1.815, 26 de septiembre: La nueva Santa Alianza

Continuará hasta que la Humanidad se extinga. Incluso después. Aunque entonces tenga distintos sujetos y objeto, testigos y narradores. O, quizás, ningunos. Con todo ello se consolidó el idealizado estilo de vida burgués, lo que los franceses denominaron “buen hombre”, todo lo contrario del “gentil-hombre”: honesto, hogareño, laborioso, cumplidor, rasgos que también pueden corresponder al puritanismo calvinista, o haber sido tomados de él. Tras la derrota de Napoleón, de las revoluciones, salvo la estadounidense, los conservadores se hicieron con el poder. Esto significa que contaban con el Estado y sus poderosos recursos represivos: la policía, la legislación, los jueces, el ejército, las Iglesias, la enseñanza, la censura, la prensa, etc.. Todos ellos los emplearon, sin cortapisas, consideraciones ni remordimientos de conciencia, para mantener su poder, entonces y para el futuro, real e ideológico, con pretensiones de eternidad, de modo represivo, impidiendo cualquier tipo de libertad, de resquicio, por el que su dominio pudiera ser diluido, disminuido, cuestionado. El conservadurismo acabaría escindiéndose en dos sectores divergentes: los que se oponían a cualquier tipo de cambio, de innovación, y los que terminaron comprendiendo que el sistema capitalista era imparable, que tenía sus ventajas, de tipo económico, que podía suponer rentabilizar sus propiedades, extraer de ellas mayores beneficios. Fue un avance para la Humanidad, ya que, de dicha escisión, provendría su pérdida de fuerza, su debilitamiento, propiciando su desalojo del poder o necesidad de compartirlo. Los primeros, los más retrógrados, represores, los más proclives a ponerse en manos de las Iglesias, también cumplieron cierta función social, al impedir que el liberalismo extremo acarrease unas peores aún condiciones de vida de los trabajadores. Los segundos, que terminarían pactando con los liberales más moderados, permitirían la introducción de nuevas Constituciones, derechos civiles, la separación de las Iglesias del Estado, una cierta laicidad, aunque siempre con la estaca en la mano, siempre con medidas represivas, de control y mantenimiento del poder y, al mismo tiempo, impidiendo un liberalismo radical de catastróficos resultados sociales. La realidad era que los revolucionarios derrotados habían vuelto a ser súbditos sumisos. Al menos por algún tiempo.

Todos pensaban que se había acabado con la revolución, que podrían volver a instaurar el absolutismo feudal. Sin embargo la semilla estaba lanzada, las ideas habían fermentado. Todos estaban agotados por los años de interminables guerras, de las injusticias y despotismo cometidos bajo la propaganda de igualdad, libertad y fraternidad. Pero no había predisposición a volver a soportar las injusticias y despotismo anteriores. A la postre, se volvió a la situación previa a la Revolución Francesa, en el sentido de que la única forma de romper el entramado policíaco, legislativo, judicial, militar, ideológico, religioso y educativo, era la reconquista revolucionaria, violenta, de un poder ejercido con la misma violencia. La burguesía iba a volver a tomar posiciones activas en la política, en defensa de sus propios intereses, para implantar el modo de producción que se adecuaba a éstos: el capitalismo. Para lo cual debió enfrentarse a las fuerzas represivas de la reacción, y aliarse a las clases populares, lo que acabaría movilizando a una mayoría incontenible. El reaccionario príncipe von Metternich era plenamente consciente de que no se había acabado con los procesos revolucionarios ni, menos aún, los nacionalistas, sino que, simplemente, se les estaba demorando. Los revolucionarios habían sido derrotados, militarmente, en parte víctimas de sus propias contradicciones, y de la imposibilidad material de prevalecer sobre tan cuantiosos y poderosos enemigos. Pero no habían sido vencidos, sometidos, intelectualmente. Nadie había demostrado que, teóricamente, sus principios fueran erróneos, o que los anteriores los superasen. La idea de la derrota fue cambiando por la de que la revolución aún perduraba en Estados Unidos. Pero aquello resultaba muy lejano. Para los europeos de la época se trataba de un territorio salvaje, que en absoluto podía servir de ejemplo para el mundo civilizado. Más cercana estaba Inglaterra, donde el liberalismo continuaba. Así que, en buena medida como en la época previa a la Revolución Francesa, Inglaterra volvió a convertirse en el faro que indicaba el camino a las fuerzas progresistas, y el refugio para los que huían de la represión, de uno u otro signo, como también lo había sido Suiza. Ambas continuarían cumpliendo dicha misión durante casi siglo y medio, si bien Suiza claudicó ante el nazifascismo.

