1.799: Napoleón, Primer Cónsul

Finalmente, su concepción de unidad nacional les hacía prevalecer sobre las rígidas líneas de los mercenarios enemigos, que terminaban preguntándose, como siempre hacen los mercenarios, los profesionales, si la paga merecía tales sacrificios, arriesgar su vida, enfrentarse a los fanáticos de la revolución y la libertad, muchos de ellos voluntarios, que, por otro lado, pretendían beneficiar al pueblo, su interés de clase. Al contrario que los “nobles” mandos de la contrarrevolución, que buscaban, lógicamente, el de la suya, el de una ínfima y privilegiada minoría, que utilizaba a otros como carne de cañón. Aunque la experiencia histórica demostró que también la burguesía pretendía sus propios intereses, beneficiarse de los sectores mayoritarios, que la acompañasen en la lucha, los trabajadores, especialmente los campesinos, que continuaban siendo la mayoría de la población. Los revolucionarios no luchaban por un rey, sino por su país y el régimen político que habían elegido. Esto significaba que los enemigos eran la personificación del mal. Este sentimiento nacionalista, de defensa de la revolución, les aseguraba el abastecimiento popular y el reemplazo de las bajas en combate. La Guardia Nacional, cuyo ardor revolucionario había pasado a considerarse peligroso por el Directorio, fue sustituida por las tropas regulares en la vigilancia del orden interno. Con España, gracias a Manuel Godoy, se firmó el primer Tratado de San Ildefonso, un remedo de los pactos de familia borbónicos, por el cual se comprometía a una alianza a perpetuidad defensiva y ofensiva con el Directorio, en la granja de dicho nombre, edificada como palacio de recreo de los borbones, completamente contra natura, con los que habían guillotinado a un Borbón y a su esposa, que, según algunos testigos, fue llevada en volandas a la guillotina, presuntamente ya asesinada o suicidada. Se sospecha que Godoy era masón, y, desde luego, simpatizaba con los revolucionarios. Austria, pero, sobre todo, Gran Bretaña, continuaban en guerra, aunque ésta no quisiera, de momento, soportar el coste de combatir en el Continente. Además, tardíamente, había comprendido que, al firmar el Tratado de Basilea sin consultar con sus entonces aliados, estaba arriesgando a que las colonias americanas y las Flotas procedentes de ella se convirtiesen en objetivos de los británicos.

Así que pensó, estúpidamente, que el nuevo Tratado le daba garantías, creyendo que la unión de ambas Armadas los acobardaría. Por otra parte, el inicio de actividades francesas en Italia ponía en peligro el ducado de Parma, de cuyo heredero era consorte la Infanta Mª Luisa. Además Godoy se veía amenazado, como había puesto de manifiesto la conjura del italiano Aessandro Malaspina. Este había regresado de la expedición para medir el meridiano terrestre, trayendo el informe secreto sobre la corrupción en las colonias. Concluía que la solución era decretar una amplia autonomía, llegando hasta proponer la confederación de Estados hispanoamericanos en el Pacífico. Lógicamente, en la situación existente, tal propuesta no podía ser ni considerada ni sacada a la luz. Malaspina no lo consideró así y parcitipó en dicha conjura, por lo que, en un juicio de dudosa legalidad, fue condenado a 10 años de cárcel. Así que Godoy veía en dicho pacto también una consolidación de su poder y una forma de cortar el paso al creciente republicanismo que se iniciaba en España. El nombramiento de Príncipe de la Paz, lo situaba al nivel del Príncipe de Asturias como heredero del trono. Es lógico que el futuro Fernando VIIº, que se sospecha que era su hijo, intentase impedir tal posibilidad. Barras, al parecer por recomendación de su anterior amante, ahora esposa de Napoleón (es curiosa la trascendencia de dos recomendaciones, para sus responsabilidades en Tolón, ésta por su compañero Saliceti, y para Italia, y la puesta a su disposición de unos cañones, en París, por parte del que sería su cuñado, para su meteórica carrera) que entonces tenía 25 años de edad, lo envió como General en Jefe del ejército francés en Italia. Posiblemente porque lo considerase un peligro, deseando menos que obtuviese victorias que de que fuese derrotado y perdiera su prestigio. Y Josefina, como le gustaba llamarse ahora, de casada, para, una vez conseguida una buena reputación como esposa, poderla perder de nuevo en fiestas y diversiones mundanas. Quizás con el mismo Barras, que seguía dominando el Directorio.

