1.740: La Guerra de Sucesión Austríaca

Esto obligó a los rusos, a pesar de sus victorias, a aceptar una paz de compromiso en Belgrado, por la que recuperaron Azov, que había quedado realmente en condiciones de ser demolida. Ya para entonces se había constatado la decadencia militar de Austria, que perdió Lorena a favor de Francia, como resultado de la Guerra de Sucesión de Polonia. El chaj Nadir conquistó Lajore, derrotó al Gran Mogol Mujammad y tomó Deli, donde capturó fastuosos tesoros, además del fabuloso trono del pavo real, que se llevó a Persia. Declaró a los chiítas duodecimanos o de los 12 imanes (por los 12 sucesores de Alí, el último de los cuales es el Majdi, que permanecería vivo y oculto desde el año 874, y que reaparecerá al final de los tiempos) que representa entre el 80 y el 85% de esta secta, como quinta escuela jurídica ortodoxa sunní, y, además, exigió de los otomanos que así lo reconociesen. Esto provocó disturbios internos y recrudeció la guerra fronteriza. Se restableció el virreinato de Nueva Granada. En 1.740 murió el emperador Carlos VIº, sucediéndole su hija María Teresa, como tenía establecido con su Pragmática Sanción y habían reconocido todos los Estados, excepto Baviera y Sajonia. El sistema de alianzas para garantizar tal sucesión, pacíficamente, sin contar un desincentivador ejército propio, era precario, dados los constantes incumplimientos de los pactos y cambios de bando que se producían. Baviera y Sajonia tenían posibilidades de heredar el imperio si se excluía la línea femenina, que era lo que se había hecho tradicionalmente, así que no reconocieron a la nueva soberana. Francia, como Carlos VIº había temido, lo consideró una nueva oportunidad para acabar con el poder austríaco. Así que apoyó a Baviera y a Sajonia en sus pretensiones, que, analizadas racionalmente, eran contrapuestas entre sí. Un triunfo de los aliados de Francia podría significar la recuperación de este país como potencia internacional, e Inglaterra no deseaba que formase de nuevo alianzas, poniendo en peligro su expansión colonial y mercantil ultramarinas. Murió Federico Guillermo Iº de Prusia. Le sucedió el príncipe Federico, que pasaría a la Historia como Federico IIº “El Grande”.

Sus primeros actos de Gobierno parecieron confirmar todas las esperanzas que los ilustrados habían depositado en él, a raíz de sus escritos. Abolió la tortura, promulgó el primer Código moderno de Derecho Común prusiano, que garantizaba la tolerancia religiosa y el fomento de la educación y la cultura. Declaró la independencia judicial, de modo que ni siquiera el rey pudiese intervenir en sus decisiones, fijando la retribución de los juristas. Introdujo el principio de la igualdad jurídica, ante la Ley -Al suprimir tales últimas palabras en la actualidad queda caricaturizado a un uniformismo injusto e incluso imposible ¿Pueden ser iguales sexos diferentes, por ejemplo?- hoy violentado por el retrógrado mecanismo de la “discriminación positiva”, como si ninguna discriminación pudiese ser positiva, en su conjunto, para todos. Suprimió la compra de cargos e introdujo exámenes oficiales. Promulgó un Código Procesal General unificado para toda Prusia, así como el Codex fridericianus, regulando el sistema penal y penitenciario. Con todo ello se evidenciaba la diferencia entre el absolutismo policíaco y el Estado de Derecho de la Ilustración. Sin embargo no disminuyó su poder absoluto ni cambió la organización estamental prusiana (lo que se refleja en la frase “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, puesto que se justificaban todas las modernizaciones como beneficiosas para el pueblo, pero se negaba a admitir ningún sistema representativo; en realidad todos los progresos que se deseaban, económicos, productivos, educativos, científicos, tecnológicos, etc., terminaban beneficiando al déspota, bien produciendo un ejército más victorioso, aumentando los impuestos o el agradecimiento popular, como había teorizado el propio Maquiavelo) contraviniendo además lo que había escrito sobre la guerra justa en su “Antimachiavelli” al invadir Silesia y participar en los ataques a Austria. Amplió el ejército permanente hasta 160.000 hombres en tiempos de paz, que podía aumentar hasta los 200.000 en caso de guerra, sobre una población total de unos 5 millones de habitantes. La nobleza siguió disponiendo ilimitadamente de sus bienes, ocupando los cargos más elevados del ejército y la administración.

