1.479: La unión dinástica de Castilla y Aragón

Con 300.000 hombres inició su asedio, al tiempo que una Flota bloqueaba el acceso marítimo. Un desertor cristiano lo proveyó de una modesta dotación de artillería pesada, pero suficiente para, paciente y continuadamente, demoler sus murallas. Cada pieza era de tan inmensas proporciones que debía ser arrastrada por 20 bueyes. Defendían la ciudad 9.000 soldados, bajo el mando del genovés Giustiniani, llegado a la ciudad poco tiempo antes. Debían correr de una a otra brecha abierta por la artillería turca. Durante seis semanas permanecieron con la esperanza de recibir la ayuda de los demás reinos cristianos, que nunca les enviarían. Al descubrir los preparativos para el asalto, Constantino XIº comprendió que había llegado su hora. Organizó oratorios de los ciudadanos en Jaguia Sofia (“La Santa Sabiduría”) y procesiones por toda la ciudad, pretendiendo la intercesión divina, que tampoco iban a recibir. Rechazaron dos ataques nocturnos, pero al tercero, ya de día, Giustiniani fue mortalmente herido, lo que causó el pánico entre los bizantinos. Constantino XIº tomó el mando, luchando con su propia espada en las brechas, pero no pudo cambiar su destino. Es curioso que el Imperio Romano de Occidente terminara con Rómulo “Augústulo”, y el de Oriente con Constantino XIº, un milenio después, repitiendo los nombres de los fundadores de Roma y de Constantinopla, respectivamente. No es extraño que las profecías atribuidas a San Malaquías designen a Pedro Romano como el último Papa. Tras la muerte del emperador la ciudad fue saqueada. Exactamente mil años después de que el Papa León Iº consiguiese “asustar” (tal vez sobornar) a Atila, salvando a Roma de la posible conquista huna y su saqueo. El Imperio Romano-Cristiano de Oriente había resistido, sobrevivido, poco más de un milenio al de Occidente. La antigua Bizancio de los griegos, Constantinópolis o Constantinopla para los romanos y bizantinos, tan repetidamente atacada, desapareció de la Historia, ya que sus nuevos dominadores la redenominarían Istanbul, Estambul en castellano, haciéndola su capital.

Bajo este nuevo nombre parece que ha cambiado su suerte, ya que no ha vuelto a ser atacada en más de medio milenio, 560 años. Según la mayoría de los historiadores concluye con ello la Edad Media. Tal victoria convirtió a Mejmet IIº en el dirigente más admirado por los mahometanos. Lo que aprovechó para someter a su aristocracia: sus cabecillas fueron ajusticiados o huyeron al exilio tras confiscárseles su patrimonio. Sin embargo, como hacía Yenguis Jan, empleó su ejército para erigir nuevos edificios y restaurar los antiguos, reorganizar su trazado, ampliar sus calles, modernizar sus baños, construir barrios residenciales, puentes, acueductos y un mercado cubierto en el que buscaron asentamiento comerciantes de todo el mundo. Las mezquitas turcas introducen como anexo una casa de comidas para pobres, tal vez imitando las antiguas ceremonias del culto mazdeista, de los magos o sacerdotes zoroástricos, de la cómida fraternal, el ágape (que en griego significa amor delicado, afecto) de los griegos. En Estambul llegó a haber más de cien, que repartían 30.000 raciones de comida caliente cada día. Mejmet IIº fomentó el comercio internacional. Adoptó para ello una política de tolerancia religiosa y hacia los extranjeros que lo facilitase. Llegó incluso a autorizar a Venecia, rival y enemiga secular de los turcos, a que estableciese una misión comercial en dicha ciudad. En 1.454 heredó la corona Enrique IVº “El Impotente”, apodo posiblemente injustificado: se le conocieron muchas amantes, aunque no tuvo hijos con ninguna, por lo que, quizás, fuese más bien estéril. La nobleza levantisca mantenía que la heredera, la princesa Juana, era, en realidad, hija del favorito (secretario) privado o valido (que se vale de él, delegado; tradicionalmente se los ha considerado despreciativamente, en especial durante el franquismo, ya que no se podía comprender que no se ejerciese directamente el poder absoluto, pero son los antecedentes de los Primeros Ministros, Jefes del Gobierno o Presidentes del Consejo de Ministros) del rey, Beltrán De Las Cuevas, por lo que la motejaron como “La Beltraneja”. En 1.456 los húngaros pudieron conseguir una resonante victoria sobre los turcos, en Belgrado, posponiendo el peligro de su invasión. Karl VIIIº Knutsson se empeñó en someter a la nobleza sueca, por lo que, en 1.457, tuvo que salir huyendo.