La idea básica, para ellos, era la libertad, en su doble concepto, de derechos fundamentales, Derechos Humanos, civiles y ciudadanos, cuya seguridad jurídica debe estar garantizada, constitucionalismo, división de poderes, que impidiese la imposición de medidas despóticas, contrarias a los intereses de la burguesía, la renuncia a las políticas de fuerza, represivas, al Estado policíaco, que la experiencia demostraba que podía volverse en contra de las clases más progresistas, la participación en el poder legislativo, representativo, en el Gobierno y el control de la administración pública, sus gastos y la decisión sobre los tributos, considerando adultos a los ciudadanos, partícipes de un Estado que no es patrimonio de nadie, sino propiedad de todos, así como la libertad religiosa, de opinión, de información, de enseñanza, en donde, desde tiempos de los ilustrados más progresistas, se situaba la base de los avances futuros. Pero, sobre todo, económica: comercial, industrial, empresarial, de concurrencia, de competencia y de asociación. Patronal, no obrera, que se consideraba (no la empresarial) opuesta al libre mercado y la libre fijación de precios y salarios, por lo que se reprimía cualquier tipo de gremialismo, corporativismo o sindicalismo. Esta es la base fundamental del liberalismo: un movimiento político que busca la libertad para la economía, para el más favorable desarrollo de la burguesía y su modo de producción específico: el capitalismo. Pero esto no significa que se pretendiera la igualdad de todos los ciudadanos, sino sólo la igualdad teórica, ante la ley, en tanto que sujetos de derechos. Caricaturizando tales planteamientos se podría decir que se trataba de lograr, de garantizar, la libertad de compra, siempre que se contase con dinero suficiente para poder hacerlo. Y de venta: por ejemplo la prostitución, la venta del propio cuerpo, o de la propia fuerza de trabajo. Si se vendían los de otros, se tuviese o no derecho de propiedad sobre ello (por ejemplo, el rapto, la captura, el apresamiento) entonces no estamos hablando de capitalismo, sino de esclavismo, que aún perduraba, legalmente, en las colonias, aunque comenzaba a entrar en decadencia, a dejar de ser rentable y a considerarse retrógrado e injusto. Es decir: no se pretendía asegurar que las necesidades básicas estuviesen cubiertas, sino las circunstancias por las que la cobertura de tales necesidades pudiera ofrecerse, libremente, a impulsos de la iniciativa privada, al mercado.

