1.806: Las invasiones británicas del Rio de la Plata

Lo que no logró, debido a la deserción de los milicianos, y a que los comerciantes de la ciudad le exigieron que lo entregara, puesto que los británicos amenazaban con impedir el tráfico portuario hasta recaudárselos a ellos directamente: el más puro estilo de secuestro y piratería marítima gansteril, como ha hecho siempre Gran Bretaña en su dominio del mar. En Londres se dijo que era una contribución voluntaria de los ciudadanos en compensación por el libre comercio ¿Hubo una maquinación entre los comerciantes y los británicos a tal fin? Los historiadores no aportan pruebas sobre tal cuestión. Uno de los altos Oficiales británicos, el Comodoro Popham, debía grandes sumas a un comerciante bonaerense, que le pasó la información del depósito, con cuyo botín podría saldar su deuda. Los miembros del Consulado juraron fidelidad a la dominación británica, excepto Manuel Belgrano, que expuso que sólo aceptarían a los antiguos amos o a ninguno, y huyó. Se plantea así una de las grandes contradicciones hispanoamericanas, que aún perdura: ¿se trataba de “independizarse” de España o de cualquier imperialismo extranjero? Jacques (Santiago) Liniers, un francés Oficial voluntario en la Armada española (su hermano mayor, marqués de Liniers, era un rico comerciante de Buenos Aires) destacado en la conquista de Menorca y los sitios de Mahón y Gibraltar, ascendido a Capitán de navío por el apresamiento de un buque corsario británico y por la organización de la flotilla de cañoneras de Río de la Plata, había sido enviado, con la mayor parte de las tropas, a Montevideo, cuyo puerto, de mayor profundidad, era más practicable, recibía mayor tráfico y se consideraba objetivo principal británico. El cabildo de Buenos Aires multiplicaría sus ingresos por catorce los siete primeros años del siglo, debido al comercio con los países neutrales, dado el bloqueo y contrabloqueo de británicos y napoleónicos. La imposición del libre comercio por los invasores, en contra de lo que se suponía y propagaba, hizo estragos entre los comerciantes de la ciudad, que, para entonces, contaba con 45.000 habitantes -cuando Nueva York tenía 85.000- buena parte de los cuales se dedicaban a dicha actividad.

Así que españoles y criollos –“blancos de la (otra) orilla”, como se les denominaba en aquella época- bonaerenses, dirigidos por el monopolista (contrario al libre comercio) rico comerciante español Martín de Alzaga y el criollo de ascendencia francesa Juan Martín de Pueyrredón, organizaron lo que se llamaría Reconquista, fabricando granadas caseras. Liniers, con la ayuda del Gobernador de Montevideo, Pascual Ruiz de Huidobro, ocultándose bajo una tormenta, como haría la Flota de invasión japonesa de las islas Jauaii, cruzó el Río de la Plata sin ser visto, consiguiendo con las milicias populares la rendición de los británicos en el fuerte de la ciudad. La Real Audiencia de Buenos Aires, ante lo que consideraron abandono del virrey, debido al asentamiento de Sobremonte en la Banda Oriental, se hizo cargo el poder civil y nombró Capitán General de Río de la Plata a Liniers, que, poco después, también asumió el mando civil. Comienza con ello la etapa que los historiadores denominan emancipación, nombre que considero inapropiado. Yo la denominaría insumisión, ya que, por una u otra causa, se incumplían las normas legales, la cadena de mando, la jerarquía institucional, aunque aún no se tenía claro con qué fín, sino sólo atendiendo a lo más inmediato, a salir del paso en las circunstancias excepcionales que se atravesaban. Es cierto que los elementos criollos más concienciados se prestaban a un doble juego. Aprovechándose de tales circunstancias, alegando la defensa de los territorios imperiales, incitaban a tales actos formalmente insumisos, sabiendo que facilitaban con ello la futura independencia, pero sin desenmascarar sus intenciones, ocultando las consecuencias que todo ello iba a provocar. Y todo esto antes de que la corona española se estuviese regateando entre unos y otros, por lo que tal hecho no puede aducirse, en esta etapa y en esta zona, como justificación del independentismo, que es lo que se hace de ordinario. La Flota que Beresford había pedido en su ayuda llegó tardíamente desde El Cabo. Pero no se volvió de vacío. Comenzó el asedio a Montevideo, ya que la guarnición que los españoles habían enviado para su defensa había regresado para reconquistar y proteger Buenos Aires. En 1.807, en la batalla de Eylau ni franceses ni rusos obtuvieron la victoria.  Era la primera vez que le ocurría algo semejante al ejército de Napoleón.