Había terminado aceptando el despotismo, la exclusión a participar colectivamente en las decisiones políticas, aunque sí lo hacían individualmente quienes gozaban de la confianza del rey y se plegaban al poder de éste, puesto que garantizaba sus privilegios seculares. A imitación de Francia, tenía prohibido participar en el comercio o la industria, que se consideraban actividades innobles, impropias de un aristócrata. Con lo cual se garantizaba que la burguesía ganara cuanto pudiese, ya que era la única clase que pagaba impuestos, que eran muy rigurosos. En todo ello se atenía a los principios mercantilistas, facilitándoles el Estado el impulso al comercio y la industria, con intención de mantener un balance o balanza de exportaciones que permitiese la entrada neta de divisas y oro, sin salidas. Especialmente, como en Francia, las suntuarias industrias de la seda, el vidrio o la porcelana, que podían suponer un tráfico de gran valor, comportando escaso volumen y peso. Sin embargo la burguesía tenía prohibido adquirir tierras, de forma que no podía “competir” con el “negocio” tradicional de la aristocracia. Aunque no llegó a abolir la servidumbre, no llegó a medida tan revolucionaria, debía tener asumidas las ideas ilustradas sobre ello, ya que en los nuevos territorios conquistados no se reservaron propiedades para la aristocracia, sino casas para labradores. En el campo adoptó una política que se podría considerar fisiócrata, elevando los ingresos de los agricultores, que el mercantilismo había hecho caer. Se drenaron, prepararon para la explotación o mejoraron grandes zonas agrarias, colonizándose zonas despobladas. Construyó canales y vías de comunicación, y fundó Bancos. En todo ello no sólo influyeron sus ideas “modernas”, sino también la necesidad de rehacer su país, agotado tras tantas guerras. Para entonces la Ilustración se había adueñado de Europa. Era un proceso lógico desde el redescubrimiento de la cultura greco-latina, el humanismo renacentista y el racionalismo.

Se proclamaba la libertad del hombre en cuanto a sus ideas, su religión, el arte, el pensamiento científico, el derecho o la política. La “razón de Estado” de Maquiavelo dejaba de justificar cualquier conducta del soberano (“el Estado soy yo”) del “príncipe”, para convertirse en la obligación o sacrificio que éstos debían aceptar en beneficio de dicho Estado, que con ello tomaba un carácter autónomo. De modo que su interés podía ser contradictorio con el del monarca, que se convertía en su “primer servidor”. La hacienda pública y la hacienda real dejaban de ser una sola cosa. El Estado dejaba de ser patrimonio del rey. Las ideas del rey, religiosas, políticas o científicas, no tenían por qué ser las mismas ni representar las del pueblo. Menos aún la de todos y cada uno de los ciudadanos. Era un antecedente del liberalismo. Los Estados absolutistas perdían su base en el derecho divino, la “gracia de Dios”. Según Jean Le Rond d’Alembert, era el siglo de los filósofos. Aunque el concepto de filosofía había cambiado. El empirismo, iniciado en Inglaterra, pero también el racionalismo continental, abandona, poco a poco, la Metafísica, centrándose en temas más “humanos”, más “mundanos”, más tangibles, evaluables, cuantificables y, por tanto, opinables o conmensurables. Es decir, se aleja de la especulación. En cierta medida, más que filósofos hoy podríamos considerarlos sociólogos. La teoría política tomó un gran protagonismo entre ellos, adelantando terreno al liberalismo. La contradicción poder divino-libertad humana, puesta sobre el tapete por Martin Luther, comienza a decantarse hacia el lado de la libertad, como había mantenido tradicionalmente la denostada Iglesia Católica, si bien ésta lo hacía desde la perspectiva de la responsabilidad y la necesidad de limitarla, coartarla. Los nuevos filósofos lo hacen de un modo mucho más radical: si el hombre es (y debe ser) libre, puesto que es (y para que sea) responsable, o Dios no es omnipotente, o no ejerce dicha potestad: deja hacer al hombre, que se equivoque, para luego poder castigarlo.

