1.927: El desembarco de Alhucemas

Ante las continuas presiones de Mussolini para que el Reino de los Servios, Croatas y Eslovenos le entregase Riyeka (Fiume, para los italianos) Alejandro Iº intentó una administración internacional, encomendada a la Sociedad de Naciones, sobre dicha ciudad. Al fracasar tal estrategia, finalmente los fascistas consiguieron una gran victoria política, lo que les estimulaba a multiplicar sus exigencias. La muerte de Lenin, cuya enfermedad se desconocía, conmocionó a toda la población. La lucha sorda por el poder se hizo más agria. En un documento, que se conoce como el testamento político de Lenin, esbozó las líneas de cómo debería dirigirse el país en el futuro inmediato, con miras a consolidar la revolución. Hacía hincapié en que no debería entrarse en aventurerismos para expandirla a otros países, que esto sólo supondría entrar en nuevas guerras para las que no se estaba preparado. Frente a ello proponía el empleo de la diplomacia, y que los triunfos económicos y sociales la propagasen por sí misma. Todo ello era contrario a la visión de la revolución permanente de Trotski. Exaltaba las cualidades de éste y de Stalin, sin decidirse por ninguno ni ceder a nadie el mando supremo.

En un último párrafo, posiblemente añadido en los últimos días, que tal vez fuese la verdadera causa de su muerte, exponía los peligros que presentaba Stalin, y pidió que se le apartase del poder. Pero la red de espionaje de éste llegaba hasta el propio Lenin, por lo que conocía su contenido y consiguió ocultarlo, que hasta el propio Trotski ignorase dicha última versión. Este se sentía seguro, con el apoyo popular y del Ejército Rojo. Pensaba que su triunfo máximo lo lograría desde el Comisariado del Pueblo para la Guerra mediante el plan de industrialización del país, por lo que, con su capacidad, entrega y vehemencia características, se absorbió en ello. Se centró especialmente en la fabricación de armamento, en concreto de artillería y tanques, pues achacaba la exigencia de Lenin y Stalin a firmar la paz con Polonia a la resistencia de ésta, gracias al Cuerpo Expedicionario francés, compuesto por una Brigada de tanques al mando del Coronel De Gaulle, sin considerar que había sido decisoria la negativa de Stalin a que sus tropas, 40.000 efectivos, forzasen el paso y se uniesen a la ofensiva que estaba siendo derrotada. De forma que no atendió adecuadamente al siguiente congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética. Quizás fue un error de calendario, esperando que los triunfos en la industria llegasen antes, y le propulsasen en dicho congreso.

O que se trataba de una cuestión de trámite, que aún no era el momento de dar abiertamente la batalla por el poder. Lo cierto es que Stalin consiguió sustituir a la gran mayoría de los apoyos de Trotski por los suyos propios. Cuando éste se dio cuenta la situación ya era insalvable.

Quizás el mayor, el único, error, fracaso, de su vida, que le costaría la suya, la de la mayoría de sus hijos, la de su primera esposa, de cientos de miles de auténticos revolucionarios, el sufrimiento de millones de seres humanos, no haber podido impedir el ascenso de Hitler, el triunfo de Franco, la IIª Guerra Mundial, y, finalmente, el fracaso y fin de la misma revolución, 65 años después: la similitud con la Revolución Francesa no puede ser más evidente, aunque ésta duró menos y se reprodujo después de un menor intervalo. Stalin acusó de traidores a los trotskistas, de haber colaborado con Alemania (Lenin y destacados trotskistas tuvieron que cruzar dicho país, para lo que negociaron estimular en Rusia la revolución y la paz por separado, para llegar a Dinamarca, Suecia, Finlandia y Rusia, acabar con el apoyo de los bolcheviques al Gobierno menchevique y preparar la revolución: era la misma acusación que ya había planteado el Gobierno de Kérensky contra todos los bolcheviques, la justificación para ilegalizarlos, con lo que consiguió sustituir la pugna democrática por la insurrección, la guerra civil, la aniquilación de la oposición y la implantación del Partido único) para conseguir una paz que beneficiaba más a ésta que a Rusia antes de la conclusión de la Iª Guerra Mundial, de pretender dominar el Partido, e inició una persecución contra ellos, para lo que su red estaba perfectamente preparada.