Sin embargo se desquitó en Friedland, tras la cual Alejandro Iº se vio obligado a firmar la Paz de Tilsit, tanto como Prusia. Esta quedaría reducida a los territorios al Este del Elba, cediendo a Rusia y al ducado de Varsovia, establecido por Napoleón, los territorios polacos que ocupaba desde 35 años antes. Gdansk, Danzig para los alemanes, que eran mayoría en ella, se declaraba “ciudad libre”. Todo un antecedente de la causa directa, inmediata, la excusa, para la IIª Guerra Mundial. Aunque, incoherentemente con dicha declaración de “ciudad libre”, debía admitir una guarnición francesa. Lo que a los polacos les parecía de maravilla, que “garantizaba su “independencia”… respecto de los anteriores ocupantes repartidores. Prusia debía pagar indemnizaciones de guerra, permitir la presencia de guarniciones francesas y reducir su ejército a 42.000 hombres. Todo ello iba a repetirse tras la guerra franco-alemana y la Iª Guerra Mundial, por ambos contendientes, alternativamente, como venganza mutua. Napoleón obligó a Talleyrand a dimitir como Ministro de Asuntos Exteriores. Con los territorios prusianos al Oeste del Elba, Napoleón fundó el reino de Westfalia, que no se integraría en la Confederación del Rin. Le unió Brunswick, el antiguo electorado de Hessen y Hannover,  e impuso como su rey a su hermano Jerónimo. Con ello todos los hermanos y hermanas de Napoleón, o eran reyes, o se habían casado con miembros de antiguas dinastías. Para entonces había designado, además de los más distinguidos nombramientos de tres años antes, 31 duques, 451 condes y 1.500 barones: una nueva aristocracia nacida de la revolución y agradecida a su emperador, que, aunque recibiría las burlas de los liberales y la rancia nobleza, iba a tener trascendencia en el devenir político francés durante todo un siglo. El retorno de la monarquía y la aristocracia. La revolución traicionada. Había tejido tal intrincado entramado en Europa que todos debían estarle agradecidos, colaborar con él para defender lo conseguido, o temerle que les arrebatase lo que les quedaba. Este era el caso de Austria y Prusia. Allí von Stein fue acusado de jacobinismo, viéndose obligado a dimitir como Ministro. Sin embargo Napoleón obligó a que fuese repuesto en el cargo seis meses después. Fue entonces cuando von Stein promulgó la liberación de los campesinos de la sumisión hereditaria.

Anuló los privilegios de los gremios y consejos municipales, imponiendo la elección democrática de concejales, que debían proponer una terna para que las autoridades superiores designaran al alcalde. El control de la economía, la enseñanza, la asistencia a los pobres y la policía eran competencia de las ciudades prusianas. Simultánea y contradictoriamente el espíritu revolucionario continuaba inundándolo todo, especialmente en la Confederación del Rin, la más influenciable por la ascendencia francesa. Baden se transformó en un Estado moderno, con Ministerios y funcionarios públicos especializados, una democracia centralizada, a la francesa, garantías de libertad de acción al ciudadano, libertad de comercio y de religión, igualdad fiscal y jurídica, y control Estatal sobre las instituciones religiosas y la enseñanza. Incluso llegó a aplicarse el Código napoleónico. En Baviera, Montgelas impuso la vacunación gratuita contra la viruela. Sin embargo, como en ningún Estado centroeuropeo había habido una verdadera revolución, nada de esto mermaba el poder de sus monarcas, imponiendo ninguna institución democrática. “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. De modo que era mucho más parecido al reformismo despótico de los ilustrados que a la revolución propagada por los enciclopedistas. En cierta forma, igual que ocurría en el imperio de Napoleón. Aunque no habían disminuido su poder Rusia, Gran Bretaña, Suecia y Dinamarca, parecía que el único enemigo declarado, en pie, que persistía en guerra, era Gran Bretaña. Y sólo se atrevía a hacerlo en el mar, sin osar el envío de tropas al Continente. Decisiva fue su prohibición de la trata de esclavos. Aunque no prohibió su tenencia. De todos modos esto afectaba a los Estados (o tribus) negreros africanos, así como a los europeos dedicados a tal negocio, que, como se veía venir por lo debates ideológicos y humanitarios, tuvieron que replantearse su actividad económica. En concreto los boers se enfrentaban a perder su mano de obra negra. Las sucesivas crisis económicas contribuyeron a la baja de los salarios europeos, a través de la competencia del “ejército de reserva” de desempleados, como le llamó Marx. También apoyó el desarrollo capitalista la reducción de costes de producción favorecida por una propiedad intelectual e industrial “liberales”, que convertía los inventos en negocios mediante la exclusión legal de competidores.

