1.914: La Gran Guerra Europea, 28 de julio

Pero nadie parecía comprender que el entramado de alianzas desembocaría en una conflagración continental. Es como si esperasen que le dieran a los servios sólo unos cachetes o unos azotes en el culo, como si se tratara de un niño travieso. Sólo el que confesó que se trataba de una conjura y que las armas se la habían entregado agentes del Gobierno servio fue ahorcado, si bien el que arrojó la bomba y el servio-bosnio Gavrilo Princip, el que disparó mortalmente contra el archiduque Francisco Fernando y a su embarazada esposa, la alemana Sofía Chotek (que, aunque era la cuarta hija de un conde, no pertenecía a ninguna casa real europea ni archiducal austríaca, por lo que, tras 12 años amancebados, el emperador sólo les dio permiso para casarse renunciando a que sus hijos heredasen el trono: todo un problema dinástico añadido) murieron de tuberculosis en la prisión, más otro implicado, que les lanzó otra bomba, quien tras tomarse una dosis de cianuro (al parecer facilitada por los servicios secretos servios) se arrojó al río, mientras lo perseguían. Quizás una reacción militar inmediata, que pudiera interpretarse como un arrebato de ira, de irreflexión, podía haberse reconducido diplomáticamente. Pero el riesgo a las consecuencias llevó a la diplomacia y a los militares austríacos a Berlín. Los días 5 y 6 de julio argumentaron a sus aliados -en el mismo palacio de Postdam donde 28 años después los nazis iban a planificar la “solución final” de exterminio de los judios y, 3 años más tarde, se produciría la Conferencia de las potencias victoriosas y su reparto del mundo- que la única posibilidad de supervivencia del reino de la doble corona pasaba por la desaparición de Servia, el único modo de detener los movimientos nacionalistas y revolucionarios yugoslavistas. Y, de camino, con su apoyo por parte de Rusia. Lo trágico fue que los dirigentes alemanes habían llegado a la misma conclusión. De forma que el resultado no fue llamarlos al orden, tirarles de las riendas, como en ocasiones anteriores, sino extenderles lo que se llamó un “cheque en blanco” a sus aliados austríacos.

Roza Luksemburg organizó manifestaciones en varias ciudades alemanas pidiendo la objeción de conciencia contra el servicio militar obligatorio y la desobediencia a las órdenes, lo que la llevaría a la cárcel, no sin haber constatado en una reunión de la dirección del Partido Socialdemócrata alemán cómo el sentimiento nacionalista había impregnado mucho más que el socialista y la conciencia de clase, lo que hacía inútiles sus planteamientos. El 20 de julio los Presidentes del Gobierno y de la República franceses, Viviani y Poincaré, llegaron a Sankt Peterburg para concordar la situación con sus aliados. Alemania, dando marcha atrás a su anterior resolución, recomendó a su aliada que no actuase mientras durara tal conferencia, para impedir una mayor cohesión entre franceses y rusos. El Jefe del Estado Mayor austro-húngaro respondió que no habría movilización hasta 33 días después, lo que supuso un mayor desconcierto. Alemania no intentó evitar el conflicto, como en otras ocasiones, sino mantenerlo en un ámbito localizado, para lo que inició contactos diplomáticos. En especial con Gran Bretaña. La respuesta de ésta fue muy ambigua: manifestó que su interés era conservar la paz, lo que, en tales circunstancias, era la mejor forma de instigar la guerra ¿Se refería a la paz en Gran Bretaña o en el mundo? ¿A ceder a cualquier tipo de pretensión o demorar la acción mediante unas negociaciones hasta que se enfriase el “enfado”, dejando la guerra como último recurso? Sir Edgard Grey debió haber aclarado que todo dependía de las exigencias austríacas, entonces desconocidas. Y que, si éstas fuesen desmedidas, estaría dispuesto a arriesgar la paz para mantener el equilibrio. Esa hubiese sido la mejor forma de impedir la guerra. A pesar de lo recomendado por Alemania y de lo informado por el Jefe de Estado Mayor el Imperio Autro-Húngaro, el 23 de julio éste envió a Servia un ultimatum aviso de 48 horas, bajo amenaza de invasión, a sabiendas de que la totalidad de su contenido sería inaceptable. Por ejemplo, exigían la participación de delegados gubernamentales austríacos en la investigación policial.