Se coaligó con Zinóviev y Kámenev, los dos únicos que habían votado en contra de Lenin a la insurrección armada, aduciendo que se carecía de fuerzas y los contrarrevolucionarios eran muy poderosos, por lo que proponían la colaboración con el Gobierno menchevique y los socialrevolucionarios. Trotski fue acusado de graves desobediencias a la disciplina del Partido Comunista con la intención de debilitar la organización de éste, destituido como Comisario del Pueblo para la Guerra, luego de los órganos directivos del Partido y, posteriormente, expulsado del mismo. Más tarde sería deportado a Kazajistán y, finalmente, expulsado de la Unión soviética. La “depuración” alcanzó inmensas proporciones, en la que cayeron los auténticos artífices de la revolución, los que habían sobrevivido a la lucha por mantenerla frente a los contrarrevolucionarios, triunfadores de la guerra civil y contra 14 potencias extranjeras invasoras. La mejora de la situación económica en la Unión Soviética hizo aumentar la demanda de artículos manufacturados para el consumo, lo que supuso un rápido desarrollo de la industria ligera, pero también una drástica elevación de precios, que produjo la protesta e inquietud de los campesinos, ya que los precios agrícolas continuaban estacionados. El Gobierno intentó un nuevo reequilibrio regulando los precios.

Ante el fracaso de tales medidas, y la visión de los sectores más radicales de que se había dado marcha atrás a las aspiraciones y los avances revolucionarios, se comenzó a plantear la necesidad de una reestructuración global de la organización económica. Sobre tal base, Stalin aprovecharía para hacerse con el poder e imponer un rígido dirigismo, que permitió la perpetuación de dicho sistema, aunque anquilosado, hasta el punto de que, cuando se intentó seriamente modificarlo, ya no quedaba otra solución, y se desmoronó todo el conjunto político. En 1.925, a la muerte de Sun Yat-sen, todo el esfuerzo realizado por éste se vino abajo, al estallar, sin su presencia aglutinante, el Kuo-Min-Tang entre derechistas e izquierdistas, y distanciarse del Partido Comunista. Chang Kai-chek, tras obtener éxitos al frente del ejército revolucionario contra la China del Norte, se hizo con el poder, proclamándose seguidor de la revolución nacionalista y social de Sun Yat-sen, lo que sólo cumplió parcialmente, evolucionando hacia la dictadura militar. La prolongación de la dictadura militar de Primo de Rivera hizo crecer la oposición contra él. Debió reprimir a los políticos de los anteriores Partidos -que había ilegalizado, prohibido- intelectuales y universitarios. En tales condiciones sustituyó el Directorio Militar por un gabinete civil.

La muerte de Ebert obligó a convocar elecciones presidenciales en Alemania. En la primera vuelta ningún candidato obtuvo mayoría absoluta. De la “coalición de Weimar” el que quedó en mejor posición fue Wilhelm Marx, de la Unión Católica, por lo que pidieron a los seguidores de aquella que les votasen en la segunda vuelta. Los izquierdistas, y menos aún Stalin, no podían estar de acuerdo con ello, por lo que pidieron el voto para Thälmannn, del Partido Comunista. Por su parte los nacionalsocialistas, que habían quedado terceros en la primera vuelta, se sumaron al candidato de los conservadores, el Mariscal Hinderburg. Así resultó que la presidencia de la república alemana recayó en un militar monárquico, imperialista y antidemócrata, implicado de alguna forma con las ocultaciones que habían llevado a Alemania a la derrota más desastrosa, sin posibilidad de solución diplomática, en la Iª Guerra Mundial. Que este debía su triunfo al “cabo Hitler”, quien, tarde o temprano acabaría pidiendo algún pago en agradecimiento. Y que la “coalición de Weimar”, igual que la candidatura comunista, habían quedado derrotadas, abriéndose negras perspectivas sobre un futuro conservador, regresivo, en nada diferente a la época imperial. Aunque hay que reconocer que Hinderburg actuó con mucho sentido común, con el objetivo de mantener el orden y la integridad territorial.