Esta decidió elegir también a Cristián Iº, por lo que volvió a formarse la gran unión nórdica. En 1.458, a la muerte de Alfonso Vº, le sucedió su hermano Juan IIº, que ya era rey de Navarra. Los catalanes, que nunca habían aceptado la dinastía Trastámara, pues consideraban que, tarde o temprano, podía suponer la unión con Castilla, lo que rechazaban (otra demostración más del incremento del nacionalismo) tampoco aceptaron una posible unión con Navarra. Así que se produjo una auténtica rebelión popular, para cuya represión sería necesaria la ayuda de Luís XIº de Francia, quien iba a exigir la hipoteca del Rosellón y la Cerdaña en garantía del pago de dicha ayuda en solidaridad aristocráticas frente al populacho. A la muerte de Juan Hunyadi, su hijo Matías Corvino fue elegido rey de Hungría. Arrebató al Imperio Alemán Bohemia, Carintia y Estiria, fijando su capital en Viena. Quizás lo esperado por todos hubiera sido que Federico IIIº respondiese con la guerra, pero éste consideró que había otros métodos para recuperarlas, con menos coste y, quizás, de forma más perdurable. En 1.460 murió Enrique “El Navegante”. Para entonces Portugal contaba con una poderosa Marina, una moderna artillería, con novedosas técnicas de fundición y fábrica, también estudiadas e incentivadas por él, y estratégicos enclaves en las rutas del Atlántico oriental. Era un momento propicio: la Europa renacentista se hallaba en un periodo de prosperidad, mientras el dominio árabe en las costas orientales africanas, tal vez por su codicia, su sobreexplotación esclavista, había caído en el desprestigio. No es que los portugueses fueran más considerados, pero sus ballestas y armas de fuego se demostrarían más eficaces. Fue coronado emperador de Vietnam Le Zanj-tong, segundo de la dinastía Le. Fomentó la agricultura y el comercio, sentando las bases de la futura prosperidad. Impuso a sus súbditos el confucianismo, tras haber impuesto su antecesor el buddismo. Así que prohibió todas las demás creencias, y obligó a las autoridades locales a exponer y explicar a sus súbditos, en las fiestas, la nueva moral obligatoria. Publicó un Código Civil. Fomentó apasionadamente las ciencias y la cultura.

Hizo revisar y completar las viejas crónicas, recopilar los poemas populares, y hacer exámenes públicos, que, una vez aprobados, abrían a todos el acceso a los cargos superiores. Tras un final de reinado lleno de intrigas y revueltas nobiliarias, en las que se involucró su propio hijo, quien debió refugiarse en Borgoña, éste sucedió, en 1.461, a Carlos VIIº, que había conseguido engrandecer Francia, tras la casi completa expulsión de los ingleses, convirtiéndola en potencia europea de primer rango. La primera labor del hábil Luís XIº, recién coronado, fue acabar con la nobleza rebelde, a la que antes había apoyado contra su padre. El hijo del duque de Borgoña, Carlos “El Temerario”, había conseguido unificar, bajo la dirección del débil y pusilánime Carlos, hermano del rey francés, la Ligue du bien public, curioso y engañoso nombre, formada por los aristócratas de Bretaña, Armagnac, Anjou y los Borbones. Sin embargo, Luís XIº no tuvo ninguna dificultad en deshacerla. Moscú había aprovechado su supremacía sobre los permanentemente divididos principados rusos, absorbiéndolos unos tras otros. El mayor bocado fue Nichni-Novgorod, obtenido a principios de siglo. A la muerte de Basilio IIº, en 1.462, su hijo, Iván IIIº, apodado “El Grande”, ya heredó un gran reino, aunque no fuese reconocido como tal, ni él como rey, sino sólo Gran Duque o Archiduque. Se hizo llamar autócrata de toda Rusia. Consiguió mantener enfrentadas entre sí a las diversas hordas en que se había disgregado la federación de la Horda de Oro, con lo cual la ruta Norte, siberiana, hacia China, de la seda, quedó completamente impracticable, acabando con ello su fuente de ingresos y poder. Las más importantes de ellas eran la de Astraján y Crimea. Iván IIIº consiguió una alianza con el jan de esta última, Mengli Girai, y mantener a janes aliados en el poder en Kazán. Iván IIIº, que estaba casado con una sobrina del último emperador de Oriente. Adoptó el águila bicéfala bizantina (recuerdo del duplicado, dividido, Imperio Romano, y posiblemente aspiración secular a su imposible reconstrucción) y se consideró heredero, no sólo de dicho Imperio, sino de la misma Roma.

