0044-Escisión y expulsión del judaísmo

Para los zelotes [1] y los nacionalistas radicales, que tramaban dicha insurrección, despertaba el interés de los romanos, antes de que ellos estuviesen preparados para un levantamiento masivo. El eu-anguelios, como en tantos otros puntos, es ambiguo, pues, mientras en unos pasajes asegura que traería la guerra, enfrentaría a unas familias y naciones con otras y entre sí, y haría que sus seguidores fuesen perseguidos, en otros aparece el influjo místico orientalizante, renegando de este mundo para centrarse en un reino celestial. Lo cierto es que debía molestar a casi todos, tanto a los que se esforzaban por tranquilizar a los invasores, como a los que pretendían la insurrección armada, debidamente planificada y dirigida, secreta. El Sanedrim lo condenó por blasfemo, al confesarse hijo de Dios [2]. Pero no tenía autoridad para ejecutar una muerte, por lapidación, según era tradicional, dadas las normas de ocupación romanas. Así que lo remitió al procurador. Sin embargo, como a los romanos los delitos religiosos les traerían sin cuidado, temieron que anulase la sentencia, con lo que quedarían desprestigiados ante los suyos, lo que podría estimular a los rebeldes.

De modo que lo presentaron como sedicioso, como aspirante a rey, cargo que había sido anulado, prohibido, por los invasores. Pilatos comprendió la envergadura del asunto, y la posibilidad de originar un nuevo levantamiento con ello, tanto si ratificaba como si rechazaba la sentencia anterior. De modo que remitió el caso a Herodes [3]. Es decir, aplicó el “derecho de sangre”, sobre la estirpe de David, al “derecho de suelo” o de residencia. Era el mismo “derecho de sangre” que alegaban los ciudadanos romanos para pedir su juicio en el foro de Roma, donde sus abogados podrían defenderlos, escapando de las leyes y jurisdicción locales, más primitivas y despóticas. Es el mismo derecho que invocaría Saúl de Tarso, consiguiendo en Roma su absolución. Herodes también comprendió el problema que se le presentaba. Podía atraerse la enemistad de los romanos o de los judíos. En ambos casos perdería la opción a conseguir la corona. Una corona que el propio acusado le disputaba: se presentaba como un competidor suyo, como otro pretendiente al trono. Por tanto forzó una confesión que le justificara ante los que pretendía que fuesen sus súbditos, llegando a abofetearle al considerar sus respuestas insolentes.

Y, consiguió que se reconociese como rey, aunque añadiera que su reino no era de este mundo, lo que interpretó como una confesión de rebelión contra los ocupantes romanos. Así que lo devolvió al procurador, puesto que era un delito que excedía de las funciones de Herodes, no un mero conflicto religioso. Con ello le devolvía la jugada. Pilatos, haciendo uso de la tradición de liberar un preso durante la Pascua, dio a elegir al populacho entre el acusado, que carecía de delitos de sangre y contra la propiedad, y el sentenciado terrorista Barrabás [4]. De esta forma delegaba la responsabilidad en el pueblo [5], lo que escenificó lavándose las manos. Al parecer fue condenado a crucifixión, lo que no está justificado para una insurrección no consumada. Tal vez fuese la pena impuesta a Barrabás, al que sustituiría. O por acomodarse a la petición popular. Al mismo tiempo se ajusticiarían otros dos “ladrones” [6] condenados. El tormento de la fijación en la cruz consistía en colapsar los músculos respiratorios hasta producir la asfixia. Para ello había que evitar que el ejecutado pudiese apoyar los pies en el fuste de la cruz, descansando su peso en él. O quizás sólo se hiciese así cuando se pretendía un desenlace rápido.

Como era el caso, si se les quería enterrar antes de que comenzara la noche del viernes al sábado, en que los fariseos exigían la interrupción extrema de cualquier tarea. La mejor forma de hacerlo, a mi entender, sería atando o clavando los tobillos a un travesaño no sujeto, que pudiera deslizarse, sin dar sujeción, por dicho fuste. Este puede ser los brazos cortos de las cruces griegas [7] y de Lorena [8]. Hay documentos que reflejan que dicha tortura podía durar hasta tres días. Sin embargo, en este caso, sólo duró poco más de tres horas. A los condenados se les dio a beber [9] de una esponja al extremo de una caña. Llegado el atardecer, el centurión que mandaba la guardia, que se identifica en el eu-anguelios como Longinos [10], descoyuntó las piernas a los dos “ladrones”, para impedir que pudiesen sostenerse en ellas [11], con lo que aceleraba su muerte. Sin embargo no lo hizo con El Jristos. Le clavó su propia lanza en el costado [12], del que manó agua y sangre. Esto es signo de coagulación, lo que, unido a que no reaccionó al clavarle la lanza, lo interpretaron como prueba de su muerte. La explicación de todo ello es que se le quiso enterrar antes de que llegara el sábado, día inhábil para los judíos ortodoxos para cualquier esfuerzo, incluso para evitar que un burro se ahogue.

