1.850: La revolución t’ai-p’ing

Cuando los franceses Lagrée y Garnier descubrieron que el río Mekong no era la mejor ruta hacia China, sino el río Rojo, así que se desentendieron de esta zona, lo que permitió que perdurase su independencia. Holanda no interrumpió durante todo el siglo la exploración, ocupación, mercantilización, e incluso parcial industrialización de las islas indonesias, que no podían esperar ninguna ayuda exterior para oponerse a ello. Así se anexionó la isla de Bali. Victoria se convirtió en colonia británica. Por la Ley de Gobierno de las colonias australianas se concedió a todas ellas una considerable autonomía administrativa, que incluía la atribución para organizar entre sí, de modo independiente, sus relaciones comerciales. Se convocaron asambleas legislativas, según el modelo inglés, para redactar Constituciones que tuviesen en cuenta las especiales circunstancias de Australia. Estaba claro que Gran Bretaña no quería volver a caer en los mismos errores cometidos en Estados Unidos, a repetir una experiencia semejante a la allí ocurrida, donde también los británicos habían sido absoluta mayoría, al contrario que en la India y otras colonias, en las que había “nativos” con tradición de Estado, administración, cultura y desarrollo económico propios a los que dominar, explotar y esclavizar, de una u otra forma. En el derrumbe de la estructura social japonesa tuvo una gran influencia la crítica desarrollada por el movimiento sintoísta-nacionalista kokugaku. En el distrito de Columbia se prohibió la trata de esclavos, aunque no la esclavitud, y se sometió a la jurisdicción federal la persecución de los esclavos negros fugitivos. La situación era complicada. El Nordeste se había hecho urbano, industrializado (el tendido de ferrocarriles, la fabricación de locomotoras y máquinas de vapor industriales, maquinaria y aperos de labranza, armas, altos hornos y minería habían tenido un peso diferenciador) capitalista, comercial y exportador, sin que precisasen la compra de nada al exterior para satisfacer sus necesidades internas (igual que le ocurría a China, aunque con diferente nivel de vida y desarrollo medios) acumulando un excedente que se aplicó a la actividad financiera, lo que multiplicaba su capacidad industrializadora.

Para proteger dicha industrialización, y dada la mayoría de congresistas que su mayor población de ciudadanos libres, censados, les permitía, aprobaron un mercado único interior, como el que pretende la Unión Europea, pero unido a restricciones aduaneras. Los demás países, en concreto el Reino Unido, habían aprobado aranceles similares (“¡Justicia, señor! Pero, por mi casa ¡no!”) lo que perjudicaba las exportaciones sureñas. Los extensos y vacíos territorios del Noroeste fueron colonizados, mediante campañas propagandísticas en Europa, regalando o vendiendo baratas tierras de los indios. Al contrario de lo que ocurrió en la época de la colonización imperial, ya no se dieron extensos territorios a la nobleza, ni se permitió ni, conla nueva forma de distribución tierras tenía la menor justificación, el contrato de servidumbre, por el que se reproducía el modo de producción servil, feudal la servidumbre de la gleba, sólo que por un tiempo determinado. Argentina continuó ofreciendo dichos contratos durante casi todo el siglo, lo que hacía que casi la mitad de sus inmigrantes regresaran a sus países nativos al finalizar el mismo, prácticamente sin nada ahorrado: así no se estimulaba el desarrollo económico sino la avaricia de los grandes propietarios, lo que iba a incentiar la tendencia al fascismo en dicho país. En cambio, en el nordeste estadounidense, el desarrollo de los nuevos aperos y maquinaria agrícola permitía una elevada rentabilidad. Esta hacía, que, al menos en principio, los nuevos colonos prefiriesen ser pequeños y medianos agricultores que empleados por cuenta ajena, con ilusorias ideas sobre la libertad que comparaban con su pasado europeo, sobre todo los procedentes del Este de Europa. Al tiempo eran una importante demanda de la producción industrial de ella. Y de los Bancos que debían financiarla. Pero su consecuencia fue una inusitada elevación de los salarios como nunca se había producido en ningún otro lugar del mundo. Una reflexión serena, desde la época del Imperio Romano, demuestra que es la subida de los salarios lo que produce el progreso de la humanidad, económico y social, legislativo. Y que todos los intentos de volver atrás en el tiempo, en la Historia, recortar los derechos a los trabajadores para rebajar sus salarios, sólo sirve para abrir las puertas al fascismo, la represión, las revoluciones violentas y las guerras. Así que el diferente desarrollo socioeconómico originó diferentes perspectivas ante la Unión.

