0150-Transformación, expansión, persecución y límites de kristianismo y buddismo

Así declararon apócrifos, prohibidos, todos los textos posteriores al -150. Esto dejaba fuera al Libro de los Macabeos, que no es sino una versión actualizada, aunque en distinto contexto histórico, del Libro de Daniel. El Libro de Ruz, evidentemente escrito por un no judío, que justifica la salvación de los no judíos, e incoherente con la línea inveterada de las Sagradas Escrituras, tras muchos debates, fue aceptado como canónico, dado el mensaje de paz y convivencia intercultural, extraño para el judaísmo, que refería. Así que, de pronto, la secta kristiana se veía en la disyuntiva de abjurar de la violencia, abandonando a los separatistas, en guerra contra Roma, o reconocerse como religión separada del judaísmo oficial. Así se reunió lo que se conoce como primer Concilio, Concilio Apostólico o de Jerusalem. Dichos dos principales apóstoles, en especial el vehemente Paúl, defendieron a los numerosos prosélitos que habían hecho entre las comunidades hebreas de la diáspora, asentadas fuera de Judea, más abiertas a aceptar la filosofía helenística, a discutir e interpretar libremente las Sagradas Escrituras, incluso contraviniendo a los rabinos.

Pero, sobretodo, las logradas entre los gentiles [1] para los que las normas judías no representaban nada, incluso les parecían rechazables, arcaicas, salvajes, como la circuncisión [2]. Con ello se producía la ruptura casi total [3] entre unos y otros, asumiendo plenamente el jristianismo el carácter misionero, intercultural y multiétnico, con aspiraciones universalistas, catolicistas. El apóstol Santo Tomás predicó en el Noroeste de la India, en los reinos de los Pandya y los Chola, fundando muchas iglesias, durante el Ier siglo. Los brajmanes no podían consentirlo y lo martirizaron en Mylapore. Una nueva explosión demográfica de los jsiung-nu [4] produjo un efecto carambola en las estepas de Asia central, que llegó hasta la India mediante una coalición de cinco pueblos de distinto origen [5] que implantaron el nuevo imperio Kuchana. A mediados del IIº siglo, con Kanicha, alcanzó la máxima expansión, derrotando los restos bactrianos, escitas y sármatas, y dominando casi toda la India, hasta las fronteras chinas y romanas: todo el imperio de Roma, cabría dentro del imperio Kuchana. Como todos los pueblos esteparios eran, al mismo tiempo, escépticos y supersticiosos. Dudaban cuál podía ser la religión verdadera, y, en la duda, respetaban a todas por igual.

Esto ayuda a comprender por qué Atila retrocedió ante la procesión, con todas las insignias, hábitos, ciriales e inciensarios, del Papa León IIIº. Aunque también es posible que le ofreciese oro para que no atacara Roma. Como había hecho el emperador romano de oriente para salvar a Constantinopla, y convencerlos de que se dirigiesen contra Italia, asegurándoles que era más rica. Claro que esta versión no gustaría a los cronistas medievales, pues elimina el aura milagrera. Esta renuncia a conquistar Roma también explicaría el asesinato de Atila, y la consecuente disolución del imperio jsiung-nu. La tolerancia religiosa kuchana, y, posiblemente, el interés de la aristocracia terrateniente, hizo florecer lo que hoy conocemos como hinduismo, mezcla de antiguas tradiciones populares, politeístas, y cultos sacrificiales brajmánicos, retrocediendo siglos atrás, y que perdura actualmente. Los brajmanes, como los levitas [6] hebreos, constituían una casta hereditaria. Como ocurría con la presunta tribu de Leví, eran más miembros de dicha casta que elementos necesarios para el culto, la predicación y las misiones.

La mayoría se dedicaba a actividades profanas, y sólo un número menor, de especiales cualidades memorísticas, para el estudio, de lógica, retórica, persuasión y ascetismo, para mantener una vida ejemplarizante, llegaban a la consideración de gurúes. No se trata de una religión dogmática, con normas de comportamiento, sino un conjunto de tradiciones rituales y mitologías. La norma de comportamiento deviene de una estructura social determinada: la estructura de castas y los rituales vinculados a ellas, como son los votos o promesas, la ascesis, la meditación profunda y la recompensa de todas las buenas acciones en la vida futura, en la próxima reencarnación. El objetivo hinduista es la redención completa, la liberación de todos los vínculos. Sin embargo hay discrepancias en las consecuencias últimas de ello: para unos se trataría de permanecer en la constante presencia de Dios, y para otros la disolución de lo individual y la unificación en un único espíritu universal. El nirvana de la inacción y el pensamiento vacío, o sea, la falta de pensamiento, lo que denominan como meditación trascendente, para la eternidad. Todo lo cual significa un retroceso sociológico.

