1.870: La IIIª República francesa

Asumieron el lema “enriquecer al Estado y reforzar el ejército”, objetivos coherentes con la situación ruinosa, tras el periodo de guerras, y la incapacidad de resistencia frente a las armas “occidentales”. Pero también un camino que conduce al fascismo. Se constituyó un Gobierno de 6 Ministerios, imitando la institución existente en la época Nara, en el siglo VIIIº, cuando la capitalidad estuvo en dicha ciudad y el buddismo araigó en Japón. La 15ª enmienda otorgó el derecho a voto a la población negra, aunque muchos Estados elaboraron métodos de impedirlo en la práctica. Como exponer en las oficinas del censo y/o en las puertas de las iglesias el nombre, domicilio, raza y Partido por el que declaraba que iba a votar, sin cuyo requisito no se permitía el sufragio, si sobrevivía, estaba en condiciones o podía desplazarse hasta el colegio electoral, o no se había arrepentido para entonces. Grant, 18º Presidente de Estados Unidos, permitiría una exacerbada especulación, a cargo de los robber barons (“nobles ladrones”) capitalistas sin escrúpulos. En realidad, gangsters. Se concluyó el primer tendido de ferrocarril transcontinental, de costa a costa. Fue autorizado por Lincoln, en un intento de buscar un objetivo, una ilusión, común, que frenara el separatismo. La guerra impidió llevarlo a cabo en su mandato. La empresa Union Pacific construyó 1.749 km., desde Council Bluffs, atravesando el Missouri, Nebraska (y zona de lo que hoy es Omaha) y los Territorios, entonces aún no federados, de Colorado, Wyoming (Cheyenne, Laramie, entre otros) e Utah, enlazando con el otro tramo en la cumbre de Promontory. Sin embargo no hubo un puente para cruzar el Missouri, por lo que los trenes debían cruzarlo en transfordadores, hasta tres años después, de modo que, a la unión de ambos ramales, ni conectaban Council Bluffs con Omaha ni el ferrocarril era transcontinental. Esta empresa estaba controlada por el Crédit Mobiliere, que era propiedad de un desaprensivo que había hecho una fortuna traficando con algodón confederado de contrabando, y haría otra manipulando las concesiones, subvenciones y financiación, oficiales y privada, relacionadas con el ferrocarril. Utilizó principalmente trabajadores irlandeses -que en su país se morían de hambre por culpa de la pérdida de cosechas producida por la invasión del escarabajo de la patata americano- o de dicha ascendencia, con bajos salarios.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días se interesó por las condiciones de trabajo y de vida de los inmigrantes contratados, así que sus dirigentes visitaron los campamentos de Ogden y Salt Lake City (“La Ciudad del Lago Salado”) llegando a pedir contratos de trabajo, de modo que al llegar a Utah casi todos sus trabajadores eran mormones. El tendido del ferrocarril violaba todos los Tratados, “concesiones” y “reservas” pactadas con los indios, por lo que “se vieron obligados” a matar a gran número de ellos, que atacaban a los obreros, bien directamente o cazando búfalos, como Buffalo Bill Cody, que llevaron hasta casi su extinción, bien para alimentar a los obreros, para que sus estampidas no los pusieran en peligro, no destrozaran la vías, estaciones y material rodante, como para impedir el sustento de los indígenas, causando hambrunas y obligándolos a desplazarse a territorios de otras tribus, provocando un efecto carambola y de guerras entre ellos y con otras poblaciones y el ejército estadounidense. La otra empresa fue Central Pacific, que construyó 1.110 km., comenzando en Sacramento, California, de modo que tampoco llegaba al océano Pacífico, y siguiendo por Nevada (Reno, por ejemplo) hasta Promontory. A pesar de este rodeo hacia el Norte, que se desviaba de las rutas tradicionales, gran parte de su tendido debió cruzar Sierra Nevada y las Montañas Rocosas, lo que enlenteció las obras en gran manera, aunque, en tramos llanos, alcanzaron los 16 km. en un día, toda una marcas. Para ello se contrató masivamente a trabajadores chinos, que al principio se consideró demasiado enclenques y débiles para dicho cometido, aunque después se descubrió que, además de en lavanderías y cocinas, también trabajaban en las minas de oro. Se les puso a prueba y dieron magnífico resultado, por lo que se trajeron barcos enteros de China, pagándoles mucho menos que a otros obreros. Hasta que hicieron una huelga con la que consiguieron un pequeño aumento. Se les bajaba en una cesta por los farallones para que colocasen la inestable nitroglicerina (aún no se había propagado la distribución de la dinamita) en las grietas, encendieran la mecha y avisasen para que los izaran rápidamente, lo que originó muchas muertes.

