, bien de implantación del amor fraterno, interclasista, bien de las obligaciones de los estadistas de preocuparse por el bien común, por lo que hoy llamamos Estado del bienestar. Es decir, la satisfacción de las necesidades de los desposeídos por la diosa Fortuna, como expresaban los griegos.

Por otro lado, las religiones estamentales prácticamente desaparecen cuando las diversas ciudades-Estado, reinos o imperios son derrotados y absorbidos por sus convecinos. Aparece así una nueva concepción religiosa, que trata de recuperar el poder y ascendencia perdidos. Podríamos considerarlas religiones nacionalistas, aunque dicho término es anacrónico, inadecuado para tales épocas. Van a ser religiones, o sectas, que promuevan la lucha contra los invasores, la insurrección, jaleen la violencia, o, al menos, la insumisión: algo inconcebible desde una óptica tradicionalista. Así, a la disolución del Imperio de David, tras la lucha entre sus sucesores, el resurgimiento de los reinos de Israel y de Judá, como Estados separados -tal como se habían formado inicialmente, tras la época de los “jueces” [2]– y la conquista de éstos por babilonios, asirios, caldeos, persas, macedonios, ptolemaicos y seléucidas, surgen los profetas, hipercríticos con el poder constituido, especialmente durante las dominacioes extranjeras. Más aún si dichos dominantes intentaban imponer sus propias religiones, como forma de asegurar su dominio.

Simultáneamente aparece la persecución de este tipo de religiones opositoras, que se convierten en un peligro para los estamentos o clases dominantes, al acusar la complicidad de los colaboracionistas. Se hizo necesario escapar de la persecución, y, con la huida, se descubre un nuevo enfoque. Son las religiones misioneras. Se trata de una visión conceptualmente innovadora. Si el apoyo estamental ha conllevado la expansión de diversas religiones hasta los confines de sus respectivos imperios, ahora esta nueva concepción religiosa trasciende de dichos límites. Se hacen transculturales, interétnicas, se desentienden y desbordan las fronteras políticas. Ya no representan al dios de una ciudad, un pueblo, un entorno geográfico. Se comienza a sopesar la posibilidad de una religión única universal [3]. O, al menos, un Dios con tal consideración. El imperio seléucida había sufrido una escisión, de la que se crea el nuevo imperio bactriano, en la actual Afjanistán, que continuaría su expansión, arrebatándole Beluchistán al primero.

En el -185, posiblemente a instancia de las clases dominantes, que veían su poder limitado, constreñido, un golpe de Estado de Puchyamitra Sunga, General en Jefe del imperio Maurya, descendiente de una familia de brajmanes, asesinó al último emperador hindú de dicha dinastía, e implantó la suya: el nuevo imperio Sunga. Su primera medida fue la persecución del buddismo, que había sido apoyado por la dinastía anterior. Los buddistas huyeron a Bactria, y convencieron a su emperador para que les ayudase a reinstaurar el poder de su religión. Aprovechando la oportunidad que se le ofrecía, y las garantías de que las clases populares [4] se pondrían de su parte, inició la conquista del Norte y centro de la India. El emperador Demetrio, de origen macedonio, traspasó los límites hollados por Alejandro Magno, consiguiendo conquistar el Punyab, y los valles del Indo y el Ganges, con el apoyo del buddismo, que recibió, con ello, una nueva expansión. De forma que los reinos del Sur de la India se vieron arrojados, separados, de la ruta de la seda, y cortada su fuente de ingresos comerciales. De igual modo que occidente se vio privado de los productos que la recorrían.

Se inició, con ello, una ruta comercial marítima, alternativa, que llegaba hasta Roma, a través de Egipto, donde conectaba con la ruta del oro, proveniente de Etiopía y sudáfrica, que se intercambiaba con seda, especiería, diamantes y perlas. Mientras tanto, la caída del imperio Chin, conllevó la desaparición, temporal, del confucianismo. Las grandes religiones precisan del apoyo de las clases populares, y, para ello, mantener un carácter crítico, revolucionario, la promesa de ventajas, no sólo divinas, sino materiales, terrestres, a las clases más numerosas y explotadas, para conseguir su expansión inicial. Pero también el apoyo de los grandes imperios, obtener su carácter estamental, mediante su sumisión al poder, la traición a los ideales originarios, para continuar extendiéndose, en una etapa posterior, de preeminencia, dominio y poder. Y, por último, cortar amarras, huir del barco, antes de que se hunda, cuando detectan que el imperio, en el que se sustentaron para su consolidación, se dirige hacia su colapso.