La falta de dogmatismo es contradictoria con el carácter autoritario de los distintos textos religiosos, y de la incoherencia entre ellos, consecuencia, a su vez, de su diversa procedencia. Se superan tales contradicciones olvidando todo el conjunto dogmático, considerando que tales textos son, todos ellos, la verdad absoluta cuando refieren leyendas, mitologías, milagros y rituales propiciatorios, que se superponen y yuxtaponen entre sí. Y poéticos, arcaicos, poco dignos de crédito, cuando imponen conductas morales. Simultáneamente se hace ver que el buddismo es antinacionalista, antipatriótico, consecuencia del influjo extranjero [7] y con intenciones conquistadoras, anexionadoras. Los hinduistas persiguen cuatro objetivos en la vida: el goce sensorial [8], adquisición de bienes temporales, cumplimiento de los deberes ciudadanos y religiosos y conseguir la liberación interior.

Es decir, un conjunto de aspiraciones, en cierta medida contradictorias, que podríamos considerar antiguas y modernas, lo que dio, en su momento, unas posibilidades evolutivas sociales superiores a los de otras religiones y naciones de su época, pero, a su vez, una limitación en las mismas, de la que sólo puede salirse poniendo en duda dicha estructura tradicional, bien trazando nítidamente una divisoria entre la conceptualización religiosa y la social, o bien cuestionando ambos tradicionalismos a la vez. Para los hindúes el universo es, al mismo tiempo, eterno y finito. Para los hinduistas todo está sujeto a cambio permanentemente. En tal sentido nada es inmutable. Y una de las manifestaciones de la mutabilidad es la “muerte”, la desaparición. Así que el universo es temporalmente finito porque está llamado a su desaparición, a su extinción, su fin. Pero, a su vez, como todo, vuelve a renacer, en un ciclo inacabable de vida y de muerte, creación y fin, nacimiento y destrucción, aparición y desaparición. Todo está formado de materia y espíritu. Incluso los dioses son almas inmortales revestidas de sustancias materiales. Deben pasar, por tanto, por sucesivas existencias, dependiendo de su comportamiento.

Así los dioses, exceptuando el Supremo Señor del Mundo, deben morir, puesto que la muerte es la única forma de pasar de una a otra existencia. La diferencia entre los hombres y los grandes dioses mortales es la duración de su vida, que, en éstos, pueden llegar a millones de años. El más longevo de todos es Brajma [9]. Pero también se pueden considerar a su altura Vichnú y Chiva. Para algunas concepciones constituyen una trinidad [10] a lo que influye la diversa interpretación como concepto abstracto, hombre, mujer, dios masculino, dios femenino, dualidad o indeterminación sexual de cada uno de ellos. Además de su millón de dioses [11] también adoran a las fuerzas sobrenaturales, que vinculan con los fenómenos naturales, la tierra, ciertas montañas, piedras, ríos, plantas, monos, cocodrilos, serpientes, ratas y, especialmente, la vaca. Se discute si su origen fue la proximidad de las tropas de Alejandro Magno, el Imperio Bactriano, que había heredado parte de la cultura griega de los diadocos, la ruta terrestres de la seda, el comercio marítimo, o bien una evolución interna, pero lo cierto es que se llega a unos planteamientos lógicos, argumentales, que tendrán gran influencia en el desarrollo científico posterior.