Conforme avanzaban los raíles también se tendía el telégrafo, con lo que se podía dirigir y planear las obras, los suministros, contratar trabajadores, modificar el trazado y, en su caso, comprar terrenos u obtener nuevas licencias de uso y de paso, y conseguir la oportuna autorización para no peder las subvenciones, según las dificultades encontradas. Así que, simultáneamente, se conseguía unir el transporte y las comunicaciones por todo el país. El trazado unía las principales rutas, como las caravaneras de Oregón, de California y el Camino de los Mormones, y la del Poney Express, de correos a caballo y diligencias. Pero eludió el llamado Gran Desierto Estadounidense, lo que significaba dejar desconectadas Denver, en Colorado, y Salt Lake City, en Utah. De forma que el trazado sigue la actual Autopista Interestatal 80, excepto que ésta sí pasa por dicha última ciudad y la orilla Sur del Gran Lago Salado, desvíandose del que hoy sigue la Interestatal 84. Se conectó un cable eléctrico a la cabeza del martillo y otro al último clavo, chapado en oro, de forma que a cada golpe transmitían una señal por telégrafo. Fue, por tanto, la primera ceremonia transmitida en directo en todo el mundo. Cuando el clavo quedó completamente remachado, ya no podía desclavarse, un telegrafista transmitió una sola palabra, “hecho”, de costa a costa de Estados Unidos. Se podía cruzar el país en una semana, cuando antes se necesitaban seis o más meses en caravanas de carretas, o varias semanas rodeando en barco América del Sur, cruzando el tempestuoso y helado Cabo de Hornos, nombre que, al parecer, es una deformación del que le dieron unos expedicionarios holandeses, en recuerdo de haber perdido allí uno de sus buques, el Hoorn. Meses después la Hannibal and St. Joseph Railroad terminó el primer puente sobre el Missouri, con lo que se conectaba la línea de Kansas City, construida por la Kansas Pacific, con la línea a Denver, construida por la Denver Pacific, uniendo ambas ciudades con el tendido de Union Pacific, y la Central Pacific construyó el ramal a Alameda y Oakland, en la bahía de San Francisco, por lo que llegó al Pacífico. Al año siguiente la Kansas Pacific unió la línea de Denver Pacific con Colorado, completando la unión interoceánica. Todo esto dio ventaja al desarrollo de Kansas City sobre Omaha, y a la conexión de Chicago con el Oeste.

