0021-Sócrates

Pero fue reclutado como hoplita [1] para distintas campañas militares, distinguiéndose por su valor y resistencia. En la batalla de Potidea salvó la vida a Alcibíades. Muchos opinan que recibió enseñanzas de Aspasia de Mileto, la amante de Pericles, que algunos textos (especial, o quizás originariamente, la comedia satírica “Las Nubes”) presentaban como maestra de retórica y pedagogía, cuya casa frecuentó. Pero, posiblemente, se tratara de un sarcasmo, que, en su época, todos debían entender, para desprestigiar al gran político, puesto que otros la consideran una hetaira [2]. Se cree que realmente fue alumno de Anaxágoras. Abandonó el ejército y vivió en la pobreza, enseñando gratuitamente. Se caracterizó por su facilidad de palabra, su ironía y la agudeza de sus razonamientos. Paseaba por las calles y plazas de su ciudad atosigando con preguntas a los transeúntes, no sólo a sus discípulos. Por ejemplo: ¿Cómo se llega a la verdad? ¿Se puede confiar en la opinión del pueblo? o ¿Qué es la virtud? Contestando a cada respuesta con otra pregunta, hasta obligarles a reconocer su ignorancia.

Es lo que se conoce como mayéutica [3], método inductivo por el que el maestro obliga a pensar al alumno, a través de hábiles preguntas, suscitando respuestas a problemas más elevados sin plantearlos explícitamente. Sócrates era consciente de la ignorancia colectiva, incluyendo a los reconocidos como grandes sabios de su época y anteriores, y a sí mismo. Se le atribuye la frase “sólo sé que no sé nada”. Nada dejó escrito. Lo que suponemos de sus enseñanzas se conjetura de la comedia satírica “Las Nubes”, de Aristófanes, que lo presenta, durante su juventud, como un sofista engañoso [4], y los textos de Platón, Jenofonte, y Aristóteteles [5], en los que se aprecian frecuentes contradicciones sobre tales enseñanzas. Platón decía reverenciarlo, recordando el día que le lavó los pies y le puso las sandalias, costumbre oriental que significaba acogimiento, hospitalidad y rendición de pleitesía, consideración de superioridad al invitado.

Pero, en parte, puso en boca de su maestro sus propios planteamientos. Quizás para, al principio, hacerlos más creíbles, conferirles mayor autoridad, más fácil reconocimiento. Quizás, en parte, retorció dichas enseñanzas para demostrar que él las había superado. O, tal vez, para evitar que pudiesen acusarlo de impiedad, comparándolo con él o achacándole sus propias conjeturas. Sócrates supuso una reacción contra el subjetivismo y relativismo de los sofistas, apostando por el racionalismo. Creía que el conocimiento, el amor, y el autodominio permitirían restablecer la relación del hombre con la naturaleza. Que el conocimiento llevaba a la virtud y al amor, y la ignorancia al vicio. Y viceversa. Consideraba el alma una mezcla de la inteligencia y personalidad de cada uno. A los enseñantes de la época se les culpó de las derrotas azenienses durante las Guerras del Peloponeso, por el aumento del individualismo y la falta de aceptación de sacrificios para con la patria.

No se comprendía que eran consecuencia del desarrollo económico y social, de la elevación del nivel de vida, de conocimientos, cultural y formativo, de la consolidación de la democracia y la asunción del Estado de Derecho, con lo que aumentaron las exigencias y aspiraciones mundanas, hacia un Estado del Bienestar o Beneficencia. En este ambiente, dominado por la reacción conservadora, se le acusó de impiedad, por no reconocer a los dioses azenienses, corrompiendo a la juventud con sus enseñanzas, apartándolos de la tradición, del respeto a los mayores, a la obediencia, del compromiso con el Estado y las instituciones democráticas [6]. Pudo ser una venganza por sus contactos con Alcibíades, que, en un tiempo, luchó a favor de Esparta, tras haber sido condenado por el ostracismo [7] y con intención de recuperar su poder. O por haber sido Critias, uno de los treinta tiranos impuestos a Azenas por dicha ciudad, tras su victoria en la Guerra del Peloponeso, que asesinaron a 1.500 demócratas durante el régimen de terror de los conservadores, en el -403, discípulo suyo.

Pero también por su amistad con Pericles, enemigo de éstos.


[1] Soldado de línea, base del ejército tradicional griego, según el modelo espartano, fuertemente armado, con pesados escudos, peto, casco, espinilleras y protección para el antebrazo, que demostraron ser más eficaces que enemigos más numerosos, como los persas, pero que estaban peor armados, si bien tales impedimentas entorpecían su movilidad. Los tebanos, especialmente Epaminondas, superarían este inconveniente creando las falanges, troncos o arietes, peor armados pero más ágiles, y perfectamente instruidos en rápidos despliegues y complicadas maniobras, lo que copiarían los macedonios.