El Mundo sería una especie de juguete o pasatiempo de Dios, que contemplaría Su obra, pero sin intervenir para evitar las desviaciones, los incumplimientos de Su plan. Si lo hiciese infringiría sus propias reglas de juego y el castigo no tendría ninguna justificación. Claro que, siendo omnisciente, es un juego, un pasatiempo, cruel y aburrido. Es como si supiésemos desde el principio cómo va a terminar el programa de televisión que estamos viendo. Esta nueva percepción deviene inútil cualquier apelación al plan divino, que ya no se puede entender como inmutable, puesto que supondría negar la libertad humana. Los déspotas ilustrados debían justificar su derecho en el progreso del pueblo, el aumento de la educación, la divulgación de los conocimientos científicos y tecnológicos, y su consecuencia de mejora de la productividad y la economía. Con lo cual estaban concretando objetivos evaluables, por lo que se podía cuestionar su grado de cumplimiento y, con ello, su “derecho” a tal despotismo. Es decir, era un punto de debilidad que llevaba implícito su propio cuestionamiento, el derrumbe de su poder. El derecho del soberano era, por tanto, un pacto de la ciudadanía al servicio de sus derechos e intereses naturales, como estaban divulgando sucesivos filósofos. Lo cual era contradictorio con el propio despotismo. El nombre de déspota se utilizaba en un sentido etimológico similar al de tirano, término ya entonces desprestigiado, proveniente de las ciudades-Estado helénicas, y que, aunque criticado por la aristocracia griega como antidemócrata, y, por tanto, violento, y, posteriormente, utilizado por ella para reimponer su dominio, más violentamente aún, rompiendo cualquier norma “democrática” de la oligarquía, fue en muchos casos un poder popular. O, al menos, el del sector aristócrata que pretendía mejorar los derechos y nivel de vida de la ciudadanía, o apoyarse en ella. Ilustración significa dar brillo, pulimentar, conseguir el esplendor, las luces, el progreso, el pleno desarrollo.

Se partía de la base de que había suficientes conocimientos científico-técnicos como para alcanzar tal progreso. El problema era que la mayoría de los ciudadanos no los conocían y, por tanto, no podían llevarlos a la práctica. Se hacía imperativo acabar con la ignorancia. En principio, la religión, especialmente la católica, que poseía el monopolio de la educación, y, en concreto, la Compañía de Jesús, la más interesada por mejorar la calidad de la enseñanza, salir de la tradición e incorporar los nuevos conocimientos, se consideró la mejor aliada. Pero este camino tenía un recorrido muy corto, porque la religión, especialmente la católica, está estructurada sobre dogmas de fe que considera inmutables, y cualquier tesis que pudiera cuestionar alguno de ellos se consideraba herética, prohibida, castigable y reprimible. La censura era lo contrario a la Ilustración, cuyo lema, sapere aude (“atrévete a saber”) ya presuponía que, tarde o temprano, encontraría obstruccionismo. Y que el saber, la concienciación, y la ruptura de las trabas que se opusieran a ello, terminaría siendo revolucionaria. Ese temor existía desde el principio en algunos ilustrados, quienes recomendaban prudencia continuamente. Y también en los que se oponían a dicho movimiento. Otros, o eran unos ilusos, o empujaban en el sentido de la Historia, aspirando a mayores avances. Por uno u otro motivo, había un sentimiento solidario entre los ilustrados, de forzar los obstáculos previsibles a la divulgación del conocimiento. Mantenían correspondencia entre ellos, discutiendo y compartiendo sus saberes, intentando llegar a acuerdos, a consensos, en un recorrido común. Proliferaron las reuniones de salón, con fines divulgativos, aunque sólo llegasen a la aristocracia curiosa desocupada, en todo caso a la muy alta burguesía. Y las academias, para unificar y consensuar los nuevos conocimientos.