Las caravanas de carretas fueron sustituidas por el ferrocarril. Y el medio y lejano Oeste americano terminaron de colonizarse, robándole el resto de territorio y casi exterminando por completo a sus legítimos propietarios, que denominaban al monstruo “caballo de hierro que echa humo”. Se contrató a tiradores y se incentivó a los pasajeros a que dispararan contra los búfalos, en prevención de que embistieran al tren o a sus instalaciones, y también para acabar, indirectamente, con los indios, que los consideraban igualmente peligrosos. Union Pacific terminó engullendo a Kansas Pacific, Central Pacific, Southern Pacific y otras, si bien le costó un siglo de pleitos contra las leyes antimonopolio, hasta que consiguió imponer sus criterios e intereses, por encima de las leyes, los legisladores y los jueces honrados. Siete años más tarde el Transcontinental Express, un tren rápido, unía San Francisco con Nueva York en tres días y medio. En la actualidad el California Zephir continúa uniendo a diario Chicago con la bahía de San Francisco, utilizando las antiguas vías de Union Pacific y las tendidas por la Western Pacific, cuya línea fue adquirida por la anterior. George Westinghouse inventó un freno accionado por aire comprimido, y no mediante palancas, pedales, manivelas o rosca. Con ello se podían frenar todas las ruedas de un ferrocarril de modo inmediato, y no sólo las de la locomotora. Hyatt descubrió el celuloide, el primer plástico sintético. Su primera aplicación práctica fue sustituir al marfil de elefante por celulosa sintética en la fabricación de bolas de billar. A partir de 1.870 los zulúes, después de largas y sangrientas guerras, en las que se calcula que perdieron la vida un millón de personas, contra los boers, primero, y los británicos, después, olvidaron toda esperanza de crear un imperio africano. La población bantú (xosa, zulúes, suasi, etc.) quedó diezmada, a consecuencia de las guerras constantes entre ellos y contra los blancos. Al final quedaron recluidos en “protectorados”. Se reformó el ejército británico y se introdujo la enseñanza general obligatoria y la tolerancia religiosa en Irlanda. Francia no sólo estaba menos industrializada que Gran Bretaña, sino que Prusia la había superado. Esta se destacaba especialmente en la fabricación de los más modernos cañones de acero. La industria francesa no intentaba competir en mercados internacionales, sino que se dirigía hacia el mercado interior.

Durante el segundo imperio (napoleónico) se había producido una importante acumulación de capital. Es la etapa que se conoce como capitalismo de ahorro, que no pretendía la inversión empresarial, arriesgada, sino que se colocaba en el exterior en forma de préstamos, sobre todo a Rusia y a Servia. La oposición republicano-democrática a Napoleón IIIº se hizo tan fuerte que su dirigente, Emile Ollivier, fue nombrado Presidente del Consejo de Ministros. Mediante una asamblea popular consiguió que se aprobase una Constitución cuasi parlamentaria, que restringía los poderes del emperador. En España, descartada la casa portuguesa de Braganza por su conducta bastante despótica y golpista, además de estar emparentada con el pretendiente carlista, se ofreció la corona al príncipe heredero Leopoldo, de la casa Hohenzollern-Sigmaringen. Tampoco hubo un gran acuerdo sobre ella, debido a similares razones. Tal vez pesase más el recuerdo del pasado imperial. Por igual motivo Napoleón IIIº montó en cólera, pues veía de nuevo a Francia emparedada. Por las mismas razones, por desgastar aún más al emperador francés, o pretendiendo, directamente, la guerra, ya que Napoleón IIIº era el último obstáculo para la ambicionada unificación alemana, Bismarck apoyó dicha candidatura, intentando una entronización secreta que enfrentase a Francia ante el hecho consumado. Al fracasar dicha maniobra, el príncipe Carlos Antonio de Hohenzollern-Sigmaringen, que no deseaba una confrontación con los franceses, y bajo la presión de muchos intermediarios extranjeros, que temían que la controversia se extendiera a una guerra europea (por ejemplo, que Austria aprovechara para vengarse y que Rusia y Turquía también quisiesen sacar ventajas) renunció al trono el 12 de julio, en nombre de su hijo, que era el verdadero candidato a la corona española. Guillermo Iº, desde el balneario de Ems, le escribió a su esposa que para él había sido un alivio. La decepción de Bismarck fue tan inmensa que pensó dimitir. Sin embargo, se repuso y envió a Ems a su Ministro, el conde de Eulenburg, para pedirle a su rey que mostrase más dureza en el asunto. Napoleón IIIº quiso explotar tal éxito. Muchos franceses interpretaban que era sólo una maniobra dilatoria, y que, pasado el furor de Francia, volverían a intentarlo esperando menos oposición.