Pero siempre del lado de los conservadores y con gran permisividad para la extrema derecha. Para los militares tal nombramiento fue un triunfo, una especie de emperador en la smbra, que, en cuanto tuviese ocasión, daría marcha atrás a la rueda de la Historia, reinstauraría la monarquía ¿con él mismo como nuevo emperador? e incumpliría los “Tratados” de Paz. Aunque yo me decanto por tal suposición, los historiadores no concuerdan sobre la intencionalidad del General von Seeckt, Jefe del Alto Mando alemán. Incumplió las limitaciones del Tratado de Versalles manteniendo un ejército “oculto”, formado por cuadros voluntarios, perfectamente formados, entrenados y preparados para su actuación como Oficiales. En realidad, la mayoría de los integrantes del pequeño ejército permitido a Alemania, a pesar de las prevenciones de dicho “Tratado”, que prohibía, precisamente por temor a ello, que los soldados del pequeño ejército alemán recibiesen formación correspondiente a Oficiales, serían ascendidos a tal rango bajo el mando de Hitler. Lo cierto es que constituyó un magnífico ejército, de gran eficacia y disciplina, también conjuntado ideológicamente, dispuestos a conseguir un nuevo engrandecimiento de Alemania, por lo que se adhirió fácilmente a las pretensiones nacionalsocialistas.

Su estrategia fue conseguir que, en breve plazo, Alemania pudiese movilizar un gran ejército para hacer frente a una invasión, a pesar de las limitaciones impuestas. Para mantener tal entrenamiento oculto a las potencias occidentales se realizaban maniobras militares secretas conjuntamente con la Unión Soviética, en dicho territorio, ya que ambos estaban interesados en acabar con Polonia, el aliado francés en Europa oriental, en cuanto pudiesen. Recuérdese que Alemania fue el primer país en reconocer como Estado a la Unión Soviética e intercambiar embajadores con ella, a cambio de que ésta le “perdonase” las indemnizaciones de guerra (que Alemania terminó impagando a todos los países) y acordase un Tratado comercial beneficioso para ambas. Como Alemania tenía prohibido por el “Tratado” de Versalles la fabricación de tanques, utilizaba en las maniobras maquetas de cartón sobre ruedas de bicicleta, que empujaban los soldados de un lado para otro. Los soviéticos, en cambio, hacían ostentación de todo su nuevo armamento, obra de Trotski: quizás para mantener a los alemanes acobardados, que tuviesen claro que no tenían ninguna opción contra ellos. Pero lo cierto es que los alemanes podían ensayar sus tácticas de combate con medios acorazados y aprender, de primera mano, por dónde iban las líneas de diseño de armamento más reciente.