El liberalismo suponía, en cierto modo, proseguir en el sendero marcado por la Ilustración, tomando como base el llamado derecho natural, de la reforma cristiana o protestante, confiriendo la libertad de conciencia, de decisión, hasta en materia ultraterrena. Si bien los ilustrados mantenían, propagaban, la necesidad de que el Estado interviniese en la economía, dando facilidades a determinado tipo de comercio o actividades, o creando directamente grandes fábricas, talleres, de la más innovadora tecnología, de productos de lujo de elevada rentabilidad pero que precisan grandes inversiones o necesarios para el sostenimiento económico o del poder colonial, como pueden ser la porcelana, los tapices, los astilleros o la industria armamentística, mientras los liberales se negaban a ello, manteniendo, con Adam Smith, que una “mano invisible” dirigía la actividad económica, desde la óptica de la mayor rentabilidad, el negocio, que terminaría satisfaciendo todas las necesidades no cubiertas. Lógicamente, aunque esto no lo explicitaran, siempre que pudiera pagarse por quienes tenían dinero para ello. Pero también se añadían nuevos postulados filosóficos. Como el neohumanismo alemán, el idealismo, de Kant, Schiller o W. von Humbolt. Y, sobre cualquier otra cosa, los nuevos postulados, puesta en teorización, de la economía política clásica, con Adam Smith y David Ricardo a la cabeza. Algunos de estos supuestos, anticipándose a que se expresaran teóricamente, ya se habían establecido en la Declaración de Independencia y la Constitución de Estados Unidos, en la Declaración de los Derechos Humanos y la Constitución francesas de 26 y 24 años antes, respectivamente, en las reformas prusianas, como la liberación de los campesinos, del régimen municipal y la libertad industrial, o en la emancipación de los judíos. El reaccionarismo impulsado por el congreso de Viena obligó a los liberales a refugiarse en sus hogares y empresas, primero, a ponerse a la defensiva, después, y, por último, a lanzarse a la reconquista del poder perdido. Así que su primer objetivo fue el establecimiento de Constituciones y garantías jurídicas, que lo permitiese, pero, simultáneamente, forzar la libertad económica. Su planteamiento era (sigue siendo, y así se impone por los ¿neo?liberales) que el Estado debía limitarse a garantizar el libre desarrollo de la economía, para lo cual era necesaria la seguridad personal y de la propiedad privada.

No se precisaba que interviniese en la economía, que estimulara o impulsase nada. Al contrario: se entendía (se sigue entendiendo, aunque no cuando hay que regalar dinero a los ricos “por el bien de la economía”, subvencionarles, reducirles impuestos o cotizaciones sociales, financiarles a interés inferior al de mercado o a fondo perdido, para que éstos, magnánimente, condescendiesen a volver a contratar a los trabajadores, si es que concluyen que así le interes, para explotarlos y obtener con ello inmensos beneficios) que la intervención del Estado era (es) negativa. Ya se encargaría una “mano invisible” (como propagaba Adam Smith) que autorregularía la actividad económica, mediante la confluencia de las libres oferta y demanda de productos, que terminarían equilibrándose en un mercado libre, de ofrecer los precios más justos (según Adam Smith a precio de costo, a largo plazo, en competencia perfecta) la forma de producción y distribución más baratas y eficientes, “garantizando” el trabajo (no para todos: sólo los que se precisen para la libre producción, y a los precios y condiciones que la competencia entre obreros permitan imponer, si bien a éstos se les impedía comunicarse, hacer peticiones colectivas, multitudinarias, que se interpretaban como intentos de fijar precios o costos, distorsionar el mercado; sólo podían aceptar o rechazar, individualmente, lo que se le ofrecía, como hacen los compradores de los artículos) el progreso, el bienestar, la prosperidad y la paz. Individuales y, por el conjunto de todos los individuos, terminarían siendo colectivas. Por término medio. Igual que ocurre con las empresas privadas, igual que unas subsisten y otras se arruinan, igual es “lógico” que ocurra con los individuos, especialmente los pobres, los trabajadores, que unos mueren y otros sobreviven, en función de que sepan ofrecer un trabajo, unos servicios o productos en forma y a precios aceptables por el mercado: este era el nuevo dios, al que había que ofrendarle sacrificios humanos.

