0012-Sales, alquimia, química y átomos

Como la longitud de la zancada de Aquiles es, con toda seguridad, mayor que los pasos de la tortuga, siempre se puede calcular la distancia, y el momento, en que Aquiles la supere [1], por grande que sea la ventaja concedida, si hacemos abstracción del agotamiento de su fuerza. Y a parecida conclusión se puede llegar respecto del recorrido de la flecha. Los primeros que especularon con la existencia de partículas indivisibles [2] fueron los sacerdotes egipcios. Posiblemente llegaron a tal conclusión a partir de experimentos con las sales amoniacales. Los químicos que acompañaron a Napoleón en su expedición a Egipto dieron tal nombre a las que, junto con el hollín, aparecían en los altares de Amón. El origen de las mismas era la condensación de los vapores de urea, ya que utilizaban como combustible estiércol de camello. Estas sales no son las más propicias para tal experimento. Tal vez lo fuese la sal gema, que puede formar grandes sólidos cristalinos, que se reproducen sucesivamente en formas muy regulares.

Así, si aplicamos un golpe seco, precisamente en las líneas de exfoliación, donde la red cristalina resulta más débil, se reproducen múltiples cristales de la misma forma, aunque de tamaño proporcionalmente menor, siguiendo la estructura interna de cristalización. Este experimento puede repetirse un número determinado de veces, hasta que, al final, los sacerdotes egipcios observaban que las sales se licuaban. En realidad eran dos problemas distintos. Por un lado la carencia de aparatos ópticos para constatar que la estructura se mantiene idéntica hasta llegar al nivel microscópico inferior a la red cristalina, a la composición molecular. Por otro, que, al golpear cualquier objeto, se le está aplicando energía, calor, de forma que las sales amoniacales pueden descomponerse en amoníaco constitutivo. Es decir, que, a partir de posibles experiencias erróneas, llegaron a la conclusión, acertada, de que existían partículas mínimas, que no se podían dividir, sin cambiar la naturaleza, la esencia, de la materia. Es lo que los griegos denominaron teoría atómica.

Obsérvese que, aquello a lo que los filósofos denominaron átomos, está más próximo a lo que los químicos llamaron moléculas [3] que a lo que hoy entendemos como tales. Heráclito “El Oscuro” vivió en Efeso, cercana a la isla de Samos y a Mileto, como ya se indicó al mencionar a Pitágoras, aproximadamente entre el -554 y el -483. Para entonces las reformas democráticas azenienses parecían irreversibles. Se le considera uno de los iniciadores de la metafísica. Para él lo único eterno era el movimiento, el perpetuo retorno: “todo fluye”. Consideraba la idea de la inmovilidad, la igualdad a sí mismo, como mera apariencia, un engaño de los sentidos. Afirmaba que el movimiento era la consecuencia de fuerzas contrapuestas. Aunque no equivalentes, pues, entonces, el resultado sería el estatismo. Así, si el río fluía es porque había una resistencia al movimiento. En otro caso no fluiría, sino que el agua, automática e inmediatamente, “aparecería” en el mar. Esto es puramente dialéctico. El primero en darse cuenta de ello fue Karl Marx, en su tesis para el Doctorado en Filosofía, contradiciendo el simplismo de Hegel, que consideraba que todos los filósofos anteriores a él habían sido retóricos.

Para Heráclito la dialéctica (aunque él no utilizaba dicha denominación) lo implica todo. Cada cosa lleva en sí misma su contrario. Así el ser conlleva necesariamente la nada. Esta idea dialéctica conecta directamente con la filosofía oriental. Con ello contradice la afirmación anterior de la filosofía de que “el no ser no es [4]”. O, más aberrante, para su traducción castellana: “la nada nadea”. Este es el principio del vacío, sin el cual la teoría atómica, filosófica y físico-química, carecería de sentido, y del cero, elemento o conjunto nulo, imprescindibles para el desarrollo de la matemática.


[1] Mucho más difícil, incluso imposible, es calcular el lugar y el momento en que la “iguale”, puesto que el cálculo discreto impide tal posibilidad, salvo que la proporcionalidad de ambas longitudes y tiempos sea exacta, o acudamos al cálculo decimal, de porciones mínimas, hasta el valor que decidamos despreciable, insignificante.

[2] En griego átomos

[3] Que, en italiano, significa pequeñísima mole, cantidad, de cualquier cosa

[4] Es decir: no existe

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