A partir de entonces, los inventores ya no serían, la mayor parte de las veces, soñadores hambrientos, desinteresados en su creatividad, necesitados de mecenas filantrópicos, sino profesionales de tecnología aplicable a las empresas, que podían comercializar gracias a la protección que le otorgaba el derecho de patente. El caso más paradigmático sería Thomas Alba Edison. A partir de él fueron las propias empresas o los Estados los que se dedicaron a la investigación tecnológica, en búsqueda de ventajas monopolísticas o militares. Si bien tal investigación es un coste añadido para las empresas, también supone una barrera legal contra las pequeñas, que no podían pagarlo, o los otros Estados, a los que se negaba la venta o cesión de derechos. Tras la Paz de Tilsit, el fluctuante Alejandro Iº se había hecho amigo de Napoleón, por lo que impulsó una nueva época de reformas en su imperio.A pesar de las múltiples derrotas sufridas ante los europeos, los turcos aún conservaban las penínsulas balcánica, desde la orilla Sur del Danubio, y anatólica, todo el mundo árabe hasta Irak, y el Norte de Africa. Desde la Paz de Yassy, comprendiendo que su imperio había quedado rezagado en el terreno tecnológico, y en la capacidad de crear entusiasmo en sus ciudadanos, iniciaron toda una serie de reformas radicales. Lógicamente, la que más necesitaban era la del ejército. Imitaron a los europeos en armamento, adiestramiento táctico, organización y disciplina. Sin embargo, quizás para evitar oposición, mantuvieron la estructura antigua, y sólo modernizaron a un 10% de las tropas, unos 10.000 efectivos. Con lo cual, tampoco consiguieron impedir la hostilidad de aquella. Así, dicho año se produjo una rebelión de los genízaros, que fueron temporalmente disueltos. Pero consiguieron derrocar a Selim IIIº. Le sucedió Majmut IIº, que continuaría las reformas. Sin embargo estos dos sultanes aún insistían en la línea de viejos proyectos anteriores, de atribuir nuevas funciones a las antiguas instituciones, aunque eliminando la corrupción y el nepotismo. Sus sucesores, durante el resto del siglo, experimentarían líneas distintas. En Ggana la confederación militarista Achanti inició sus ataques contra los fanti de la costa, que durarían 9 años. Freetown, “La ciudad libre” (en Sierra Leona) pasó a ser colonia de la corona británica. Ante la desidia británica en colaborar con los iraníes en la defensa de sus intereses frente a los ataques rusos, Faz Ali cambió de alianza, pactando con los franceses.