Es decir, la prosperidad y progreso de los seres humanos no eran competencia del Estado, sino consecuencias de la iniciativa empresarial, del nivel de productividad, a través de la ambición egoísta (la “mano invisible”: el deseo de propiedad, de apropiación, de beneficios, de precios y salarios más elevados, pero también de subsistir) que originarían el progreso de la técnica, de la agricultura, el comercio, y, en especial, la industrialización. Es lo que se conoce como “Estado gendarme” (no confundir con el “Estado policíaco”, represivo, siempre con la porra en la mano; más exacto sería el “Estado gentleman”, ya que la policía inglesa de la época representa mejor tal concepto que la francesa) que no debe intervenir si no se pide expresamente su ayuda, para no violentar ningún derecho, como el de obtener inmensos beneficios a costa de los pobres, ya que éstos carecen de derecho alguno: el laissez faire, “dejar hacer”, como recomendaban los fisiócratas a Luis XVIº, que no subvencionara ni estimulase nada, sino que dejara que los empresarios hiciesen lo que quisieran, en la más pura anarquía. Inglaterra era la prueba de la superiordad del liberalismo sobre el mercantilismo. No se comprendía que el fundamento no estaba tanto en el sistema o la ideología, sino en el dominio de los mares, la mayor Marina, mercante y de guerra, del mundo, y el expansionismo colonialista, precisamente escogiendo éste en las zonas con mayor capacidad de generar ganancias. Y tampoco se puede despreciar la explosión demográfica ocurrida en dicho país, en la que también se basaba su inmensa capacidad productiva, su abundante mano de obra con su consecuencia de bajos salarios, con la cual la industrialización sólo hizo multiplicar tal capacidad mediante la aplicación de las nuevas tecnologías. La cual reproducía excedentes de mano de obra, desempleo constante y progresivo (“el ejército de reserva” de mano de obra, lo denominaría Karl Marx) disponibles para nueva expansión productiva y reiteradas reducciones salariales, hasta llegar a los niveles de subsistencia, por debajo de los cuales las personas, primero los niños, ancianos y mujeres, la población “no productiva”, se moría, poniendo límites a dicho “ejército de reserva” y bajos niveles salariales. A su vez, tal explosión demográfica fue consecuencia, particularmente, de la revolución agraria, originada por la aplicación de técnicas e innovaciones en las explotaciones agrícolas.

Fruto, a su vez, de las ideas ilustradas. Que, simultáneamente, produjeron un excedente de mano de obra agraria, ya no necesaria para alcanzar tales cifras productivas (además de la creciente llegada de productos alimenticios ultramarinos) agropecuarias, y a la que la iniciativa privada inglesa tuvo el acierto de ofrecer la esperanza de puestos de trabajo industriales, aunque fuese en condiciones miserables, inhumanas, y nunca forma simultánea, instantánea. En otro caso, en otras épocas, en otros sitios, habrían originado insurrecciones populares, entorpeciendo el desarrollo económico. Al hacerlo de modo “aceptable” por la clase trabajadora (las guerras napoleónicas, la derrota de la revolución, la propaganda sobre sus excesos, incumplimientos, el régimen del terror, contribuyó eficazmente a la resignación proletaria, a la perspectiva de que la revolución resultaba imposible, inútil) Inglaterra se convertiría en el país más rico de la Tierra, durante aquella época. Sin embargo, el liberalismo contenía sus propias debilidades. Dada su secular experiencia, la burguesía consideraba al Estado como un peligro en sí mismo, una constante amenaza de represión, intromisión y estorbo para el desarrollo económico y el progreso. Otro punto en que liberalismo y anarquismo coinciden. Aún hoy los neo¿liberales? propagan “menos Estado”, ocultando la alternativa que ello supone: más empresa, más poder para las empresas, pequeñas dictaduras descentralizadas. Aunque, a veces, llegan a tener más poder que muchos Estados, operando en gran número de ellos, como nuevos imperios. Es posible que marxistas y anarquistas, en su análisis, profecía u objetivo de que el Estado acabaría desapareciendo, habría que hacerlo desaparecer (según ambas contrapuestas perspectivas) se basaran en la visión previa de los liberales. Es lógico que, en tal época, con la reacción dominándolo todo, no se les ocurriera otra cosa que debilitar o acabar con su instrumento, ya que la conquista del mismo a los revolucionarios franceses no les había sido de utilidad. Al incidir sobre la libertad individual, tendían a desintegrar la autoridad política.

