0845-Los normandos

Los ataques de los “hombres del reino de Nord” [1] acabaron con el poder del reino de Mercia, que se había hecho hegemónico en Gran Bretaña. En cambio Wessex se vio resaltada, por su resistencia frente a los escandinavos. En el 820, León Vº fue asesinado. Le sustituyó, como emperador de Bizancio, Miguel IIº, de Armorión, un distrito turco. Los vasco-navarros habían conseguido mantener su semiindependencia con una inteligente política que alternaba sumisión y rebeldía, tanto respecto de los andalusíes como de los carolingios. En una de estas alternancias, navarros y andalusíes estimularon la secesión de los condados aragoneses de la Marca Hispánica. No obstante éstos mantuvieron, formalmente, el vasallaje feudal, quizás por si fuese el mal menor exigir el derecho de protección frente a ataques mahometanos. En el 823, Constantinopla fue asediada por un ejército revolucionario, al mando del eslavo Tomás, que se había rebelado en Turquía, tres años antes, prometiendo liberar las cargas de los pobres, oprimidos por los excesivos tributos e imposiciones de los funcionarios. Aunque fueron derrotados el imperio quedó bastante debilitado. En el 824, Iñigo Arista se proclamó en Pamplona rey de Navarra.

En el 825, Wessex había conseguido unificar todos los reinos británicos bajo su mando, excepto Gales y Escocia. En el 826, pidió ayuda al franco Ludovico el rey danés Harald Iº, enfrentado a los hijos de su predecesor. El rey francés, que debería dudar de la legitimidad de Harald, le puso como condición que se bautizara, tras lo cual lo dejó firmemente asentado en el poder. En el 827, los mahometanos españoles que habían conquistado Egipto se apoderaron de la bizantina Creta, mientras que los Norteafricanos invadieron Sicilia, de la que tardarían un siglo en ser expulsados. En el 829 sucedió a Miguel IIº, como emperador de Bizancio, su hijo Teófilo. Los árabes eran conscientes de su inferioridad cultural, su ignorancia, tanto como de constituir el pueblo elegido por al-Laj para expandir su culto. Así se presentaron con extrema curiosidad, humildad y tolerancia frente a sus dominados, pero sin ningún tipo de complejos, sin interponer limitaciones ni exclusiones, como suelen hacer habitualmente los invasores. En poco tiempo habían asimilado la cultura de la época de su entorno, estudiando las ciencias griegas y traduciendo a Hipócrates, Galeno, Euclides y Ptolomeo, sobre los que no tenían el menor prejuicio de ser “paganos”, como hacían los cristianos, puesto que, para ellos, todos los no mahometanos eran igualmente infieles, lo cual no desmerecía su superioridad cultural. Así que, desde esta visión humilde, reconociendo su desconocimiento, actitud propiamente científica, llegaron a convertirse en autoridades internacionales en medicina, farmacología y fitoterapia.

También absorbieron el elevado saber hindú, especialmente en matemáticas y astronomía. En Bagdad, en el 832, se fundó una academia en la que se estudiaban todas las ciencias. Por todo el mundo mahometano se produjo una intensa producción bibliográfica, consecuencia de la rapidez de copiado que permitía la escritura cursiva árabe [2], la intensa alfabetización que produjo la exigencia de leer y memorizar abundantes fragmentos del Corán o de sus interpretaciones tradicionales, y, sobre todo, el elevado nivel de vida conseguido por el funcionariado y los comerciantes. Con ello se produjo una gran divulgación de temas como la filosofía, el derecho, la medicina, las ciencias naturales o las matemáticas, en épocas anteriores reservados a un reducido número de personas interesadas, y, a consecuencia de ello, un asombroso aumento de especialistas en los mismos. Tres meses después de quedar viudo, Ludovico contrajo nuevas nupcias con Yudiz, descendiente de Welf [3] de Baviera. Esta lo convenció para coronar a Carlos, hijo de ambos, como rey de los alamanes.