Se puede decir que el primer bastión ilustrado fue las Provincias Unidas de los Países Bajos, donde Hugo Grotius, René Descartes o Baruch Spinoza (también puede escribirse Espinosa, puesto que su familia, proveniente de Portugal, había llegado allí huyendo de España, y descendían de los Espinosa de los Monteros, tomado del nombre de dicha merindad burgalesa, como solían hacer los judíos al tomar apellidos “cristianos”) entre muchos otros, pudieron publicar sus ideas, que en otros países habrían sido censuradas, prohibidas. Más tarde, a partir del triunfo parlamentarista, la antorcha pasa a Inglaterra, donde pudieron publicar Hobbes, Locke, Hume o Adam Smith. Posteriormente la Ilustración llegó a Alemania, entre cuyos miembros destaca Kant, y a Francia. El movimiento humanista y el Renacimiento habían desvinculado el arte y la ciencia del servicio y obediencia a la Iglesia, siquiera fuese parcialmente. El lutheranismo hizo depender la salvación de la fe personal, independizándola del seguidismo de las doctrinas y ética católicas. El paso de la concepción geocéntrica a la heliocéntrica, a partir de los escritos del joven Ptolomeo (éstos públicamente desconocidos por la inmensa mayoría de la población, incluso hoy en día) Kopernic, Galilei, Kepler, Giordano Bruno e Isaac Newton, supuso un enfrentamiento directo con la Iglesia Católica. Los propios argumentos de ésta, respecto de que El Cristo no habría venido a sacrificarse por los hombres a nuestro planeta, si éste no fuese el centro del Universo (igual duda cabría albergar sobre si Jerusalem era el centro del planeta, si lo había sido en algún momento, ni siquiera si Roma lo era, al menos en esa época) o de que contradecían la literalidad de las Sagradas Escrituras (en concreto el párrafo en el que Dios ordena al Sol, y no a la Tierra, detenerse, para que el día dure más, hasta que los israelitas consiguiesen la victoria) sólo hacían concebir más controversias en relación a su magisterio, al menos en materia científica. Simultáneamente a esta confrontación, empirismo y racionalismo elevaban las Ciencias de la Naturaleza al nivel de leyes, observables, contrastables, cuantificables, formulables mediante modelos matemáticos.

Con ello arrinconaban la oposición eclesiástica como mero obstruccionismo fanático, como incapacidad para reconocer la realidad. Y los intentos clericales por censurar tales conocimientos y posibilidades de comprobación, como oscurantismo, que buscaban ocultar la luz de la razón. Los dogmas de las religiones dejaron de tener competencia en el mundo científico. El mantenimiento eclesiástico de concepciones medievales y su continuo intento de llevar la controversia dogmática hasta las guerras de religión, no sólo las desacreditó más, sino que hizo comprender los peligros de confundir política y religiones, alejarlas de los intereses humanos, convirtiendo en inútiles tales sacrificios. Al mismo tiempo, miles de navegantes, cientos de miles de colonos, difunden su experiencia de que es posible convivir, poco a poco más pacíficamente, tanto con sincretismos como con diversidad religiosa, en América, en la India, el Sudeste asiático, Africa, Persia o China. El humanismo se transforma, con ello, tanto en tolerancia hacia las creencias individuales, como en duda sobre la trascendencia del hecho religioso, más allá de la tradición, el continuismo, el hecho antropológico o sociológico, o la opción personal. Y también la reflexión sobre si todos los dioses no serán sino el mismo Dios, y todas las religiones sino distintas formas, costumbres, tradiciones, de adoración. Surge entonces la idea de la “religión natural”, aquella que llevaría el ser humano en su propio interior, innata, que es la que, según creen la mayoría de los pensadores de la época, lleva a todos los hombres a seguir alguna religión en concreto. Y a desbrozar dicha “religión natural” de toda tradición o costumbrismo superpuesto. Obsérvese que estamos en la antesala de la masonería: una religión “pura”, de la razón. Que, al mismo tiempo es un ideal ilustrado universal: hacer que todas las religiones sean razonables, a la medida humana.

Teniendo en cuenta el carácter antropocéntrico que el humanismo había impregnado en todo, la respuesta filosófica respecto al fin de dicha “religión natural” no era servir a Dios, sino al hombre. La religión, la “auténtica religión natural”, debía ser benéfica, humanitaria. Desde el choque cultural que había supuesto la expansión europea por el mundo, haciendo renacer la confrontación con el mal llamado “paganismo” (verdaderamente pagano, es decir, aldeano, eran el judaísmo y su derivación, el cristianismo, no la literaria religión greco-romana) de la Edad Antigua, los hombres modernos, civilizados, se habían opuesto a los sacrificios humanos. Cualquier sacrificio, sufrimiento, represión o limitación debido a la religión era considerado inhumano, y, por tanto, contrario a la auténtica “religión natural”: las religiones debían ser, por tanto, filantrópicas, caritativas, tolerantes, permisivas, y no coactivas, limitatorias de la propia libertad. Tras varios siglos éste es el tipo de religión que ha logrado sobrevivir entre los occidentales. Entre aquellos en los que sobrevive. Los pensadores comienzan a considerar que la religión debe ser el punto de armonía entre las tendencias egoístas, disgregadoras, y las sociales, comunitarias, del ser humano. Con lo cual la ética se desvincula de la religión. Hay en todo ello una concepción implícita de que la razón es capaz de comprenderlo todo, que el progreso sólo llegará si se deja actuar libremente a dicha razón, liberarla de cualquier cortapisa, limitación, tradición o fanatismo. Y, con ello, que el hombre es intrínsecamente bueno, benévolo y benéfico. Lo que conllevará la siguiente reflexión: y entonces ¿por qué actúa mal, por qué hace daño, por qué es egoísta? La Ilustración intenta que la Humanidad alcance la mayoría de edad, el conocimiento de su propia capacidad, su racionalidad, puliéndola de las adherencias que tradicionalismos y costumbrismos han superpuesto hasta hacerla irreconocible.