A cada nuevo triunfo el nacionalismo francés se encendía más, por encima de las ideas revolucionarias o de libertad: es un derrotero tradicional en las revoluciones, tanto si son acosadas como si se lanzan al expansionismo. Napoleón, como si fuese un verdadero emperador, impuso tributos a los derrotados, con lo que Francia pudo salir de la bancarrota. Yeyette, su esposa, le aconsejó que uniformase correcta, elegantemente, a su ejército, con lo que se ganaría el respeto de sus enemigos, antes incluso de entrar en combate. Quizás pretendiese presumir de marido, no que estuviese al mando de unos radicales harapientos. A Napoleón le pareció una buena idea, que afectaría a la psicología del combatiente. No sólo ante el enemigo, sino que haría sentir a sus propias tropas, en su mayoría campesinos, el orgullo del uniforme, la pertenencia de los que nada tenían (Hitler haría lo mismo, especialmente respecto de los campesinos del Sur de Alemania) y, con ello, amentara la disciplina en las mismas. Toneladas de oro y plata para sus entorchados y galones, pieles de astrakán para sus guerreras, de oso para sus gorros, o incluso de leopardo para sus coraceros, y los mejores paños, acapararon parte de lo que depredó de Italia. De modo que los revolucionarios descamisados sans culottes, así llamados porque no usaban calzas, calzonas ni calcetines, como hacían los nobles, sino pantalones de tubo, como los labriegos, como Pantaleone -el personaje de la comedia popular italiana, oponente de Arlequín, que dio lugar al nombre de la prenda, en castellano- la mayoría de ellos descalzos, se convirtieron en el ejército más lujoso de todos los tiempos. Con lo que perdieron la idea de que luchaban voluntariamente por la revolución, cambiaron su lealtad hacia la personal a su jefe, en quien confiaban plenamente, hacia su Patria y por su engrandecimiento imperialista. Se hicieron disciplinados, se ganaron el respeto y la admiración de sus conciudadanos (todo ello iba a repetirse en la Alemania de Hitler) y dejaron de ser despreciados por sus enemigos, que ya no consideraban que podían derrotarlos fácilmente.

Apareció en Italia la sociedad secreta de los carbonari (“carboneros” o carbonarios; quizás porque pretendían carbonizar el Antiguo Régimen, para que no pudiese resucitar de sus rescoldos, o porque se reunían de noche, utilizando ropas negras para ocultarse) mucho más radicales que los masones, del francés maçon, “albañil”, especialmente los analfabetos constructores de las catedrales góticas, que deseaban edificar una sociedad nueva, perdurable, de completa confianza. Los Estados italianos vinculados a Austria colapsaron, implantándose una serie de repúblicas satélites de Francia, como el Milanesado, que pasó a ser la República Cisalpina, nombre con el que los antiguos romanos designaban el Sur, la parte más cercana para ellos, de los Alpes, y Transalpina la del “otro lado” de dichos montes. Sin embargo, los éxitos de Napoleón embriagaron a muchos Generales, incluso a él mismo.  Moreau fue derrotado por el archiduque Carlos de Austria en el Sur de Alemania, y tuvo que replegarse de nuevo al otro lado del Rin. En aplicación de la Ordenanza del Noroeste, interpretada según las nuevas disposiciones de la Constitución federal, Tennessee fue admitido como el 16º Estado de la Unión. Washington se encontraba enfermo (murió tres años después) y no soportaba las tensiones políticas entre los que habían luchado por la independencia, que no podía comprender ni había previsto. Así que anunció que no se presentaría a las siguientes elecciones. Los federalistas nombraron candidato a John Adams, antiguo Gobernador de Massachusetts, que resultó elegido Presidente. Sin embargo se encontró con dificultades para proseguir la misma línea de gobierno, en especial en política exterior. En 1.797 Federico dejó de ser regente de Dinamarca. Como consecuencia Bernstorff “El Joven” cesó. Es posible que tras de todo ello estuviese el fantasma de la Revolución Francesa, que muchos achacaban a la obsesión por las reformas. Aunque Gran Bretaña no deseaba implicarse en el Continente, consideró que sí podía hacerlo en el mar. Sobre todo si atacaban de improviso, con ventaja numérica. De modo que la firma del primer Tratado de (La Granja de) San Ildefonso le costaria a España que buena parte de su Flota fuese aniquilada por Nelson frente al Cabo de San Vicente, en las costas portuguesas. Sin embargo Cádiz y Santa Cruz de Tenerife se le resistieron.

