1.824: La derrota española en Ayacucho. Independencia de Perú y consolidación de la de toda Hispanoamérica continental

En 1.823 murió Pío VIIº. Aparecieron violentas partidas realistas en Navarra y Cataluña (posiblemente herencia de haber tomado parte por el archiduque Carlos en la Guera de Sucesión, que, a su vez, era reacción en contra de los franceses, tanto por la llamada “guerra de la independencia”, por pretender implantar el liberalismo y porque los catalanes consideraban que habían traicionado la causa del republicanismo y del independentismo) encabezadas por aristócratas y el arzobispo de Tarragona, que proclamaron una regencia absolutista, directamente apoyada por el rey: era el antecedente directo del carlismo. Tras un intento infructuoso de las Cortes de declarar incapacitado a Fernando VIIº, dirigido por el Mariscal Del Riego, que entonces las presidía, y después de innumerables peticiones de ayuda de éste, la Santa Alianza consideró inaplazable su intervención. El ejército de Fernando VIIº, junto con las tropas de la Santa Alianza, los Cien Mil Hijos de San Luis, en realidad unos 130.000, llegados de Francia, al mando del duque de Angulema, recorrieron España casi sin encontrar resistencia, reimponiendo el absolutismo. Sólo el Capitán General Del Riego, como General en Jefe del IIIer Cuerpo de Ejército, se les enfrentró en Cerro Luengo, en la Batalla de Jódar, pueblo de Jaén, donde fue gravemente herido, derrotado, traicionado, abandonado por sus tropas y apresado en Arquillos, en Jaén. La Constitución de Cádiz fue abolida. La Inquisición y los privilegios de señorío y mayorazgos fueron restablecidos. La represión fue durísima. Se cerraron publicaciones periódicas y Universidades. Se prohibió la masonería y todas las sociedades secretas. Se inicia con ello la última etapa de la vida del despreciable Fernando VIIº, la llamada “década ominosa”. Del Riego, en una vergonzosa carta publicada en la Gaceta de Madrid, pidió perdón y clemencia al rey y a todos los que pudiera haber ofendido con sus “crímenes liberales”. Lo que no impidió que fuese condenado a la horca por traidor, por haber votado la incapacidad del rey. Fue arrastrado hasta el cadalso en un serón entre los insultos de los madrileños, quienes en otro tiempo habían paseado su retrato por las calles entre vítores. Stepehenson fundó una fábrica de locomotoras para vagonetas mineras. Clapperton inició una exploración del interior de Africa que duraría dos años.

El Gobernador Amherts implicó las posesiones británicas en la India en una guerra con Birmania. Dada la superioridad naval de Gran Bretaña nada debía temer del resto de potencias europeas. Excepto de Rusia, cuyo avance por Asia central y su aumento de influencia en Persia amenazaban el valle del Indo. Sin embargo, insospechadamente, Birmania, en su proceso expansionista, atacó la isla de Chapuri. El imperio español se desintegraba. La Santa Alianza aplicaba en Europa el intervencionismo contrarrevolucionario ¿Lo haría también en América? Y Rusia, la principal propulsora de dicha intervención, anunciaba expandir sus dominios en Alaska hacia el Sur, hasta el paralelo 51º. En tales circunstancias el Presidente James Monroe, en el mensaje anual ante el Congreso, enunció la llamada “Doctrina Monroe”, aunque fue obra de su Secretario de Estado, John Quincy Adams, hijo del segundo Presidente de Estados Unidos, John Adams. Por ella se dejaba patente que no se consentirían colonialismos ni intervención en “su” hemisferio, interpretándolos como amenazas contra la “paz” o su seguridad. En realidad considero que se trata de un deseo de dominio “hemisférico” que estaba implícito desde su primer “congreso continental”, o incluso en la elección del nombre de Estados Unidos de América. Se compendió en la vulgarización periodística “América para los americanos”. Las publicaciones periódicas españolas, sobre todo tras la guerra de Cuba, satirizarían con el diálogo “¿Y los demás Continentes? ¡Pues, para los americanos también!” Sin embargo no hacía sino repetir la amenaza británica, oponiéndose a una intervención europea (la Santa Alianza) contra las colonias españolas que luchaban por su independencia, que ésta consideraba  un nuevo foco revolucionario, y de cuya parte, ayudándolos y financiándolos estaban Gran Bretaña y Estados Unidos. Ya las potencias de la reacción habían mostrado su repugnancia por la proliferación de repúblicas y Constituciones liberales en tal Continente. A cambio Estados Unidos se comprometía a no intervenir en Europa, lo que, en aquél momento, parecía una arrogancia injustificada, pero que iba a constituir la política exterior de dicho país hasta 94 años después, cuando sí podía hacerlo, y, de hecho, lo demostró. Y, más tarde, durante el periodo de entreguerras, excepto la invasión de la República Federativa Soviética de Rusia.