Moscú no sólo se empeñaría en ser la “tercera Roma”, sino en reunificar un Imperio universal, como misión evangélica, cristiana, durante siglos, cuando ya el resto del mundo rechazaba las ideas imperialistas… de los demás. Los territorios al Este de Moscú estaban despoblados. Iván IIIº desarraigó a los pequeños propietarios, forzándoles al cambio de residencia. Con ello les desligó de su sumisión señorial y les entregó nuevas tierras, de mínimas dimensiones y a cambio de obligaciones impuestas, que sólo debían agradecer (y temer perderlas, si no cumplían sus deberes, o no mantenían su fidelidad) al Gran Duque, de quien se convertían en directamente dependientes. Así se creó una nueva clase social intermedia de boyardos -que, al contrario que los grandes propietarios latifundistas, precisaban una alta productividad del campesinado- burgueses y comerciantes, lo cual impidió el desarrollo de corporaciones estables, tanto como la acumulación en príncipes, alta aristocracia y centros regionales y locales de poder, como ocurría en otros países. Con ello el Gran Ducado de Moscú se consolidó como mando centralizado, autocrático, superando las tendencias disgregacionistas de otras naciones. Pero también necesitado de un soberano resuelto a hacer uso y mantener vigente tal autoritarismo. En 1.463, comprendiendo la solidez del poderío turco, parte de Grecia intentó un acercamiento a ellos. Venecia respondió con violencia, atacando el Peloponeso para evitarlo, para demostrar que continuaba siendo una potencia naval temible. Mejmet IIº, por iguales razones, no podía consentirlo, por lo que se originó una nueva guerra entre turcos y venecianos, que duraría 16 años. Mejmet IIº tenía poder suficiente para, al mismo tiempo, apoderarse de las factorías genovesas en el Mar Negro. El imperio (o confederación: no hay una idea formada sobre ello) maya se deshacía en luchas internas. Todos luchaban contra todos. Tras su victoria sobre Mayapán, la dinastía Xiú abandonó su vieja ciudad de Uxmal y fundó Mani, que significa “Ya pasó”. El único superviviente de la dinastía de los Cocomes de Mayapán intentó mantener el poder de su familia en Tibulón. En 1.464 un huracán desoló todo el Yucatán, el antiguo “país del ciervo y del faisán”.

En 1.466, tras 13 años de guerra, todos los dominios teutónicos pasaron a poder de Polonia. Nació Desiderio Erasmo de Rotterdam, uno de los mayores precursores de la reforma lutherana, al lanzar contra la estrechez mental del clero católico las más mordaces diatribas. Aunque él era partidario de una reforma endógena, que respetase las tradiciones y jerarquías católicas, y terminó enfrentándose a los lutheranos. Así se puede comprender que fuese aceptado en las cortes de Enrique VIIIº de Inglaterra, Alejandro VIº, Julio IIº y León Xº, y fuese amigo de Santo Thomas More, el autor de “Utopía” (que, en griego, significa “En ningún lugar”) una isla donde el Gobierno era perfecto (posiblemente idealización de Inglaterra) y consejero del príncipe Karl Habsburg durante su infancia en Gante. También pretendía la reforma social, y la unión entre la ciencia libre y la fe. El reinado de Juan IIº de Castilla, su valimiento en privanza de Alvaro de Luna, la consecuente sublevación contra él y su degollamiento, sumió al país en todo tipo de injusticias y villanías. Los magnates andaluces guerreaban entre sí, pagando tropas granadinas, alternativamente, para zanjar sus discordias, lo cual sólo hacía renacer los deseos de venganza en los derrotados. El reino de Murcia marchaba a su aire, sin rendir cuentas a nadie de lo que allí ocurría. El reino de León estaba destruido por el Maestre de Alcántara. En el reino de Toledo, cuatro familias estaban en lucha por su predominio. Algo parecido ocurría en el Duero, donde la violencia era inaudita. Es normal que tal ambiente desembocara, tarde o temprano, en una terrible guerra civil. La posible herencia del trono de una mujer, cuya legitimidad era discutida o incluso negada, sería el fulminante para agrupar a quienes pretendían sacar provecho de uno u otro candidato. A los Reyes Católicos se les presentaba una dura herencia para poner orden sobre la aristocracia y el bandolerismo que el desgobierno había provocado. Los mongoles orientales, durante la época Ming, completamente separados de los occidentales, lucharon en Mongolia para recomponer un reino unitario.