Si trataban de emular a Bismarck en su manipulación de la lectura del telegrama de Ems, que fuese Servia la que le declarase la guerra, haciéndose con ello responsable de sus consecuencias, fracasaron completamente, porque su intencionalidad quedó manifiesta. Poincaré insinuó que, si Austria pretendía justificar una guerra, Servia también tenía amigos. Cuando se necesitaba claridad en las respuestas quisieron guardar la ropa, dejar el camino libre para la retirada, en el último momento, con lo que sólo se consiguió que la otra parte perseverase en su posición, creyendo que no había objeciones más que formales, poco explícitas, a su conducta, quedar bien pero sin asumir el riesgo de una guerra. Tampoco fue más hábil la diplomacia alemana que, en su intento de mantener el conflicto localizado, recordaron que la existencia de alianzas podía producir consecuencias imprevisibles ante la intervención de otras potencias. Con ello estaba, precisamente, forzando al cumplimiento de tales compromisos. Era como si lanzase un reto: “¿a que no te atreves?” El 25 de julio terminó la reunión entre representantes franceses y rusos, por la que éstos recibían otro “cheque en blanco” de sus aliados. A cambio se comprometían, en caso de que Francia fuese invadida, a penetrar la frontera alemana, sin esperar a completar su movilización general, ya que contaban con tropas de reemplazo más que suficientes para hacerlo. Servia respondió a Austria que estaba dispuesta a darle satisfacciones en la mayor parte de sus exigencias, por ejemplo, la represión de las actividades antiaustríacas, pero que rechazaba las que supusiesen pérdida de soberanía, como la intromisión de la policía austríaca en las investigaciones. Simultáneamente, ante el plazo amenazador, ordenó la movilización parcial, actitud lógico en prevención de lo que pudiera suceder. Austria respondió que consideraba la respuesta insatisfactoria, y también decretó la movilización parcial. El que no fuese una movilización general puede significar que hacían caso a su aliada de mantener el conflicto localizado, que consideraban que Servia era un enemigo menor al que podían derrotar fácilmente, o a que sólo pretendían asustar para conseguir el cumplimiento de sus exigencias. Grey convocó una conferencia internacional para convencer a Alemania de que debía influir en la reducción de éstas. El 27 de julio, Rusia, que ya se había declarado dispuesta a obstruir el paso hacia Belgrado, decretó igualmente la movilización parcial.

También lo hizo Alemania. Se descubrió, entonces, que no todos los alemanes eran partidarios de verse envueltos en tal conflicto. Ya era tarde. Debían haberse hecho oír mucho antes, cuando aún había tiempo para rectificar. Para entonces los militares ya se habían hecho con el control de la situación, que no parecía tener marcha atrás. Fue entonces cuando los austríacos consideraron que habían ido demasiado lejos, y pidieron la intervención de la diplomacia berlinesa para entablar negociaciones directas con Rusia. Pero ya los diplomáticos no tenían nada que decir. Guillermo IIº intentó calmar los ánimos, pero su canciller, como si fuese un nuevo Bismarck, obstruyó su intervención, transmitiendo a Viena unas instrucciones recortadas de su frase principal y tergiversadas. El 28 de julio Austria-Hungría declaró la guerra a Servia. El 30 de julio, Rusia decretó la movilización general. La respuesta a la petición austro-húngara de negociaciones llegó por parte de Moltke “El Joven”, el 31 de julio, a su colega austríaco, von Hötzendorf, recomendándole que, mediante una política de hechos consumados, declarase la movilización general e impidiese cualquier mediación. El canciller alemán exigió a Rusia que, en un plazo de 12 horas, revocase las medidas de guerra adoptadas contra Austria y contra Alemania. Entre ellas que desconvocase la movilización general. Simultáneamente pidió a Francia una declaración de neutralidad en caso de que hubiese una confrontación germano-rusa. Austria llamó a la movilización general. Rusia no respondió, y, el 1 de agosto, Alemania le declaró la guerra, decretando la movilización general. Francia sí contestó, con ambigüedad, manifestando que actuaría según sus intereses ¿Significaba eso que se mantendría neutral? ¿Podía esperar Alemania a ver qué ocurría, cuáles eran los intereses de Francia? ¿Podía implicarse en un conflicto con Rusia, que podía prolongarse, dejando su espalda desprotegida, a riesgo de que los intereses de Francia pasaran por atacar cuando la considerasen más vulnerable? En realidad todo el entramado dependía de Gran Bretaña, que, de repente, había enmudecido, estaba en un trance de indecisión. Veinticinco años más tarde volvería a ocurrirle lo mismo, tras la invasión de Polonia, en los días y horas más inoportunos, permitiendo que Francia tomase la decisión por ambas naciones.