Surgen así toda una serie de corrientes “filosóficas” que tradicionalmente se han agrupado en seis, de las cuales la más conocida es la yoga. Todas ellas se caracterizan por una crítica implacable y un análisis riguroso, que sustituye a la poesía y a la religión, por lo que van más allá de lo que se puede considerar libros sapienciales. La naturaleza, la vida y la experiencia se presentan como base más aceptable interpersonalmente de sus especulaciones que la revelación sobrenatural. Sin embargo, dentro de la continua contradicción del hinduismo, todas ellas aceptan la autoridad de los escritos sagrados [12] lo que significa sobreponderar la experiencia espiritual, al menos en los problemas religiosos, sobre la razón investigadora, aunque distinguiendo con rigor lo que es tradición de lo que es revelación, y resolviendo sus contradicciones a favor de la segunda. Sin embargo toda experiencia espiritual escrita debe ser sometida a la prueba de la razón, lo que conlleva el problema de la validez y de los medios de adquisición de auténtico conocimiento. Así, como otra contradicción más, subordina la razón a la intuición, puesto que aquella no puede comprender plenamente la vida.

La consecuencia es que una cultura basada exclusivamente en la razón y en la ciencia puede ser útil pero no será espiritualmente viva. Es decir, que lo que entendemos como “filosofía hinduista” es una mezcla de lógica, psicología, metafísica y religión. Todas las corrientes se refieren al segundo nacimiento y la preexistencia, y la vida como un camino eterno, según lo ya comentado, por lo que no entienden la muerte como un fin o un obstáculo, sino como el inicio de nuevos pasos, aunque el bautismo de la muerte presente escindido lo que, para ellos, es un proceso continuo. Para entonces el buddismo había evolucionado, asumiéndose que la meta principal no era la anulación de los deseos, para llegar al nirvana, según la antigua doctrina jinayana [13] sino que se aspira a ser boddisattva, renunciando a la salvación individual para poder ayudar a otras personas y facilitarles el camino hacia la liberación: es lo que se conoce como majayana [14] mucho más revolucionario y peligroso. Lo que significa la asunción de parte de los presupuestos jainistas y moistas. Esta secta es la que se expandió por China, la zona oriental del Sudeste asiático e Indonesia, lo que explicaría la implicación buddista en los procesos revolucionarios del siglo XXº en esta zona.

En cambio la secta jinayana fue la que se extendió por Ceilán, Birmania y la parte occidental del sudeste asiático, lo que explica la implicación buddista en movimientos conservadores, tradicionalistas, autoritarios, golpistas y contrarrevolucionarios en su zona. Y también hace reflexionar sobre el alcance del apoyo religioso en el triunfo de una u otra opción. En el año 65 ya hay constancia de comunidades buddistas en el centro de China. Mientras tanto el buddismo chino también ha ido evolucionando ¿Por qué limitar que Budda pudiera seguir reencarnándose, tras su “iluminación”? De forma que Gautama Budda sería sólo uno de los infinitos Buddas posibles. Se podría esperar, entonces, la revenida de un nuevo futuro Budda: el Maitreya. Y que éste trajese un nuevo mensaje para la Humanidad, que permitiese mejorar las condiciones de vida, el derecho, que regía a todos los humanos. Y si, a cada reencarnación, un santo, como Budda, debía superarse, no cabía otra opción sino que llegase a hacerse dios: es el Amitabba Budda.

Así, si iba a terminar convirtiéndose en dios, tras su última venida y encarnación, era lógico que se le rezara, por adelantado, confiando en su poder salvador para la Humanidad, incluso con efectos retroactivos. La situación en el imperio chino, que había alcanzado, por su extensión, población y desarrollo cultural y económico, completa equiparación con el imperio romano, se fue haciendo cada vez más insostenible. A las intrigas de las familias ricas, los clanes familiares de las emperatrices, el sistema del favoritismo [15], se unió el poder de los eunucos palaciegos y su inmiscusión en el funcionariado y el Gobierno. Sobre todo desde que el emperador Chun (126-144) autorizó que adoptasen hijos. Hacia el 150 ya hay constancia de comunidades kristianas en las Galias. En el 167, a la muerte del emperador chino Juan, sin herederos, los eunucos de palacio intentaron hacerse con el poder. Para ello realizaron terribles matanzas sobre sus oponentes, que se concentraban entre las grandes familias y la intelectualidad. Frente a tal estado de cosas surge, en el 184, una nueva rebelión campesina, denominada de los “Turbantes Amarillos”, porque se distinguían por una cinta de tal color anudada en la cabeza.