[2] Literalmente, “compañera”. Solían ser extranjeras. En masculino, hetairos, significa “socio empresarial” o “aliado político”. Es el mismo cambio semántico entre “mujer pública” y “hombre público”. Aunque también puede tener un sentido ambiguo u oculto, figurado, como cuando los cronistas indicaban que Alejandro Magno se acompañaba de un amigo hetairos. Estas mujeres eran más parecidas a las gueichas japonesas -frecuentemente, en la antigüedad, homosexuales, consagrados a aconsejar y aliviar las pesadumbres de los hombres- que a las prostitutas (en griego, porne; también los había masculinos, casi siempre adolescentes, tanto para servir a hombres como a mujeres; solían ser esclavos, de ambos sexos, regentados por su propietario, porneboskós, “pastor de prostitutos” o proxeneta; también las había por cuenta propia, normalmente extranjeras, que, en muchos casos, instruían a sus hijas para seguir el oficio, asegurándose con ello su manutención en la vejez, puesto que los maridos abominaban del pasado de semejantes suegras) sagradas hindúes, que, de niñas, las ofrendaban con una marca en forma de llave a hierro candente, en la parte interior del muslo izquierdo, dirigida hacia la ingle, a alguna divinidad, para ser criadas y educadas en sus templos, que, antiguamente (hoy con mucha menor frecuencia) vivían en ellos o en los barrios más pobres, a veces incluso casadas, que prestaban sus servicios, gratuitamente, a quienes las requerían, aunque era costumbre darles un regalo o una limosna, siempre voluntaria, no como contraprestación, en agradecimiento a sus atenciones, como signo de admiración y respeto, e incluso de forma sostenida en el tiempo, en recuerdo de pasadas relaciones, y para colaborar a su manutención, de modo que la tradición no se perdiese y que la divinidad (y la “beneficiada”) le quedase agradecia. Por ello ofrendar como prostitutas sagradas a las niñas pobres les garantizaba su supervivencia: las sociedades precapitalistas ideaban la forma de satisfacer las necesidades sociales antes de la proliferación monetaria, y la religión era el gran mecanismo integrador y benefactor. Posiblemente fueron la forma social de superar los conflictos sociales originados por el abandono popular de lo que denominamos poligamia (que significaría “muchos o varios sexos”) y que deberíamos referir como poliginia (“un solo varón”) voluntaria para los hombres y monoandría forzosa para las mujeres, dado el precio que éstas (sus “dotes”) tomaron cuando la guerra dejó de hacerse en el campo para pasar al asedio de cudades amuralladas, lo que hizo que la mortandad de ambos sexos fuese muy semejante, y se extendiese la llamada monogamia, más exactamente monoginia. También había hetairas, y prostitutos, en los templos griegos, sobretodo en el de Afrodita, la diosa del Amor, lo que justificaría el odio que le profesaban los judíos y los cristianos; eran esclavas y esclavos regalados por hombres, y también por mujeres, acaudalados, con conciencia social, cívica y religiosa, de atender a las necesidades sociales y seguir la tradición de dichos templos. Como nuestras donaciones a las hermandades, fraternidades o cofradías procesionales, por ejemplo.

[3] Significa obstetricia, tocología, o ayuda al parto, a dar a luz -tal vez en recuerdo de su madre, que era comadrona- al conocimiento, al descubrimiento de la verdad, en el caso de la filosofía.

[4] Aristófanes era un aristócrata recalcitrante, contrario a la democracia. Sus ataques a Sócrates posiblemente iban dirigidos, en realidad, contra Pericles, del que era amigo, igual que hacía contra Aspasia, su amante.

[5] Este último nació muchos años después de muerto Sócrates, por lo que sus referencias son indirectas. A pesar de ello se le considera más objetivo, carente de la relación, los sentimientos personales que los demás habían tenido con él, y, por tanto, más creíble. Tal vez de modo injustificado.

[6] Que, en su época, ya eran meramente formalistas, vacías de auténtico contenido decisorio.

[7] Un gobernante o ex-gobernante azeniense podía ser acusado de impiedad, de inmoralidad, de incumplir las tradiciones, las leyes antiguas, o las normas constitucionales. Para ello se pasaba a votación popular escribiendo sí o no sobre un trozo de vasija o vajilla roto, ostrakoi, ya que normalmente adoptaban una forma parecida a una ostra, que s e amontonaban a las afuerzas de la ciudad para las votaciones. En los procesos electorales se escribían sobre ellos las iniciales del candidato al que se le confería el voto. Conforme la democracia se fue extendiendo a las capas populares los aristócratas, al comprender que eran minoritarios, se fueron deshaciendo de sus oponentes mediante falsas acusaciones e incitando a la plebe a ejercer el ostracismo, o sea, la destitución y el destierro, bajo la amenaza de muerte. Lógicamente, los sectores progresistas reaccionaban haciendo lo mismo contra los conservadores. También influía en ello la envidia que la consecución del poder, el apoyo popular, despertaba entre los griegos. Lo cierto es que tal proceso no podía tener otro fin que la implantación de la tiranía, la destrucción violenta de la democracia.

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