Bajo el jan Dayan consiguieron cierto resurgimiento. Durante el sultanato del timurí Jussain Baiyara, y bajo su protección, Dchami, el último poeta clásico iraní, escribió grandes poemas didácticos y líricos, tratados de teología y mística mahometana, y una gramática árabe. La mala gestión, sobretodo financiera, de los chogunes Achikaga, las rivalidades dentro de su propia familia, y el ascenso de los señores de las regiones autónomas, que consiguieron disputar el comercio a larga distancia, estallaron en insurrecciones populares y una auténtica guerra civil, que se prolongaría durante más de un siglo, destruyendo por completo a Kioto. Enrique IVº se mostraba incapaz de dominar a la nobleza. Parte de ésta se negaba a admitir la herencia a favor de su hija, sobretodo tras el matrimonio de ésta con el heredero de la corona portuguesa, prefiriendo al hermano del rey, menor de edad, que preveían más fácilmente manipulable. El envenenamiento de éste no acabó con tal oposición, que pasó a apoyar a su hermana Isabel. Esto hace que, además de la tradicional sospecha contra Enrique IVº, que podía favorecer así los derechos de su hija putativa, no se pueda descartar la de aquella, que convivía con él. Sin embargo, en contra de tal hipótesis, está el posterior ataque de soldados contra su madre, que también convivía con ellos, en condiciones bastante humildes para sus derechos dinásticos, y que ya tenía síntomas de demencia. Al parecer, ésta fue violada en dicho asalto, lo que empeoró su locura. Posiblemente fuese un castigo o amenaza contra los contactos de Isabel con los nobles opositores. En vista de ello decidieron apoyarla económicamente, para que viviese en condiciones de mayor dignidad y seguridad. Se reclutó a cien jóvenes de familias aristocráticas, que, bajo juramento de fidelidad personal, constituyeron una unidad de caballería de guarda y escolta de la infanta y la reina madre.

Con ello se garantizaba, igualmente, la fidelidad de las familias a las que pertenecían, que con ello se habían decantado por un bando. Recibieron una profunda instrucción militar, puesto que se esperaba que fuesen el alto mando militar, de lealtad garantizada, de la futura reina. Isabel se encargó personalmente de las enseñanzas de latín y cultura, lo que tuvo una influencia directa en la consolidación del Renacimiento en Castilla. Entre dichos caballeros estaban Jorge Manrique y Gonzalo Fernández de Córdoba. En 1.468, una rebelión derrocó a Cristián, reinstaurando a Karl VIIIº Knutsen como rey de Suecia, con lo que volvió a disolverse la unión nórdica. La mejor jugada de Isabel de Castilla fue su matrimonio con el rey de Sicilia, Fernando de Aragón, en 1.469, que aseguraba una poderosa alianza, capaz de equilibrar la portuguesa de su contrincante. Como Enrique IVº presionaba al Papa Paulo IIº para que no emitiese la bula de dispensa de la consaguinidad de los primos, presentaron una falsificación aportada por el Cardenal protodiácono y Vicecanciller del Vaticano Roderic Llançol i Borja, que pasaría a la historia como Rodrigo Borgia, sobrino del anteriormente fallecido Papa valenciano Calixto IIIº. La muerte por envenenamiento del rebelde Príncipe de Viana había hecho a Fernando de Aragón heredero a la corona aragonesa, y también a la navarra. En su madre, segunda esposa de Juan IIº, siempre han recaído las sospechas del envenenamiento de su hijastro. Esto contribuyó a la guerra civil, que duró 50 años y acabó con la pujanza económica de Cataluña durante siglos, hasta que las hilaturas y tejidos de algodón, prohibidos en Castilla para favorecer la industria americana e impedir el peligroso transporte marítimo del algodón (al calentarse por el sol emite vapores de hidrógeno, como la paja y los rastrojos, inflamable y explosivo) le dieron ventaja comercial tras la unificación borbónica de los reinos hispanos, curiosamente denostada por los catalanes, a pesar de que fue la causa de su pujanza.

En uno de los episodios de dicha guerra civil, durante una noche, tanto la reina como su hijo, aún un niño, demostraron su valor, refugiados en una iglesia románica, que recorrieron animando a su guardia, que resistió hasta la llegada de tropas reales, contra todo pronóstico: todo un conjunto de hechos no previsibles que llevaron a sus tronos a los futuros Reyes Católicos, cuando a ninguno de los dos les correspondía legítimamente, ni sus probabilidades de conseguirlo eran creíbles. Carlos “El Temerario” había conseguido el apoyo de Inglaterra, Castilla, Aragón y, sobre todo, los Habsburg. A pesar de ello, Luís XIº lo forzó a un armisticio que, prácticamente, sometía Borgoña y los demás señoríos feudales semiindepedientes al Estado francés. Desde hacía dos siglos los juristas reales franceses teorizaban sobre la supremacía del monarca sobre los señores feudales. Luís XIº fue el primero en aplicarlo, puesto que contaba con la fuerza necesaria para hacerlo: el rey no debe su poder a nadie, por lo que sólo es responsable ante Dios, y es el único que puede hablar en nombre del bien público. Obsérvese que, en este contexto y época, se trataba de un principio progresista, antifeudal. A la muerte de Moctezuma Iº le sucedió Axayacatl (“El pálido rostro de agua”) el más violento de los soberanos aztecas. Conquistó Tlatelolco, que quedó incorporada a Tenochtitlán en su crecimiento: la Plaza de Las Tres Culturas, en pleno centro de Méjico Capital Federal, parece ser vestigio de dicha ciudad anexionada. Como había ocurrido con los romanos, bizantinos, turcos, etc., también los aztecas recompensaban con tierras a los soldados, lo que los forzaba a una constante expansión imperialista. El resultado, como era predecible, fue la remoción de la estructura social anterior, que pasó a depender de la aristocracia militar. Y, con ello, la implantación de un sistema autoritario. En 1.470, a la muerte de Luís XIº, le sucedió su hijo Carlos VIIIº, como rey de Francia.