Agustín Iº expidió autorización al aventurero estadounidense Stephen Austin  para colonizar Tejas, entonces casi despoblada. El padre de éste, Moses Austin, “el rey del plomo”, potentado de dicha minería y fundición, que más tarde quebró, se trasladó a las minas españolas de dicho metal en la Luisiana Española, la actual Missuri, y consiguió la concesión de una legua (4.428 acres: ¡16 km2 de terreno!) a cambio de su jura de lealtad a la corona española y el compromiso de llevar colonos a la zona. A la venta de dicho territorio a Estados Unidos pidió licencia en el mismo sentido respecto de Tejas, pero entonces fue rechazada por la enemistad de España con Estados Unidos por culpa de la acción de los filibusteros. A cada colono y sus “empresarios” (agentes propagandistas y contratantes de la colonización) de Tejas se les entregó una legua, se les exoneró de aranceles durante 7 años y se les dio habitualmente una legislación favorable, con la exigencia de que aprendiesen castellano, fueran o se hicieran católicos, se nacionalizaran mejicanos y cambiaran sus nombres por los equivalentes españoles, lo que no siempre se impuso. Arropados por esta inmigración “legal” muchos otros, inmigrantes ilegales, indocumentados, pasaron de Estados Unidos o los territorios aún no anexionados de las praderas central de Norteamérica para adueñarse de las inmensas extensiones de terreno deshabitadas. El marasmo económico puso a la Asamblea Constituyente en contra de Agustín Iº, configurando conjuras como la del Plan de Casas Mata (en el que participó López de Santa Anna) por lo que la disolvió. Las logias masónicas y la intromisión de agentes secretos de la Gran Colombia, consiguieron que fuese derrocado por una conjura militar, en la que tomó parte Antonio López de Santa Anna, instaurándose la República Federal de Méjico. Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Honduras y Costa Rica se constituyeron en Provincias Unidas (a imitación de la antigua república holandesa) del Centro de América y se declararon independientes de Méjico. Manuel J. Arce fue elegido como su primer Presidente.  En Perú, como consecuencia de la reinstauración del absolutismo en España, las tropas absolutistas atacaron a las liberales españolas, con lo que se impidieron unas circunstancias propicias para haber derrotado al ejército de Bolívar, que no podría haberse reconstituido en muchos años.