Lo cual provocó sucesivas guerras civiles, hasta que, en el 843, se produjo el pacto de Verdún, por el que se repartieron el imperio Luis el Germánico, Carlos IIº, apodado “El Calvo”, güelfo por línea materna, que se quedó con Francia occidental, y Lotario Iº, el primogénito, la zona entre ambos, desde Frisia y Holanda hasta la mitad Norte de Italia. Como dicho territorio incluía Aquisgrán y Roma, conservó el título imperial, que, de esta forma, dejaba de ser eminentemente franco, francés. Algo que parecía de justicia histórica, pues, aparte de Carlomagno y la preeminencia merovingia, la dinastía de Clodoveo, la Galia, tras la desaparición del Imperio de Occidente y hasta el dominio franco, había conservado las estructuras, normas y tradiciones romanas, como si el imperio continuase vigente, sin someterse a ningún otro poder bárbaro, excepto la zona ocupada por los godos. Ese mismo año, en el sínodo de Coulaines, Carlos “El Calvo” tuvo que comprometerse a no recuperar los terrenos enfeudados, de modo que la propiedad feudal se convertía en pleno dominio, salvo que no podía venderse ni transmitirse, excepto por herencia, donación o nuevo enfeudamiento a los sucesivos vasallos. Iñigo Arista consiguió que al-Andalus lo reconociera como rey, a cambio de un tributo anual.

Aprovechando tal relación pacífica, a veces sellada con uniones matrimoniales, y la decadencia y enfrentamientos entre los francos, él y sus sucesores conquistaron territorios en Aragón. A la muerte de Teófilo heredó el trono de Bizancio su hijo, Miguel IIIº, menor de edad, bajo la regencia de su madre, Teodora, ayudada por su hermano, Bardas, y por su favorito, Teoctisto. Este se fue haciendo cada vez más poderoso, hasta el punto de que intentó arrebatarle el derecho hereditario a Miguel, el legítimo emperador, quien, de un golpe de Estado acabó con la regencia de su madre y el poder de dicho favorito. Sin embargo delegó las funciones imperiales en su tío Bardas. En esta época, Focio, futuro Patriarca de Constantinopla, escribió el Myriobyblon [4], en el que relacionaba y resumía las más importantes obras clásicas y sus autores, que, en muchos casos, constituye nuestra única referencia de ellos. Prosiguió su labor Aretas de Cesarea. También se hicieron compilaciones de estética, filosofía, medicina, farmacia, política o ciencia militar: todo un anticipo del Renacimiento. En China los monasterios estaban exentos de impuestos.

Así que las necesidades financieras llevaron al emperador Uu-tsung a prohibir las religiones extranjeras, lo que supuso la persecución del buddismo. Se “desamortizaron” [5] 4.600 templos y monasterios. Y 265.000 monjes y 150.000 empleados de los mismos, que pasaron al estado de laicos, pagando impuestos. El poder religioso -político y económico- quedó quebrantado durante algún tiempo. Esto benefició a taoístas y confucianos. Pero, sobretodo, a la aristocracia agraria, que se lucró con el reparto de los bienes eclesiásticos. Todo esto provocó una serie de levantamientos populares. En el 845, los normandos destruyeron Hamburg [6] y llegarían hasta Aquisgrán, Colonia y Tréveris, muy al interior de Alemania. En el 850 sólo tres centros ceremoniales mayas registran las ceremonias del fin de su ciclo de 7.200 días, lo que prueba que su cultura estaba en proceso de extinción. En el 851, Carlos “El Calvo” reconoció la independencia de Bretaña. En ese año los daneses se asentaron en Irlanda, la desembocadura del Támesis y otras islas de archipiélago británico.

También fue independiente, durante varios siglos, el ducado de Gascuña o Gasconia, habitado por vascos, vascones, franceses, o gascones, como lo sería el novelesco personaje D’Artagnan, aspirante a mosquetero del rey. Y eran casi independientes, en esa época, los Raimundos, condes de Tolosa, herederos del legendario San Guillermo de Orange, de tiempos de Carlomagno. Y el condado de Flandes. A la muerte de Lotario Iº, en el 855, se reanudó la guerra civil. En el 860, las tribus rus atravesaron los Balcanes, sitiando, infructuosamente, las murallas de Constantinopla. Conscientes del nuevo peligro emergente, Bizancio trató de atraerse a los rusos. Se utilizó la diplomacia, la política, las relaciones comerciales, y, sobre todo, la evangelización. Este acercamiento llegó a Moravia, amenazada por el expansionismo carolingio. Su rey, Ratislao, pidió a Bizancio el envío de misioneros. Así llegaron los hermanos Metodio y Constantino [7] de Tesalónica. Organizaron una Iglesia independiente, con liturgia eslava: una estrategia demagógica para conseguir adeptos.

