1.831: El legado de Hegel

Sólo los hechos y los fenómenos pueden investigarse, y, aún así, ni siquiera se pueden analizar en profundidad, aunque sí relacionarse con otros, en series de sucesiones o analogías. La única utilidad del pensamiento positivista es predecir los fenómenos o comportamientos futuros, rechazando cualquier otro tipo de especulación esteril. El emperador Pedro, aliado con los liberales desde la “Revolución de Julio”, volvió de Brasil para reimponer en el trono a su hija, que por entonces tenía 15 años, asumiendo personalmente su regencia. Fernando VIIº tuvo su primera hija, por lo que, de inmediato, promulgó la pragmática sanción que permitía el reinado de mujeres, aprobada por las Cortes 41 años antes, pero no otorgada ni por su padre ni por él, por lo que había permanecido sin poner en vigor. Con ello se deshacía el Reglamento de Sucesión (general e impropiamente conocido como Ley Sálica) otorgado por su bisabuelo 120 años antes, como parte del paquete de medidas a imitación de las francesas, que se creían más modernas. Esto desbarataba los planes de su hermano, Carlos María Isidoro, que ambicionaba heredarle. Rápidamente éste comenzó a conspirar, reuniendo en su entorno a los absolutistas, también conocidos como “apostólicos”, por su ultramontanismo. Así que Fernando VIIº, privado de apoyos, se vio obligado, a pesar de su personalidad despótica, e imitando parcialmente lo que ocurría en Portugal, a acercarse a los liberales moderados, los únicos dispuestos a apoyar la herencia a su hija sin exigir cambios revolucionarios. Lo que no le impidió reprimir con dureza las esporádicas sublevaciones de los liberales exaltados influenciados por la “Revolución de Julio”. Parece difícil creer que, tras tres matrimonios anteriores, pudiese haber tenido descendencia viable. Entre las posibles paternidades que se le imputan a la heredera al trono está la del General Espartero.

O también el Sargento de la Guardia de Corps Agustín Fernando Muñoz y Sánchez, con el que la futura regente, al parecer, se casaría en una ermita, en secreto (aunque hay sospechas de que los registros fueron manipulados cuando resultó evidente que estaba embarazada, ya que el capellán que presuntamente ofició el matrimonio había sido ordenado sacerdote recientemente y era amigo del novio, y que tal boda nunca existió, lo que parece confirmar el hecho de que, una vez hecha pública tal boda, se realizase otra con todo el boato real) tras tres meses de viudez y con el que tendría la primera de sus ocho hijos un año después de dicha presunta boda. El capitalismo había triunfado, e Inglaterra se convertía en el faro del liberalismo. A pesar de que las depresiones económicas se sucedieron en aquel primer tercio de siglo. Lo cual no cuestionaba a un sistema que tan alta rentabilidad producía para los burgueses, por grandes que fueran las penurias que debía soportar la despreciable, resignada e insignificante mayoría trabajadora. Wellesley también debió enfrentarse a una de dichas depresiones, con su habitual consecuencia de incremento del desempleo. Quizás ésto contribuyó a su cese. La escuela de Manchester marcaba las doctrinas económicas. Declaraba que la intervención del Estado en la economía no era “científica”. El economista David Ricardo, judío posiblemente de ascendencia española, pasando por Portugal y Holanda, razonaba que el equilibrio de la población, en ausencia de guerras, epidemias o escasez de alimentos, se producía por factores económicos: si las empresas no necesitaban contratar más trabajadores éstos se morían de hambre, reequilibrando la mano de obra disponible. Entonces, al bajar la población, si faltaban trabajadores, aumentaba el precio de los salarios, dado que ya no había competencia entre los obreros, los oferentes de fuerza de trabajo. Y, con el aumento de sueldos, se incrementaba la población, al disminuir el número de muertes de hambre y por enfermedades evitables mediante el pago de médicos y medicinas, cuando se disponía de dinero para ello.

