0028-El animal político

Como hijo de un médico, destaca el pragmatismo de Aristóteles, aunque no llega al nivel del empirismo. Desarrolló la lógica como doctrina de las formas y los métodos, del recto pensar, que él llamaba analítica, como ciencia formal, que, partiendo de la correcta definición, el adecuado establecimiento de categorías, el juicio y la demostración, llega a conclusiones racionales, asumibles por la totalidad de los individuos. Que hoy se hayan olvidado, se desprecien, no se estudien y dominen tales normas mínimas, hace asqueante el mundo en que vivimos. No sólo políticos, escritores y publicistas cometen increíbles errores lógicos, sino incluso los que se proclaman como científicos o se tienen por filósofos, a veces incapaces de sostener un diálogo socrático, responder a nada, si no es acudiendo a la memoria de autoridades, a repetir como papagayos. Pero, como pragmático que, era, Aristóteles no lo basa todo en la deducción. Comprendía que la inducción era el único instrumento de desarrollo de hipótesis a partir de observaciones concretas. Aunque advertía que, de ellos, no puede derivarse la certeza.

En su Metafísica muestra que las ideas, los principios generales o universales, sólo tienen validez cuando se aplican a cosas concretas, singulares, en un lugar y tiempo determinado. Tal relativismo, relatividad, resulta asombrosamente moderno. Discrepa sobre la determinación de la materia y la forma. De sus observaciones de la naturaleza, y, quizás, de las conversaciones con su padre, el médico, asume la existencia de una finalidad, una teleología, una causa final, para todo. Se le considera el fundador de la zoología sistemática, perfeccionando hasta constituirla en materia científica la tesis evolucionista de Anaximandro, de indudable influjo en la segunda versión bíblica de la creación en 7 días o etapas evolutivas. Siguiendo dicha tesis, las propuestas de Platón y tal gradación de lo orgánico, concluye que hay tres jerarquías de alma: la nutritiva o vegetativa, la sensitiva o motora, propia de los animales, y la racional o pensante. Cada una de ellas incorpora las facultades de las inferiores, pero sólo la última constituye el nous, el espíritu o mente. La consecuencia es que el hombre es superior a todo lo demás. Lo cual lo acerca a la tesis de Protágoras. Para la ética aristotélica, la razón, el raciocinio, es la finalidad de la vida humana.

La virtud ética consiste en el punto medio entre los extremos marcados por apetitos de orden opuesto y contradictorio, a través de la razón. Mayor virtud significaría mayor razón. Escribió mucho sobre la concepción filosófica de la política. Concebía al hombre tanto como un “animal racional” como un “animal político” o comunitario, aunque esto último se ha ocultado con frecuencia, por las connotaciones democráticas y democratizadoras que podría acarrear. A sensu contrario habría que concluir que el desentendimiento de las cuestiones políticas, de la implicación comunitaria, no es humano. Y mucho menos filosófico. Sino que se queda en lo animal. De su postulado del punto medio, de su pragmatismo, concluye que, también en la vida pública, lo mejor es la mixtificación, el consenso, con una Constitución que reparta los distintos sistemas de poderes, entre los individuos destacados, las clases sociales más poderosas, y el pueblo en su conjunto: algo idealista, impracticable, pero que puede considerarse antecedente de Montesquieu. Quizás no fuera descubrimiento suyo, sino recopilación de anteriores pensadores, pero el siguiente argumento tuvo una importancia decisiva en el decurso de la Humanidad.

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