Sin embargo, al acordar éstos el Tratado de Tilsit con Gran Bretaña se produjo una inesperada triple alianza, que emplearon en luchar contra Rusia. Robert Fulton estableció en la bahía de Hudson el primer buque de vapor propulsado por paletas comercialmente viable. Ni Francia ni Gran Bretaña respetaron la neutralidad de Estados Unidos, abordando sus buques y apresando lo que consideraban comercio con el “enemigo”. Además, los británicos buscaban desertores de sus naves. Como tenian gran necesidad de marinos, consideraron como británicos a algunos estadounidenses. Esto originó varios enfrentamientos. Queriendo evitar una guerra en altamar, Jefferson prohibió el comercio marítimo, lo que fue más oneroso para Estados Unidos que para Francia o Gran Bretaña. Bolívar regresó a Caracas. Dadas las circunstancias que se producían en el Continente, el núcleo independentista lo envió a Londres, a pactar la ayuda británica. Obsérvese que, inicialmente, el independentismo venezolano no tenía escrúpulos en caer bajo la sumisión del imperio británico, mientras que el argentino se enfrentaba a él, aliado con los leales al imperio español. En poco tiempo las tornas iban a cambiar. En Londres, Bolívar contactó con Miranda, al que convenció de abandonar sus concepciones imperiales y propugnar el republicanismo, como en Estados Unidos. En cambio llegó al acuerdo con éste de luchar por una Gran Colombia, federal o confederal, al menos de toda Sudamérica, idea que terminaría siendo impracticable. Otra Flota británica aportó refuerzos para rendir Montevideo. También los llevó, de la argentina Córdoba, el virrey Sobremonte, para su defensa. Pero el cabildo no le abrió las puertas, alegando que el mando militar lo ejercía su Gobernador, Ruiz Huidobro: la insumisión adquiría carácter de confrontación, en momentos tan decisivos. Sobremonte tuvo que hacer frente, en campo a abierto, a fuerzas británicas muy superiores. Pidió ayuda a la ciudad y, al no recibirla, abandonó la batalla. Este hecho sería presentado nuevamente por los independentistas como una dejación de funciones, un abandono del poder imperial español. Ruiz Huidobro, que tampoco contaba con guarnición suficiente para resistir el ataque por sí sólo, pidió ayuda a Buenos Aires. Por si fuera poco las tropas salieron extramuros en desorganizado contraataque, por lo que el pueblo debió participar en la defensa. Pese a lo cual, tras muchas bajas, la ciudad fue tomada.

Liniers había vuelto a cruzar el río con tropas que hubieran sido suficientes, de haber podido sumarse a la guarnición. Pero llegó tarde y decidió regresar. Así que los británicos tomaron también la Colonia del Sacramento y otras ciudades de los alrededores. A pesar de los esfuerzos del consulado de Buenos Aires, las mercancías británicas inundaron el virreinato, incluso Brasil, desde Montevideo. Los propios comerciantes montevideanos, que se beneficiaban del contrabando, pidieron al virrey que no contraatacase, para así “favorecer el intercambio comercial”. Ante tales hechos, en Buenos Aires se convocó un “cabildo abierto”, en el que, bajo apariencia institucional, podía participar quien quisiera, aunque, claro está, los trabajadores por cuenta ajena estaban sujetos a su jornada laboral, de frma que era mayoritaria la burguesía comercial criolla. Dispusieron constituirse en Junta de Guerra, anticipándose a la creación de las Juntas Provinciales españolas, y presionar a la Real Audiencia para que, sin tener atribuciones para ello, depusiese a Sobremonte, lo encarcelara y sustituyese por Liniers. La insumisión tomaba caracteres tremendamente peligrosos. La Audiencia intentó nadar entre dos aguas. Hizo público que Sobremonte había renunciado por problemas de salud, y nombró a Ruiz Huidobro, español y Gobernador de Montevideo, para sustituirlo. Beresford, desde su encarcelamiento, mantenía contactos con los independentistas, que veían una oportunidad en la invasión británica, por lo que fue enviado al interior. Los independentistas atacaron al destacamento y permitieron la huida de Beresford, a cambio del compromiso de que atacara Buenos Aires, que se le entregaría. Lo que éste no cumplió, sino que se fue a Londres. Sí lo hizo otra Flota británica, procedente, como las anteriores, de la colonia del Cabo de Buena Esperanza, recién conquistada definitivamente. La Corte española, intentando dar legitimidad a los acontecimientos, declaró a Ruiz Huidobro virrey interino. Sin embargo, éste, apresado por los británicos, había sido enviado a Londres. Así que la Audiencia, para sustituirlo, nombró a Liniers, el militar de mayor graduación, como pretendía la sitiada Buenos Aires. La insumisión comenzaba a transitar a una nueva etapa, que tampoco puede calificarse directamente de independentismo, ya que estaban dispuestos a aceptar, al menos, la tutela “aliada” británica: un cambio de amos.