Cuando se llegaba a un punto en que las empresas no conseguían la rentabilidad que deseaban, se producía otra crisis económica, las empresas cerraban sus puertas y despedían a los operarios, que debían aceptar salarios inferiores al coste de subsistencia, ver cómo sus familias morían de hambre o enfermedades, y vuelta a empezar: el ciclo económico impuesto por el “dios” mercado. De modo que los trabajadores, teóricamente libres, partes libremente contratantes de contratos libres de trabajo, eran, en realidad, mercancía, igual que los esclavos, y debían someterse a las “decisiones” del mercado, a vivir en la miseria o morir, ellos, sus hijos y sus esposas, según las fluctuaciones de la oferta y la demanda. Todo lo cual ya había sido anticipado por Malthus. Los obreros fueron tomando conciencia de la opresión capitalista y se lanzaron a la lucha. Al principio mediante insurrecciones extremadamente radicales. Poco a poco comprendieron que las luchas sociales tenían su correlato en la pugna política, por lo que añadieron peticiones democráticas a sus reivindicaciones, como el sufragio universal (masculino) y la reforma parlamentaria. La creación del primer sindicato dio mayor peso a las exigencias puramente obreras. A la subida al trono de Jorge IVº se formó un Gobierno whig (en escocés, cuatrero, término despectivo con el que se conoció a los inconformistas presbiterianos durante la Revolución Republicana Inglesa) presidido por lord Grey, que incluyó en su programa electoral la reforma parlamentaria. La “Revolución de Julio” expandió sus efectos por toda Europa. Primero en Bélgica, más tarde en Suiza, desde donde se propagó a los Estados centroalemanes y a Polonia. Guillermo Iº dio una Constitución al Reino Unido de Bélgica y Holanda que no podía contentar ni a unos ni a otros. Por entonces la densidad demográfica de la primera era muy superior a la segunda, que, sin embargo, tenía una capacidad económica mucho más elevada y mayor experiencia como nación independiente y en el mundo empresarial. El Gobierno y la administración eran predominantemente holandeses. Las instituciones más importantes tenían su sede en Holanda. El holandés era el idioma oficial. Téngase en cuenta que el flamenco, lengua materna de aproximadamente la mitad de los belgas, es muy similar al holandés, y que el francés, lengua materna de la otra mitad, los holandeses lo consideraban un idioma extranjero.

Peor aún: de los invasores napoleónicos. Tampoco las Cámaras daban mayor representación a los belgas que a los holandeses, en proporción a su población. Lógicamente éstos no habrían aceptado la unificación en otro caso, en situación minoritaria. Pero la consecuencia de todo ello era que, tanto las decisiones legales como las medidas administrativas, en caso de discrepancia, resultaban a favor de los holandeses. Por si fuese poco, éstos iniciaron la represión del catolicismo, la religión mayoritaria en Bélgica. Obsérvese que era la reproducción de lo ocurrido durante independencia de Flandes, tanto respecto de Francia como de Castilla, más de tres siglos antes. Sólo que ahora eran Holanda y el lutheranismo los que imponían su dominio. Las ventajas económicas que recibían los belgas con la unión no se percibían con su adecuada valoración. Además, Francia, consciente de que la unión belga-holandesa era un baluarte creado en su contra, hizo todo lo posible por exacerbar la situación. Igual que había hecho mientras fue dominio español. La “Revolución de Julio” provocó la crisis. En agosto se estrenó “La muda de Portici”, ópera melodramática de Auber que refleja la rebelión del pescador Massaniello (Thomaso Aniello d’Amalfi) contra el virrey español de Nápoles, por la subida de impuestos, en 1.647, lo que constituyó el detonante. La oposición belga propuso la separación administrativa de Holanda, y que el príncipe de Orange, hijo de Guillermo Iº y simpatizante de los belgas, fuese nombrado virrey o Lugarteniente General para Bélgica. Los holandeses se negaron y Guillermo Iº envió al ejército a Bruselas. Se produjeron encarnizadas luchas callejeras en las que triunfaron los belgas, demográficamente mayoritarios. Nuevamente los holandeses repetían contra los belgas el mismo comportamiento que habían recibido de los españoles. Y cosecharían el mismo resultado que éstos. Podemos decir que esta reiteración de errores, de despotismo, de no aprender de los hechos padecidos, sino volver a repetirlos desde una posición de fuerza, cuando se llega a ella, de no aprender nada del pasado, sino a aplicar las mismas injusticias, es una incercia de la Historia. Como actualmente hacen los israelitas con los palestinos, asesinando a sangre fría, cobardemente, utilizando aviones teledirigidos o cohetes orientados por las radiofrecuencias de teléfonos móviles disparados por aviones o helicópteros a kilómetros de distancia: terrorismo al puro estilo nazi.