Como consecuencia, los propios liberales se fueron escindiendo en facciones, de modo que terminarían por convertirse en grupos minúsculos, que dejaron de representar una alternativa de poder para convertirse en meros aliados minoritarios, cada vez más proclives al conservadurismo, conforme éste iba asumiendo parte de los postulados liberales, y la amenaza obrera contiuaba creciendo, conjuntando con ello a todas las clases dominantes en su contra. Por otro lado, las consecuencias sociales del desarrollo capitalista mostraba, bien a las claras, la escasa ejemplaridad del liberalismo, sus desequilibrios y riesgos de confrontación. Al propugnar más libertades, facilitaba con ello las organizaciones obreras, y dejaba expuesta, con total rudeza, la contraposición de los diversos intereses de clase. De esta forma los liberales terminarían en medio de todos, emparedados, aplastados por las fuerzas contrapuestas, los llamados radicalismos. Conforme comenzaron a pactar con los conservadores y la alta burguesía se integraba en su entramado político, llegando a recibir títulos nobiliarios, con los que aquellos la atraían, se fue desgajando un sector que consideraba a la monarquía, incluso a la aburguesada monarquía parlamentaria, un peligro en sí misma, un obstáculo para el progreso, el medio en el que la reacción, el conservadurismo, la represión, mejor se desenvolvía. Exigían la radical igualdad y soberanía populares. Anteponían los derechos colectivos, de la mayoría, incluso a participar en los órganos representativos del Estado -a lo que la “democracia” censitaria se negaba- a los derechos y libertades individuales. Frente al derecho electoral vinculado a la propiedad, el origen de clase o los impuestos pagados, oponían el derecho al sufragio universal masculino y el compromiso de los elegidos respecto de la voluntad de la mayoría ciudadana, a semejanza de lo ocurrido durante la Revolución Francesa. Por tanto se les considera demócratas radicales o extremistas. No aceptaban otra forma de Gobierno que el republicano. Se sabían herederos de Rousseau, pero es innegable la influencia de los primitivos socialistas franceses, que postulaban una más justa distribución de la propiedad e iguales derechos a la educación, con el objetivo de la desaparición de las diferencias de clases sociales.

La pequeña burguesía se sumó inicialmente a ello, aunque poco a poco fue sutituida, expulsada, por los artesanos, empresarios autónomos y obreros, que impusieron un mayor radicalismo. Con ello el republicanismo democrático, que continuaría anclado a los intereses pequeño-burgueses, sería sobrepasado por los movimientos cooperativistas, sindicalistas, socialdemócratas y socialistas, que acabarían sustituyéndolo. La Revolución Francesa había consolidado el concepto de nación, derivado del verbo nacer. No se pueden explicar los triunfos napoleónicos sin su apelación patriótica. Aunque en Francia tal concepto tenía un sentido centrípeto, unificador y centralizador, y así se imitaría en Italia y Alemania, para otros supuso un impulso disgregador, separatista, independentista, centrífugo. Particularmente para los dominios austríacos y turcos. Las señas de identidad de este tipo de nacionalismo separatista pasaron a ser, no las características comunes, sino las diferentes: idioma, dialecto, historia, tradición, religión, costumbre, etnia, temperamento, etc.. Siempre que se desee se puede buscar una justificación para verse diferente. Todo muy romántico, según la visión que iba a imperar en la época. Y también retrógrado, fundamentado en el pasado, no en la pretensión de progreso futuro, para lo cual parece más recomendable la cooperación, comercio, en grandes espacios interconectados y bien comunicados, interétnicos incluso, de amplios y libres mercados. O Estados poderosos económicamente intervencionista. Todo lo contrario del independentismo. La experiencia demuestra que, para que cuaje, es necesario un fundamento económico, una riqueza, con la que cautivar a los incautos, haciéndoles creer que, con la independencia, se va a producir una especie de reparto. Que tal riqueza o desarrollo económico, al tocar entre menos población, va a suponer beneficios populares. Como si los poderosos, los poseedores, fueran a estar dispuestos a repartir sus propiedades. Como si no existiese la experiencia cotidiana de permitir la inmigración para rebajar los niveles salariales, sin más consideraciones nacionalistas, cuando interesa. Como si los pequeños países no tuviesen que pagar, en proporción, tanto o más impuestos que los grandes Estados.