En 1.471, Annam, la actual Vietnam, conquistó definitivamente el reino de Champa, que desapareció definitivamente. Para consolidar su dominio encarcelaron a 50 miembros de la familia real y 30.000 de sus súbditos. Los laosianos aprovecharon para atacar Vietnam, pero no sólo fueron repelidos sino que perdieron su capital, y su monarca fue perseguido hasta que traspasó la frontera hacia Birmania. Sixto IVº, finalmente, emitió la bula de dispensa de consanguinidad de las Reyes Católicos, ya que eran primos, retenida por presiones del rey de Castilla, Enrique IVº, hermanastro de Isabel. Esto significa que su boda principesca fue nula según el derecho canónico. Enrique VIº fue derrotado y encarcelado en la Torre de Londres, finalmente. Con elló concluyó la Guerra de las Dos Rosas. Allí murió, presuntamente asesinado, junto con su esposa e hijo. Ocupó el trono Eduardo IVº, instaurando la dinastía de los York. Alfonso Vº de Portugal consiguió la conquista de Tánger. Casimiro IVº impuso a Bohemia la elección como rey de su primogénito, Luís IIº, si bien inicialmente debió compartir su poder con Matías Corvino. En 1.472, el portugués Sequeiro “descubrió” (para los europeos: los africanos ya estaban allí, no sólo la habían “descubierto” antes, sino que la habían fundado) la ciudad de Benin, en el delta del Níger. Describió la magnífica Corte de su rey, al que tributaban honores divinos en sus ceremoniales religiosos, y del grandioso trazado, con anchas calles y casas bien construidas de adobe alisado como si fuese mármol, con pilares de madera recubiertos con placas de bronce con esculturas de animales, y las murallas de la ciudad. De ello derivó una estatuaria de bronce fundido a la forma perdida, acabado a cincel, sobretodo de asombrosas cabezas humanas, de tamaño casi natural, de facciones individualizadas, presuntamente retratos, perfectamente pulidos, estilizados, pero con todo el detalle de sus tocados, peinados y adornos.

También máscaras, figuras individuales o en grupo, placas, objetos de adorno y culto, campanas e instrumentos musicales, no sólo admirables por la perfección técnica de su elaboración y acabado, sino por la belleza artística. Igualmente tallaban en madera y marfil. Esta capacidad artística fue decayendo y perdiendo gracia y belleza, hasta desaparecer cuatro siglos después. Ante la injerencia veneciana en la rebelión de Dyunaid, Mejmet IIº no tuvo más remedio que enfrentarse a ella. Así, en 1.473, consiguió aniquilar un ejército de sus aliados, los Carneros Blancos, expulsando a éstos y a sus coaligados, los Carneros Negros, hacia Irán. Sin embargo apareció un nuevo movimiento sufí, radical, chiíta, que se caracterizaban por un turbante rojo con doce cuñas, simbolizando los doce chía o imanes, por lo que se les denominó “cabezas rojas”, dirigidos por un safaví. La nobleza militar azteca acaparaba los principales cargos de su imperio. A la muerte de Pachacutec le sucedió Tupac Yupanqui, uno de los Generales del Gran Inca de mayor éxito. Había conquistado el reino Chimú, tan poderoso y técnicamente evolucionado como el incaico. También conquistó Ecuador. Sin embargo su ímpetu expansionista quedó limitado en el centro de Chile, donde el pequeño pero valeroso pueblo araucano demostró firme resistencia. Por el Este se adentró profundamente en la Amazonía, con una expedición de 250 piraguas por los ríos Beni y Madre de Dios, su denominación actual. Sin embargo, sus guerreros no soportaron el mortífiero clima, por lo que también llegó a un límite su expansión. Por el Norte realizó la única expedición marítima de los indios, en balsas, durante un año, sin conocimientos de navegación, por el tempestuoso “Pacífico”. Se supone que estuvieron en las Islas Galápagos.