Ante tales hechos los belgas nombraron un Gobierno provisional que, el 4 de octubre, proclamó la independencia. Para consolidar la situación convocó elecciones a un Congreso Nacional. Holanda, tardíamente, asustada por los acontecimientos, pasó a una posición flexible, iniciando la división administrativa. Ahora los belgas lo interpretaron como una muestra de debilidad, y votaron por representantes revolucionarios, que, aún más radicalizados, aprobaron una monarquía constitucional hereditaria, de la que se excluía expresamente a la casa de Orange. Todo ello significaba un triunfo para los intereses franceses, frente a los británicos y prusianos. La situación interna impidió intervenir a Gran Bretaña, igual que le ocurría a Austria, por lo que aquella sólo pudo mantener su ascendencia sobre Bélgica, evitando un dominio absoluto de Francia, mediante la convocatoria de una conferencia de las grandes potencias. La situación de Prusia era distinta, pero Francia amenazó con declarar la guerra (la “Revolución de Julio” había enaltecido nuevamente la confianza francesa) si no se respetaba la independencia belga. Así la única que siguió dispuesta a acabar con dicha revolución, tal vez como primera medida para hacer lo mismo en Francia, fue Rusia. Las grandes potencias, dirigidas por Gran Bretaña, secundada por Prusia, terminaron por reconocer la separación de Holanda y Bélgica, declarándolos países neutrales, a semejanza de Suiza. De esta forma, en cierta medida, continuaban cumpliendo su labor de baluarte, de corsé, contra Francia. El Congreso Nacional belga convocó candidaturas a rey. Tras largos debates se decidieron por Leopoldo de Sajonia, que era el único del agrado de las grandes potencias: nuevamente un corsé contra un posible expansionismo de Francia.

El inicio de éste como rey no pudo ser más difícil. Entre otras cosas porque las fronteras fijadas por las grandes potencias forzaron a sucesivos enfrentamientos militares con Holanda: la ambición de poder iba a significar para ella un coste mayor que haber mantenido una actitud más justa con sus antiguos compatriotas. Para entonces, 15 de los 35 Estados de la Confederación Germánica habían aprobado constituciones, casi todas siguiendo el modelo de la “carta constitucional” de Luis XVIIIº. Sobre todo los Estados del Sur de Alemania se hicieron fervientes defensores del constitucionalismo ¡quién lo fuera a decir! ya que era el argumento para defender su autonomía política frente a la injerencia austríaca. Sin embargo en sus Cámaras no se hacía política de altos vuelos, lo que limitaba la participación ciudadana, a la que se excluía de los Gobiernos, aunque sí fomentaba cierta intervención política, que estimuló el desarrollo del liberalismo. Especialmente en el Sur de Alemania (y en particular en Baden) de modo incoherente con la evolución futura, dada su base mayoritariamente agrícola, aunque tuvieron características pacifistas y nacionalistas, exigían políticas económicas liberales, sistemas administrativos y ejércitos propios, y tribunales con jurados. Su máximo dirigente fue Friedrich List. Todo esto era contradictorio con una reunificación alemana. Prusia aparecía como la única con capacidad para impulsarla. Dada su división en dos zonas, separadas entre sí, la oriental, lutherana, y la occidental, católica, parecía la más proclive a comprender las diferencias religiosas. Dicha división, a su vez, la forzaba a exigir una unión aduanera, un mercado único y la libertad de circulación de mercancías (obsérvense las similitudes con el proceso de la Unión Europea) lo que todos comprendían como un paso previo a la unificación. Pero también añadía dificultades, puesto que estaba configurada como un Estado absolutista y burocratizado, que se oponía al constitucionalismo y al liberalismo, lastre que descargaría sobre el proceso unificador y el nuevo Imperio (II Reich) venidero. Además los príncipes de los distintos Estados, acaparadores celosos de su poder y privilegios, se oponían a ninguna forma de unificación, resistiendo los impulsos austríacos. También operaba en el mismo sentido Prusia, que no quería que Austria dominase sobre una Alemania conjuntada, reviviendo, de nuevo, el Imperio bajo mando de los Habsburg.