Alemania podía movilizar a 2.398.000 hombres, que, más el 1.421.000 austríacos, hacían 3.819.000 en total. Su Marina de guerra desplazaba 1.019.000 toneladas de registro bruto, que, con las 243.000 austríacas, hacían 1.262.000 en total. Rusia podía movilizar a 3.420.000, Francia a 1.867.000, Servia a 247.000, Gran Bretaña sólo aportaría un cuerpo expedicionario de 155.000 hombres y el ejército belga añadiría 117.000, sumando 5.806.000 en conjunto. Gran Bretaña, en cambio, ponía sobre el tapete una Flota de 2.205.000 toneladas, que, junto con la francesa, de 731.000, y la rusa, de 328.000, suponían 3.264.000 en total.  Una aparente desproporción de fuerzas que los alemanes pensaban superar por su mejor armamento, entrenamiento, genialidad de sus planes, capacidad militar,  combatividad de sus tropas, entereza, decisión, valentía, disciplina y rapidez en la acción, anticipándose a la toma de posiciones de sus enemigos occidentales. El Plan de Schlieffen partía de dejar entrar a los rusos en el Este de Prusia oriental, retirándose a la línea más defendible del Vístula inferior. Allí podría detener dicha ofensiva con sólo medio millón de hombres, enviando el resto a Francia. El mejor lugar para la evolución de la Caballería y, sobre todo, la Artillería, era por el Norte, a través de las llanuras belgas. Lo cual implicaba invadir Bélgica y Holanda, que eran neutrales. En un movimiento envolvente, próximo al mar, por el Norte y el Oeste, se embolsarían a las tropas alidadas occidentales, concentradas en la defensa de París, hasta su destrucción o rendición. Entonces se podrían dedicar todo el tiempo y los medios a conquistar Polonia y los Estados del Báltico del Sur, llegando hasta Sankt Peterburg. Moltke y Bismarck habían analizado dicha posibilidad 45 años antes, descartándolo porque supondría un incentivo para la implicación de otras potencias, concedía tiempo de preaviso para que Francia, e incluso Gran Bretaña, tomasen posiciones y organizaran un contraataque, facilitaba a ésta última el envío rápido de tropas y aprovisionamientos, al estar el Frente tan cerca de la costa, y, además, dicho plan resultaría tan evidente que no sorprendería a nadie. Presuponía que Francia, pero, sobre todo, Rusia, serían tan lentas en movilizar sus tropas como lo habían sido en el pasado, que no habrían aprendido nada, que seguirían sin saber organizarse ni utilizar adecuadamente el ferrocarril.

