1.920: El ascenso del nazismo

La consecuencia de tal hecho fue que el Partido Comunista nunca llegó a ningún acuerdo con el Socialdemócrata, a cuyos miembros denominaron socialtraidores o socialfascistas, lo que permitió que los liberales, el Zentrum católico, la Unión Cristiano-Demócrata y los nacional-socialistas llegaran al poder sucesivamente. En tales circunstancias, el 19 de enero se celebraron las elecciones a la Asamblea Constituyente, con el democrático sistema de representación proporcional, algo que no tenemos actualmente en España, y que los pepero-populistas quieren aún retroceder más, hasta el sistema mayoritario, por el que la minoría más votada podría imponer su alcalde sobre el conjunto mayoritario del resto de listas electorales. En dichas elecciones los socialdemócratas independientes sólo obtuvieron 33 escaños, y 10 los espartaquistas. Se escogió la pacífica ciudad de Weimar, donde vivieron Goethe y Schiller, impregnada de espíritu liberal romántico, filosófico, donde ni el conservadurismo, ni el militarismo imperialista ni los movimientos revolucionarios habían tenido nunca acogida, para que se reuniese allí tal Asamblea Constituyente, repitiendo los intentos constitucionalistas de 70 años antes. El 11 de febrero se designó Presidente de la República (que pasaría a la historia como República de Weimar) a Ebert. El 13 de febrero fue elegido Presidente del Consejo de Ministros el también socialdemócrata Scheidemann, que formó Gobierno en coalición con el Zentrum y el Partido Democrático de Alemania, que se calificaba de “liberal de izquierda”, según la terminología estadounidense, formado tras el fin del imperio, en el que militaba Rathenau. Pasaría a la historia como la “coalición de Weimar”. Sin embargo no controlaron la situación desde el primer momento. Se produjeron las sublevaciones de los soviets de Berlín, de Alemania central, del Ruhr, de Hamburg y de Bremen. Durante una huelga en Berlín, Noske envió a los Freikorps a reprimirla. Asesinaron a Jogiches, sucesor de Liebknecht, y a cientos de obreros. Lo mismo ocurrió en Magdeburg o Leipzig, entre otras. En Sajonia y otros lugares reinaba la anarquía, e incluso el terrorismo. Los aliados occidentales exigieron a la nueva República de Hungría la cesión de más territorios, bajo la amenaza de invasión.

Ante la falta de comprensión, de apoyo, de las potencias vencedoras, y la efervescencia revolucionaria, el Gobierno de Kàrolyi dimitió, y los socialdemócratas se hicieron cargo de él, en coalición con el Partido Comunista, tras sacar a su dirigente, Bela Kun, de la cárcel. Ambos Partidos se unificaron, lo que constituyó un error, y el 21 de marzo se proclamó la República Soviética de Hungría, con el apoyo de Rusia. Impusieron la jornada de 8 horas y la nacionalización de industrias de más de 20 empleados y de las explotaciones agrícolas, lo que le supuso la enajenación de las simpatías campesinas. Por presión de Lenin y de Kun, el 7 de abril se proclamó la República Soviética de Baviera, apoyada por los anarquistas, que rechazaron el parlamentarismo, y con la oposición del Partido Comunista de Alemania, que sería el primero en levantarse ante el fracaso de dicho intento revolucionario. En los “Catorce puntos” del Presidente de Estados Unidos, Wilson, se establecía la creación de múltiples Estados, con base en los diferentes nacionalismos. Sin embargo se trataba de una idea simplista y ya anacrónica, que desconocía la complejidad e intrincación étnica y lingüística de Europa oriental y sudoriental, cómo existían noblezas terratenientes de nacionalidad y etnia distinta a la de sus campesinos, o la superposición de intereses, como los económicos o políticos, sobre los meramente nacionalistas. Si con esta visión simplista se esperaba acabar con los conflictos en la zona, conseguir el asentamiento de la democracia y la evolución hasta modos de vida propios de los tiempos, sólo se consiguió estimular comportamientos reaccionarios, unidos al efecto de rechazo a las revoluciones políticas y sociales, y dislocar los anteriores vínculos económicos y culturales. El resto de los puntos se referían a la organización de las relaciones diplomáticas para la paz, particularmente el fin de los Tratados secretos, la imposición de la libertad de navegación, el desarme arancelario y la constitución de una Liga de Naciones que fuese el marco de las negociaciones y la diplomacia, salvaguarda de la justicia y el respeto a los derechos de todos los pueblos. Era una evolución de la idea del equilibrio de poderes, en vigor desde la Paz de Westfalia.