Pero la “mayoría de edad”, la propia responsabilidad, no puede ser otra cosa que la libre elección. En lenguaje de los independentistas estadounidenses, que trasladarían incluso a su Constitución, la propia búsqueda de la felicidad. Y la libertad de elección tiene como premisa la libertad religiosa, pero también la política. Es decir, la implantación de la democracia, monárquica o republicana. Al movimiento que intentará implantar tales conceptos se le terminará denominando, universalmente, liberalismo, a partir de su designación en español. El tránsito de la Ilustración al enciclopedismo supone descubrir el peligro de las religiones y el absolutismo para la consecución de tales fines, convirtiéndose en un movimiento revolucionario, anticlerical, antiaristocrático, liberador, que pretende el igualitarismo legal, aunque no el económico ¡Hasta ahí podíamos llegar! Porque eso supondría atacar a la propia burguesía, el alma mater del enciclopedismo y el liberalismo. Para la Ilustración tanto el Estado como las religiones deben servir al hombre, y no al revés. Inglaterra estaba inmersa en el mercantilismo, desde la reina Isabel, pasando por Cromwell y los Estuardo. El parlamentarismo burgués había conseguido eliminar todos los aranceles y aduanas interiores, incluso con Escocia, Irlanda y las colonias: era el primer gran mercado único, la primera gran zona de libre comercio. Se había establecido, en línea con las teorías ilustradas, el control estatal de los métodos de trabajo y de producción, que los liberales conseguirían eliminar. El éxito de las compañías comerciales conllevó la aparición del industrialismo.

Gran Bretaña era un Estado, unificado, comercial, cuyas necesidades, a través del parlamentarismo, dirigían la política interior y exterior. Incluso los grandes terratenientes, de modo inconsciente, guiados en exclusiva por la luz de la rentabilidad (“la razón”) habían aceptado los principios de la economía de mercado, sin necesidad de ninguna propaganda política, de ninguna Enciclopedia. Aunque no se puede olvidar que la Ciclopedia británica, el ciclo pedagógico completo, también fue antecedente en esto. La consecuencia fue la ruina de los pequeños agricultores, su proletarización y conversión, bien en jornaleros, bien en empleados fabriles. Lo mismo ocurrió en la ciudad, donde las manufacturas acabarían con las clases medias, bien por su proletarización, o por su elevación a gran burguesía. Así desapareció la artesanía, al tiempo que los comerciantes, que se habían visto ampliamente remunerados por su participación en las grandes compañías comerciales y sus aventuras navieras, ahora pasaban a apostar por la industria y las finanzas. La política mercantilista, junto con la reticencia parlamentaria a la elevación de impuestos, supuso el endeudamiento del Estado a prestamistas, individuales o asociados, que cobraban en intereses o en concesiones monopolísticas, a los mismos terratenientes y mayoristas que votaban en la Cámara de los Comunes la garantía del Estado, a través de los impuestos, de la Deuda Pública. John Locke, que había defendido la revolución inglesa de 52 años antes, dejó escrito en su “Tratado de Gobierno” que la razón enseñaba a todos los hombres que eran libres e independientes, y que, por tanto (esta argumentación no parece muy sólida) nadie debía causar perjuicio a la vida, la salud, la libertad o las propiedades de los demás. Excepto el añadido de “las propiedades”, tan burgués, todo lo demás podría atribuirse al faraón Ejnatón, Akhenaton, como escriben los anglófonos. O a la Biblia. Sin duda tal modo de pensar fue un antecedente para la masonería y los revolucionarios americanos.