No cubría un contraataque francés a través de Alsacia y Lorena. Justamente las regiones que éstos más deseaban reconquistar. Así que Schlieffen cambió sus planes, desviando tropas para cubrir esta frontera. El ejército activo no tenía efectivos suficientes para emprender una ofensiva de tal envergadura, por lo que se le ocurrió la “genialidad” de emplear reservistas para completar la maniobra. Es decir, tropas sin entrenamiento ni adiestramiento, sin la temeridad y la obediencia de la juventud, con esposas e hijos que quedaban sin el sustento de sus cosechas, jornales, sueldos o negocios. Schlieffen había muerto un año antes, y ahora debía aplicarlo von Moltke “El Joven”. Creyéndose mayor genio militar que su tío, el difunto von Moltke, había ideado un plan que supondría la rendición de Francia en seis semanas. Pensó que podía desviar tropas enemigas desde el Norte, por donde realmente se esperaba la invasión, mediante un ataque previo por Alsacia y Lorena. Para hacerlo debía disminuir aún más los efectivos empleados en la operación principal. Es decir, estaban incumpliendo todos los presupuestos analizados por Bismarck y su tío von Moltke: guerra en un solo Frente, aislamiento diplomático del enemigo, guerra limitada con contendientes limitados, concentración de tropas en un estrecho Frente, e invasión a través del centro de Francia, la frontera más cercana. Guillermo IIº pidió que se modificasen los planes, evitando invadir naciones neutrales. Moltke le respondió, con toda lógica, que no había tiempo de cambiar nada. Sin embargo, en una componenda intermedia, que no satisfaría a nadie, cambió la invasión de Holanda por la de Luxemburgo. Con ello toda la inmensa ofensiva alemana quedaba a merced del abastecimiento, envío de tropas y refuerzos futuros a través de un pequeño paso y una única vía de ferrocarril. A cambio se reducía el tiempo de reacción que se concedía al ejército francés, ya que no invadir Holanda significaba la disminución de los plazos para el cruce de la frontera francesa. El 3 de agosto Alemania declaraba la guerra a Francia e invadía Bélgica. El 4, Gran Bretaña, alegando la defensa de Bélgica, algo que, hasta entonces, parece que no habían previsto, declaró la guerra a Alemania, enviando un cuerpo expedicionario a Francia. Bulgaria entró en guerra en el mismo momento que Austria-Hungría invadió Servia, atacando a esta por la espalda. Algo con lo que tampoco habían contando los del entente.

Sin embargo, Servia resistiría, tozudamente, casi dos años. Todos los países implicados consideraban que defendían una causa justa. Todos los Partidos y todas las clases sociales se unieron en el esfuerzo dentro de cada país. Los Presidentes del Gobierno y de la República franceses, Viviani y Poincaré intentaron crear una “Unión sagrada” entre todos los Partidos. La IIª Internacional, Socialista o Socialdemócrata, había acordado que se opondría a la guerra, llamando a la huelga general. En lugar de ello, los socialdemócratas alemanes, que siempre habían estado en contra del militarismo y autoritarismo imperial, se declararon a favor de la Patria, llamaron a la lucha y aprobaron los créditos presupuestarios de guerra, a financiar con bonos de guerra. Incluso declararon una “tregua” con el Gobierno, comprometiéndose a no convocar huelgas mientras durase la confrontación internacional. Roza Luksemburg se planteó suicidarse. Lenin los denominó traidores. Los demás partidos socialdemócratas, mucho más débiles, hicieron lo propio. Y también los sindicatos: el internacionalismo obrero, incluso entre los anarquistas de la Iª Internacional, la Asociación Internacional de Trabajadores (A.I.T.) era sustituido por el patrioterismo nacionalista. Si bien entre éstos había una intencionalidad, más producto del tradicional voluntarismo ácrata que de un análisis serio, de que la guerra europea trajese la revolución anarquista. Más lógica habría sido la negativa revolucionaria a participar en dicha guerra, a sabiendas de que no iban a poder impedirla. El 5 de agosto, Roza Luksemburg, Liebknecht y otros dirigentes crearon el “Grupo Internacional” o internacionalista, opuesto a la dirección socialdemócrata, por sus decisiones políticas respecto de la guerra. Aunque, en función de enaltecer tal sentimiento patrio y de “justicia”, todos los Gobiernos comprometidos en la guerra llamaban a la defensa de la Patria, sus Estados Mayores analizaban que lo único práctico era lanzarse a una ofensiva brutal e ilimitada, rápida y enérgica, que acabase con la guerra en breve plazo, ya que, de perdurar, las bases económicas colapsarían. En cierto modo significaba reproducir los planteamientos de la Guerra de Secesión estadounidense. De esta forma los Frentes se cuajaron de inmensos ejércitos, como nunca antes se había producido en la Historia. En ese mes Italia completaba el dominio interior de Tripolitania y Cirenaica.