Se llega a la contradicción de exigir fronteras abiertas que faciliten el comercio y los grandes mercados, junto con un independentismo que cree nuevas fronteras y fraccionamiento de tales mercados. En Europa occidental los separatismos son consecuencia del fracaso liberal o demócratico en instaurar instituciones realmente representativas: frente al fracaso en estructuras estatales multiétnicas, tal frustración se dirige hacia intentos en límites más reducidos, en donde existe una experiencia previa pseudodemocrática, o la idea de una superioridad cultural, étnica, o mayor avance social, mientras se considera retrógrado, atrasado, al resto del conjunto del que se desea separarse. Por el contrario, en Europa oriental, como en el mundo árabe, los nacionalismos se relacionan con tradiciones aristocráticas, el vasallaje o lealtad personal hacia sus “señores naturales”, los propios del país, los más cercanos, los que mejor se comportan con sus súbditos o los que más prometen, frente a los foráneos, a los que se presentan como más depredadores, despóticos, despreocupados por el bienestar del pueblo, como fuerzas ocupantes, contrarios a sus tradiciones, sentimientos, religiosidad o idioma. En ambos casos nacionalismo y romanticismo caminarán conjuntamente. El nacionalismo, al resaltar los rasgos tradicionales, la historia, la religión, las peculiaridades culturales, el ensalzamiento de glorias y heroicidades pasadas, y las exigencias de nuevos heroísmos futuros, abre paso al romanticismo. Y viceversa. Frente a la mayor potencia de los Estados plurinacionales, pluriétnicos, el nacionalismo sólo podía oponer el espíritu heróico y romántico. Y, para justificar tal exigencia de heroicidad, de sacrificio, hay que presentar un pasado glorioso, romántico, un presente lastimero, sojuzgado, y un futuro exultante, pleno de riquezas para todos, para todos los separatistas, para la minoría que así se representa. La mayor parte de las veces falseando tanto la historia como la realidad del presente, ocultando las glorias y penalidades de los demás, interceptando cualquier concepto de solidaridad o colectividad, con una visión localista, aldeana, provinciana, incluso racista, de superioridad racial. Las ideas de soberanía popular, mal entendida, reduccionista, y el carácter disgregador del liberalismo también influyeron en todo ello.

En poco tiempo el nacionalismo lo abarcó todo: en la Confederación Germánica, la península italiana y Bélgica con intención unificadora; en Polonia, Hungría, Irlanda, el reino austríaco, los Balcanes, el Imperio Otomano y las colonias hispanoamericanas con carácter disgregador. La primera en darse cuenta de que los postulados del congreso de Viena estaban destinados al fracaso, donde el liberalismo más se había arraigado, asumiendo, contradictoriamente, el tradicionalismo, la monarquía y las ideas imperiales, fue Inglaterra. Y también en las ventajas que podría conseguir estimulando, tanto el liberalismo, que le aseguraría el libre mercado, como el nacionalismo, con manifiestas intenciones imperialistas, como en Hispanoamérica o los Balcanes. Así que desistió de complicarse la vida, asumir costes, para afianzar el despotismo aristocrático en el Continente, y se “conformó” con su dominio de los mares y sus colonias, más las que pudiera conseguir de los demás. Como condición puso que se respetase el equilibrio de poderes europeo, que se impidiera que una nación alcanzase la hegemonía continental, que Francia volviera a construir una peligrosa Marina de guerra, para evitar lo cual sí estaba dispuesta a intervenir militarmente, así como para que se mantuviesen abiertos al tráfico comercial (librecambismo) todos los puertos. Los demás Estados aceptaron satisfechos que Gran Bretaña se desentendiera de dicho escenario. También von Metternich, el canciller austríaco, comprendió perfectamente que era imposible volver al pasado, que la Historia nunca da marcha atrás, que nunca se repite exactamente igual. Pero su rey, Francisco Iº, no lo comprendía así, forzando, junto con el zar de Rusia, un concierto europeo absolutista, que iba a ser impracticable, que sólo podía generar más revoluciones y más guerras. Un retraso en la Historia que no podría impedir que ésta continuase evolucionando. Las guerras napoleónicas habían extendido el nacionalismo por todas partes. Tanto en los que aceptaban la revolución en contra de sus dinastías reinantes como entre los que se oponían a los invasores franceses, buscando de nuevo la emancipación, no el retorno a sumisiones anteriores. Naturalmente la aristocracia no estaba de acuerdo con tales puntos de vista.