Comprendiendo las consecuencias que tales hechos tenían para su propio futuro, formó uno de los mejores Gobiernos de España, dando entrada a ilustrados como Jovellanos, Saavedra o Urquijo, quienes, aprovecharon sus cargos para conspirar contra él. René Chateaubriand publicó su “Ensayo sobre las revoluciones”, con una visión crítica desde el cristianismo piadoso. Napoleón derrotó a las tropas de los Reinos Pontificios y a los austríacos en la Batalla del puente de Arcole, expulsándolos de Lombardía. A raiz de la protesta de Pío VIº por el guillotinamiento de Luis XVIº Francia se había anexionado dos pequeños territorios papales: las pretensiones francesas desde 5 siglos atrás, impedidas por España, se estaban materializando con la República. En tales circunstancias el Directorio le ordenó que marchase contra Roma y destronase al Papa. Pero él ignoró tal orden. Fue su amigo el General Berthier quien lo hizo. Dos años después, a los 81 de edad, el Papa fallecería en pleno cautiverio. Napoleón derrotó sucesivamente a cuatro Generales austríacos, todos ellos con supremacía numérica sobre él. Tras el triunfo en Campo Formio sobre Austria y sus aliados italianos, Napoleón les obligó a firmar la Paz del mismo nombre, obligándoles a aceptar la frontera del Rin, a ceder a Francia Bélgica y Lombardía, y el control francés sobre la mayor parte del Norte de Italia. A cambio, en una cláusula secreta, Napoleón se compometía a conquistar Venecia y entregársela a Austria. Con ello desaparecía una República, un imperio comercial, que había durado un milenio, que había resistido la invasión de los vándalos y los ostrogodos, que había llegado a superar y dominar gran parte del resto del Imperio Bizantino y a sobrevivir al expansionismo otomano. Génova pasó a ser la República Ligur, aliada de los revolucionarios. Napoleón se comportaba en estos acuerdos como si fuese el verdadero y legítimo gobernante de Francia. Pero nadie, lógicamente, podía criticar o rechazar sus inmensas consecuciones.

Manejaba la artillería de modo genial, aprovechándose de la superioridad armamentística francesa en la época. Era un táctico agresivo, que conocía la lealtad de sus soldados y la confianza de éstos en su dirección, para exigirles tremendos esfuerzos y valentía, que siempre resultaban victoriosos, lo que realimentaba tal lealtad y confianza. También fue un maestro en el engaño, la simulación y el espionaje: muchas batallas las ganó porque conocía de antemano los movimientos ordenados al enemigo. Comprendía perfectamente la importancia de la información y la comunicación, sacando provecho de la línea Chappe de semáforos ópticos, con la que se conocía los ataques de las colaliciones contrarrevolucionarias rápidamente. Se trataba de pequeñas torres que mantenían contacto visiual unas con otras, sobre las que una especie de monigotes hacían señales con lo que pudieran ser los brazos articulados, que se retransmitían de una torre a otra. En la novela “El conde de Montecristo”, en la venganza final, se especula sobre la posibilidad de sobornar a una de estas torres, “informando” el resultado opuesto de la batalla de Sedán, en tiempos de Napoleón IIIº, sobrino-nieto de Napoleón Iº, y sus consecuencias sobre las especulaciones en Bolsa. Pero Napoleón Iº, además, utilizó la prensa tradicional. En Italia publicó dos periódicos, inicialmente para sus tropas, pero que acabaron circulando en Francia. Finalmente publicó un tercer periódico, que se editaba en París: “Diario de Bonaparte y los hombres virtuosos”, que más bien parece un titulo hagiográfico o de pornografía homosexual. Con todo ello se convirtió en una figura política de elevado peso. En las elecciones de ese año, los desencantados franceses dieron una gran cantidad de escaños a los monárquicos, lo que iba a tener consecencias en el devenir futuro de Napoleón y la República. El Directorio se alarmó con ello. Además los monárquicos comenzaron a criticar la depredación de Napoleón sobre Italia y que había llegado a acuerdos sin tener poderes para ello. Ambas críticas tenían pleno fundamento, pero eran absolútamentes estúpidas ¿Qué le importaban a los franceses los derechos de los italianos o qué poderes tenía Napoleón para conseguir garantías respecto de que Francia no fuese invadida, mejorar su economía y expandir sus dominios?

Lo único que consiguieron con ello fue incrementar la coalición, el apoyo mutuo, entre Barras y Napoleón. Así que éste envió a París a Augereau, que, el 18 de fructidor (4 de septiembre) aglutinó un golpe de Estado que acabó con el poder de los monárquicos. Barras volvió a tener el control, pero ahora era consciente de que su permanencia en el cargo dependía de Napoleón. Se inició el congreso de Rastatt, en el que Napoleón dejó claras sus intenciones: el Sacro Imperio Romano Germánico debía disolverse, dejando a Austria aislada, y los demás Estados más o menos reunificados en una Alemania central, recibiendo los príncipes territorios desgajados de las posesiones austríacas, en función de su vasallaje a Francia. Con todo ello estaba fraguando el engrandecimiento de Prusia y la unificación del Imperio alemán bajo su mando, del que dependería Austria. Tras dicha firma Napoleón volvió a París, donde fue recibido como un héroe conquistador. El Directorio ahora dependía de él, que se consolidaba como el verdadero representante del poder popular, aunque nunca hubiese participado en unas elecciones. Inglaterra no podía consentir tal engrandecimiento de Francia, que, tarde o temprano, la llevaría de nuevo a guerras coloniales. Napoleón lo comprendió y fraguó la invasión de las Islas Británicas. Pero, para ello, necesitaba la construcción de una gran Flota, y eso le costaría años. Analizó la posibilidad de un “desembarco vertical”, utilizando globos de papel como los que construían los hermanos Montgolfier, pero lo desechó por inviable. Así que prefirió cerrar el Mediterráneo a los ingleses, acumulando una Armada que pudiese enfrentárseles. Para ello se dirigió a Egipto, en 1.798, como punto de partida de una campaña más generalizada. Su intención era llegar a la India, de donde los franceses estaban siendo expulsados, seguir la ruta de Alejandro Magno (de niño le había impactado la historia de este conquistador) y volver a disputar la base de riqueza británica. Barras comprendió que, con ello, se le mantenía alejado, fuera del alcance de sus exigencias y manipulaciones, de forma que terminó aceptándolo. Camino hacia Egipto Napoleón conquistó Malta a traición, expulsando a la Orden Hospitalaria de los Caballeros de Malta, en la que el Papa basaba su poder en buena parte del Mediterráneo. Consiguió llegar y desembarcar en Alejandría sin ser avistado por la Flota británica.