Es entonces cuando el espíritu profético, crítico, y misionero se renueva, y las grandes religiones triunfantes, capaces de mantenerse en el tiempo, demuestran su capacidad de saltar de uno a otro imperio, acomodarse, conquistar, apoyarse y apoyar, al nuevo imperio o reinos emergentes. Para ello es necesaria una casta sacerdotal avispada, en contacto directo con el pueblo, especialmente las jerarquías inferiores, capaces de analizar la situación y detectar la pérdida de apoyo popular de los imperios decadentes. Durante unas épocas eran las elevadas jerarquías, pactantes y en contacto con el poder político, cuando no ejercido por ellas mismas, y en otras las jerarquías inferiores,  apaces de arengar las necesidades populares, alternativamente. Como el confucianismo carecía de sacerdotes y todo lo apostó a funcionarios del Estado, se extinguió con éste, al menos temporalmente, con la dinastía a la que había unido su destino. Quedaron entonces tres religiones misioneras, con ambiciones de universalidad: zoroastrismo, buddismo y moisianismo. Sin embargo esta última se negaba a dar el paso decisivo, el de la interculturalidad, la multietnicidad.

Sin ello, anclada en la tradición, sólo podía expandirse en las múltiples comunidades de comerciantes hebreos, huidos de las distintas invasiones de su territorio. En el -150 ocurrió un suceso anecdótico, casi ridículo, si no fuese por las repercusiones planetarias que iba a conllevar. Los seléucidas, siguiendo la política de Alejandro Magno y todos sus sucesores, mantenían la absoluta tolerancia con las religiones y tradiciones de los pueblos conquistados, participando, incluso, de sus ritos, ceremonias y vestimentas. Pero, simultáneamente, plantean la soterrada introducción del helenismo, en el que confiaban asegurar su dominio a largo plazo. Para ello se exhiben en público, con toda normalidad, con sus vestimentas y comportamientos de sus propios antecedentes culturales. Así fomentan edificios públicos, tanto palacios como templos a sus propios dioses, teatros, termas, baños públicos, gimnasios y estadios deportivos, innegablemente helenísticos. Semejante contradicción es fácil comprender que iba destinada al desastre, al enfrentamiento, en cuanto alguien fuese, al mismo tiempo, suficientemente perspicaz y fanático. En la Sagrada Salem [5] no podía haber otro templo que el de Yajvej.

Los seléucidas lo respetaron, pero nada parecía impedir que construyesen diversos gimnasios y un estadio, en los que, como era norma entre los griegos, los hombres, especialmente los muchachos, entrenaban y competían desnudos. Con lo cual se mostraban los signos y cicatrices de la circuncisión. Es lógico que los helénicos se mofaran de ello. Surgió entonces una sensación de vergüenza, de aldeanismo, de paganismo [6] que va a tener tres efectos distintos entre las clases ociosas, las que pueden dedicarse al deporte: los que ocultan la circuncisión, llegándose a vender fundas de cuero para el pene, que la disimulaban; los que, aceptando el moisianismo, se negaban a circuncidar a sus hijos para evitarles dicha diferenciación; y los que, simplemente, apostataron de la religión de sus mayores, asumiendo la que les abría las puertas del ascenso social y beneficiarse del nuevo Estado. Comprendiendo las consecuencias futuras de todo ello, el Sumo Sacerdote del templo de Jerusalem abominó del deporte, ordenando el cierre de los gimnasios y el estadio.

Algo parecido haría Mujammad respecto de las tabernas, prohibiendo el alcohol y el juego del ajedrez, que eran el atractivo por el cual los hombres acudían a ellas, a raiz de los chistes que se hicieron respecto de su primera derrota militar contra La Meca. Tal actitud chocaba con la política, e incluso con el poder, de los seléucidas, por lo que presionaron al Sanedrim para que destituyera al Sumo Sacerdote. Para las clases dominantes la tolerancia, la permisividad, seléucida, les era de mayor interés que una confrontación, una religión beligerante. Así que nombraron a un tal Zadoc o Zaduc. Sin embargo Arón adujo que su cargo era vitalicio, que no había antecedentes de destitución, y muchos le siguieron. Era una situación semejante a la de los futuros cismas papales. Los seguidores de Zaduc, o saduceos, le enviaron un mediador para llegar a un arreglo, pero el soberbio y fanático Arón le respondió de modo insultante, por lo que su interlocutor, que no debía ser menos, simplemente lo mató. Tal vez llevaba tales instrucciones para el caso de que fuera imposible convencerle. El hijo de Arón, que sería conocido como “El Martillo” [7] por el desgaste que originaría a las tropas seléucidas, inició la insurrección armada.