En 1.474, a la muerte de Enrique IVº, tras una larga guerra civil, con intervención de Portugal y Aragón en defensa de los derechos de sus consortes, Isabel venció a “La Beltraneja”, consiguiendo la corona de Castilla y, simultáneamente, acabar con el poder de parte de la nobleza más levantisca. La ambición de poder de Fernando ocasionó conflictos, alegando que en Aragón las mujeres no tenían derecho al trono. La firmeza de Isabel y la nobleza castellana, siempre contraria a la intervención externa, y, tal vez, pensando que una mujer era más fácilmente manipulable, llevaron al acuerdo de reinado conjunto de ambos monarcas, originando un caso único de colaboración y complementariedad matrimonial, que hicieron de los reinos hispánicos, partiendo de la desolación de las guerras civiles, de “reconquista”, e internacionales, la primera potencia mundial, si bien en parte gracias a la colonización americana. Reorganizaron el Consejo Real de Castilla, y afirmaron el poder de la corona sobre las ciudades al nombrar corregidores. Las Cortes castellanas cada vez se reunieron con menos frecuencia, sólo para subir los impuestos, por lo que no se convocaba a la nobleza, ni a la seglar ni a la eclesiástica, ya que eran clases exentas, francas de impuestos, y este tema no les atañía. Así se mermó aún más el poder de la aristocracia. Tampoco se convocaba a todas las ciudades: sólo a las que se suponía que sus representantes se someterían a los reyes. Si éstos mostraban exigencias u oposición, sus ciudades no eran convocadas en las siguientes reuniones. Así cada vez era menor el número de sus participantes, de los convocados, pues con sólo llamar a 14 ciudades, fuese cual fuese su tamaño e importancia, la convocatoria se consideraba válida, y se fomentaba el ambiente absolutista que acabaría en el llamado “levantamiento comunero”, mucho más complejo y extenso, con intencionalidad democratizadora, de lo que los historiadores acostumbran a desmerecer. Isabel consiguió del Papa Sixto IVº que transfiriese a los reyes castellanos la administración de las órdenes de caballería religiosas-militares de Santiago, Calatrava y Alcántara.

Como eran los principales terratenientes y ganaderos del país, con ello controlaban los suministros y precios alimentarios -lo que suponía una mayor seguridad frente a hambrunas y rebeliones- el impuesto de “los millones” -la más importante fuente de ingresos del reino castellano, por cada 1.000 cabañas de 1.000 reses, fundamentalmente de ovejas- la exportación lanera -la más importante fuente de divisas del mismo- y la mayor capacidad de reclutar, aportar y avituallar tropas al ejército. Carlos “El Temerario” pretendió recuperar su hegemonía, pero fue derrotado en 1.477 en Nancy, por tropas más numerosas de Lorena, Alsacia y Suiza. Luís XIº, con sus 10.000 infantes, entrenados por mercenarios suizos, se apoderó del Rosellón y la Cerdaña, que el rey de Aragón no pudo recuperar: la guerra entre Francia y España se iba a extender durante más de dos siglos, recorriendo todos los escenarios europeos. En Japón, un largo proceso había llevado a la nobleza cortesana y funcionarial a acaparar grandes fincas libres de impuestos. Para garantizar la explotación de las tierras, los señores feudales o sus administradores se rodearon de grupos guerreros, los buchi, procedentes del campesinado, pero perfectamente adiestrados como combatientes. Basadas en este estamento militar, que llegaría a hacerse poderoso, el poder basculó desde la aristocracia cortesana al poder militar, y del emperador (tenno) al chogunado, con lo cual los buchi vieron posibilidades de ascender en la escala social. Sin embargo, fueron los gobernadores militares, inicialmente nombrados por los chogún, quienes se convirtieron en verdaderos monarcas de las provincias que se les habían confiado. Se apoderaron de las propiedades de los buchi menos poderosos -muchos de ellos arruinados por los largos periodos de guerras- de la aristocracia cortesana, del tenno, y de los monasterios, convirtiéndose en daimió (“grandes nombres”) latifundistas.

