0015-Que unos se aparten y otros vivan en el mundo: la propuesta jainista

En un mundo dominado por las guerras, el buddismo trata de superar el dolor, mediante la ausencia de deseos, de ambiciones, que traen la guerra, y llevan al hombre a la reencarnación, un sufrimiento repetido: ese es el camino de perfección que propone, el conocimiento que conduce a la paz. La alegría lleva al deseo, al placer, a lo efímero, y al dolor: hay que desentenderse de todo ello, abandonarlo, no darle lugar. Para lograrlo hay que seguir la fe, la decisión, la palabra, la acción, la vida, las aspiraciones, el pensamiento y la meditación verdaderos. Es decir, abandonar el mundo, dejarlo en manos de los poderosos: que ellos disfruten y sufran, sucesivamente. En igual ambiente nació Jnatiputra [1], apodado Majavira [2], en una noble familia de Bijar. Se estima que predicó en fecha imprecisa, entre el -599 y el -527, y que murió en el -477, año en el que sus seguidores comienzan el cómputo de su Era. A los 30 años renunció al mundo, consagrándose, durante 12 años, al ascetismo y la pobreza como vagabundo, por lo que sus estatuas lo representan, siempre, desnudo.

Tras lo cual llegó a un nivel superior de consciencia, por lo que se le considera el Gran Héroe, que ha derrotado a su “yo inferior” para alcanzar un “yo superior”, la mayor de las proezas, y se dedicó a enseñar a sus discípulos. Mantiene que el Universo es eterno, dirigido no por dios, sino por un conjunto de leyes naturales y morales. También considera eternas las almas humanas, pero sujetas a la vida terrestre, por lo que aspiran a su reencarnación: sólo una vida moral, incardinada en el ayuno, la confesión, la penitencia, la meditación y la renuncia a la violencia [3], a través de la fe verdadera, el correcto conocimiento y la conducta adecuada, con lo que evitan el sufrimiento en la vida y superan semejante lastre, llevándola a su esencia espiritual sobre las cimas del mundo. Igual que los buddistas puros, rechazan el origen divino y la autoridad de los Vedas [4], aunque aceptan algunos santos que consideran sus antecesores, algunas deidades menores hindúes, la institución social de las castas y algunos ritos destinados a las castas superiores, lo que los acerca al brajmanismo.

Sus seguidores se dividieron en laicos y dos concepciones monásticas [5] que deben jurar no hacer daño [6], no mentir, no robar, no mantener relaciones sexuales y no aceptar regalos innecesarios: los vestidos de blanco y los “vestidos de aire”, es decir, desnudos, mucho más radicales y apartados de la vida social. Ambos deben ser reverenciados por los laicos. Algunos llegan a taparse la boca para no tragar, ni siquiera involuntariamente, un insecto, y a llevar un cepillo con el que limpian el lugar de su asiento para no aplastar a ningún ser vivo. Frecuentemente se confunde a los jainistas con los brajmanistas o hinduistas tradicionales. En menos ocasiones con los buddistas, lo que origina una percepción deforme respecto de su respectiva incidencia social. Entre los siglos XIIº y XVIIIº fueron iconoclastas y se opusieron a la adoración en los templos, en lo que fueron alentados por los mahometanos.

En la China anterior al Imperio Chino se adoraba a los antepasados, herencia de la veneración a los ancianos, los que ya no pueden hacer uso de la fuerza para mantener su poder sobre el clan, que es lo que hacen los animales y hacía el hombre primitivo, en sus luchas por el poder. El dios ancestral Chang-ti, posiblemente sea un antepasado familiar de la dinastía Chang, divinizado, como los héroes fenicios, o los griegos, que lo hacían mediante la ceremonia de la apoteosis, “ponerse por debajo de los dioses”, de la que lo imitaron los romanos, hasta el punto de convertir a los emperadores en dioses, aún en vida. En el camino hacia la unificación imperial china surgen múltiples divinidades celestiales, especialmente el Cielo y la Tierra, a los que se les ofrendaban sacrificios simbólicos, por el rey o el padre de familia, mediante ex-votos en bronce, aunque el pueblo seguía vinculado al chamanismo. No reconocían ni un dios ni un mito creadores. Consideraban que tanto los dioses como los demonios, los hombres y todos los seres, vivos e inertes, estaban sometidos a las mismas leyes [7] objetivas, como las estaciones del año o la sucesión de nacimiento y muerte de todos los seres.


[1] O, quizás, Nataputta.

[2] En sánscrito “El Consumador”, porque se le considera el último de los 24 grandes profetas o “fundadores del camino” que poblaron la tierra, una idea semejante a la tradición judaica de los 30 hombres justos, en todo el mundo. Y también a la saga de profetas judeo-cristianos, aceptada en su totalidad por el mahometanismo. A Jnatiputra también se le apoda Vardjamana, “El que Crece”, y Jina, “El Victorioso”, “El que ha dominado su yo interior realizando otro superior”, por lo que su religión se conoce como jainismo, la segunda en importancia en la India, tras del buddismo, especialmente entre los comerciantes del oeste, por lo que su consideración económica y ascendencia social es muy superior a la numérica de sus seguidores, limitada a una selecta minoría, por sus duras exigencias morales.

[3] Antecedente de la acción política de resistencia pasiva o no violenta de Majandas Ganddi.

[4] Esto les supone enfrentamientos dialécticos con los hindúes tradicionalistas.

[5] No hay que confundir con la acepción vulgar de esta palabra, el concepto conventual, congregacionista, sino que es, en la mayoría de los casos, una rama individualista, monacal, en sentido etimológico derivado del griego: los santones.

[6] Esto los lleva a ser vegetarianos.

[7] En chino, tao, que también significa “camino”, “razón”.

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