Todo ello colaboró a la expansión del buddismo. Los restos de éste en la India, en concreto la corriente majayana, se fue impregnando de chivaísmo, hasta desaparecer. El kristianismo se había expandido, sobretodo, entre los esclavos, a los que prometía la resurrección, la vida eterna en el paraíso, compensación de todos sus sufrimientos, y la igualdad de todos los humanos. Y, con ello, su redención, en este mundo, la abolición de la esclavitud. De modo que la persecución de los cristianos fue, en su mayoría, la tortura y muerte de esclavos. Como el ejército no obtenía grandes victorias, tampoco conseguía prisioneros, que pudieran venderse como esclavos. Así que éstos se hicieron escasos y aumentaron de precio. Muchos de ellos escaparon de la persecución, y de sus dueños, afincándose en el campo.

Especialmente los subastados por deudas, por créditos personales [16] para los que la esclavitud, que no podían considerar como una imposición divina, sino de sus acreedores, se les hacía mucho más odiosa, injusta, insufrible. Se ofrecieron a los terratenientes [17] para utilizar la parte inculta, no trabajada, de sus fincas, a cambio de trabajarles también en las que tenían cultivadas, en sustitución de los esclavos. Dada la escasez de éstos, muchos señores aceptaban: así los fugitivos recibieron pequeñas parcelas para que las trabajasen, no en propiedad, a cambio de parte de las cosechas (aparcerías) o bien del compromiso de emplear parte de su tiempo, sobre todo en la época de las mayores faenas, como la recolección del trigo, en las tierras de explotación directa del señor. Es decir, el modo de explotación feudal estaba sustituyendo, inadvertidamente, al modo de explotación esclavista, antes de la caída del imperio romano, antes de la permeabilización de las fronteras, por los bárbaros del Norte. Con todo ello los esclavos se hacían más y más escasos, más y más caros. Y las persecuciones de los kristianos, más costosas.

Llegó un momento en que los pequeños propietarios no podían costear la compra de esclavos, sobre todo quienes sólo los precisaban para determinadas épocas, como en las cosechas, o en determinadas obras, y no estaban en condiciones de darles de comer a diario, cuando no hubiese trabajo que lo justificara. Surgieron, entonces, nuevos grandes empresarios, que se dedicaron a alquilar esclavos. Se produce, con ello, una división de personalidad: uno era el patrón-propietario, y otro el patrón-explotador directo. Y, con ello, una contradicción: mientras que el explotador quería explotarlos al máximo, hacerles trabajar el máximo posible y gastar el mínimo en ellos, el propietario exigía que su inversión no se depreciase. Tal contradicción sólo podía acabar en juicio, en el foro. Así los esclavos eran pesados, y en el contrato de alquiler se estipulaba que, a su fin, había de devolvérsele, al menos, con el mismo peso, pagando uno al otro, arrendador o arrendatario, según hubiesen repuesto o perdido peso. Es lo mismo que se hace con el ganado dado a reposición. Se consiguieron sentencias forenses por las que se obligaba a los arrendatarios a dar tres veces de comer al día a los esclavos alquilados.

A dejarles dormir, al menos, ocho horas continuadas. A no poderles hacer trabajar más de cuatro horas seguidas, con descanso de dos horas para comer y recuperar fuerzas. A permitírseles cumplir con sus preceptos litúrgicos. A facilitarles agua para beber durante el trabajo, y medios para su aseo personal. A proveerles de ropa y calzado adecuados a las condiciones meteorológicas, y proporcionales a los que llevaban en el momento de ser alquilados. Se prohibían los castigos corporales a los esclavos arrendados, al menos los que dejasen cicatrices o pudieran probarse. Y se llegaron a fijar indemnizaciones por el deterioro sufrido: moratones, heridas, cicatrices, pérdida de la vista, de un ojo, de un brazo, de una pierna, de una mano, de un pie, de uno o varios dedos, etc.. Para ello el propietario del esclavo presentaba a éste como testigo en el proceso judicial. De forma que, de pronto, el esclavo comenzó a ser considerado persona, en el sentido de ser sujeto de derecho. Todo ello quedó reflejado en la recopilación de sentencias romanas [18] que ordenó transcribir el emperador bizantino Justiniano.