Los norteños deseaban un mercado único donde situar sus productos y contratar obreros, para lo cual la esclavitud constituía un problema, y su abolición la solución ideal, a la que los sindicatos (anarquistas, mayormente) se oponían, puesto que traería consigo una dismnución salarial y merma del poder negociador colectivo. Mientras los sureños comenzaron a analizar que eran demasiadas amenazas las que se cernían sobre ellos, que les vendría mejor la independencia, volver al librecambismo, poder vender sus cosechas y comprar los artículos (lujos, por ejemplo) que precisasen dentro o fuera del país, al mejor precio posible. En tales circunstancias, como concesión a los sureños, se admitió que si uno de ellos se desplazaba al Norte, llevándose sus esclavos, aunque allí la esclavitud estuviese prohibida, serían “legales”. Por la misma razón el Tribunal Supremo sentenció que los esclavos huidos debían devolverse a su “legítimo” dueño, pues lo contrario sería burlar el derecho de los Estados sureños de mantener su propia legislación en la materia. Esto era una auténtica traición a los ideales de libertad por los que tanto tiempo llevaban luchando, desde la propia revolución-independencia (norte)americana. Su consecuencia fue la radicalización de las posturas, la desesperanza en la Ley y la necesidad imperiosa de violentarla o cambiarla. Fuese como fuese. Así se formaron redes de fuga de esclavos, incluso hasta Canadá, en la que colaboraban muchos granjeros para darles cobijo. A uno de estos cazadores de esclavos fugados se le escapó una familia, mientras los perseguía de noche, acogidos por granjeros miembros de la red, como si se los hubiese tragado la tierra, como si hubiesen huido por un túnel subterráneo. De forma que a dicha organización, por la cantidad de esclavos a los que ayudaba a escapar, se la terminó conociendo como el “ferrocarril subterráneo”, lo que tenía relación con el debate londinense sobre si el ferrocarril metropolitano debía transcurrir en vías elevadas, una especie de “scalextric” o “meccano”, o bajo tierra, entubado. Utilizaban como himno, como mensaje de alerta para prepararse para proteger, dar cobertura, despistara los perseguidores, durante la fuga de una familia, generalmente en carros, aunque la mayor parte del camino debían hacerla caminanado, de noche, la canción “Swing low, sweet charriot” (“Suena calladamente, adorable carroza”) que versionaría, entre otros, el grupo “Mocedades”.