Constantino/Cirilio creó una escritura nueva, derivada del griego y del búlgaro, que consideraba más adaptada al eslavo, del que posteriormente derivó en lo que conocemos como alfabeto cirílico. Si embargo, desde el punto de vista político, la operación fracasó, puesto que la aproximación de los búlgaros, tras su cristianización, hacia Bizancio, acercó a Moravia hacia Francia. El hermano de la regente, Bardas, nombró Patriarca de Constantinopla a Focio, sin pedir la aprobación del Papa. Este reunió un sínodo en la iglesia de San Juan de Letrán, en el 863, y depuso a Focio. En el 864, Miguel IIIº envió a su Flota y a su ejército contra los búlgaros. Ante tal amenaza, el inteligente jan Boris decidió bautizase, con el nombre de Miguel. En el 865, el macedonio Basilio, favorito de Miguel IIIº, asesinó a Bardas. Más tarde se hizo coronar coemperador. En el 866 hubo un ataque normando en Francia, en el que murió Roberto, apodado “El Valiente”, marqués de Neustria y duque de Anjou y Blois. Ese mismo año los daneses conquistaron Norzumbría y York. En el 867, Miguel IIIº convocó otro sínodo en Constantinopla, excomulgó al Papa Nicolás Iº, rechazó las doctrinas romanas y declaró ilegales sus inmiscusiones en los asuntos bizantinos.

Ese mismo año Basilio asesinó a Miguel IIIº, proclamándose emperador, instituyendo la dinastía macedónica. Para consolidar su legitimidad destituyó a Focio como Patriarca de Constantinopla, justificándose en los disturbios de los celotes [8] contra éste. Mientras tanto los mahometanos desembarcaron en el Adriático, derrotando a dálmatas y servios y sitiando Dubrovnik, hasta que el ejército imperial los expulsó. En el 869, Basilio convocó el VIIIº Concilio ecuménico, en Constantinopla, en el que excomulgó a Focio. Con ello logró el beneplácito de Roma. Su propósito era una alianza con el Papa y Luis IIº de Francia para expulsar a los mahometanos del Sur de Italia: un antecedente de las Cruzadas. Sin embargo las relaciones con Roma pronto se deterioraron, al no acceder a sus exigencias de recuperar su anterior jurisdicción dálmata. En el 870, los daneses derrotaron a Eastanglia: ya no se trataba de saqueos aislados, sino de un plan premeditado de invasión, en campañas estivales consecutivas. A cada victoria imponían condiciones de paz que impedían a los derrotados prestarse ayuda entre sí o a Wessex, de forma que deshacían todo el proceso unificador inglés, dificultando cada vez más la resistencia.

Destruyeron la mayor parte de los centros monásticos. El influjo monacal irlandés y británico, que había sido el contacto con la cultura latina para Europa continental, desapareció. Por segunda vez en la Historia, tras la invasión anglo-sajona, Inglaterra volvió a retroceder al analfabetismo y al oscurantismo cultural. Para dificultar más la situación, en el 871 murió el rey de Wessex, Etelredo, sucediéndole su hermano, el joven Alfredo El Grande, que aspiraba a la vida monacal. Los continuos enfrentamientos eclesiásticos obligaron a Basilio a recurrir a Focio, a reinstaurarlo en el Patriarcado y anular las disposiciones conciliares sobre él. El Papa, necesitado de ayuda por el temor a la amenaza mahometana, no tuvo más remedio que transigir. Fue Focio quien impulsó la doctrina jurídica según la cual el imperio tenía una doble cabeza, el Basileios y el Patriarca de Constantinopla, ambos de igual rango, aunque con distintas áreas de influencia. Aunque los Padres de la Iglesia ya habían expuesto esta tesis, desde tiempos de Constantino Iº “El Grande”, santo para los bizantinos, cuando les interesaba, cuando el emperador se entrometía en los asuntos eclesiásticos sin beneficiar a la jerarquía religiosa.