En cambio, aprovechándose de estos enfrentamientos, Bolívar consiguió la victoria de Junín. En 1.824, bajo el impulso del liberal Canning, se aprobaron una serie de leyes en Gran Bretaña, como la tolerancia a los sindicatos, bajo el nombre ficticio de Trade Unions (“Uniones Comerciales”) y la suavización de las llamadas “leyes del garrote” (garrota o palo largo) represivas y restrictivas de las libertades. Tal nombre se relaciona con una recomendación tradicional respecto de la educación de los niños, en especial de cómo dirigirse a los que vivían en la calle o en los hospicios: háblales con dulzura, pero lleva siempre un grueso bastón (garrote) levantándolo y agitándolo ante sus ojos mientras lo hagas. Ha llegado a formar parte de la política internacional de Gran Bretaña y Estados Unidos: la amenaza encubierta y las “acciones de castigo” en cualquier parte del mundo. Luis XVIIIº, sobre todo tras el susto del retorno de Napoleón, había demostrado un tacto exquisito, procurando no enfrentarse a los ultramonárquicos, en los que se apoyaba, ni a los liberales, cuya ascendencia popular era notoria. Así, aunque se entrometía en los asuntos gubernamentales o reestableció la etiqueta cortesana, evitó demostraciones de lujo. Su hermano, Carlos Xº, que lo sucedió a su muerte, quizás consideró que la revolución había sido definitivamente desterrada, que la Santa Alianza era un instrumento invencible y que Napoleón ya estaba definitivamente muerto y enterrado, por lo que, de modo temerario, reintrodujo todos los excesos cortesanos. Se plegó a las exigencias de la nobleza. Para indemnizarla por las expropaciones revolucionarias emitió casi mil millones en títulos de renta. Aprobó leyes para restaurar las instituciones religiosas y en contra de la profanación de los templos. Los liberales, por ejemplo Félicité de Lamennais, se asustaron por todo ello, propagando su oposición. También se mostraron en contra los sacerdotes galicanistas, drigidos por el conde François Dominque de Montlosier, inquietos sobre todo por el aumento de partidarios de De Maestre, con todo lo que conllevaba de preeminencia papal. El rey de Prusia dejó de apoyarse en los distritos para hacerlo en las provincias. La abolición de la trata de esclavos y la negativa al pago de impuestos volvió a traer la guerra entre la tribu de los achanti, en Gana, y los británicos, en alianza con las tribus costeras. Esta se prolongaría, intermitentemente, durante tres cuartos de siglo.

Birmania conquistó Assam, lo que a hindúes y británicos les pareció una amenaza para sus intereses. Aliándose con los siameses padecieron algunas derrotas, dada la mejor adaptación de los birmanos a la selva, las montañas, donde ni la caballería ni la artillería pueden emplearse, así como a la climatología. Murió Rama IIº, sucediéndole Rama IIIº como rey de Siam. Gran Bretaña y Holanda delimitaron sus respectivas zonas de influencia en Indochina. En realidad Holanda abandonó sus posiciones en la península malaya, intentando evitar conflictos, y se limitó al archipiélago indonesio, más bien sólo el Sur de Borneo y el Este de Java, vinculando mediante Tratados a los demás terrtorios. Su Flota, permanentemente preparada para entrar en acción, era la garantía del mantenimiento de sus privilegios. A partir de entonces se dedicaron a dominar el interior de Java, enzarzándose en escaramuzas con las diversas tribus. La distancia de la metrópoli y el aporte discontinuo de hombres y material retrasó su conquista. Gran Bretaña tenía Ceilán, más rica, pero menos crucial para el tráfico de los Estrechos hacia China. John Quincy Adams fue derrotado en la primera votación popular a Presidente de Estados Unidos. Sin embargo el Congreso lo invistió como tal, pues la Constitución aún le facultaba para hacerlo. Desde Jefferson había ganado siempre el Partido Republicano, fundado por él. Entonces se le cambió el nombre a Partido Democrático Republicano. Bajo el emperador Agustín Iº, Méjico fue el refugio de los realistas de toda Hispanoamérica, partidarios de la colonización española, bajo la cual el país había gozado de gran prosperidad, y que estaban siendo expulsados y perseguidos en todas las nuevas naciones independizadas. Posiblemente a consecuencia de la independencia de las Provincias Unidas de América Central, el ejército, encabezado por Antonio López de Santa Anna (al que los estadounidenses denominan Santana) que se convertiría en el verdadero poder mejicano, lo derrocó. Quizás con la intención de reintegrar a dichas Provincias Unidas de América Central. Fue elegido Presidente Guadalupe Victoria, que trató de mantener un difícil equilibrio entre conservadores y liberales, que no calmó a aquellos.