Los franceses habían analizado que no debían jugarse su ejército a una sola batalla, y que habría que continuar la lucha incluso si se perdía París. Al contrario de lo que hicieron en la guerra franco-prusiana, en la que, aunque hubo muchas más batallas, con resultado alterno, lo que habitualmente se desconoce u omite, tras la derrota de Sedan la capacidad de resistencia a largo plazo de los franceses quedó anulada, dadas las dudas que el apresamiento del emperador y la petición de rescate por éste ocasionaron, así como la conmoción de la revolución republicana-socialista, la conocida como Comuna de París. Con tal convencimiento desarrollaron una estrategia de ceder terreno, pero luchando en retirada. Esto propició que los alemanes pudieran propagar impresionantes triunfos, que les engañaban a ellos mismos, al tiempo que sufrían costosísimas bajas. Aprendiendo de tal experiencia, utilizaron la caballería para, en rápidos desplazamientos, tomar puntos estratégicos poco defendidos, que, más tarde serían consolidados por la infantería. Es la fase que se conoce como “guerra de movimientos”. Los aliados occidentales reaccionaron fortificando sus posiciones, rodeándolas de alambradas y dotándolas de ametralladoras, que hacían imposible las cargas de caballería. Es la fase que se conoce como “guerra de posiciones”. Contra ellas los alemanes emplearon su artillería. Así que, para protegerlas, los aliados occidentales también debieron dotar de ella a sus posiciones. Esto obligaba a aumentar su perímetro, para hacer factible la maniobra con tales armas. Para poder utilizar las suyas en condiciones de superioridad, los alemanes emplearon la táctica de cerco. Para impedirlo los aliados occidentales comenzaron a unir todas sus posiciones por líneas de trincheras. El ejército austro-húngaro se demostró incapaz de frenar a los ejércitos servios y rusos. Estos últimos progresaban a una velocidad no prevista. Habían aprendido, dolorosamente, la táctica japonesa de, en lugar de asaltar a la bayoneta (los japoneses eran conscientes de su menor tamaño y fortaleza, además del miedo reverencial a enfrentarse a los temidos europeos) poner rodilla en tierra y descargar las armas en mitad del avance. De este modo los rusos se internaron peligrosamente por Galitzia. Tampoco en Prusia oriental el General Prittwitz podía detener a Rennenkampf en el río Niemen, ni a Samsonov en el Narew.

Tras la batalla de Gusiev los rusos habían tomado casi toda la provincia, lo que la ciudadanía alemana consideró inaceptable. Todos los supuestos de los planes alemanes, basados en un análisis erróneo de la guerra franco-prusiana, sin tener en cuenta el hecho, estúpido, de que Napoleón IIIº hizo la guerra en solitario, sin aliados, se puso al frente de su ejército, lo que enlenteció su desplazamiento, buscó “refugio” en una ciudad amurallada y se rindió, se venían por tierra. El nombre alemán de Sankt Peterburg se cambió por el cuasi ruso Petrograd, el mismo que Pedro (Piotr, en ruso) Iº “El Grande” había rechazado, por considerarlo culto a su personalidad. Prittwitz fue sustituido por von Hindenburg como jefe supremo alemán del Frente Oriental. Este, con la colaboración de von Ludendorff, cercó a los rusos el 25 de agosto en el río Narew, en una maniobra muy similar a la diseñada por Schlieffen para Francia, derrotándolos en los terrenos pantanosos de Allenstein, al Sur de Tannenberg, en la batalla de dicho nombre o de los Lagos Masurianos, la histórica Prusia Oriental, conquistada por los caballeros de la Orden Teutónica, al Sur del Báltico, hoy en Polonia. Tras cinco días de combate, el 30 de agosto, los 166.000 efectivos del VIIIº Ejército alemán, con 12.000 bajas, causaron 170.000 a los 416.000 del Iº y IIº Ejércitos rusos. Para tal ofensiva debieron retirarse tropas del Frente occidental, mermando más aún su eficacia, y dejando grandes huecos sin cubrir que las evoluciones de los ejércitos alemanes no conseguían cerrarlos: sus soldados estaban agotados, tras el empuje demostrado inicialmente. En especial los reservistas, a los que se les había exigido un esfuerzo para el que no estaban preparados. Los franceses analizaron perfectamente la situación, y, el 6 de septiembre, lanzaron un violento contraataque en el río Marne (primera batalla del Marne) que duró tres días. Con ello cualquier avance alemán quedó frustrado. Además se comprendió la debilidad que suponía el distanciamiento entre su primer y segundo ejércitos, de más de 40 kmtrs., en caso de un nuevo contraataque, por lo que se decidió el repliegue hasta el río Aisne. El mismo día, von Hindenburg, aprovechando su éxito, hizo virar su ejército hacia el río Nieven, empujando al General Rennenkampf, de origen alemán, hacia los lagos Masurianos, en nueve días. Los rusos pudieron evitar el cerco abandonando Prusia, pero con numerosas pérdidas.