Para conquistar la India, Napoleón precisaba la colaboración del sultán turco. En vez de ello, los británicos consiguieron que los mamelucos se le enfrentaran, y tuvo que derrotarlos en la batalla de las pirámides, donde apreció su arrojo en las cargas de caballería. Tanto que consiguió que, en el futuro, lucharan de su lado. Llegó a Siria, pero tuvo que admitir que la fortaleza de Acre, que resistía a sus espaldas con el apoyo de los ingleses, era inexpugnable. Nelson atacó por sorpresa y hundió la Flota expedicionaria en Abukir, impidiendo que los franceses recibieran refuerzos y aprovisionamientos, y pudiesen regresar a su Patria. La invasión napoleónica de Egipto desplazó del poder a la oligarquía de los bey mamelucos, lo cual produjo un movimiento en cadena autonomista en el mundo árabe, que no llegó a cuajar en un proceso independentista, respecto del dominio otomano, porque carecían del adecuado desarrollo político, ni de recursos económicos como para financiar una campaña militar. Las tensiones respecto de Turquía iban a estar respaldadas por las grandes potencias europeas, lo que degeneraría, sin que fuesen plenamente conscientes de ello, en un colonialismo dependiente de las mismas, que evindenció toda su crudeza cuando el petróleo se convirtió en un recurso apetecible, capaz de rentabilizar las inversiones económicas y políticas que se realizasen para conseguir su monopolio. Aga Mujammad chaj, instaurador en Irán de la dinastía kayar, que perduraría durante más de un siglo, con el apoyo de Gran Bretaña y Rusia, condenó a muerte a uno de sus servidores, el cual le asesinó. Le sucedió su nieto, Fatt Alí, que tendría que defender Persia de nuevos ataques rusos. Durante su reinado las potencias europeas se fueron entrometiendo cada vez más en su política. La Marina de guerra japonesa tenía orden de ahuyentar a todos los barcos extranjeros que se aproximasen a sus costas, excepto a los holandeses en Nagasaki. A pesar de ello, un navío británico, intentando establecer el comercio con Cantón, llegó a Jokkaido. John Adams comenzó su mandato con dificultades respecto de Francia.

El Directorio interpretó que la política de neutralidad, que Estados Unidos se empeñaría en seguir hasta el ataque japonés al “Puerto de la Perla” (en inglés Pearl Harbor) y el Tratado de John Jay, uno de los Padres Fundadores de Estados Unidos, entonces embajador en Londres, por el que ambos países se garantizaban la paz (y Gran Bretaña los suministros y Estados Unidos el comercio ultramarinos) cuando era previsible la escalada bélica en Europa, y que tanto criticó el Partido Federalista, lo que le confirió mayoría electoral, suponían un quebrantamiento del de asistencia pactado con Franklin 19 años antes, y una alianza secreta con Gran Bretaña. Así que reaccionó confiscando todas las propiedades estadounidenses en los territorios que dominaban los revolucionarios, iniciando una guerra de corso en altamar y reclamando de nuevo sus antiguas posesiones en Canadá y al Oeste de los montes Alleghany. Quizás pensó que Estados Unidos, puesto que había votado por Adams, sólo necesitaba “un empujoncito” para ponerse de su parte. Un verdadero error. La consecuencia de todo ello fue que los estadounidenses dejaran de sentirse agradecidos, deudores, con Francia, y con mala conciencia por no colaborar con su revolución. Igual que habían hecho con España, precisamente como consecuencia de la pésima embajada del mismo John Jay en Madrid, cuando la participación española había sido fundamental para el triunfo revolucionario, puesto que garantizaba los suministros a través de Méjico, Luisiana, que entonces era española, Cuba y Florida, que entonces era francesa, como consecuencia del pacto tras la Guerra de los Siete Años, lo que los estadounidenses conocen como Guerra Franco-India -aunque, en realidad, fue toda una guerra mundial- y de los desembarcos españoles y conquista de puertos de mar en el Sur de los Estados Unidos. Con gran entereza y mesura, John Adams, del Partido Federalista que había criticado dicho Tratado, sólo respondió adoptando medidas militares defensivas, que reforzaron el prestigio del Gobierno federal. Todo lo cual mermó el apoyo a los republicanos, que seguían siendo partidarios de colaborar con el Directorio. Así se encontró con fuerza suficiente, sin una oposición eficaz, cuando impuso las leyes contra los extranjeros y los disturbios. Los británicos conquistaron la isla de Trinidad, aunque fueron derrotados en Puerto Rico.