Con todo, tras la llegada de la revolución a Suiza, ésta pasó a Alemania central. Pero no bajo las premisas nacionalistas unificadoras, sino como lucha constitucionalista, precisamente en los Estados en los que no se había cumplido la recomendación del pacto federal. Los más atrasados en tal aspecto eran los del Noroeste. Así que las insurrecciones comenzaron en los cercanos a Holanda, aunque se extendieron a otros: Brunswick, Leipzig, Dresde, Cassel y Gotinga. Impusieron Constituciones parlamentarias en Brunswick, Sajonia y Hesse. Esta fue la más radical. En Suiza, desde hacía tiempo, había un movimiento democrático, que intentaba acabar con el clasismo nobiliario reimpuesto desde el triunfo de la reacción en Europa. Además existía un movimiento unificador, que intentaba aumentar su poder como Estado, frente a los que le rodeaban, que se denomió “regeneración”. La “Revolución de Julio” consiguió su triunfo, junto con el liberalismo, a distintos niveles, en los diferentes cantones. En casi todos ellos se aprobaron Constituciones parlamentarias, asumiendo en ellas que la soberanía nacional residía en el pueblo y la igualdad de todos ante la ley, e impedía que la aristocracia volviese a detentar el poder. Una Constitución confederal implantó el sufragio universal (masculino) adelantándose al resto de países: Suiza volvía a llevar la antorcha del progresismo. Todo ello sembró la alarma en las grandes potencias europeas, dada la radicalidad democrática que suponía. Simultáneamente se intentó reducir la confederalidad, ampliando las competencias de la Asamblea Federal, e imponiendo que los Consejos cantonales estuviesen asistidos por una representación popular. El hijo del emperador austríaco Francisco Iº, a pesar de ser débil mental, fue coronado rey de Hungría, como Fernando Vº. Tal vez para que los húngaros se creyeran independientes. O tratasen de influir en dicho rey, integrándose en la política de los austríacos, en vez de luchar contra ellos. Los reiterados e infructuosos levantamientos carbonarios, sin coordinación entre sí, sin una directiva única, y las promesas austríacas, junto con la dulcificación del carácter opresor imperial, dejaron agotado el movimiento revolucionario en Italia, que no se materializaría, de nuevo, hasta el año siguiente.

Manzini, abogado carbonario genovés, concluyó que las sociedades secretas no daban resultados, que había que hacer públicas sus pretensiones y conseguir el apoyo popular, aunque se mantuviese secreta la estructura de la organización. Planteaba la coordinación del movimiento liberador respecto del dominio extranjero. Así que fue encarcelado. Los escritores italianos tomaron la responsabilidad de instruir al pueblo en la idea de un nuevo “resurgir”, risorgimiento, peninsular, centrándose en los problemas más inmediatos. Todos apoyaban una república unitaria, pero tenían diferencias sobre dónde conseguir la fuerza que consideraban que les faltaba. Así Balbo confiaba en el apoyo hegemónico del Piamonte, mientras Gioberti lo hacía en los ciudadanos y los príncipes de la península, pidiendo el patrocinio del Papa, algo que puede parecer iluso. En noviembre la revolución llegó a Polonia, por lo que Rusia tuvo que desistir de su proyectada invasión de Bélgica. Fue tal proyecto, precisamente, el que provocó a la oposición polaca a pasar a la acción de modo inmediato, en una visión romántica de solidaridad con los revolucionarios occidentales. El nacionalismo polaco, cada vez más poderoso, se sublevó contra Rusia, consiguiendo una nueva tanda de románticos mártires. La conjura de un grupo de Oficiales de rango inferior, encabezados por el Teniente Wysocki, alentó la insurrección. En semejante ambiente, hasta los fracasos constituían estímulos para futuros levantamientos. Sin embargo, los polacos estaban divididos entre los aristócratas, dirigidos por el príncipe Czartoryski, y la burguesía, organizada por el profesor Lelewel como un moviminto democrático-liberal. Tal desunión tampoco podía atraer a las masas populares. Así que Rusia no tuvo especial dificultad en derrotarlos. Prusia, que temía perder la provincia de Poznan, también colaboró en ello. Polonia perdió la autonomía que aún disfrutaban muchos de sus territorios. Se quedó sin ejército y sin Dieta. La Iglesia fue anexionada a la rusa, ortodoxa. Se cerraron las Universidades de Vilna y Varsovia. Todos los puestos dirigentes fueron ocupados por rusos. Si pensaban que con todo ello iban a terminar con el problema polaco, se equivocaron: tan sólo se estimuló la unión de todos los independentistas y el convencimiento de la justicia de lo que reclamaban.