Apoyaba este punto de vista el Ministro francés de Asuntos Exteriores, Gramont, que, además, estaba contrariado porque la intervención extranjera había privado a Francia de un triunfo sin paliativos. Así que se envió a su embajador, Vincent Benedetti, a Ems, para exigirle a Guillermo Iº un compromiso de que prohibiría a su primo que insistiese en su candidatura al trono español, además de una carta “amistosa”, en la que expresara su malestar por lo ocurrido. Era una petición estúpida, ya que Francia no se encontraba en situación de forzar a la Confederación de Alemania del Norte a nada. Guillermo Iº le contestó que no tenía intenciones ocultas, que el asunto ya le había traído excesivas preocupaciones, que conocía a sus primos y le aseguraba que no faltarían a su palabra. Sin embargo, desde París, telegrafiaron al embajador para que pidiese una segunda entrevista. Guillermo Iº ya lo consideró una insolencia, y, al llegarle la carta de su primo comunicándole la renuncia a la corona española, envió a su ayuda de campo para informar al embajador francés que la situación estaba resuelta y no la creía necesaria. Remitió al día siguiente, el famoso telegrama de Ems, a Bismarck, redactado por Abeken, uno de los colaboradores de éste, por lo que, desde el principio, el enojo del rey estaba debidamente manipulado. Informaba de lo sucedido y la opinión del monarca sobre todo ello. Calificaba de importunación el abordaje del embajador francés durante su paseo matutino. Que le había respondido que no podía comprometerse para la eternidad sobre tales temas, además de que, tanto él como su Gobierno, carecían de una información oficial, por lo que le contestaría más tarde, cuando la tuviese. Al recibir la carta del príncipe Carlos Antonio, “siguiendo el consejo del conde de Eulenburg y su propio criterio”, le envió a su ayudante de campo para hacerle saber que, habiendo confirmado lo que París ya conocía, “no tenía nada más que decir al embajador”. Bismarck, viendo la ocasión y el momento que se le presentaba, pidió y obtuvo la autorización del rey para dar a conocer tal telegrama a la prensa.

Pero no lo leyó textualmente, sino que suprimió todas las explicaciones intermedias, y concluía que, ante la petición adicional de que se comprometiese a no dar nunca su consentimiento a la reiteración de la candidatura de los Hohenzollern, “S. M. el rey ha rehusado (…) volver a recibir al embajador (…) a quien ha hecho transmitir por medio de un ayuda de campo que S. M. no tenía nada más que comunicarle”. La intención de éste era que fuese el Gobierno quien fijase las garantías que habían de darse, pero la intromisión y manipulación de unos y otros, el laconismo final, y la sustitución de “decir” por “comunicar”, resultaban profundamente autoritarias, despreciativas, además de dejar abierta la posibilidad de tal reiteración de la candidatura. Más tarde Bismarck explicó que consideraba aquel comunicado un trapo rojo, al que el toro galo no podía sino embestir. Los periodistas franceses, aprovechando para ridiculizar y desprestigiar a Napoleón IIIº, acabaron por prender la mecha. Por toda Francia se realizaron manifestaciones ciudadanas pidiendo la declaración de guerra. Napoleón IIIº no podía sino darles gusto, incluso si no lo hubiese deseado. Tal como esperaba Bismarck, así lo hizo Napoleón IIIº, el 19 de julio. Este contaba con que el Sur de Alemania se pondría de su parte. Pero también se equivocó en ello, pues todos los alemanes optaron por Prusia, al considerarla nación germánica agredida. Quizás el emperador francés incluso esperase que Austria aprovechara para tomarse la revancha. Comprendería entonces que haberla obligado a ceder el Véneto, sin que Francia obtuviese ninguna ventaja por ello, le había enajenado una posible alianza, que se demostraría necesitar. Creyendo que su título imperial, que se había dado a sí mismo, le obligaba a defender el Papado (tal vez albergaba la esperanza de que terminase coronándolo emperador) sus tropas guarnecían los Reinos Pontificios frente a los nacionalistas italianos. Con ello se cerraba las puertas a otra posible alianza, ya que el reino unificado de Italia veía que el Papa y Napoleón IIIº impedían que Roma fuese la capital del reino. Así que ambos eran sus enemigos, los que impedían la unificación italiana. La cesión del Véneto, en tales circunstancias, no les mereció el menor agradecimiento.

