1.748: “(Sobre) el espíritu de las leyes”

Limitó sus posibilidades de actuación, y a 16 el número de sus miembros, entre los cuales se incluía el rey, que contaba con voto de doble valor. Además de aprobar la subida de impuestos, la Dieta sueca supervisaba el destino de los fondos, la administración de la Hacienda Pública, las actas del Consejo, la administración de Justicia, la promulgación de las Leyes y aprobaba sus modificaciones. El desarrollo de la Guerra de Sucesión Austríaca desagradaba a Prusia, que no deseaba un triunfo de María Teresa como para ver restablecido un poderoso imperio al Sur. Así que, en 1.744, volvió a la lucha, al episodio que se conoce como Segunda Guerra de Silesia. Ahora era Sajonia la que se veía amenazada por el poder prusiano, por lo que cambió de bando y se puso de parte de Austria. Pitt implicó a Gran Bretaña en la guerra. Alfonso Federico de Holstein-Gottorp se casó con Luisa Ulrica, hermana de Federico “El Grande” de Prusia, lo que le suponía un inmenso poder. El propósito de evitar que la Guerra de Sucesión Austríaca tuviese repercusiones coloniales se esfumó cuando un comandante británico capturó varios buques franceses en el Océano Indico. Francia reaccionó ordenando a La Bordonaise, Gobernador de Isla Mauricio, el envío de una Flota para apoyar a Dupleix, Gobernador de Pondichery. Este fue sumamente hábil pactando con príncipes hindúes para conseguir tropas auxiliares. Con su ayuda conquistó Madrás. En 1.745 murió Walpole, cerrando una época en la historia inglesa. Murió Jonathan Swift, autor de “Los viajes de Gulliver”, una sátira en contra de la sociedad, en forma de enanos y gigantes, su hipocresía y sus mentiras. También murió el “emperador” Carlos VIIº.

Le sucedió su hijo, Maximiliano IIIº de Baviera, que, de inmediato, firmó un pacto por separado con Austria, por el que rehusaba a cualquier aspiración imperial o al trono austríaco, a cambio de recuperar los dominios electorales perdidos por el fallecido “emperador”. Impuso la escolarización obligatoria de los niños. Fundó la Academia Bávara de las Ciencias. Reformó el Código Civil bávaro. Por todo ello y por la recuperación y mantenimiento de la paz, sus súbditos le honraron como “El Queridísimo”. Puede que en ello también hubiese algo de sarcasmo, por el amaneramiento que se le apreciaba. La victoria de Federico IIº sobre austríacos y sajones en Hohenfriedberg le permitió negociar la Paz de Dresde, por la que conservaba los territorios conquistados a cambio de reconocer, como emperador, no a María Teresa, sino al esposo de ésta, Francisco Iº. Murió el chogún Yochimune, sucediéndole Iechigue. En 1.746 murió Felipe Vº de España, sucediéndole su segundo hijo, Fernando VIº. Nombró Primer Ministro al marqués de la Ensenada, cuyo objetivo fundamental fue la ampliación del ejército. Para ello era necesario mejorar la capacidad recaudatoria, lo que precisaba la reactivación económica. Con tal fin liberalizó el comercio e impulsó el desarrollo agrario, lo que puede considerarse dentro de la panoplia ilustrada, aunque siempre se movió dentro de los parámetros tradicionalistas. Contrarios a implicarse en guerras decidieron incumplir el Segundo Pacto de Familia. Pero, para sacar provecho de ello, lo negociaron con Inglaterra, que, a cambio, aceptó el fin del Tratado de Asiento, de forma que renunciaba a la venta de esclavos y al “navío de permisión” (todos los barcos que atracaban en sus puertos o playas o cursaban sus aguas se justificaban como que eran el “navío de permisión” anual, pagando suficientes sobornos para que las autoridades locales así lo consintieran) en Hispanoamérica, y con Austria, que cedió al infante Felipe, hermanastro de Fernando VIº, ya que era segundo hijo de Isabel de Farnesio, la segunda esposa de Felipe Vº, los ducados italianos de Parma, Plasencia y Guastalla.