Se trataba de crear un sistema de derecho, no sólo para las grandes potencias, sino para todos los Estados, que defendieran los derechos fundamentales y solucionasen de modo democrático los litigios, en lugar del recurso a la amenaza, el bloqueo naval y ataques al tráfico marítimo y la guerra. Es decir, intentaba un parlamentarismo universal, en el que los Estados harían las veces de partidos políticos como representación popular, algo semejante a lo que se hace actualmente en la Organización de las Naciones Unidas (aunque en ella los países vencedores de la IIª Guerra Mundial se autoarrogaron derechos de veto sobre las decisiones de la mayoría) o la Unión Económica Europera, que mantiene un Parlamento propagandístico que sólo puede deliberar sobre lo que se le ordene. Así se aprobó, el 28 de abril, en Versalles, el reglamento orgánico de la Sociedad de Naciones, como materialización a dicha exigencia, que se incorporaría al futuro Tratado de Paz. Sin embargo éste desvirtuaba por completo los principios en que debía inspirarse. Ahora la intención era el mantenimiento de la supremacía de las naciones vencedoras. Igual iba a ocurrir con la Organización de las Naciones Unidas, 28 años después. Se le encargaba de asegurar el recobro de las reparaciones de guerra y de decidir sobre el ingreso de las naciones neutrales y las derrotadas, rompiendo con ello la igualdad de derechos, para convertirse en un medio de extorsión, de imponer condiciones. También recibía el mandato de garantizar la libertad de navegación, algo que convenía sobre manera al Imperio Británico, y que llevaba siglos propagando y defendiendo, puesto que aún contaba con la supremacía del tráfico naval, aunque no de la Flota, que ahora detentaba Estados Unidos, y que Gran Bretaña había sido la primera en violar, declarando el bloqueo marítimo contra Alemania desde el comienzo de la Iª Guerra Mundial, aunque tuvo mucho tacto de no aplicarlo contra Estados Unidos, al que sí dejaron navegar y comerciar libremente contra su enemiga. El 2 de mayo las tropas y los Freikorps (un modo de burlar las limitaciones militares del “Tratado de paz” y preparar el tránsito del prohibido ejército popular al profesional) acababan con la República Soviética de Baviera o República de los Consejos de Munich. Hubo cientos de fusilados. Munich se convirtió en el núcleo reaccionario y antirrepublicano.

El cabo Hitler solicitó entonces reincorporarse a su anterior unidad, asentada en dicho Länder o Territorio, nombre, imitación del utilizado en Estados Unidos antes de la integración de los mismos, ambiguo, que eludía la definición tradicional como principados, dominios aristocráticos, regiones o, de modo más moderno, repúblicas, unitarias (lo que sería una contradicción con tal nombre) federadas o confederadas. Sus superiores le encomendaron que investigara e informase sobre sus compañeros que habían colaborado con los revolucionarios. Posiblemente el informe médico, que las S.S. se encargaron de hacer desaparecer, dejaba la posibilidad de considerarlo inútil para el servicio militar activo, con derecho a una pensión, o realizar tareas auxiliares, que no precisasen el uso de armas, ya que se dudaba de su estabilidad mental y emocional. Tal vez en base a ello, quizás por ahorrar al Estado una pensión más, una carga más, sin contrapartida, satisfechos por las delaciones contra sus compañeros de armas, le encomendaron que se infiltrase en los partidos políticos socialistas y les informaran sobre sus pretensiones. Simultáneamente lo incorporaron al Departamento de Educación y Propaganda, que pretendía la “reeducación” de los militares bávaros, con la intención de erradicar las ideas “peligrosas”, como el pacifismo, la democracia o el socialismo. Otro objetivo era “justificar” la rendición alemana. Para ello se buscaron “cabezas de turco”, que fueron los revolucionarios, a los que denominaron “criminales (los de la “puñalada por la espalda”) de noviembre”, los políticos liberales, a los que achacaban haber pactado con los anteriores y sucumbido a sus exigencias de dimisión del emperador, y al judaísmo internacional y a los comunistas, aunque éstos no se habían constituido en Alemania antes de la firma del armisticio. El 1 de junio apareció el cadáver de Roza Luksemburg en el canal de Berlín. Gran Bretaña se quedó, como botín de guerra, con la Armada alemana, que, como medida precautoria, se la había confinado en la base naval británica de Scapa Flow, en Escocia, desde noviembre anterior. Al conocer tal decisión, el 21 de junio, el Almirante von Reuter dio orden de hundir su “propia” (en realidad ya era británica) Flota de guerra. Los británicos ordenaron a los alemanes que regresasen a sus buques e impidieran su hundimiento, encallándolos si fuese necesario. Como se negaron a hacerlo dispararon sobre ellos, asesinando a 8 marineros y al Capitán de navío al mando de un Acorazado alemanes.