Por otro lado el Código Civil napoleónico también había sido asimilado por los pueblos. Ya no eran teorías filosóficas sobre lo que deben ser los derechos del ciudadano y la igualdad ante la ley, conocido sólo por los intelectuales y desocupados, que podían leer ensayos enciclopedistas. Ahora había un antecedente de derechos y normas concretos, que las gentes empezaron a exigir en cada uno de los países por los que habían pasado las tropas francesas. El derecho a una educación, laica, no manipulada por los curas y monjas para sus propios fines, basada en el francés, a niveles superiores, como fuente de los máximos conocimientos de la época, sustituyendo al latín y al griego precedentes, se hacía exigencia, a cargo de los presupuestos del Estado. Indudablemente era imposible dar marcha atrás. Negarse a verlo era estimular un nuevo ciclo revolucionario, violento. El congreso de Viena, iniciado para imponer condiciones de paz a la derrotada Francia, fue evolucionando hasta convertirse en un mecanismo que pretendía una paz permanente, basada en el equilibrio de poderes europeo, algo asumido por la Ilustración, aunque provenía de mucho antes, desde las guerras de religión lutheranas. Bajo tal apariencia, buscaba mantener al peligro francés encorsetado, impedirle alianzas internacionales que le permitiera levantar cabeza. Abominaba tanto de la revolución como de la Ilustración, a la que aquella se achacaba. Sólo se planteaba la vuelta a un tradicionalismo que ya era cuestión del pasado. Restaurar tanto la “legitimidad” dinástica como el Antiguo Régimen, y unirse en un Frente común contra cualquier movimiento que pudieran considerar revolucionario, ya fuese liberal o nacionalista, que era lo que a Austria le producía un verdadero temor.

Esta solidaridad entre las potencias, tanto como el pretendido equilibrio de poderes, garantizaría una prolongada paz entre los países europeos, aunque no así fuera de tal ámbito, donde las ambiciones imperialistas plantearían nuevos enfrentamientos, siempre localizados, temiendo una nueva confrontación global. Algo así como la llamada “guerra fría”, que nunca fue demasiado fría, con siglo y medio de adelanto. Una Confederación Germánica, sin ningún organismo unitario, sustituía tanto a la Confederación del Rin como al Imperio Alemán. A exigencia de Alejandro Iº, que se creía elegido por Dios para transformar la Historia, pacificar y salvar los pueblos, a los que consideraba miembros de una única nación cristiana, bajo la guía de Jesucristo -tal vez todo ello consecuencia de los remordimientos por el incendio de Moscú- y uniendo misticismo y romanticismo, se formaba (o recreaba) una Santa Alianza, por la cual la ortodoxa Rusia, la católica Austria y la lutherana Prusia, como representantes de las tres sectas cristianas, se comprometían a intervenir para mantener el legitimismo monárquico-religioso (la alianza del trono y el altar) y oponerse a liberales y nacionalistas. Metternich estaba disconforme con todo ello, pero comprendió que, con algunas modificaciones, podía ser de utilidad, cambiando el sentido cristiano-conservador por el auténtico interés austríaco reaccionario. Suprimió directamente la llamada a la penitencia a los reyes. Y la fraternidad entre los hombres la cambió por la única fraternidad verdadera e indisoluble de los monarcas unidos. El acuerdo afirmaba que la responsabilidad que habían contraido ante Dios, en conformidad con las palabras de la Sagrada Escritura, les daba derecho a intervenir en otros Estados para reprimir a nacionalistas y liberales. Y se comprometían solemnemente a gobernar a sus súbditos y dirigir sus ejércitos como padres de familia (de la época: es decir, a fustigazos) para proteger la religión, la paz y la justicia. Así se suscribió un documento el 26 de septiembre.

A todos los monarcas europeos se les invitó a que lo firmaran, excepto al Papa y al sultán otomano. Sólo el rey de Gran Bretaña, manifestando que compartía tales ideas, se excusó de hacerlo alegando que para tal pacto se necesitaba un Ministro responsable. Metternich y Alejandro Iº organizaron constantes conferencias de Estados europeos.

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