Francia no estaba dispuesta a evacuar la zona de Colonia. Stresemann temió que, para conseguir apoyo en el mantenimiento de la ocupación, dicho país volviese a reiterar un nuevo entente. Así que propuso a las potencias vencedoras un Pacto de garantía recíproca. Gran Bretaña lo aceptó, y se comprometió a garantizar el mantenimiento de la frontera franco-alemana. Esto era sumamente peligroso para Francia, que ahora veía cómo su pretensión de seguridades se volvía en contra suya, con la expectativa de una alianza germano-británica, que le sería perjudicial. Maniobró para que la garantía británica se extendiese a la frontera oriental alemana, lo que significaba comprometerla en la defensa de Polonia y Checoslovaquia, integrándola, de alguna forma, en la red de alianzas que Francia estaba tejiendo. El nombramiento de Briand como Ministro de Asuntos Exteriores francés permitió el aumento de la destensión y dar preeminencia a la diplomacia. Así se llegó a la reunión de Locarno, en Suiza, por la que Francia, Alemania, Gran Bretaña, Polonia, Italia y Bélgica acordaban un Tratado que garantizaba la frontera occidental alemana. Por él Alemania debía renunciar a Alsacia-Lorena y Francia a sus pretensiones sobre la orilla occidental del Rin. En realidad no añadía nada, pero se cambiaba la dialéctica de imposiciones de los vencedores a los vencidos por la negociación entre iguales, con el objetivo de preservar la paz.

Stresemann y Briand recibieron el premio Nobel de la Paz por ello. Un convenio de arbitraje con Polonia y Checoslovaquia fijó la frontera oriental de Alemania, sin necesidad de intervención francesa ni británica, aunque bajo la amenaza de sus alianzas internacionales, dentro del marco de la Sociedad de Naciones. Esto significaba una incoherencia que forzó, en toda lógica, a que, para ello, Alemania fuese admitida al año siguiente en dicha Liga de las Naciones. Aún en el Tratado de Ginebra de 1.926 se trataba de justificar la división de Africa entre las potencias imperialistas europeas en base a la liberación de la esclavitud. Como si no hubieran sido las potencias imperialistas europeas (aunque también Estados Unidos y Arabia) las que hubiesen llevado la esclavitud a las más horribles cotas de magnitud y crueldad. En Portugal la Hacienda Pública estaba prácticamente en bancarrota y el Gobierno era incapaz de mantener el orden público. En tales circunstancias el General António Carmona dio un golpe de Estado y se hizo con el poder. Obsérvese que todo ello estaba en la lógica del ascenso del fascismo, con Mussolini y Primo de Rivera como antecedentes y “garantes”. El Gobierno conservador británico se esforzó por atender las cuestiones sociales, pero los frustrados laboristas reaccionaron radicalizando sus exigencias, posiblemente impresionados por la consolidación de la revolución soviética.

El resultado fue una huelga general sin precedentes que paralizó por completo al país. Baldwin reaccionó con rigor, lo que produjo un mayor distanciamiento por parte de los sindicados. Francia terminó evacuando la zona de Colonia. Alemania entró a formar parte de la Sociedad de Naciones. Sin embargo el pueblo alemán seguía sin ser consciente del cambio de la situación internacional, asumiendo la propaganda de la extrema derecha de que el acuerdo de Locarno era una mera renuncia a los derechos alemanes, a la “integridad de la Patria” respecto de la disputada Alsacia-Lorena, que tantas veces había cambiado de manos a lo largo de la Historia. Los intentos gubernamentales para convencer de lo contrario sólo les deparó más descrédito. Aunque Hindemburg podía estar conforme con el comportamiento de von Seeckt, repetidamente lo llamó al orden por lo peligroso de sus planes. Finalmente los espías occidentales descubrieron sus incumplimientos del “Tratado” de Paz, por lo que el Presidente de la República de Alemania se vio obligado a destituirle. Stresemann temía que la Unión Soviética, que tan necesitada estaba económicamente, se viese apoyada por los acuerdos de Locarno para pedir indemnizaciones de guerra. Para evitarlo, siguiendo la línea de Rapallo, firmó en Berlín un Pacto de Amistad y Neutralidad con ésta, lo que sería un antecedente para la firma de otro, de título semejante, 13 años después, con Hitler.