En Alemania la noticia llenó a la población, tan necesitada de ello, de orgullo patrio, de espíritu de heroísmo y oposición al “Tratado de Paz”: todo un anticipo del próximo ascenso del nazismo. Dicho “Tratado” imputaba a Alemania toda la responsabilidad de la guerra, obligándola a resarcir los daños y perjuicios causados. Pero no se fijaba cantidad alguna, sino que quedaba pendiente de su posterior evaluación ¿Un “Tratado” de precio desconocido? El economista John Maynard Keynes, que participó en las comisiones deliberatorias, dimitió de su cargo, declarando que se firmaba la próxima IIª Guerra Mundial. La ignorancia económica de los políticos occidentales les impedía comprender que se estaba exigiendo unas indemnizaciones que la disminuida y empobrecida Alemania no estaba en situación de pagar. Quizás les pareciese deseable que quebrase económicamente, que durante siglos no pudiera recuperarse: una humillación y garantía de “paz” adicional. No se daban cuenta de que los lazos económicos con Italia, Austria, los Balcanes, e incluso con Francia, arrastrarían a la bancarrota a toda la economía europea, y hasta la mundial. El 22 de junio, tras ásperos debates, ante la amenaza de invasión de Alemania, el nuevo Parlamento aceptó el condicionado impuesto en Versalles. Cuando, el 28 de junio, quinto aniversario de los asesinatos de Sarayevo, el Ministro de Asuntos Exteriores alemán, recién nombrado, firmaba la última página del mamotrético “Tratado de Paz”, proclamó que lo estaba haciendo a la fuerza (Alemania se había negado a tales condiciones, a lo que se le replicó que la alternativa era completar la invasión de su territorio, mantener tropas de ocupación y la administración conjunta de las potencias vencedoras, tal como ocurriría 26 años después) y que no renunciaba a demandar (¿Ante quién? ¿En dónde? ¿En la Sociedad de Naciones, dominadas por Gran Bretaña y Francia?) por cualquier medio la “inaudita injusticia” (recordemos que reproducían las condiciones fijadas 48 años antes contra Francia) de su voluminoso condicionado. Para calmar al contrariado Presidente de Estados Unidos se aceptaron sus propuestas, además de la creación de la Sociedad de Naciones, de limitación armamentística, pero alterando sus objetivos.

En lugar de un obstáculo para nuevos sangrientos conflictos de la envergadura del vivido, la limitación pesó especialmente contra los vencidos, particularmente contra Alemania, puesto que el imperio austro-húngaro había dejado de existir. No podía reclutar obligatoriamente, como imperativo legal, un ejército popular, sino sólo contratar 100.000 hombres como militares profesionales, a sueldo (lo que era una limitación más, en este caso económica, para incluso obstruirle la recluta de esta cifra máxima) y por un plazo máximo de 12 años de servicio, otra limitación añadida. De ellos sólo 4.000 podían ser Oficiales, y por un plazo máximo de 25 años de servicio. Con ello se impedía que se formase un núcleo directivo para recomponer un ejército más extenso en el futuro. En especial se truncaba una carrera profesional hacia el generalato basada en la experiencia. Es decir, más que un ejército capaz de defender las fronteras, que Francia no deseaba, sólo se le permitía una especie de policía, que pudiera reprimir cualquier revolución interior, cualquier “contaminación” de la revolución bolchevique. Y no iba a tardar mucho tiempo en desempeñar tal papel. Sólo se le permitieron 15.000 efectivos para su Marina de guerra, limitando el número de buques y el máximo total de cañones que podían embarcar. De modo que dicha limitación no era igual para todos, sino que impedían a Alemania volver a convertirse en gran potencia, lo que era, para su orgullo, un acicate para contravenirla, para violentarla. El gobernante que osara hacerlo conseguiría, de inmediato, el apoyo popular y la mayoría de los votos. En julio el cabo Hitler fue asignado al Comando de Inteligencia del Ejército, con órdenes de reclutar a militares de ideas semejantes, e investigar al Partido Obrero Alemán, que sospechaban infiltrado por socialistas. El 11 de agosto se aprobó la que se conoce como Constitución de Weimar, que, en realidad, era bastante semejante a la imperial, aunque reproducía párrafos completos de la liberal de la Iglesia de San Pablo, de 72 años antes, reconocía derechos fundamentales y una estructura democrática parlamentaria.