Con una política incoherente, diferenciada, según sus intereses, en Méjico los británicos favorecieron a los conservadores y realistas, que contaban con el apoyo de la logia masónica escocesa y de la Iglesia Católica, amenazada de expropiación por los liberales. Estos recibían el apoyo de la Logia Yorkina, con sede en Nueva York, del cónsul de Estados Unidos, de las clases medias, que aspiraban a integrarse en la administración pública, y de la población europea e indígena empobrecida, que pedían un cambio en la propiedad de la tierra. Las circunstancias para la revolución mejicana estaban ya establecidas. Agustín De Iturbide regresó de su exilio en Londres para informar al Congreso mejicano que la Santa Alianza, preparaba su desembarco en Méjico. No sabía que se le había prohibido su retorno, por lo que fue fusilado. Sin embargo, otra incoherncia más, se le ofrecieron honores fúnebres, su cuerpo se continúa exhibiendo en una urna de cristal, y su sable en el Congreso mejicano, con el nombre inscrito en oro de los mismos insurgentes a los que había combatido (y que en su “Manifiesto al mundo” declaraba que volvería a combatir si los tiempos volviesen atrás) con algunos de los cuales se alió más tarde, y la exaltación a su nombre, asociado a la bandera mejicana (se le atribuye a él y a un sastre-peluquero: verde por la independencia, blanca por la religión y roja por la unidad, que los revolucionarios italianos imitarían) permaneció durante casi un siglo en el himno nacional mejicano. La actual República Dominicana, cedida a los franceses, conquistada por los esclavos rebeldes que habían independizado Haití, reconquistada por los franceses, recuperada después por España, se proclamó tres años antes como Estado Independiente del Haití Español, para ser de nuevo conquistada por Haití dos meses después. Centroamérica se constituyó como República de Guatemala, que controló todo el territorio. De Sucre, que había obtenido la victoria de Junín, dio la batalla definitiva del subcontinente sudamericano, en Ayacucho, en la Pampa de Quinua, la puna andina peruana. Las tropas españolas habían quedado inmovilizadas largo tiempo, lo que impidió llevar a cabo los planes de ataques a los insurgentes en el Sur, en Chile, siguiendo órdenes del virrey de Perú, ya que el General Espartero (liberal: ecordemos que los liberales estaban a favor de la independencia de las colonias) estaba negociando con el Gobierno de Buenos Aires.