Así el fin de la guerra civil que acabó con el poder de los Achikaga, no fue sino el principio de un siglo de guerras, en la que se aniquilaron mutuamente muchos daimió, de forma que los pequeños buchi, que contaban con fulminantes ejércitos de vasallos, se convirtieron en el estamento esencial, constituyendo nuevos daimió. Toda la sociedad imitó este estilo de vida militar. Por ejemplo, las mujeres perdieron su independencia económica y derecho a herencia, incluso su autonomía personal. Como la mayor parte de los buchi no podían dividir sus tierras, se hizo habitual que sólo existiera un heredero varón, que asumía la obligación de mantener al resto de la familia. En 1.479, a la muerte de Juan IIº le sucedió su hijo Fernando IIº, que ya era rey de Sicilia y consorte de la reina de Castilla, como rey de Aragón. Con lo cual los principales reinos hispánicos se unían en una misma dinastía. Esto ya había ocurrido varias veces en la Historia, pero esta sería la definitiva. Es curioso que dicha unificación, mantenida hasta la fecha, salvo los 20 años de la República Catalana, iba a transmitirse por vía femenina, a través de su hija, loca, incapacitada para ceñir la corona, y por el hijo de ésta, un belga-alemán, menor de edad. También es de reflexionar que el difunto Juan IIº había estado a punto de conquistar Castilla 50 años antes, si no hubiera sido por la intervención de la reina castellana, hermana del atacante rey aragonés, esposa del primo de ambos, Enrique IVº de Castilla. Y que Isabel Iª había sido designada heredera a la corona de Castilla por su hermano Enrique IVº en el Tratado de Toros de Guisando, por el que se comprometía a casarse con Alfonso Vº de Portugal, lo que habría evitado la guerra, civil y peninsular, y que ella incumplió al casarse con el infante de Aragón. Navarra la heredó la que pasó a la Historia como Leonor de Foix, o sea, Leonor Iª de Trastámara y de Evreux, que era Condesa consorte de Foix y Señora consorte de Bearn, en la Occitania o País Vasco francés, puesto que sus tres hermanas mayores habían sido desheredadas por ponerse de parte de su hermano, el fallecido Príncipe de Viana. Por el Tratado de Olite, Juan IIº había entregado a la heredera de Navarra, su hija Blanca, a su yerno Gastón de Foix, que la encerró en una torre durante dos años, hasta que murió. Más tarde Leonor se enfrentaría a su padre, por lo que éste asesinó a su valedor, el obispo de Pamplona, tras lo cual reafirmaron los acuerdos anteriores.

Sin embargo sólo “gozó” de su título durante 15 días, tras los cuales falleció. En su testamente reivindicó los derechos dinásticas de su hermano Carlos, el fallecido Príncipe de Viana (lo que significaba reconocer que ella no tenía derecho a tal herencia) y dejaba el trono a su nieto Francisco Iº “Febo” o “Febus” (o sea, “Apolo”, por lo guapo que era) el que se lanzaba al combate con su grito Febos avance!, en francés, recomendándole que pidiese la protección de su tío el rey Francia para defenderse de la ambición de su hermanastro, el rey consorte Fernando Vº de Castilla, IIIº de Nápoles y IIº de Aragón. Como la ley y la tradición aragonesa impedían el reinado de mujeres, en cumplimiento del anterior pacto matrimonial, Fernando IIº nombró a Isabel Iª de Castilla corregente de Aragón. Los portugueses habían decidido su expansión marítima, atlántica, ya que la castellana les impedía hacerlo por tierra, sin colisionar con tales posesiones. Así se adueñaron de las Islas de las Maderas (Madeiras) Azores (derivación del nombre dado por los pisanos, dado el color azul de los líquenes que pueden verse desde el mar sobre sus rocas) y parte de las Canarias, con la pretensión de monopolizar la ruta hacia Guinea y Sudáfrica, interceptando la ruta terrestre del oro africano occidental, y, a más largo plazo, la circunnavegación de Africa con intención de romper los monopolios mongol y árabe-persa hacia la India: la ruta de las especias. Según el sentido medieval cualquier rey cristiano tenía derecho a tomar posesión de los territorios de los infieles, puesto que se consideraba que el cristianismo presuponía un mejor derecho de posesión y propiedad. Tal visión encontró rápidamente objeciones de otras naciones europeas, puesto que colisionaban con sus propios intereses.