Si bien se definía como República Federal conservaba el nombre de Reich y era mucho más centralista que el propio imperio, ya que los Länder perdían el control del ejército, administración, aduanas, correo, telégrafo, ferrocarril o vías fluviales propios, y el Consejo del Reich o Reichrat, que representaba los intereses de dichos territorios, sólo tenía carácter asesor y un limitado derecho de veto sobre las leyes que les afectasen, marginado de las grandes decisiones políticas ¿República del Imperio? Tal nombre puede significar el deseo socialdemócrata (y de sus coaligados) de restaurar la monarquía en cuanto las circunstancias los permitiesen. El Gobierno dependía del Presidente de la República, igual que antes dependía del emperador. Aquél sería elegido directamente en votación popular, por un mandato de 7 años, era el representante exterior de Alemania, jefe supremo del ejército, nombraba y destituía al Gobierno y, cuando la seguridad y el orden público corriesen peligro, podía promulgar decretos-leyes. Esta posibilidad permitiría a Hitler imponer el nazismo sin necesidad de derogar la Constitución. El 16 de septiembre, en una de las reuniones del Partido Obrero Alemán, en la cervecería Sterneckerbräu, se debatía la independencia de Baviera y su anexión con Austria. Hitler, tal vez contraviniendo las órdenes de cómo debía comportarse en su labor de espionaje, pronunció un encendido discurso sobre la unificación panalemana, que llamó la atención de Drexler, de profesión cerrajero, que trabajaba para los ferrocarriles, quien le encomendó la jefatura de propaganda. El 16 de octubre, según Hitler, dio su primer discurso en público, ante unas 300 personas, en otra cervecería. Italia, que había confiado en conseguir todas sus ambiciosas aspiraciones sobre Austria cambiándose de bando, implicándose en la guerra, como le habían prometido sus nuevos aliados, vio frustradas sus ilusiones. Consideró que lo que había conseguido no justificaban sus sacrificios durante la guerra. Sin comprender que nada garantiza la victoria en la guerra. Que en las guerras se puede saber cómo se entra (a veces, ni eso) pero nunca se sabe cómo ni cuándo se va a poder salir. Y que tampoco había conseguido éxitos militares, cuando fue más necesario, que justificasen tales premios. Quizás pusieron sus ilusiones en los pretéritos tiempos de Cavour.

Por si fuera poco, la depresión general que sacudió Europa cuando los soldados volvieron del Frente y no encontraron puestos de trabajo disponibles, los Gobiernos dejaron de destinar ingentes cantidades a la guerra y la economía se encontró falta de impulso, de demanda, de inversiones, de consumos, peor aún, con la misma absurda y repetidamente demostrada criminal tendencia a “la austeridad”, como ahora vuelve a repetirse, para satisfacer las deudas contraídas, también afectó a Italia. Y tampoco consiguieron los esperados beneficios en su expansión colonialista o en el Adriático. Mussolini, hijo de un herrero, se había integrado en la socialdemocracia italiana. Sin embargo sus estancias en Suiza y Austria le habían imbuido de nacionalismo extremo. Era redactor jefe de Avanti!, el periódico socialdemócrata italiano. Sin embargo mantenía que Italia debía incorporarse a la guerra, del bando aliado. Parece que recibió pagos por parte de éstos para propagar tal actitud. Esto le llevó a enfrentarse con su Partido y a perder su puesto en el periódico. Se supone que parte del dinero recibido fue para poner en marcha un nuevo periódico, Il Popolo d’Italia, desde el que realizó su propaganda ideológica, mezcla de las tesis de Sorel, según las cuales sólo la fuerza activa puede crear el orden, el ideal nietzscheano del “superhombre” y la voluntad de poder, y las teorías de las élites dirigentes de Pareto. A raíz de la estrategia de los arditi, voluntarios que deberían asaltar las trincheras de forma casi suicida, para, con su ejemplo, incitar al heroísmo a los demás (similar a las “Tropas de Asalto” alemanas) fundó en Milán el primer fascio di combattimento, algo así como “haces, gavilla de combatientes”. El se designó su Duce (“guía”, “conductor”, “duque”, como el Dux de Venecia, “jefe militar”, “caudillo”) con lo que pretendía colmar su vanidad y su ambición de poder, imponiendo su voluntad sin admitir la menor objeción y una rígida organización interna, una hábil propaganda y demagogia hacia el exterior, y el terrorismo contra los izquierdistas. El Mariscal Josef Pilsudski, de ideas socialdemócratas, fue elegido Presidente de Polonia. Se encontró con el problema de defender los territorios que se le habían asignado, ocupando la línea dejada por las tropas alemanas, para contener a los revolucionarios bolcheviques.