Y también redes de “cazadores de hombres” que los perseguían para cobrar la recompensa por su captura y devolución, bien a sus dueños “legítimos” o, si no se les podía localizar, simplemente, al “sistema”, que volvía a sacarlos a subasta pública. Pero también “empresas” que propagaban la “liberación”, fuga, de los esclavos hacia el Norte, donde los encerraban en almacenes y volvían a venderlos en el Sur o a devolverlos a sus antiguos dueños, previo pago de un rescate por haberlos “apresado”. Lógicamente los huidos recibían un castigo ejemplarizante, para que nadie se atreviese a imitarlos. Todo ello exaltó aún más a los abolicionistas, los que consideraban que la esclavitud era moralmente repugnante, que violentaba los principios de libertad e igualdad ante la Ley, fundamentos del liberalismo, y les confirmó en su sentimiento de que era imprescindible su abolición total, federal, en todos los Estados de la Unión. Taylor murió, no se sabe si de una gastroenteritis o un ataque cardíaco. Le sustituyó su Vicepresidente, Millard Fillmore. California, abolicionista, pasó a ser el 31er Estado de la Unión, que, con ello, adquiría sus fronteras actuales, con Canadá, el Océano Atlántico, Méjico y el océano Pacífico, si bien la frontera mejicana iba a trasladarse más al Sur, el territorio entre ambos océanos aún no había sido plenamente robado a los indios, y no se había comprado Alaska, que seguía siendo de Rusia, con la que, por tanto, limitaba. Quince de tales Estados estaban situados al Oeste de los Apalaches. En aplicación de la Ordenanza del Noroeste, todos los Estados incorporados debían tener al menos 60.000 ciudadanos libres. Es decir, de raza blanca. A los Estados norteños, comerciales e industriales, y a los del Sur, algodoneros, azucarerosy tabaqueros, en grandes plantaciones, se añadían ahora los del Oeste, ganaderos o cerealistas, primero en pequeñas explotaciones o granjas, más tarde, conforme los Bancos ejecutaran las hipotecas impagadas y las subastasen en grandes lotes, en extensos latifundios muy mecanizados. La consecuencia sería una diferenciación social y cultural que iba a pesar en la convivencia.

Hasta entonces todos los problemas se habían resuelto mediante compromisos amistosos: la quiebra del Banco nacional, los aranceles proteccionistas y la incorporación de Estados esclavistas y abolicionistas, a pares equilibrados. El nacionalismo estadounidense, arraigado en todos los estratos sociales, como consecuencia de la guerra de independencia o revolución de Estados Unidos, y el espíritu democrático, acendrado en Henry Clay, el proponente y conseguidor de la mayoría de los compromisos o equilibrios políticos, o el Presidente Andrew Jackson, el primero que no provenía de una familia de acaudalados terratenientes, sino que era hijo de inmigrantes irlandeses de ascendencia escocesa, y muy pobres, habían sido elementos conglomerantes y dulcificadores de las disputas. Pero no siempre iba a ser así. Al integrar a California el equilibrio en el Senado respecto del esclavismo desapareció definitivamente. Los sudeños comprendieron que no tendrían ninguna posibilidad, ni legal ni constitucional, de oponerse a una ley que prohibiera la esclavitud, y amenazaron de nuevo con la secesión. En el Congreso se produjo el mayor debate en la Historia de Estados Unidos. Nuevamente se llamó a Clay para que intentase uno de sus hábiles compromisos. Propuso que los nuevos territorios adquiridos a Méjico se separasen en dos Estados, Nuevo Méjico y Utah, y que se dejase a sus colonos (¿se negaba el derecho al voto a los ciudadanos de origen mejicano, como se hace actualmente con parte de los palestinos en Israel, en los Estados del Sur del Báltico respecto de los de ascendencia rusa o en Bosnia a los de ascendencia servia, con lo que se garantiza cuáles van a ser los resultados de las elecciones?) la decisión (es lo que se conocería como soberanía de los squatters, es decir, colonos, ocupantes, inmigrantes, ilegales) sobre la esclavitud. Con ello se estimulaba a los sureños a ser cada vez más exigentes, a extorsionar con su amenaza de secesión, acrecentando la experiencia de que el Norte siempre cedería ante la misma, dado su interés en mantener un mercado único, a cualquier precio, que beneficiaba su industria y sus finanzas, por encima de votos y votaciones, población, acuerdos y democracia.