Para afianzar tales pretensiones hicieron que los Sumos Pontífices promulgasen bulas que, fundadas en la responsabilidad sobre la conversión de los paganos, las confirmasen, confieriéndoles el monopolio de navegación usque ad Indos. Conforme la intencionalidad castellana de conquistar parte del archipiélago canario resultó patente, se incluyó en el Tratado o Paz de Alcáçovas[1]-Toledo y las Tercerías de Moura (señorío de los Braganza, residencia de la infanta Beatriz de Portugal, que hizo de intermediaria) por las que Juana de Trastámara o de Castilla (“La Beltraneja”) que había pedido por carta que representantes de los tres estamentos de las ciudades deliberasen quién debía ser la reina, se daba por derrotada y renunciaba a la corona y a todos los títulos castellanos, podía escoger entre casarse (los Reyes Católicos había conseguido que Sixto IVº anulase la dispensa y, con ello, el matrimonio de los reyes de Portugal, tío y sobrina) con el heredero de los Reyes Católicos, su sobrino, cuando cumpliese 14 años, si éste entonces accedía a ello, o por enclaustrarse en un convento, que fue lo que escogió. Portugal recibiría un importante impuesto del tráfico naval castellano y la dote de más de 100.000 doblones de la hija mayor de los reyes castellanos, que se casaría con el heredero portugués. Ambas partes renunciaban a utilizar, reclamar y ejercer los títulos que tenían en el otro país. Castilla se quedaría con la totalidad de las islas Canarias, aún no terminadas de conquistar, y que se fija como límite Sur de su expansión y navegación (non plus ultra, como decían los tratados entre romanos y cartagineses) y Portugal con las islas Azores, Madeira, Flores, Cabo Verde, y los futuribles reino de Fez, Tingitánea y Mauritania, Guinea y La Mina de Oro (puerto de Gana, primordial para el alcance del Cabo de Buena Esperanza) y todo lo que descubriesen y conquistasen posteriormente en dichas zonas. Es decir, se trataba propiamente de ambición personal de los Reyes Católicos, pretendiendo una corona a la que no tenían derecho, y que tal coste, en vidas, sufrimientos, destrucción y económico tuvo para todos los reinos involucrados, ya que Castilla no obtuvo ventajas, todo fueron costes: mayores habrían sido las de una unión dinástica con Portugal. Ambas naciones se comprometían al respeto de las bulas papales. Porque ambas esperaban privilegios pontificios, especialmente Castilla y Aragón, dadas las posibilidades de acceso al Papado de Rodrigo Borgia.

A la muerte de Cristián Iº le sucedió Juan, que firmó el primer pacto ruso-danés en contra de Suecia. Los venecianos debían esperar que los mamelucos aprovechasen las muchas guerras de Mejmet IIº, apodado “El Conquistador”, para recuperar su independencia. Tal vez intentasen estimularlos en tal sentido. Pero los mamelucos no se atrevieron. Así que Mejmet pudo llevar su ejército hasta Venecia, que se vio obligada a firmar una paz en términos desfavorables. Con ello se abrían las puertas para su ambicionado plan de conquistar Italia. La muerte le impediría llevarlo a la práctica. En 1.480, una epidemia causó una gran mortandad entre los mayas, hasta el punto de que gran parte de las cosechas quedaron sin recoger: todo parecía confabularse para su rápida conquista por los españoles. En 1.481 Isabel y Fernando reinstauraron en Aragón, e introdujeron en Castilla, el Santo Oficio de Inquisición de herejes, la primera institución común para ambos reinos. Además de para tal fin, la usaron para investigar, controlar y reprimir la falsedad de las conversiones de mahometanos y judíos, e imponer el poder absoluto monárquico, incluyendo la religión única obligatoria. Aprovechando los enfrentamientos dinásticos y divisiones en el tributario reino de Granada, utilizando como excusa el impago de los impuestos, reiniciaron la “reconquista”, interrumpida durante casi cien años, acabando con ella, después de casi ocho siglos, en una última campaña militar que duró diez años.

A la muerte de Alfonso Vº de Portugal le sucedió Juan IIº. Leonardo da Vinci, al parecer hijo natural del señor de la ciudad que le da apellido, y de Mona (o Monna, diminutivo de Madonna, “Señora”, en italiano antiguo) Lisa (Gherardini, esposa de Francesco del Giocondo) o La Gioconda (“La Alegre”, en italiano) a la que hizo tres retratos, que se conservan en los museos del Louvre y del Prado y en Suiza, trabajó como escultor e ingeniero militar y civil para Ludovico “El Moro”, de la familia Sforza, duque de Milán. Debía hacer una estatua ecuestre monumental de Francesco Sforza, que no llegó a fundir, porque el bronce fue necesario para hacer cañones para defenderse de los franceses. Construyó puentes y fortalezas, diseñó canales, desviaciones de ríos casamatas fijas y sobre ruedas (antecedente de los tanques) y culebrinas (el arma de fuego más ligera y de menor calibre que había en su época, algo mayor y antecedente de los arcabuces, si bien los chinos ya usaban un fusil de caña de bambú, de escaso alcance y capacidad de penetración; las culebrinas se utilizaron en la galeras, que no podían transportar muchas piezas muy pesadas, para disparar contra la infantería de marina preparada para el abordaje) en paralelo o en abanico, antecedente de las ametralladoras. Fue el prototipo del hombre de formación universal renacentista: pintor, escultor, escritor, poeta, políglota, científico, arquitecto e ingeniero. Analizó todas las fuerzas de la naturaleza, escribió un manual de pintura y tratados sobre anatomía médica, los primeros que aportaron dibujos exactos sobre disecciones, óptica y mecánica.


[1] En español Alcazovas.

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