Tratando de sacar provecho a su superioridad en el flanco Nordoccidental de su ofensiva en Francia, donde habían situado su mayor número de tropas, y las más eficaces, ya que se veía imposible la maniobra envolvente, los alemanes trataron, al menos, de conquistar los puertos del Canal de la Mancha, dificultando la llegada de refuerzos y aprovisionamientos británicos, tal como harían de nuevo en la IIª Guerra Mundial. Simultáneamente, los franceses pretendieron un nuevo contraataque, dado el éxito del anterior, desde mediados de mes, para empujar al enemigo más allá de las fronteras. Es lo que se denominaría batalla de Flandes. Pero ya las fuerzas de ambos contendientes estaban muy consolidadas, apelmazadas, y era imposible abrir brecha. En sólo dos meses, para sorpresa de todos, especialmente de los Estados Mayores, que creían haber estudiado todas las alternativas, el Frente occidental se había estancado. Las trincheras recorrían 900 kmtrs., desde Ostende hasta Suiza. Todos los presupuestos de Schlieffen se venían abajo. Pero no sólo los suyos: la estrategia de ataque sin limitaciones, para obtener la ventaja desde las primeras batallas, se sustituía por un desmoralizante planteamiento, de fundamento defensivo y de desgaste mutuo continuado, lo que se conoce como “guerra de las trincheras”. Ante la pasividad de la Marina de guerra alemana, la británica se adueñó del Mar del Norte, llevando a cabo una estrategia de bloqueo. Todos los buques eran interceptados, inspeccionados, y, en su caso, apresados, llevados a puerto, incautados los productos “prohibidos”, y retenidos barcos y tripulaciones hasta que no se pagasen las sanciones que unilateralmente les impusieran, y los costes portuarios y de manutención que les calculasen, incluso a buques de países neutrales. Es decir: pura piratería marítima, secuestro contra pago de rescates. Pretendía privar a los imperios centrales de hierro, pero también de fertilizantes naturales, en especial el guano (el nitrato de Chile, detritus del guanaaní) de forma que no pudiese utilizarlo como fertilizante, obteniendo la habitual provisión de alimentos, ni para fabricar explosivos y algodón pólvora. Sin embargo, con las minas alemanas, las conquistadas a los franceses y las adquisiciones de mineral a Suecia, el hierro no fue un problema.