Existían profecías de que, 150 años más tarde, iba a reaparecer la dinastía de David, aunque no por línea masculina, que se había extinguido, sino femenina, hijo de una doncella. En hebreo, como en castellano, se trata de un término ambiguo, que puede designar a una mujer joven, soltera o virgen. Los traductores de la Biblia al griego, para que pudiera depositarse y consultarse en la Biblioteca de Alejandría, tal vez por similitud con la azeniense diosa Palas “Partenos” Azenea, o para evidenciar que no habría otra ascendencia masculina, que diluyese la línea de David [8] escogieron la consideración de virgen. Desde entonces comenzó a especularse si alguno de los macabeos no sería El Ungido [9] prometido, con un simple error de fechas. La mayoría del Sanedrim se opuso a la rebelión, por lo que los macabeos expulsaron de él a los que consideraron saduceos. Con ello pasó de ser un órgano político, representativo, deliberante, a eclesiástico, fanático, si bien, posteriormente, los romanos volverían a dominarlo a su favor.

Una parte de los expulsados [10] alegaron que eran tan religiosos como los que más, batallando durante siglos para que sus familias volviesen a ser reintegradas en dicho consejo, para lo cual hacían exhibiciones de dogmatismo, puritanismo, cumplimiento ultraformalista de las normas moisiácas, y ostentación pública de la limosna, uno de tales preceptos, el que más podría atraer a las clases populares, necesitadas, frente a la avaricia saducea. Los macabeos cosecharon, sucesivamente, éxitos y derrotas. Era una guerra desesperada y desesperante, contra un enemigo muy superior. Así que hicieron uso de la más fanática de las promesas: los que muriesen luchando contra los seléucidas alcanzarían el paraíso eterno, y resucitarían de entre los muertos, por lo que no tenían por qué temer al combate: la guerra santa. Con ello asimilaban el resurreccionismo mistérico griego, a través del sacrificio corporal, algunas tesis filosóficas y de religiones orientales sobre la eternidad de las almas, y las tradiciones célticas del paraíso para los muertos en combate, que pervivieron en los mitos druídicos de Sigfrido, Brunilda y las valkirias, pero también en los griegos sobre los campos elíseos y la isla de los afortunados.

Por ello era un ejército suicida, contra el que es muy difícil luchar: la única victoria posible es su exterminio. Es lo mismo que hoy achacamos a algunos mahometanos. Los seléucidas reaccionaron sometiendo a los macabeos, no sólo a los combatientes, ya que éstos expresaban que no temían morir, sino también a sus esposas e hijos, a terribles atormentamientos hasta la muerte. Se iniciaba un peligroso camino del fanatismo que llega hasta la actualidad. Desgraciadamente, ya que los seléucidas estaban siendo atacados, simultáneamente, por partos y bactrianos, los macabeos llegaron a fundar un imperio que reproducía la extensión del de David. Con tal antecedente los hebreos se lanzarían una y otra vez a la insurrección, hasta que fuesen arrojados por completo de Palestina, durante casi 1.800 años, hasta que los británicos les abrieran las puertas de los territorios palestinos, como recompensa por la financiación de la guerra contra Alemania. Sin embargo, como era de prever, los hebreos terminaron derrotados por los seleúcidas. Interpretaron que la causa había sido su impiedad, por lo que habían perdido el apoyo divino.

Así que decidieron hacer penitencia, retirándose a vivir en el desierto: se hicieron, por tanto, anacoretas eremitas. Se denominaban esenios o nazreos [11] secta que parece que se inició en las cuevas de las montañas de Irak, el mismo lugar que escogió Mujammad para escribir su Corán. Había dos grupos distintos: los que preferían la soledad, o grupos pequeños, sólo de hombres célibes, y los que vivían en grandes comunidades, con mujeres e hijos. Los primeros, siguiendo la línea propiamente orientalizante, de los santones hindúes, se negaban a cortarse el pelo o la barba. Esto mismo habían hecho los chinos, los sumerios, los caldeos y los “juramentados” judíos, exhibiendo largas trenzas, a veces arrolladas a la cabeza, simulando turbantes o recogidas bajo éstos, o largos tirabuzones, como los actuales judíos ultraortodoxos. Uno de tales “juramentados” contra los primitivos pobladores filisteos, palestinos, fue Sansón. La idea original, orientalizante, era que el pelo, como otras partes del cuerpo, era una herencia de los padres, formaba parte de la integridad corporal, un don de los dioses que no podía rechazarse, destruirse ni mermarse. La Biblia recoge la frase “mi cuerpo es mi templo”, aunque con otro sentido.