Porque, cuando eran los eclesiásticos quienes se entrometían en la política, entonces no había dos cabezas, sino la voluntad de Dios. En el 876, Bizancio consiguió expulsar a los mahometanos del Sur de Italia, recuperando su poder en ella. Alfredo de Wessex sobornó a los daneses, pero, en el invierno del 877, se consideró suficientemente fuerte, y dejó de pagar. En enero de dicho año cosechó una rotunda derrota, por lo que él y su ejército debieron refugiarse en los pantanos de Somerset y aceptar una fuerte indemnización para no ser aniquilados. Como garantía, el rey danés Guthrum exigió a Alfredo que le entregase a su esposa, a la que dejó embarazada. En el mes de mayo las tropas de Alfredo habían sido reforzadas con tribus que vivían en los montes, bosques y pantanos, posiblemente britannos resistentes al dominio anglosajón, pero que ahora consideraban mayor peligro a los vikingos. Perfectamente adiestradas en tácticas que Alfredo había leído en textos latinos en su época monacal, derrotaron a Guthrum, al que se obligó a ceder gran parte de los terrenos conquistados, reteniéndolo como rehén hasta que dicho acuerdo se cumpliera. Durante su estancia como huésped en el palacio de Alfredo, Guthrum y muchos de sus súbditos se bautizaron.

Alfredo construyó fortificaciones por todo el país, y una poderosa Flota. Dividió al ejército en dos grupos: una reserva siempre disponible, y destacamentos que protegían los caminos, asegurando los suministros. Creó numerosas escuelas, una de ellas palatina, y tradujo a Beda, Boecio, Orosio y Gregorio Magno, con lo que no sólo potencia el renacimiento cultural, sino el asentamiento del inglés y las lenguas vernáculas. En el 879, fue coronado como rey de Borgoña, por un sínodo de obispos, un cuñado de Carlos “El Calvo”. El dirigente campesino Juang Ch’ao saqueó Cantón [9] y, según los árabes, asesinó a 120.000 extranjeros. Tras conquistar las dos capitales asesinó a numerosos miembros de la familia imperial. Durante el reinado de Oleg, de la dinastía de Riurik, que se mantendría durante ocho siglos, se unieron los Estados varegos del Norte, con capital en Novgorod, a orillas del lago Ilmen, con los del Sur, con capital en Kiev, en el curso medio del Dniéper. Alcanzó su poder económico sometiendo a los pueblos eslavos y comerciando entre Escandinavia, Bizancio y el Oriente cercano. La decadencia franca dejaba al Papado sin protección frente a normandos y sarracenos, que en varias ocasiones amenazaron Roma.

En tal situación algunos “nobles” italianos, llevados por su ambición, y para protegerse y desviar sus ataques, se coaligaron con los piratas sarracenos. El Papa Juan VIIIº consiguió una alianza militar, construyó una Flota y los derrotó en una batalla naval, preludio de lo que ocurriría en el Golfo de Jorintos, Lepanto para los venecianos. Sin embargo, para evitar sus incursiones tuvo que pagarles impuestos. Todo ello estimuló la avaricia de algunos aristócratas, que intentaron una primera reunificación e independencia de Italia, llegando a conquistar Roma. Lo impidió la lucha entre los varios aspirantes con la misma idea. Al parecer, Juan VIIIº, que debió refugiarse en Francia, anticipándose al cisma de Aviñón, fue asesinado en el 882. El jan búlgaro Simeón, hijo de Boris, derrotó a Bizancio en el 884. Pero el emperador consiguió una alianza con los dirigentes turcos de tribus húngaras ugro-finesas, cogiendo a los búlgaros en tenaza. Simeón logró la ayuda de los esteparios petchenegos del Sur de Rusia, con los que expulsó a los húngaros hacia territorios del Oeste, e impuso a Bizancio un tributo anual. El caudillo chino Li k’o-yung, en alianza con los turcos cha-t’o, derrotaron a Juang-Ch’ao, reinstaurando la dinastía T’ang.