La ruptura de hostilidades con Prusia obligó a Napoleón IIIº a retirar su ejército de Italia, por lo que, de inmediato, los territorios pontificios fueron ocupados por tropas italianas. Viéndose amenazado, el Papa convocó el Ier Concilio Vaticano, siglos después del de Trento, el último celebrado hasta entonces, y, con el apoyo del exiliado San Antonio María Claret, se hizo proclamar infalible. Más tarde se matizó que sólo era en relación con la fe y la moral católicas. También se impuso la inmaculada concepción de la Virgen María como dogma de fe, siglos después de que muchos españoles hubiesen sido quemados vivos por no contestar “adecuadamente” a dicho interrogatorio bajo tormento. Para responder de modo automático al tormentuoso interrogatorio, bajo tortura, se publicaron los “catecismos” (del griego katekesis, rito iniciático tribal, de las brujas y las religiones histéricas, que prometían la vida eterna a cambio de sacrificios, torturas, sadomasoquistas) que debían aprenderse de memoria, de carrerilla, para mayor seguridad en las respuestas. Se pretendía con tal proclamación como dogma incentivar a España para que enviara tropas para protegerlo. Pero España tenía entonces preocupaciones más agobiantes que atender. El Gobierno italiano convocó una Asamblea Popular, a semejanza de lo hecho en Francia para aprobar la nueva Constitución. En ella se decidió la incorporación de los dominios del Papado al reino de Italia, que trasladó su capital a Roma. Napoleón IIIº sólo pudo mantener un Estado Papal en el monte Vaticano, donde antiguamente los augures inauguraban el año militar romano, en el mes de marzo, dedicado a Marte, el dios de la guerra, cuando comenzaba el deshielo, vaticinando triunfos a sus tropas, donde se supone que fue torturado y enterrado San Pedro y en cuyo honor se construyó el primer templo de tal nombre y la basílica y plaza actuales. Se unía a dicho Estado la residencia veraniega de Castelgandolfo, aunque sin solución geográfica de continuidad. El Papa se negó a reconocer tal pérdida de dominios y al nuevo Estado italiano. Este obligó a los religiosos a jurar obediencia a la nueva Constitución.

Por orden papal éstos se negaron, por lo que se les prohibió dar clases (por ello Don Bosco, San Juan Bosco, el creador de los salesianos, no podía decir que daba clases a los niños, sino que llamaba a sus centros “Oratorios Festivos de Don Bosco”, que serían perseguidos por las sospechas que ofrecían de violar la Ley. El papa reaccionó prohibiendo votar a los católicos, cuya única consecuencia fue que las elecciones las ganaran reiteradamente los ateos, anticatólicos, antiseglares y liberales radicales. Hasta que el español Herrera Oria comprendió tales consecuencias y recomendara cejar en tal actitud, creando un partido político favorable al Papado, el Partido Popular, que acabaría aprovechando a Mussolini, y, tras la IIª Guerra Mundial, se convertiría en Democracia Cristiana por exigencias estadounidenses de que cambiase de nombre, para no arrostrar su pasado profascista. La aristocracia más recalcitrante aún fue más lejos: se encerró en sus palacios y juró no salir de ellos hasta que no cayese tal régimen liberal. Es lo que se conoce como “aristocracia negra”. Y así lo hicieron: hasta que Mussolini llegó al poder y el Papa se avino a firmar con él el concordato que había negado a los Gobiernos liberales, reconociendo los territorios que, voluntariamente, aunque por intermediación de Napoleón IIIº, les habían respetado. En una maniobra perfectamente estudiada y diseñada, desde tiempo atrás, por el Mariscal de Campo von Moltke, ejércitos alemanes partieron del Palatinado, cruzando Lorena y Alsacia, hacia Metz, a las órdenes del príncipe de Sajonia, hacia Nancy, bajo el mando del príncipe heredero, y hacia Belfort, a las órdenes de Manteuffel. Napoleón IIIº se dirigió contra los invasores desde París. Entonces el príncipe heredero, desde Nancy, giró hacia el Norte, junto con el Mariscal de Campo Steinmetz, convergiendo con el príncipe de Sajonia en las proximidades de Sedán. Esta era una plaza fuerte considerada inexpugnable. Los franceses utilizaban el nuevo fusil Chasepot de aguja percutora, de menor calibre y peso que los alemanes, pero, al utilizar cartuchos de papel con más pólvora, conseguían un mayor alcance eficaz. Pero su arma secreta era la ametralladora. Se había mantenido tan en secreto que ni la tropa sabía utilizarla ni la Oficialidad conocía su aplicación táctica. La proximidad de Sedán atrajo a los franceses de modo irrefrenable, posiblemente tal como los alemanes deseaban.