Los chinos lo ampliarían a las uñas, que tampoco podían cortarse. Por semejantes razones orientalizantes también acabaron rechazando los sacrificios de animales, imitando a los que creían en la reencarnación en animales inferiores, ya que la muerte de éstos podía impedir la expiación, redención y reencarnación de almas humanas de nuevo en personas. A imitación del baño purificador en el Ganges, se bautizaban, al menos una vez en la vida, en el Yordán. Pero, al contrario que los santones hindúes, rechazaban la desnudez, con los antecedentes ya indicados. Como vivían en las zonas desérticas de Palestina, tampoco podían obtener productos vegetales, lo que sustituían por productos del pastoreo: se vestían con pieles, sólo bebían agua y leche, y comían carne o saltamontes cocidos en miel.

Seguían el camino místico, orientalizante, de apartarse y desentenderse del mundo, de la vida en sociedad. A ellos debía pertenecer Juan el Bautista, si bien éste terminó aceptando la vía profética, el retorno a la política, al “martirio” [12] criticando al edomita [13] Herodes El Grande, impuesto como rey de Palestina por su amigo Pompeyo, tras su conquista de la zona, del que se sospechaba que había asesinado a su hermano para hacerse con el poder y casarse con su cuñada, y que deseaba a su sobrina. La otra secta, a pesar de lo que pudiera sospecharse, era sumamente violenta. Se ejercitaba militarmente, esperando la revenida del Mechiaj para levantarse en armas contra los dominadores.


[1] Entre ellos los caballos “celestiales”, una nueva raza seleccionada por los chinos, más altos y rápidos que todos los conocidos hasta entonces, muchísimo más altos que los esteparios, y capaces de transportar a los altos y pesados hombres que no fuesen habitantes de las estepas, con toda su armadura y armamento pesado. Aunque no tenían la resistencia, la capacidad de trotar durante días enteros, sin que su jinete se apease, sin descansar, comer ni beber, de los caballos esteparios, que era la característica que les daba la superioridad militar. Los partos, los bárbaros del Este, para los romanos, sacarían ventaja de ello y seleccionarían sus propias razas, que darían origen a las razas árabes. Igual harían los llamados por los romanos bárbaros del Norte. Ambas razas caballares fueron consideradas armas secretas, y estaba prohibida su exportación. Los chinos, más tarde, autorizaron las de machos castrados. Igual hicimos los españoles con la raza cartujana. Y con los canarios de cante, aunque sin necesidad de castrarlos. No obstante, a través de la ruta de la seda, se consiguió el contrabando de hembras “celestiales” preñadas. Cuando el rey Carlos I de España, kaiser Karl V del Sacro Imperio Romano-Germano, fundó la Real Escuela de Equitación de Viena, le regaló machos y hembras cartujanos, imponiéndoles la misma prohibición.

[2] En árabe juez es cadí o al-caid, de donde provienen las palabras castellanas alcaide y alcalde. Es decir, un poder civil, popular, basado en el consenso, en la aceptación pacífica de sus resoluciones o sentencias, sin precisar del apoyo de una ascendencia familiar, un ejército, un cuerpo legal-doctrinal o el aparato jurídico-represor del Estado. Es típica de las comunidades primitivas, nómadas, y se perpetuó entre los habitantes del desierto. Téngase presente que los conductores, guías, de caravanas, como los capitanes de barcos, ejercen como jueces durante las travesías. Si alguno de ellos alcanzaba fama de justicia, racionalidad y aceptación social de sus decisiones, las demás caravanas, clanes, asentamientos, poblaciones, ciudades y tribus acabarán llamándole para que intermedie en sus disputas. Es lo que ocurrirá con Mujammad.

[3] En griego, “católica”.

[4] Es la primera noticia histórica de que éstas han adquirido protagonismo, llegando a sustituir un imperio, aunque sea por el influjo, directo o indirecto, de la fe religiosa, y en colaboración con otro imperio invasor, que estaba en su ciclo ascendente.

[5] En griego, Iero-Salem.

[6] De pago, significando lugar, pasaje, paraje, entorno rural. De la misma raíz proviene el italiano pajero.

[7] En hebreo, Makabí.

[8] Como si no hubieran pasado muchas generaciones desde entonces.

[9] En hebreo Mechiaj, en griego Jristos, es decir, dotado de khrisma o carisma, la coronilla, en la que se untaban el ungüento balsámico, el óleo sagrado, el mismo que se usaba para embalsamar a los muertos.

[10] La forma griega de la palabra hebrea que significa expulsado es fariseos.

[11] La forma griega de la palabra hebrea que significa “seguidores del camino de la perfecta justicia”, o “seguidores del Maestro de Justicia”.

[12] En griego, martyr significa testigo.

[13] Edom –en latín Idum- que, en hebreo, significa rojo, el mismo color que definía al senado y al mando imperial, del ejército, romano, era una tribu que habitaba la orilla del Mar Rojo.

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