En el 885, Carlos IIIº “El Gordo” reunificó el imperio carolingio, pero fue incapaz de defender el Sur de Italia de los sarracenos [10] ni de derrotar adecuadamente a los normandos. Estos sitiaron París, defendida por el obispo Gauzlin y el Conde de dicha ciudad, Eudo o Eudes, castellanizado como Odón, hijo de Roberto “El Valiente”. Cuando llegó el emperador, en lugar de enfrentárseles, les sobornó para que se fuesen. Pero se dirigieron a Borgoña y la devastaron. Así que una asamblea de nobles obligó a Carlos “El Gordo” a abdicar, eligiendo a Odón como rey, mientras los austrasios y germanos elegían como emperador al sobrino de aquél, Arnulfo de Carintia. En el 886, Alfredo de Inglaterra pactó los límites de los dominios daneses, el Danelaw, que se extendía por la costa Este. León VIº “El Sabio” sucedió a Basilio, su padre, como emperador de Oriente. Era discípulo de Focio y continuó manteniendo con él tales relaciones, aunque lo sustituyó por Stefanos (Esteban) como Patriarca de Constantinopla, quizás para impedir que éste le disputara la herencia imperial, ya que era su propio hermano, o el excesivo poder de su maestro, y así controlar mejor a la Iglesia.

León realizó una nueva compilación de derechos canónico, civil y público, que conocemos como Basilika, en griego, mejorando la de Justiniano, en latín, sobre todo por su organización sistemática. Pero también una colección o codificación de los nuevos 113 decretos, por los que la conocemos como Novellae, en los que consolida un poder imperial casi ilimitado. Anuló todo el poder senatorial y curial, ni siquiera como elementos consultivos. Reorganizó la administración, burocratizando el imperio. Aumentó el número de distritos, disminuyendo su poder, pero confirió autoridad administrativa a los “estrategas”, que pasaron de ser jefes militares a verdaderos administradores. Organizó corporativamente la economía, imponiendo precios y límites de mercancías. La Iglesia salió beneficiada, pues hacía necesario su consentimiento para las injerencias imperiales en la materia, que se reducían a la defensa de la fe, sin poder contravenir los Concilios. Pero también la nobleza, que podía adquirir tierras. En el 888 se independizó Borgoña, coronando como rey al güelfo Rodolfo Iº, nieto de un hermano de Yudiz, la esposa del franco Luis “El Piadoso”.

Arnulfo derrotó a los normandos en el 891, que, no obstante, llegaron a Bonn al año siguiente, aunque, aprendiendo de la experiencia, no volvieron a saquear Alemania, sino que, en el futuro, se dirigirían al Oeste. En el 891, el Papa Esteban Vº debió coronar rey de Italia y emperador a Guido de Spoleto. Al año siguiente, sería coronado su hijo, Lamberto IIº, por el Papa Formoso. Arnulfo también derrotó a los moravos, para lo que precisó la coalición de los húngaros.


[1] Castellanizados como normandos, los que hacían “la ruta de Nord o del Norte”, en ingles Nordway, en español Noruega. Aunque, en realidad, eran en conjunto escandinavos: daneses, noruegos o suecos.

[2] Mientras el barroquismo de la grafía gótica o los trazos rectilíneos de la más simplificada carolingia lo dificultaba.

[3] Origen de la facción que los eclesiásticos italianos llamaron güelfos.

[4] “Mil libros”.

[5] Soy consciente de que tal término constituye un anacronismo, sólo intento llamar la atención de la similitud existente con la situación que se repetiría en Europa entre siete y diez siglos más tarde.

[6] “La ciudad del jamón”. O de las hamburguesas.

[7] En occidente lo conocemos como San Cirilo.

[8] “Celosos” o rigurosos en extremo en su aceptación de las normas religiosas. Recordemos que, inicialmente, dicho apelativo se aplicaba a una secta judía.

[9] En pekinés o beiyingués, Guangchou.

[10] Sajarrasin era el nombre por el que se conocía a los habitantes del Sahara en aquella época.

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