Igual hizo Bernardino Rivadavia, que llegaría a ser Presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, con las tropas establecidas en el territorio bajo su mando. Rotas dichas negociaciones, dominado el virreinato de Perú por los absolutistas, su virrey, José De la Serna, reclutó forzosamente a campesinos, e inició la acción contra los insurgentes, en una serie de enfrentamientos sorprendentemente victoriosos. De Sucre, esposo de la marquesa de Solanda y de Villarocha, General en Jefe del Ejército Unido Libertador, debió replegarse continuamente, con grandes pérdidas. En tales circunstancias tuvo que pedir un empréstito en Lima, controlada por los españoles, para contratar tropas mercenarias británicas. La dureza de las montañas, la climatología, las marchas y contramarchas, los enfrentamientos contínuos, la enfermedad y la deserción diezmaron ambos ejércitos. Y ambos recurrieron al expeditivo método de reforzarse mediante el uso de los enemigos apresados, lo cual era sumamente peligroso. Los españoles habían ocupado posiciones en lo alto de las montañas, que constituirían una defensa muy eficaz, pero el hambre los obligó a desalojarlas. Al bajar por las laderas las tropas se dispersaron, lo que las ponía en trance de derrota en cuanto llegasen los refuerzos independentistas colombianos. El propio virrey comandaba las tropas españolas, que fueron tomadas por la caballería llanera (vaqueros armados con garrochas aguzadas, que montaban la silla sobre un pellejo de vaca curtido y endurecido, vuelto hacia arriba, que protegía sus piernas de cornadas, pero también de las espadas, bayonetas e incluso disparos, mientras ocultaban su cabeza y su cuerpo tras de las de sus monturas y el cuello de las mismas; al ver la situación tan favorable, su jefe, desenvainando su sable, les gritó: “a paso de victoria”) venezolana mientras caminaban en hileras, sin tiempo a desplegarse en formación de combate (una situación semejante a la aniquilación de tres legiones romanas por los germanos, además de la traición del legado germano Arminio, enrolado en el ejércto romano, en los bosques de Teotoburgo, en tiempos de Octavio Augusto, y que Roma ya no pudo reponer, ni volver a traspasar el Rin; o la derrota de británicos y Washington a manos de los indios en el primer ataque a Canadá, entonces francés) ni haber bajado la artillería, que continuaba desmontada, a lomos de las mulas, hasta que pudiesen rodar por el valle.

Los inexpertos reclutas campesinos, a pesar de sus anteriores victorias, iniciaron la huida, haciendo muy difícil la reorganización de las fuerzas españolas. El virrey fue herido y apresado. Su supone que perecieron un tercio de las tropas españolas, proporción escalofriante, si bien dicha cifra es teórica, ya que se ha extraido de las listas de las formaciones a la salida de la fortaleza de El Callao, cuando las deserciones y fugas posteriores debieron ser muy numerosas. Además hubo un 10% de prisoneros, aunque hay divergencia sobre dicha cifra, pero que puede tomarse de media, sin que la fluctuación sea excesiva en torno a la misma. No obstante las tropas españolas consiguieron zafarse de la batalla. En algunos casos, cuando los Oficiales pretendieron reagrupar a los campesinos huidos, fueron disparados por éstos. Además los independentistas les cortaron la retirada, encerrándolos en el valle entre montañas, por todo lo cual decidieron la capitulación: a cambio de conseguir que se les permitiera el regreso a Lima, se comprometían a no volver a luchar contra los independentistas, y que dicho virreinato pagaría las deudas contraídas con todos los países que habían colaborado con estos. En tales condiciones, Perú, que siempre había sido mayoritariamente fiel al imperio español, se quedó aislado, de forma que, rotos sus lazos con la metrópoli, terminaron optando por independizarse también, constituyéndose en república. Algo parecido le ibe a ocurrir, 75 años despues, a Puerto Rico, que, sin haber querido nunca ser “independiente”, acabaría anexionado a Estados Unidos. Al hacerse independiente rehusaron pagar los compromisos del antiguo virreinato, por lo que la financiación a los independentistas sudamericanos nunca fue saldada. Con perfecta evaluación de los hechos, De Sucre consideró que la guerra de independencia hispanoamericana (casi) había terminado. Al menos, en tierra firme, no en las islas. Tras perder la más rica de las colonias sudamericanas ya no merecía la pena seguir combatiendo. Bajo el mando del General De Sucre, el Alto Perú, nunca completamente derrotado, siempre mayoritariamente fiel al imperio, pasó a denominarse Bolivia, en honor al Libertador. Más tarde Perú y Bolivia se confederaron. Bolívar convocó el Congreso de Panamá, que proclamó la república de la Gran Colombia.