Por el Acta de Londres, Gran Bretaña, Rusia y Francia confirmaron la independencia de Grecia. La conferencia de Londres obligó a Turquía, además, a reconocer la autonomía de Servia, Moldavia y Valaquia. Para entonces la producción industrial en masa se había impuesto en toda Europa. La tradicional autonomía de Egipto hacía de tapón a intervenciones militares turcas en el Norte de Africa, por lo que sus posesiones en dicha zona eran más bien nominales. Francia sacó provecho de tal situación, comenzando la conquista de Argelia, que le tomaría 17 años. Durante ellos debió enfrentarse al obstinado Abd el-Kader, que encabezó la resistencia. Mujammad Ali se consideró suficientemente fuerte para atacar directamente a la Puerta Sublime. Quizás el ejemplo de la conquista francesa de Argelia le estimuló a ello. Sin embargo las grandes potencias no podían permitirlo, por lo que, a pesar de sus triunfos, se debió contentar con que el cargo de Gobenador que ostentaba fuese hereditario. Ram Mohan Roy inauguró su iglesia, en cuyo documento fundacional consta que todos podrían utilizar el templo para adorar a un Unico y eterno Creador y Sostenedor del universo, al tiempo que se prohibía adjudicarle nombre, título o imágenes. Otro reformador social de la India fue Mahadev Govin Ranade, que, sin romper totalmente con las antiguas tradiciones, criticó las que, según él, habían tenido un origen histórico determinado, y no podían fundamentarse en los textos antiguos. Uno de los problemas fundamentales de la sociedad hindú era la discriminación femenina. Era costumbre casar a las niñas entre los 5 y los 10 años. No tenían derecho a la instrucción ni a la cultura, como sigue ocurriendo en la actualidad en algunas sociedades del mundo. El caso más extremo era el de la minoría kulima, cuyas mujeres sólo podían contraer matrimonio con hombres de unas cuantas familias, de modo que era frecuente que 50 ó 60 muchachas se casaran simultáneamente con un agonizante. Las viudas, ni podían heredar a sus esposos, ni volver a casarse. Es lógico que muchas de ellas se arrojasen a la pira funeraria, ante la disyuntiva de morir de hambre, si carecían de hijos en los que confiar. Las que no lo hacían eran consideradas cobardes, se las despreciaba y marginaba. Los prejuicios de casta y el despotismo de los príncipes habían impedido el desarrollo de una clase media.