Pero no comprendían que la colonización, el desarrollo agrícola de los territorios del Noroeste, la capacidad ganadera de Tejas y las posibilidades de desplazamiento (el auténtico mercado único) de ferrocarriles, barcos de vapor, el Mississippi y el Ohio, sus afluentes y los canales, hacían cada vez más sustituible la producción agrícola del Sur para mantener alimentada la creciente mano de obra industrial a precios (y, por tanto, salarios) bajos. Con Monroe había acabado la época de la “aristocracia natural” y el “buen sentimiento”, formada por Presidentes implicados en el independentismo, y casi todos procedentes de Virginia. Fueron sustituidos por la democracia jacksoniana, individualista, pragmática, de hombres hechos a sí mismos, algo predispuestos contra los intelectuales, que encarnaban el espíritu pionero, colonizador, de clase media, seguros de sí mismos y dispuestos a acabar con los indios. Se impuso la rotación de cargos, o sistema del expolio, por el que el Presidente victorioso sustituía todos los nombramientos anteriores. Es lo que se conoce como “la presa, o el botín, para el vencedor”. Estados Unidos producía 2 millones de balas de algodón. Desde hacía 20 años el “rey algodón” (king cotton) representaba la mitad de sus exportaciones, y dominaba la mayoría de la actividad económica del Sur. Obviamente en función de los esclavos. Aunque debe tenerse en cuenta que el 90 % de las explotaciones no tenían más de 4 esclavos, para comprender cómo una minoría detentaba el poder, no sólo político o económico, sino, fundamentalmente, ideológico. Las ciudades del Este, como Nueva York, Boston o Filadelfia, se engrandecían gracias a sus empresas industriales, comerciales y financieras, acumulando enormes capitales disponibles. La tercera zona económica era el Oeste, donde la productividad se había multiplicado gracias a la segadora de McCormick y a la nueva trilladora de vapor. Esta sería culpable del incendio de muchas cosechas, por la dificultad de controlar las pavesas que podían salir de la chimenea (se solía emplear como combustible la propia paja, gratuita, disponible en el propio terreno) y las chispas desde el fogón. A esta maquinización del campo se unió la nueva agavilladora mecánica.

Aún seguían imperando las granjas pequeñas y medianas, que producían trigo, maíz, vacuno y cerda, además del comercio de lana, piel y madera. Para entonces Estados Unidos contaba con 7.000 kmtrs. de canales, como los de Ohio, Miami, Wabash, Illinois-Michigan, etc., surcados por barcos de vapor, mientras el ferrocarril llegaba a los 15.000 kmtrs., haciendo realidad el mercado único.  Lincoln, como abogado, defendió a miembros de la red del “ferrocaril subterráneo”. Para los esclavistas se trataba de un robo de una propiedad valiosa, por lo que enviaron a agentes que, sin ninguna autoridad ni jurisdicción, secretamente, capturaban a los negros (en muchos casos fuesen escalvos o no) y los “devolvían” al Sur, donde ya averiguarían de dónde se habían escapado y a dónde debían entregarse, previo pago de los gastos de la “investigación”, secuestro y transporte, siempre inferiores a los de la compra de un nuevo esclavo, cuyo precio, dada la vigilancia marítima de los británicos, había ascendido asombrosamene. Para los norteños esto era tan inadmisible como el abordaje de buques británicos a los estadounidenses para buscar marineros desertores, que consideraban pirateo y que había originado la última guerra anglo-norteamericana 40 años antes. Y también se puede comparar con el abordaje de buques soviéticos, incluidos submarinos, a los que se forzó a salir a superficie mediante ataques con cargas de profundidad, en algún caso hasta de dos horas de duración, para buscar si llevaban cohetes susceptibles de lanzar explosivos de energía de desintegración atómica hasta Cuba, si bien ellos continúan con dicho derecho respecto de Alemania o Turquía. Las antillas que continuaban siendo españolas asistieron a una etapa de desarrollo económico, especialmente desde que se permitió el liberalismo económico, como método de evitar deseos independentistas, que, paradójicamente, iban a incentivar con ello. Particularmente Cuba, que cuadriplicó sus exportaciones de azúcar en 35 años, atrajo la atención de los inversores estadounidenses.