Desgraciadamente no consiguió sus pretensiones sobre Gibraltar. Pocas veces se ha conseguido más por no entrar en guerra. Aunque los ingleses incumplieron lo acordado, si las autoridades hispanoamericanas disponían de fuerzas, de medios, de coraje, y no eran corruptas, podían capturar los buques y su cargamento, ya que habían vuelto a ser contrabando, “contra el bando”, haciendo negocio con tales capturas. Ante la desesperanzadora situación parlamentaria, los jacobinos intentaron la entronización de Carlos Eduardo Estuardo, mediante un desembarco en Escocia, que llegó a amenazar hasta Londres, pero fue derrotado en Culloden mediante el retorno de parte del ejército que luchaba en Flandes contra los franceses. Con ello los jacobitas dejaron de ser una molestia: no volvieron a tener fuerza, suficiente número de seguidores y desaparecieron de la Historia. Las represalias contra Escocia incluyeron la ejecución de sentencias sumariales de 120 prisioneros (uno de cada 20 acusados) del más alto rango (más 36 desertores ingleses) otros 88 murieron en prisión, 936 fueron vendidos como esclavos en las colonias, 222 “desaparecieron” (lo cual tiene bastante parecido con el sistema que los nazis identificaban por las siglas de “Noche y niebla”, según una estrofa de “El anillo de los nibelungos”: “desaparecieron como la niebla en la noche”) en el sistema judicial británico, se desconoce lo ocurrido con otros 700 prisioneros, y el resto fue liberado antes o después. Todo ello sin considerar que, según la tradición escocesa, no tenían otra opción que secundar las decisiones tomadas por su jefe de clan. Se proscribieron dicho sistema de clanes -que fueron desarmados- las milicias feudales, la Iglesia Episcopaliana (la Católica ya lo estaba) las gaitas, que se consideraron “armas de guerra”, y las vestimentas típicas, la falda kilt y el tejido de cuadros tartán, que habitualmente se lleva al hombro como una manta cogido por un grueso broche. En cambio a los soldados franceses se les devolvió a su país como prisioneros de guerra regulares. El pretendiente Carlos, de 25 años, pudo huir. Como se quedó sin bienes le agradeció la ayuda al Capitán McKinon dándole la fórmula del “agua de vida”, en gaélico uisce beatha, que los ingleses deformarían en whiskey.

La familia McKinon realizó diversas modificaciones, entre ellas la “bebida amarilla”, en gaélico dram buidhe, internacionalmente conocida como drambuie. Los rusófilos “gorros” fueron derrotados en la Dieta sueca, que optó por el acercamiento a Prusia y a Francia. Isabel, la emperatriz de Rusia, que odiaba a Federico IIº, se puso del lado de Austria: el juego de alianzas seguía girando. Finalmente los turcos consiguieron derrotar en Erivan al conquistador turcomano Nadir. Se produjo una insurrección de tribus no chinas en Sichuan y el Tibet, que duraría cuatro años. Los manchúes la reprimirían cruelmente. En 1.747, debido a sus excesivos impuestos y su tiranía, Nadir sufrió un atentado, lo que aún lo hizo más déspota. Así que fue asesinado por su propia familia. Durante los disturbios que su muerte provocó, los otomanos aprovecharon para consolidar sus antiguas fronteras. En Kandajar ocupó el poder Ajmed chaj Durrani, que volvió a declarar la independencia de Afganistán, realizó varias expediciones contra el Punyab y llegó a conquistar Cachemira por algún tiempo, convirtiéndose en un peligro para la India durante 26 años. En 1.748, por la Paz de Aquisgrán, tras el agotamiento general de todos los que continuaban contendiendo, María Teresa logró que se la reconociese como reina de Austria. Francia se quedó con las manos vacías, tras su tremendo esfuerzo. Por lo que comenzó a plantearse una revancha, para “cobrar”, para “recibir”, de nuevo. Por lo visto no había tenido bastante. Charles Louis de  Secondat, Barón de Montesquieu, publicó De l’esprit des lois, “Sobre el Espíritu de las leyes”, título que habitualmente no se traduce con exactitud, en el que toma como base una concepción idealizada de la Constitución inglesa, a partir de la cual se posiciona como un aristócrata crítico con el absolutismo. Es decir, desde esta perspectiva, como un retrógrado, que pretendía la vuelta atrás en el tiempo, propagando la división de poderes del Estado, en evitación de totalitarismos unitaristas, autocráticos. Interpreta que el poder judicial es autónomo, independiente, desconociendo que, en determinadas circunstancias, la Cámara de los Lords y la de los Comunes pueden funcionar como Tribunal Supremo, para los estamentos que representa, lo cual puede ser un privilegio benévolo para la aristocracia.