Los británicos trataron conscientemente de crearla, como base para su comercio y su administración. Se trataba de que, siendo hindúes por su sangre y el color de la piel, fuesen británicos en sus gustos, su mentalidad, su moral, sus opiniones, e incluso en su idioma. Rara vez se ha llevado a cabo un “experimento” social de tal envergadura y amplitud. Sin embargo lo único que consiguieron fue crear una nueva clase adinerada, culta, interesada en la literatura, en adquirir cargos relevantes y en influir en la administración, pero no en propagar tal cultura, hacerla extensiva a amplias capas sociales e influir en el desarrollo económico. Para los sacerdotes y la nobleza, el comercio era una actividad despreciable. El proceso de estratificación social en función del capital, como estaba ocurriendo en Europa, fue muy lento en la India. La nobleza provinciana controlaba el ejército y la administración, por lo que la buguesía hindú en formación estaba supeditada a ella. No obstante se fueron acumulando factores que impulsarían tal cambio. En primer lugar un problema regenerativo de dicha nobleza, puesto que los hijos segundones, ante la alternativa de diluir el patrimonio agrario o transformarse en rentistas, realizando inversiones de sus disponibilidades líquidas, se veían impelidos a cambiar de grupo social. Así la aristocracia se fue haciendo cada vez más minoritaria, aislada, perdió influjo social y se hizo notorio su carácter despótico e injusto. Por otra parte, el aumento y consolidación de la propiedad privada, sus garantías legales, los derechos de los agricultores, sobre todo de los pequeños propietarios, la desaparición de las guerras internas entre los distintos reinos y señoríos, el sistema nacional de educación y el resto de reformas sociales, establecieron e intensificaron nuevas relaciones y movilidad sociales. Los primeros elementos de estas nuevas clases sociales fueron los agentes, de almacenes de depósitos y Bancos, necesarios para la actvidad comercial británica. Más tarde aparecieron los de las compañías aseguradoras. Se creó la Asociación de Comercio de Calcuta. Holanda completó su dominio sobre Java e intensificó su infiltración sobre el resto de las islas. En Japón comenzó un nuevo periodo de reformas que se conoce como era Tempo. Las caravanas indias, camino de Arkansas, una verdadera deportación, iban conducidas por la caballería estadounidense. Algunas pretendieron escapar o regresar, recibiendo duras represalias por ésta.

Estados Unidos contaba sólo con 35 kmtrs. de ferrocarril. Para entonces, gracias a la desmotadora de algodón, las hiladoras y los telares mecánicos, producía 732.000 balas de algodón. Joseph Smith publicó el “Libro de (o Vida del Santo) Mormón”, que decía haber traducido, por medios místicos, de unas tablas de oro en “caracteres egipcios”, que había encontrado 3 años antes cerca de Palmyra, Nueva York, tras haber tenido visiones. En él se cuenta una historia de judíos que había llegado a América 24 siglos antes, huyendo de los babilonios. Quienes se lo creyeron formaron la Iglesia de Jesucristo (¿admiten su divinidad, habiéndose separado de la comunidad judía cuatro siglos antes de su nacimiento, según tal libro, cuando la que fue conquistada por Babilonia, Macedonia, y, más tarde, por Roma, no lo hizo?) de los Santos del Ultimo Día, popularmente conocida como “los mormones”. Constituye el primer movimiento religioso importante de origen americano. El vicepresidente Anastasio Bustamante, apoyado por los conservadores, especialmente su máximo pensador, el economista Lucas Alamán, consiguió que el ejército derrocase y ejecutara a Guerrero, a pesar de la oposición popular, que lo consideraba un héroe de la independencia de Méjico contra España. Bolívar, persistiendo en su idea unificadora, insistía en la integración de Colombia, Venezuela, Perú, Ecuador y Bolivia en la Gran Colombia. La experiencia había demostrado el escaso apoyo al liberalismo, por lo que concluyó que sólo tendría futuro como república autoritaria, con un Presidente vitalicio (lo más parecido a la monarquía electiva) y un censo muy restringido, que asegurase el dominio de las minorías burguesas que habían apoyado el independentismo. Con tales objetivos, “El Libertador” había sido elegido Presidente, sucesivamente, de Bolivia, Perú y Colombia. Las Constituciones liberales, aprobadas en cada país tras proclamarse su independencia, fueron sustituídas por otras que seguían las líneas bolivarianas. Para avanzar en su proyecto, Bolívar convocó el Congreso de Panamá. Pero se encontró con que sólo habían enviado representantes Colombia, Perú, Méjico y Centroamérica. El resto se mostraban contrarios a la idea bolivariana. En especial, la ausencia de Chile, Argentina y Brasil, hacían imposible una mayor integración.