Napoleón IIIº esperaba que allí sus ametralladoras aniquilasen los asaltos alemanes, mientras adquirían práctica en su uso desde la protección de las murallas y parapetos, así como sacar provecho al mayor alcance de sus fusiles, desgastando a los invasores, hasta que se organizase otro ejército que viniese a salvarlos. Algunos Generales discreparon de que fuese la mejor alternativa. Efectivamente se convirtió en una ratonera. Tras los primeros fallidos ataques de los prusianos éstos cambiaron de táctica. Desistieron de tomar la plaza al asalto, y, utilizando su superior artillería, se decidieron por el sitio, mientras sus cañones demolían las murallas. Obsérvese lo parecido de la situación a la batalla de Sadowa, aunque aquella se desarrollase en campo abierto. De modo que, sin que los refuerzos llegaran a abrirse paso, Napoleón IIIº, con su ejército, se rindió y fue apresado el 1 de septiembre. Se exigió a Francia el pago de inmensas indemnizaciones de guerra para dejarlo libre. En lugar de ello, los parisinos derribaron la estatua de Napoleón IIIº de la plaza de Vendôme, como Karl Marx había predicho. Y, tres días más tarde, se proclamó la IIIª República Francesa en un proceso revolucionario, de tintes fuertemente socialista y anarquista, que conocemos como Comuna de París. Thiers formó un Gobierno y abandonó la capital, distanciándose de los revolucionarios comuneros, comunards o comunardos, física e ideológicamente. Las tropas prusianas fueron rechazadas por la multitud revolucionaria en París. Sí, en cambio, tomaron las fortificaciones que rodeaban la capital. Así que, cambiando de táctica, como habían hecho en Sedán, la sometieron a sitio y bombardeo constante, durante meses. Aprovechándose de la guerra franco-prusiana, Rusia denunció el Tratado de París de 14 años antes, que restringía su preeminencia en el mar Negro y los Balcanes. Fracasada la candidatura alemana, Prim presentó la de Amadeo, duque de Aosta, segundón del rey de Italia, Víctor Manuel IIº, de la casa de Saboya, Piamonte y Cerdeña. En su apoyo alegó que se habían demostrado liberales, respetando las decisiones del Gobierno (Cavour) y del Parlamento, por lo que constituían un ejemplo de monarquía parlamentaria. Tuvo que poner en juego todo su prestigio para lograrlo.