Esto aumentó el desprestigio de Godoy y la sensación, por parte de los hispanoamericanos, de abandono, de la debilidad del imperio. La propagación del enciclopedismo tendría una importancia decisiva, lógicamente, en la independencia de Hispanoamérica. En tales principios se educaron Miranda, Bolívar, Belgrano o Rivadavia. Y, como propagadora de tales ideas, la masonería, que se extendió por toda Hispanoamérica, tuvo especial participación. Miranda fundó en Londres la Logia Americana, que sería la de más intensa actividad. Hasta entonces, cuando la situación militar volvió a ser inquietante, no se introdujo en Francia el aprobado servicio militar masculino obligatorio generalizado. El desastre de San Vicente, la pérdida de la isla de Trinidad y los ataques británicos a Cádiz, Santa Cruz de Tenerife y Puerto Rico provocaron la caída de Godoy, que fue sustituido por Francisco de Saavedra y Mariano Luis de Urquijo, sucesivamente. Dos ilustrados que habían sido Ministros con Godoy y conspiraron en su contra. Su mala salud los hizo una alternativa efímera. Quizás con la oculta intervención diplomática inglesa, Rusia apoyó a Austria para reconquistar el Norte de Italia. Pitt buscaba nuevos aliados para reforzar la coalición. Convenció a los turcos para que atacasen a Napoleón en Egipto. Negoció con aquellos que Rusia les facilitaría armas, a cambio de que permitiesen a su Flota el libre paso por el Mar de Mármara. Así los rusos consiguieron el deseado objetivo de entrar al Mediterráneo, lo que para los británicos suponía incorporar otra Marina de guerra en contra de Francia. Con ello se completó la segunda coalición contra la Francia revolucionaria, integrando a Gran Bretaña, Rusia, Austria, Turquía, Portugal y Nápoles, que se veía amenazada por una posible expansión de las zonas controladas por los franceses, más aún tras la conquista de Malta. Prusia mantuvo su neutralidad, posiblemente esperando descubrir una situación y bando que le proporcionaran ventajas. Godoy llevó a España a una política ambigua, que oscilaba entre la alianza con Francia y la neutralidad, lo que produciría terribles consecuencias. La Confederación Helvética se transformó en República Helvética, aliada de los revolucionarios: un paso más hacia el unitarismo estatal. Una insurrección en Roma convirtió los Reinos Pontificios en República Romana, igualmente aliada de Francia.

La revolución liberal, aunque ya no era el movimiento populista originario, se extendía por Europa. Sin embargo, para entonces, el Directorio fracasaba militarmente tanto como en economía, en la solución al problema financiero o al religioso. El descontento popular había potenciado a monárquicos y, de nuevo, a jacobinos, con los que el Directorio debía pactar para mantenerse en el poder. El Estado de Jayderabad se vio obligado a pedir a las tropas francesas que lo abandonaran, firmó un Tratado de Protección con los británicos, que le obligaba a pagarles tributo y a permitir la presencia de su ejército (exactamente igual que los Estados Unidos vienen haciendo con Alemania desde el fin de la IIª Guerra Mundial) a dejar en sus manos la política exterior, y a nombrar a un regente que ellos designasen. En vista de lo cual exigieron lo mismo respecto de Mysore y Karnatak. Consolidado el dominio del Sur, a Gran Bretaña sólo le quedaba hacerse con el centro de la India. A Oudh se la obligó a firmar un “Pacto de Defensa”. Algo así como el “canon de protección” de Al Capone. Murió Christian Friedrich Schwartz, que llegó a dominar el inglés, el portugués, el danés, el urdu, el sánscrito y el tamil. Con tal acervo se le utilizó para muchas misiones diplomáticas. Pero, sobre todo, era un hombre tolerante y honrado, contrario a los prejuicios, que se empeñó en ignorar la existencia de castas, realizando una ingente labor evangelizadora protestante. En 1.799, el reino de Nápoles, bajo la dinastía de los borbones, atacó a la República Romana. Un verdadero error para lo que no estaba preparado ni tenía potencia militar suficiente. Tal vez especulaba con la lejanía del mayor contingente francés, que conquistaba Siria al Imperio Otomano, y la posibilidad de forzar a España a salir en ayuda de sus parientes borbónicos. Simultáneamente, el archiduque Carlos, General del emperador Francisco IIº, vencía a Jourdan en Osterach y Stockach. Más tarde, el General Suvorov derrotó a Moreau en Cassane. También fue vencido Joubert en Novi, mientras las repúblicas italianas sufrían graves derrotas. Comenzaba con ello la segunda guerra de coalición, formada por Gran Bretaña, Rusia, Austria, Turquía, que se había visto atacada por Napoleón, Portugal y Nápoles.