Para mantener su acercamiento a Francia, Stresemann se entrevistó en la aldea francesa de Thoiry con Briand, ofreciéndose a apoyar al franco: en tan poco tiempo la situación económica de Alemania había variado diametralmente, y mucho antes de que Hitler se apropiara del éxito. Ahora una Alemania que había conseguido estabilizar su economía se consideraba en condiciones de estabilizar a la francesa. Sin embargo la opinión pública y Poincaré se negaron a recibir ayuda alemana, y finalmente, consiguieron sanear el franco sin tal ayuda. Internacionalmente el Tratado de Locarno se consideraba un éxito diplomático, que había impedido que se establecieran nuevos pactos franco-británicos y ruso-francés en detrimento de Alemania. En la Sociedad de Naciones, Alemania puso sobre el tapete los problemas de pagar las indemnizaciones, del desarme y del desgajado de poblaciones alemanas entre los países vecinos, impuestos por el “Tratado” de Paz, lo que antes había sido silenciado más allá de sus fronteras. El Mariscal Pilsudski fue evolucionando desde una presunta socialdemocracia hacia una dictadura personal, aunque mantuvo las formas democráticas hasta que dio un golpe de Estado. Este sería el régimen que apoyarían las democracias occidentales en Polonia como alternativa al comunismo y al nazismo.

En Estados Unidos no eran capaces de salir de la depresión económica desde el fin de la Iª Guerra Mundial y la desmilitarización de sus tropas. Ejércitos de desempleados, veteranos de guerra, no encontraban mejor salida que integrarse en bandas de gangsters, es decir, de matones. La prohibición de fabricación y venta de alcohol, la llamada Ley Seca, dejó en sus manos esta lucrativa actividad económica. Sin otras alternativas a la inversión, los capitales, que ya habían huido de Europa ante la incapacidad de Alemania de pagar sus indemnizaciones de guerra, de Francia, que no iba a poder reconstruirse en base a dichas indemnizaciones, que no terminaba de percibir, ni tampoco el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, que tampoco veía el camino hacia la salida de la depresión económica, por más que Keynes, la Unión Soviética y las dictaduras fascistas señalasen el éxito de las obras y empresas públicas, todo lo contrario a las políticas de recortes, volvieron a dirigirse a la agricultura. Hasta que una serie de malas cosechas y vientos huracanados, en parte consecuencia de una errónea mecanización agraria, en base a tractores de cadenas y arados de gran profundización, que, sin apoyo de regadío, resecaron el suelo y produjeron una inmensa extensión del desierto y los arenales.

Con ello los capitales volvieron a huir del campo, las tierras bajaron de precio y millones de pequeños agricultores se vieron sin capacidad de cubrir sus garantías hipotecarias, que habían dejado de ser suficientes, y de impedir su desahucio, lo que reiteraba la caída del valor de la tierra, mientras que se producía el abandono de los terrenos de cultivo, el desabastecimiento y la carestía alimentaria, en una población con un elevado desempleo, sin fuentes de ingresos estables. En tales circunstancias los capitales se reorientaron a la especulación inmobiliaria, tanto en Nueva York, que no paraba de crecer, como de la nueva meta del turismo, recién descubierta, de Florida, en la que inmensas inversiones públicas en la desecación de pantanos estaban permitiendo la urbanización de las playas. En 1.927 se fabricó la primera máquina recolectora de algodón, en Estados Unidos. Francia se negó a que España abandonase el “protectorado” sobre Marruecos, comprendiendo que ello significaría que Abd el-Krim se enfrentaría exclusivamente contra la parte francesa, y contando entonces con todo el poder que, sin duda, conseguiría de todo el pequeño Marruecos español. Los militares españoles estaban divididos entre “africanistas” y “junteros”. Estos, asociados en la Junta Nacional de Defensa, eran de estirpe aristocrática, copaban los más altos cargos del ejército, y pretendían cómodos ascensos exclusivamente por antigüedad, o, en todo caso, por designación real, es decir, por recomendación de los suyos.