El desarrollo de la química alemana, con el descubrimiento de un medio artificial para fabricar urea, y, a partir de ella, nitrato amónico para abonos nitrogenados, pocos años antes, permitió sustituir a los de origen orgánico de importación, así como de materiales explosivos y pólvora sintética. Sin tal desarrollo químico Alemania no podría haber entrado en guerra contra Gran Bretaña, sabiendo que ésta dominaría los mares, manteniendo una larga campaña, una movilización permanente en un largo conflicto, o el riesgo a que la situación degenerase en ello. A menos que consiguiera derrotarla, aniquilar su poder marítimo, en alta mar. El 3 de noviembre, Gran Bretaña declaró el Báltico zona de guerra, controlando incluso los buques de los países neutrales en aquellas aguas. Fue ampliando la lista de los productos que declaraba prohibidos, considerados “contrabando”, llegando a incluir en ella los cereales. Con lo cual dificultaba la amplia movilización de los imperios centrales, que habían dejado sin labriegos a los campos. Trataba con ello de potenciar la ventaja demográfica, comercial y naval de los aliados, y la escasa movilización realizada por el Reino Unido. Una vez que los imperios centrales agotasen sus silos, el hambre no tardaría en llegar. A pesar de que había sido la que más urgió la guerra, la Marina de combate alemana no había dado señales de vida. La gran Flota creada por Tirpitz, con tan altos costes, entre otros crearse enemigos, asustar a los británicos y forzarles a aliarse con Francia -lo que podía llevar a Alemania a la derrota- se demostraba inútil. Las unidades que estaban en aguas extranjeras habían debido huir, o fueron hundidas en los primeros meses. Como en la batalla de Cruceros de las islas Malvinas, tras dedicarse al corso los alemanes. Dos modernos Cruceros que estaban en el Mediterráneo se refugiaron en Constantinopla, donde realizaron una importante labor, al mantener cerrado el paso a británicos y rusos. Desde el primer momento Alemania trató de explotar la debilidad rusa, incitando a la revolución contra los zares. Portugal, fiel a su alianza con Gran Bretaña, participó en la guerra, tanto en Francia como atacando a las colonias alemanas en Africa. El 17 de noviembre la ofensiva de Flandes se dio por conclusa, sin resultados apreciables.

En diciembre también se estabilizó el Frente oriental, en una guerra de posiciones que, poco a poco, siguiendo la misma lógica que en Francia, debido al desarrollo tecnológico de las armas automáticas, fundamentalmente, y de la artillería, se convertía en una línea de trincheras, a lo largo del Niemen, al Oeste del Vístula y hasta los Cárpatos. Para entonces un dólar equivalía a 4’17 marcos alemanes. Fernando Iº fue coronado rey de Rumania. Al estallar la Gran Guerra, su Jefe de Gobierno, el liberal Ionel Bratianu, se apresuró a declarar la neutralidad de su país. Los imperios centrales contaban con la alianza de Turquía y Bulgaria. Con ellas pudieron impedir la llegada de armas, municiones y alimentos a los rusos a través del Mar Negro, lo que tendría efectos directos en quebrantar la resistencia de Rusia. La triple entente se amplió con Servia y Japón. Lyautey consiguió que Marruecos interviniese en la guerra en contra de Alemania. Un proyecto de internacionalizar el puerto de Tánger y su territorio fue obstruido por España, y la guerra mundial, durante 9 años. Igual ocurrió en Argelia. Sin embargo el jedive egipcio Abbas Jilmi IIº mostró tendencias proturcas, como único modo de liberarse del yugo británico. Así que el Reino Unido, imitando lo que había hecho Francia en Marruecos, proclamó su protectorado sobre Egipto, destronó al jedive y lo sustituyó por su tío, Jusain Kamil, al que designó sultán (¿con qué poderes o derecho?) para que se sintiese contento, aunque no le permitió intervenir en nada. A pesar de lo estipulado en la Conferencia sobre el Congo, la confrontación mundial llevó la guerra a Africa. Von Lettow-Vorbeck, con un ejército que nunca superó los 17.000 hombres, mantuvo en jaque, mediante estrategia de guerrillas, a cerca de 300.000 aliados, en su mayoría propietarios de granjas y plantaciones que se aprestaron voluntariamente, con sus propias armas, caballos y asalariados, en Africa Oriental, al estilo de lo que hicieron los boers contra los británicos en Sudáfrica. Como era de esperar, conforme dichas tropas fueron consiguiendo experiencia en combate, mejorando su disciplina, armamento, coordinación y tácticas, y recibiendo refuerzos portugueses e hindúes, arrinconarían a los alemanes, hasta despojarles de todas sus colonias africanas.

Tras tal experiencia, las tropas nativas, ya sin sus amos ni encargados blancos, salvo los que decidieron continuar la carrera militar, al menos mientras perdurase la guerra, pasarían a otros escenarios, principalmente al más relevante, a Francia. Rusia tuvo que retirar sus tropas de Irán para implicarlas en el Frente con Alemania. Turquía aprovechó la oportunidad e invadió Azerbaiyián.

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