Pero lo habitual era que los crucifijados permaneciesen pudriéndose a la vista de todos, para escarmiento público. Yúsuf de Arimatea, futuro obispo jristiano de Efeso, había adquirido, “recientemente” [13], una cueva para que sirviese de tumba, en un lugar desacostumbrado y remoto, a mitad de camino entre Jerusalem y el Gólgota, Calvario o Calavera. La injusticia de la condena, al contrario de lo que se esperaba conseguir, hizo que aumentase rápidamente el número de sus seguidores. Así que las autoridades religiosas ordenaron rápidamente una persecución contra ellos. A pesar de lo cual no lograron acabar con la secta, por lo que la represión se repitió en el 44. Durante ella se decapitó a Santiago, hijo de “El Zebedeo”. Tales persecuciones originaron otra diáspora [14], que reforzó el carácter misionero de la nueva secta. Surgen, por ello, comunidades en Antioquia, Alejandría, Cirenaica y Roma, entre otras. En el 49, ante los enfrentamientos en la comunidad hebrea, el emperador Claudio ordenó la expulsión de Roma de los jristianos. Quizás por ello, al año siguiente, coinciden Petrus y Saúl, por entonces redenominado Paúl [15], en Jerusalem, a pesar de la persecución de la ortodoxia judía hacia dicha secta.

Por aquel tiempo, los rabinos, alarmados por lo que se evidenciaba que podía convertirse en una guerra aniquiladora, se reunieron para acabar con todas las justificaciones religiosas a la violencia.


[1] En griego significa celosos en extremo, fanáticos, respecto de las normas religiosas.

[2] En realidad era una interpretación extrema. Desde el principio de la Biblia hay una distinción entre los hijos de Dios, descendientes de Sem o semitas, y los hijos del hombre, descendientes de Caín, o cainitas, marcados por castigo divino con el signo tau, primitivamente un aspa o X, más tarde una T o una cruz, en la frente. Era una forma de expresión frecuente entre los hebreos. No había, por tanto, un reconocimiento expreso de divinidad, que pudiera entenderse blasfemo. La ambigüedad de los eu-anguelios utilizan indiferentemente una u otra denominación, que debían escupirse entre sí las distintas sectas, interpretaciones y clases sociales hebreas de la época, apropiándose de “la buena”, la de hijos de Dios, sólo para ellos mismos, para los de su misma secta o estrato social. Dicha ambigüedad podría atribuirse al intento de encontrar adeptos entre una u otra facción, a dirigirse cada evangelista a una de ellas en concreto. O a ambas, en algunos casos, pretendiendo la unificación de todos los judíos y la más fácil expansión entre todos ellos.

[3] Este era etnarca, es decir, autoridad racial, para los judíos. Quizás fuese una anómala pervivencia de parte de las atribuciones reales, no derogadas, para todo el mismo territorio, superando los límites de su mandato como Gobernador, quizás para evitar la complicación directa del mando imperial sobre los conflictos entre civiles, pero que entraba en contraposición con el poder del procurador.

[4] En algunos textos figura como Barnabé, por lo que surge la duda sobre sí sería el mismo futuro diácono Bernabé, y las auténticas relaciones entre el jristianismo y el fanatismo terrorista.

[5] Tras intentar, fallidamente, contentarlo con un castigo menor, invocando al sentimiento de piedad.

[6] La versión griega les llama “bandidos”, que es el término tradicionalmente utilizado, incluso durante el franquismo, para referirse a los insurrectos o guerrilleros, cuando no quería reconocérseles como contendientes. Desde luego la cruz no era la tortura habitual para un delito menor.

[7] Los bizantinos los representan inclinados, lo que, a mi entender, sólo indica que no suponía un soporte fijo, sino que se deslizaba sin obstrucción. Sin embargo muchos interpretan que El Jristos era cojo, que tenía una pierna más corta que la otra. Así se observa en la Sábana Santa, aunque no con la desproporción que aparentan las cruces bizantinas de dobles brazos.