En Chile estalló la guerra civil. Paraguay, encerrado en medio de estos avatares, sin salida al mar, se organizó prácticamente como una república independiente desde 9 años antes, impulsada por los independentistas argentinos, para que les sirviese de santuario y apoyo. Tres años después, el Congreso dio el título de Dictador Supremo a José Gaspar De Francia, que actuó como un déspota. En 1.825, O’Connell reactivó la Asociación Católica Irlandesa. Conforme los diversos Estados europeos fueron alcanzando niveles similares a Inglaterra respecto de la unificación de sus mercados y administración pública, revolución agraria, explosión demográfica, mejora de las vías de comunicación, industrialización y estructura económica, fueron imitando el modelo inglés. Los primeros en hacerlo fueron Holanda, Bélgica y Suiza, seguidas por Francia. Luis Iº fue coronado rey de Baviera. Apoyó el movimiento de unificación alemana. Sin embargo, con buen criterio, y también mucha ambición, quiso que su país, es decir, él mismo, sustituyeran a Prusia y a su rey como núcleo aglutinador de la nueva Alemania. Comoquiera que, al final, sería Prusia la que lo conseguiría, objetivamente su empeño sólo sirvió para retrasar el proceso. Murió Alejandro Iº, de tifus, que había pasado sus últimos años como un auténtico ermitaño, en medio de sus ideas místicas. Su hermano Constantino abdicó inesperadamente, sucediéndole Nicolás Iº, yerno de Federico IIIº de Prusia, que no había sido educado para ser zar. Rápidamente comprendió que tal corrupción existía en la administración y en la sociedad rusa, que hacían imposible cualquier reforma. Quizás fuese la justificación que se dio a sí mismo para comportarse como un déspota. Así, aunque realizó algunas medidas modernizadoras, como estabilizar la cotización del rublo, favorecer a los siervos mediante normas legislativas, a la literatura, desarrollar industrias textiles o establecer líneas ferroviarias, se comportó como un autócrata autoritario, manteniendo la censura y la represión. No eran éstas las aspiraciones de sus súbditos, por lo que se produjeron sublevaciones. A imitación de Austria en su frontera turca, los rusos habían creado colonias militares en su propia divisoria con los otomanos. Por ejemplo, en zonas ucranianas. Lo consideraron estrategia militar, por lo que sometieron a los 300.000 ciudadanos trasladados o afincados allí a severísimos reglamentos.

No es extraño que fuese entre ellos donde se iniciaran las insurrecciones, que fueron sofocadas. Pero aquel 26 de diciembre estalló otra en Sanktpetersburg. Los “decembristas”, como se les denominó, eran mayoritariamente jóvenes aristócratas, casi todos Oficiales del ejército, lo que añadía una peligrosidad antes insospechada. Sin embargo, pronto se escindieron en dos corrientes contradictorias. La coalición del Norte pretendía una Constitución federal. La coalición del Sur, quizás tomando como base la Confederación de Rin creada por Napoleón, proponía una liga de repúblicas, aunque fuertemente centralistas en el interior de cada una de ellas. Resulta sorprendente que, tras la derrota de Napoleón, los llamados a heredar los privilegios aristocráticos, en la lejana Rusia, reavivaran ideas liberales. El levantamiento fue aplastado, aunque el zar llegó a estar en peligro de haber sido asesinado. Las sentencias fueron tan terroríficas como la amenaza que habían supuesto, si bien el zar, muy inteligentemente, atenuó algunas. Cinco de los principales dirigentes del levantamiento fueron ahorcados. Entre ellos el General Paul Pestel, Presidente de la coalición del Sur. Otros 120 fueron deportados a Siberia. Arakcheiev, favorito del anterior zar, fue cesado. En adelante Nicolás Iº se ocuparía por sí mismo de la política interior, apoyándose en la Iglesia ortodoxa y el nacionalismo ruso. La vida pública e intelectual fue sometida a control riguroso por la tercera división de la cancillería imperial, que se haría lamentablemente famosa. Era una policía secreta dirigida por el General Benckendorff, más tarde recompensado con el título condal. Mujammad Ali se implicó en la guerra contra los independentistas griegos, consiguiendo numerosas victorias. En Egipto confiscó grandes extensiones de terreno, construyó caminos, un ejército y una Flota propios, y reorganizó la sanidad y la administración pública. Clapperton inició una segunda exploración, que duraría otros dos años, descubriendo, con sus compañeros, una ruta transahariana desde Trípoli y el lago Chad hasta el Níger. El reino yoruba fue sometido por los fulbé. La expansión del imperio chino había absorbido extensas áreas de otras minorías étnicas, culturales y religiosas, con las que la dinastía manchú no sentía necesidad de conceder ningún miramiento.

