0016-Resignación, justicia y revolución confuciana

Conocer, comprender, las leyes, la lógica del Universo, el tao, era esencial para prever los acontecimientos, los fenómenos. Por ello eran minuciosos en el registro estadístico de todos los hechos, tanto eclipses como inundaciones o sucesos históricos, que tendían a considerarlos como oráculos. Kung Fu-Tse [1], vivió entre el -551 y el -479. Fue profesor, especialmente de hijos de príncipes, de nobles, funcionario, juez, consejero real y Ministro, aunque, caído en desgracia, debió exiliarse. Y bastante agnóstico. Afirmaba que, si no sabíamos servir a los hombres, cómo podíamos saber cómo servir a los espíritus; si no se sabe nada sobre la vida, cómo podíamos saber sobre la muerte. Su obsesión era un mundo predecible, calmo, equilibrado y, para ello, debía ser un mundo justo. Mantenía que cada uno debía comportarse según su origen de nacimiento: como príncipe, como siervo, como hijo o como padre. En este aspecto era bastante conservador, contrario a los cambios.

Dejó normas estrictas de comportamiento, en base a ello, para todas las circunstancias y situaciones sociales, que se pueden resumir en el aforismo: “sé bueno con los buenos y justo con los perversos”. Un doble rasero, justo, y más práctico y practicable que el teórica y presuntamente cristiano “poner la otra mejilla”, que nadie parece tomar en consideración. Tenía muy claro que, para aceptar el destino que a cada uno le tocase, éste debía ser justo, sujeto a limitaciones tanto en las obligaciones como en las prerrogativas, el poder de los poderosos, y, por tanto, respetando unos derechos mínimos de los subordinados. Se le atribuyen el Lun-yu [2], un libro de proverbios en el que explica de forma práctica y concisa, toda su doctrina, sus principios éticos, base moral estatal y social, sin teorizaciones filosóficas que la alejarían de su comprensión popular. Algo muy semejante al Corán.

Y también el “Libro de los Cambios” y el Chun-Chiu [3], recopilación de los archivos de los templos de entre el -722 y el -481, redactado en forma muy escueta y esquemática, sobre los hechos históricos y fenómenos más significativos. Es una especie de estadística destinada a extraer atributos que pudiesen relacionarse con posteriores análisis astrológicos -por lo que su cronología reviste suma importancia- o el cumplimiento o desprecio en cada caso de las normas de conducta por él establecidas, lo que explicaría sus consecuencias. Por ello no pueden expresarse en alabanza a los gobernantes o atribuyendo los hechos a los dioses, puesto que prejuzgaría dicho futuro análisis. Se trata, por tanto, de la primera historia objetiva, antecediendo a las de Heródoto, Tucídides o Jenofonte. Al tratar así los acontecimientos los hace enjuiciables: tanto las decisiones humanas como las presuntamente divinas, por ejemplo las catástrofes naturales, tienen consecuencias. Y, como tales, son susceptibles de crítica. Por tanto, estimaba que los gobernantes debían responder de sus actos.

No sólo “ante Dios y ante la Historia”, como los antiguos reyes y Franco, sino también ante sus súbditos, sus coetáneos. Pero, sobre todo, ante el futuro, los estudiosos, los historiadores, como forma de entender el mensaje que predecían las estrellas, y las consecuencias de las injusticias. Todo comportamiento debía basarse en una norma ética, y no en la mera voluntad, autoridad, disponibilidad, del poderoso. Y esto incluía, obligaba, hasta a los dioses. El recíproco sinalagmático de la obligación era el derecho, exigible. Todo esto fue revolucionario en su época. No es extraño que Confucio pasara a ser un personaje incómodo, y que sus presuntos textos fuesen “secuestrados” por el poder, y sólo ofrecidos a la ciudadanía en pequeñas e interesadas porciones: las que a los poderosos les convenían [4]. Desgraciadamente el mundo chino tuvo un desarrollo extraño tras la unificación Chin.


[1] En chino significa “El Gran Maestro de la familia (o etnia) Kung”, latinizado como Confucio.

[2] En chino, “Conversaciones” o “Diálogos”

[3] En chino, “Primaveras y otoños”.

[4] Algo semejante ocurrió con los 72 libros que componen la Biblia, entre el Concilio de Trento y el Vaticano IIº, en que se volvió a autorizar su traducción a las lenguas vernáculas. Aunque, siempre, bajo vigilancia y autorización eclesiástica, según la interpretación impuesta por los exégetas o intérpretes bíblicos eclesiásticos.

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