Cuando, en el siglo decimonono, el capitalismo alcanzara extremos de crueldad y sobreexplotación, y los trabajadores “libres”, apoyados por los sindicatos clandestinos y las organizaciones de socorro mutuo, comenzaran a llevar a juicio a los arrendatarios de sus servicios, se acudió a estas recopilaciones de los antecedentes romanos, por los daños ocasionados a esclavos alquilados, para iniciar el nuevo derecho laboral y la legislación social. Tuvieron la misma inspiración las Leyes de Indias de Isabel La Católica, para limitar el trabajo de los “encomendados” [19] indígenas, que demostraron escasa resistencia a las enfermedades y al trabajo intensivo, a los que no estaban acostumbrados, pero, sobre todo, al frío, ya que no se les dotaba de ropa, calzado o techado para dormir, y a las enfermedades transmitidas por los europeos, desconocidas para ellos. En base a tales limitaciones surgió la importación de esclavos negros, que, como había advertido el sevillano Fray Bartolomé De las Casas, eran más resistentes. Y también se basó en ello la petición sindical, marxista y anarquista, de la limitación de la jornada de trabajo a ocho horas diarias, partida en dos periodos de cuatro horas cada una.

Todo esto, debido a la depresión económica que no somos capaces de superar desde 1.973, está siendo incumplido sistemáticamente, retrocediendo al siglo decimonono y a tiempos de la explotación directa de la esclavitud en Roma. La situación comparativa hacía darse cuenta a dichos esclavos romanos del poder con que contaban, debido a su alto precio y difícil reposición. Así que comenzaron a exigir los mismos derechos que los esclavos de alquiler. Y siempre con la velada amenaza de la fuga. En tales condiciones ¿cómo obligarles a que trabajasen? Ya, de tiempo atrás, se había hecho frecuente que amos apiadados, o a esclavos que se hubiesen distinguido por su celo, abnegación y lealtad a la familia, les concediesen la libertad, tras la muerte de su amo. Así que esta figura llegó a hacerse generalizada. Sin embargo también se hizo habitual que los posibles herederos se negasen a cumplir dicha cláusula testamentaria. De modo que los esclavos exigieron que tal promesa se reflejase en documentos de compromiso futuro de redención o manumisión.

Ante el incumplimiento testamentario acudían a los magistrados, que pedían al templo de Vesta certificación registral de últimas voluntades, constatando el incumplimiento ocurrido, y sentenciando la liberación de los esclavos afectados y la indemnización que debían pagarle por tal abuso. Es decir, retribución por el tiempo de trabajo y los sufrimientos soportados. Esto significaba reconocer el derecho activo a pleitear de los esclavos ¿Debían considerárseles, entonces, ciudadanos romanos? Los jurisconsultos alegaron diversas justificaciones: que era el sello del difunto, en el documento presentado, el que se admitía a juicio, como un derecho real, de última voluntad, sobre “la cosa”, es decir el esclavo, y no el subjetivo, personal, de éste. O que, si era objetivamente liberto, sí tenía tal derecho, y que era tal cuestión la que los jueces debían resolver. De todas formas, la consecuencia era que se estaba produciendo un cambio revolucionario: la consideración como personas, como sujetos, activo y pasivo, de derechos, a los esclavos, que la caída del imperio romano frustró en catorce siglos.

A finales del IIº se constata que hay comunidades kristianas en Britannia, Hispania, Cartago y la parte romana de Germania, y adeptos individuales, no organizados comunitariamente, en casi todos los puntos del imperio. Este cambio de actitud es importante, pues, al admitirse la adscripción individual, no ser obligatoria la puesta en común de los bienes, la conversión se hace más fácil, sobretodo entre los ricos, se puede mantener en secreto, y es más difícil de fiscalizar, lo que conlleva una mayor tolerancia, y, con ello, la proliferación de distintas interpretaciones, de desviacionismos, antes inmediatamente atajados. El kristianismo deja de comportarse como secta y adopta la forma de vida normal, sin perturbar el funcionamiento económico de la sociedad, en la que se inserta. Comienzan a hacerse públicos conversos de prestigio, algunos de los cuales escriben cartas a las distintas autoridades, defendiendo su religión, y argumentando lo ilegal de las persecuciones: son los llamados apologetas. Es decir, el kristianismo va perdiendo su visión mesiánica, de referirse a otro reino, a otro mundo, y hace protestas de legitimidad y responsabilidad social.