Consciente de su inferioridad demográfica, la falta de experiencia de sus soldados y de entusiasmo con tal idea de sus conciudadanos, se alió con los ucranianos anticomunistas, lo que le llevó a implicarse, como el resto de naciones contrarrevolucionarias, en la guerra, más internacional que (in)civil, rusa. Un fallido golpe de Estado socialdemócrata, reprimido con el asesinato de 590 personas y la invasión de tropas rumanas, yugoslavas, checoslovacas y francesas acabaron con la República Soviética de Hungría. El Almirante Miklós Horthy reinstauró la monarquía, proclamándose “regente” en nombre de IV Kàroly (que era bastante mayor de edad) el mismo Carlos Iº que había huido de Austria, beatificado por Juan Pablo IIº por haber hecho algunas gestiones para la paz y atribuírsele dos milagros por su intercesión. Sin embargo, ni el “regente” ni las potencias vencedoras le permitieron a éste regresar y hacerse cargo de la corona, reinstaurar la dinastía Habsburg. Al iniciar sus sesiones el nuevo Parlamento ruso, ya que no había obtenido la mayoría absoluta y todos los demás partidos políticos estaban, mayoritariamente, en su contra, Lenin planteó un Gobierno de coalición de comunistas y el ala izquierdista del Partido Radical. Este reaccionó expulsando de s seno a los que habían llegado a tal pacto. Según las normas electorales existentes eso significaba que perdían su acta como parlamentarios (lo que hoy se critica como “partitocracia”) y, por tanto, tal coalición la mayoría absoluta, lo que permitiría formar Gobierno a los mencheviques, apoyados por algún Partido de derecha. Frente a ello los Comisarios del Pueblo decretaron la disolución del Parlamento, cuyas competencias, según habían propagado los bolcheviques (“Tesis de Abril” de Lenin, de dos años antes) serían subsumidas por el Soviet Supremo, donde sí contaban con mayoría absoluta, gracias a Trotski: en plena guerra civil, Rusia se precipitaba fuera de la democracia. Los expulsados del Partido Radical terminaron integrándose en el Partido Comunista. Los demás Partidos, disconformes con la disolución del Parlamento, fueron uniéndose uno a uno a la insurrección contrarrevolucionaria. Uno a uno fueron declarados ilegales y disueltos, hasta quedar sólo el Partido Comunista como Partido único legal y legitimado. En Cuba ocurriría algo semejante.