Para Locke la sumisión al soberano no devenía de una disposición divina, sino de un pacto con los súbditos para obtener beneficio de su autoridad y capacidad organizativa, para la convivencia y el progreso. Irrefutablemente ilustrado. Rousseua debió tomarlo de él. Pero Locke añadía, superando los antecedentes de Grotius o Hobbes, que dicho pacto era revocable si el soberano no cumplía su obligación de satisfacer los deseos de felicidad, bienestar y respeto a la dignidad y a la libertad de pensamiento de sus súbditos, que también trasciende del meramente religioso. Es decir, transforma la “teoría del pacto” del espíritu ilustrado  en una exigencia, una justificación revolucionaria. En tal sentido la emplearían los independentistas americanos. Una crisis agraria afectó al abastecimiento alimentario en Francia. Fue elegido Papa Benedicto XIVº, que destacó por sus estudios de Derecho Canónico desde una perspectiva ilustrada. Federico IIº tenía apetencias geoestratégicas sobre Silesia. Si Baviera y Sajonia se consideraban legitimadas para denunciar la Pragmática Sanción del emperador, él también denunciaba la ilegitimidad de un pacto en dicho sentido, cuyas circunstancias aún siguen siendo misteriosas, entre el Gran Elector de Brandenburg y el Imperio. Así que, sin más justificación sobre una guerra justa, invadió Silesia. Tratando de evitar la reacción de María Teresa, se apresuró a reconocerle todo el resto de la herencia de ella. Pero ésta no podía contentarse con ello. Como se justificaría más tarde, le faltaba dinero, crédito, ejército, experiencia, conocimientos y, sobretodo, buenos consejos. Fue así como se enfrentaron Prusia, Baviera, Sajonia y Francia contra Austria y Gran Bretaña en la Guerra de Sucesión Austríaca. Al propagarse por las colonias de las grandes potencias alcanzó ámbito mundial, globalizado.

María Teresa hizo de su reino un Estado burocrático y centralizado, mediante una administración central, gobiernos y administraciones departamentales, sobre las locales. Inteligentemente dejó a Hungría y Bélgica fuera de tal centralización. Quizás obligada por la guerra impuso tributos a la aristocracia y al clero, lo que era realmente revolucionario en su época. Dentro de la visión mercantilista del momento creó una economía y red comercial única en Austria y Bohemia, y fomentó la industria. Colonizó las áreas despobladas en el Banato y Hungría con campesinos alemanes. Con ello trató de compensar la pérdida de producción e ingresos de Silesia. Murió Ana, la emperatriz rusa. De inmediato Münnich provocó la destitución de Biron, sustituyéndolo por Ana Leopoldovna, madre del zar, aún menor de edad. Por supuesto Münnich realizaría las mismas labores de Biron respecto de la anterior zarina. Ostermann también fue alejado del Gobierno, sustituido por el conde A. P. Bestuchev-Riumin. Murió el Primer Ministro o Pechua maratta Bayi Rao. Con él la expansión del poder maratta llegó a su mayor extensión. Había sometido a tributo a inmensas zonas de la India. Para asegurar tal dominio, defenderse de la envidia, recelos y odio que tal política auguraba, construyó fortalezas en las zonas más alejadas. Pero, con ello, al quedar en manos de sus Generales, conscientes de su poder, de las largas distancias, se independizaron, fundando dinastías, que llegaron a extender su poder hasta el Decán septentrional y Orissa. Es lógico que se confiriesen a dichas familias los tributos bengalíes antes que a los maratta. Con todo ello la India se fraccionaba y debilitaba más, preparándose para recibir la acometida de la ambición británica. Simultáneamente la economía se alejaba de las zonas fraccionadas, los poderes y mercados locales, desplazándose hacia la costa y el comercio con los europeos, especialmente hacia Bengala.