Esto provocó una serie de rebeliones que tendrían gran importancia en el agotamiento de la dinastía y de la estructura de poder imperial. La primera fue la de los mahometanos del Turquestán, que duraría dos años. Tasmania pasó a ser colonia británica. Tras ocho años de obras, financiadas por el Estado de Nueva York, se abrió el canal de Erie, de 550 kmtrs. de longitud, que unía los Grandes Lagos con el río Hudson, entre Buffalo, a orillas del lago Erie, y Albany, en la orilla del río Hudson, lo que convirtió a la ciudad de NuevaYork en el mayor puerto de Estados Unidos y su ciudad más poblada, al derivar hacia el Este parte del tráfico que antes salía al mar por Nueva Orleáns, lo que suponía un recorrido mucho más largo, más alejado de los principales puertos de destino, que estaban en la costa Este o en Europa, daba un inmenso rodeo y pasaba por zonas despobladas y salvajes. Portugal comprendió que no estaba en condiciones de impedir la independencia de Brasil, tal vez aprendiendo de la triste experiencia hispanoamericana, además de las relaciones dinásticas paterno-filiales, por lo que terminó reconociéndola. Una de las líneas de concesiones del emperador Pedro Iº a los “liberales” azucareros fue mantener la ocupación de la “Banda Oriental” del Río de la Plata, antigua provincia del virreinato español. Con ello permitía el expansionismo de sus rentables explotaciones, lo que, a su vez, aumentaba las exportaciones, mejoraba el deficitario balance o balanza comercial, sosteniendo la cotización de su moneda y los ingresos de la deficiente Hacienda de Brasil. Esto originó la insurrección de Juan Antonio Lavalleja, al mando de sólo 32 hombres. Pedro Iº, por tanto, trató de reprimir tal levantamiento. Con ello, Brasil, que se había librado de las guerras independentistas propias, se implicaba en un conficto puramente imperialista, como potencia invasora, contra una de las nuevas naciones recientemente independizadas del imperio español. “Los Treinta y Tres orientales”, con un fuerte respaldo popular, reclutaron precariamente milicias, que rápidamente obtuvieron éxitos, de modo que, en pcos meses, se declararon independientes (de Brasil) y se incorporaron a la Argentina, que se lanzó a la defensa de “su” territorio, derrotando repetidamente a los brasileños. Pero éstos replicaron bloqueando el puerto de Buenos Aires, por lo que ambas partes debieron aceptar la intermediación británica. Bolivia se separó definitivamente de Argentina.

En 1.826, los ingleses habían establecido su supremacía sobre los holandeses en la actual Indonesia. Metternich fue nombrado Presidente de las conferencias de Ministros (obsérvese la similitud con los órganos actuales de la Unión Europea) del Interior de la Confederación Germánica. Con ello Austria marcaba la pauta política interna de todos ellos. Es decir: la represión. Majmut IIº llevó en secreto tropas del modernizado ejército a Estambul, de forma que, cuando los genízaros se sublevaron de nuevo, fueron masacrados por todo el imperio. Se abría así el camino a la reforma, no sólo en todo el ejército, sino en otras instituciones, que el temor a la reacción de éstos habían impedido. Además, quedaba evidenciado que dichas reformas no podían producirse en el marco de los viejos esquemas e instituciones tradicionales, por lo que habría que imitar los modelos europeos.

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