Sin embargo deseaban mantener el “Protectorado” porque así continuaría un ejército sobredimensionado, con “sobras” de Oficiales, que se dedicaban a vegetar, utilizando a los reclutas como ordenanzas, verdaderos lacayos, pero siempre que a ellos no se les implicase directamente en las penurias y riesgos de la guerra, y la Alta Oficialidad para mantener los sustanciosos sueldos y cargos, como la Comandancia General, del Alto Comisariado de Marruecos. Los “africanistas”, en cambio, eran fundamentalmente aventureros, como Millán-Astray, fundador del Tercio de Extranjeros a imitación de la Legión Extranjera francesa, lo que hoy conocemos como Legión. Su extracción social era baja, sabían que no estaban en condiciones de competir con la aristocracia, por lo que defendían la guerra en Marruecos como forma de hacer carrera militar, de ascender por méritos de guerra. Si la división clasista del país, el régimen dinástico, precisaba la aquiescencia de los primeros, eran los segundos los que garantizaban un ejército eficaz, generalmente cruel, sin escrúpulos, que incumplía cualquier tipo de Derecho Humano o Convención de Ginebra. Así que si Primo de Rivera pensaba satisfacer a todos abandonando Marruecos, especialmente a anarquistas y sindicalistas, y a los militares hastiados de la prolongada e interminable guerra, pronto se dio cuenta de que las reticencias, internas y externas, eran grandes.

Por otro lado estaban los grandes capitalistas, como Figueroa, Conde de Romanones, que tenía intereses en la minería y ferrocarriles de Marruecos. Y también los agricultores que habían preparado los terrenos y plantado inmensas extensiones de naranjales, que hoy, como los israelíes, nos hacen la competencia a los españoles. En una ocasión, en una reunión con militares, estos eligieron, muy posiblemente haciendo trampas, tal vez para reírse de su voz de pito, sus “gallos”, pero también por el prestigio que arrastraba al haberse convertido en el “heredero” del multimutilado (tuerto, manco y cojo, además de con serios problemas mentales) fundador del Tercio de Extranjeros, al “africanista” Coronel Franco, para que expresase la oposición del estamento militar (lo que no era cierto en cuanto a la totalidad, aunque sí, por causas distintas, bastante generalizado) a abandonar Marruecos. A lo que debió parecerle una salida de tono, Primo de Rivera le respondió que la verdadera disciplina se demostraba obedeciendo a aquello con lo que no se estaba de acuerdo, puesto que hacer lo que se considere razonable no suponía ninguna demostración de disciplina. Es similar a la frase evangélica de que hay que amar a los que nos odian, porque amar a los que nos aman no tiene ningún mérito. A Franco le dejó impresionado y repetiría tal frase en diversas ocasiones ¡Lástima que no se la aplicara a sí mismo en todos los casos!

Primo de Rivera, ante tales perspectivas, exigió la colaboración francesa para acabar con la revuelta independentista. De modo que España consiguió el mayor rearme que se produciría en muchos años. Compró su primera partida de tanques, los únicos que continuarían prestando servicio cuando se produjo la sedición de los Generales Mola y Franco, lo que daría a éste superioridad armamentística desde el primer momento en que le entregaron el “ejército de Africa”, que no había hecho nada para conseguir, mientras permanecía escondido,  con el bigote afeitado, en Tánger. Es decir: Francia hizo con España su negocio armamentístico y Primo de Rivera aumentó el endeudamiento del país. Así se produjo el desembarco en al-Joceyma o Alhucemas (por la abundancia en tal bahía de dichas flores) en el que participaron la mayoría de los buques de guerra de la Armada española, y con el apoyo de la incipiente Arma aérea. Abd el-Krim debió pasar al Marruecos francés, donde fue apresado. Tal vez estaba pactado para no caer en manos de los desalmados españoles y los criminales legionarios. Fue un gran efecto de prestigio y nacionalismo para Primo de Rivera, pero a los que habían creído que acabaría con la aventura colonial produjo una gran decepción. La situación económica en la Unión Soviética había conseguido su saneamiento y consolidación.