La Guerra de la Oreja del Capitán Jenkin, que seguía sin solución de continuidad con la de Sucesión Austríaca, estuvo motivada por la competencia de la británica Compañía de los Mares del Sur con el imperio hispanoamericano, que consiguió de la opinión pública que forzase a Walpole a llevarla a cabo. Francia comprendió el peligro que esto suponía, enviando una Flota a sus posesiones americanas. Murió el chogún Yochimune, que consiguió superar, transitoriamente, los problemas financieros de Japón, mediante enérgicas restricciones y controles al comercio, restableciendo un sistema monetario fuerte e impulsando la agricultura. Todo muy confuciano. En 1.741, Isabel, hija soltera de Pedro “El Grande”, destituyó a Ana Leopoldovna, ocupando su cargo como regente. Francia sufría la inflación de precios, que había supuesto un 65%, mientras los salarios sólo habían subido un 22%, en los últimos 15 años. La oposición británica, que conjuntaba a tories conservadores, whigs descontentos, jacobitas (partidarios de los jacobos, los Estuardo) y otras nuevas fuerzas contrarias a la opresión de Walpole, ganó las elecciones, un voto de censura y el apoyo del príncipe de Gales. Los “sombreros”, finalmente, se hicieron con el poder en Suecia. Argumentando que el Pacto de Amistad firmado con Francia tres años antes obligaba a ponerse del lado de dicha potencia en contra de Austria y de sus aliadas, Gran Bretaña y Rusia, declararon la guerra a este país. China había alcanzado 143 millones de habitantes. La británica Compañía de las Indias Orientales abandonó su estrategia de no intervenir en la política hindú, implicándose en ella. La facción militarista, cada vez más poderosa en Gran Bretaña, consiguió, en 1.742, la dimisión de Walpole, que ya tenía 66 años.

La anticipación inglesa sobre el derivar político mundial había ido basculando desde el enfrentamiento del rey con la aristocracia, para lo que necesitó el apoyo parlamentario de la burguesía, en la Cámara de los Comunes, al enfrentamiento entre Lords y Comunes, entre éstos y el rey, incluyendo procesos revolucionarios y derrocamientos de monarcas, y ahora se decantaba por la confrontación entre Gobierno y oposición. El parlamentarismo inglés deja de ser el vigilante protector de la Ley (especialmente la Gran Carta o Gran Mapa, Carta Magna de los derechos, Grandes Privilegios) y los derechos (de la aristocracia y la burguesía, respectivamente: nadie representaba a la plebe ni se preocupaba de sus derechos) para hacerse directamente responsable de la elección del Primer Ministro, aunque la designación formal la realizase el rey, y controlar su línea de Gobierno. La coalición centroeuropea continuó avanzando hacia Praga, donde Carlos Alberto de Baviera se proclamó rey de Bohemia, a partir de lo cual, alegando pactos de dos siglos antes y que su esposa era hija del emperador fallecido, consiguió que le eligiese como tal una Dieta exclusivamente de alemanes, sin presencia de electores austríacos, todo un precedente, coronándose en Frankfurt como Carlos VIIº. Austria comprendió que no podía enfrentarse a tal coalición, por lo que, inteligentemente, invadió Baviera, conquistando Munich, su capital, tras convencer a los húngaros de que Prusia era una amenaza mucho mayor que el discutido y decadente imperio austríaco, por lo que les convenía ayudarles, quebrantando los compromisos contraídos. A cambio les darían armas. Para entonces Federico IIº había cumplido sus objetivos militares, por lo que pactó por separado con María Teresa lo mismo que ésta antes había rechazado, pero añadiendo también para él el condado de Glatz, que para entonces también había conquistado Prusia, como añadidura. Así Austria pudo, no sólo reconquistar Praga, sino dejar al autoproclamado “emperador” Carlos VIIº sin sus dominios electorales.

Simultáneamente, Gran Bretaña tomó una participación más activa, defendiendo los Países Bajos austríacos frente al ataque francés. Tras la muerte de Carlos VIIº su hijo Maximiliano IIIº José renunció a sus pretensiones sobre el trono austríaco. Rusia invadió Finlandia, como había hecho más de 20 años antes. Con ello la guerra acabó con estrepitoso fracaso sueco, lo que propició la recuperación de la primacía de los “gorros” en la Dieta. Las rivalidades entre las distintas órdenes religiosas hicieron que el catolicismo entrase en decadencia en la India. Venezuela pasó a ser Capitanía General. En 1.743 se firmó el Segundo Pacto de Familia entre Francia y España, negociado directamente por ambos reyes en Fontainebleau, por el que se acordaba favorecer a los Estuardo, partidarios de la católica España, en sus aspiraciones al trono inglés, así como la implicación española en la Guerra de Sucesión Austríaca. Sin embargo, Felipe Vº, enfermo y depresivo, posiblemente aconsejado por sus Ministros, tuvo la inteligencia de demorarse en su cumplimiento, hasta que la situación se aclarase. Henry Pelham fue nombrado Primer Lord del Tesoro, volviendo a la política tradicional británica del patrocinio y la corrupción. La Dieta sueca controlaba al Consejo del Reino.

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