Paralelamente, los sectores que habían luchado conjuntamente por la independencia, mostraban ahora su diversidad de intereses y bases ideológicas. La república bolivariana evolucionaba hacia una aristocracia del poder, que se apoyaba en los independentistas monárquicos. A éstos se oponían los revolucionarios liberales. En tal situación los realistas consideraron que era su oportunidad, y volvieron a intentar la reconstrucción del dominio español. Tal vez si la antigua metrópoli hubiese estado en mejor situación interna se hubiesen reproducido nuevas guerras independentistas, posiblemente con igual resultado. Lo cierto es que Bolívar debió enfrentarse a levantamientos y deserciones por doquier. Gran Bretaña debió respaldarle, discretamente, porque suponía que una implantación monárquica podía favorecer los intereses de los españolistas, y que la república unificada era lo que más convenía a su comercio. El propio Bolívar admitía que el apoyo económico británico era imprescindible para el desarrollo de las nuevas repúblicas. Es decir, en cierta forma, aceptaba un neocolonialismo. Sin embargo, el debilitamiento de las clases urbanas, que habían prosperado durante la última etapa colonial, que apoyaron el independentismo, y que habían perdido su potencial económico durante tan prolongadas guerras y dificultades comerciales, así como la resistencia de los militares, que se consideraban artífices de la independencia, a someterse al poder de una república aristocrática, hizo que se quedase sin suficientes apoyos internos. La Gran Colombia dejó de obedecerle y se escindió. Ecuador se separó a raíz de la Convención de Cochabamba. La divergencia entre los grandes propietarios de sierra, conservadores y partidarios del orden colonial, y los de las plantaciones y comerciantes del litoral, liberales, se superó mediante el acuerdo de sus dirigentes, el General Flores y Vicente Rocafuerte, por el que se alternarían en el poder. Sin embargo Rocafuerte y los liberales obtendrían la preeminencia, modernizando la administración e impulsando las exportaciones.

Colombia, bajo la influencia del General Mosquera, y Venezuela, bajo la de José Antonio Páez, gozaron de 20 años de estabilidad relativa, gracias a periodos de bonanza exportadora y la aceptación del fraccionamiento de los Estados sudamericanos, lo que facilitó que los ejércitos y los militares pasasen a un segundo plano, y que liberales y conservadores sosegasen sus divergencias, permitiendo una razonable tarea de Gobierno. Debido al estancamiento de la guerra entre Brasil y Argentina, con ventajas marítima y terrestre respectivamente, y a la intermediación británica, se adoptó la salomónica decisión de permitir la independencia de la “Banda Oriental”, como República Oriental del Uruguay. Esto significaba que ambas partes habían combatido sin obtener el menor provecho. Sólo los uruguayos (y los británicos) conseguían sus aspiraciones. Con ello no sólo la idea imperial parlamentaria de De Miranda, la de monarquía constitucional, incluso bajo el cetro de un infante español, tanto de éste como de Belgrano y de De San Martín, o la república unitaria de Bolívar, se iban al traste, sino también la más realista de coexistencia de 17 repúblicas, asumida por éste. Así que se establecieron 19 naciones independientes, ni federadas ni confederadas, separadas entre sí, y envueltas en guerras fronterizas. En especial, los nuevos Estados surgidos de la desmembración de la Gran Colombia, es decir, Nueva Granada, Venezuela y Ecuador, se vieron envueltos en prolongadas guerras civiles entre unionistas (conservadores y centralistas, que antes habían sido realistas y apoyado a los imperiales españoles) y federalistas (liberales, criollos, los veraderos factores de la independencia) que acabaron en dictaduras militares, la mayoría de las veces. De Sucre, a los 35 años de edad, fue asesinado de tres disparos, posiblemente por los que se oponían al unitarismo sudamaericano. Menos de un mes antes escribió una carta despidiéndose de Bolívar. Ese mismo día, el “Congreso Admirable”, aceptó la dimisión de éste, enfermo de tuberculosis, que anteriormente se había proclamado dictador y disuelto la Convención de Ocaña, que no fue capaz de acordar una nueva Constitución debido al partido federalista “santanderino”, encabezado por Francisco de Paula Santander, que atentó contra él en la conspiración septembrina, y de la que pudo escapar saltando por una ventana con la ayuda de su amante.