La disolución de los imperios iberoamericanos conllevó el asentamiento del nacionalismo en las antiguas colonias, con su consecuencia de fragmentación, confrontación transfronteriza, secular persistencia de la violencia institucionalizada, desplazamiento del poder civil, democrático, por el militar, autoritario, e intromisión del Reino Unido, Estados Unidos y el resto de países europeos, primero en su comercio, para, más adelante, afectar también, si no lo hicieron desde un principio, a sus decisiones políticas. Las milicias improvisadas por los criollos como base para las guerras independentistas se convirtieron en el núcleo de los ejércitos regulares, de modo muy similar a lo que había ocurrido en España como consecuencia de las guerras napoleónicas. Y, del mismo modo, no se iban a acomodar pacíficamente a la corriente política dominante. Máxime cuando, como en España, ésta no era la apoyada por la mayoría de la población. Así que, igual que antes habían arriesgado su vida y su futuro en aras de la independencia, reiteraron su apoyo a las variadas tendencias políticas y caudillos que las encabezaran. La necesidad de consolidar a los nuevos países surgidos, de extrema debilidad, interna y exterior, y, en ellos, de un poder centralizado, supuso la cristalización de verdaderas castas militares, que imponían retribuciones y gastos de equipamientos que superaban la capacidad de endeudamiento de las nacientes naciones. Surge, con ello, una clase prestamista, especuladora, que no se puede denominar propiamente financiera, ya que su objetivo era el dominio de los poderes públicos, más que establecer una base de negocio persistente, que favoreciera los procesos comerciales, administrativos o inversores del país. En ellos se basó, en gran parte, el triunfo independentista. Tras lo que intentaron rentabilizar su inversión consiguiendo su objetivo, que no era otro sino las fronteras abiertas al libre comercio. En ello coincidían con las grandes potencias imperialistas no ibéricas. De modo que terminaron vinculándose a ellas, si no lo estaban desde un principio. Así que éstas consiguieron sus objetivos de sustituir a los imperios ibéricos, aunque en la línea de lo que se llamará neoimperialismo o neocolonialismo. Es decir, dominio económico, comercial y político, que hacía innecesaria la conquista.

Con ello surge una poderosa clase agraria, antigua o nueva terrateniente, en todo caso mantenida o encumbrada por su apoyo, más que a la independencia, a los caudillos militares y políticos triunfantes, cuyo objetivo es la producción para la exportación en mercado abierto. Esto, a su vez, se convertía en una necesidad para equilibrar los presupuestos nacionales, especialmente para compensar los gastos militares. Se inicia así un sendero, que posteriormente va a alcanzar hasta Europa, en particular en la Península Ibérica, de confluencia e intrincación de latifundismo, militarismo y dictadura, más o menos encubierta. La independencia iberoamericana no fue revolucionaria respecto al mundo rural. Las propiedades y formas jurídicas de las explotaciones se mantuvieron, aunque desde la perspectiva individual en muchos casos cambiaran de manos. Pero la estructura de poder, las relaciones sociales de producción, no lo hicieron. En todo caso se potenció dicho poder agrario, para sorpresa y desesperanza de la burguesía comercial urbana, base social y económica del periodo colonial, y también de la independencia, soporte ideológico de la misma y del liberalismo, que, junto con sus ideales, contemplará su postergación. Los escasos intentos revolucionarios en el mundo campesino quedaron pronto abandonados. Así, por ejemplo, el reformismo agrario del héroe uruguayo José Artigas (con su famosa orden de que “los más infelices sean los más privilegiados” en el reparto de tierras) en la Banda Oriental (Uruguay y algunas provincias argentinas que lo siguieron) fue derogada tras su derrota. Los hacendados no sólo aportarán su potencial económico a las continuas guerras civiles y golpes de Estado, sino la recluta para las milicias entre sus campesinos. En tal ambiente de inestabilidad política las inversiones extranjeras, que aspiraban con adueñarse de los desaparecidos imperios, se retrajeron. En lugar de ello, que podría haber servido a la industrialización y al progreso, convirtieron, especialmente el Reino Unido, a Iberoamérica, en fuente productiva de materias primas para su propia industria, y mercado para colocar sus productos elaborados. Es decir, propio neocolonialismo.