Los británicos contaban con que la ciudad se les rendiría, según habían pactado con los independentistas, por lo que, tras dar un plazo para que lo hiciesen, se ordenó avanzar sin abrir fuego hasta que se llegase al fuerte. Su alcalde, Martín de Alzaga, empleó este tiempo, de día y de noche, en preparar barricadas, trincheras y pozos de tirador en las calles. Liniers se unió al esfuerzo con un importante contingente. La tradición dice que los ciudadanos arrojaban aceite hirviendo desde sus ventanas. La prensa londinense informó que se lanzaron piedras y ladrillos. Lo que sí parece probado es que disparaban desde ellas. Los británicos debieron refugiarse en la iglesia de Santo Domingo, donde aceptaron la capitulación, que les comprometía a abandonar Montevideo y la Banda Oriental, todos los territorios ocupados. El orgullo británico quedó seriamente afectado, y Wellesley preparó una fuerza de invasión para repetir la jugada al año siguiente, asesorado por Francisco De Miranda. En tal ocasión se dividiría el desembarco entre Río de la Plata y Méjico, y no se presentarían como conquistadores sino como libertadores. Se establecería una monarquía constitucional, con dos Cámaras legislativas, como en Inglaterra. Los representantes de la Cámara baja serían eligidos por los cabildos y los terratenientes. El resto de instituciones se respetaría. Sin embargo, el cambio insospechado de los acontecimientos haría más rentable el empleo de tales tropas en Portugal y España. En tres años el imperio napoleónico alcanzaba los límites del de Carlomagno. Excepto por el Sur. Por España. Como el regente de Portugal se negaba al bloqueo del comercio británico, se llegó al Tratado de Fontainebleau, que suponía la conquista y reparto de su territorio: el Norte para el rey de Etruria, yerno del de España, el Centro para compensar a éste por las colonias y territorios perdidos (entre ellos se indicaba a Gibraltar) además del título, concedido por Napoleón, de Emperador de las Américas -¿Con qué atribuciones podía nombrar Emperador? ¡Con las mismas con las que se había proclamado a sí mismo y nombrado otros reyes! ¿Qué utilidad tenía, en qué beneficiaba, tal título?- y el Sur para Godoy, como rey de los Algarves. Pero Napoleón iba a seguir granjeándose enemigos. El Príncipe de Asturias escribió una sumisa, asqueante, carta, en la que le pedía ayuda para derrocar a sus padres. Incluido Godoy.

Parecía que aceptase ser vasallo del revolucionario emperador, como habían hecho otros reyes y dirigentes, a cambio de la corona. Incluso le pidió la mano de alguna mujer de la familia Bonaparte, puesto él que estaba viudo. Esto podría explicar una depresión nerviosa en una persona normal. Pero parece que el Príncipe de Asturias era un desalmado, carente de apego hacia nadie. Fuese o no apoyado por Napoleón, lo cierto es que participó en una conjura contra sus padres. Fuese o no delatado por aquél, lo cierto es que Godoy lo supo y llevó a juicio al heredero al trono. Algo realmente revolucionario. Es lo que se conoce como proceso de El Escorial. El Príncipe, vil y rastrero, como siempre, se asustó, porque comprendía que estaba en juego su derecho sucesorio. Quizás lo que Godoy desease. Así que pidió perdón y clemencia a sus padres y al propio Godoy, delatando a todos sus conjurados. Hubiese sido bastante con ello para que nadie hubiera vuelto nunca a fiarse de él, a desearlo como rey. Pero una serie de circunstancias iban a alterar el curso lógico de los acontecimientos. Por un lado el tribunal se veía en el dilema de asumir que el Príncipe era estúpido, que lo habían engañado, que era inocente, y condenar a los demás. O que el Príncipe era subnormal y que no podían tomarse en cuenta sus acciones ni sus acusaciones, absolviendo a todos los implicados. También era un problema condenar a un heredero al trono, algo realmente revolucionario. Pero lo más importante es que el tribunal estaban formado por partidarios de “La Camarilla” ¿No lo sabía el Príncipe?

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