Los “rusos blancos”, dirigidos por los zaristas Almirante Kolchak y los Generales Denikin y Yudenich lanzaron poderosas ofensivas en el Báltico, en Siberia, Rusia oriental y contra Moscú. Sin embargo el Ejército Rojo resistió la presión y contraatacó en todos los Frentes. Los japoneses aprovecharon para conquistar Vladivostok. Siberia fue recuperada por los bolcheviques. Los polacos y franceses, que habían sustituido a las tropas de ocupación alemanas, fueron expulsados de Ucrania y se les persiguió hasta cerca de Varsovia. Sólo la participación de un Cuerpo Expedicionario francés, incluyendo tanques, consiguió que obtuviesen la victoria en el Vístula. Bielorrusia fue recuperada por los bolcheviques. Británicos y franceses, a los que más tarde se unieron tropas estadounidenses, habían desembarcado en Múrmansk, en las costas árticas, con intención de avanzar hacia Finlandia y Piotrgrad. Pero el frío glacial les quitó las ganas de combatir, y, tras algunas escaramuzas, abandonaron Rusia el 12 de octubre. La guerra contra los contrarrevolucionarios costó un gigantesco esfuerzo. Más aún considerando el cierre de fronteras, el bloqueo económico, el “cinturón sanitario” formado para impedir la expansión revolucionaria, para asfixiarla: exactamente igual que se hizo contra la Revolución Francesa, tras el intento infructuoso de derrotarla directamente, invadiendo dicho país. Peor aún, porque las zonas del Volga, los Urales, Siberia, Turquestán, el Cáucaso o la cuenca del Donets donde se encontraban la mayor parte de las fuentes de materias primas, estaban en poder de los contrarrevolucionarios. Hubo que posponer muchas reivindicaciones sociales, lo que constituye el “plan B” de todos los procesos contrarrevolucionarios: demostrar que los esfuerzos no merecen la pena, hacer sufrir todo lo posible a los que intentan abandonar el sistema capitalista, como antes se hizo con los países “desertores” del sistema feudal. Fundamentalmente se comprendió la necesidad de la industria pesada, que fue nacionalizada sistemáticamente. Esta obsesión por la industria pesada y, en conjunto, la armamentística, acompañaría desde entonces al mundo soviético, y sería otra de las causas de su derrota, al no poder competir con las ofertas consumistas del capitalismo. Se encargaron de dirigir las empresas incautadas, socializadas, los comités (soviets) de fábrica.

Ante su ineficacia, desconocimiento, actitudes egoístas, pérdida de visión de la globalidad, sistémica, fueron sustituidos por los sindicatos. Al final se llegó a un planteamiento militarista de la dirección empresarial y de la economía, otro de los errores que, aunque mantuvieron la resistencia revolucionaria durante muchos años, terminó demostrando sus ineficacias y haciendo que perdiese el apoyo popular. Esta es la época que se conoce como “comunismo de guerra”, mediante el cual el Estado soviético asumió directamente la producción y distribución de todos los bienes económicos. Se aumentaron las medidas centralizadoras, especialmente respecto de los productos alimenticios, cuya carencia era particularmente dramática, sobre todo en las ciudades, donde debían fabricarse las armas. Estos se racionaron. Recibían mayor cantidades los que realizasen trabajos pesados. Tres cuartas partes de dichas cantidades el resto de obreros, y sólo una para los antiguos burgueses, que se suponía que podrían abastecerse del mercado negro. En todo caso los alimentos repartidos eran gratuitos. El mismo sistema se aplicó en la prestación de servicios estatales y comunales. Con todo ello, además de la inflación provocada por la escasez, el dinero fue perdiendo utilidad. Los soviéticos, interpretando de forma muy radical los escritos marxistas, sobre las consecuencias que la aparición del dinero y del comercio a larga distancia había tenido en la supremacía de la propiedad privada sobre la comunal, comunitaria o “comunismo primitivo”, intentaron potenciar su desaparición. Cada vez se retribuyó más en especie y menos en metálico. Las tropas italianas comenzaron a ocupar la zona que se le había adjudicado en Anatolia. Incluso se consideró oportuno, no para premiar la nula colaboración griega durante la guerra, sino, tal vez, como humillación de Turquía, entregarle Esmirna. Cuando las tropas griegas comenzaron a ocuparla los turcos consideraron que era más de lo que estaban dispuestos a tolerar. El General Mustafá Kemal, victorioso, junto con su aliado alemán, de Gallipoli o Kalípolis (“Bella Ciudad”) presidente del Congreso Nacional turco, llamó a la defensa del país, exigiendo la inviolabilidad de Anatolia. Con ello se inició la guerra contra Grecia, que iba a durar 4 años. Cirenaica y Tripolitania instituyeron sus propios Parlamentos. Italia los reconoció, incluso a la República de Tripolitania.

Sin embargo siempre los mantuvo bajo su control, sometiéndolos a su propia jurisdicción, de forma que no dejaban de ser una pantomima. Una delegación egipcia solicitó asistir a la Conferencia de Paz de París, ya que eran un Estado independiente que había colaborado (en realidad habían sido ajenos a todas las decisiones británicas que implicaban a su país y sus recursos naturales en el esfuerzo bélico) en la victoria, además de las promesas de Wilson sobre la autodeterminación de los pueblos. La solicitud fue rechazada, lo que desenmascaró la realidad de su falsa independencia. Fue así como Sad Sajlul, vicepresidente del Parlamento, organizó un importante Partido Nacionalista, el Uafd, en el que inicialmente se apoyó el Jedive Fuád.

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