Se puede considerar que esta distribución de poderes se extiende a la organización social, de forma que la aristocracia actuaría como contrapeso entre el poder excesivo del rey y la violencia anárquica del pueblo llano, la falta de respeto por vidas, patrimonios, leyes, privilegios y tradiciones, en ambos casos. Sin embargo su razonamiento auténticamente racionalista lo convirtió en argumentario para las futuras revoluciones, el liberalismo y la democracia. Se descubrió el yacimiento arqueológico de Pompeya, una lujosa villa romana en las laderas del Vesubio, en Nápoles. La conmoción que causó fue tal que acabó con el rococó (rocalla francesa, a imitación de los grutescos o decoración del estilo de las grutas, italianos, del Renacimiento) ya decadente, sustituyéndolo por el clasicismo, cuyo utilitarismo, funcionalidad, simplicidad, exclusión de decoraciones innecesarias, linealidad, lógica, racionalismo, solidez, sensación de poder, de confianza y seguridad, representaban propiamente el espíritu burgués, mas allá de la Ilustración. Murió Mujammad chaj, sucediéndole Ajmad chaj como emperador mo-gol. Las rivalidades entre los franceses hicieron infructuosos sus triunfos en la India, de modo que, por la Paz de Aix-la-Chapelle, Gran Bretaña recuperó Madrás. Dupleix fue depuesto. Si bien la Guerra de Sucesión Austríaca fue eminentemente europea, ya que el Imperio Romano Germano no tenía colonias, aunque sí sus aliados y oponentes, también afectó a Norteamérica, aunque en menos proporción que la Guerra de Sucesión Española. Allí se la conoce como King George’s war, “La Guerra del Rey Jorge”, y, como Francia no consiguió recuperar sus territorios perdidos, ni abrir paso a sus colonias canadienses al Atlántico, todo quedaba dispuesto para futuros enfrentamientos.

Gracias a la actividad de la Compañía de Caracas, las plantaciones venezolanas de cacao, base de su negocio, habían casi triplicado su extensión en 20 años. En 1.750, los franceses en Norteamérica no llegaban a 70.000, y más por su elevado crecimiento demográfico que por nuevas emigraciones, lo que incrementaba su desapego hacia la metrópoli. En ella comenzaba una crisis agraria que duraría tres años. Este hecho llevó, de pronto, al convencimiento, no sólo en Francia, en las veladas, salones y fiestas del rococó, a la aristocracia y alta burguesía progresistas, que la Ilustración había fracasado: no era capaz de cumplir sus promesas de progreso económico y social, elevación del nivel de vida. En realidad esto mismo ha ocurido con todas las obras humanas, movimientos filosóficos, religiosos, políticos, tesis económicas y revoluciones, porque ponemos demasiada confianza en que cualquier obra humana pueda resolver todos los problemas de la Humanidad. E incluso de la Naturaleza, en que estamos insertos y nos empeñamos en “dominar”, o sea, en destruir. Y con ello, daban al traste con los ideales sobre la virtud, humanidad, dignidad humana, racionalidad, educación o libertad de pensamiento. La antorcha del progresismo pasó a la baja burguesía, más en contacto con el pueblo llano, y se haría enciclopedista y revolucionaria. El relojero ginebrino, descendiente de franceses huidos de la persecución religiosa, Jean-Jacques Rousseau, publicó su “Emilio o (sobre) la educación”, cuyo protagonista es un bonachón, al que las circunstancias sociales convierten en un malvado. El corolario es que la única forma de impedir que la civilización degenere es retornar a la naturaleza, abandonar el racionalismo desalmado (que, en último extremo, lleva a la perversión hitleriana) volver al sentimentalismo humanista y aplicar todos los esfuerzos en la adecuada educación de la infancia. Tales ideas iban a tener un tremendo impacto en mostrar las contradicciones ilustradas, propulsando el republicanismo, la democracia y la revolución, para conseguirlos. Murió Juan Vº, sucediéndole José Iº en el trono portugués. Nombró Ministro de Asuntos Exteriores a Sebastiao José de Carvalho, marqués de Pombal y yerno de Daun, Mariscal de Campo austríaco. Gran Bretaña tenía 7’8 millones de habitantes. “Voltaire” viviría tres años en el palacio de Sans Souci, de Federico IIº “El Grande” de Prusia, con el que mantendría amplia correspondencia, durante toda su vida. Para entonces los holandeses habían penetrado hasta 400 kmts. alrededor del Cabo de Buena Esperanza.