Lo consideraron un traidor a la causa republicana, que nunca defendió, si bien permitió con su ambigüedad que los más exaltados se hiciesen ilusiones y le apoyasen. El 27 de diciembre un ataque terrorista le hirió de muerte. El 30 de diciembre Amadeo Iº desembarcaba en España, mientras que su principal valedor fallecía en Madrid. Los Jóvenes Otomanos, cambiando de bando, coherente con su educación y postulados, pactaron con el Gobierno, favoreciendo el reformismo tanzimat, “feliz”. No obstante la intromisión extranjera originó su retraso, con lo que perdió oportunidad y eficacia. El 30% de las tierras cultivables japonesas se explotaban en régimen de arrendamiento. Al volver de su estancia en Inglaterra, Kechabcandra Sen fundó la Asociación para la Reforma Hindú. Svami Dayananda Saravasti fundó la secta Aria Samaj, que adicionaba a la Brajma Samaj antiguas tradiciones, como la veneración de las vacas, la ofrenda diaria de manteca y la repulsa al monoteísmo, por lo que, realmente, era contradictoria con la anterior. El neohinduismo puede explicarse como un rechazo a lo extranjero, al dominio europeo, al cristianismo y a las ideas occidentales. El racionalismo originó en Bengala movimientos contrarios, de signo ortodoxo respecto de la religión hinduista. Sayyid Ajmed Jan Bajadur publicó su “Ensayos sobre la vida de Mahoma”. Mucha literatura ha tratado no sólo de justificar, sino de enaltecer la actitud británica en la India, presentándola como benévola, abnegada, desinteresada, generosa, altruista, que llevó a un territorio salvaje la cultura, la civilización, la modernización y el desarrollo económico. Todo esto es falso. Es cierto que consiguió entroncar dicha sociedad con el pensamiento, la cultura, las instituciones y actividad económica occidental, mundial. Que el subcontinente estaba profundamente dividido, en continuas guerras entre sí, de lo que el Reino Unido se aprovechó. Y también que, junto con la reunificación, se realizaron reformas sociales y se introdujeron los modernos sistemas de comunicación. Sin embargo no pueden olvidarse los intereses y objetivos que se perseguía con todo ello. Que durante mucho tiempo Gran Bretaña no llevó la paz, sino distintos tipos de guerras imperialistas. Ni cómo se impidió una posible evolución hindú autónoma.

Existe un prejuicio de considerar que el desarrollo europeo, occidental, es el único posible, el auténtico, el verdadero, como si se tratase de una nueva religión integrista, intolerante. Es cierto que algunas voces proclamaban la necesidad de educar a los hindúes para que pudiesen administrarse y, en el futuro, gobernarse, a sí mismos. Pero la mejor definición del sentimiento imperialista la dio Belloc, al considerar que la posesión de la ametralladora establecía diferencias insalvables. Lo que ocurre es que nadie sabe en qué manos pueden caer dichas armas (como las de energía de desintegración atómica) y es estúpido considerar que se va a mantener eternamente el monopolio sobre las mismas. Los británicos, al contrario que los persas o los mogoles, fueron siempre extranjeros en la India. De forma que la liberalización de su dominio sólo podía tener una consecuencia: el fin del mismo. Igual que había ocurrido con el imperio español. De repente la inmigración europea arribó en masa a Nueva Zelanda, acorralando a los maoríes en espacios cada vez más estrechos, donde las montañas, el frío, la escasez de fauna, plantas silvestres alimenticias y zonas de cultivo los abocaban al exterminio. Consecuentemente, los que antes habían recibido de modo pacífico, despreocupado, a los invasores, iniciaron una guerra por su supervivencia, que algunos achacan a su orgullo, basado en su cultura de castas, y que sólo podían perder, llegando a la mayor decadencia. La demanda exterior requería una sistemática explotación de los monocultivos en Iberoamérica, lo que generaba un incremento de las necesidades de braceros. No hubo otra solución que recurrir a la población indígena. Sin embargo, incluso ésta se demostró insuficiente, además de su escasa preparación para un trabajo especializado. Así que, al final, debió recurrirse a estimular la inmigración europea, como hizo, desde su origen, hasta la consolidación del más rancio conservadurismo, Estados Unidos de (Norte)américa. Sin embrgo, los europeos no estaban dispuestos a integrarse en el ambiente feudal de las haciendas, por lo que se establecieron en las ciudades, zonas de mayor producción y nudos de comunicaciones, constituyendo una clase media hasta entonces casi desconocida, sobre todo desde que la independencia acabó con el funcionariado colonial y las guerras, anteriores y consecuentes, lo hicieron con el pequeño comercio.

Dada la visión liberal de los independentistas, la Iglesia perdió los privilegios propios que tenía en sus imperios originarios. Las repúblicas se arrogaron el derecho a regular la enseñanza, aunque no llegaron a arrebatarle su tradición a ejercerla, en algunos casos en concurrencia con la pública, que tampoco estuvieron dispuestas a costear en cuanto hubiera sido necesario. Más notoria fue la restricción de su influencia (y censura) sobre la literatura y la prensa.

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