Lo cierto es que los objetivos revolucionarios de los primeros independentistas, inspirados en el enciclopedismo francés y la experiencia norteamericana, particularmente la implantación de una democracia popular, quedaron pronto frustrados. Lo más admirable de la herencia española, en el aspecto político, que podía haber sido fuente de un desarrollo en tal sentido, igual que lo fue de las aspiraciones y las luchas independentistas, a saber, la municipalidad, con su cercanía a los administrados y su oposición a los designios coloniales, en los aspectos que le eran perniciosos, así como la jurisdicción popular, rápidamente perdieron su esencia, junto con su autonomía, en aras de un centralismo que se consideraba imperioso como defensa frente a las luchas transfronterizas, en la continua fragmentación del antiguo imperio, y a las diversas tendencias, banderías y caudillismos que iban apareciendo. El resultado de todo ello fue el desorden en la administración, la violencia, el militarismo, la tiranía y el estancamiento económico. Es incomprensible que los sustratos populares, antes tan politizados, admitiesen tal situación, cuando se les había incitado a luchar por la independencia con los reclamos, que a la postre resultaron falsos, de la democratización y el progreso económico. La única explicación posible sería el cansancio, el agotamiento, la desilusión y desesperanza tras lo prolongado, costoso y sufrido de las guerras independentistas, tanto contra el imperio español como contra los sucesivos cuarteamientos del mismo, los países vecinos y los sucesivos déspotas. Para entonces, exceptuando Méjico, que aún perdería más territorios, en beneficio de su gran vecino del Norte, que continuó su imperialismo a su costa, Bolivia, que perdió su zona costera, y Colombia, que perdió el istmo de Panamá, al negarse a ceder territorios para la construcción del canal a su través, las fronteras de los países americanos, con leves modificaciones, consecuencia de Tratados o de guerras, estaban consolidadas. La monarquía, defendida por los conservadores de Méjico, la Gran Colombia o Río de la Plata, había sido abandonada. El segundo imperio mejicano no sería obra de los propios habitantes del país, sino del deseo expansionista, encubierto, de Napoleón IIIº. Así que el republicanismo consigue imponerse. No, en cambio, la democracia.

Convulsiones internas, guerras, civiles e internacionales, dictaduras e intervenciones militares, hacen que su mantenimiento sea la excepción y no la regla. La diversa situación económica, especialmente la potencialidad exportadora, divide a Iberoamérica entre “progresistas” y “progresistas autoritarios”. Formarían parte de los primeros Chile, Colombia, Perú y Brasil, en los que un pequeño grupo controlaba la economía y la política, no dando resquicio al pronunciamiento militar. Retuvieron su poder modernizando la economía y haciendo concesiones a las clases medias y a las empobrecidas, con lo que evitaron los descontentos masivos. El comercio exterior se mantenía muy poco por encima del existente 25 años antes. Sin embargo hay situaciones particulares que supusieron un cambio de flujo, como la ganadería rioplatense o la agricultura venezolana, ahora estructuradas a la exportación, que contrastaba con la deprimente situación sociopolítica. Igualmente Costa Rica transformó su agricultura para el comercio ultramarino a través de plantaciones de café. Los hacendados reinvertían a cada cosecha en ampliación de los cafetales, lo que llevó a una envidiable situación económica, a costa de znas selváticas, de admirable biodiversidad. Esto, y la ausencia de otros grupos contradictorios de presión, dio al país la suficiente estabilidad como para evitar los conflictos internos y externos (esto último tal vez fue más producto de la suerte, de la falta de vecinos envidiosos y ambiciosos) lo que le permitió evitar el militarismo con todos sus costos, mantener un elevado nivel de vida y la democracia, destacando sobre su entorno. Por ejemplo, en Nicaragua y Honduras los latifundistas carecían de fuentes financieras para mejorar su productividad, por lo que la rentabilidad debía mantenerse mediante sistemas opresivos de explotación, lo que tenía su correlato en el despotismo político. Por el contrario la minería sufrió un tremendo descalabro. Sus explotaciones precisaban grandes inversiones, para lo que se carecía de capacidad financiera, de modo que no se pudieron recuperar los niveles coloniales de producción. En particular las exportaciones de Méjico, Perú y Bolivia se mantuvieron muy por debajo de la situación anterior a su independencia. La producción de plata en Méjico había descendido a la mitad.

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