Tras la muerte de Nadir, sus familiares y los grandes señores lucharon para hacerse con el poder. Karim Jan, de la dinastía send, se proclamó virrey, para generar menos oposición, gobernando sobre el Sur de Irán. Aún así tardó otros 6 años en restablecer el orden. Pero, finalmente, gracias una hábil política agraria y comercial, consiguió una elevada prosperidad, al tiempo que fomentó la cultura y la ciencia. Llegó a la India el misionero evangelista, protestante, Christian Friedrich Schwartz, quien, con su integridad personal, consiguió un enorme prestigio entre británicos, hindúes y mahometanos. Para entonces los británicos ya habían enviado allí a numerosas tropas regulares, los comerciantes se habían inmiscuido en la política de los diversos reinos hindúes, y los colonos se habían hecho racistas. Apareció también la burocracia civil colonial. El cobro de impuestos los puso en contacto con la nobleza agraria, de las que se contagiaron de su ambición y ostentación de riquezas, lujos, despotismo y torpeza. Desapareció el espíritu tolerante a la par que se fueron haciendo habituales el madeira, el vino y la cerveza entre los pobres. En 1.751, Georgia fue declarada colonia de la corona inglesa. Eso significaba que, poco antes de la guerra de independencia estadounidense, de las 13 colonias norteamericanas británicas, 8 eran colonias de la corona. Si se hubiese mantenido el criterio de dividirlas, de establecer distinta consideración entre ellas, se habría fomentado la rivalidad y la desunión. Aunque también habría atizado el espíritu reivindicativo para las que se considerasen menos favorecidas. Pero, al cambiar repetidamente de criterio, de consideración legal respecto de ellas, se las unía en contra de tal comportamiento despótico e injustificado. Con su intención recaudatoria, el marqués de la Ensenada pretendió una reforma fiscal, que incluía contribuciones sobre inmuebles, rústicos y urbanos, que también gravaban a nobleza y clero, clases exentas de impuestos, lo que puede catalogarse como revolucionario.