La preeminencia francesa en la península italiana, incluso la propia Francia, estaban en peligro. Lo que podría significar el desmoronamiento de todo lo que había conseguido. Ante tales acontecimientos el congreso de Rastatt terminó en fracaso. Napoleón comprendió que, mientras todo esto ocurría, él estaba apresado en un escenario lejano, de segundo orden, desde donde en nada podía ayudar. Al contrario: había añadido otro imperio a la coalición contra Francia. Así que, en dos pequeños barcos, abandonó al grueso de sus tropas y, burlando el bloqueo británico, regresó con sus altos mandos, siendo acogido triunfalmente. El Directorio sabía que precisaba éxitos militares para mantenerse en el poder. La confrontación entre las dos cámaras y entre éstas y el Directorio tenía paralizada la legislación. Los contrarrevolucionarios se expandían por el occidente francés. Y, sobretodo, estaba el peligro de la segunda coalición. Y el único que podía conseguir tales triunfos era Napoleón. El primero en dar el paso fue el sorprendente Sieyès, el antiguo abad, ahora miembro del Directorio. Pero Napoleón, consciente de su posición ventajosa, a pesar de la aventura egipcia, puso sus condiciones. Así que, junto con parte de los representantes del Consejo de los Quinientos, acordaron dar un golpe de Estado y derrocar al Directorio. Lo justificaron en que trataban de anticiparse a una conjura en contra de la Constitución. El 18 de Brumario (9 de noviembre) del año VIII, el Directorio y el Consejo de los Quinientos fueron disueltos. Se constituyó un Gobierno provisional con Fouché como Ministro de Policía y Talleyrand, el anterior obispo, como Ministro de Asuntos Exteriores. Sieyès se encargó de redactar una nueva Constitución. Pero a Napoleón no le gustó, por lo que impuso los cambios que le daban, en la práctica, todo el poder. El Directorio fue sustituido por un Consulado (nuevamente se acudía a los antecedentes romanos para “consolidar” o caricaturizar un republicanismo que hacía aguas) un triunvirato. Pero, al contrario que en el Directorio, Napoleón forzó que no fuesen iguales en prerrogativas, no se tratase de un órgano colegiado. El sería el Primer Cónsul, por un mandato de diez años, y tendría el verdadero poder, con preeminencia sobre los otros dos Cónsules.

Podía nombrar directamente a todos los Oficiales, funcionarios, jueces (de modo que la autonomía del poder judicial quedaba seriamente comprometida) y a los 80 miembros del Senado, quienes proponían a los notables, de entre los cuales los electores escogían, indirectamente, a los candidatos del Tribunado (órgano de discusión de las leyes; nuevamente un nombre que imitaba la estructura republicana de Roma) y del Cuerpo Legislativo, cuya única competencia era votar las leyes tal como se las presentara el Tribunado, sin discusión ni debate posible: un curioso sistema tricameral. Indudablemente no volvería a haber enfrentamientos entre las dos cámaras, como había ocurrido antes, dada su intrincación y limitaciones de poder. Igual que el sistema bicameral anterior, la separación de un órgano deliberante de otro decisorio, con derecho de veto, era imitación de las últimas Constituciones azenienses. Desde un prisma moderno y teniendo en cuenta su modo de elección, la autonomía del poder legislativo, e incluso la existencia de democracia, propiamente, eran muy cuestionables. Además él dirigía el Gobierno. Era algo mucho más parecido al absolutismo que a la democracia, por la que habían luchado los revolucionarios. Claro que el pueblo, sin experiencia crítica, conocimiento de tales vericuetos ni capacidad de análisis contextual, de compararlo con otras experiencias, no podía comprenderlo. Cierto que no había poder de la aristocracia, ni privilegios, había elecciones periódicas y algunas modificaciones se iban a consultar a los ciudadanos. Los otros dos cónsules se limitaban a labores de asesoramiento, igual que un Consejo de Estado. El segundo cónsul sería el propio Sieyès. Mediante un plebiscito consiguió que se aprobase, con sólo 1.562 votos en contra, su prerrogativa de promulgar leyes directamente, igual que los Dictadores romanos, los salvadores de la Patria en peligro, sin pasar por el Senado. Napoleón se convertía en antecesor de los modernos dictadores. Igual que había hecho Cromwell en su momento. De inmediato repartió las tierras de los contrarrevolucionarios, una verdadera reforma agraria que le granjearía la entusiasta lealtad de la mayoría del país: los pequeños y medianos agricultores.