Tras tantas penurias las esperanzas revolucionarias comenzaban a materializarse en los aspectos prácticos, cotidianos, produciéndose un estado general de confianza que Stalin aprovechó para imponer su dominio personal ilimitado. El duque de York, futuro Jefe de Estado de la Commonwealth, como Jorge VIº, inauguró en Canberra la nueva sede del Parlamento Federal australiano. En 1.928 la agitación campesina llevó al poder a Iuliu Maniu en Rumania. El Plan Dawes permitió que, con los préstamos internacionales conseguidos, Alemania iniciase una moderada reactivación. Sin embargo el problema era ahora cómo devolver tales préstamos. Así lo planteó internacionalmente, y, tras una compleja ronda de negociaciones, se formó un nuevo comité de expertos, presidido por el estadounidense Owen Young, en el que también estaban integrados representantes alemanes. Se acordó el nuevo Plan Young, según el cual Alemania ingresaría 1.900 millones de marcos anuales ¡hasta 60 años después! en el Banco de Liquidaciones Internacionales, creado para tal fin en Basilea. Otro nuevo hito de la reconciliación internacional fue el Pacto Briand-Kellog, firmado por 15 Estados, entre ellos la Unión Soviética, que se comprometían a desarrollar una política de paz evitando toda confrontación armada.

Stalin, quizá obligado por su denuncia de desviacionismo de los trotskistas, o por su propia obsesión de poder, de controlarlo y dirigirlo todo, acabó con cualquier reminiscencia capitalista, de libre juego del mercado, que había supuesto la Nueva Política Económica. La industrialización dejó de estar dirigida a la producción para el consumo, centrándose de nuevo en una rígida primacía de la pesada. Se sacó el mayor provecho de las enormes riquezas minerales, con aspiraciones autárquicas, ya que, salvo con Alemania e Italia, el comercio exterior seguía bloqueado. Con la experiencia de los anteriores fracasos se puso especial énfasis en que el proceso fuese equilibrado, sin producir crisis, lo que obligaba a planificar diversos programas simultáneos. Para su cumplimiento se fijó el plazo de 5 años, en lo que se denominó, en conjunto, plan quinquenal. Sólo ponerlo en marcha se constató la falta de capitales para ello, sobre todo porque se pretendía el máximo nivel técnico, sin pasar por las fases intermedias. El 40% de los ingresos del Estado se destinarían a inversiones. Ello requirió forzar a grandes sacrificios a los trabajadores, además de un profundo plan de ahorro de materias primas y energía. Para evitar problemas de abastecimiento, como en el pasado, se dio gran relevancia a la agricultura y minería.

Para impedir un distanciamiento entre los núcleos urbanos y rurales, que habían producido descontentos anteriormente, se estableció un riguroso equilibrio de mercado entre tales áreas económicas. Para conseguir la máxima productividad de las tierras se llevó a las últimas consecuencias la tesis de que todas pertenecían al Estado. Se crearon grandes granjas estatales, dirigidas centralizadamente, que se denominaron sovyoses. O se agruparon las explotaciones particulares en empresas cooperativas, que se conocieron como kolyoses, o granjas colectivizadas. Sin embargo el proceso fue difícil, ya que, carentes de una demanda organizada de productos agrarios, los agricultores preferían destinar los cereales a sus ganados, o almacenarlos. Toda la fuerza de trabajo rural debía destinarse al cultivo de la tierra, por lo que nadie se sentía responsable del ganado. Faltaban trabajadores cualificados, capaces de llevar la deseada revolución tecnológica a una agricultura enormemente atrasada. Por desconocer su funcionamiento, la maquinaria disponible no fue utilizada de modo racional. Los problemas climatológicos pusieron al Gobierno en la disyuntiva de invertir más recursos en el campo, poniendo en riesgo los objetivos industriales, o asumir nuevos desabastecimientos.

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