Dichas clases reaccionaron forzando al rey su destitución. Es curioso que, en España, donde los Reyes Católicos iniciaron tempranamente la senda absolutista, con la imposición de su poder sobre la aristocracia y la manipulación de las Cortes castellanas, convocando sólo a los representantes que les eran afectos, o no convocando a las Cortes aragonesas, fracasaba su definitiva implantación, al contrario de lo que ocurría en casi todo el Continente. El espíritu ilustrado sufre un drástico cambio, al hacerse “enciclopedista”. El diccionario de todos los saberes, técnicas, artes y oficios, que denominaron Enciclopedia, porque encerraba todos los ciclos pedagógicos, dirigido por el filósofo Diderot y su ayudante, el matemático Le Rond d’Alembert, a petición de un editor, que quería reproducir, y superar, el éxito de la Ciclopedia británica, intercalaba artículos de Montesquieu, “Voltaire”, Rousseau, Quesnay o Turgot, algunos de los cuales podrían considerarse revolucionarios. De hecho así lo interpretó la censura. La palabra clave era “democracia”. Utilizando un análisis posterior, anacrónico, la delimitación entre ilustrados y demócratas era que los primeros pretendían “todo para el pueblo, pero sin el pueblo” (sin contar con él, sin pedir su opinión, su participación, como si fuesen menores de edad, a los que había que hacérselo todo “por su bien”, incluso aunque no quisieran) manteniendo y apoyándose en el despotismo, mientras que los segundos buscaban “el Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Es lógico que eso supusiera romper las reglas que tanto el absolutismo como la aristocracia estaban dispuestos a tolerar. Y que también significaba abrir el camino para las futuras revoluciones proletarias. En poco tiempo el primer tomo de la Enciclopedia se convirtió en una nueva Biblia para los demócratas, que se extendió por toda Europa y América. Y con efectos no menos demoledores que la del orfebre Gutenberg o el teólogo Luther. El nuevo espíritu ilustrado suponía conocer de todo, hablar de todo y discutirlo todo.

Al tiempo que las clases dominantes hacían despiadada ostentación de lujos y privilegios en iglesias, viajes, fiestas, palacios, ropajes, teatro, opera melodramatica (obra teatral con melodía, con música) conciertos o juicios, se sentían “público representativo”, eran tolerantes, liberales, asumían los comportamientos burgueses, cultos, se compadecían de los pobres labriegos (María Antonieta instaló, a las espaldas de Versalles, una especie de “Belén viviente”, con su río, su molino, su aldea, donde exigía a toda la Corte que se disfrazara de campesinos, de pastores, y “jugaran” a ejercer oficios rústicos, “en contacto con la naturaleza”, como odeñar vacas: todo muy bucólico) y exponían sus propias ideas sobre cómo remediar la situación, con lo que propiciaban y alentaban la crítica social. En última instancia, la revolución. Precisamente ellos, los más favorecidos por la injusta organización social y distribución de la riqueza. Se trataba de una crítica social desde una visión burguesa, precisamente cuando dicha clase social, que comenzaba a implantar su dominio económico, iniciaba su lucha por conseguir la primacía política, como había ocurrido en Inglaterra. La contradicción tomaba carta de naturaleza entre los ilustrados. La mayoría de los filósofos de la Ilustración reclamaban una monarquía fuerte y absolutista, como único modo de imponer reformas contrarias a los intereses de la aristocracia. Entre ellos destaca “Voltaire”. Otros muchos pretendían ilustrar a los dirigentes sobre sus obligaciones, hacerles ver el “orden natural” de las cosas, coincidiendo con los fisiócratas, de la economía y la sociedad, en los derechos “naturales” de los hombres que el Estado debía satisfacer, administrar, de modo igualitario, y proteger. Obsérvese la intención infiltradora en los centros neurálgicos del poder, siguiendo la estrategia de la Compañía de Jesús, que imitó la masonería, si bien esta última evolucionó hacia el objetivo de destruir el orden social establecido.

Bastantes otros, como Montesquieu o Diderot, buscaban una limitación a los poderes del Estado, de forma que no fuesen omnímodos, absolutos, con indiferencia de que se tratase de monarquías parlamentarias, al estilo inglés o de la Roma imperial, o de repúblicas, al estilo holandés, suizo, italiano, o de la Roma y Grecia republicanas. Es decir, casi siempre, reforma (¿revolución?) desde arriba, desde el poder, desde el que es imposible hacer la revolución, si no se parte de una estructura previamente democrática. Por tanto no resultaba extraño que colaborasen en la administración de un Estado cuya propia organización criticaban. Ni que mantuviesen lazos de amistad con déspotas proclives al diálogo, al debate, la argumentación, el razonamiento, la crítica, dispuestos a dejarse convencer por las ideas tecnificadoras, innovadoras, reformistas, tanto respecto de las finanzas, que tanto fallaban, sometidas a excesivas exigencias, como de la administración, el Derecho o la estructura política.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s