[8] Esta presenta cuatro brazos cortos, arriba y abajo de los dos más largos. Los dos de arriba podrían corresponder al presunto cartel de Yosuaj “El Nazreo” rey de los judíos, como figura en el texto griego, aunque en latín se refleja como nazareno, que se interpreta como oriundo de Nazaret, impropiamente, puesto que el derivativo gramaticalmente correcto sería nazaretano. De todos modos yo creo que la forma tradicional de la cruz es incorrecta: el modo más fácil, rápido, seguro, para soportar el peso de una persona, y barato de construir tal instrumento de martirio y ejecución de la máxima pena en forma de T.

[9] Para unos era vinagre con miel, para otros era hiel. En ambos casos serían productos coagulantes. Para alguien con problemas respiratorios, como era el caso de los que tuviesen los músculos respiratorios extenuados, supondría la muerte. Los distintos evangelios se contradicen sobre si aceptó o rechazó lo que se le ofrecía, si se trataba de abreviar la vida o reducir los sufrimientos. Una corriente crítica actual se pregunta si se trataba de un anestésico. Por ejemplo, como la hiel de un pez ¿el pez globo, el mismo que en Japón tiene prohibido comer el emperador, porque causa muchas muertes? que usan los ritos vudús para producir la catalepsia inducida, por lo que, dándolo por muerto, entierran a la víctima. A la noche, el vudú la desentierra y le dice que la ha resucitado, que es un zombi, por lo que debe considerarse su esclavo o lo devolverá a la muerte, tras lo cual se lo lleva al monte y lo utiliza en su beneficio. Por ejemplo, ordenándole que robe, que mate o que administre la pócima a nuevas víctimas. Por ello, en Haití, velan a los muertos durante mucho tiempo, hasta que comienza la putrefacción, asegurándose de que no se trata de un “conjuro”.

[10] Que había impedido que se troceara su manto, de paño caro, prefiriendo que se sortease entero. Más tarde sería obispo jristiano de Antioquia

[11] Lo que significaría que a estos “ladrones” no se les ató o clavó los tobillos al travesaño indicado, quizás pretendiendo que la tortura durase más tiempo, dejarlos sin desclavar toda la fiesta del sábado, el chabbaz, “cesar”, se supone que referido al trabajo, pero también a la creación divina. Los ortodoxos (en griego “correctos”, “auténticos”) sólo ponen el tercer brazo de la cruz, bajo el brazo mayor, en la central, de las tres que escenifican la crucifixión.

[12] Algunos creen que la herida fue en el hígado, donde se acumula sangre y agua. Así aparece en la Sábana Santa, que está toda ella manchada de ambos líquidos, mezclados pero no en disolución, lo que indica que provienen de un cadáver o de hemorragias que han comenzado a coagular. Aunque la más frecuente iconografía tradicional apunta al pulmón o músculos respiratorios del costado derecho, lo que parece cuadrar mejor con la expresión literal de alguno de los evangelios.

[13] Tal vez el mismo día. Hay quienes deducen de todo ello una conspiración para evitar su muerte, desenclavarlo aún vivo, aunque paralizado. En Calcuta se afirma que sobrevivió y huyó hasta allí, donde consiguió nuevos discípulos, y enseñan su tumba “auténtica”. Ya anteriormente había huido a Siria, predicando en Tiro y Sidón, debido a una persecución de Herodes. Posiblemente coincida, aunque alterando la cronología de los acontecimientos, con lo que se relata en el eu-anguelios como la presencia en la boda de Canaam. En tal circunstancia el retorno a Jerusalem podría interpretarse como un desafío suicida, con voluntad martirial. O bien confianza en que el aumento de prosélitos, realizados por los apóstoles, le garantizase inmunidad, ante el temor de una posible insurrección, si fuese apresado. Lo que no llegó a producirse, como tampoco en el caso de “El Bautista”.

[14] ¿Diseminación de esporas, de semillas?

[15] ¿Trataba de imitar a Simón, que había cambiado su nombre por el de Petrus? ¿Lo harían como pseudónimos, como “nombres de guerra”, de la clandestinidad, para escapar de las persecuciones? ¿Por qué esa reiteración en que dichas redenominaciones o apodos comenzasen con la letra p?

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