Se afincó en Santa Marta, donde seis meses después murió, sin que se haya determinado con exactitud la causa de la muerte. Por la conferencia de Londres fue reconocida la soberanía de Grecia. Kapodistrias había vulnerado la Constitución, manteniendo un Gobierno despótico, por lo que, en 1.831, se inició una guerra civil en Grecia, en la que sería asesinado. Lafitte fue sustituido por Périer como Primer Ministro de Francia, mucho más conservador. Reforzó la posición de la monarquía, con lo que disminuyó la tensión que el proceso revolucionario había provocado con el legitimismo europeo, consiguiendo que éste fuese aceptado. Murió Hegel, que absolutiza el idealismo. Partiendo de la crítica inmanente del idealismo de Kant, Fichte y Schelling, niega sustantividad al “yo” y al “no-yo”. Para él sólo existe la Idea. La Idea crea al Universo, y éste, a través del hombre, llega a la Idea. Esta es anterior al espíritu y a la naturaleza, que, mediante un proceso dialéctico, se despliega desde sí misma. Una especie de alfa y omega, principio y fin de todo lo creado, de la que todo parte y a la que todo tiende. Si sustituimos “verbo” (en latín “palabra”) por el concepto griego logos -Conocimiento ¿Idea? En latín locutus es “hablado”, de donde proviene el neologismo “locutor”- del incio del Evangelio según San Juan, podemos apreciar una visión hegeliana. Posiblemente “El Ideal andaluz” de Blas Infante Pérez esté influido por tal concepción. Si sustituimos Idea por Dios resulta toda una teología. En el fondo Hegel trataba de demostrar, en un mundo incrédulo, que Dios dirigía la Historia, y que la meta era el triunfo, final, del cristianismo, como grado moral superior. La gran aportación de Hegel es su concepción evolutiva de la Historia, a cuyo través, en un poceso temporal, explica los fenómenos revolucionarios que habían atormentado a su época. En su “Fenomenología del espíritu” describe las etapas o estados por los que pasa la conciencia humana hasta llegar al conocimiento de lo absoluto. En su “Lógica” estudia la Idea en sí. Cómo el ser (la tesis) se enfrenta al no-ser (antítesis, resistencia) para interactuar en la síntesis de ambos: el devenir. Marx iba a extraer toda la potencialidad de dicho proceso para explicar el devenir de la Historia, del mundo (terrenal, material, social, humano) como confrontación continua de clases sociales en lucha por el poder, el dominio de la sociedad en su conjunto.

Lo original de Hegel es que presenta los conceptos contrapuestos no como mutuamente excluyentes, sino como mutuamente explicativos. No son contradictorios, sino que, de la tensión de su mutua oposición, de su interacción, surge el devenir, la sucesión de los hechos. La Idea “fuera de sí” se estudiaría en la Filosofía de la Naturaleza, y la Idea “para sí” en la Filosofía del Espíritu. El lema de Blas Infante, “Andalucía por sí para España y la Humanidad”, parece consecuente con dicha concepción. La visión, un tanto mágica, de que la Idea (idealismo, ideología) transforma la realidad lo hace utilitario, tanto desde la derecha, el nacionalismo, o desde el izquierdismo, lo que dividió a sus sucesores en dos corrientes irreconciliables. A esta última pertenecerían Strauss, Stirner, los hermanos Bauer, Feuerbach (por más que denostara a Hegel y se creyese inventor de una filosofía distinta, opuesta al hegelianismo, lo que no era así, como demostraría Marx) y el propio Marx, que se autoproclamaron primero como jóvenes hegelianos, cuando la mayoría eran estudiantes universitarios, después, cuando el grupo dirigente eran casi todos doctores, el llamado Club de los Doctores, y, más tarde, hegelianos de izquierda.

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