Aún hoy Francia se caracteriza por una distribuida propiedad agraria con tremenda fuerza electoral, y a la que debe plegarse no sólo el propio país, sino toda la Unión Europea, fijando precios agrícolas, subvenciones y otros privilegios, como la restricción de las importaciones, que les garanticen la suficiente rentabilidad a sus explotaciones. España contaba con que iba a poder beneficiarse también de ello, pero carecía de la fuerza e independencia de Francia para mantener sus intereses frente a los demás consocios. Con ello creaba una poderosa clase media, otra de las características francesas, que ha dado mayor estabilidad política. Con tales apoyos se dedicó a unir a toda la población en ideas nacionalistas, patriotas, acabando con las rivalidades de Partidos. En resumen mezclaba principios ideológicos revolucionarios con comportamientos de dictadura militar y populismo. Así pudo declarar que la revolución había terminado. Y que cada uno lo interpretara según su conveniencia. Igual que haría en Méjico el General Lázaro Cárdenas. Dejó de aplicar los empréstitos forzosos a los empresarios. Entre otras razones porque sus triunfos en Italia le habían demostrado su capacidad de “recaudar impuestos”, en el exterior, cuando se lo propusiera. Dejó de deportar a clérigos. Permitió el retorno de los exiliados, aunque bajo determinadas condiciones. En lugar de implantar una ideología filosófica, con realismo y pragmatismo era capaz de descubrir las necesidades y posibilidades, de modo que bastantes de sus innovaciones políticas le sobrevivieron. Forjó un Estado centralista, siguiendo la tradición francesa, en el que la administración, el derecho, la educación, la sociedad y la economía, eran unicistas, lo que aún persiste. Los prefectos de los Departamentos, los subprefectos de los Distritos, y los alcaldes municipales eran nombrados directamente por el Gobierno, de forma que sus órdenes se cumplían hasta los lugares más recónditos. El funcionariado se profesionalizó. El latín, las matemáticas y las ciencias aplicadas tenían preeminencia en los estudios. Todo estaba sujeto a reglamentos: su capacidad de dictar normas era admirable. Prisionero en Valence, murió el Papa Pío VIº. Friedrich von Hardenberg, bajo el pseudónimo de Novalis (¿Novedoso?) publicó “La cristiandad o Europa”, en el que presenta un idealizado y apetecible cristianismo medieval: indudablemente base de partida, tanto del conservadurismo como del romanticismo.

Incluso Hegel debió beber en él. El racionalismo ilustrado se sustituye por un idealismo falso. La visión del presente y lo práctico, de las consecuciones materiales y el enfoque hacia lo humano y sus necesidades, antropocentrista, se sustituye por la idea de lo sublime, lo “eterno”, lo infinito. La heroicidad individual, la predestinación, el fatalismo, la inevitabilidad de los acontecimientos, suplantan al intento de cambiar la sociedad, los movimientos sociales, colectivos. La individualidad se opone al sistema representativo y considera artificiosas las Constituciones. La tradición ante todo. Nápoles derrocó a sus monarcas, cuya intervención militar no pudo ser más desacertada, y se transformó en República Partenopea. Por toda Europa se comprendió que la guerra contra Francia había cambiado de carácter. Ya no se trataba de prevenirse contra la revolución, sino que su propia pervivencia dinástica, como habían temido desde el principio, estaba en juego. Pero las ideas revolucionarias continuaban expandiéndose, de forma imparable. En Baviera, el Gobierno del conde Montgelas implantó un seguro estatal de incendios, y la separación de la Iglesia del Estado. Murió Galig Dede, que trasladó la experiencia mística a la metafísica otomana. Los boers, en su expansión hacia el Oeste, llegaron a la desembocadura de un río, al que denominaron Orange en honor a la dinastía reinante holandesa. Todo ello originó una guerra constante con bosquimanos y hotentotes, a los que empujaron al desierto del Kalajari, lejos de las fértiles zonas de densa vegetación en las que cazaban desde la prehistoria, y xosa, tembu y otras tribus bantúes, a las que denominaban “cafres”, y que duraría un siglo. Además, los hotentotes debían luchar entre sí y con los herero por los pastizales y aguadas, dados los desplazamientos que los blancos habían forzado a gran número de tribus desde sus asentamientos tradicionales. Algo semejante a lo que iba a ocurrir con los pieles rojas en Estados Unidos. La Revolución Francesa, al incentivar la constitución de la República Bátava, también tuvo consecuencias en Sudáfrica. La autónoma Compañía Holandesa de las Indias Orientales pidió ayuda al ejército británico para someter a las tropas revolucionarias. Y lo hicieron. Pero se quedaron para vigilar que no volvieran a revolucionarse. Esto pasa cada vez que se pide “ayuda” a los extranjeros. De modo que la provincia de El Cabo pasó a ser posesión británica.