Entre ellos el norteafricano Séptimo Flavio Tertuliano (160/220) que rechaza en términos jurídicos las acusaciones de inmoralidad [20] ateismo y crimen de lesa majestad. Presenta a los jristianos como sumisos al emperador, quien no debía temer nada de ellos por el simple hecho de que se negaran a rendirle culto. Contraataca acusando al resto de religiones, entre ellas la oficial del Estado romano -que moteja, impropiamente, de paganas- de ser aún peores, y llega a pedir la introducción en las normas legales de principios del jristianismo. Es decir, la marcha atrás respecto del laicismo conseguido por griegos y romanos. Aunque supusiese un mayor acervo moral. Pero, también, significaba una pérdida de la libertad personal, una mayor fiscalización del comportamiento individual, que no se superará hasta las revoluciones estadounidense y francesa, 1.550 años más tarde. Según la historiografía dinástica oficial, el legendario Sasán, sumo sacerdote de Anajita en Istajr, impulsó a su hijo, Pabjag, a conquistar el Jir, fundando con ello la dinastía sasánida.


 [1] Es decir, los romanos, los que llevaban un apellido o nombre gentilicio, al contrario que los hebreos, que sólo se conocían por su nombre, el de su padre -del que se declaraban hijos, mediante las fórmulas Ben o Bení– la tribu o la ciudad de procedencia.

[2] En realidad tanto la circuncisión como la infibulación o mutilicación genital femenina provienen del centro de Africa, y, en su principio, debieron ser fórmulas de retrasar las relaciones sexuales y disminuir la natalidad, el crecimiento poblacional en entornos y culturas en los que el alimento era limitado y difícil de conseguir, que pasaron al mundo civilizado a través de puente transicional egipcio. En donde la influencia femenina era mayor perduró la circuncisión y se perdió la mutilación femenina. Donde las mujeres eran consideradas seres inferiores, influido por la mal llamada poligamia, en realidad poliginia voluntaria para los hombres y monoandria obligatoria para las mujeres, ocurrió al revés: perduró la mutilación femenina y se perdió la circuncisión.

[3] No se puede interpretar que es absoluta, que se trata de una religión distinta, y no una secta escindida, puesto que se siguen aceptando la gran mayoría de las escrituras sagradas comunes.

[4] Los que los romanos llamaron hunos.

[5] Entre los que se encontraban los saces, los turcos y los yue-chich.

[6] Llegaron a considerarse una tribu específica, la de Leví, de la que toman su nombre, de lo cual no existe ninguna prueba arqueológica, sino, por el contrario, que estaban constituidos por personas o familias de distintas tribus.

[7] Lo que es totalmente falso: el buddismo es, originariamente, hindú.

[8] En hindú kama, de donde proviene el título del compendio de comportamiento sexual y social Kama-Sutra.

[9] No confundir con “brajmán”, que es un concepto: El Absoluto.

[10] En sánscrito trimurti, que se podría traducir como “tres formas”, lo cual crea la duda sobre si no se trata de un inicio de confluencia, inacabado, hacia la concepción de un Dios Unico bajo tres distintas apariencias.

[11] De distintas jerarquías, incluidos semidioses y demonios.

[12] Veda.

[13] Pequeño vehículo

[14] Gran vehículo.

[15] Lógicamente había una conexión entre todo ello, pues situar a una mujer del clan en el harén imperial era uno de los objetivos de los más poderosos, para poder optar a nuevos favores.

[16] Los que no estaban garantizados por pignoración o hipoteca de bienes o “derechos reales”, es decir, sobre las cosas. No se puede confundir con lo que hoy lleva el mismo nombre, y que, en realidad es “garantía facial”, por la cara, ya que nadie puede vender como esclavos a los que éste poseyera, a sus criados, hijos, esposa o al propio deudor en caso de impago.

[17] Los magnates o grandes señores.

[18] El Pandectas.

[19] Para ser bautizados, inicialmente a órdenes religiosas, aunque terminaron siendo considerados como simples esclavos, para obtener provecho de ellos, subastándose las “encomiendas” de tribus enteras.

[20] Que mantenían relaciones sexuales comunitarias. Esta cantinela, de la propiedad comunal o colectiva de las mujeres, va a repetirse contra casi todas las herejías por las autoridades jristianas, ya que la propiedad colectiva del dinero y otros bienes no parecía asquear a los pobres. Igual acusación se realizará, más tarde, contra los anarquistas, societarios, cooperativistas, comunistas y socialistas, aunque a estos últimos por menos tiempo, ya que su actividad y conocimiento públicos contradecían tales invectivas.

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