El General de Bandera (unos 100.000 hombres) Jo-chen, favorito del emperador chino, fue depuesto por corrupción. Para entonces su fortuna decuplicaba el presupuesto anual del imperio. Murió el vicario apostólico francés en Vietnam, Pigneau de Behaine, que había estado apoyando a los hermanos rebeldes Tay-so’n contra Nguyen-Anj. Este consiguió reunificar la mayor parte del antiguo Dai-Viet. En 1.800 se fundó el Banco de Francia, tomando como modelo la Caisse d’Escompte, “Caja de Descuento”. Napoleón cruzó los Alpes en mula, no a caballo, como le pintó Jacques-Louis David. En una sola batalla, en Marengo, recuperó todo el poder sobre Italia, al derrotar a los austríacos. El color del abrigo que Napoleón lució en dicha batalla llevaría tal nombre en el futuro. También el General Moreau obtuvo otra victoria contra los austríacos, que sería decisiva, en Hohenlinden. Esto lo convertía en uno de los militares franceses más destacados de su época, sólo por detrás de Napoleón. El 24 de diciembre éste sufrió un atentado. A partir de entonces se dedicó a debilitar el poder de los revolucionarios de más renombre. Ordenó a Fouché que desarrollara un sistema policíaco y de espionaje que impidiese nada parecido. Para éste, Moreau era sospechoso ¿quizás por ser el más prestigioso militar, tras Napoleón? por lo que lo sometió a espionaje y persecución, hasta el punto de que prefiriese exiliarse a América. A petición de Napoleón, el americano Robert Fulton experimentó con torpedos (así los llamó a semejanza de estos escualos, que golpean con su cabeza a los barcos, con la intención de alejarlos de su zona de caza propinándoles descargas eléctricas) de arrastre, tanto de superficie como subacuáticos. Y con su primer submarino propulsado por hélice movida por manivelas, por la fuerza humana, que denominó “Nautilus”, a imitación del calamar con concha como de caracol, capaz de flotar, sumergirse y propulsarse entre dos aguas. Jules Gabriel Verne daría el mismo nombre a la nave de su novela “Veinte mil leguas de viaje submarino”, 70 años más tarde. Para las ambiciones expansionistas de Napoleón necesitada la alianza de España. Y, para ello, era necesario alguien propicio que manejase tal imperio y a sus reyes. Así que presionó a Carlos IVº para que repusiese como valido a Godoy.

Posiblemente los reyes se sintieran contentísimos con tener tal justificación, puesto que habían llegado a considerarlo el bálsamo para todas sus preocupaciones. Para evitar, en lo posible, los odios contra él, el cargo de Primer Secretario lo ocupó Pedro Cevallos, primo político suyo, aunque nadie tuvo nunca dudas sobre quién dominaba la política. Por el segundo (tercero si también se cuenta un convenio de extradición de 35 años antes) Tratado (del Palacio Real de la antigua granja de jerónimos) de San Ildefonso, en Segovia, supuso la devolución de España a Francia de la Luisiana, la entrega del ducado de Parma, y el compromiso de invadir Portugal, principal aliado de Gran Bretaña en ese momento, a cambio del Gran Ducado de Tocana, que convertiría en reino de Etruria, como propiedad de la familia real española, aunque para la anterior duquesa de Parma, hija de Carlos IVº. Es decir, España cedía mucho y no obtenía nada: era el concepto patrimonialista del Estado, en el que el rey decidía sobre sus posesiones en su provecho o el de su familia. Para los hispanoamericanos supuso una demostración más de que nada podían esperar de la metrópoli. Sólo Napoleón quedaba satisfecho en sus aspiraciones imperiales. Godoy confiaba que con esta alianza se reafirmaría en su poder. Fue nombrado Papa Pío VIIº, que renunció a reclamar la devolución de las propiedades  eclesiásticas. Entre otras cosas porque supondría enfrentarse con la amplia capa de ciudadanía burguesa que se había quedado con ellas. No ocurriría lo mismo en España. En la región Norte de la costa guineana, Gran Bretaña poseía bases comerciales en Gambia, Sierra Leona y Costa de Oro, aunque su área de inflencia se limitaba a la estrecha franja costera desde la que podía impedir el tráfico de esclavos. En el Congo central reinaba Kata-Mbula, de la tribu bakuba, cuya dinastía, a tenor de los relatos cantados por rapsodas (como Homero, en griego “El ciego”) sumaban más de cien soberanos, desde más de tres siglos antes. El pacífico e industrioso reino de Nupe fue conquistado por los fulbé. China había alcanzado los 295 millones de habitantes: había triplicado su población en siglo y medio. Se puede considerar concluida la era Kansei en Japón, aunque sus consecuencias durarían en el futuro.

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